lunes, junio 27

Saliendo del corral

Gallos y gallinas por Rafael Jiménez Ambel


―Elvi, deja eso, vamos… ―me pidió Rafa sin apartar la vista de la carretera.
―Sí, sí, espera,termino con esto y ya lo dejo.
Íbamos en su coche, un pequeño Ford Fiesta, a la Sierra a pasar todo el fin de semana, para celebrar no sé qué de unos amigos. Él conducía y yo, desde el asiento del copiloto, terminaba de redactar el proyecto final de máster en mi mini portátil, el jueves tenía la defensa.
―Elvi…
―¡Ay, que sí! ―Cabreada suspiré y, mirando al frente, añadí con desgana―: Bufff, me van a tirar, con lo que me odian mis profesores, no me van a dar el título, ¿qué te apuestas…?
Rafa se rió, me acarició el muslo y, después de decirme lo guapa y lo grande que tenía las tetas, me aseguró que nadie escribía mejor que yo, ni esos profesores tan gallitos. He de confesar que, vanidosamente, me encantaban las mentiras de un hombre enamorado.
―Bueno, y ¿Carlos y Regina qué celebran?
―Cómo que qué celebran, loca, ¡que se casan!
―¡¿Se casan?!, ¿y por qué se casan?, ¿y por qué lo celebran?
―Pues porque ninguno de los dos ha estudiado un máster que le amargue la existencia y por ello, señorita Rebollo, deciden hacer cosas bonitas en esta vida.
―¡¿Casarse es bonito?! ―pregunté exaltada mientras cerraba el portátil de golpe―. ¿Desde cuándo casarse es bonito? Pero si se van a separar, pfff, todo el mundo se separa…
Rafa resopló. Poco después aparcó el coche. Esperábamos a Rober y Amaya, amigos suyos con los que había coincidido un par de veces, majos, sin más, majos.
―Dios mío, ¿eso es un perro? ―pregunté viéndolos llegar con una cosa blanca de cuatro patas―. ¿Y va a venir con nosotros en el cocheeee?
Después de saludarnos, Rafa propuso que Rober pasara delante. Así que Amaya, la cosa y yo íbamos sentadas detrás.
―¿Muerde?
―Oh, no, tranquila ―me contestó Amaya―. Los Dogos Argentinos son muy tranquilos, aunque tienen fama de atacar a los niños pero…
―¿A niños?, ¿cómo que a niños? ¡Madre mía!, espero que entienda de edades, porque si es por cuestión de tamaño menudo viaje me espera…
Todos se rieron, yo tragué saliva.
Volvimos a parar. Esperábamos a Germán.
―Dios mío, ¿eso es un caballo? ―pregunté viéndolo llegar con una bestia negra.
Me aclararon que era un Gran Danés y que todo lo que tenía de grande, lo tenía de tonto. Genial. No es que yo odiara a los animales, no es así. Es sólo que los gatos me dan grima, los peces huelen mal, los pájaros me irritan y los perros me agotan, excepto el Bulldog Inglés, que sólo ronca, se tira pedos y si le animas a dar un paseo, te hace un corte de mangas. Lo adoro. Perfecta convivencia.
Volvamos al coche. Delante: Rafa y Rober. Detrás: Amaya, Germán, la cosa, la bestia y yo. Recordemos que: Ford Fiesta, tres puertas, a la Sierra, 33º, ay… benditos fines de semana veraniegos.
Llagamos al destino y al abrir las puertas fue como un avión en descompresión, ¡todos fuera!
Me estaba limpiando las babas perrunas con un kleenex frente al chalet, cuando los gritos me acojonaron.
―¡Aaaaaaaaayyyy!! ¡¡No me lo creo!! ―Regina venía corriendo excitadísima hacia nosotros―. ¡¿Ya habéis llegado?! ―¿Pues no lo ves, hija mía?
Besuqueó a todos reventándoles el tímpano y, cuando llegó a mí, me agarró del antebrazo, volvió a gritar como una energúmena y empezó a dar saltitos. ¡Por favor!, pero si a esa tía sólo la había visto una vez en mi vida, ¿tanto podía trastornar casarse? No sabía qué hacer, así que yo también empecé a dar saltitos con cara de circunstancia.
―¡Qué fuerte, que ha venido la escritoraaaaaa! ¡Aaaaaaaay!
―¡Siiiiiií! ―decía yo absolutamente abducida por la vorágine hormonal.
―¡Me encanta tu libro, tía!, ¡me encanta, me encanta, me encanta! Bueno ―paró de saltar y tomó un tono más confidencial―, no me lo he leído todavía, ¡¡pero la portada es guay, tía!! ¡Aaaaaaay, qué fuerte que ha venido el arquitecto! ―Menos mal que había profesiones para todos y, por lo tanto, los gritos iban a estar bien repartidos. La vimos correr sin parar de gritar hacia un impresionante Nissan Qashqai que estaba aparcando, pobre arquitecto.
Entramos en la casa para dejar las cosas. El chalet era de piedra, de dos plantas. En la entrada, un bonito porche y en la parte de atrás mucho verde, pero con una enorme piscina que hacía no arrepentirme de haber ido.

A eso de media tarde ya estábamos todos. Seríamos unos veinte adultos, tres niños, cuatro bebés, siete perros, dos gatos y una tortuga, de las que huelen mal, como los peces.
Los hombres con la barbacoa, las mujeres con los bebés criticando a los hombres, y yo en la piscina con los niños, imitando primero a un hipopótamo y después al tiburón asesino. Rafa se reía desde fuera, le había asegurado, en más de una ocasión, lo mucho que odiaba a los niños, pero estaba claro que no siempre le decía la verdad. Me llamó al bordillo. Me acerqué y me ofreció un trago de su cerveza, después me chantajeó con un beso, se lo di y a cambio me dio dos donuts de azúcar. ¡Mmmm, donuts! Entusiasmada volví al centro de la piscina mordisqueando uno, mientras que el otro lo mantenía en lo alto de mi brazo levantado.
―¡Mis queridas pirañas, mirad lo que tengo! ―grité a los niños―. ¡El primero que me cace, se lo come!
Los niños se volvieron como locos. Era más el chapoteo que lo que nadaban. Con tanto flotador y manguito era tarea difícil, la verdad.
―¡Elvira! ¡Elvira!, ¡pero Elvira, estás loca!
Me giré y vi a Ana (o Adriana, no me acuerdo de cómo se llamaba ésa), al borde de la piscina con su bebé en brazos señalándome a los niños. Asustada los miré a ellos creyendo que alguno se me estaría ahogando.
―Elvira, por favor, ni se te ocurra darle azúcar a Alejandro y mucho menos bollería industrial, ¡estamos locos, o qué! ―Y, con cara de no haber follado en años, se volvió con el resto de las mujeres.
¡Pero será verde y asquerosa la tía! ¡Amargada naturista! ¡Pues ojalá que Alejandro se convierta en un importantísimo ingeniero director de una central nuclear, y que tú vivas para verlo! ¡Naturista! ¡So naturista!
―¡Mi madre me untaba el chupete en azúcar y no he salido tan mal!
Vale, nadie pudo apoyar mi afirmación.
Miré a Rafa y éste me hizo un gesto de calma con las manos.

Para la hora de la cena, todos estábamos un poco más relajados. Con toda la prole infantil en la cama, los mayores nos dedicamos a brindar una y otra vez por el futuro matrimonio. Regina se levantó y pidió un poquito de silencio porque quería hablar:
―Lo primero de todo, deciros que nos vemos el 15 de octubre, en nuestro gran día y que gracias por venir y estar con nosotros, hoy aquí, celebrando esta decisión tan importante que… ―carraspeó nerviosa y continuó―, que ha hecho que tenga que vaciar mi cuerpo entero para que todo tu amor, Carlos, pueda entrar en él y sea el único motor de mi vida.
Madre de Dios, virgen, virgen, virgen con todo su santo séquito, viva los osos amorosos y Fresita, viva el horterismo como nueva corriente literaria, joder…
Rafa me miró, yo lo miré mordiéndome los labios, me apretó la mano, pero aun así me tuve que tapar la cara con la servilleta para que no se me viera reírme.
Carlos no se quedó atrás, habló de las mariposas en el estómago y de las hormiguitas en la espalda. Petrificados todos quedamos ante semejantes imágenes, absolutamente innovadoras.
―Viva el amor… ―rumié con inmensa pereza al oído de Rafa.

A las tres de la mañana, sólo quedábamos en el jardín: Germán, Rafa, yo y mi portátil. Mientras ellos recordaban aquello y aquello otro de hace no sé cuánto tiempo, yo corregía lo último escrito de mi proyecto.
―Oye, tía, ¿y de qué va eso? ―me preguntó Germán interrumpiendo a Rafa que hablaba en ese momento.
―¿Esto? ―dije señalando mi ordenador―. Es la tesis de fin de máster.
―Ya, lo sé, por eso te pregunto ¿de qué va? ―Germán era un tío peculiar, tenía 36 años, dentista, nunca se le conoció pareja, feliz con su bestia negra desde hacía años. Tan inocente como impulsivo, un tipo tranquilo, de conversación fácil, además de agradable.
―De la frustración ―dije.
―¿De la frustración? ―repitió Rafa un tanto sorprendido, porque hasta entonces no se había percatado de que él tampoco lo sabía.
―¡Hostia, qué guapo! ―Pareció gustarle a Germán―. ¿En plan de esa movida de escritores? ¿De la frustración en plan rollito literario, pánico al “soy una mierda que escribo paridas”? ¿Frustración creativa?
―Bueno, más o menos, pero he descubierto que primero fue la gallina y luego el huevo.
―¿No jodas, tía? ―Rafa y yo nos reímos, este Germán era todo un personaje.
―Quiero defender que la intolerancia a la frustración personal te lleva al bloqueo creativo, cuando una gallina tiene estrés, no pone huevos. Tirando por tierra que un escritor debe escribir desde la angustia o siendo un alcohólico empedernido, esos sólo fueron unos pocos genios que, desgraciadamente, ya no nos quedan. Si estás mal con tu vida, no escribes una mierda, no hay huevos.
Germán se empezó a inflar como si le estuvieran metiendo helio por el culo, hasta que de repente saltó de la silla. Nos miró con los brazos en cruz y las rodillas semi flexionadas, respiró profundamente y se quitó la camiseta, luego el traje de baño y, mostrándonos sus atributos en primera plana, dijo imitando al Padrino:
―Pongamos huevos como putas gallinas… ―después zarandeó su miembro de lado a lado dándose pollazos a ambos costados de la cadera.
Me llevé las manos a la cara, no podía parar de reír, aquello era surrealista. Rafa estaba ahogado de la risa.
―¡Vamos! ―gritó Germán con la vista clavada en la piscina. Corrió y―: ¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―Y al estilo bomba, cayó al agua.
―¡Puto mito, chaval! ¡ja, ja, ja, ja! ¡Sí!
No me lo podía creer, ¿Rafa también? Se desnudó y:
―¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―¡Choooof!, al agua.
―¡Locos! ―grité desde el bordillo muerta de la risa.
―¡Vamos, chiquitina, al agua! ¡A por esos gallitos!
―¡Sí! ―Y ahora Germán―. ¡Al agua!, ¡por puta y por gallina!
¡Ja, ja, ja, ja! La verdad es que estaba excitadísima, pero ¿en pelotas?, ¡qué locura!, ¡no, en pelotas no!, ¡ni de coña! ay, madre, no sé, que sí, venga que me tiro, ¡por mis huevos!, ¡porque soy una gallina ponedora!
Me quité el vestidito y el biquini, les escuché jalearme y…:
―¡¡¡PONGAMOS HUEVOS COMO PUTAS GALLINAS!!!

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