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17 sept 2011

De tangas va el asunto


Llega un momento en la vida en que te quitan las dos rueditas de atrás de la bici, en que le pides a tu madre que deje de ir a buscarte al cole, porque prefieres volver a casa con las amigas, en que la cerveza deja de tener ese sabor a barandilla oxidada para convertirse en tu bebida preferida, pero sigo sin saber el momento exacto en el que te das cuenta de que eres lo demasiado vieja para seguir llevando tanga.
Frente al pequeño espejo del baño, sostenía las dos canas que me acababa de arrancar. Sujetándolas con los dedos, las llevé hasta la salita, con el brazo estirado, como si fueran pruebas de un delito.
―¡Mira! ―exclamé a mi madre mostrándoselas.
Dejó a un lado el libro que leía, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, las observó, levantó la vista, me miró, cogió de nuevo el libro, se subió las gafas y me pidió, sin apenas vocalizar, que me fuera a cagar.

Acababa de regresar de París. Llevaba dos días en la casa de veraneo de mis padres. Era momento de asimilación. Necesitaba digerir el haber escuchado por teléfono a la guarra que se había tirado a mi novio, que yo me hubiera tirado a un gabacho, con el nombre de una tía tatuado en la nuca, amigo de un tal Bertrand, que el tal Bertrand se hubiera tirado a Lys mientras la llamaba Gleese, que mi cuenta bancaria estuviera a menos 387 euros, que un tipo me considerase, en su blog, escritora de la nueva literatura basura, que mi madre me preguntara cada dos por tres por qué había vuelto, que mi pelo se llenara de canas, y que mi culo estuviera cogiendo una forma, anatómicamente, incompatible con el tanga.
Decidí quedar con éstas. Escuchaba, con una cerveza en la mano mirando al puerto, como el chico con el que había quedado Marieta, el domingo por la tarde, le había dado plantón.

―¡No apareció! ―Marieta.
―¡¿No apareció?! ―Blanquita.

―No apareció… ―yo.
―¿Años? ―yo otra vez.

―No sé, los nuestros, imagino, no sé… ―Marieta.
―Ya, así que no llegaba a los treinta ―Blanquita.

―No llegaba… ―yo.
―¡Iros a la mierda! ―Marieta

―Idos ―yo.
―¡Vete! ―Marieta.

―No os sigo ―Blanquita.
―¡Que somos viejas y punto! ―yo.

―¡No somos viejas! ―Marieta.
―Perdone, señora, ¿esta silla está libre? ―me preguntó un niño de unos doce años. Asentí con la cabeza y el crío se la llevó.
Me giré hacia mis amigas, las miré y supe que ese momento había llegado. Me levanté y les dije que enseguida volvía.

Al de 15 minutos, estaba de vuelta.

―¿A dónde has ido? ―Blanquita.
―A mi casa ―yo.

―¿Para qué? ―Marieta.
―Para ponerme bragas ―yo, otra vez.