viernes, abril 27

Reina y media


 Película: Nueve reinas de Fabián Bielinsky
―Oye, mira que la primavera no parece que termina de llegar, ¿eh?
Levanto la cabeza de los exámenes que estoy corrigiendo, y veo como una menuda mujer, de unos 60 años, deja su taza de café en mi mesa. La miro, me sonríe, se da la vuelta, y de la barra del bar coge el cruasán a la plancha, que le acaban de preparar, y un vaso de zumo. Se acerca de nuevo y lo coloca todo sobre la mesa, apartando mi cortado y mi vaso de agua. Giro la cabeza a mi derecha, tres mesas libres; y a mi izquierda, dos.
―Perdone… ―digo conteniendo esa rabia pastosa que me produce la gente que invade mi espacio.
―La primavera. Un asco de primavera, hija. ¿Cuándo se ha visto en Madrid semejante lluvia? ¡Ni que estuviéramos en Galicia!
―Disculpe ―Lo intento de nuevo―. No sé, pero… ―Y señalo con la vista las mesas libres.
―Oh, ya, perdona, te estoy molestando, ¿verdad? Siempre me pasa ―Bebe un poco de café―. Que te crees que todo el mundo disfruta de la compañía, pero eso al final es algo tan personal, ¿verdad? ―Parte un trozo del cruasán y se lo mete a la boca―. Fidel siempre me decía lo pesada que soy, pero ya se sabe que los hombres a cualquier cosa que pronuncie más de dos palabras seguidas lo llaman pesada ―Me río―. ¡Ves!, sabes que tengo razón ―Come otro poco del cruasán y lo acompaña con un trago del zumo―. Ay, hija, que no me pasa ―dice carraspeando mientras se golpea el pecho―. ¿Te puedo coger un poquito de agua?
Le ofrezco el vaso.
―¿Fidel es su marido? ―A ver si contestándome se termina de atragantar.
―Pues sí, hija. Murió las navidades pasadas.
―Cuánto lo lamento ―Vaya, ahora sí que me siento mal. La pobre mujer sólo quiere compañía y aquí estoy yo con mi cara de ajo.
―Un infarto, ¿sabes? Bueno, no es que fuéramos el matrimonio perfecto, ¿verdad?, pero oye, que 43 años casados, son muchos años, y lo que te decía, que es compañía… ―Suspira y pega un sorbito de café―. Y te haces. Te haces a sus cosas, a sus manías principalmente, y entonces dejan de ser manías para convertirse en costumbres diarias, de las que te haces cargo sin percatarte de que realmente las estés haciendo, ¿verdad?
―Ya ―No la termino de entender, pero asiento con la cabeza. Me da pena la mujer, pero no estoy para muchas explicaciones y, desde luego, no quiero que su desayuno se convierta en almuerzo.
―Luego los hijos que te crees que están ahí, pero hace ya mucho tiempo que se fueron.
―¿No viven en Madrid?
―Sí, los cuatro ―Se termina el zumo, y parte otro cachito de cruasán―. La mayor en Arturo Soria, casada y dos críos. Los nietos, mis nietos, vamos. No sé, que la gente se emociona con los nietos, y yo qué quieres que te diga, que bien, que los quiero, pero como a mis hijos no. Eso te lo tengo que decir. Un hijo es un hijo y un nieto es un nieto.
―Ya.
―¿Tienes hijos? ―me pregunta llevándose a la boca más cruasán.
―No.
―Muy bien. No los tengas. Sufres sí o sí. Si están bien, porque están bien y si están mal, porque están mal.
―Ya.
―Pero llega un momento que te hartas de sufrir y dices “hasta aquí”, y los dejas que hagan su vida y tú haces como que tienes la tuya, ¿verdad?, pues con tus cosas, ya sabes. Y todo parece que está equilibrado y de repente tu marido se muere, y pocas son las cosas que puedes hacer para seguir fingiendo que tienes tu propia vida, pocas cosas, hija mía… ―Suspira de nuevo. Coge la taza de café y me mira, baja la vista y bebe―. ¿Qué hora es, bonita?
―Las once menos veinte.
―¡Madre mía, es tardísimo! ―Termina el cruasán pinchando dos trozos a la vez. Y con la boca todavía llena se levanta―. Ya sabes, mis cosas…
―Claro ―digo con una sonrisa.
―Pues muchísimas gracias, hija. Menuda compañía me has hecho. Así, a lo tonto, a lo tonto, pues como que he desayunado como nunca, pero como nunca, vamos. ¿Y tú?
―Sí, también ―Pobre, ¿qué le iba a decir?
La veo acercarse a uno de los camareros de la barra, se da la vuelta y señala la mesa. Me miran. Sonrío. Bajo la vista y vuelvo a mis exámenes. Releo la última pregunta que estaba corrigiendo. Me doy cuenta de que me he perdido, así que empiezo de nuevo.
Pasa el tiempo. Me he terminado el café hace rato. Escribo en rojo un 73/100 en lo alto del último examen. Miro el reloj. Las once y media. Guardo mis cosas. Con la chaqueta ya puesta y el bolso colgado, me levanto y voy a la barra.
―¿Me cobras, por favor? ―pido a uno de los camareros.
―A ver, mesa 7, ¿verdad? Pues son 11’75, guapa.
―¡¿Por un cortado?!
―El cortado y el desayuno de tu madre.
―¿Mi madre?, ¿qué madre? ―Me giro, miro la mesa y me vuelvo a dar la vuelta absolutamente incrédula―: Madre no, es hija, hija de la gran p…

3 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

¡¡¡Joder con la abuelita!!! Para que te fíes de las ancianitas desvalidas...

Miss Hurry dijo...

jajajajja!! pensaba que te habría invitado y mira!!! qué morro y qué triste

Anónimo dijo...

Qué bueno! ¿la abuelita canalla o la ingenuidad, puesta en evidencia meidante su siempre ironía, de nuestra protagonista?Myxuak. Glori