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Mandarinas y limones de Verónica Rodríguez |
Apoyada en la barandilla de las escaleras, Elvira vio
sacar, del tercero derecha, el cuerpo dentro de una bolsa gruesa de plástico
negro. Se sorprendió. En las películas siempre lo hacían en una camilla, pero
esta vez estaba amarrado a una silla metálica con dos rueditas atrás.
—¿Ha sido el Covid? —preguntó.
Los dos sanitarios, equipados con EPIS, no la hicieron
caso, agarraron la silla uno por delante y otro por detrás y comenzaron a bajar
las escaleras. Un policía salió despacio del tercero derecha, que mantenía la
puerta abierta, y alzando la vista increpó a Elvira.
—Señora, haga el favor de meterse en casa.
—Es que busco a mi gato, se me ha escapado.
—Su gato está ahí.
Elvira agachó la cabeza y vio a Tomás bajo sus piernas,
con la cabecita metida entre los barrotes de la barandilla sin perder detalle.
—Ah, hola, Tomás. —Levantó la cabeza y sonrió al policía.
—¿Sabe si tenía familia? ¿Tenía trato con ella? ¿La
conocía?
—¿A quién?
—A María Clementina Viedma Fernández.
—Vivía ahí y era mayor.
—Ya.
Y dando un golpecito en el lomo a su gato, Elvira comenzó
a subir las escaleras hasta el quinto. Allí Alejandro, su vecino de enfrente,
la esperaba en el descansillo con su chihuahua en brazos. Tomás le bufó.
—Nena, ¿qué ha pasado?
—Ha muerto Clementina.
—¿Y quién es Clementina?
—La vecina del tercero derecha.
—¿Esa señora tan mayor se llamaba Clementina? Uy, no lo
hubiera dicho en la vida, fíjate. Me dices Rosario o Asunción o Concepción o Piedad
o María del Pilar, o qué sé yo, pero ¿Clementina? ¡Madre mía, Clementina!, tú
me dirás a dónde va una mujer de 90 años llamándose Clementina. Mi prima
Susana, ya sabes…
—No, no sé —dijo apoyándose en su puerta.
—Sí, mujer, la de Torrejón, que se casó con un militar y que
tiene tres hijos, te he hablado de ella mil veces, pero como no me haces ni
puñetero caso, pues otras mil que te lo tendré que repetir.
—Ya…
—Bueno, sabes quién te digo, ¿no? Susana.
—Sí, sí. —No,
ni idea.
—Bueno, pues se llama Clementina.
—¡¿Pero no se llamaba Susana?!
—Se lo cambió, guapa. Se-lo-cam-bió. Claro, de pequeños, allí
en el pueblo todos la llamábamos mandarina. Las mandarinas Clementinas, ¿sabes? ¡Pues mandarina, mandarina, mandarinaaaaaaa!
Elvira se empezó a reír. Siempre pensaba que su vecino se
inventaba la mitad de las historias que contaba pero aun así le encantaban.
—Así que un día, ya siendo mayorcita, dijo: “Desde hoy me
llamo Susana y quien me vuelva a llamar mandarina le digo a mi novio que lo
lleve preso”. Pobre, pudiendo elegir… Susana. ¡Chica, ponte Celeste, Bárbara,
Norma, Bibiana, Débora, qué sé yo! Susana, una triste.
—Pues se llamaba Clementina —dijo Elvira.
—¿Quién?
—¡La vecina, Alejandro, la vecina!, si te lo estoy
diciendo, hijo.
—Ah, sí, la vieja. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Le compramos
una corona de flores? A ver, espérate un momento que lo busco. —Sacó su móvil del bolsillo de atrás
del pantalón y le cedió el perro a Elvira. Tomás le volvió a bufar.
—No te pongas celoso, tonto.
El gato indignado entró en casa. Elvira apretó al chihuahua
contra su pecho y le besó la cabecita temblorosa.
—¡Uy, nena, son carísimas! ¿Cómo algo para un muerto
puede ser tan caro?, ¡si ni lo va a ver! ¡Nada!, lo siento, guapa, pero no hay
coronas de flores, mi economía no está para despilfarrar. Hoy a las ocho de la
tarde salimos a la ventana y aplaudimos por ella, seguro que lo agradece desde
donde esté, la cosa es tener un detalle, ¿no? Anda, dame a Bamby, que tengo los
puerros hirviendo y solo hace falta que se me pasen. Que no se te olvide, nena,
¡a las ocho!
Y Elvira lo vio cerrar la puerta de su casa. Se giró y
entró en la suya. Se dejó caer en el sofá y miró a Joan que estaba en su
escritorio.
—Se ha muerto Clementina —dijo.
—¿Qué? —preguntó él bajando la música.
—Clementina, que se ha muerto.
—¿Quién es Clementina? —Tomás se frotó contra sus piernas.
Joan lo cogió y se lo puso en el regazo. Elvira los observaba desde el sofá
pensativa.
—Clementina es la prima de Alejandro, nuestro vecino.
—Vaya, lo siento, ¿era él con el que hablabas en el
rellano?
—Sí. Voy a comprarle una corona de flores.
—Pero, cariño, ¿la conocías?
Elvira se miró las manos, se las apretó contra los muslos
y contestó:
—No, nadie la conocía.
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