domingo, marzo 25

Sábado del consuelo


Nunca se me dio bien consolar a la gente. Si lloran, yo lloro, pero sin saber muy bien por qué. No tengo frases lapidarias. Me sirvo del “venga, va, ya verás que con el tiempo…” o “dicen que llorar es bueno…”. Soy el apéndice del reconforte.
Era sábado, las tres de la tarde. Había tenido una semana pelín complicada, así que disfrutaba en la cocina preparándome carpaccio y una ensalada de tomate con mozzarella, con un Alion 2007.
Estaba a punto de pegar el segundo sorbo a mi copa de vino, cuando sonó el móvil. Era Gael y estaba llorando. Me pidió que fuera a su casa. Dejé todo tal cual estaba, excepto la copa de vino que me la terminé de trago, y salí corriendo.
Me abrió la puerta enfundado en unos pantalones de chándal, dos tallas más grandes y una camiseta de tirantes, tres tallas más pequeña.
―Cari… ―dijo estirando los brazos buscando los míos. Era un mar de lágrimas.
Lo abracé todo lo mejor que supe, porque es cierto que tampoco se me da bien.
―¿Pero qué te pasa, loco de mi vida? ―pregunté besuqueándole el cuello.
―Ramón…
―¿Ramón?
Sí, Ramón, su ex. Se casaba. En Junio. Y lo había invitado a la boda. Porque son una pareja moderna, modernísima. Pero está claro que el corazón no entiende de moderneces. Y yo no entiendo que se hayan legalizado los matrimonios gays, porque lo que debería haber hecho el gobierno es ilegalizar los heterosexuales. ¡No al matrimonio! ¡Luchemos por la igualdad y el derecho a una soltería eterna! ¿Para qué sirven los matrimonios? Para que los que no nos casemos, suframos; y para los que se casen, sufran todavía más. Con el matrimonio se han creado eufemismos que la gente asimila con una naturalidad asombrosa: el aburrimiento se llama tranquilidad, madurez; y la falta de sexo… ¡matrimonio! Pues para aburrida y pajera, me quedo soltera.
Por supuesto, mi voz revolucionaria, la dejé aparcada y arranqué con un…:
―Dicen que llorar es bueno…
Gael me pidió que sacara dos cervezas de la nevera. Cogí un pack de 6 y nos subimos a su habitación. Gael vive en un pequeño y exquisito dúplex, en el centro de Madrid. Es interiorista y creo que la palabra crisis no está registrada en su cuenta bancaria.
Recostados en la cama sin hacer, Gael me confesó, quizá con cierta vergüenza en su tono de voz, que estaba convencido de que Ramón y él volverían. Sentí su desesperación. Todo el mundo sabe que, en el amor, la ridiculez, disfrazada de plañidera, es pura desesperanza.
―Ya verás que con el tiempo… ―dije.
Y me amarré a su brazo con cuidado de no derramar la cerveza sobre la cama, y lloramos los dos hasta quedarnos dormidos.
La música a todo volumen me sobresaltó. Me toqué la cara, estaba pegoteada, había cerveza derramada por media cama. Iba a pedir disculpas cuando, en ese momento, mi cerebro se percató de la canción que estaba sonando.
―¡Dime que no, dime que no! ―grité a Gael que estaba de pie junto a la cama, con la mano extendida, cantándome la canción:
So if by the time the bar closes, and you feel like falling down, I’ll carry you home…
Como un resorte, me arrodillé sobre la cama con las manos sobre mi pecho y:
―¡Toniiiiiiiiiiiight we are youuuuuuung, so let’s set the world on fiiiiiiiiiire, we can burn brigtheeeeer than the suuuuuuuuuuuun!
Y no pude repetir el estribillo por segunda vez, porque me había puesto a llorar como una tonta. Aquella canción, We are young de Fun, se había convertido en nuestro himno. Tras la ruptura con Rafa, Gael me la tatuó en mis oídos. Nos pasamos todo diciembre cantándola como locos. Pero es cierto que, desde antes de navidad, no la había vuelto a escuchar, porque las cosas nos iban tan bien, que parecía que no necesitábamos que nadie nos dijera cuánto podíamos brillar.
Gael se sentó en la cama y me abrazó, porque él lo sabe hacer mucho mejor que yo. La canción terminó pero yo seguía llorando. Lloré por mucho tiempo y Gael no dejó de abrazarme.
Cuando me tranquilicé, bajamos a la cocina. Serían casi las diez de la noche. Gael propuso llamar a un chino. Mientras esperábamos, mudamos la cama y vimos algo en la tele. Poco donde elegir un sábado noche, pero nos sirvió para recordarnos que había cambio de hora.
―Pero cari, atrasamos hora, ¿no?  Las tres son las dos.
―No, al revés ―contesté.
―¿Al revés? ¿A las dos son la una?
―No, a ver cuando son las tres, en realidad son las cuatro. No, a ver, calla que me has liado.
―¿Pero es cuando se alargan o se acortan los días?, o sea, yo me levanto ¿y es más de noche o más de día?
―Más de día. No, no, no, más de noche. Eso es. Es más de día por la noche.
―¿Más de día por la noche? Eso me suena rarísimo, cari. Uy, aquí hay dos que el lunes no llegan a trabajar.
Me partía de la risa y es que por más que se repitiera cada año el cambio de horario, seguíamos sin coscarnos de cómo iba el asunto. Pero por fin, el chino llegó. Cenamos. Criticamos a los hombres en general, y a Ramón en particular. Vimos una peli. Cotilleamos. Y al terminar con el segundo pack de cervezas, no se nos ocurrió mejor idea que un karaoke competitivo con Singstar.
Tuve que cruzar las piernas para no mearme encima, al ver a Gael concentradísimo intentando cantar la de Scatman Kip-Ba-Bop-Ba-dop-Bop. Pero el timbre nos cortó el rollo.
―Ostras, seguro que son mis vecinos, tía… es que cantas muy alto, joder… ―decía Gael en voz baja―. ¿Qué hora es…?
―Las cuatro ―contesté yo.
―Habla bajo…
―Las cuatro… ―repetí.
―¿Las cuatro, cuatro… o las cuatro de las tres…?
―No, las cuatro de las cinco, que va p’arriba…
Volvieron a tocar.
―¿Las cinco entonces…? Bufff, mis vecinos seguro… Abre, Elvi…
―¡¿Yo?!
―Habla bajo…
―¡¿Yo…?!
Y volvieron a tocar.
Y abrí la puerta.
Al otro lado, un treintañero con una maleta que preguntaba por Gael. Le señalé en dirección al salón. Gael asomaba la cabeza y al verlo entrar, se llevó las manos a la boca y gritó:
―¡La madre que te parió! ¿Qué hostias ha pasado?
―Adriana me ha dejado, tío, me ha dejado, pero de verdad… puta…
Gael lo abrazó, porque el tío de la maleta empezó a llorar como un niño. Después lo llevó hasta la cocina, y yo los seguí detrás arrastrando su maleta. Allí, Gael le pidió que se lo cantara todo, y el chico de la maleta habló por lo menos una hora. La cuestión debían ser cuernos por parte de él, cuando se fue a trabajar tres meses a Cork. Ella se enteró la semana pasada, porque la de Cork, que no sabía que estaba casado, llamó a su casa y Adriana cogió el teléfono. Destapado el pastel, la mujer se fue a casa de su madre hasta esa misma tarde, que volvió para pedirle al de la maleta que hiciera sus maletas (valga la redundancia), y se fuera. El de la maleta intentó convencerla, algo así, como hasta las tres, siendo en realidad las cuatro de la mañana, y al no poder, se pilló un taxi y nos tocó el timbre en medio del Scatman. Lo que pude llegar a saber de este chico, en una hora, sin ni siquiera saber, todavía, quién coño era.
―Cari, perdona ―dijo Gael viéndome apoyada en la puerta de la cocina escuchando la conversación con verdadera atención―, que no te he presentado. Es David, mi hermano.
Me acerqué hasta él y le di dos besos. Después, frotándole el brazo le dije:
―Dicen que llorar es bueno…

7 comentarios:

Sofía Serra Giráldez dijo...

Ayer sábado disparé una foto que aún no he preparado y que lleva el título de consuelo...porque la calle me saltó a los ojos, así, con ese nombre...:))
Yo también me lío siempre con los cambios horarios, pero hoy no me he dado cuenta, Elvi, debe ser porque me he llevado toda la semana ¡¡¡llorando!!!, jaja
¡qué buena eres, cuñuuuuuu!!!, :)
Un besazo, guapísima!!

Jota dijo...

Bueno, es que lo estaba viviendo, hija, que bueno, si es cierto, menudo drama, si es un relato, mejor que un episodio de "aquí no hay quien viva", con Gays llorones incluidos, en lo que no estoy de acuerdo es en lo del matrimonio leñes, que con la edad que tengo no quiero ir de "ilegal" por la vida, y que una está agusto como está, sin tanto sexo, ni tanto sobresalto, llegando a una edad, es lo mejor jajajajaja, bsss y que pases una feliz semana.

Doctora Anchoa dijo...

Estoy igual que tú. No sé consolar, me limito a achuchar y punto.

Itsaso dijo...

Aiii... consolar es lo peor cuando no sabes qué decir, aunque muchas veces lo mejor suele ser escuchar simplemente, que no es poco...
Y en cuanto al matrimonio, pues te tengo que decir que los tópicos no siempre se cumplen, porque no hay mejor sexo que el que te da quien mejor te "conoce"... aunque tengas la pierna escayoalda...Un besazo!!!

Miss Hurry dijo...

Muchas veces el consuelo llega estando sólo ahí, sin decir nada. Eso sí, abrazar ayuda :)

Mónica dijo...

No hay mejor consuelo que unas risas por histéricas que sean. Qué divertida eres¡¡

Una Foto En Blanco Y Negro dijo...

A veces no es necesario decir nada... simplemente estar ahi