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Fotograma de Back to the future de Robert Zemeckis |
Nota: Continuación del relato ¿Y si la vida fuera la opción B?
Nuevamente un fuerte golpe hizo que me arrastrara por un
suelo de gravilla con el que me raspé las manos. Me las miré y al ver que tenía
algo de sangre las agité al aire.
—¡Carol!, ¿es que en el más allá no os enseñan a montar
en bicicleta?
—Ya te he dicho que no vengo del más allá. Anda,
levántate.
Dejó la bicicleta apoyada en la fachada de una moderna
casa independiente. La formaban 3 cubos gigantes de hormigón blanco
superpuestos de manera escalonada. Las ventanas no parecían seguir ninguna
regla de simetría, enormes orificios acristalados salpicaban la fachada. Un
cuidado jardín la rodeaba y una pequeña piscina rectangular asomaba por la
parte de atrás.
—Joder, menuda casita, ¿quién vive aquí? —pregunté.
—Tú. —La miré atónita—. Te casaste con un arquitecto.
—¿Etienne?
—Etienne. ¡Vienes o qué!
Nerviosa seguí a Carol. Entramos en la casa. Del hall pasamos a un impresionante salón minimalista
de techos de más de 8 metros de altura.
—Debe haber un error… —dije sin despegar la vista de los colosales
muros—. Etienne nunca fue mi opción B. Un día, tras 4 años de relación, él me
dejó y ya, nuestra historia no tuvo más opciones.
Carol me sonrió con cierto cinismo.
—Detesto a las mujeres que se hacen las víctimas —dijo y
desapareció por un estrecho y larguísimo pasillo blanco que se abría en un lateral
del salón. ¡Oye, oye!, le gritaba mientras intentaba seguir su apresurado paso.
Se paró en seco y se dio la vuelta—. Agosto, 2008. Singapur. La relación con tu
jefe es insostenible. Lanzas tu CV al mundo para comenzar el curso académico en
otro país. Recibes 3 ofertas: un colegio internacional en la India, una
universidad en EEUU, y un lectorado en Francia, en Lyon, en la misma facultad
en la que ya habías trabajado un año antes. Descartas la India, no te interesan
los niños. Por lo tanto, tus opciones se reducen a dos: Estados Unidos o
Francia. Escribes a Etienne y se lo explicas. Le dices que hay una gran
posibilidad de regresar a Lyon. Te contesta un breve email animándote a aceptar
el trabajo porque le harías, palabras textuales, “el hombre más feliz del mundo”.
Lees su email. Lloras. Lloras. Sigues llorando. Pasas la noche llorando. A la
mañana siguiente confirmas a la universidad de EEUU que aceptas el trabajo. Tu
opción A fue irte sola a un pueblo estadounidense del que nunca habías oído
hablar. Esa fue tu opción A. Y ahora, si dejas de hacerte la víctima, voy a
mostrarte lo que hubiera pasado de haber elegido la opción B.
Me quedé petrificada. No es que me hubiera hecho la
víctima durante los últimos 13 años, es que simplemente no lo recordaba.
Memoria selectiva creo que lo llaman, no lo sé, pero sí es cierto que soy
capaz de borrar episodios completos de mi vida. Y, sinceramente, es
maravilloso. Pero volviendo al caso, antes de poder asentir, Carol ya había
desaparecido. Corrí hasta el final del pasillo. No la encontré. Me metí en una
habitación que tenía la puerta entreabierta. Era un dormitorio. Vi a Carol
sentada sobre la cama. Con una risita de adolescente me señaló la otra punta de
la habitación, junto a la ventana. Un hombre de torso desnudo y jeans sin abrochar hablaba por teléfono
de espaldas a nosotras. El corazón me reventó el esternón al escuchar su voz
otra vez.
—Oh, madre mía, Etienne… —Me acuclillé y respiré como
buenamente pude.
Al darse la vuelta y verlo de nuevo, después de trece
años, me quebraron las rodillas y caí al suelo. Me apreté las tripas y empecé a
llorar.
—¡Ya estamos otra vez! —espetó Carol.
—Es que lo quería tanto, tanto, tanto… ¿Qué nos pasó?
—Que elegiste la opción A.
—¿Por qué eres tan simple, Carol? ¡La vida no es A o B!
La vida tiene pequeños parámetros que hacen que tus decisiones parezcan
razonables en un momento determinado pero que llevados a otro punto de la línea
temporal son absurdas. Sin sentido. Incluso, incluso… ¡son decisiones de las
que te arrepientes día sí y día también! Vivimos siempre en una vida equivocada,
¿no te das cuenta? En una vida que de haber entendido en el presente nuestros
errores del pasado, el futuro sería, no sé si correcto, pero sí plenamente
justificado y por lo tanto convincente.
—Y ahora le da por filosofar a la llorona…
Carol no me entendía, pero al volver a ver a Etienne
había comprendido que fue un error mi opción A. Siempre supe que Etienne y yo
formábamos un buen equipo. ¡Míralo! Está como siempre, apenas ha cambiado. Se
le ve feliz, tranquilo, la vida junto a mí le sienta realmente bien. Tuvimos
nuestros problemitas, sí, claro que los tuvimos pero seguro que supimos
hablarlo y solucionarlo, no hay más que verlo, es un hombre pleno junto a mí.
Hemos formado el perfecto tándem que siempre creí que fuimos.
—Entiendo, mi amor —decía en francés por teléfono. Me
levanté del suelo y me senté en la cama junto a Carol—. Sí, sí, ya sabes, hoy
ha hecho algunas preguntas pero no te preocupes por ella, está en su mundo, y
así mejor, no da demasiados problemas. No pienses en ello, por favor, mi
princesa…
—Oh, está hablando conmigo —dije a Carol—. Siempre me
llamaba princesa.
—Ya… —contestó ella.
—…Sí, acabo de salir de la ducha, en 30 minutos salgo
para allá… ¿Sí?, bueno, voy a quitarte todo en cuanto te vea… ¿qué?... ¿con la
boca? Oh, bebé…
—Buf, es que éramos muy piel con piel, ya sabes, unos
guarrillos y, míranos, seguimos igual después de más de 17 años de relación,
¡madre mía! —grité fingiendo vergüenza.
—Ya, piel con piel…
En la habitación entró una jovencita espigada, pelirroja
y de ojos miel claro. Confundida miré a Carol.
—Es Marion —me explicó—. Vuestra única hija de 12 años.
Te quedaste embarazada al poco de llegar de Singapur. Os casasteis un año
después.
—Es igual que él… —dije.
—Lo es, sí.
La niña hizo un gesto a su padre. Etienne terminó la
conversación telefónica de manera abrupta y lanzó el móvil a la cama, Carol y
yo lo esquivamos con cierta risa.
Su hija le preguntó si se marcharía también este fin de
semana.
—Sabes que sí, cariño, el nuevo proyecto está en Ginebra
y solo puedo revisar la obra los fines de semana. Salgo en 30 minutos.
—Es que no quiero quedarme sola con mamá, está loca.
¿Hola? ¿Cómo que la princesa está loca? ¿Coucou?
—Marion, no hables así, tu madre está enferma, ten
paciencia con ella —contestó Etienne. La miró con cierta pena y luego
continuó—: Está bien, ¿quieres pasar el fin de semana en casa de tu amiga
Chlóe? Llámala y si le parece bien a sus padres te dejo con ella, me pilla de
camino.
—Oh, gracias, papi, ¡gracias, gracias, gracias! —Y tras
abrazarlo con fuerza, salió corriendo de la habitación.
—¡Y date prisa, en media hora me voy! —Se rio y terminó
de vestirse.
Preparó una pequeña maleta, recogió su móvil de la cama y
salió. Carol me estiró con fuerza del brazo y, con un “vamos”, le seguimos.
Llegamos hasta la diáfana cocina. Etienne dejó la maletita junto a la puerta y
se acercó a la mesa del fondo, una enorme plancha de mármol vetado sobre dos
pies de piedra negra.
—Dios mío, Carol, ¿qué es eso…? —pregunté.
—Eso eres tú.
En una de las sillas de aquella regia mesa vi a mi otro
yo. A mi enorme otro yo. A mi desbordante otro yo. Pesaba por lo menos 50 kilos
más que ahora. Me llevé las manos a la boca y retrocedí tres pasos, no lo podía
creer, estaba completamente deformada.
—Tienes graves problemas de ansiedad que no sabes
gestionar —empezó a explicarme Carol—. Intentas saciarte con comida y el resto
del día duermes o lloras. Al poco de regresar a Lyon, las cosas volvieron a ir
de mal en peor entre vosotros y teniendo un hijo pensasteis que se
solucionarían, sin embargo la llegada de Marion no hizo más que empeorarlas. Etienne
enseguida comenzó a hacer su vida fuera de casa, y desde hace 5 años mantiene
una relación más estable con Sylvie Morin, su princesa.
No lo entendía. No lo podía entender. Soy independiente.
Soy una mujer independiente. Con una carrera profesional que me da libertad
para elegir cómo y dónde vivir, ¿por qué no me voy?
—¡¿Por qué no me largo de esta mierda-casa?!
—Primero, porque solo te quedaría la opción de regresar a
Bilbao, a casa de tus padres. Tienes 43 años y una simple licenciatura, ni masters
ni doctorado, y llevas casi 10 sin trabajar porque no lo has visto necesario ganando Etienne lo que gana. Mira todo esto, os sobra el dinero. Entonces, dime, ¿quién te contrataría ahora con
semejante currículo? Y en segundo lugar, estás tan anulada psicológicamente que
no tienes capacidad de decisión. Tu única inquietud desde hace 11 años es
comer, comer y comer.
Cerré los ojos intentando procesar toda aquella
información.
—Elvira —dijo Etienne acercándose a mi otro yo por
detrás—. Me voy. Paso el fin de semana fuera, ya sabes, por trabajo, te lo he
explicado antes. Me llevo a Marion, la dejo en casa de Chlóe.
—¿No quiere quedarse conmigo? —preguntó mi otro yo sin ni
siquiera mirarlo.
—No es eso. Volveremos el lunes por la mañana.
Se dio la vuelta y recogió la maleta junto a la puerta.
—Etienne —dijo mi otro yo con muy poquita voz—, sois todo
lo que tengo…
Etienne salió de la cocina sin contestar.
Se me saltaron las lágrimas de la impotencia.
—Dios santo, Carol… ¿qué he hecho con mi vida?
—Elegir la opción B.
(Continuará…)
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