domingo, abril 22

Linda boquita y verdes mis ojos

 A couple in the Art de Kristina Laurendi Havens

Son las tres de la mañana. Estoy tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas flexionadas. Me acabo de poner unas bragas y una camiseta de tirantes.
Miro la oscuridad de fuera a través de la claraboya que tengo sobre mí. Me estoy acordando de Almudena. Esta mañana hemos tomado un café. La he encontrado bien. Han pasado casi tres años desde que José la dejara y desapareciera sin más. Quien lo debe llevar peor es el enano. Cumplió 5 años hace dos semanas, y está en la época en que pregunta por su padre. Me contaba Almudena cómo ayer mismo, en la hora de la cena, el crío le suplicó que fueran al parque, porque igual algún niño se había dejado a su padre y, ahora, ese padre estaría solo y perdido por el parque, y así, tanto Almudena como él lo podrían llevar a casa y quedárselo, total si estaba perdido nadie se daría cuenta. Me pregunto cuántos años llevo buscando al mío.
 Respiro, ladeo la cabeza y observo a Ernesto que está sentado a mi lado, desnudo, con un cigarro apagado en la boca.
―Cielo, necesito fumar ―dice con la vista al frente.
―No me llames cielo.
―Infierno, necesito fumar.
Me río, Ernesto siempre me hace reír. Lo conocí hace un par de meses en una fiesta multitudinaria en casa de Gael. Es actor, adicto a los ansiolíticos y cree que la belleza está en la asimetría, por eso me eligió a mí de entre todas las mujeres de aquella fiesta, piropo que me sigue costando digerir a día de hoy.
―Pues ya sabes, al ventanuco ―digo señalándole la puerta del baño.
―Es patético fumar allí, me siento un presidiario. Por mucho que odies el tabaco, debes entender que es sagrado el cigarro en la cama después de un polvo.
―¿Qué polvo?
―Touché. Me voy al ventanuco.
Se levanta, se pone los gayumbos, me besa en la cabeza y va al baño.
―¡Cierra la puerta! ―grito―. Que siempre se cuela algo de olor y no lo soporto.
―Pero si la cierro no te oigo.
―No te voy a hablar.
―Ah, entonces eres tú la que no me oyes. Pues lo que te estaba diciendo…
Me río y él me guiña un ojo.
Me cambio de lado de la cama para poder verlo. Abre la diminuta ventana junto a la ducha y se enciende el cigarro. Pega dos caladas seguidas y echa el humo por la nariz. Extiende el brazo con el cigarrillo por fuera de la ventana y me mira.
―Tienes la boca muy pequeña ―me dice sonriendo.
―¿La boca pequeña? ―pregunto sentándome en la cama―. ¿Qué coño significa eso? ¿Algo que objetar con lo sucedido hace 10 minutos?
Ernesto suelta una carcajada.
―Es un halago, tonta ―dice.
―Piropos Made in Ernesto... ―contesto resoplando.
Linda boquita y verdes mis ojos.
―Ernesto, El hombre que ríe.
Para Elvi, con amor y sordidez.
―Touché ―digo con media sonrisa.
En el bote.
Me río con ganas. Le pido con la mano que vuelva a la cama. Apaga el cigarro en el lavabo y sale con él en la mano, lo tira en la basura de la cocina y se sienta en el borde de la cama. Levanta el brazo y toca la inclinación del techo.
―La casa se hace demasiado pequeña ―dice.
―Como mi boca ―digo encaramándome a su espalda.
―Hace calor…
Le beso el cuello y luego le pido que me mire, y sus ojos me confirman que Ernesto es de esos hombres a los que besarlos no te sacia, porque sabes que nunca están contigo mientras lo haces.
―Espera, abriré una ventana ―Me levanto y abro una de las claraboyas―. ¿Notas el aire?
―Algo.
Lo veo inclinarse hacia adelante. Apoya los codos sobre sus rodillas y esconde la cabeza entre las manos.
―Cielo, me voy a marchar.
―Pensaba que dijiste que hoy te quedarías ―digo mirándolo desde atrás.
―Sí, sí, lo dije, pero veo que no voy a pegar ojo y… mañana el puto teatro y… que sigo fastidiado del estómago, ya te dije, y… no sé, como no descanse algo, mi día a va a ser una pesadilla de cojones ―Vuelve a tocar el techo abuhardillado con la mano―. Joder, qué pequeño es esto… ―Se da la vuelta y me mira―. ¿Me entiendes, cielo?
―Ya te lo he dicho, no me llames cielo.
―Está bien. Voy a vestirme.
Se viste en silencio. Lo espero apoyada en la encimera de la cocina. Se coloca su chaqueta y me agarra por la cintura.
―Elvira, sabes cómo estoy. Qué es lo que hay ―Me besa y mimosa froto mi mejilla contra la suya―. Todo es un poco absurdo y quizá sea mi culpa, no lo sé, pero creo que seguir invirtiendo tiempo en esto, no nos va a llevar a ningún lado ―Hace una pausa y me coge la cara con las dos manos―. Es frustrante, porque sé que no nos hemos conocido en un buen momento, que si no…, pero tenemos que ser realistas, y de la nada no puede surgir nada.
―El Génesis relata cómo un tío creó el mundo de la nada.
Ernesto se ríe, me retira el pelo hacia atrás y me corrige:
―No, de la nada no. Lo creó del abismo.
―Es lo mismo.
―No lo es ―Me vuelve a besar―. Me voy, cielo.
Me fijo en el intenso verde de sus ojos. ¿Cómo unos ojos tan hermosos pueden derramar una mirada tan vacía?
―Espérame ―le digo―, que me pongo unos leggins y un jersey, y te acompaño a coger el taxi.
―Pero, Elvi, si son casi las 4 de la mañana…
 ―Lo sé, pero con un poco de suerte, a estas horas, igual me encuentro a algún padre solo y perdido.

2 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Ay, me has hecho visualizar a un padre solito y abandonado con carita de pena y un cartel de "él nunca lo haría". Lo sé, me quedo con lo circunstancial, estoy fatal.

Anónimo dijo...

Maravilloso relato de cierto desamor. Ha pasado un mes y pico, seguro que llegarán unos ojos sino verdes serán, negros, azules, marron-miel....; eres genial niña!, Glori