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3 feb 2010

Decepción

¿No lo has probado todavía? No, todavía no, tendré que ir. Vete, de verdad, no sabes lo que te pierdes. Vale, ¿New York?, ¿se llama el New York? Sí, el New York, increíble, en serio. ¿De qué habláis? De nada, que Elvira no ha probado el New York. ¿El New York de Jeannie’s? Sí. Oh, ¡demonios!, ¡no me lo puedo creer! Bueno, siempre que voy se ha terminado así que al final me pido lo mismo, un Cherry Pie. Claro, no llega al lunes, lo sacan el domingo y para el lunes al mediodía ya se ha terminado. Es que es como un orgasmo, ¿a que sí, Kayla? Sí, mira, Elvira, cariño, con el primer pellizquito que le des con el tenedor ya vas a sentir ese contorneo tan cremoso. ¡Uy, uy, uy!, y cuando lo tengas en la boca ni te quiero contar, es un orgasmo de los grandes, de los de mi Terry en sus buenos tiempos. Ya… como un orgasmo… ¿no? Elvira, chica, ¡con más entusiasmo! Déjala que a ésta se le han olvidado lo que son los orgasmos. ¡Ja, ja, ja, ja!, ¡ay, Kayla, qué mala!, pobre chica. Bien, pues iré este lunes antes de clase, a las nueve, y ¡claro que me acuerdo de los orgasmos!

—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
—Bueno, quiero un trozo del New York.
—Cariño, no queda.
—Pero, Jeannie —dije mirando mi reloj—, es lunes y no son ni las nueve de la mañana.
—Lo siento, cuenquito de miel, se terminó ayer, vino Edna con un grupo de amigas y no dejaron nada.

Esperé junto a la puerta. Era domingo, las diez de la mañana. La cafetería seguía cerrada, sería la primera en entrar y la primera en probar el maravilloso New York. Vi a Jeannie acercarse.
—Abejita, ¿qué haces aquí?
—No quiero que nadie se coma mi porción de New York.
—¿El New York, dices? Hoy no es posible, Shannon lleva toda la semana enferma, no tenemos nada de repostería, ya sabes que es la única que sabe de esto. Ninguna otra se atreve a meterse en la cocina y competir con ella. ¡Ven la próxima semana!, te guardaré un trozo, te lo prometo.
—No Jeannie… —dije desmoralizada—, me voy a España por navidades, no volveré hasta enero.
—Oh, cariño, lo siento, bueno, pues en enero tendrás tu porción de New York, el mejor pastel que jamás hayas comido.

Bueno, ¿qué te pareció? Pero si todavía no lo he probado. ¿Cómo que no? ¿De qué habláis? De nada, que Elvira sigue sin conocer el orgasmo del New York. ¡Ay, dios mío!, ¡puro pecado!, ¿a qué esperas, chica? Si yo quiero comerlo pero no he tenido suerte hasta el momento, además me pillaron las vacaciones de navidad por medio. Vale, pero estamos casi a febrero, cariño. Lo sé, lo sé, Kayla, pero como es un poco caro quiero esperar a un momento realmente especial. ¡Ja, ja, ja, ja!, esta chica, es un encanto. Boba, diría yo. ¡Son casi doce dólares de trozo de pastel! Dentro de tres meses y medio es tu cumpleaños, ¿te parece razón suficientemente especial, cariño? ¡Uy!, a mí me lo parecería, chica, ¡vete!

Eran las cuatro de la tarde, miré por la ventana del salón. Había dejado de nevar. Al ser domingo las carreteras estaban cubiertas de nieve, casi no había movimiento de coches que las despejaran, así que decidí ir andando. Me calcé las botas de oso y el forro polar, me encasqueté el gorro y me metí, en el bolsillo de los apretados jeans, los quince dólares que había separo para la ocasión.
—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
Me senté en la barra. Saqué de mi bolsillo los quince dólares y los coloqué en el mostrador, frente a ella.
—Un-New-York, por favor —dije muy lentamente, vocalizando a la perfección el nombre.
Jeannie, tras reírse burlona un rato, se dio media vuelta y acercándose a la neverita giratoria me preguntó con misterio:
—¿Estás segura de que quieres probarlo…?
—¡Jeannie, tráelo de una vez! —grité impaciente porque me moría de ganas, salivaba como el perro de Pávlov. Llevaba meses esperando aquel momento, mi New York y yo nos íbamos a ver las caras por fin.
Jeannie se acercó con un platito, lo portaba ceremoniosamente con ambas manos, y tarareaba una facilona melodía de intriga.
—Y… ¡Ta-chaaaaaán! —exclamó Jeannie dejando el plato en el mostrador, bajo mi depredadora mirada.
Lo miré, lo volví a mirar, me acerqué el platito un poco más por si no lo estaba viendo bien y finalmente dije:
—Pero… Jeannie, tiene crema…
—Claro, abejita, el secreto del pastel New York es su crema.
—Jeannie, no me gusta la crema… —dije bajándome del taburete y con paso lento llegué hasta la puerta.
—Pero, abejita, ¡¿adónde vas?!
—A mi casa, a comerme un yogur.

12 mar 2009

¿Cherry Pie o... no?

Me senté en la barra de la cafetería de la universidad. Jeannie, con su uniforme rosa, se acercó a mí para tomarme nota.
―Hola, cuenquito de miel, ¿expreso doble?
―Jeannie, no me llames así.
―¿Cómo?
―Cuenquito… de miel… ―dije de manera entrecortada por un bostezo.
Eran las diez de la mañana y me moría de sueño y de aburrimiento. Acababa de terminar una clase llena de momias. Intentar poner en práctica el enfoque comunicativo con semejantes estudiantes era desesperante. Veinte sombras recostadas, por no decir tumbadas, en sus sillas con cara de menuda chapa nos estás metiendo, era de acomplejar.
―Bien, ya no te lo llamaré más, abejita.
―¿Abejita? ―preferí no hacer ningún comentario ante su nuevo apelativo, pero lo que estaba claro es que Jeannie venía de familia de apicultores―. Sí un expreso y, anda, ponme un trozo de este cake.
―No, no es un cake, es un pie, mi abejita loca.
―Oh... ¿y cuál es la diferencia? ―dije observándolo tras el cristal de la pequeña nevera de la barra.
―Pues mira, abejita, éste es un pie, ¿verdad? Y éste ―dijo mostrando la tarta de al lado― es un cake, ¿ves?, pie y cake, cake y pie ―explicaba señalando cada tarta alternativamente.
A mí los dos me parecían iguales excepto por el color, uno rojizo cereza y el otro azulado arándano. Pero parecían tener la misma masa y sus idénticos trocitos de fruta en la parte de arriba.
Negué con la cabeza y le hice ver que no captaba la diferencia.
―Mira, cuenquito…
―Jeannie… ―la interrumpí con tono de regañina.
―Perdón, abejita ―realmente no sabía cuál era peor, si cuenquito o abejita―, mira, mira ―Jeannie sacó ambos platos y los dejó sobre el mostrador―, ¿lo ves ahora?
Bien, sí, los veía y un poco más cerca pero aquello no estaba siendo un argumento aplastante para marcar la diferencia, ¿no? Luego dicen que ser profesor de tu lengua materna es facilísimo, ¿sí?, explicar con palabras a un extranjero lo que para ti es obvio no es tarea sencilla y si no que se lo pregunten a Jeannie.

La mujer de enorme culo, sentada en la mesita de detrás se levantó y, con confianza, me colocó su mano sobre la espalda aun no conociéndonos de nada, mientras ofrecía su teoría sobre los diferentes dulces.
―Mira, cariño, éste tiene nata, aquí, un poco, ¿lo ves? ―dijo señalándome el pastel azulado― y éste no ―ahora su dedo estaba en el plato del pastel rojizo―, así que podemos decir que si tiene nata se trata de un cake y si no de un pie.
A pesar de no tenerlas todas conmigo, le dije que ahora sí que lo entendía perfectamente. Triunfadora la mujer volvió a su mesa. Tras pensármelo unos segundos me seguí decantando por el pastel de cereza y se lo pedí a Jeannie.
―Claro, mi abejita, marchando con tu café.
En nada, me sirvió un colorido plato con un trozo de, definitivamente, cherry pie y mi café. Después, me ofreció un tenedor y salió de detrás de la barra con otro en la mano. Se sentó en el taburete de al lado y pinchó un trozo de mi pastel con absoluta normalidad.
―Pero, Jeannie, ¿qué haces? ―pregunté con cara susto.
―Ay, abejita, compartimos, ¿vale?
¿Compartimos? Yo no compartía nada, era egoísta por naturaleza, yo de pequeña era de las que decía: lo siento, pero mi madre no me deja dejar. Compartir, prestar, dar e incluso hasta ofrecer me daba alergia. ¡No! ¡Es mi pastel!
―Vale… ―qué podía decir.
―Así me cuentas lo guapos que son tus alumnos, ¿eh?, vamos, cuenta, cuenta ―dijo metiéndose un inmenso trozo de pastel a la boca.
Pero antes de tragarlo, Jeannie volvió corriendo a la barra. Rebuscó algo debajo del mostrador. Después, con la misma prisa con la que se había marchado, se sentó nuevamente junto a mí mostrándome, con enormes ojos de niña ilusionada, un bote de nata montada.
―Ya vas a ver qué rico está ahora, espera, espera… ―y echó un buen chorro de nata montada sobre el trocito de pastel, formando una blanca montaña piramidal.
Observé el resultado con inquieta curiosidad. Absorta en mi propio y simple mundo interior, tomé el plato de manera fascinada y giré mi taburete.
―Disculpe… ―dije enseñando el plato a la mujer de enorme culo sentada en la mesita. Ella se dio la vuelta y me atendió con interés― y… ¿ahora…?, ¿pie o cake?

10 dic 2008

La culpa fue del café

Me acerqué hasta la cafetería de la biblioteca y pedí un expreso doble para llevar. Miré con envidia a la gente sentada en las mesas, me encantaría tomármelo allí pero todavía tenía que preparar las clases de mañana y me apetecía terminar pronto y marcharme a casa.
—Un café para llevar —repitió la camarera imitando mi acento— me encanta tu acento, cariño, ¿de dónde eres?
—De España.
—Te lo dije, Jeannie —la camarera se dio la vuelta y golpeó el hombro de su compañera—, que turca no podía ser porque es muy bajita.
¿Turca? ¿No podía ser turca porque me faltaban centímetros?
Jeannie me miró y ladeó la cabeza.
—Bien… pero el pelo y sus ojos son de turca, pero sí, vale, cierto… demasiado baja.
—Es que su novio es turco, ¿sabes, cariño?, y ahora ve escrito Turquía en la frente de cualquiera.
—Ya… —¿y porque su novio fuera turco me tenían que llamar enana a la cara?
—¿Y el tuyo? —me preguntó Jeannie con la cabeza todavía ladeada.
—Mi, ¿qué? —respondí confusa.
—Tu novio, cariño ¿de dónde es? —repitió la pregunta la primera camarera sin nombre.
No se conformaban con recordarme que no llegaba al metro cincuenta y tres de altura, ahora metían el dedo en la llaga de mi soltería.
—De Pakistán —contesté creyendo haber anotado un tanto a mi favor.
—¿Pakistán? —dijeron ambas camareras mirándose con asombro.
—De Pakistán… pues allí tampoco son muy altos —sentenció Jeannie.
Decidí pagar mi café y marcharme lo antes posible. Cuando salía por la puerta, un joven entraba de espaldas porque seguía despidiéndose de alguien que estaba fuera. Al voltearse me dio tal empujón que tiró mi café al suelo. Genial, estaba claro que aquél no era mi día.
—Jeannie, fregona en la puerta dos, la turca ha tirado el café —avisó sin entusiasmo la-sin-nombre.
—Oh, perdona, por favor, perdóname, no te había visto —se disculpó el joven.
—¡Ja, ja, ja! Es que es muy bajita —dijo Jeannie fregándome los pies.
El joven se rió y después añadió:
—Sí, baja y muy bonita.
Levanté la cabeza sorprendida.
—¿Mike...?
No lo había vuelto a ver desde aquel día en la lavandería.
—Hola, simpática —Mike me saludaba desde las alturas—. Venga, que te debo un café pero vayamos a otro sitio.
—Vaya… y yo que pensaba que los de Pakistán eran bajitos, mírale a éste, casi dos metros… —pude oír a Jeannie antes de que Mike me sacara de la cafetería.
—Elvira, la chica simpática de la lavandería… —dijo pensativo—. ¿Dónde te has metido desde entonces?
—Bueno, con el tema de las elecciones he estado muy liada —mentí.
—Vaya, pues para no ser americana y no poder votar sí que te ha absorbido el tema presidencial, ¿no?
Ups, tocada y hundida.
—Pues si te digo la verdad —continuó—, tenía muchas ganas de volverte a ver —su sinceridad y transparencia no dejaban de sorprenderme, era un verdadero encanto—. ¿Tienes algo importante que hacer ahora?
—Preparar las clases de mañana —contesté.
—He dicho importante… —recalcó Mike con una bonita sonrisa.
—Bueno… pues…prepar… —no me dejó terminar, me cogió de la mano y me llevó al aparcamiento.
—Pero ¿a dónde vamos? —pregunté.
—Te invito a la lavandería.
—¿Eh? —me reí—, pero si no tengo aquí mi ropa para lavar.
—No importa, te presto parte de la mía, la ropa sucia siempre me sobra.
Me encantó su ingenio.
A pesar de no conocerlo de casi nada, no me importó montarme sin más en su viejo coche. Su frescura y naturalidad al actuar me daban la confianza suficiente. Llegamos a la lavandería. Mike descargó un gran saco de ropa sucia y me cedió el paso al entrar en el establecimiento. Frente a la lavadora me preguntó:
—¿Qué prefieres: mi sexy ropa interior, vaqueros y camisetas, mi ropa de deporte o las sábanas?
—Mmm… las sábanas.
Mike colocó las sábanas en uno de los carritos con ruedas y el resto de su ropa en otro. Después me llevó al final del pasillo con mi carrito, me dio cuatro monedas de un cuarto de dólar y dibujó en el suelo una línea imaginaria con el talón de su pie.
—Vale, ésta es la salida, ¿sí?, cuando cuente tres, sale cada uno con su carrito y pone una lavadora, el primero que termine gana.
—¿Qué…?
—Uy, perdona, claro, te falta el jabón —Mike abrió el detergente líquido y echó un poco en el tapón, luego me lo dio—, con esto será suficiente, ¿sí?, ¿preparada?
—¿Qué…? —volví a preguntar alucinada.
—Uno…
Empecé a ponerme muy nerviosa.
—Dos…
¿Se suponía que tenía que salir corriendo? Pero ¿de dónde se había escapado este tío?
—¡TRES!
¡¡¡¿Tres?!!! ¡Ay madre!, Elvira, ¡corre, corre!, pero ¡corre más que con su metro noventa te saca medio pasillo de ventaja! Ay, el carrito que se te va para el otro lado. Esta lavadora, ¡no, no, no!, ésta no, que está sucia, a ver, ¡corre! venga, ésta, ¡sí!, ¿pero Mike ya está metiendo su ropa?, Elvira, ¡empújalo!, ¡empújalo!, ¡sí, eso!, con carrito incluido.
—¡Ey, tramposa, eso no vale! —gritó Mike riéndose desde el suelo.
¡Ahora! Aprovecha, mete las sábanas, ¡rápido, rápido!, ¡todo dentro de la lavadora! ¡Cuidado, a tu derecha!, ¡carrito asesino enviado por el enemigo! Ay madre, que no me da tiempo, que él ya está metiendo las monedas, ¡sí!, se le han caído dos monedas al suelo, ¡vamos!, ¡el carro, lánzaselo!, ¡toma carro! ¡Monedas-ranura-selección- lavar-blanco!, y…:
—¡YEEEEEEEEEES!!!! And the winner is: Súper Elvira Rebollo, ¡oe, oe, oe, oe, oe! ¡Elvira-ra-ra-ra!, ¡Elvira-ra-ra-ra! —yo sola me jaleaba encantada con los brazos en alto.
Mike me miraba muerto de la risa.
—¿Qué he ganado?, ¿qué he ganado?, ¿qué he ganado? —le pregunté desde abajo con una sonrisa gigantesca.
Mike se agachó y me pellizcó la nariz como a una niña pequeña. Sin dejar de sonreír me dijo que enfrente nos esperaba Logan con dos grandes tazas de café.
El café estuvo malísimo pero sus besos no…