domingo, septiembre 28

Visita nocturna

Lectura de noche de Javier Avi

―¡Pero si no hay más café!
―¿Qué? ―pregunté levantando la cabeza del libro.
―Café, que no me has dejado ni una gota. Por cierto, ¿desde cuándo tienes esta mierda? ―preguntó esta vez dando golpecitos con su dedo índice a la máquina de café eléctrica.
―Pero, mamá, ¿qué haces aquí?
―Pues te lo estoy diciendo, mira que eres pesada, intentar tomarme un café, hija, no es tan difícil, ¡un café! Pero una cosa te voy a decir, donde esté el hecho en la italiana que se quite el de estas máquinas de porquería, que lo único que sacan es agua manchada. ¿Cuántos te tienes que tomar para espabilarte? ¡Una docena lo menos!
Me levanté de la mesa, saqué uno de los taburetes de debajo y lo coloqué frente a los armarios. Me subí a él y abrí el armarito más alto de la cocina. Todavía, teniéndome que poner de puntillas, alcancé la cafetera italiana.
―Aquí está ―dije.
―Bien, pero ten cuidado al bajar, no te vaya a pasar como a tu tía Angelines.
―¿Qué le pasó? ―pregunté dando un saltito al suelo.
―Que se dislocó el hombro.
―¿Se cayó de una silla?
―¿Eh? No, no. Siendo crías. Fuimos al río, quiso saltar desde el murillo, y saltó, vaya que si saltó pero el río no cubría mucho, y mira que nos lo advirtió tu abuelo: que lleva semana y media sin llover, pichines, cuidado. Pero nada, tu tía Angelines, que basta que le digas que saque el cascanueces para que se coma un melón.
―¿Cómo?
―¡Tu tía Angelines, que se rompió los dos tobillos!
―¿Pero no fue el hombro?
―No, no, eso fue otro día. ¡Tú no me escuchas!
―¡Pero mamá!
―¡Ni mamá, ni mamó! ¡Cuarenta veces te tengo que explicar las cosas, como a tu padre! ―Hubo un silencio incómodo y luego preguntó―: ¿Cómo está?
―¿Quién?
―Tu padre, ¿quién va a ser?
―La tía Angelines, por ejemplo. ―Me reí al ver su cara de poca paciencia―. Pues no sé, mamá, sé que sigue vivo y poco más.
―Hija… qué poca sangre tienes…
Llené la cafetera de agua y de café y la dejé sobre la vitro encendida. Me di la vuelta y vi a mi madre fisgoneándome los libros sobre la mesa.
―¿Estudiabas? ―preguntó.
―Sí, mirando alguna cosilla. Estoy escribiendo un artículo.
―¿Sobre?
―La locura y suicidio en la obra de Artaud.
―Vaya, siempre tan alegre, hija, siempre tan alegre.
―¿Cómo debería estar?
―¿Le has echado una pizquita de sal al café?
―No…
―Le da mucho sabor. Con una pizquita nada más, solo una pizquita, ¿eh? ―E hizo un gesto con los dedos como si echara esa sal al aire.
―Pues no, no se la he echado.
―A mí el que me gustaba era Jardiel Poncela. Y oye, también habla del suicidio pero de qué manera, te partes con sus obras, te partes. ¡Escribe sobre él!
―Ya…
La cafetera pitó y la retiré de la vitro.
―Tiene una muy buena, sobre la inmortalidad, ¿cómo se llama? Esa en la que toman una pócima y ya no se mueren, qué buena es esa, qué buena y qué divertida, mejor que el Artaud que estaba trastornado perdido. Un tarado. ―Silencio―. Elvira, ya sé que tienes ese carácter tan, no sé cómo, pero ya me entiendes... Habla con él.
―¿Una o dos de azúcar?
―Es tu padre.
―Que si una o dos de azúcar, mamá.
―Pues si tienes sacarina, sacarina. Ahora ya es una bobada, pero me acostumbré a ella. Venga, ¿te has enfadado?
―No me he enfadado, mamá.
―¡Ya, pero te quedas con esa cara que no sé! Hija, yo sólo quiero que no te sientas sola… ¿Sabes la obra de la que te hablo?
Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
―¡Esa! ¡Esa es la que te digo! Sí, esa es… ¿Me entiendes?
―¿Y tú a mí, mamá? Déjame echarte de menos a mi manera. No me digas lo que tengo que hacer, no me lo pidas, por favor.
―Yo no te pido nada, sólo que estés bien, que no te sientas sola.
―No lo estoy ―le dije ofreciéndole el café ya preparado―, tengo a Joan, y tengo las noches.
―Yo no puedo venir siempre y debes dormir. Tienes que intentar dormir algo, hija.
―Se debió de ir él, no tú.
―No digas eso, no digas eso, cariño.
―Nena, ¿estás bien? ―me preguntó Joan entrando en la cocina y encontrándome de pie, frente a la vitro, aferrada a mi vaso de café―. Son casi las 5 de la mañana. Vamos, ven a la cama.
―Sí, ahora voy ―respondí sin darme la vuelta.
―¿Te has tomado el Noctamid?
―No.
―Nena ―dijo acercándose hasta abrazarme por detrás―, necesitas dormir.
―Sí, ya te he dicho que ahora voy.
Lo sentí alejarse y oí la puerta de la habitación cerrarse.
―Tienes mucha suerte de tenerlo ―dijo mi madre―, de que te quiera como te quiere, no es fácil encontrar a alguien que te quiera así, no es fácil, sé lo que digo...
―¿Vas a venir mañana?
―…
―¿Mamá, vas a venir mañana?
Me di la vuelta y mi madre ya no estaba allí. Dejé el vaso sobre el fregadero y me metí en la cama. Me apreté contra la espalda de Joan. Él me acarició el brazo que le pasaba sobre su pecho.
―¿Has terminado ya el artículo? ―me preguntó susurrando.
―No, voy a empezar de nuevo.
―¿Y eso?
―Porque quiero escribirlo sobre Jardiel Poncela.