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25 abr 2010

Vuelta a empezar

Road to nowhere by Rich Legg

—Oh, cariño, cuánto lo siento…, de verdad que lo siento —decía Kayla apoyada en la puerta de mi despacho. Yo ni la miraba, seguía con la vista puesta en mi ordenador quitando importancia al asunto—. Ellos se lo pierden, ¿qué quieres que te diga?, ¡tú vales mucho!
—¿Qué pasa? —Mi jefa, al oírla, acababa de entrar en mi despacho.
—A Elvira no le han dado la beca —contestó Kayla en un tono confidencial.
—Oh, ¿la de Nueva York?
—Sí —afirmó Kayla.
—¡Asquerosos! —gritó mi jefa.
—No, Luisa —dije yo mirándola—, la cuestión es que no me han dado la beca porque ni siquiera me han admitido en el máster.
—¡Ay! ¡Más asquerosos todavía!
—Luisa, hija, que te estaba buscando, que dice Richard que si la reunión de las tres se puede pasar a las cuatro y cuarto, que tiene no sé qué cosas que hacer —preguntó Juan Manuel desde el pasillo mientras se abanicaba con una carpetita amarilla.
—Bien, pero que no venga más tarde, que luego tengo cena a las seis en casa y todavía me queda por preparar todo.
—Pues na’, que ya se lo digo —confirmó con su acento cordobés. Después nos miró a las tres y, entrando en la oficina, preguntó—: Y ¿de qué tenéis esa cara tan mustia?, hijas, que parece que os deben y no os pagan.
—A Elvira no le han dado la beca —explicó nuevamente Kayla con solemnidad.
—Porque no me han admitido —puntualicé.
Juan Manuel apartó a Luisa para colocarse delante.
—Mira, Repollo, la culpa la tienes tú —inquirió enfadado, señalándome con el dedo—, que si no volaras tan alto, las caídas no serían tan gordas, porque ya puestos ¿por qué no solicitaste Yale o Harvard?
—¡Juan Manuel, deja a la niña!
—Pero Luisa, si la niña ya tiene sus treinta añitos y mira el disgusto que se está llevando. —Juan Manuel volvió a mirarme—. Pero ¿de dónde ibas a sacar tú los cincuenta mil dólares que costaba el máster?, ¿eh? Que se trata de una de las universidades más prestigiosas de este país y tú no tienes un duro. Que está muy bien que seamos de Bilbao, Repo, y que vayamos a lo grande pero, 'ja mía, ¡una pizquita de sentido común!
Apoyé los codos en la mesa y me sostuve la cabeza entre las manos. Tenía toda la razón del mundo. Me sentía mal, muy mal. Empezaba a tener inmensas ganas de llorar. Sí, que se fuera todo el mundo, quería llorar.
—¡Hey, estáis aquí! —Richard asomó la cabeza por la puerta—. Luisa, ¿te ha comentado Juan Manuel lo de...
—Sí, ya me ha dicho, no hay problema —dijo sin dejarle terminar. Después se hizo el silencio otra vez y todos volvieron a mirarme.
—Es que a Elvira no le han dado la beca… —susurró Kayla a Richard.
—No me han admitido… no es que no me hayan dado la beca, es que no me han admitido… —dije desganada, sin levantar la cabeza.
—No la han admitido… —se autocorrigió Kayla manteniendo el bajito tono de voz.
—¿El máster de New York…? —preguntó Richard imitando el mismo susurro.
—Sí…
—Pobre…
—Sí, me da penita porque tenía mucha ilusión…
—Ay, pobre…
—¡Hala, ya está! —gritó Juan Manuel dándose la vuelta hacia ellos y haciendo aspavientos con la carpeta al aire—. ¡Que parecéis dos viejas en misa! Tanto chisme, tanto chisme, ¡ya está!, ¡no se lo han dado y punto!
—Bueno, chica, ¿y qué vas a hacer ahora? —me preguntó Luisa sin parecer oír los gritos de Juan Manuel.

Levanté la cabeza. Vi a los cuatro mirándome con intriga. Un reguero de angustia me avinagró la garganta. Tragué saliva pero el ardor no se me iba. ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Qué iba a hacer…?
—La Repollo se queda. Si no se va a Nueva York, la Repo, se queda otro año —afirmó con seguridad Juan Manuel.
—Hombre, podría —dijo Luisa antes de empezar a explicarse—, pero claro, como me dijo que se iba, pues la plaza se la ofrecí a Justyna Swiderska, que es polaca.
—¿Polaca? —preguntó sorprendido Juan Manuel.
—Sí, polaca de Kentucky.
—¿Polaca de Kentucky?
—Profesora de español e italiano.
—¡Joder con los polacos!
—Pero al final que no, porque su marido ha encontrado plaza en Ohio State.
—¿Polaco?
—¿Su marido?
—Sí.
—No, ¡qué va! Es ruso.
—Ah, bueno.
—Sí, ruso de Minnesota.
—Ah, mira, éste es de Minnesota…
—Sí, profesor de física cuántica.
—¡Joder con los rusos! Bueno, a lo que vamos —dijo Juan Manuel pretendiendo centrar nuevamente la conversación—, y ¿Elvira?
—¿Elvira? Elvira es de Bilbao —y diciendo esto mi jefa se quedó más ancha que larga.
—La madre que la parió… —empezó diciendo Juan Manuel—, y no te digo más porque, como Chair del departamento, mereces un respeto pero, hija mía…
A mí me entró tímidamente la risa pero Kayla y Richard, que se habían mantenido en un segundo plano hasta el momento, estaban a carcajada limpia.
—Bueno, pues si la polaca al final no ha aceptado, tú te quedas con la plaza, niña, que es muy tuya —me dijo el cordobés con convicción.

Las risas se acabaron y todos me miraban esperando mi confirmación. Pero, lo cierto es que, yo allí no me quería quedar. No tenía queja con respecto a mi trabajo pero mi vida personal… buff, mi vida personal estaba hipotecada.
Era divertido ver, por la tele, las rocambolescas situaciones a las que se enfrentaba diariamente el doctor Fleichman en Alaska, pero cuando tú te convertías en la protagonista de la serie dejaba de tener su gracia. Odiaba la naturaleza bruta y vivía en plena montaña de West Virginia. Las calles estaban vacías a cualquier hora del día. Las arañas eran tan grandes que hasta tenían el pelo rizado. Las carreteras estaban llenas de agujeros y cuando preguntaba que por qué no las arreglaban, me decían que porque vivíamos en un estado pobre. Los bancos no sabían lo que era el IBAN porque nunca antes habían hecho una transferencia internacional. Mis alumnos de las nueve de la mañana llegaban en pijama a clase. Tuve que aguantar, en casa, dos gastroenteritis y un dolor de muelas de infarto porque el seguro médico de la universidad no cubría asistencia médica de urgencias. Era deprimente ver como el setenta por ciento de la población era obesa por pura dejadez. Y echaba de menos mis tacones, mis mechas en el pelo y el sexo porque la vida monacal, a la que esa ciudad me había sometido, estaba haciendo estragos en mi cutis. Todo ello, sin mencionar esa soledad espesa que se te agarra a la piel y, como sanguijuela cualquiera, te chupa hasta las ganas de vivir. Necesitaba salir de allí.

—No… —dije finalmente—, no me voy a quedar… no, buscaré otra cosa, no sé.
—Ay, Repo, qué disgusto me das —dijo Juan Manuel atizándome con la carpetilla amarilla.
—Bueno, chica, es tu decisión, algo encontrarás. El mundo es muy grande y, como a ti no te importa viajar, pues vete a saber dónde terminas —dijo mi jefa y, dándome un golpecito en la espalda, salió del despacho.
Todos se marcharon menos Kayla que se acercó y se apoyó en mi mesa.
—Desertora —me dijo con una mueca de medio lado—. ¿Nos echarás de menos?
—Claro —dije sin levantar la vista.
—Pero qué mentirosa eres, cariño.
La miré y a las dos nos entró la risa.
—Venga, desertora, que te invito a un café —propuso al tiempo que me golpeaba el brazo.
Recogí las cosas, me coloqué el bolso al hombro y, junto a Kayla, salí del despacho. Antes de cerrar, eché un vistazo para cerciorarme de que no me olvidaba de nada. No, nada me dejaba allí. Click. La puerta se cerró.

25 sept 2009

Nanga Parbat

―¿Cómo…? ―pregunté temblando.
―Me dijo que te llamó dos veces este verano y que no cogiste el teléfono, quería hablar contigo, me lo dijo, Elvi, de verdad, ha estado loco perdido, yo… no sé, no me quiero meter, pero… ―se justificaba una y otra vez Ankit.
―¿Con Anilah Raza? ―pregunté sujetando el auricular con las dos manos de tanto que temblaba.
―¿Por qué no le contestaste? Un mensaje, Elvi, ¿eh? Sólo necesitaba un mensaje para, no sé… para saber algo de…
―¿Con Anilah Raza?, por favor, Ankit… por favor, ¿con Anilah Raza?
―Sí…
―¿Cuándo?
―No lo sé, eso no lo sé…
―¿Cuándo, Ankit? Por favor, ¡¿cuándo?! ―pregunté derramando parte de la ansiedad que me estaba inundando lentamente.
―La fecha oficial no la sé, porque la celebran en Pakistán ―dijo liberando un suspiro contenido―, pero el diecinueve de diciembre es la recepción para los amigos en Singapur.

***

En la bandeja llevaba un cheese Naan y una coca-cola. Tuve que dar dos vueltas antes de encontrar una mesa libre. Eran las doce del mediodía y estaba a tope.
Cuando me senté llamé a Montse porque me acababa de mandar un mensaje.
―Uy, qué de ruido ¿dónde te pillo?
―En el Food Court de debajo de la escuela ―dije pegando un tarisco al aceitoso pan de ajo.
―¿El de Bencoolen Street?
―El mismo ―dije mordiendo otro poco.
―Bueno, Elvi, lo que te tengo que contar… muy fuerte, muy fuerte.
Esperé en silencio, Montse continuó.
―Hace una hora me llama la pedorra de Janine, la francesa, ¿sabes?, ¿no?, la de turismo del consulado francés, que parece la mismísima embajadora con esos aires que se da…
―Que sí, que sí, la hortera del bolso de lentejuelas.
―¡Ay, qué fuerte! ¿Te acuerdas?, vamos, dime tú, las cosas que no se vean en Singapur… porque si te cuento las pintas que tenía hoy una tía en el metro te…
―Montse, ¡quieres arrancar que sólo tengo veinte minutos para comer!
―Bueno, vale, pues me dice la chunga de Janine que te vio ayer entrando en la zona VIP de Attica de la mano del jeque entre los jeques: ¡Abid-Shah-Mir!
―¡Uy, uy, uy, uy! ―dije escupiendo el Naan sobre el plato. Del susto se me habían cerrado todos los conductos.
―Hace falta ser mala, inventarse tonterías para arruinar la reputación de la gente. Y ya ves, que el Mir está como un queso y quién pudiera, pero…
―Ya te digo, ya te digo, jo, vaya, vaya, cómo está el Mir ―dije en un intento vergonzoso de disimular.
―Pero, tía, no es cuestión, ¡hombre!, que todo el mundo sabe que está comprometido con Anilah Raza, y quita, quita, que los musulmanes son muy suyos, y a ver si por el rumor te vas a meter en un embola’o de no veas.
―¿Qué? ―pregunté estupefacta.
―Que eso, que la Janine es muy mala, que siempre...
―¡Que no, Montse, coño! ―estaba fuera de mí― lo de la Manila Reza ―dije esta vez intentando controlar la furia.
―¿Cuál? ¿Anilah Raza? Pues una preciosidad de Cachemira, de esas indias con los ojos verdes, ¿como las de Bollywood?, ¿sabes?, pues lo mismo, maja. Es hija de un armero multimillonario y viven en Nueva Delhi. Yo es que la conocí el año pasado, en una cena en la embajada de Francia, fui con Gérôme y estaba la Anilah con el Mir, pues… les tocó en la mesa de al lado y, para que veas, también estaba Janine, y también los vio, y aun así se inventa el bulo para hacerte daño, si es que…

Volví a la escuela y di las tres clases que me faltaban de cualquier manera. No me podía quitar de la cabeza lo insistente que había sido Abid con respecto a ocultar nuestra relación, es mejor ser discretos, me decía, Singapur es muy pequeño, me explicaba cínicamente, hasta que no formalicemos lo nuestro es mejor que nadie lo sepa, no lo comentes a tus amigos, por favor, tampoco a Ankit, me pedía una y otra vez. ¡Pero seré estúpida!, grité en mitad de la última clase con las quince caras de mis alumnos mirándome atónitos, estúpida… estúpida... porque no es la actividad de la página quince, no, no… es la de la dieciocho. No coló, claro que no coló.

Tomé un taxi y en veinte minutos me planté en la oficina de Abid.
Durante el camino había repasado una y otra vez el discurso. Tenía tanta rabia contenida que los diálogos se me escapaban en voz alta y el taxista me miraba con cierta preocupación por el retrovisor.
Con una falsa sonrisa sorteé la seguridad de la entrada, ya me conocían. A su secretaría le aseguré que el señor Mir me esperaba y sin más me colé directamente en su despacho, sin llamar si quiera.
Frente a él contuve la respiración. Sentía que me temblaba la boca. Nerviosa me acaricié el cuello con ambas manos e intenté decir algo sin mucho éxito. Estaba paralizada. Abid se asustó al verme así. Se levantó con rapidez de su mesa y se acercó. Qué pasa, loca, qué pasa, preguntó mirándome a los a ojos. Ay, no… así no vale, con él tan cerca no puedo pensar, no me mires así, Abid, no me mires así… Agaché la cabeza y me derrumbé llorando sobre él. Entre sollozos intentaba explicarme, describir una mínima parte de lo humillada que me sentía. Estaba abatida, me había creído un cuento de hadas por ser tan idiota. Cálmate, Elvira, por favor, cálmate… loca, mi loca… por favor, pero… cálmate… me decía Abid intentando tranquilizarme, no sé, pero parecía tan sincero...
Abid me abrazó y me juró y perjuró que su compromiso era un arreglo entre familias. Desde los dieciséis años sabía que debía casarse con Anilah, pero tan sólo se habían visto en seis o siete ocasiones y siempre en actos públicos. Lo miré y lo creí, no porque estuviera convencida de que aquello fuera verdad, sino porque tenía la inmensa necesidad de creerlo.
―Yo no contaba con esto, Elvira, no esperaba conocerte… créeme, por favor… ¿eh?, loca, mi pequeña loca…
Llamó a su secretaria y pidió que me trajera un té. Nos sentamos en el sofá. No dejaba de sujetarme la mano y pedirme perdón continuamente. Se lamentaba de haberme hecho tanto daño. Su secretaria abrió la puerta después de tocar y se acercó a nosotros con mi té. Abid le hizo un gesto con la cabeza para que saliera inmediatamente. Después, solos de nuevo, me preguntó con cierta inseguridad:
―¿Elvira, confías en mí?
―No lo sé… ―respondí.
Me pidió que me quedara allí, sin moverme. Me dijo que debía irse, que no sabía cuándo volvería, pero que por favor tuviera paciencia. Le vi marchar y cerrar la puerta detrás de sí. Miré a mi alrededor, me sentía muy incómoda. Contemplé detenidamente mi taza de té y lamenté que no fuera café. La dejé sobre la mesita y esperé. Había pasado más de una hora y seguía esperando. Podría haberme ido, sí, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. Me había recostado a lo largo de todo el sofá y sentía pocas ganas de moverme.

Por fin, oí la voz de Abid llegar por el pasillo. Me incorporé y lo esperé de pie. Ya está, me dijo, ahora ya está todo, repitió nada más entrar en la habitación. Sin más explicación, Abid me dio la mano y me llevó a la planta de arriba. Cruzamos un luminoso pasillo y cuando llegamos ante una puerta me pidió, con el dedo en los labios, silencio. Guardé silencio. Abid entró dejando la puerta abierta. Habló con un hombre, no pude entender nada, era urdu. Poco después, Abid salió, me tomó de la mano y me invitó a entrar. Era un elegante despacho, con una alta biblioteca al fondo. Una alfombra desgastada colgaba al otro lado de la pared. A nuestra derecha, un hombre, no muy mayor, nos miraba detrás de su escritorio. Abid volviendo al inglés me dijo:
―Elvira, te presento a mi padre Shah Tajdar Mir.
No dije nada, no tenía palabras. No podía creer que Abid estuviera haciendo aquello por mí.
El hombre se levantó de su mesa y se acercó a mí. Me sonrió sincero y me tomó de las dos manos.
―Dicen que pequeños ríos pueden desplazar montañas pero tú ―hizo una pausa y miró a su hijo― acabas de engullir el Nanga Parbat.

***

Colgué el teléfono sin despedirme de Ankit y con una exagerada calma me senté en mi escritorio frente al ordenador. Coloqué derecho el teclado y miré al frente sin ver nada.
―Cariño, ¿estás bien? ―preguntó Kayla desde la puerta de mi despacho.
―Sí.
―Pues tienes una cara, guapa…
―Estoy bien, ciérrame la puerta, por favor ―y volviendo a la erguida posición de antes, esperé oír el click de la puerta al cerrarse. Click. Dejé caer borrachos mis párpados y me abandoné sobre la mesa tapándome la boca, para que Kayla no me oyera desde su despacho.

21 sept 2009

Un día y dos vidas

Desde el pasillo vi que la puerta de mi despacho estaba abierta.
―Uy, ¿qué haces aquí? ―pregunté a Kayla que estaba pasando el dedo índice por el lomo de mis libros de la estantería.
―Hola, cariño… ―dijo sin despegar sus ojos ni su dedo de los libros―. Estoy… estoy buscando un manual… un manual… ―decía mientras parecía prestar poca atención a sus propias palabras―, vamos, un manual con actividades… esto del… pero de manera gráfica, ¿sabes?
―Pues… ni idea, Kayla ―y me reí sentándome en la silla de mi escritorio.
―Ay, mujer, esto del… lo del imperativo pero… pero, pero con… ¡mierda, no tienes nada! ―gritó dándose la vuelta y mirándome, por fin, de frente.
Levanté los hombros riéndome porque seguía sin entender qué era lo que realmente estaba buscando.
―Imperativo con verbos reflexivos ―explicó finalmente marcando cada una de sus palabras.
Abrí el primer cajón del escritorio y saqué una pequeña caja. Había viñetas plastificadas de una joven, en la ducha, limpiándose los dientes, secándose el pelo, frente a un sillón con un libro, en una discoteca, en su cama con un enorme reloj que marcaba las siete, y así hasta quince escenas.
―Divide la clase en grupos ―dije mostrándole la caja abierta― y a cada grupo da unas cuantas tarjetas. Han de tomar el rol de una madre desquiciada que da diferentes instrucciones, qué sé yo… por ejemplo, levántate, dúchate, o en imperativo negativo, pues… no te rías y estudia ―dije cogiendo una tarjeta en la que la joven se reía teniendo un examen con una D en la mano― o… bufff... no sé… no te diviertas tanto ―y señalé la viñeta de la discoteca.
―Ah, me gusta, me gusta...
―Cuando terminen, los grupos se intercambian las tarjetas y vuelta a empezar, vamos, que te puede llevar unos veinte minutos la actividad.
―Oh, cariño, eres un genio. Hasta me da tiempo de tomarme un café mientras tanto, ¿no…? ―dijo en un tono confidencial mientras cogía la caja de mis manos―. Bueno, ¿tú qué tal?, ¿cómo lo llevas?
―Pues, chica, muy bien, estupendamente, la verdad ―dije estirándome en la silla―. No sé, pero con mucha ilusión, creo que este año va a ser mi año. Seguro que al final una editorial se apiada de mí y me publica el libro, ¡lo veo, lo veo, lo veo! ―dije alzando mis manos en alto.
―Vaya, cuánto optimismo a las nueve de la mañana…
―¡Y conoceré a Ron Adkins!
―Y ¿ése quién es? ―preguntó Kayla asustada por mi enorme entusiasmo.
―Pues… no sé, digamos que es un importante ejecutivo de Chicago, no, no, ¡escritor!, sí, escrito de Nueva York pero instalado en San Francisco, sí… ¡eso!, y, bueno, nos conocimos en una firma de libros en Manhattan, moreno de ojos verdes…
―¡Ay, no! Negros, que expresan mucho más.
―Bueno, pues de ojos negros, entonces le pido que me firme el libro y me presento, porque yo también soy escritora, ¿sabes? ―pregunté a Kayla que me miraba con atención.
―¡Claro, claro!
―Escritora de cinco grandes best sellers, bueno, así que le digo que vivo en el Soho y que conozco un restaurante indio estupendo al que podríamos ir después de su firma.
―Ay, qué atrevida y ¿qué te dice?
―Que está muy ocupado y me devuelve el libro firmado.
―Vaya… qué soso…
―Pero mientras me tomo un delicioso espresso en esa cafetería tan de andar por casa, donde ya me conocen y me tratan como a una hija, en Little Italy…
―Que sí, que sí... pero ¿qué pasa luego?
―Abro el libro y…
―Ay, ¡dios mío!, ¡dime que no, dime que no! ―gritó Kayla pellizcándose los labios.
―Pues sí… además de su dedicatoria, me deja el nombre del hotel donde se hospeda...
―¿En el Hilton?
―Mmm… no, no… algo con más clase…
―¡En el Ritz de Central Park!
―¡Sí, perfecto!, bueno, y también me había escrito su teléfono móvil, así que lo llamo, entonces…
―¡Espera! ―Kayla dejó la caja de las viñetas en mi mesa, me miró fijamente y me habló con seriedad―. Cariño, vale, lo puedes llamar y puedes ir a su hotel, pero no te acuestes con él porque hasta la tercera cita eso está muy mal visto en América, y ya sabemos que a las españolas el sexo os pierde.
―Vale, no sexo ―respondí obediente.
―No, no sexo ―confirmó inmediatamente detrás de mí.
―Así que lo llamo y quedo con él para esa noche. Me voy a mi apartamento, bueno, a mi dúplex, ¿eh?, un gran dúplex del Soho, porque he vendido más de diez millones de copias de mi última novela, en tres meses, y ha sido traducida a treinta y cuatro idiomas.
―¡¡¿A treinta y cuatro?!!, ¡pero si ni siquiera sabía que existieran tantos idiomas en el mundo! Oh, cariño, pero qué orgullosa estoy de ti…
―Abro mi vestidor, mmm… bueno, tengo dos, ¿vale?, uno sólo para zapatos y el otro…
―Me encanta, ¿ordenados por colores u ocasiones?
―Ocasiones, bueno, pues eso, bla, bla, y me pongo… una sencilla camiseta blanca de tirantes de Donna Karan, una chaqueta beige, de ante, ceñida de Stella MacCartney y unos infinitos Levi Skinny desgastados, porque yo ya no mido un metro y medio.
―Ah ¿no?
―No, me operé en Los Ángeles, lo último en cirugía estética, hueso artificial en las rodillas, me estiraron hasta casi el metro setenta y cinco
―¡Wow! Debes llamar la atención…
―Sí… bueno, ¡imagínate!, tuve que dejar de usar el trasporte público porque era un acoso continuo el de los hombres, bueno y el de mujeres…

―Perdonad, chicas ―Luisa, jefa del departamento, estaba en la puerta con unos papeles en la mano―, Elvira, aquí hay quejas de once alumnos tuyos del grupo 203 de por la tarde ―dijo zarandeando en alto el taco de papeles―, dicen que no te entienden, que tus clases son muy difíciles y que los contenidos no se ajustan a lo que explicas en tu Syllabus, ¡chica, baja en nivel!, cuántas veces te lo he repetido, ¡esto no es Yale!
―Lo siento, Luisa, hablaré con ellos y llegaremos a un acuerdo ―dije resentida.
―De acuerdos ¡nada!, ¡lo bajas y punto! Ah, oye, ayer me reuní con el decano, y… lo siento mucho, chica, pero andamos en crisis, así que se te congela el salario, la subida que te habíamos prometido antes de verano, no va a poder ser, y tampoco te vamos a abonar el billete de avión de este año. Lo siento, guapa, pero ya ves que estamos fatal…
―Tranquila, lo entiendo ―dije tragándome un profundo suspiro.
―Bueno, pues os dejo ―dijo despidiéndose con los papeles―, ah, ¡oye, Elvira!, ¿este año vamos a conocer a tu novio español?, dile que se venga por Acción de Gracias, todos los años preparo una gran cena, estáis invitados.
―Oh… gracias, Luisa, pero hemos roto este verano.
―Ups…vaya, chica, lo siento ―dijo compareciéndose de mí y se marchó.
―Bueno… ¡Bienvenida a tu vida real! ―exclamó Kayla con los brazos en cruz.
―Gracias, Kayla, muy amable ―dije con desgana y le señalé la caja de viñetas, encima de mi mesa, para que no se le olvidara.
―Gracias, cariño. Oye... otra cosa… ni se te ocurra ponerte botas de tacón alto con esos Levi Skinny, te daría un toque muy ordinario, creo que unos botines planos de Christian Louboutin sería perfecto, ¡además!, ¡¡¡¿quién necesita tacones con tu metro setenta y cinco?!!! ―Kayla me guiñó un ojo y se fue con la caja bajo el brazo.

3 dic 2008

La 64


—Perdón, perdón, perdón… —dije mientras entraba en la parte de atrás del coche.
—Tres minutos tarde, señorita —puntualizó Teresa mientras me ofrecía su mejilla desde el asiento del conductor, la besé.
—¡Eres una pesada, nena, una pesada!
—Oh, vamos, Margaret, Teresa dice que sólo han sido tres minutos.
—Teresa puede decir… Mira lo que puede decir —Margaret se colocó la mano en la boca y me lanzó una pedorreta. Teresa y yo reímos con ganas.
—Vale, ¿estamos todas?, pues hala, ¡en marcha!
Teresa dio el pistoletazo de salida. El viaje acababa de empezar. Las dos hermanas octogenarias me llevaban a Charleston a un concierto de la Orquesta Sinfónica de West Virginia.


Teresa era ex profesora de música en la misma universidad en la que yo daba clases, y hablando un día de esto y aquello no pudo creer cuando le dije tan frescamente que la música clásica no me gustaba. No entiendo, me espetó, no la entiendo, señorita, me quiere decir usted ¿a cuántos conciertos ha ido? ¿Conciertos…?, me pregunté a mí misma, pues… ¿dos?, ¿tres? Teresa se llevó la mano a la cabeza. Bien, todavía estamos a tiempo de desbestializarte, te llevaré a quinientos conciertos mientras estés aquí, me dijo amenazantemente, y después te volveré a preguntar si te gusta la música clásica y será entonces cuando me darás una respuesta desde el conocimiento. ¡¡¡¿A quinientos?!!!!, ¿pueden ser cuatrocientos noventa y siete?, anda, Teresa, ten en cuenta que ya he ido a tres. Me gané un cachete en la cabeza.

—A ver, sujétame un momento el bolso, nena, que quiero… vaya, por dios, hija, qué complicado, a ver, pero ¿quieres sujetar? —Margaret sostenía en el aire su bolso con una mano y con la otra una pequeña almohadilla para aposentar, cómodamente, sus riñones en el asiento.
—Perdón, estaba en otro lado —dije apresurada no fuese a ser que empezara con su retahíla.
—No, eso seguro, nena, ¡aquí no estabas! Yo sin poder moverme pero tú en otro lado, claro que sí. Pues, anda, ayúdame.
Le cogí el bolso y lo puse junto a mí en el asiento de atrás. Luego me acerqué hacia adelante para poder ajustarle la almohadilla.
—A ver, no, nena, tira de aquí, que yo me pongo más así, ¿ves? A ver, tira —y yo tiré—, pero no tan fuerte, bruta, que me la has sacado de lado, ¿ves?
—A ver, Margaret, pues intenta inclinarte hacia adelante porque si no va a ser imposible —quise explicarle.
—Es que no es inclinarme hacia adelante, nena, es hacer las cosas bien, y tú no tiras como debes. Sácalo otra vez y ahora tira así, pero así, no así, ¿eh? Así.
—Vale… ¿así?
—No, así, así, para acá, dale para acá, pero sin arrugarme la chaqueta, ¿eh?—intenté seguir sus instrucciones—. Eso, así, ves como así sí puedes, hala… ¿Ya?, ¿eh, nena?, ¿ya?
—Pues… creo que sí… ¿qué?, ¿bien?
Magaret se frotó la espalda contra el asiento, me recordó a Baloo, parecía estar cómoda porque no me contestó, así que era buena señal.

Empezó a llover torrencialmente, casi no podíamos ver la carretera, Teresa iba muy despacio, todavía no habíamos salido de Huntington.
—Madre mía, la que está cayendo —dijo Margaret— fíjate, fíjate, uy… cómo cae.
Teresa fue disminuyendo la velocidad hasta dejar el coche aparcado al lado derecho de la carretera.
—Elvira, cariño, conduce tú, que a mí con tanta lluvia me da miedo, ya no tengo los reflejos de antes —Teresa, sin darle mayor importancia a sus palabras cogió un paraguas plegable de la guantera, salió del coche, me abrió la puerta y me empujó hacia fuera.
Quise quejarme pero no me dio tiempo, en unas décimas de segundo me vi fuera del coche empapándome mientras las dos hermanas ya estaban colocadas de nuevo en el interior.
Toqué la ventanilla del conductor para que me abrieran la puerta, ¿qué demonios había hecho Teresa para cerrarla?
—Chicas, abridme, abridme, que me mojo, ¡chicas! —aplasté mi nariz contra el cristal, y las vi discutiendo sobre si yo ya te dije que llovería y tú no me hiciste caso, y qué más dará, pero no da igual, porque a ver ahora cómo llegamos y encima sin llamar a Carol que estará esperando pero lloviendo seguro que se va—. ¡CHICAS! Abridme la puerta —pero nada, ellas seguían que si Carol tiene móvil, pero que no, porque nunca lo lleva encima, que ya verás tú, que es por tu culpa, perdona, pero haberla llamado tú—. ¡POR FAVOR, abrid, la puerta! —volví a golpear con fuerza la ventanilla y me tragué un profundo joder que rebotó histérico en mi estómago.
Teresa desde la parte de atrás me abrió, por fin, la puerta.
Con absoluta calma entré en el coche, apoyé mis botines en la alfombrilla mientras hacían chof-chof, cerré la puerta y con un golpecito de dedo lancé la gota que caía por mi nariz. Intenté despegarme un poquito los vaqueros mojados para no coger una cistitis y giré la llave de contacto.
—Uy, te has mojado, nena…
—Pues sí… un poquito, porque no me abrías la puerta.
—La culpa es de Teresa, no ves, nena, que si me muevo se me cae la almohadilla y vuelta a empezar.
Suspiré atándome el cinturón de seguridad.
—Vale, y ahora ¿cómo se llega a Charleston? —pregunté sin mucha gana.
—Es la 64 —contestó Teresa.
—Sí, nena, la 64 y ya llegamos.

La 64 era la autopista mágica porque te llevaba a cualquier sitio de West Virginia. Necesito ir al aeropuerto: la 64, ¿el centro comercial?: la 64, ¿para llegar a Porstmouth?: la 64. Tanto que un día me dieron las mismas indicaciones para llegar al supermercado y terminé en Ohio.
—Luisa, estoy en Ohio —dije a mi jefa por el móvil desde dentro del coche.
—¿Qué haces en Ohio, guapa? Pensaba que te ibas al supermercado, como me has preguntado antes de marcharte, pues… he dicho, ésta irá al súper, ¿no?
—Sí, Luisa, pero he tomado la 64 y he llegado hasta Ohio y ahora no sé cómo volver.
La pude oír morirse de la risa.
—Ay, ay, que me muero, espera que esto se lo tengo que contar a Doug, espérate un momento —se apartó un poquito del auricular y gritó—: Es Elvira que iba al supermercado y ha terminado en Ohio —oí el ataque de risa de su marido—. Oye, me dice Doug que eres muy graciosa, y que cuando te vuelvas te vengas a cenar y nos lo cuentas que queremos reírnos.
—Vale, Luisa, ¿pero cómo vuelvo?
—Pues por la 64.


Dejamos Huntington y tomamos la 64, sabía que hasta Charleston era una horita así que tenía 60 minutos en línea recta sin preocupación, ya veríamos qué hacer en el minuto 61.
—Pues, me dijo la chiquita de la tienda que ésta era mejor, pero, oyes, fue abrirla y me encontré con una pasta así, como así, como… blanda y plof, plof, vamos de plof, ¿no? Bueno, pues digo: esto me lo tengo que colocar, y me esparzo así, y así por el pelo, mira, nena, por toda esta zona de atrás, mira, nena, mírame.
—Bueno, Elvira, ¿entonces te gusta Mahler? —me preguntó Teresa desde atrás.
—Bueno… pues si te digo la verdad, poco conozco de él —contesté.
—Pero mírame, nena…
—Ay, Margaret, que estoy conduciendo, a ver… —cuando vi que la carretera estaba libre de peligro, eché un vistazo al pelo de Margaret—, ya pues muy bien te ha quedado, ¿no?
—Pues no, no, no, porque la pasta ésta me ha chafado el pelo, ¿ves? Todo chafado. Mírame, nena, mírame como se me ha quedado, yo a la chiquita ya le he dicho que para volumen, con mis cuatro pelos tú me dirás, pero oyes, todo chafado, no me miras, nena, mira, mira.
—Hoy será la Sinfonía número tres en D menor, creo que te gustará porque es muy visual, representación de la vida del campo y luego ¡POM! —ay, di un pequeño brinco en el asiento, me asustó—, la guerra, la lucha, el sufrimiento. Entonces podemos pasar de un amarillo chillón…
—Mírame, nena…
—A ver… espera un momentito, Margaret.
—¿No? Te digo de ese amarillo chillón, esos clarinetes, trompetas y los fagot al negro intenso con mucha percusión.
—Ya… o sea… amarillo, ¿no…? —Hablaba un poco tensa porque no terminaba de adelantar a aquel camión que era gigantesco, pero qué enormes eran los camiones en América—, y… flauta…
—No, clarinetes y trompetas.
—Chafado, chafado, pero ya le voy a decir a la chiquita, mira, bonita, de volumen nada…
—Ah… vale… clarinetes y luego negro, porque… —un poquito más y ya tenía casi adelantado al camión—, porque llega la guerra ¿no?
—¡NENA! PARA, PARA —gritó Margaret completamente histérica.
—Pero, ¡¡¡¡¿qué pasa?!!! —pregunté aterrada.
—Qué necesito ir al baño y no me aguanto.
—Ya estamos otra vez… —farfulló Teresa.
—Por favor, Margaret, casi me matas del susto, a ver, que estamos en autopista, déjame encontrar una estación de servicio…
—Pues me cago aquí mismo, nena, yo ya no tengo edad como para sostener un apretón.
—¡Margaret!, ¡Margaret!, ¡Margaret! ¡Por favor, pero, por favor! —dije escandalizada, porque las personas mayores no tenían necesidades fisiológicas, como tampoco las tenían los modelos de Calvin Klein.

En diez minutos aparcamos en una gasolinera y Margaret pudo ir al baño. Yo la esperaba al otro lado de la puerta porque le daba miedo quedarse sola en aquel baño. Teresa estaba en la tienda de comestibles.
—¿Nena?
—¿Qué?
—No hay papel…
—¿No? Ay madre, pues déjame mirar en mi bolso a ver si tengo pañuelos.
—No, que esos no valen, se me rompen y termino con los dedos en el culo.
—¡Margaret!
—Quiero papel del gordo, del de las capas, de las muchas capas.
—Vale, bueno, Margaret, pues salgo y voy a la tienda a comprar papel, ¿vale?, no te muevas, ¿eh?
—Pero, ¿adónde quieres que vaya con esta pinta?
En la tienda compré un paquete de cuatro, a la hora de pagar me encontré con Teresa que le estaban cobrando tres chocolatinas.
—¿Y eso? —me preguntó Teresa mirando el papel higiénico.
—Es para tu hermana.
—¿Para limpiarse el culo?
—Por favor, ¡dejemos de ser tan explicitas!

Ya de vuelta en el coche respiré aliviada hasta que…:
—Nena…
—¿Qué…?
—La almohadilla, colócamela así… pero así, ¿eh?, así…
Quince minutos después pude arrancar. Llegamos a un cruce.
—Y ¿ahora? —pregunté en alto.
Eso era lo que más me desesperaba de West Virginia. Quizá por su carácter humilde y casero eran pocas las cosas que estaban señalizadas, todo se daba por sabido.
—Pues… ahora… será para la derecha, ¿no?, o… la izquierda… —titubeó Teresa.
—Izquierda, nena, izquierda seguro.
—Mira que si nos equivocamos volvemos a casa sin haber visto el amarillo ni el negro de Mahler, ¿eh? —dije con solemnidad.
—Derecha —dijo Teresa.
—Izquierda, nena.
Finalmente tomé la izquierda. Teresa repartió las chocolatinas. Las íbamos comiendo mientras Margaret comenzó a contarnos, otra vez, sus problemas capilares y Teresa se empeñaba en darme una clase magistral de historia de la música.
Las tres enmudecimos cuando vimos el enorme cartel verde sobre la autopista indicando que quedaban doce millas para llegar a Huntington.
—Bueno… —empezó Teresa diciendo— pues para retomar el camino a Charleston a ver quién es la próxima que se caga.

11 nov 2008

La noche del cambio

Knock-knock
—¿Seeeeeee…? —dije sin levantar la cabeza de mi portátil.
—Hola, guapa, ¿qué haces?
Mi jefa acababa de entrar en mi despacho con una enorme sonrisa y su desparpajo habitual.
—Intentando terminar esto —contesté señalando a mi portátil.
Mi jefa se acercó y empezó a fisgonear por encima de mi hombro el documento word que tenía abierto.
—Buff, chica, creo que tus alumnos no van a tener nivel para entender esto, ¿eh? ¿Grupo?
—Doscientos tres —dije automáticamente con la vista perdida en la pantalla.
—Un doscientos tres no tiene nivel para el texto que estás escribiendo, cámbialo. Chica, abarca menos, estamos en América…

Sí, pero acababa de llegar de Singapur donde el nivel exigido era mínimo también. Y tres cuartos de lo mismo me ocurrió en Francia, pero ¿qué pasaba?, ¿que el mundo estaba lleno de retrasados mentales a la hora de aprender español? No quise entrar en la eterna discusión sobre la capacidad del alumno, así que seleccioné todo el texto y presioné back space sin pensármelo dos veces.
—Chica, qué radical, ¿no?, con haber cambiado un par de cosas hubiese sido suficiente.
Miré a mi jefa con cierta desesperación cansina.
—Uy, qué carita… —dijo arrastrando, hasta mi lado, la silla que estaba detrás de la mesa—. A ver, ¿qué te pasa? —me preguntó y se sentó.
Que me sentía triste y terriblemente sola. Que no encontraba el sentido que me hubiera llevado a ese pueblo con menos de cuarenta mil habitantes en la América profunda. Que estaba muy cansada de llevar una maleta bajo el brazo. Que era frustrante trabajar para alumnos poco motivados. Que sentía que perdía mi jardín. Que odiaba conducir y no tenía más remedio que coger el coche diariamente. Que tenía la casa llena de arañas. Que me daban ataques de ansiedad cuando a las seis de la tarde mi barrio estaba oscuro y completamente silencioso. Que no merecía la pena tener una vida excitante si no podías compartirla con nadie. Que no podía dejar de pensar en él.
—Nada, Luisa, que hoy he dormido muy mal… —dije pellizcándome el labio, gesto inequívoco de que estaba mintiendo.
—Bueno, ya sabes que eres nuestro bebé, y aquí estamos todos para lo que necesites, ¿vale? —dijo apretándome la mano—. Y ahora recoge todo que nos vamos a casa de los Stanford a ver la noche electoral. ¡El gran día ha llegado, chica, hoy es la noche del cambio! —estaba entusiasmada.
Le agradecí el gesto pero dije que no iba. Quería evitar multitudes aquella noche. Luisa se lamentó y me hizo prometerle que estaría bien, después se marchó cerrando la puerta.
Me hice una pequeña pelota sobre la silla y empecé a llorar como una niña asustada.
Llegué a casa arrastrando los pies y con un enorme dolor de cabeza después de haber estado llorando casi toda la tarde.
Encendí el televisor. En el dormitorio me quité los botines y los calcetines, me encantaba andar descalza, tenía toda la casa enmoquetada. Era una delicia. Fui a la cocina y abrí la nevera, no tenía muchas ganas de preparar nada, así que cogí un yogur y una mandarina. Me senté en la butaca y, mientras pelaba la mandarina, me fijé en el mapa electoral del escrutinio que mostraban en televisión. Muchos de los estados del este ya tenían color azul o rojo.
¿Ohio demócrata? ¡¿Florida demócrata?!!! Dejé de pelar la mandarina y decidí prestar un poco más de atención porque quizá iba a ser verdad eso de que sería la noche del cambio.
No terminaba de enterarme muy bien qué decían por televisión así que decidí coger la calculadora y empezar con mis propias sumas.
A ver, Nueva York demócrata, ¿no?, entonces… más treinta y un votos, más… más veintiuno de Pensilvania, más veinte de Ohio, vein-te, veinte, ya, más, más… a ver… ¡a ver, señora calle un poco y saque el mapa otra vez que no me entero! Me reí, me parecía a mi madre hablando sola con la tele. La reportera desapareció y el mapa se volvió a mostrar y continué con mis cuentas. Más... más, a ver, Ohio, ya lo conté, ¿no?, pues, más trece de Virginia, tre-ce, y quince de Carolina del North, North, North, súper North, y… y… veintisiete, de Florida, jo, veintisiete, ¿eh?
Seguí gritando a la periodista que se empeñaba en mostrar las imágenes de la gente agolpada en el Grant Park de Chicago, y no me dejaba aclararme con el mapa electoral. ¡Pero qué pesada, mona, pon el mapa, MA-PA!!!!!
Pero no me hizo falta terminar con mis cuentas para ver el resultado: Obama ganaba y por mucho. Aunque varios estados del oeste estaban todavía sin colorear, California era imposible que se convirtiera en republicana de repente así que cincuenta y cinco puntos estaban asegurados para los demócratas, con lo que conseguirían 273 votos y, por lo tanto, la presidencia.

No me lo podía creer. ¿Obama presidente? Obama presidente… Poco a poco se iban terminando de colorear todos los estados. Los demócratas pasaron de los 273 votos, y de los 286. Las imágenes de la gente en la calle en Nueva York y Chicago eran increíbles. Y de los 301, y 316, y de los 337… Obama era presidente. Obama era presidente con 364 votos finalmente…

Me levanté, cogí el tuper de la nevera, me puse un jersey y toqué la puerta a mi vecino.
—Fred, soy yo, abre… Fred…
—Está abierta —oí desde dentró.
Empujé la puerta y entré. El salón estaba a oscuras, sólo la televisión iluminaba la habitación. En el sofá estaba Fred sentado con las piernas juntas y los codos sobre sus rodillas. Entre las manos su cabeza. Lloraba como un niño mirando el televisor. Me senté a su lado sin decir nada. Imité su postura juntando las piernas y sujetando con ambas manos el tuper sobre mis rodillas. Frente a nosotros la imagen del nuevo presidente Obama y su familia saludando a la multitud del Grant Park de Chicago.
—Hemos ganado, princesa… hemos ganado… —dijo Fred con la vista clavada en la televisión.
—Sí, Fred… hemos ganado… —repetí muy bajito.
Fred me miró y, aunque seguía llorando, sonrió y me susurró:
—Eres una chica afortunada, que ha llegado a América para vivir un hecho histórico…
Sus palabras se colaron directamente en mi ánimo que estremecido encontró un sentido.
Apreté con más fuerza el tuper entre mis manos, lo levanté y finalmente se lo ofrecí.
—Toma, Fred… son para ti, son peras… al vino… al final compré vino… —las lágrimas me caían silenciosas.