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Brindis con distancia social, de Javier Avi |
Mierda. Me acababa de quemar la lengua con el café.
Siempre lo pido frío. Por favor, un café con leche fría, gracias. Y no hay
día que el café no esté ardiendo.
—¿Entiendes? —me preguntó Darío.
Pestañeé rápidamente. Sí, dije. No sabía de qué me estaba
hablando, me acababa de quemar la lengua, estaba abstraída.
—No tiene sentido —añadió.
No, contesté. Eran las 08.00. Darío parecía
tener prisa por contarme algo, así que habíamos quedado para desayunar. Me toqué la
punta de la lengua y con dos dedos me la estiré con la intención de vérmela.
—¿Qué haces?
Lo miré con la lengua fuera sujeta por mi dedo índice y
pulgar. No dije nada. No podía. Esperó a que guardará la sin hueso y me secará
la mano con una servilleta para preguntármelo:
—¿Hablarás con ella?
—¿Con quién?
—Elvira, joder… ¿Dónde has estado todo este tiempo
mientras te lo contaba? —Resopló y dio vueltas a su taza de café vacía—.
Escúchame, ¿vale?
Ese escúchame
me sonaba. Me lo había dicho Joan hacía día y medio. Escúchame, no hemos
comprado nada para Navidad, me dijo. Lo sé, le respondí. Entonces, ¿no nos
vamos a comprar ningún regalo?, preguntó. Por supuesto que no, contesté,
¡rechazamos el consumismo!, ¡rechazamos esta sociedad capitalista!, no somos lo
que tenemos, somos lo que somos. Ya, dijo él, somos-somos. Exacto: somos, puntualicé. Vale, y para mi
cumpleaños ¿seguiremos siendo somos o
te podré pedir una PS5?
—…Múnich porque él tiene un apartamento que se lo deja su
tía. Y como Beatriz es incapaz…
—¿Qué?
—Que Beatriz es incapaz…
—No, antes.
—Que el apartamento es de su tía.
—No, antes.
—Múnich.
—¿Múnich? —¡Zas! de un manotazo me zafé de todos mis
entrometidos pensamientos.
—Elvi, que Bea se muda a Múnich con Markus a finales de
enero.
—¡¿Pero cómo no me lo has contado nada más llegar?!
Darío se echó hacía atrás frotándose la cara desesperado.
Después, con infinita paciencia me lo volvió a explicar. Markus tenía una tía
que se mudaba a Wiesbaden, así que le dejaba su apartamento de Múnich a cambio
de que se lo cuidara y corriera con los gastos de suministros, ojalá Joan tuviera
una tía así, ¿no?, aunque estoy encantada de ser somos-somos. Bien, sigamos:
Markus le propuso a Beatriz marcharse juntos en cuanto la situación del Covid-19 les diera un respiro, ella aceptó y dos días más tarde llamó a Darío para
contárselo.
Pegué un sorbito a mi café ya templado y respiré
profundamente. Muchas cosas no me encajaban.
—¿Vas a hablar con ella? —preguntó.
—Es su decisión, Darío, poco le puedo decir.
—Elvira, no se puede ir, es su sentencia de muerte.
¿Múnich? ¿Qué hay en Múnich?
—Hombres con pantaloncitos cortos y tirantes, borrachos
de Paulaner.
—Elvira, hablo en serio. No podemos dejar que se vaya, no
está bien. Es incapaz de tomar decisiones en su estado. Berlín es teatro pero
Múnich… ¿Múnich? Hay tres capitales del teatro: Buenos Aires, Nueva York y
Berlín. ¡Punto! —Le pedí que se tranquilizara—. Entiéndeme, a mí me da igual,
yo tengo una vida aquí con Eva, las clases de Expresión Corporal funcionan bien
online, la gente ya no quiere salir.
Estoy bien, estamos bien. Pero me preocupo por Beatriz. ¿La has visto últimamente?
—Asentí—. No está bien. No parece ella. ¿Es que Markus no se da cuenta?, ¿no entiende que en
cuanto Bea pongo un pie en una ciudad como esa se va a morir de pena? Múnich no
es Berlín. No es Berlín. ¡Múnich no es Berlín!
—Sí, Darío, ya te he entendido, no es Berlín, no es
Berlín, ¿y?
—Beatriz ama Alemania por el teatro y Múnich no es
teatro, hay tres capitales del teatro: Buenos Aires…
Nueva York y Berlín. Buff, adoraba a Darío, pero podía
ser repetitivo hasta la extenuación.
—…Beatriz no va a sobrevivir al invierno de Múnich y
mucho menos en pandemia. Frío, oscuridad y alejada de lo que más le gusta.
Markus la va a matar.
Para estar tan bien con Eva creo que su rechazo hacia
Markus era cuanto menos significativo.
—¿No crees que estás exagerando un poquito? Markus es un
tío encantador y muy divertido, no parece alemán. —Esperé a que se riera pero
no lo hizo—. Está bien. Oye, mira, comparto tu opinión, Alemania no es el país
más alegre de este mundo, es cierto, si no no tendríamos España llena de viejos
alemanes jubilados disfrutando de sus últimos días. Los pobres vienen buscando
un poquito de sol y caras sonrientes. No estoy diciendo que Alemania sea el
país de La invasión de los ultracuerpos,
pero todavía no entiendo cómo son capaces expresar emociones sin mover un ápice
las cejas. —Conseguí hacer reír a Darío y le sonreí cómplice—. Markus es genial
y, en serio, habrá sopesado mucho la situación para proponer a Bea, en su
estado, mudarse a Múnich. Markus la quiere con locura.
—Y Beatriz, ¿lo quiere a él?
Esa reflexión me desmarcó. Sabía lo que sentía por Darío,
me lo dejó claro la última vez que fui a verla, pero ¿y por Markus, qué sentía?
¿Y si aquello de mudarse a Múnich era solo una treta para darle celos a Darío? ¿Y
si solo quería llamar su atención? Claro, sí, por eso a mí no me había comentado nada,
porque sería mentira, qué tonta había sido. Únicamente pretendía agitar a Darío
para que reaccionara, quizá Bea también se había dado cuenta de que algo no
marchaba bien con Eva, si no ¿por qué tanta preocupación por su amiga?
No dije nada. Calmé a Darío y le prometí que hablaría con
ella. Y así lo hice, pero para disimular una situación tan incómoda, le pedí a
Almudena que me acompañara. Le conté la conversación con Darío y mi teoría
sobre la estrategia de Bea, así que nosotras solamente íbamos a su casa a tomar
café y a desenmascararla entre risas. Todo iba a ser muy, muy, muy divertido.
—Importante —dije a Almudena en el ascensor justo antes
de llegar al piso de Beatriz—: nosotras no hemos hablado con Darío.
—Sí.
—¡No!
—Ay, que sí, que no hemos hablado. Nosotras no hemos
hablado con Darío.
—Eso es. Nosotras no hemos hablado con Darío.
Todo estaba yendo sobre ruedas. El café estaba templado,
Beatriz tenía bastante buen ánimo, se reía sin parar de las últimas trastadas
que Almudena contaba de su hijo, y Markus acababa de anunciar que salía a
correr. Nos íbamos a quedar solas y Bea podría hablarnos sin tapujos sobre su
plan para reconquistar a Darío. Todo era perfecto.
—Me marcho a vivir a Múnich —dijo. Almudena y yo
reaccionamos como dos suricatas observando el Kalahari—. Me lo propuso Markus,
creo que es una buena idea. Nos vamos a finales de enero o en febrero, depende
de la situación del coronavirus.
—Oh, oh, oh, Múnich, qué bien, Bea, ¿verdad, Elvi? Qué
buena idea.
—Sí, sí, sí, Múnich, muy buena idea, sí, sí, porque
Múnich tiene, tiene, tiene…
—¡Salchichas! —gritó Almu.
—Sí, salchichas de Múnich, ¡uy, qué ricas!
—Salchichas bávaras.
—¡Ay, Almu, me encantan las salchichas bávaras!
—Y a mí, rositas…
—Blanditas…
—¡Salchichas!
—¡¡Salchichas!!
—¿Qué mierda os pasa? —preguntó Bea.
—Nada —contesté.
—Nada, nada. Nosotras no hemos hablado con Darío.
Y con el ano contraído me pregunté por qué, de los 7 mil
millones de habitantes en el mundo, había elegido a Almudena como mi persona
favorita.
Beatriz cogió una manta del sofá se la colocó sobre los
hombros y salió a la terraza. Un minuto más tarde volvió a entrar, se sentó
frente a nosotras y comenzó a hablarme muy despacio.
—Sé, Elvira, que tienes una vida muy aburrida y de verdad
que lo siento, pero eso no te da derecho a entrometerte en la mía.
—No es tan aburrida...
—Elvi lo hace porque está muy preocupada por ti. Sabemos
por lo que has pasado y no terminamos de entender que quieras refugiarte en
Múnich.
Ahí sí comprendí por qué Almudena era mi persona favorita.
Me quedé mirándola embobada. Bonita, pensé.
—No voy a refugiarme. Huyo. Así de claro. Huyo de Madrid, de vosotras,
de... Huyo de Darío. No tengo la capacidad de escuchar un no. Otro no. No puedo
volverme a ilusionar con él. Se acabó. Desperté. Tiene su vida y yo la mía. Y
nunca serán la misma. Markus me ha ofrecido un sí y lo he aceptado, es lo que necesito, alguien que organice mi vida en estos
momentos, porque estoy agotada. La vida me ha superado. Me sigue superando.
Markus me ofrece una nueva alternativa y necesito creer que eso va a cambiar
algo las cosas. Anhelo el yo que era antes y quizá Múnich me lo devuelva, pero
si no es así siempre podré echar la culpa a la ciudad, a un Múnich frío y
despersonalizado, no a mí misma. Necesito un verdugo en la recámara para
atreverme a tener esperanza.
No dijimos nada. Nada más se podía decir.
Tres días más tarde tenía la lengua dentro de un vaso de
agua.
—¿Qué haces? —preguntó Darío.
—En esta cafetería no entienden el concepto de leche
fría.
—¿Hablaste con ella?
Dejé a un lado el vaso de agua y apoyé toda la espalda en
la silla.
—Sí, hablé con ella —dije. Hice una pausa apretando los labios y continué—: Se va porque está enamorada de Markus y lo quiere intentar.
—Lo sabía. Lo sabía pues, es verdad, es un buen tío. —Nos
miramos un instante—. ¿Alguna vez has sentido que eres la persona que más boicotea
tu propia vida? Que sabes lo que quieres pero, por alguna extraña razón, haces
lo contrario. ¿Nunca has sido infiel a tus sentimientos o ideas conscientemente?
—¿Yo? Nunca. Soy completamente consecuente con lo que
digo y hago. —Darío agachó la cabeza—. Por cierto, ¿después del café me puedes
acompañar a hacer un recado? Tengo que ir a PcComponentes a reservar una PS5.
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