jueves, junio 30

Malogro

Expectaive por Christine Malaurie

Alfonso sacó la lengua y, con la punta, chupó el pegamento del sobre. Lo cerró, lo apretó con los dedos una y otra vez, y se levantó de la mesa de la salita. Salió. Encendió la luz del pasillo, y sujetando el sobre con ambas manos, recorrió los pocos metros hasta la entrada. Allí lo dejó encima del escaño junto a las llaves de su mujer, las suyas estaban colgando de la cerradura de la puerta. Lo alisó dos veces, apartó un pelo largo y negro, y lo volvió a alisar. Tomó aire y regresó a la salita.
―No has tomado postre. Las picotas están buenas, buenas de verdad ―dijo su mujer sin apartar la vista de la tele.
―No, no quiero nada. Escúchame, mañana que no se te olvide echar el sobre.
―¿Comes en el taller? ¿Te preparo un túper?, han sobrado patatas en salsa verde, lo que te puedo hacer es un huevo escalfado y te lo pongo así por encima, ¿eh?
―El sobre, coño, que seguro que se te olvida.

Alba entró en la redacción de la revista, con el bolso colgado del antebrazo, zarandeando las llaves del coche en la mano. Saludó a todos sus compañeros y después se desplomó en su silla resoplando. Se miró las manos y se preguntó si tener las uñas carcomidas de aquella manera, era normal a sus casi 30 años.
―Alba, tienes al jefe contento, madre mía, de buena te has librado esta mañana. ―Alba se rascó detrás de la oreja y luego la rodilla―. Editaste la foto de la 44 en la 17. Últimamente estás en Babia, nena. Anda, vete, que te está esperando ―dijo señalando la sección de infografía―. ¡Ah, oye!, cuando salgas avísame, que nos tomamos unas cañitas, ¿vale? Que acaban de inaugurar el mercado de Chueca y me ha dicho Fede que, en la segunda planta, hay un puesto de canapés de cagarse.

―No te pongas así, mujer, que no es para tanto. Ya sabes cómo se pone con estas cosas, no le entres al trapo. Es el jefe, y el pulso que quieras mantener con él, lo tines perdido incluso antes de empezarlo. Tú dile a todo que sí y punto, ¡Alba, y punto pelota!
Alba la escuchaba mordisqueando el canapé de foie con salsa de oporto, no le terminaba de convencer aquel sabor.
―¡Ay, calla, calla! Que se me olvidaba ―Del bolso sacó dos libros y los dejó al lado de Alba―. Me los tienes que firmar, ¿vale? Uno es para mi sobrina, que está como loca contigo, dice que se parte de risa al leerte, y el otro es para Adelina, que a la pobre se lo regalo yo, pero oye fírmaselo igual, ¿eh?

Mario se sirvió un güisqui seco. Pegó un sorbo y después se apoyó en el escritorio de su despacho.
―Estoy hasta los cojones de esos concursos ―dijo.
―A ver, Mario, a ver si lo entiendes. Necesitamos tu nombre, sólo tu nombre, ¿vale? Ya te he explicado que los relatos los leerán otros, tenemos remesa nueva de escritores en la editorial, ellos se encargarán, pero, vamos, Mario, eres uno de los autores más consagrados de este país, necesitamos tu nombre en el jurado.
―Hasta los cojones, joder… de tanta mierda y tanto pringado mal leído de su puta ma… pff…
―Mario, las cosas están así: hace tres años que no escribes nada, bien, lo estamos respetando porque sabemos lo que vales y te queremos con nosotros, pero tiene que entrar dinero de alguna manera. Que aparezca el nombre de Mario Lopetegui como jurado en este certamen, va a poder proporcionarnos buenos patrocinadores, ¿lo entiendes o no? ¿Mario?, ¿me estás oyendo?
―Los críos ya ni me llaman. La culpa de todo la tiene su madre, chalada de mis cojones…
―Mario…
―Bueno, la cría sí, me llamó hace mes y medio para pedirme dinero porque resulta que ahora quiere hacer un máster en la universidad de St. Andrews, pff… hay que joderse… Eso también es cosa de su madre, que la quiere encasquetar con el menor de los principitos. ―Pegó otro trago―. Bueno, entonces quedamos en que yo no voy a tener que leer esa mierda, ¿no?

―Alfonso, oye, ¿cuándo te contestan?
―Eso lleva su tiempo, mujer. Tienen que mirarlo bien y luego tomar una decisión. Es gente importante, ésta es gente importante.
―Pues a ver, hijo, a ver si tienes suerte. Ya se lo voy a pedir yo a nuestra Señora de los Ángeles, que nuestra patrona nunca nos da de lado.
―Chorradas, bobadas de las tuyas ―dijo manoteando el aire. Luego la vio sentarse en el sofá, frente a la tele, con un libro en la mano―. ¿Qué es eso?
―¿Esto? Me lo regaló Cristina, hará cosa de un mes. He tenido una suerte de caer en esa casa, madre de Dios, con lo que hay por ahí. Pero mira, Cristina siempre con detalles, qué mujer, qué mujer, que está a todo, no para, es que no para, con su revista, los niños, estar al tanto de Fede, madre de Dios…
―¡Pero si no has leído en tu vida!
―Pues por eso, Cristina me anima, me ha dicho que es facilito de leer y además, mira, mira ―La mujer pasó las dos primeras páginas en blanco y, abriendo la tercera de par en par, se lo enseñó a su marido―, ¿lo ves?, ¿eh?, ¿lo ves?, ¡está dedicado!
―¡Bobadas!
―Pues no será tan bobada cuando me lo ha regalado Cristina, que la señora sabe mucho. ―Cerró el libro, lo dejó a su lado y encendió el televisor―. Alfonso, oye, igual Cristina te puede ayudar con lo tuyo, ¿no?, igual si le pido que hable con su amiga la escritora, pues…
―¡Adelina! Que te digo que esta gente es importante, gente importante de verdad, gente de lo alto, ¿me entiendes? No gentucilla que firma sus libros a fregonas, ¡que a veces pareces tonta, coño!

Eran las 10.20 de la noche, y Alba intentaba con el codo cerrar la puerta de su coche, aparcado frente a su casa. No lo logró, pero con el culo sí. Iba cargada con unos doscientos portafolios amarillos con, aproximadamente, veinte hojas mecanografiadas dentro de cada uno. Caminaba despacio, con cuidado de no caerse, porque sabía que si perdía o desordenaba alguna de aquella carpetilla, la editorial la iba a matar.

Mario abrió la nevera de su casa. Un tomate, margarina, medio limón, dos huevos y dieciocho botellines de Voll-Damm. La volvió a cerrar, se frotó la cara y soltó un rajado alarido.

―Toño, Toñito, oye, ponme con Alfonso, anda, hijo… pero oye, ¿qué tal tu madre? … ¿sí? …. cuídala, ¿eh?, que no sabes lo que tienes, y tú sigue así, que ya me dice Alfonso que lo das todo en el taller, ¡qué ángel!… eso, eso… tú no te preocupes… claro, tranquilo, eso… di que sí… oye, hijo, anda, ponme con Alfonso… sí, sí, adiós, cariño, adiós, hijo. ¿Alfonso?… ¡Que tienes carta!… pues carta… ay, no sé, de la gente importante… ¿sí?… bien, bien, pues no te la abro... que no, que no, que no te la toco… sí, sí… pues te caliento la comida para las tres, eso… bueno, hala… sí, hala.

―Lo siento, Mario, lo hemos establecido así: Alba Campos dará el diploma a las menciones especiales, Daniel Ojeda otorgará el premio al finalista, y tú se lo darás al ganador.
―¡No puedes poner a esa puta niña a mi misma altura o a la de Ojeda!, ¡es humillante! ¡No es nadie! ¡Acaba de publicar una basura de folletín contando cómo se folla a sus novios!
―¡Me sopla la polla si Alba Campos escribe bien o mal! Su novela lleva sólo seis meses en la calle y ya estamos preparando la segunda edición y la versión e-book, sin gastar un duro en marketing, ¿sabes lo que cuesta dar con un escritor así?, ¡¿lo sabes?! ¡Esto es una empresa!, ¡no vivimos de la caridad! ¡Ponte a escribir, Mario, joder!, ¡ponte a escribir!, bufff… haz tu trabajo, joder…

―Disculpe, señorita, es que mi marido, que es escritor, viene a recoger un premio y no sabemos dónde colocarnos, porque nos dicen delante, detrás, y…
―No se preocupe, dígame su nombre.
―Adelina Sastre.
―No, mujer, el mío será, que yo soy el escritor.
―No importa, pues dígame el suyo.
―Alfonso Ruíz Pérez.
―Bueno, efectivamente, usted está entre los cien finalistas, así que si son tan amables, tomen asiento a partir de la fila 20, por favor.

―¿Nerviosa? ―preguntó Mario a Alba ofreciéndole una copa de vino. Ésta negó con la cabeza mientras cogía la copa―. Normalmente, estos actos no duran mucho, en una horita estará ventilado. ―Alba sonrió y se rascó detrás de la oreja―. Esto… te quería comentar que, bueno, imagino que estarás preocupada, ¿no?
―¿Por? ―preguntó sorprendida.
―Empiezan a salir ahora las críticas a tu novela y no están siendo buenas. ―Alba se mordisqueaba el labio inferior por dentro de la boca―. Hombre, pero eso ya lo sabrías tú, ¿no?, que es una novelita muy pobre. ―Se hincó los dientes con tanta fuerza, que empezó a sentir ese familiar sabor a hierro. Dándose cuenta se llevó la mano a la boca para disimularlo―. El problema de esto es la falsa buena acogida que tiene este tipo de novelas, que, lógicamente, luego cuando llega el fracaso es difícil de digerir. ―Se estaba haciendo trizas el labio y ahora le empezaban a picar las muñecas―. Yo, Alba, te lo digo, porque sé que se pasa mal. Llevo muchos años en este mundo y he visto de todo. Por eso que, quizá, mi consejo a los escritores nóveles es decirles que cuiden al máximo la calidad de la primera novela. Porque luego pasa lo que pasa, ya sabes, ¿no? ―Alba se quitó la mano de la boca y se rascó la muñeca con la que sostenía la copa de vino. Le llegaba esa sensación de falta de aire―. Que las editoriales no vuelven a contar contigo, porque aquí todo el mundo se conoce y los editores hablan entre ellos y, bueno, que te encuentras con todas las puertas cerradas, así, por la tontería de un vergonzoso primer tropezón.

A las 8 de la tarde, la ceremonia de entrega de premios “Pluma Platino” dio comienzo, teniendo que disculpar la ausencia de Alba Campos por encontrarse indispuesta.
El discurso de Lopetegui, alabando la calidad de los relatos presentados y defendiendo de manera encarecida la literatura con mayúsculas, fue aplaudido fervientemente.
Dos horas más tarde, todos los asistentes ya habían llegado a sus casas.

En Getafe, Adelina consolaba a Alfonso que lloraba ante el televisor de la salita. En el baño de un estudio de La Latina, Alba se frotaba con alcohol los brazos para desinfectar las heridas de sus propios mordiscos. Y en el barrio de Salamanca, en un piso de más de 200 m, Mario empujó, con ambos pies, la silla que lo sostenía.

5 comentarios:

Amalie le Champs dijo...

Enhorabuena, escritora!!! que bien se lee!!! gracioso el guiño!!! Leerte me anima, en distintos sentidos.

Anonimatus dijo...

Dificil tema el de la frustracion. Muy bueno.

Lokus® dijo...

Pues si una silla sostiene un piso en el barrio de Salamanca y, ese piso tiene 200 m. , bendita silla y malditos pies del perdedor, digo yo...
(¿Falleció alguien?...)

Elvira Rebollo dijo...

Mi Amelie, algún que otro guiño sí que hay ;-) Y espero que te anime en todos los sentidos, no dejes tu proyecto, amor, mua!!

Gracias,anonimatus.

Lokus, sí, igual el final no está conseguido, tendré que darle un par de vueltas.

Miss Hurry dijo...

Pues a mí me gusta el final..