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Fotograma de Back to the future de Robert Zemeckis |
—¡¡Eres un oso hormiguero!! —grité a Joan desde mi lado
de la cama.
—¿Pero qué he hecho ahora? —preguntó desde el suyo.
—¡¡Respirar!!
—Ya, bueno, es que si no sería un oso hormiguero muerto,
¿no? —Y se rio.
—No se puede discutir contigo —dije desesperada y salí a
la cocina.
—Es que no sé por qué discutimos —le oí contestar, así
que me faltó tiempo para regresar a la habitación furiosa.
—¡Quiero el divorcio!
—No estamos casados.
—¿Tienes respuesta para todo?
—Amor, en serio, en vez de escribir teatro ¿por qué no lo
interpretas? —Y volvió a reírse.
—Joan —dije— haces de mi vida un chiste y no siempre vale.
—Levanté el dedo y lo señalé—. Esta es mi vida pero podría haber sido otra
completamente diferente, solamente tendría que haber elegido la opción B y te
aseguro que he tenido muchas opciones B, de haberlas elegido mi vida sería distinta y es posible que mucho mejor…
En la cocina de nuevo, me preparé un café aun siendo las
2 de la mañana. Pensé en por qué estábamos discutiendo, no podía recordarlo. Quizá
porque se estaba llevando parte de mi nórdico, o porque había apartado sus
muslos cuando intenté calentarme los pies, o porque empezó a besarme justo
cuando estaba mirando las stories de
Instagram, no lo sé. No podía recordarlo. Ahora ya no podía recordarlo. Con
cierta culpa me llevé el café a los labios.
—Elvira Rebollo, ¿verdad?
Del susto se me cayó el vaso al suelo reventándose en mil
pedacitos. En mi cocina había una mujer joven de rasgos asiáticos mostrándome
unos papeles.
—¿Pero qué mierda es esto…? ¡Joan, Joaaaaaan! —grité
aterrada.
—No puede oírte.
—¿Lo has matado? ¿Vas a matarme? ¿Ahora vas a matarme a
mí? Que sea con un arma, por favor, no quiero sufrir. Un disparo, rápido,
¿vale? No pondré resistencia, pero no me tortures, por favor, te lo suplico…
Muerte sí, dolor no. ¡Muerte sí, dolor no!
—Oye, flipada, que no estás en una puta manifestación.
Soy tu ángel de la guarda.
—Mi qué…
—Tu ángel de la guarda. Me llamo Zhou Jing, pero puedes
llamarme Carol. —Extendió su mano. Con miedo extendí la mía y la apretó con
fuerza.
—¿Por qué te cambias el nombre? —pregunté intentado
asimilar la situación con cierta calma.
—Porque si no, con tu pésima pronunciación en chino, me
llamarías Chochín, y ante eso prefiero Carol.
—Claro.
—Carol.
Era alta y muy delgada. Ceñida en unos leggins imitación a cuero, con un jersey
amplio, también negro, de cuello barco ladeado hacia el hombro derecho
dejándolo completamente desnudo. Llevaba botas militar negras. Una media melena
recta que no llegaba a rozarle los hombros y maquillada sutilmente, excepto los
labios, que eran de color rojo mate.
—Ya te habrás imaginado por qué estoy aquí —dijo.
—Pues si te digo la verdad…
—Voy a mostrarte tus opciones B. Acompáñame.
—¿Qué, así? ¡Estoy en pijama!
—Estamos en una realidad paralela, nadie puede verte. ¡Vienes
o qué!
Supongo que estaría soñando, soñando o que ya me había matado (y espero que lo hubiera hecho con un arma). De cualquiera de las maneras no tenía nada que perder, así que decidí ir. De un salto crucé el charco de cristales y la acompañé
hasta el pasillo donde tenía una bicicleta. Se subió y me pidió que me colocara
en la parrilla, que ella me llevaría.
—Será una broma, ¿no? ¿Una bicicleta? ¿No tienen presupuesto
en el más allá?
—No vengo del más allá. ¡Te montas o qué!
Me monté y todo a nuestro alrededor empezó a dar vueltas.
Grité o por lo menos lo intenté porque me faltaba el airé. Tras un fuerte golpe,
caí al suelo. Abrí los ojos y vi a Carol apoyando su bicicleta en una pared
color salmón. Me ayudó a levantarme.
—¿Dónde estamos? —pregunté todavía aturdida.
—En Bilbao. En tu casa de tu primera opción B.
Carol me pidió que la acompañara. Recorrimos parte de ese
pasillo color salmón y entramos en la segunda puerta. Era un enorme salón con
un ventanal al fondo desde donde se podía ver una amplia avenida. Carol me golpeó el hombro,
quería que mirara al sofá y, al hacerlo, fue cuando me vi a mí misma. Di un
pasito hacia atrás llevándome las manos a la boca, no podía creerlo. Estaba prácticamente
igual pero llevaba el pelito muy corto. Me estaba riendo, me estaba riendo a
carcajadas porque un hombre me abrazaba y parecía decirme algo al oído. Cuando
dejó de hacerlo pude verle la cara.
—Dios mío… Mikel, Mikel, Mikel… No me lo puedo creer.
—Efectivamente: Mikel Igartua Zabaleta. Tu primer y único
novio. Tras 12 años de noviazgo, os casasteis en la iglesia de los Jesuitas de
Indautxu donde los dos trabajáis como profesores y donde vuestros hijos asisten al colegio.
—Pero, pero, pero ¿por la iglesia…? —Reaccioné— ¡¿Hijos?!
—Tienes tres hijos: Olaia de 11 años, Katixa de 9 y
Markel de 6.
—Creo que me falta el aire…
—Normal si no te quitas las manos del cuello.
Intenté tranquilizarme y me observé de nuevo. Me acerqué
un poquito más. Realmente parecía tan feliz, tan, tan, tan, tan feliz…
—Mikel… —dije extendiendo la mano, quería tocarlo. Hacía
casi 21 años que no hablaba con él. Lo dejé por un chico alemán que apareció en
mi vida y al que tomé como opción A. Mikel nunca me lo perdonó y jamás volvió a
dirigirme la palabra. ¿Cómo iba a imaginar que aquella opción A iba a destrozar una
vida tan idílica? Una vida sencilla pero perfecta. ¿Cómo iba a imaginármelo yo?,
¿cómo?, tan solo fue la inocente elección de una chica de 23 años. ¿Cómo iba a
imaginar que cambiaría tanto el curso de mi vida? —Mikel… —repetí acercándome
un poquito más a él.
Una niña entró en el salón corriendo.
—¡Aita, aita, aita! ¡Markel ha entrado en nuestra
habitación! Jo, dice que no quiere dormir.
—Dile que como vaya yo le caliento el culo —dijo mi otro
yo. Me reí. Había tenido 3 hijos pero de pedagogía seguía sabiendo más bien
poco.
—¡Markel, cuento hasta tres! —gritó Mikel—. Uuuuuuno,
dooooooooos, dos y meeeeeeedio…
Y escuché unos piececitos correr por el pasillo. La niña
salió y mi otro yo se acurrucó junto a su marido.
Todo me parecía tan tierno, envidiaba tanto aquella escena...
—¿Saldremos de esta pandemia? —preguntó mirando la
televisión
—Claro, tonta —contestó Mikel—, ¡mira a los chinos!,
fueron los primeros en meterse en todo este lío y ahí están, haciendo vida
normal ahora mismo.
—Pero nosotros no somos como ellos. No sé, ellos son
especiales… muy diferentes. Me hubiera encantado vivir en China, conocerlos: su
forma de vida, su forma de trabajar...
—Elvi, txiki, ¿qué hubieras hecho tú en China? Son muchos,
¡te habrías perdido!
Mi otro yo se rio como una tonta.
Miré incrédula a Carol.
—¿Nunca he vivido en China? —pregunté.
—Nunca —contestó ella—. Te dieron la beca del Gobierno en
el 2003 para trabajar en una Universidad de Liaoning, al norte de China, pero
tras hablarlo con Mikel decidiste rechazarla y prepararte el EGA.
Estaba perpleja.
—¿Me estás diciendo que rechacé una de las mejores becas
del Gobierno para estudiar euskera?
—Sí, 5 años.
—¿CINCO años?
—Sí, estudiaste euskera 5 años, en Euskaltegis y Barnetegis.
Al sexto año aprobaste el EGA y al
año siguiente entraste con plaza en el colegio de los Jesuitas. Dos años más
tarde consiguió plaza Mikel y hasta hoy, siempre juntos.
—¿Entonces nunca he vivido en China?
—No. Ni siquiera has ido de viaje.
—Joder, joder… ¿Y a Singapur? Dime por lo menos que viví
en Singapur.
—Nunca. Aunque estuviste cerca. En Bali, de viaje de novios.
—Ya, qué típico… ¿Y en Cuba? ¿Trabajé en Cuba?
—No.
—¿Estados Unidos? ¿Francia? ¿Madrid?
—No. No. Y no.
—¿Solamente he vivido y trabajado en Bilbao?
—En Indautxu, para ser más precisos. Nunca has salido del
centro de Bilbao.
—JO-DER. No me extraña que sea tan feliz ¡¡¡si no conozco
lo que es la vida!!!
Me apoyé en la pared y volví a mirar a mi otro yo, en el
sofá, tan ajena al mundo de fuera. Pobre, pensé.
—¿Hay algo más que deba saber? —pregunté a Carol derrotada.
—Votas al PNV.
—¡Vale!, ¡suficiente! ¡Larguémonos de aquí!
Carol empezó a reírse, era la primera vez que lo hacía
desde nuestro accidentado encuentro en la cocina, creo que empezábamos a
entendernos.
—¡Me encanta mi trabajo! —dijo. La seguí y desanduvimos el pasillo. Se subió a su bicicleta—. ¡Te montas o qué!
—¿Regresamos a Madrid?
—Nop. Vamos a conocer tu siguiente opción B.
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