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19 abr 2010

¿Has comido ya?

Chinese food, por Takai-dono

Eran las once de la mañana. Cruzaba las canchas de baloncesto de la universidad, abarrotadas de estudiantes. Acaba de terminar mi última clase del día y me iba a comer a uno de los pequeños restaurantes fuera del campus. Había llegado a China hacía tan sólo dos meses y me costaba, enormemente, acostumbrarme a aquel horario.
—¡Profesora!
Un grupito de estudiantes pasaba por mi lado en ese momento.
—¿Has comido ya, profesora? —me preguntó una de ellas con cierta timidez.
—No, todavía no, voy ahora —respondí halagada porque lo más probable es que quisieran acompañarme. Sabían que, al no hablar chino, no podía leer el menú. Por ello, siempre deseaba que alguien me recomendara platos nuevos porque, al final, terminaba comiendo lo mismo todos los días.
—Ah, muy bien, adiós, profesora —dijo mi estudiante tímida.
—Adiós —dijo el resto al unísono mientras me adelantaban.
—Eh… adiós, adiós —dije yo con cara tonta.
Sin darle muchas más vueltas seguí caminando hasta salir del campus. Cruzando la carretera de la estrecha calle en la que desembocaba la universidad, un estudiante me saludó con energía y se acercó a mí.
—Profesora —dijo agachando un poquito la cabeza cuando ya lo tenía frente a mí.
—Hola, Carlos. —Todos los estudiantes chinos se rebautizaban con nombres originarios del idioma que estuvieran estudiando. Aquello me parecía muy curioso y a la vez, inmensamente, útil para los extranjeros porque si no, nos sería imposible recordar sus nombres chinos—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien, ¿has comido ya?
Lo miré confusa, no sabía qué contestar.
—No, Carlos, todavía no, voy ahora —respondí finalmente.
—Vale, profesora, adiós —y sin más se fue.
Adiós, me dije a mí misma porque el estudiante ya se había marchado. Tras permanecer inmóvil un momentín, reflexionando el sentido de la pregunta, avancé hasta llegar al restaurante.

Los restaurantes del barrio universitario eran pequeñas lonjas en las que servían la comida rápida y a muy buen precio. El horario era el mismo para toda la universidad así que, antes del mediodía, siempre estaban a tope. Era un auténtico ir y venir de platos, risas y gritos de los estudiantes mientras comían a una velocidad increíble. Para ellos el tiempo era sagrado, así que no se concedían más de quince minutos para el almuerzo. Querían aprovechar todo el descanso del mediodía para ir a la biblioteca y estudiar o practicar un poco de deporte, pero lo de tomar un café de sobremesa y disfrutar de una buena charla, no iba con ellos.
Me senté en una mesa de dos, compartiéndola con un joven un poco gordito que apenas levantó la vista de su plato único. Pedí tofu japonés y un bol de arroz con huevo. No tuve mucho problema en hacerme entender, porque mi compañera Li Ni me había aconsejado aprenderme de memoria las páginas y el lugar, en el menú, de los platos que me gustaban. Por ejemplo, las alitas de pollo al wok con salsa de Cocacola, que me encantaban, estaban en la página 3 y era la segunda línea empezando por abajo. Revuelto de tomates, en la página 4, en la primera línea después del segundo título en negrita. Me había aprendido el lugar de unos cinco platos, en el menú de tres restaurantes diferentes, y cada vez que iba rezaba para que no hubieran cambiado los menús porque, si así era, estaba perdida.

Necesité más de cuarenta minutos para comer mi tofu y el arroz porque, por aquel entonces, los palillos no me resultaban nada fáciles de manejar. Me lo tomaba con calma.
Cuando terminé fui directa a la biblioteca. Había quedado con Feng Min para grabar material de audio para los estudiantes. Eran actividades que complementaban los temas del manual de español, principalmente para ayudar a los estudiantes con la fonética.
Aceleré el paso subiendo las escaleras porque me di cuenta de que llegaba tarde.
—Elvira.
Levanté la cabeza de los peldaños y vi al viejo profesor Chan, director del departamento de español, bajando las escaleras.
—Profesor Chan, ¿cómo está?
—Bien, bien, Feng Min te espera.
—Sí, llego un poco tarde, lo siento.
—Está bien. ¿Has comido ya?
—Sí… —dije titubeante.
—Bien, adiós, Elvira.
—Adiós, profesor Chan.

Abrí la puerta del estudio de grabación.
—Llegas tarde —Feng Min me acababa de dar la bienvenida.
Por alguna extraña razón no le caía demasiado bien a aquella chica. Imagino que ocuparse de una extranjera que no sabía chino, lo que la convertía en una ciega-sordo-muda, podía llegar a ser muy pesado. Y se notaba que, en algunas ocasiones, ella estaba un poco harta de mí.
—Sí, lo sé, es que he pedido tofu japonés, el que se resbala entre los palillos, como tiene esa salsa viscosa pues es muy difícil sujetarlo, por eso… —decidí callarme porque a ella no parecía interesarle lo más mínimo, estaba ordenando la mesa y comprobando los micros.
—¿Empezamos? —preguntó con una inexpresiva sonrisa.
Me senté a su lado, ajusté mi micrófono y comencé a leer un texto sobre una mujer que se llamaba Ema y su esposo Paco y que vivían en una casa grande a las afueras de la ciudad. De repente, dos párrafos más abajo, Paco preguntaba a uno de sus compañeros del trabajo si había comido ya, su compañero le dijo que no y ambos se despidieron en las líneas siguientes sin que el diálogo ofreciera más detalles. Levanté la cabeza como un resorte y pregunté a Feng Min con enorme intriga:
—Pero ¿qué tipo de pregunta es ésta?
Feng Min cerró los micrófonos y paró la grabación. Después me miró escondiendo cierta molestia.
—¿Qué pregunta?
—La de, ésta, la de que dice aquí: “¿has comido ya?”
—Bueno, es una pregunta sin más, para saludarse.
—¿Para saludarse?, ¡jajajajajaja! —¡Algo era ello! Y yo creyendo que todos mis estudiantes querían llevarme a comer, ¡qué ilusa! —. Claro, ahora comprendo, es como decir, hola, ¿qué tal?, bien/mal, y te vas, ¿no? O sea, ¿has comido ya?, sí/no, y te vas.
—Exacto —contestó esbozando la misma sonrisa inexpresiva de antes.
—Ay, es muy gracioso, ¿has comido ya?, ¿has comido ya?, ¿has comido ya? —repetía una y otra vez muerta de la risa.
—¿Continuamos? —sonrisa inexpresiva en acción.
—Joe, bufff, son textos aburridísimos, ¿no te cansas de grabar? —pregunté con el morro torcido. Ella estiró el cuello y apretó los labios, hay que hacerlo, dijo con sequedad y después añadió:
—No solucionas nada quejándote, sólo que perdamos más tiempo.
Aquello era disciplina china y lo demás tonterías.
Por supuesto me callé y en hora y media terminamos de grabar, con apenas un descanso de tres minutos.
Una vez fuera de la biblioteca Feng Min me recordó que al día siguiente deberíamos grabar cuatro textos más.
—Bien, vale —dije desganada—, ¿a qué hora?
—¿A las dos está bien para ti?
—Sí, no tengo nada que hacer por la tarde —respondí salpicando los hombros hacia adelante, después hice una pausa y pregunté—: ¿Te apetece un café?
—Oh… —Feng Min parecía sorprendida—. ¿Un café? No sé, siempre bebo té, pero vale, bien, sí.
—Vale, bueno, adiós —y, levantando la mano para despedirme, empecé a caminar hacia el lado contrario al que ella estaba, después me di la vuelta para mirarla, ella seguía quieta, así que me detuve y, acercándome de nuevo, le expliqué—: Feng Min, se trata de una pregunta para despedirse, se utiliza mucho en España: ¿te apetece un café?, es como decir, adiós, pasa un buen día. Pero no significa que te vaya a invitar a un café, ¿lo entiendes?
—Oh… ya, entiendo, no lo sabía.
Me empecé a reír como una loca, pobre Feng Min, qué carita tenía.
—¡Que no!, ¡que es broma, boba! —le grité muerta de la risa.
Feng Min me golpeó el brazo con su puño y se empezó a reír también. Qué delicia oírla. Y es que aquella chica de sonrisa inexpresiva tenía una de las carcajadas más bonitas y contagiosas que jamás había escuchado.
—Claro que te invito a café, loca —y agarrándola del brazo nos fuimos, con la risa tonta todavía, hacia mi apartamento.
Estaba claro que, aunque llevábamos dos meses hablando el mismo idioma, fue a partir de aquella tarde cuando empezamos a entendernos.

26 dic 2008

Mi querida China

No sé el tiempo que pasó, ni si había podido dormir algo o no, cuando de repente oí los cascabelitos de la puerta de la entrada. Me los había regalado Li Ni, para protegerme de los malos espíritus. Si los oía a media noche sonar significaba que los muertos habían entrado en casa y lo único que podía hacer, para protegerme, era no abrir los ojos. Bien, eran las tres de la tarde, y se me había olvidado preguntar a Li Ni si los muertos hacían visitas durante la siesta. Me quedé inmóvil pensando en si levantarme o no, por si acaso lo pensaba con los ojos cerrados, no fuéramos a tener un disgusto. Al oír un martillazo en la cocina decidí salir a ver, porque o era un muerto muy enfadado o un vivo que estaba destrozando mi cocina. En el hall comprobé que la puerta de casa estaba abierta de par en par. Sin dar un paso más, alargué el cuello hasta poder ver el interior de la cocina. Sí, había un hombre de cuclillas frente a los fuegos de gas.
Ni hao… —dije tímidamente intentando llamar su atención.
Quizá el primer año hubiera salido corriendo pero ya llevaba tres viviendo en China, y estaba más que acostumbrada a que los chinos entraran en mi apartamento sin pedir permiso y, sin mediar palabra, se pusieran a arreglar o cambiar algo de la casa.
Ey! Ni hao, ni hao!! Wo lái xiu ye hua qi.
Hao —dije entrando en la cocina buscando el calorcito del radiador.
El señor en cuestión era parte del personal de mantenimiento del edificio. El equipo lo formaban tres, la verdad es que eran muy, muy parecidos pero éste era el más joven y delgadito. Los tres llevaban pantalones de pinza negros, chaqueta y mocasines, y portaban un destornillador. Sí, nada más que un destornillador, así, en la mano, como el pica hielos de Sharon Stone pero en destornillador. No sé cómo se las arreglaban pero con él hacían todo el trabajo, fuera lo que fuese: chin chun chin y… ¡lámpara arreglada!, ¡tubería fijada!, ¡Internet conectado!, ¡baldosa pegada!, ¡ventanas tapiadas! Sí, esto último no es una exageración, cierto como la vida misma. Un día bajé a recepción quejándome del frío que entraba por los balcones. Tenía dos, uno en la habitación y otro en el salón. Prometieron hacer algo al respecto. Dicho y hecho. Al día siguiente llegó uno de los tres chinos con su traje, sus mocasines y su destornillador en la mano y me pidió que saliera por unas horas porque igual me molestaba el ruido. Uy, qué amable y considerado. Así que despreocupada me fui a tomar un largo café a una de esas cafeterías japonesas tan lujosas. Al volver me encontré con una masa de ladrillos tapando ambas puertas de los balcones. Fui a recepción encolerizada, pero ellos me tranquilizaron asegurándome que aquella obra de arte estaba sin terminar, todavía faltaba pintar pero antes debía secarse. Vaya, ¿gracias?
Sentí como el joven de mantenimiento se desviaba de su trabajo para mirarme atónito las piernas. Nuevamente digo que si fuera mi primer año en China pensaría que aquel hombre era un auténtico pervertido pero al ser el tercero podía asegurar que el pobre estaba perplejo ante tantos pelos. Y es que las chinas eran esos angelitos sin vello que tanto envidiábamos las occidentales.
—Pelos —le dije mientras yo misma me los miraba—. Antes me depilaba por lo menos una vez al mes, pero… desde que estoy en China sólo cuando viene mi novio.
El hombre me miraba sonriente sin entender una sola palabra pero parecía agradecido de que quisiera mantener conversación. Mientras me oía volvió a meter mano en el conducto de gas ayudado de su destornillador.
—Pues sí, es francés, mi novio, digo, es francés, faguórén, ¿eh? —y se lo volví a repetir más alto y despacio—, fran-cés, fa guó rén, ¿sí?
Hao, hao —me contestó sonriéndome divertido.
—Pues ya ve qué situación ¿no? Yo aquí Zhongguó y él allá, en Lyón. No es fácil, no. Pero lo que siempre digo, ¡oye!, ¡que puede ser mucho peor!
—¿Elvira...?
—Uy, loca, ¿cómo has entrado?
Frente a la puerta de la cocina estaba Feng Min mirándome alucinada. Feng Min también era profesora de español en la Universidad de Dalian, pero nunca pude tratarla como a una colega sino como a una hermana.
—La puerta estaba abierta, ¿qué haces con este señor? —me dijo.
—¡Ah! Es el de mantenimiento, ha venido a arreglar el gas, estábamos hablando.
—¡¿Hablando?! ¡¿En español?! —alargó la mano para invitarme a salir de la cocina y cambió su preocupante tono por uno muy cariñoso—. Ay, pobrecita, creo que pasas demasiado tiempo sola, ¿verdad?
Cogida de la mano me llevó hasta el salón y como a una niña pequeña me sentó en el sillón, me miraba preocupada.
—Feng Min, no estoy loca.
Ella ladeó la cabeza con duda.
—No, loca no, pero tan sola… ¿verdad? —me dijo cogiéndome las dos manos entre las suyas.
—Pues sí, y más si mi única amiga deja de hablarme durante una semana.
Por pequeños desacuerdos metodológicos en la enseñanza, habíamos dejado de hablarnos durante siete largos días.
—¡Oh!, ¿yo?, ¡¿yooo?! —empezó el teatro: se llevo las manos al pecho y abrió sus dos ojitos como platos, mientras gesticulaba con la boca sin terminar de decidirse por pronunciar ninguna palabra. Era como estar viendo a un personaje de la ópera de Pekín—. ¡Tú eres la que no me habla! —terminó por decir.
La miré con expresión tranquila y sonriendo. Cuando interpretaba al personaje de ofendida sabía que se sentía culpable y de algún modo quería solucionar aquello sin caer en cursis frases de perdón. Así que tomé un atajo.
—Bien, pues yo ya te hablo.
—Ah… y yo… ­—me dijo un tanto sorprendida.
—Vale.
Hao.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Has venido a mi casa para…
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Sí, sí, sí, sí! —Feng Min parecía excitadísima de repente, cambió de registro por completo y empezó a comportarse tan risueña como siempre—. Es que... ¡No sabes, no sabes, no sabes, no sabes! ¿no?
—Pues no… ni la menor idea.
—Te lo voy a decir ¿vale? —se retiró su larga melena negra hacia atrás y me miró llena de ilusión—. ¡Li Ni se casa!
Las dos de un golpe nos pusimos de pie, y empezamos a gritar dando saltitos como tontas cogidas de las manos por todo el salón. Después nos entró la risa y nos agachamos de cuclillas sujetándonos sendas barrigas para no estallar.
El hombre de mantenimiento entró en la sala y mirándonos, como si fuéramos dos setas crecidas en la moqueta, dijo algo.
—¿Qué ha dicho? —pregunté cogiendo un poquito de aire.
Feng Min me hizo un gesto de despreocupación con la mano y empezó a reírse.
—Bah… nada, que duermas con las ventanas abiertas porque todavía se escapa un poquito de gas.
Me desplomé panza arriba en el suelo completamente muerta de risa. China, mi querida China.