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7 abr 2023

Alma en calma

 

Los gatos de Carmen Mansilla

Estaba sentada de lado en una silla de hierro y mimbre de una de las terracitas en una céntrica plaza de Madrid. Daba vueltas a la segunda página de un libro que acababa de empezar a leer. No lo estaba entendiendo. Miré la contraportada y releí la sinopsis de nuevo. Seguía sin entenderlo. Pensé en mi novela, en lo fácil que resultaba frente al libro, en que quizá fuera eso por lo que ninguna editorial estaba dispuesta a publicármela. Resoplé y tiré el libro sobre la mesa. Me quité las gafas de leer y me puse las de sol. Un niño gritó en la mesa de al lado, lo miré con asco y luego me di cuenta de que su padre, leyendo el periódico, llevaba ignorándolo un buen rato. No le quité la vista hasta que levantó la cabeza y me vio. Lo sonreí y luego le señalé a su hijo. El hombre miró al niño y no pareció entender así que me preguntó si pasaba algo.

—No, nada —dije sonriendo—, solo que si tú no lo quieres aguantar imagínate yo.

El hombre comenzó a increparme con una larga lista de insultos entre los que destacaban: egoísta y loca. Nada nuevo. De mi bolso saqué los auriculares, me los puse y abrí la aplicación de Spotify. Coloqué los pies en la silla de enfrente y cerrando los ojos dejé que Cesária Évora me cantara al oído. Tres canciones fueron las que pasaron antes de abrir los ojos y verlo sentado en mi mesa. Sorprendida solté una carcajada.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunté. Replegué las piernas, me quité los auriculares y apoyé los brazos en la mesa extendidos. Markus me cogió una de las manos y entrecruzó los dedos con los míos.

—Estás vieja —dijo.

—Echaba de menos la sinceridad alemana. Tómate una cerveza conmigo —dije. Markus, obediente, levantó la mano y gritó al camarero, que no se movió de la puerta del bar, dos cañas—. Muy español.

No sé el tiempo que no lo veía, podría decir que un año, pero hacía casi tres que había terminado la pandemia y con ella su regreso a Múnich, así que quizá cuatro, no lo sé, sinceramente, no recordaba la última vez que habíamos estado juntos. De un tiempo a esta parte, me pasaba mucho y mi incapacidad para echar de menos a la gente no me ayudaba a retomar el contacto.

Markus se apoyó en la silla y me sonrió.

—Necesitaba algo de sol.

Siempre me cayó bien. Es cierto que pocas o, mejor dicho, ninguna pareja de mis amigas me caía bien. Se dividían en dos grupos: idiotas redomados y redomados idiotas. Sin embargo, siempre me entendí con Markus, posiblemente por su humor, ácido y crudo; por su virtuosismo con el español, en poco más de un año manejaba expresiones como un nativo; por su paciencia con Beatriz; por su sinceridad al dejarla, poco margen a las hadas y mariposas; por su buena conversación y gusto literario…

—Peter Weiss —dijo cogiendo el libro de la mesa.

—Peter Weiss —repetí.

Lo abrió y repasó las amarillentas páginas de esa edición de 1968. Lo dejó de nuevo sobre la mesa y esperó en silencio a que el camarero trajera las cervezas. Cuando lo hizo, me ofreció la mía y pegó un trago a la suya.

—Esta mañana he estado con Beatriz, en su casa —dijo. Se echó hacia adelante—. No está bien.

Bajé la cabeza y fingí sacudirme migas de mis pantalones.

—Ya —dije—. Hace casi un año que no tengo ningún tipo de relación con ella.

—Lo sé, me lo ha dicho.

Apreté los labios, no quería seguir hablando de ella.

—Te echa de menos —insistió.

—Qué suerte. Mi psicopatía impide que sea recíproco.

Markus se acercó con la silla y me agarró por detrás de las rodillas.

—Les he alquilado la casa de Múnich a unos amigos. Voy a quedarme una temporada en España. Tres semanas en Madrid y después trabajaré desde Almería, quizá hasta octubre o noviembre, no lo sé. Voy a alquilar una casita en Níjar, en medio de la nada, de las que te gustan, ya la tengo apalabrada. Estás invitada.

—¿Hace cuánto que no nos vemos?

—Poco más de año y medio —contestó. Sorprendida negué con la cabeza—. Sí, desde la fiesta de inauguración de la casa de Beatriz, que terminó con varias complicaciones…

—Dios mío… —Mi cabeza voló hasta encontrarme en esta misma plaza un año atrás cruzándola de madrugada, amoratada, del brazo de Almudena con un tiesto de petunias—. Dios mío, por favor, es cierto… —Me eché a reír, Markus también. Me embriagó una nostalgia que tardé en reconocer como sentimiento propio y tuve inmensas ganas de llorar. Me aparté de Markus y tomé un sorbo de mi cerveza—. ¿Sigue viviendo en el palacete?

—¿Beatriz? —Asentí—. Sí —contestó.

—¿Y tú?

—He alquilado un Airbnb aquí. —Levantó el brazo y señaló el edificio de enfrente—. Te he visto llegar, pedir el café, leer y enfadarte con tu vecino de mesa.

—¿Me estabas espiando?

—Te estaba esperando. Eres animal de costumbres. ¿Hablarás con ella?

Tres días más tarde salí de casa explicándole a Joan que no sabía si tardaría en volver.

—¿A dónde vas? —preguntó extrañado.

—No lo tengo muy claro.

Ya en la calle, rebusqué en mi bolso y saqué los auriculares. Me conecté a Cesária Évora y la escuché sin moverme del portal. No fue hasta la cuarta canción cuando decidí emprender el camino. Siete minutos después estaba frente al palacete de Beatriz. Me acerqué al portalón de 1842 y lo acaricié con una mano. Pensativa me quité con lentitud los auriculares y los guardé en el bolso. Conté hasta 25 y toqué el timbre del primer piso. Esperé nerviosa, nadie contestaba. Repetí la operación hasta en tres ocasiones. Nada. Me rendí. Di un par de pasos hacia atrás y observé el distinguido edificio. Tenía que haberla llamado, pensé, tenía que haberlo hecho, pero qué iba a decirle, qué podía decirle que sonara bien… Retomé el camino a casa dudando de si tendría en otra ocasión el valor para hacerlo de nuevo. Así que me detuve y retrocedí hasta el palacete. Me senté en el segundo escalón del portalón y la esperé. Escuché dos veces el disco completo de Radio Mindelo de Cesária Évora, después busqué canciones al azar. En mitad de Tell me what de Fine Young Cannibals, unas Nike del 38 se pararon frente al escalón, levanté la cabeza y vi a Beatriz delante de mí con ropa de deporte. Dejé a Roland Gift cantando en el escalón de piedra y me puse de pie.

—Hola —dije.

—Hola —dijo.

20 jul 2021

Culpemos al vino

Keystone-France


Yo no quise haber ido. Me convencieron. No fue mi culpa.

—¿Tres libros? ¿Te has traído tres libros? —preguntó Enrique.

—¿Qué quieres? —contestó Elvira sacando los libros de la maletita que había dejado sobre la cama.

—Joder, Elvi, se supone que se trata de pasar un finde con tus amigos, no de leer todo el puto día.

—No es mi culpa si no tenéis conversación.

—¡Almudena, dile algo! —me increpó Enrique.

—¿Yo? —contesté sentada en la cama de enfrente. Levanté los hombros y solo pude sonreírlo. Lo cierto es que nunca he entendido su relación. Parecen detestarse pero se buscaban a cada rato, son un pozo de frustración sentimental. Son raros.

Elvira tomó uno de los libros y salió de la habitación.

—¿Pero a dónde cojones vas? —gritó Enrique.

—¡A leer! —voceó Elvira ya desde el pasillo.

—¡Vete a la mierda, egoísta!

—¡Vete tú, idiota!

—¡Me alegro de que hayas vuelto, gilipollas!

—¡Y yo de estar aquí, imbécil!

Enrique se quedó mirando a la puerta con una tenue sonrisa que borró de inmediato al girarse y decirme:

—Tu amiga es insoportable.

Salió y me quedé sola deshaciendo mi mochila. Y pienso ahora que ahí empezó todo y que la culpa la tuvo Elvira por haberme dejado sola. Si se hubiera quedado conmigo, si juntas hubiéramos organizado nuestras cosas en la habitación, nada de aquello habría ocurrido, pero ella siempre atiende primero a sus circunstancias y luego, si eso, lo demás. La culpo porque necesito culparla. Necesito responsabilizar a otros de hacer las cosas tan mal siempre.

Beatriz nos había propuesto pasar un par de días en la casa que sus padres tienen en la Sierra. La excusa era celebrar el regreso de Elvira a Madrid. Enrique, Darío, Bea, Elvi y yo íbamos a pasar un tranquilo fin de semana entre amigos. En realidad, entre los amigos de Elvira y eso hizo pensármelo más de dos veces. Sin embargo, Beatriz insistió, te vendrá bien separarte unos días de tu hijo, aprovecha que tu madre está en Madrid, date un respiro, te lo debes, me decía. ¿Me lo debo? Supongo que si Bea supiera la verdad de lo ocurrido la primera noche y lo hablado en la segunda jamás me hubiera animado a unirme a ellos como una más del grupo.

—¿Te ayudo? —dijo Darío desde la puerta.

Le dije que no y lo invité a entrar con la mano. Se sentó en la cama de Elvira, junto a su maletita.

—Siento lo de Eva —dije sacando los bikinis de la mochila.

—Supongo que era una relación con fecha de caducidad. Demasiado joven para un vejestorio como yo —Sonreí. Darío siempre me hacía sentir bien, era una persona que huía de los conflictos y sabía pintar los problemas con mucho sentido del humor—. ¿Y Samuel?

—¿Quién?

—Samuel, tu hijo.

—¡Abel! —me reí—. Me he dado un descanso, mi madre pasa unos días en Madrid, lo he dejado a su cargo.

—¿Una adolescencia difícil?

—Un poquito, sí… —dije conteniendo algo de la respiración.

—Con el tiempo se dará cuenta de lo bonita que eres.

Se levantó y me abrazó con fuerza. Me encogí al sentir su miembro bajo el traje de baño, me alteré como una estúpida veinteañera y me zafé fingiendo demasiado calor. Cuando salió de la habitación me senté en el suelo buscando alivio en las frías baldosas.

Al cabo de un rato, ya templada, me puse el bikini y bajé a la piscina.

—Tienes una casa preciosa —dije, Bea estaba sobre la hamaca amarrada a la celosía de piedra que limitaba una bonita zona chill out.

—No es mía, es de mis padres. Yo no tengo nada. ¿Elvira?

—No lo sé, por ahí perdida leyendo.

—Cada día es más rara —dijo y se incorporó con una sonrisa que no sabría cómo definir. Miró a los lados y luego en tono confidencial me dijo—: Vuelvo a tener relación con Markus —y se rio a carcajadas—. No se lo digas a Elvira, por favor. Lo último que quiero es uno de sus sermones. Cree siempre estar en posesión de la verdad absoluta, me cansa, me aburre. La quiero, joder, pero sabes lo que digo, ¿verdad? —Sí, claro que lo sabía, me tenía machacada con Carlos—. Markus no hizo bien las cosas, lo sé, no soy tonta, pero hay algo en esta vida que se llama perdonar y Elvira no sabe lo que es, en serio, llévate bien con ella porque si no estás acabada, es infinitamente rencorosa. Y nunca entendería lo de Markus, aunque sea fácil de comprender. Mira, amo Alemania, amo-Alemania, Almu, pero es un país triste lleno de gente triste haciendo cosas tristes con el único objetivo de jubilarse para mudarse a España y empezar a gozar de la vida. No hay más misterio. Y es lo que le pasa a Markus.

—Ya, yo pensaba que Markus había vuelto con su ex, su ex alemana y por eso te mandó de vuelta, de vuelta a España a los 10 días, ¿no? —Me estaba dando cuenta de que el resumen no sonaba del todo bien y que quizá no era tan buena idea haberlo sintetizado tanto—. Pero bueno, o sea, con muchos detalles de por medio.

—Exacto, Almu, con muchos detalles como que Markus me quiere. Esa es la historia. Y como me quiere y me quiere mucho va a volver a Madrid en septiembre. Viviremos juntos, está decidido.

—Vaya, cuántos detalles.

Habíamos terminado la cena hacía lo menos un par de horas pero seguíamos alrededor de la mesa. Elvi había dispuesto un mapamundi. El salero era China, un trozo de pan Taiwan, su servilleta Estados Unidos y una pepita de sandía Hong Kong. Repetía una y otra vez que la culpa de todo la tenía el capitalismo y el uso indebido del concepto comunista en manos de China, acusaba vehementemente al país de abocarnos a una guerra sin precedentes antes de una década. Solo Enrique la escuchaba con pasión, llegando a añadir una botella vacía de vino por encima del salero afirmando ser Rusia y un tenedor a la derecha como Japón y cuestionando los preceptos de Trotsky que tanto defendía Elvira.

—¿Y Alemania? —preguntó Bea dejando sobre la mesa el móvil con el que había estado chateando todo la noche entre risitas.

—¿Alemania? —repitió Enrique con sorpresa.

—Sí, Alemania es la cuarta potencia económica —insistió Bea.

—Alemania, en estos momentos, está revisando su sistema de alcantarillado —contestó.

Elvira estalló en una carcajada y es que si algo unía a aquellas dos bestias era su sádico humor negro.

—¿Te bañas? —escuché. Me di la vuelta y vi a Darío quitándose la camiseta—. Vamos, vente, nada mejor como un baño por la noche —insistió.

—Yo… No sé, es muy tarde —dije.

—¿Tarde?, me temo que la noche será larga, pocas ganas tienen estos de dejar de discutir.

Eché un vistazo a la mesa y Bea se había puesto de pie defendiendo no solo la economía alemana, sino también la fuerza del órgano masculino en erección, mientras que Elvira, esquivando penes germanos, se desgañitaba intentado difundir algo del trotskismo y Enrique, mandándolas callar a ambas, abría una cuarta botella de vino al  grito de “la revolución es guerra, ¡hostias!”.

No lo pongo como excusa pero yo también había bebido. Sabía lo que estaba haciendo pero había bebido, 4 o 5 copas de vino, es mucho. El agua estaba templada. Hacía calor. Estaba lejos de Abel, me sentía independiente. No tener a mi hijo cerca me dio libertad. No me había imaginado mi vida así a los 20, no la tenía definida de ninguna manera, pero siempre pensé que la libertad sería imposible perderla, cómo iba a imaginar que un hijo me apresaría en cuarentena durante 13 años. Son 13 ya los años. No lo pongo como excusa pero yo también había bebido.

—Elvira… —dije inclinada junto a su cama—. ¿Duermes? —Elvira abrió los ojos y acomodó rumiando una pesada lengua que parecía haber estado pegada al paladar durante horas—. Elvi, necesito que hablemos.

Elvira me miró, apoyó una mano sobre la almohada y se incorporó con dificultad.

—Si me vas a decir que China sí es comunista te puedes ir a la mierda —y se dejó caer sobre la almohada como peso muerto.

La miré con desesperación. Estaba sola, otra vez me había dejado sola. Primero ella y sus circunstancias y luego, si eso, lo demás. Es egoísta. La culpo porque necesito culpar a alguien. Me metí en la cama e intenté dormir algo.

Al día siguiente removía el azúcar del café sentada en una tumbona con la vista fija en la piscina. Lo oí llegar, supe que era él por sus andares, arrastra uno de los pies. No me giré, no quise. Mantuve la mirada en el agua.

—Almu —dijo. Se sentó en la tumbona de al lado y me acarició el muslo—. ¿Has dormido algo?

—Algo sí…

Se arrodillo junto a mí y me bajó el tirante de la camiseta. Con la nariz me acariciaba el cuello y el hombro. Lo besé conteniendo la pasión en aquel vaso de café, lo así con ambas manos intentando dirigir un control desbocado de una atracción que parecía haber estado contenida durante siglos.

—Darío, esto no puede ser por muchas razones… —dije sin sentirlo.

—Sí puede ser porque ya lo es, Almu, ya lo es, ya lo es… —Metió la mano por dentro de mi pantaloncito del pijama y nos dejamos llevar otra vez.

Por la tarde, Elvira metía sus cosas en la maleta, la observaba desde mi cama.

—Última vez que me engañáis para pasar un finde entre amigos, sois un coñazo, menuda pérdida de tiempo.

—Elvira —interrumpí.

—Enrique es un dolor de muelas, Darío missing, tú vagando de un lado a otro como alma en pena y Bea neurótica perdida, aclamando a Markus cada dos por tres, ¿sabes que van a volver? —me preguntó señalándome con una camiseta arrugada en la mano—, después llorará, ¡ese chico la está tomando el pelo!, y ella ni se da cuenta, no la culpo, ¿eh?, no la culpo para nada, somos así: cuarentonas en cuesta abajo. Suplicamos por un gramito de ilusión. Infelices.

—Elvira… —me puse en pie y empecé a vomitar lo que ocurrió con Darío la noche anterior en la piscina, en su habitación, en el cuarto de baño y lo de esta mañana sobre las tumbonas. Elvira se sentó en la cama—. Es más que sexo, Elvi, es… Nosotros… Yo… Yo también quiero mi gramito de ilusión. Elvira, Abel me oprime. Yo lo intento pero necesito respirar, necesito liberarme de un rol que no me corresponde, lo intento una y otra vez pero Abel me ha quitado hasta las ganas de vivir, mi día a día se ha convertido en un cúmulo de acciones rutinarias que ni sé por qué las hago. Abel ha transformado opciones en castigos.

Elvira cerró la maleta con lentitud, agachó la cabeza y se retiró el pelo con las dos manos.

—No hagas eso, Almu —dijo alzando la vista—, no culpes a Abel de tus frustraciones, dale un respiro. Llevas condenándolo más de dos años. Céntrate, céntrate. Es difícil, lo sé, es difícil pero no lo culpes a él. Por mí como si te follas al santísimo Papa, pero deja de culpar a Abel si después te arrepientes. Abel es un niño que demasiado tiene con gestionar quién y qué es su padre. —Me senté junto a ella. Me agarró de la mano y me dijo muy bajito—. Almu, Abel no es él, no es él, deja de culparlo por todo.

—¿Y a quién culpo? ¿A ti?

—Si quieres...

Nos quedamos un ratito en silencio mirando al frente.

—Me siento tan perdida, Elvi.

—Pues ya somos dos y si contamos a Beatriz, tres. —Se llevó mi mano al pecho y respiró con fuerza.

—¿Se lo contarás tú a Bea?

—¿Y qué quieres que le diga? —me preguntó con una sonrisa condescendiente.

—Que yo también había bebido. No lo pongo como excusa, pero yo también había bebido. Yo también.

Yo no quise haber ido. Me convencieron. No fue mi culpa.

  

18 feb 2021

Berghain sin consecuencias

 

The line at Berghain de Nicola Napoli


Salí del metro y crucé Gran Vía. Giré a la derecha y tomé San Bernardo. Me apreté el bolso contra la cadera y sonreí. Dentro llevaba el pasaporte de Verónica y el mío con sendos visados para poder entrar en China. Los acababa de recoger en el consulado. En un mes regresábamos a casa y mentiría si dijera que no estaba asustada.

—Hola —dije al entrar en la pequeña tienda de comestibles esquina con Daoiz—, vengo a recoger el pedido de Beatriz Vergara.

Uno de los dos hombres me sonrió y de debajo del mostrador sacó dos bolsas.

—Aquí. Aquí. ¿Vecina Beatris todo bien? —preguntó.

—Sí, muy bien, pero prefiere no salir de casa.

—Sí, bien, bien. Salir no. Todo pagado, marchas tranquila ya. Y decir a vecina Beatris muy, muy cuídate.

—Claro, yo se lo digo. ¡Gracias! —exclamé con una bolsa en cada mano.

Al llegar al portal, dejé las bolsas en el suelo y toqué al portero automático.

—¿Sí?

—Bea, soy yo, ábreme. Te dejo las bolsas en el ascensor.

—No, no, no, sube.

—No puedo, tengo que ir a Correos a mandarle el visado a Vero.

—No te cierran hasta las ocho. ¡Sube!

Resoplé y empujé la puerta. Entré en casa y dejé las bolsas sobre la mesa de la cocina. ¿Bea?, grité justo antes de lavarme las manos en el fregadero. ¿Bea?, volví a gritar cuando ya me las estaba secando con el trapo.

—¡En la terraza! ¡Échate el flis-flis antes de venir!

Miré a mi alrededor y en la encimera vi el Sanytol para muebles, me fumigué y tras sentirme como una planta lo volví a dejar en su sitio.

—El de la tienda me ha pedido que te diga que “muy, muy cuídate”.

—Seguro que ha sido Imran —dijo riendo—, su padre es más serio.

Me senté en el extremo del incómodo sofá chill-out. Bea, desde la otra punta, me lanzó su móvil. Mira, dijo. Había una foto de Markus con pantalones cortos de deporte, sin camiseta, con un cinturón de herramientas y cargando el marco de una ventana mientras sonreía a la cámara.

—¿Es el nuevo anuncio de Coca-Cola? —pregunté.

—¿No es espectacular?

—Lo es —afirmé y, tras mirar la foto por última vez, le lancé el móvil de vuelta.

Beatriz me contó cómo iban las obras de su casa en Múnich, de lo apañado que era Markus, de la suerte que había tenido con él, de lo poco que lo había valorado en todo este tiempo, de la diferencia de edad, de su inteligencia y honestidad, de lo difícil que era volver a follar con media teta menos y carente de ganas, de su empatía, de su humor, de su cinturón de herramientas, de su martillo… Beatriz brillaba. Beatriz brillaba otra vez.

—Cómo me alegro —dije.

—¿Vendrás? —No contesté, así que lo repitió de nuevo—. ¿Vendrás a verme?

—¿A Múnich? Yo… —Acaricié mi bolso en el regazo y pensé en los pasaportes de dentro—. Me voy a China.

—Lo sé, por eso te lo propongo. A la vuelta, en julio, cuando regreses a España, durante las vacaciones de verano. Coge un vuelo que haga escala en Múnich y quédate una semana conmigo.

—Yo…

Y mi cabeza voló. Voló a 2009 o 2010, ya no lo recuerdo. Acababa de aterrizar en Frankurt, venía de Estados Unidos, donde trabajaba como profesora en una universidad. Corrí a la puerta de embarque para coger el último avión que me llevaría a Bilbao. Al llegar encontré un gran tumulto de gente sobre el pequeño mostrador de la puerta de embarque y sobre una diminuta oficina de información de Lufthansa que estaba enfrente. La gente parecía enfadada y las azafatas de pañuelito amarillo agitaban las manos pidiendo espacio. Observé aquella escena durante un par de minutos, luego me quité los auriculares y los chillidos de unos y otros hicieron que me riera sin ningún tipo de consciencia.

—¿Qué pasa aquí? —pregunté al aire todavía divertida.

—Se han cancelado todos los vuelos —contestó una chica joven sentada en el suelo, junto a la pared de los baños. La miré, me pareció simpática, quizá por su fuerte acento gallego—. Hay un volcán en Islandia que ha entrado en erupción.

—Vaya…

—¡Hola! —dijo el chico que acababa de salir del baño. Ayudó a levantarse del suelo a la gallega y luego me preguntó—: ¿También vas a Santiago?

—¿Santiago de Compostela? No, no, no, voy a Bilbao.

—Cancelado también. Todos cancelados.

—Ya se lo he dicho yo.

—Lufthansa te da la opción de pasar la noche en Frankfurt, en un hotel —continuó el chico—, pero nosotros nos vamos a Berlín.

—Oh, ¿también te dan la opción de pasar la noche en un hotel de Berlín?

Los dos se rieron. Por supuesto que no. No había nada en Frankfurt así que querían llegar esa misma noche a Berlín, a Berghain.

—¿Berghain? ¿Es un barrio bonito?

Y la pareja volvió a reírse.

—¿Pero tú de dónde has salido? ¿Dónde has estado metida?

—En West Virginia.

Las risas nos unieron de inmediato así que poco más hizo falta para liarme la manta a la cabeza e irme con ellos. Recogimos las maletas y las dejamos en consignas, al día siguiente estaríamos de vuelta, el servicio no sería tan caro. Y mientras el gallego se hacía cargo de comprar los billetes de tren, yo llamé a mi madre.

—¿Cómo que hay humo en el cielo?

—Sí, mamá, los pilotos no pueden ver nada, así que me quedo a pasar la noche —dije apretando los ojos, mentir no mentía, porque a pesar de tener 30 años hablar con mi madre era estar justificándome siempre como si tuviera 12.

—¿La noche? —Lo único que había entendido mi madre—. ¿La noche con quién? ¡¿Con quién?! —Y es que el mote de Margaret White se le quedaba corto en muchas ocasiones—. Escúchame bien, ELVIRA CATALINA (sí, es mi segundo nombre) REBOLLO GARCÍA, ¡ni humos ni humas!, ¡ni noches ni nochas! Como si tienes que venir andando desde Alemania, pero hoy llegas a Bilbao sí o sí, como que me llamo MARÍA DEL CARMEN GARCÍA EXPÓSITO, ¿me oyes, sinvergüenza?

Clic.

El viaje en tren fue divertidísimo. Recuerdo que nuestras escandalosas risas molestaban a todo el vagón. Hablamos de nosotros, de lo que hacíamos y de lo que nos gustaría hacer en el futuro, porque pensábamos que teníamos futuro, pero ya no recuerdo casi nada de ellos, ni siquiera sus nombres. Se han etiquetado en mi memoria como la pareja gallega de Berghain.

Me explicaron que iba a asistir a la experiencia más increíble de mi vida. Berghain era el mejor club techno del mundo, instalado en una impresionante antigua central eléctrica de la Alemania del este.

—¡Es la catedral de la música electrónica! ¡No hay nada parecido en ninguna parte del mundo!

—Vaya… —contestaba yo absolutamente fascinada aunque en mi vida hubiera escuchado techno, un poquito a Chimo Bayo en los 90 y ya, pero me daba igual, ¡lo estaba flipando!

Durante el viaje ensayamos la manera de permanecer en la cola que se formaría antes de entrar en el club. Me explicaron que Berghain era conocido por su estricto derecho de admisión, que al mismo tiempo nadie sabía definir cuál era exactamente. La ropa, por ejemplo, no era un asunto cuestionable, y lo agradecí porque llevaba mis botitas de borrego tan poco sofisticadas. En lo que sí parecía coincidir mucha gente es que al personal de la puerta no les hacían especial gracia los extranjeros.

—Así que vamos a permanecer en silencio.

—En silencio —repetíamos la chica y yo.

—No pueden saber que somos españoles.

—No pueden —nosotras.

—Si nos dicen algo en alemán, decimos: Nein!

—Nain! —repetí.

Nein! —me corrigieron ellos.

—Y si nos siguen preguntando, decimos: Ja, ja, natürlich!

—Ya, ya, natirrlij!

Ja, natürlich!

—Ya, nain!

Nein!

—Nain, natirrlij!

Natürlich!

Nein!

Ja!

El alemán sentado a nuestro lado nos miraba como si fuéramos un grupo de jóvenes con discapacidad mental.

Por fin llegamos a Berlín, comimos algo y bebimos bastante en un club no muy alejado de la estación. Tras preguntar y estudiar las diferentes maneras de llegar, a las 23.40 p.m., estábamos haciendo cola frente al grotesco edificio de la discoteca.

—¡Parece un manicomio! ¡Me encanta! —grité.

—¡Ssssssht! —los gallegos.

Los casi 50 minutos de espera, nos los pasamos hablando entre señas y muriéndonos de la risa.  Recuerdo el intenso dolor de vejiga. Recuerdo gente en la cola con tachuelas en la cara mirando mis botitas de borrego. Recuerdo el látex y los focos que permanecían encendidos ahora sí y ahora no. Recuerdo la gravilla carcelaria del suelo. Recuerdo avanzar poco a poco y al hacerlo aplaudir entre carcajadas. Recuerdo los agravios de aquellos a los que no les habían permitido entrar. Recuerdo las luces de colores de algunas de sus ventanas. Recuerdo el murmullo intenso. Recuerdo que nos tocó el turno. Recuerdo estar frente a la enorme puerta de metal de la entrada. Recuerdo que instintivamente le di la mano a la gallega porque sentí miedo. Recuerdo a dos hombres delante y a uno detrás que nos observaban sin decir nada.

Uno de los de delante hizo una seña al de detrás. Y el de atrás dijo:

Not today.

Lo miramos, era gordo, tenía un largo abrigo negro que lo cubría entero, pensaba que iba a sacar una pistola y nos iba a matar, sentí que nuestras vidas valían muy poco... y quizá por eso dije:

—Ya, ya, natirrrlij…

La tensión se tornó en carcajadas. Salimos de la cola muertos de risa, casi no podíamos ni caminar. Al alejarnos del recinto vallado de Berghain, buscamos un arbusto y meamos los tres. Y a partir de entonces poco puedo recordar: un autobús, un club, cerveza, gritar not today cada vez que brindábamos, bailar al ritmo de las luces y no de la música, la boca de un alemán, más cerveza, besos, not today, buscar una botita de borrego, viva Galicia, más besos, las risas, los focos a destiempo, sujetar la botita de borrego entre mi pecho, otro alemán, otro beso, cerveza, viva Islandia, ja, ja, natürlich, más techno, dolor de vejiga, viva Margaret White…

A los dos días aterricé en Bilbao, lo que pasó en ese intervalo de tiempo lo borré de mi memoria. Solamente puedo recordar sentirme completamente borracha de inconsciencia y libertad.

—Elvi, vamos, dime ¿vas a venir a Múnich? —insistió Beatriz.

—No sé cuándo dejé de sentir la libertad de poder elegir sin medir las consecuencias. No sé cuándo la responsabilidad se transformó en un bloque pesado de acero que cargo en brazos. Me siento tan encadenada a una enfermedad, a una ceguera que me aterra, que he dejado de atender al qué más dará. Ahora todo importa, claro que importa y tanto importa que es necesario medir su nivel, para que nunca la importancia se desborde y duela de esa manera tan incómoda. Qué incómodo es sentirte culpable y qué ingrato. Y yo me preguntó ¿por qué nos sentimos culpables si nuestros actos carecen de responsabilidad? ¿Cómo puede haberla si nunca tuvimos elección de participar en esta vida? Responsables los otros, los anteriores a nosotros que por su capricho nos arrebataron el poder de seguir no existiendo. Cómo puedo ahora elegir sin medir las consecuencias, cómo puedo hacer de mi vida un derecho de admisión, un not today.

Beatriz me miró perpleja.

—¿Eso es un sí o un no?


13 feb 2021

Las videollamadas las carga el diablo II

 

Operadora. Autor desconocido.


Videollamada. En la pantalla de un ordenador aparece la cara de tres mujeres residentes en Madrid. Llevan 11 meses teletrabajando debido a una pandemia que afecta al mundo entero porque un chino se comió un murciélago en diciembre de 2019.

En la línea de arriba, a la derecha aparece Almudena, 44 años, bibliotecaria en la UCM, madre soltera desesperada por un hijo preadolescente incombustible. Melenita corta y flequillo recto. Sin maquillaje y con gafas grandes azules de pasta. Camiseta negra de tirantes de los Montana Stomp diseñada por Joan, pareja de Elvira.

A la izquierda, Elvira, 43 años, profesora (online) de literatura en una universidad china. Corte de pelo ochentero a capas y flequillo, ella cree parecerse a Patti Smith pero se acerca más a Brian May. Camiseta gris y chaqueta de punto americano, ella cree parecerse a Arthur Miller frente a su máquina de escribir pero se acerca más a Velma de Scooby-Doo.

Abajo, Beatriz, 41 años, alma de actriz pero cuerpo de administrativa en la empresa de su padre. Superviviente de un reciente cáncer de mama. Pelito muy corto por las secuelas de la quimio. Camisa vaquera, cerrada hasta el cuello. Gloss nude en los labios, fino colorete rosado y pendientes largos de pluma.

ELVIRA.— No lo entiendo, ¿te ha dejado o no te ha dejado?

BEATRIZ.— No. Markus no me ha dejado, ayer me lo explicó. Tenía cosas que hacer.

ELVIRA.— ¿Se marchó a Múnich solo y luego estuvo dos semanas sin llamarte porque tenía cosas que hacer? Pues sí que era larga su to-do-list.

ALMUDENA.— O igual se le desconfiguró su Notion y ya no supo qué pasos seguir.

(Las dos mujeres se ríen.)

BEATRIZ.— No lo entendéis. Los hombres alemanes son así, priorizan.

ELVIRA.— Pues mejor me lo pones. A ver, Bea, debes darte cuenta de que es raro. Markus es un tío genial, no hay debate, todas lo querríamos como novio: sexi, inteligente y divertidísimo pero…

ALMUDENA.— ¿Por qué Markus te cae bien desde el principio pero a Carlos no lo soportas?

ELVIRA.— Te lo he dicho mil veces, porque Carlos es coach.

ALMUDENA.— ¿Y?

ELVIRA.— Y debería estar en el corredor de la muerte. Además, ¿por qué lo defiendes si ya tienes a tu panadero de Tinder?

ALMUDENA.— Es cocinero.

BEATRIZ.— Creo que me he perdido algo.

ALMUDENA.— Álvaro, un hombre que conocí en Tinder y nos mandamos cositas… Ya sabes, fotitos…

ELVIRA.— En pelotas.

BEATRIZ.— Uy, Almu, y parecías buena cuando te compramos.

ALMUDENA.— ¡Lo soy! Me hacéis sentir fatal. Álvaro es solo un juego inocente.

ELVIRA.— Que te enseñen el merengue por videollamada ahora se llama juego inocente.

BEATRIZ.— Vaya, vaya con el pastelero.

ELVIRA.— Pandero.

ALMUDENA.— ¡Es cocinero! Además os vais a marchar las dos, una a Alemania y la otra a China en marzo, ¿qué voy a hacer yo?

ELVIRA.— ¡Ay, eso, Alemania! Entonces, ¿te vas a Múnich seguro?

BEATRIZ.— Sí, me voy, está decidido. Markus me ha explicado que el confinamiento se ha alargado hasta el 7 de marzo. Así que me marcharé a finales de marzo o principios de abril. Así Markus tiene tiempo de arreglar la casa, quiere cambiar las ventanas y la caldera.

ALMUDENA.— Ya. ¿Y confías en él?

BEATRIZ.— ¿En Markus? ¿Por qué no iba a hacerlo?

ELVIRA.— Porque ya te ha dejado una vez.

BEATRIZ.— ¡No me ha dejado!

ELVIRA.— Un poco sí, un poco sí.

BEATRIZ.— A ver, chicas, ¡prioriza!

(Silencio.)

ELVIRA.— Bueno, pues esperemos que estando tú en Múnich no le dé por “priorizar” otra vez.

BEATRIZ.— Mira, Elvi, preocúpate de lo tuyo que tienes mucho de lo que preocuparte. Te recuerdo que en marzo regresas al epicentro de la pandemia.

ALMUDENA.— En estos momentos el epicentro es Madrid. (Silencio.) Por comentar.

ELVIRA.— Bea, solo te digo que andes con cuidado. Markus es un encanto pero si vuelve a hacer tonterías: Next! No puedes perder el tiempo con hombres que no tengan las cosas claras. Debes tomar decisiones y hacerlo sin que te tiemble el pulso.  ¿Me oyes?

ALMUDENA.— Hombre, Elvi, Bea es mayorcita, tampoco eres su madre, sabrá lo que tiene que hacer.

BEATRIZ.— No, Almu, no te equivoques, Elvira no es madre, por suerte. Elvira es profesora, es profesora 24 putas horas al día. Se cree en posesión de la verdad absoluta y luego adoctrina a los demás. Tú haz esto, tú haz lo otro, no lo hagas así, hazlo asá. Eres…

(Beatriz es interrumpida por el móvil de Elvira que vibra sobre la mesa. Elvira se quita los auriculares y hace un gesto a sus amigas con el dedo pidiéndoles un minuto. Escucha el mensaje de voz recibido. Pone los ojos en blanco y suspira dos veces. Con enfado graba un mensaje de voz como respuesta. Sus dos amigas lo escuchan a lo lejos.)

ELVIRA.— Luo Kun, vamos a ver, ¿me quieres explicar, por favor, cómo pretendes empezar a redactar las conclusiones de tu tesis si todavía no tienes los objetivos claros? ¿Cómo lo vas a hacer? Cuando te vistes, ¡¿te pones los calzoncillos por encima de los pantalones?! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Objetivos y enfoque metodológico claros! ¡Olvídate de las conclusiones! Virgensantadelamormisericordioso… Vais a acabar todos conmigo, ¡señor!

(Deja el móvil. Se coloca de nuevo los auriculares y mira la pantalla de su ordenador como si nada hubiera pasado.)

BEATRIZ.— Vaya, tus alumnos tendrán ganas, ¿no?

ELVIRA.— ¿De verme?

BEATRIZ.— No, de que vayas a pasar 14 días de cuarentena encerrada en una diminuta habitación de hotel en Tianjin, mientras te acribillan a PCRs anales. Karma lo llaman.

ELVIRA.— Mis alumnos me quieren.

BEATRIZ.— Sí, te quieren, te quieren muerta. Pero ¿tú te ves? ¿Tengo o no tengo razón? ¡Eres una profesora odiosa! La típica amargada que lo paga con sus pobres estudiantes porque es incapaz de asimilar que su propia vida es una mierda. Y haces lo mismo con nosotras. ¡Actúas como una asquerosa profesora con todo el mundo!

(Silencio.) (A través de la pantalla Elvira observa seria a sus amigas largo rato. Ellas evitan mirarla.)

ELVIRA.— Bien, Beatriz, creo que después de decir lo que has dicho, necesitas ir un ratito al rincón de pensar.