25 dic 2009

Un tío de cómic I

Nota: Debido a la extensión de este cuento "Un tío de cómic" queda divido en dos entradas diferentes: I, II. Pero se trata del mismo relato, así que se recomienda la lectura continuada.
Norman por Martín Juaristi

Me he enamorado de un genio que dibuja cómics, que nunca superó que Urzaiz llevara mechas y que sonríe con una paralizante timidez.
Él no lo sabe por eso, porque es un genio que vive en su peculiar mundo de héroes donde las mujeres no han estudiado hispánicas sino ciencias ocultas, y su trabajo no está en la enseñanza sino en mostrarse al mundo en mallas ceñidas sobre pechos asfixiados derrochando poderes. Y que cuando hacen el amor en posición misionero no se les desparraman los senos hacia los lados, sino que se mantienen erguidos y siguen el compás de la penetración con un sutil ritmo flanero.

La clase era enorme, me sentaba casi al final, detrás del mismo chico cada día. No sabía muy bien qué hacía escuchando aquella clase de lingüística todas las mañanas. Tenía veinte años y ya había conocido tres universidades diferentes. Es cierto que las ciencias nunca fueron lo mío pero las letras tampoco. Fue en mi tercer intento de ser licenciada, cuando conocí a ese chico tan raro. Me gustaba llegar a clase diez minutos tarde para darle tiempo a que se sentara, luego entraba yo y, fingiendo que buscaba un buen sitio, me colocaba justo detrás de él para poder ver sus dibujos con detalle.

—Y, ¿cómo dices que se llama? —me preguntó Eva metiéndose un enorme trozo de pizza a la boca, lo cierto es que la comida de la residencia dejaba bastante que desear.
—Ah, ni idea, pero seguro que lo has visto alguna vez por la cafetería de la uni. Siempre va solo. Es así como rubito, con ojos azules, azules, azules y para abajo.
Eva dejó caer la pizza en el plato y se empezó a reír como una loca.
—¿Va solo y tiene los ojillos hacia abajo? ¿No se llamará “Tristón busca un amiguito”?, ¿no?
Cuando se hubo calmado ideó un plan para conocerlo, valorar sus dibujos y trazar una estratagema para llevármelo a la cama.
Al día siguiente fuimos juntas a clase, lo vimos llegar, esperamos unos minutos y después entramos con decisión pero alguien nos había quitado el sitio.
—Psst, ¡eh, chavalita! —grité susurrando desde el final de la clase a la chica que acababa de tirar a la mierda todo nuestro plan—. Ey, tía… que ése es el sitio de ésta —y di un golpe a Eva en el pecho para señalarla— y mío, así que… levanta, ey, tía… levanta, ya...
—A ver, por favor, ¿qué pasa ahí detrás? Vosotras dos ¿qué andáis? Sentaos por aquí —dijo la profesora con cara de pocos cuentos.
Toda la clase nos miró incluyendo el chico misterioso y a Eva no se le ocurrió mejor idea que saludar a todos como si de una reina se tratara, quise desintegrarme. Finalmente la aborta-planes decidió cambiarse de fila y nos pudimos sentar tras nuestro objetivo, la profesora continuó con la clase.
Eva estudiaba historia del arte y estaba convencida de que su criterio en artes plásticas era excepcional. Le encantaba darse aires de profesionalidad. Observó con absoluta paciencia como el chico empezaba un trazo, luego otro y otro. Después de unos cuarenta minutos me miró sin decir nada, cogió mi bolígrafo y escribió en lo alto de mis apuntes: este tío es un puto genio, tíratelo.
Cuando se terminó la clase, Eva le golpeó el hombro. Él se dio la vuelta. Yo apreté el muslo de Eva con todas mis fuerzas, no sabía lo que iba a pasar pero quería morirme.
—Perdona, ¿eres Iker, no? Iker de Llodio, ¿no? Amigo de Sergio, Karramarro y todos estos, ¿no?
—Mmm… no… no, no, creo que te equivocas.
—Ay, no, no, ¡es verdad!, perdona, no, no, tú eras… éste…
—Mario.
—¡Eso! Mario de Llodio.
—Mmm… no… eh… soy de Bilbao.
—Ah, sí, sí, de Bilbao y ¿vas y vienes todos los días o estás en alguna residencia?
—Anda, Eva, que llegamos tarde a Medieval, venga, vamos —me levanté y la agarré del brazo invitándola a irnos.
—No, voy y vengo todos los días.
—¡Ay!, ya voy, mujer —me dijo Eva poniéndose de pie.
Y volviéndose a Mario nos presentó con una enorme sonrisa en la boca:
—Bueno, pues ésta se llama Elvira y yo Eva. Pues nada, que nos vamos a Medieval y ¿tú?
—Eh… no, a fonética inglesa, yo… es que yo soy de inglesa.
—Pues nada, Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa, hasta mañana entonces, ¿no?
Nos miró con cierto escepticismo, hizo un amago de despedida agachando la cabeza, recogió sus cosas y se fue arrastrando los pies.
—¿Karramarro…? —dije a Eva ojoplática. Ella me miró y nos empezamos a reír a carcajadas.

Al día siguiente, cuando entré en clase no lo vi. Estaba claro que, con el mal rato que había pasado el pobre chaval con aquel vergonzoso interrogatorio, habría decidido cambiar de sitio o simplemente dejar de venir. Lo estuve buscando con la vista durante toda la hora y allí delante no estaba. Se terminó la clase y una mano me tocó la espalda. Me di la vuelta y vi a Mario sentado detrás.
—Hola —me dijo con una tímida sonrisa preciosa—, hoy hemos cambiado los roles.
Me hizo reír. Me pidió los apuntes de lingüística y me prometió devolvérmelos pronto. Durante toda la semana siguiente no me dirigió la palabra, simplemente levantaba la cabeza si nuestras miradas se encontraban para su desgracia, parecía un auténtico sufrimiento dar muestras de contacto. Por el contrario yo ponía tanto entusiasmo en saludarlo que parecía tonta de remate, sólo me faltaba sacarme una teta y dejar que uno mis pezones se le metiera en un ojo. Un día, en el que ya tenía asimilado que mi chico raro me había robado los apuntes y quería fingir que no me conocía hasta el fin de sus días, me sorprendió acercándose a mí.
—Toma, esto es para ti.
Me dio mi taco de apuntes. Los cogí sin demasiada ilusión porque aquellos apuntes se habían convertido para mí en nuestro cordón umbilical. Ahora que lo habíamos cortado ya nada nos unía, no había ninguna excusa para poder entablar una conversación y, con lo difícil que parecía aquel chico, supe que a lo máximo que podría aspirar sería a sentarme tras él en una clase de lingüística, pero me equivoqué.

Dejé todos los libros de golpe sobre la cama al entrar en la habitación de la residencia. El taco de apuntes de lingüística se ladeó y se esparramó un montón de hojas por el edredón, me acerqué para verlo mejor porque una de ellas parecía un dibujo, sí, era un dibujo. La saqué del montón y la miré embobada. Mario me había hecho uno de sus dibujos. Era un tío pequeño de brazos y puños desproporcionados que miraba al lector amenazante diciendo ey, tú, ¿dónde están mis apuntes?
Eva se coló en mi habitación sin llamar y sin hacerme mucho caso, sólo quería mi secador. La miré sujetando el dibujo con los dos deditos pinza de cada mano.
—Mira.
Eva, por fin, se fijo en mí.
—Ostias, qué guapo, chaval… —levantó la vista rápida del dibujo y me miró atónita—. ¿No me digas que te lo ha hecho Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
Asentí con la cabeza, las dos nos pusimos a chillar como energúmenas.
Cuatro días más tarde Mario y yo empezamos a salir.
Me encantaba besar a Mario, aunque en realidad no tuviera labios, eran dos finas líneas, una sobre la otra. Pero me gustaba por su ternura infinita, eran besos de una sensibilidad muda. Me gustaba mirarlo de cerca y averiguar qué estaría pensando en ese momento, era imposible. A veces creía que me cerraba con intención las puertas de su cabeza, sabía que nadie comprendería su singular mundo interno. Así que lo aceptaba y me conformaba con observar sus ojos tan azules como tristes, qué ojos tan tristes tenía Mario.
No duramos mucho tiempo, sólo algunos meses.


—A ver, pero ¿qué pasó?, es que no me lo puedo creer, nena, no me lo puedo creer.
Me encontré a Roberto en el chat. Le conté que ya no vivía en Francia, que me había mudado de nuevo a Bilbao, a casa de mis padres, porque Etienne me había dejado hacía poco más de mes y medio. Así que no dudó en llamarme al móvil, lo tenía al otro lado berreándome.
—¿Te lo dije o no te lo dije? Los franceses follan como los ángeles, cierto, pero nena, por eso mismo infieles hasta la muerte. Yo ya te conté lo mío con Adrien, ¿no? ¡Qué cabrón, qué cabrón! Hala, pues ya sabes, ¿no? Hazte las maletas y vente.
—Que no, Rober, que buff… ahora rollos de viaje no puedo, buff… si es que necesito buscar trabajo, y centrarme un poco, estoy muy perdida, mu perdida, mu perdida.
—¿Perdida? ¡Tú vente que yo te encuentro!, y en cuanto al trabajo tú lo que necesitas es China again. Pekín está hecho para ti, cariño. Ya te buscaré yo un currillo por ahí…. I’m a man with a mission!!!! Y al gabacho ni nombrarlo que ya te voy a presentar a dos amigos que tengo monísimos, con lo que tú vales, nena…
Hay gente con carisma y luego está mi amigo Roberto. Qué decir que no hizo falta más que esta breve charleta para comprar al día siguiente los billetes de avión por internet. Estaba decidido, iba a pasar la primera quincena de diciembre en Pekín.

Un tío de cómic II


Norman por Martín Juaristi

Fui a recoger a Eva a Termibus. Después de terminar la carrera se fue a Londres a buscarse la vida, allí se enamoró locamente de un indio, quien olvidó contarle que estaba casado y con tres niños. Eva se enteró después de dos años de relación. Dejó Londres para refugiarse en Madrid, encontró enseguida trabajo en una galería de arte moderno.
Se me saltaron las lágrimas al verla bajar del autobús. Eva me abrazó con muchísima fuerza.
—No llores, loca, no merece la pena, y menos por un francés.
Llegamos a casa de sus padres para dejar la maleta.
—¡Uy, pero hija mía! —Asun, la madre de Eva me abrazó y me ametralló a besos—. El tiempo que hace, pues igual tres años ¿no?, claro, te nos vas a las Chinas y luego te nos casas con ese francés tan guapo, hija mía, naciste con estrella. Porque mira que es guapo, ¿eh? si es que los franceses son especiales y qué románticos, ¿eh? —Asun miró a su hija—, yo a ésta ya le digo, mejor con uno de fuera porque aquí todos tienen la boina metida a rosca.
—¡Hala, ama!, ¡ya, venga, largo!
—Uy, qué carácter, hija… pues os dejo solitas, ¿vale? Elvira, cariño, me alegro de verte, anda, dame un beso y muchos recuerdos a tu chico guapo.
Salimos a tomar algo.
—Hola Chema —dijo Eva al chico de la barra, mientras acercaba dos taburetes.
—¡Hombre! Mis dos preciosidades emigrantes —Chema nos besó y nos sirvió dos cañas.
—Joder, así que en diciembre te piras a China, otra vez. Que de puta madre, tía —Eva encendió un cigarrillo y continuó—, por lo del curro no te preocupes, algo te saldrá, además teniendo allí a la locaza de Roberto está hecho.
Eva se dio cuenta y, tras una calada, ladeó la cabeza para mirarme más de cerca.
—Pero, ¿de qué coño te ríes, perra? —me dijo.
—No me estoy riendo —contesté intentado disimular la risita.
—Sí te estás riendo que te veo yo desde aquí —dijo Chema desde la otra punta de la barra señalándose el ojo con el índice.
Exploté en una carcajada.
—Vale, no pasa nada, pero bueno, sólo que… bueno, viene Mario a Pekín.
—¿Qué Mario? —preguntó Eva frunciendo el ceño.
—Mario —contesté.
—¿Mario? ¿Mario…? Mario… ¡Ostías! ¿MARIO? ¿Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
—El mismo.
Las dos empezamos a chillar y a reírnos como tontas.
—Vosotras tenéis treinta añitos, pero entre las dos, ¿no? —nos dijo Chema guiñando el ojo, y nos sirvió otras dos cañas.

Aunque nadie daba un duro por ello, terminé mi licenciatura y fui profesora durante tres años en una universidad del norte de China. Una etapa preciosa de mi vida. Durante el último año, envié a mis amigos de profesión en Bilbao una oferta de trabajo muy interesante: profesor de español en una escuela secundaria en el sur de China. El valiente que la aceptó sin poner ninguna condición fue Mario. Desde entonces vivía en China, hacía ya dos años y medio.


Hola Mario, cómo andamos? yo con mucho cambio pero ya te contaré. Oye, mira, la primera quincena de diciembre voy a Pekín a casa de un amigo, te subes y nos corremos una juerga a la pekinesa?
Besito, genio!
Elvira.


Locuela, lo de Pekín me hace. Ahora mismo ando muy justo de pasta pero creo que para esas fechas empezaré a levantar cabeza y, como te dije, tengo unas ganas enormes de verte y de salir de parranda contigo.
Muchísimos besos, guapísima, estamos en contacto.
Mario.


Roberto me llamó al móvil.
—Necesito que me hagas un súper favor antes de venirte.
—Dime.
—Se me ha roto la cafetera Nespresso, desastre total, así que mira a ver si me puedes comprar una nueva.
—¡Rober, qué pijo! —dije riéndome—. Vale… está hecho. Oye, una cosilla, creo que un amigo se viene también a Pekín, ¿habría algún problema si se queda en tu casa?
—Ninguno, perfecto, que se quede el tiempo que quiera. ¿Puedo preguntar qué tipo de amigo es?, ¿amiguito, amigote, ex novio, gay, novio de una amiga o el polvo platónico con el que siempre has soñado?
—¿Eh? ¿Qué andas? No sé, es un amigo normal, normalísimo.
—Ay, nena, no te enteras de nada, de ésos no existen. Tú y yo nos llevamos tan bien porque a mí, como a ti, me van los rabos, si no de qué…
Colgué el móvil muerta de risa prometiéndole que le llevaría la cafetera.

Eva, después de estar unos días en Bilbao, volvió a Madrid.
Las semanas iban pasando rápidamente. Quedaban menos de siete días para marcharme a Pekín cuando recibí su email. No me lo podía creer. Llamé inmediatamente a Eva.
—Galería de Arte Haddon, buenos días.
—Muy buenos, quería hablar con Eva Uriarte, por favor.
—¿De parte de quién?
—De Andy Warhol.
—Oh… un momentito, por favor, no cuelgue.
—Dime, Andy.
—Al final no se viene.
—Vale, ¿quién y a dónde?
—Mario a Pekín.
—¡No jodas! ¿Se ha hecho cacas la semana anterior a irse? ¿De qué va ese tío?
—Se ha quedado sin un duro.
—Ah, bueno, qué susto me habías dado, vale, no importa, págale el billete.
—¿Queeeeeeeeeeé?, ¡estás loca!
A las dos nos dio un ataque de risa.
—Bueno, tranquilicémonos, ¿eh? lo único que necesitamos es un plan.
—Eva, olvídalo, te llamo simplemente para darte esta información y para que me digas qué quieres que te traiga de Pekín.
—Oh, vamos Elvirita, no te rindas, este tío dentro de un par de años estará montado en el dólar vendiendo sus dibujos. ¡Es un genio!
—Por eso mismo, a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres.
—Vale… pues un collar de jade, el último que me trajiste se me rompió.

Estaba tumbada en la cama de la habitación de invitados con Roberto a mi lado. Su casa era grande, estaba en la zona de las embajadas. Había tomado la postura fetal porque de la risa no podía estirarme, me contaba sus aventuras con un japonés. Al día siguiente salía mi avión de vuelta a Bilbao. Se me habían pasado los diez días rapidísimos. No hicimos gran cosa, sólo reírnos, comer y salir de compras pero creo que lo necesitaba, porque fue genial, una terapia perfecta para dejar a un lado a Etienne. Durante la primera semana quedé con mi amiga Feng Min, acababa de tener un hijo, se había casado hacía un año y por eso se trasladó a Pekín. Ahora era profesora en una Universidad de la capital. Me propuso volver a trabajar juntas en la facultad, como antes, me decía. Le aseguré que le daría una respuesta en primavera. El fin de semana, Rober se salió con la suya y me presentó a un par de amigos con los que nos fuimos de copas por la zona más pija de Pekín. Uno de ellos no estaba nada mal, pero era un poco chapas y no hay cosa que me excite menos que un hombre parlanchín.
En la cama, Roberto y yo apurábamos la última noche juntos.
—Ya te digo, nena, era lo mismo que acostarse con Hello Kitty, qué cosa más pequeña, pero monísimo ¿eh?—me contaba Roberto mientras yo le hacía gestos con la mano pidiendo tiempo muerto, me dolía la tripa de tanto reírme.
Al día siguiente me acompañó al aeropuerto.
—Dime que vas a aceptar el trabajo y que te vuelves en septiembre para quedarte —me dijo mientras me abrazaba.
—Ya veremos…

En abril llamé a Feng Min y le dije que aceptaba el trabajo, que empezara a mandarme el contrato para ir echándole un ojo. En junio Roberto me llamó para decirme que ya me había encontrado un pisito de alquiler, no era gran cosa pero poco más podía permitirme. Y el veintidós de agosto, a las cuatro de la mañana, estaba cansadísima sujetando un vaso de kalimotxo celebrando el último sábado de fiestas de Bilbao.
—Chicas, creo que yo me voy a retirar, ¿eh? —dije a la cuadrilla tirando el vaso al suelo.
—No, Elvi, quédate, es tu último finde antes de volver a China.
Marieta, con el katxi de kalimotxo, rellenó otro vaso de plástico y me lo ofreció.
—Buff, si es que no puedo más, Marieta, de verdad.
—Calla, calla, anda y cuéntame cosillas.
Me reí al verla tan despierta y con tantas ganas de fiesta pero yo estaba reventada, así que me acerqué a ella para darle un beso y marcharme a casa.
—Venga, dame un beso —le dije mostrándole la mejilla—, te llamo esta semana y quedamos, ¿vale?
Me despedí del resto con la mano cuando ya estaba unos metros fuera del grupo, si no hubiera sido imposible.
Cruzando los Jardines de Albia alguien me llamó. Me di la vuelta, vi a un grupo de chicos pero no reconocí a nadie. Continué mi camino y otra vez escuché mi nombre, Elvira querida. Me volví a dar la vuelta, esta vez un tanto mosqueada y me encontré a un genio de ojos azules y tristes con los brazos abiertos completamente borracho llamándome:
—Mi Elvirita querida.
—Mario… —me acerqué y lo abracé metiendo mis brazos bajo los suyos abiertos.
—Ey, te escribí un email para decirte que ya estaba en Bilbao.
—Lo sé, lo sé, pero he estado muy liada este verano, ya sabes que la próxima semana me voy a Pekín a currar, ¿no?
—Sip, sip... sip. Genial, porque quiero conocer Pekín este año, así que te llamaré para abusar de tu hospitalidad.
—Pues a ver si es verdad y no me das el plantón del año pasado.
—¡Sssht! prometido —dijo y trazó una supuesta línea de juramento en el aire —. ¿Qué más me cuentas, guapísima?
—Pues nada más, como no quieras que te cuente el cuento de Un tío de cómic.
—Buah, vale, ¿tiene buen final? —me preguntó mientras se rascaba la frente con los cuatro dedos a la vez.
—No tiene final.
Mario se acercó mucho a mí y se agachó lentamente hasta dejar sus ojos a la altura de los míos y me dijo en voz muy bajita:
—Pues ése es un cuento de miellllda… ¿no...?
Eché la cabeza atrás riéndome muchísimo. Después me volví a acercar a él, le sujeté la carita entre mis manos y lo besé en los labios lentamente. Él no dijo nada.
—Es que a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres, por eso ese cuento nunca tendrá un final.
Mario me acarició la mejilla y sonriéndome me dijo:
—Nos vemos en Pekín.
—Nos vemos en Pekín —dije.
Le robé un último beso y me marché.

7 dic 2009

The pink taxi

—Mírame, mírame, ahora soy un metro cincuenta y ahora un metro sesenta, ¿ves?, metro cincuenta, metro sesenta —decía Elvira caminando de un lado a otro con el tacón de su botín derecho en la mano. Se lo acababa de romper al tropezarse con una alcantarilla.
—¡¿Te quieres parar quieta, que mi vida es un asco y no te soporto, pesada?! —gritó Marieta sentada en el bordillo de la acera.
—Es que ocho centímetros de tacón te hacen ver el mundo desde otra perspectiva, ¿eh? Mira, metro cincuenta, metro sesenta, metro… —seguía repitiendo Elvira cojeando a cada paso.
Marieta resopló cansada, llevaba un rato intentado llamar a Blanquita por teléfono, pero no daba señal. Eran las seis de la mañana y querían volver a casa pero a esas horas, y siendo fin de semana, la cosa estaba difícil.
—¡Joder, menos mal!, ¿dónde coño estás? —dijo finalmente Marieta por el móvil—, ¿a casa?, ¿vas en taxi?, ah… vale, genial… sí, vale… estoy con la enana que lleva un morón importante, se acaba de meter tal hostia que se le ha roto el tacón —se rió recordándolo—, cada vez que nos viene de visita se nos desata —y se volvió a reír—, y ahora la tengo aquí dando bastante el coñazo… ¡ya te digo, ya te digo! —risas de nuevo—, vale… sí, pues aquí en la Rivera… eso, sí, a la altura del Edan… ¿qué?, no, no, el que está al lado del Lola’s… sí, en la acera, aquí… vale, vale, agur —Marieta separó su móvil y lo extendió hacia Elvira—. ¡Pedorra, di adiós a Blanquita!
—¡Aguuuuuuuuuuur! —gritó Elvira corriendo hacia el móvil muy torpemente. Con esos andares recordaba al pequeño jorobado Igor de El jovencito Frankenstein.

Quince minutos después un taxi paró en la Rivera, frente al bar Edan, al lado del Lola’s. En el asiento de atrás Blanquita hacía un gesto con la mano para que las dos chicas de la acera se montaran. Elvira entró de cabeza, literal. Marieta atacada de los nervios pasó por encima (literal) de ella y se colocó en el medio. Elvira, sin soltar su tacón de la mano que lo agarraba como si fuera un ramillete de novia, se intentó sentar en el hueco que le habían dejado junto a la ventanilla.
—Pero ¡cómo vamos, corazona! —dijo Blanquita mirando a Elvira en un tono muy cariñoso.
—Me he caído, maja… —contestó Elvira enseñándole su tacón en la mano. Parecía una niña mostrando su diente de leche recién caído, que tras haber pasado el mal rato, lo cuenta como una hazaña heroica.
—¡Ya veo, ya! —dijo riéndose.
—Mi vida es un asco… —dijo Marieta.
—Además eran nuevos, me costaron una pasta, tías… —dijo Elvira.
—Pero ¿a quién coño le importan tus zapatos? ¡Que mi vida es un asco!
—Que no, Marieta, que no —dijo Blanquita de manera conciliadora.
—¡Qué asco, de verdad, pero qué asco de vida! Se supone que deberíamos estar casadas con hijos, ¿no?, ¡qué sábados de mierda!
—Que no… —repitió Blanquita.
—Ya, mi vida también es un asco —dijo Elvira con el tacón en la oreja—. Mirad… oigo el mar...
Blanquita no pudo evitar reírse con semejante ocurrencia.
—Joder… es que… os podéis creer que cuando he entrado en el Lola’s me encuentro con Iratxe, la secretaria de recursos humanos, que me dice súper seria…
—Pues yo le he comido la boca a Jaime —dijo Elvira de golpe interrumpiendo a Marieta.
—¡¡¿QUÉ?!! —gritó Blanca completamente alucinada.
—¡Pero no la escuches que estábamos hablando de mí!, ¡de mí, Blanquita, de mí! —gimoteó Marieta.
—Elvi, por favor, por favor… pero si es tu mejor amigo, pero ¿qué has hecho? —siguió preguntando Blanca.
—Ha sido culpa suya… —intentó justificarse.
—¡Hablemos de mí! ¿Puedo seguir con mi historia, por favor…? —rogaba Marieta desde el centro, se había vuelto invisible.
—Es que se me estaba acercando mucho al hablar, yo pensaba que me estaba mandando señales, ¿no?, entonces… pues eso… me lo comí… —dijo Elvira.
—¿Mandando señales? ¿Jaime? ¿A ti? ¡Joder, la madre que la parió! ¡Esta tía no tiene abuela! —exclamó Marieta.
—Ay, corazona, entre la música del bar y que estás medio sorda del derecho, normal que se te acercara para hablar, pero nada más, Elvi, que Jaime y tú como que no, nena, que no… —explicó con paciencia Blanquita.
—Ya… de eso me he dado cuenta luego, con su reacción.
—Vale, todas sabemos su reacción, ¿no?, ahora Jaime te odia más que nunca, punto pelota, ¡se acabó tu historia!, vayamos con la mía: Iratxe me ha dicho que, bueno… que es muy fuerte…
—Qué fuerte… —dijo ausente Elvira cortando nuevamente el discurso de Marieta—, me odia, Jaime me odia, y me odiará siempre.
—Sí, te odia y nosotras también, bueno, pues entonces Iratxe me viene y me suelta que…
—¡Jo, Blanquita, pero si sólo han sido unas babillas de nada!, ¡un besuqueo tonto! —decía Elvira buscando apoyo en su amiga la comprensiva.
—Ya, Elvi, pero es tu mejor amigo, es que… buff… la has lia’o bien gorda, corazona…
—¡Pues ya no os digo lo que me ha dicho Iratxe! ¡Os quedáis con las ganas! ¡A tomar por saco!
Marieta seguía siendo invisible.
Elvira pereció hacerse pequeñita, más de lo que ya era, en el asiento. Después, en silenció, fue levantando su mano hasta colocar el tacón roto en medio de su frente, y empezó a tatarear imitando el tono melancólico de Silvio Rodríguez:
—Mi unicornio azul ayer se me perdió, no sé si se fue, no sé si se extravió, y yo no tengo más que un unicornio azul… si alguien sabe de él… yo pagareeeeeeé, se fueeeeeeeee…
—¡Joder, pero qué tía! —gritó desesperada Marieta—, ¿tú la ves?, ¿eh?, ¿tú la ves?, ¡es que no la aguanto! —pero Blanca no podía dejar de reírse, botaba en el asiento como una loca, parecía el perro risitas, estaba muerta, muerta de la risa.
—… mi unicornio y yo hicimos amistad, un poco con amor, un poco con verdad… pero no tengo más que un unicornio azul… yo sólo quiero aquel, mi unicornio azuuuuuuuuuul… se fueeeeeeee…
—¡Sí, se fue! ¡Se fue trotando a la Playa Girón! ¡Basta! ¡Me cago en la enana-cantautora de mis pelotas!
Tras el grito de Marieta se hizo el silencio que enseguida se rompió por sus propias carcajadas. Las tres estaban tronchadas de la risa en el asiento de atrás de aquel taxi tarareando, esta vez, Playa Girón.

La primera en bajarse fue Blanquita que, con el gesto de su mano en la oreja, les dio a entender que mañana hablarían, y antes de meterse en su portal les lanzó un beso. Nuevamente con el taxi en marcha, Marieta contó, finalmente, a Elvira lo que le había dicho Iratxe. Después se bajó del taxi, pero antes de hacerlo, achuchó a su amiga Elvira y al oído le dijo lo mucho que la echaba de menos cuando no estaba pero que era un secreto entre las dos.
Ya por fin, frente a la casa de Elvira, el taxi paró. La chica, después de pagarle al taxista le dijo:
—Perdona, te importa esperar hasta que entre en el portal, es que me da un poco de miedo.
—Tranquila, mujer, claro —contestó el hombre.
Al bajarse del taxi oyó un bip-bip y sintió su móvil vibrar. Marieta, pensó, mensaje de Marieta, volvió a pensar con media sonrisa. Delante de la puerta buscó con una mano, porque en la otra seguía llevando el tacón, las llaves en su enorme bolso. Se topó con el móvil así que lo sacó y siguió buscando. Las encontró. Fue a meterlas en la cerradura cuando, al mismo tiempo, abrió el móvil y vio que el mensaje no era de Marieta. El taxista pitó. Elvira lo miró y sin hacer ningún gesto volvió al mensaje:
"Lokita, akbo d yegar a ksa xo creo q dbriams trminar lo q mpzast sta noch xq dps d 30 añs ya va sendo ora, no cres? vent…"
Elvira, mientras oía el taxi marcharse harto de esperar, volvió a leer atónita el mensaje de Jaime, en voz alta:
—Loquita, acabo de llegar a casa pero creo que deberíamos terminar lo que empezaste esta noche porque, después de treinta años, ya va siendo hora, ¿no crees?, vente…
Atorada metió de nuevo las llaves y el móvil en el bolso y, alzando el brazo con el tacón en lo alto como si de un merecidísimo trofeo se tratara, gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡¡¡¡¡¡TAXIIIIIIIIIII!!!!!!!

1 dic 2009

Secretos

Crows por Nicoletta Ceccoli
No sé lo que me despertó, quizá un ruido. La habitación estaba congelada. Tenía la luz de la mesilla encendida. ¿Me había quedado dormida con la luz? No lo recordaba. Quise sacar el brazo del edredón para poder apagarla pero desistí en el primer intento. Necesitaba que mis dedos, poco a poco, se acostumbraran a la temperatura de fuera de la cama. Así que con la mano a medio camino, volví a cerrar los ojos y pensé en el granate, el granate intenso. Un caballo granate. La luna granate. Una piscina granate. La botella de leche granate. La barandilla de mi porche granate. La cajera del supermercado granate. Me reí. Abrí de nuevo los ojos. Decidí sacar el brazo y apagar la luz. No llegaba. Lo volví a intentar pero no llegaba. Me incorporé en la cama. Al hacerlo vi que la puerta de la habitación estaba abierta. Nunca dejaba la puerta de la habitación abierta. Nunca. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo. Estaba asustada. Me levanté de la cama y lentamente me acerqué a la puerta. Me apoyé en el marco. El resto de la casa estaba a oscuras. La luz del porche se colaba por entre las cortinas del ventanal del salón y por el cristal de la puerta de la entrada. Aquella luz me permitía ver lo suficiente para darme cuenta de que todo estaba como lo había dejado, y de que allí no había nadie. Avancé hasta la cocina. Vi la taza de café encima de la mesa junto al plato sucio de la cena. Me había dado pereza recogerlo antes de meterme a la cama. Miré a través de la ventana. Vi el árbol del jardín. Dos de sus ramas parecían quejarse por el peso de la nieve. Estaban retorcidas y cansadas. Crucé los brazos, tenía mucho frío. Estaba descalza. Dando saltitos llegué hasta el cuarto de baño. Encendí la luz y me miré al espejo. Qué cara. Madre mía, qué ojeras. Estaba hasta hinchada. Levanté la tapa del váter y fue entonces cuando la vi. Su manita salía de entre la cortina de la ducha. Solté la tapa de golpe y de un salto retrocedí hasta la pared. Me temblaba todo el cuerpo. No era capaz de moverme. Sentía el cuerpo congelado por el pánico. Me fui deslizando por los fríos azulejos de la pared hasta quedar sentada en el suelo. La niñita salió de la bañera y me extendió su brazo. Me llevé la mano a la garganta, me faltaba el aire. No podía respirar, no podía respirar. La niña se acercó hasta mí. No tendría más de seis años. Era rubia. Tenía los ojos grises, vacios. Sonreía. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, me preguntó sin mover los labios, ¿se lo vas a decir a mi padre?, volvió a decirme rozándome con su manita la pierna. De la impresión me dio un espasmo que agitó involuntariamente todo mi cuerpo y solté un grito ensordecedor.

Me desperté. Me revolví en la cama. Me quemaba la piel a pesar del frío que hacía en la habitación. La luz estaba apagada y la puerta cerrada. Entraba claridad de fuera. Miré el despertador. Las nueve y media de la mañana. Era domingo. Me gustaba quedarme hasta tarde en la cama los domingos. Pero no podía seguir allí, sentía todavía el miedo. Tenía la garganta seca. Necesitaba beber agua. Me levanté. Fui a la cocina descalza. El suelo era hielo. Dejé correr el agua del grifo y después llené un vaso y lo bebí. Desde la ventana vi como Fred, mi vecino, se subía en su camioneta. Lo saludé pero no me vio. A mí me gusta éste, oí detrás de mí. Me di la vuelta lentamente y la vi sentadita en la mesa de la cocina con un libro de Winnie the Pooh para colorear. Sí… me gusta éste, y ¿a ti?, me dijo sin levantar la vista del libro. Se me escurrió el vaso de la mano. Oí el crash al romperse contra el suelo pero no sentí dolor al clavarme los cristales. La niñita levantó la cabeza. Qué gélida mirada. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, ¿se lo vas a decir?, me dijo sin separar un ápice sus labios. Negué aterrada con la cabeza. Volví a negar mientras me tapaba la boca con dos temblorosas manos.

—Disculpe… disculpe… su cinturón…
Oía una voz, a lo lejos, parecía que venía de fuera. Abrí los ojos y me recliné hacia adelante sobre el asiento.
—Disculpe, por favor, abróchese el cinturón, en veinticinco minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Charlotte —me dijo la azafata señalándome mi abdomen.
Aturdida la obedecí y antes de que se marchara le pedí un vaso de agua. Tenía la garganta completamente seca. Me ajusté la coleta dos veces. Miré el reloj, hacía más de seis horas que había salido del aeropuerto de Los Ángeles. Qué grande era este país. Me entró un escalofrío. Estaba destemplada. Creo que había dormido durante todo el viaje. Cerré de nuevo los ojos pero un golpe en el brazo me hizo abrirlos de nuevo.
—¡Oh, perdona, perdona, por favor! ¡Qué torpe!
El señor que tenía a mi derecha intentaba disculparse por su codazo. Era demasiado grande y le faltaba espacio a la hora de maniobrar para guardar los libros y las revistas que tenía desparramados sobre la mesita plegable.
—Tranquilo, está bien —dije medio adormilada.
—Éste es para mi hija, le encanta —dijo el señor mostrándome orgulloso un pequeño libro en alto. Me quedé helada—. Le encanta colorear a este oso, el Winny Puú o cómo se llame, no hay nada como el buen marketing de Disney para engañar a niñitas de seis años, ¿eh? Viene con su madre a buscarme al aeropuerto, yo no quería porque me da miedo con las carreteras tan nevadas pero al no poder pasar Acción de Gracias juntos, Amber, mi esposa, ha insistido. Y tú, ¿cómo has pasado las vacaciones?

No le contesté. Me apreté el cinturón y miré al frente, me temblaban los labios. Tome, su agua, dijo la azafata ofreciéndome el vaso.

20 nov 2009

Rioja 33


—¿Señora Rebollo? —en la puerta de mi despacho tenía a un alumno del grupo 203, parecía muy nervioso.
Lo miré desde mi mesa. Me di cuenta enseguida de la situación. Hoy había habido examen pero ni rastro de este chico en todo el día.
—Es por el examen, señora Rebollo… —me hacía mucha gracia, sabían cuándo llamarme Elvira y cuándo señora Rebollo—. No he podido venir, porque he estado muy, muy enfermo.
—Y ¿ahora ya estás mejor?
—Sí, sí… hoy ya muy bien y quería venir pero el coche se me ha averiado esta mañana y además... cuando he ido al…
—¡Para, para!, está bien —dije riéndome— podrás repetir el examen mañana después de clase.
—¿De verdad? —mi estudiante no podía creérselo.
—Claro, y sigue disfrutando de tu Rioja 33, todo el mundo debería vivir uno —dije en español.
Mi alumno no entendió ni un apalabra pero prefirió no preguntar, por si acaso.


Oí desde la cama el portazo y los llantos de Lorena. Parecía que Marta intentaba consolarla. Me levanté, me puse mi enorme albornoz de girasoles y salí de mi habitación. Las tres vivíamos en la calle Rioja 33, muy cerca del campus, era nuestro último año en la universidad.
Pero ¿qué pasa?, pregunté en mitad del pasillo atándome el cinturón del albornoz. La Lore, que ha perdido el tren, maja… contestó Marta que estaba junto a la puerta de la calle abrazando a Lorena.
Lorena, al escucharlo en voz alta, sollozó todavía más. Se acuclilló dejando el violín con su funda a un lado y se tapó la cara con las manos, pobre, no dejaba de llorar. Miré perpleja a Marta pellizcándome el labio, no sabía ni qué decir. Marta, como si estuviera sacudiendo un termómetro, agitaba la mano en el aire con cara de: qué fuerte, qué fuerte, tía.
—Venga, mujer, que seguro que te pueden repetir el examen —dije en un intento vano por animarla.
—Cuarto de violín… tías, acabo de echar a la mierda cuarto de violín… —dijo Lorena a trompicones.
Marta volvió a agitar la mano en el aire, qué fuerte, qué fuerte, la oí pensar de nuevo.
—Y ¿un taxi? A ver, Martis, ¿cuánto hay hasta Donosti? Vitoria-Donosti, ¿en cuánto se hace? —no es porque fuera idea mía pero es que era buenísima.
—Buff, ni de coña, no llega ni de coña. Hora y media fijo. El examen empieza a las 10 y son casi las nueve. Y no puede llegar tarde, es el conservatorio, examen oficial, no valen excusas.
Abrí los ojos como platos para hacerla callar pero ni por esas.
—Tías, ¡me pasa a mí y me muero!, ¡me muero!, bueno, es que yo teniendo examen hoy a las diez me hubiera ido ayer, no sé, Lore, tía, muy fuerte… —y volvió a sacudir su termómetro imaginario.
Lorena terminó tumbándose en el suelo abrazada a su violín, cómo lloraba, a grito pelado.
Qué hacemos, pregunté a Marta, vocalizando en silencio de hombros encogidos. Marta no me hizo ni caso, miró detrás de mí y gritó:
—Pero, y éste ¿quién es?
De mi habitación salía un tío colocándose la sudadera y desordenándose el pelo con los dedos. Qué mono era.
Hola, dijo tímidamente al acercarse a nosotras. Yo ya me iba.
A las dos nos entró la risa al ver cómo intentaba sortear a Lorena, que estaba en el suelo, para poder salir de casa. Estaba atrapado. Así que se dio la vuelta y dijo la frase que sólo dices cuando no te queda otra. Te llamo, ¿vale, tía? Claro, dije tronchada de la risa.
—Lore, córrete un poco pa’llá, para que pueda salir éste —dijo Marta.
Lorena, sin soltar su violín y sin parar de llorar, se arrastró un metro más hacia allá dejando la entrada libre. El chico abrió la puerta y con un gracias y un falso te llamo, de verdad, se fue.
A Marta y a mí nos faltó tiempo para morirnos de la risa y a empujones entramos en la cocina.
En bajines, para no desmerecer el dolor de Lorena, le conté que se llamaba Iñigo. Iñigus, Iñigus, Iñigus, repitió ella a ritmo de samba. Le expliqué que era amigo de Amaia. No sabía quién era. Sí, la de Filología Francesa, la sin-cuello, que sí, a la que le crecen los hombros de las orejas. Ah sí, ya cayó quién era. Pues resulta que estando con Lorena y éstas en el Zelaia tomando unas cañas, apareció Amaia con Iñigo porque eran compañeros de piso. Y allí nos juntamos todos. Que si unas cervecillas por aquí, unos bailes por allá, unas babillas por acullá y luego… un poco de Rioja 33. ¡Iñigus, Iñigus, Iñigus!, gritó Marta con su ritmo sambero, yo la seguí zarandeando el culo de lado a lado. Bueno, y ¿qué?, me preguntó después. Puse cara arrugada. Sin más, respondí.
—Y ¿eso?
—Método desatascador.
—Ay ¡nooooo!
—Sí, maja —pero le hice gesto de silencio con el dedo en los labios para que Lorena no se molestara al escucharnos cotillear en la cocina. Continué susurrando—. No sé de dónde les viene la idea que con el mete-saca nos va de perlas.
Marta amortiguó su risa con las manos.
—Pero no sabes lo peor —Marta negó con la cabeza con cara de intriga—, el interruptor.
—¿El interruptor?
—El interruptor… —repetí con mucha pereza—. Ya sabes que lo tengo en la cabecera, ¿no? Pues con cada toma encendía la luz con mi cabeza —Marta rompió a reírse como una loca, intenté pedirle con gestos que se riera en bajo pero era imposible—. Martis, pero es que encima se paraba y me pedía perdón y volvía a apagar la luz, perdona, tía, perdona, tía, me decía y luego… ¡toma!, otra vez la luz encendida —Marta se tronchaba y recordándolo me empezó a entrar la risa de mala manera, ya casi no podía continuar—, pero calla, que falta lo mejor —y ja, ja, ja, ja, ja las dos—, que el tío cogió carrerilla, y: toma-daca, toma-daca, toma-daca, enciende-apaga, enciende-apaga, enciende-apaga automáticamente, te lo juro, ¡mira el chichón que tengo!
Martis se moría y yo con ella. De la risa nos dábamos hasta manotazos, no podíamos parar. Terminamos en el suelo, completamente deshechas.
—¿De qué os reís, perras…? —preguntó Lorena entrando muy lentamente en la cocina, arrastraba su violín de la correa de la funda, parecía que traía un perro degollado.
Marta y yo nos levantamos del suelo y nos tiramos encima de ella.
—¡Abrazo a tres de Rioja 33! —gritó Martis a modo de insignia del piso.
—¡Rioja 33! —grité yo absolutamente contagiada por su entusiasmo.
—Rioja… treinta y… tres… —dijo Lorena con muy poquitas ganas.

No fuimos a clase. Marta preparó café. Nos rifamos los pocos yogures de coco y vainilla que quedaban en la nevera, porque las tres queríamos los de coco. Pasamos toda la mañana en la cocina intentando arreglar nuestro pequeño mundo, que a los veintidós años era todo un universo de desafíos.

12 nov 2009

Betty

The love between a Father and a Daughter, por Keith Burns

Betty se levantó a las seis y media de la mañana. Su madre le había preparado la cafetera la noche anterior, sólo tenía que apretar el botón verde para que empezara a funcionar y pudiera tener el café caliente. Estaba muy nerviosa. Se apretó el estomago cuando fue a coger una rebanada de pan de pasas con canela. La sostuvo un momento y la volvió a dejar. No tenía demasiada hambre. Estaba muy nerviosa. Se alisó el camisón y miró a su alrededor. Siempre tomaba una rebanada con mantequilla de cacahuete, pero si hoy no tenía hambre no sabía qué podría hacer. Se volvió a alisar el camisón. Se contó los dedos de la mano, tenía cinco en una y otros cinco en la otra, repitió la operación no fuera a haberse equivocado. No, realmente eran diez en total, tenía diez dedos. Estaba muy nerviosa. Saltó la lucecita verde de la máquina de café. Ya lo podía retirar, su madre se lo había explicado así. El café estaba preparado. Abrió el armario y buscó su taza amarilla con motas naranjas. A Betty le encantaban los colores fuertes y las motas. No la encontró. Su taza no estaba en el armario. Dónde estaba su taza. Se alisó el camisón. Estaba muy nerviosa. Con los nudillos de su mano derecha se golpeó la cabeza. Dónde, dónde, dónde, dónde está. Agitó las manos al aire y gritó. Su madre apareció en la cocina asustada. Betty no parecía verla. No parecía ver nada. Dónde, dónde, dónde. Se agarró de un mechón de pelo y estiró con rabia de él. Se lo arrancó. Su madre se apresuró a la fregadera. Al encontrarla la limpió y la secó. Se la dio. Aquí está, aquí está, cariño, dijo dándole la taza a su hija lamentándose de no haberla fregado por la noche. Se le olvidó. O quizá no la habría visto, sí, seguramente lo segundo, porque cómo se le podría haber olvidado sabiendo cómo se ponía Betty si no la encontraba en su sitio. Su madre la sentó junto a la mesa. Desayunaron juntas. Al terminar Betty se acarició la calva que se había dejado junto a la sien. No se te nota, cariño. Te voy a hacer una coleta, con el pelo hacia atrás. Su madre se levantó y peinó el pelo de su hija con las manos. Ves, no se te nota, estás preciosa.

Betty se levantó y contó hasta siete antes de dar el primer paso. Su madre la acompañó al dormitorio y le preparó sobre la cama el vestido que debía llevar. Era azul con florecillas rojas y blancas. Dejó junto a la puerta los mocasines rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre guardó los mocasines blancos con motas negras y sacó de nuevo los rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre, en absoluto silenció, volvió a tomar los mocasines blancos con motas negras para guardarlos. Betty se alisó el camisón. Se zarandeó de un lado a otro como si fuera un péndulo. Su madre abrió el armario y los guardó. Betty se golpeó el pecho y gimió. Está bien, dijo vencida su madre. Terminó de peinarla en la salita, junto al viejo piano de la abuela. Adornó la coleta con un llamativo lazo fucsia. La miró de frente. Con sus manos le aplastó el volumen. Era difícil manejar aquel pelo tan rizado.

Su madre, en el porche, le cruzó el bolso por el hombro. Siempre era más seguro llevarlo así. Le atusó la rebeca azulona y le dio la mano.
–¡Hey, Betty!, pero qué guapa estás hoy, ¿adónde vas? –preguntó la señora Butler desde su porche con una taza de café.
–Vamos a la estación de autobuses porque se va a Huntington, a ver su padre –contestó su madre sin poder ocultar cierto nerviosismo.
–Oh, ¡buen viaje, cariño!
Betty agitó la mano desde la acera de enfrente y gritó sin cesar: gracias, señora Butler, gracias, señora Butler, gracias, señora Butler.
Su madre miró el reloj y apretó el paso. Llegarían a la estación en poco más de veinte minutos. Casi con una hora de antelación. Pero la madre de Betty siempre sentía llegar tarde a todos los sitios.
Betty se despidió de su madre por la ventanilla del autobús. Su madre desde fuera le hacía el gesto de que comiera. Betty miró la bolsa que su madre le había dado. Había tres zanahorias, un huevo cocido y pelado con un poco de sal y mostaza. No había un sándwich. A Betty no le gustaban los sándwiches. No entendía por qué había que meter la comida entre pan. El autobús arrancó. La madre de Betty lo siguió unos metros saludando con la mano a su hija que no dejaba de mirarla por la ventanilla. Betty se alisó la falda del vestido. Con la punta de los dedos se daba golpecitos en la frente. Estaba nerviosa. No le gustaba ver a su madre llorar. El autobús salió de Parkersburg.
Por el camino Betty contó trecientos sesenta y siete coches rojos, doscientos cincuenta y cuatro amarillos y ciento ochenta y tres verdes. Vio muchos grises pero no los contó. No le gustaba el gris. Al cruzar Charleston empezó a contar los camiones. Pero sólo los camiones que trasportaban troncos. Los de vigas o líquidos inflamables no le gustaban. Comió sus zanahorias. El señor de la visera de los Mountaineers la miraba. Estaba sentado en la fila de atrás. Betty hacía mucho ruido comiendo porque Betty no cerraba la boca.
–Disculpe, señora, podría… ¿señora?, ¿señora?
Betty no se dio la vuelta. Su madre le había repetido muchas veces que no debía hablar con nadie. Dejó de comer. Miró al frente. Se alisó dos veces la falda de su vestido. No quería hacer ruido al respirar. Si no hacía ruido podría convertirse en invisible y así el señor de la visera dejaría de llamarla. Y sí, el hombre de la visera dejó de llamarla. Enseguida se dio cuenta de que Betty era diferente.
El autobús aparcó en la vieja estación de Huntington, parecía estar anclada en los años cincuenta. Betty bajó del autobús cruzándose el bolso. Recordó las palabras de su madre. Era más seguro llevarlo de aquella manera. Se quedó de pie junto al autobús. No le gustaba andar entre la gente. Eso la ponía muy nerviosa. Su padre la vio. Se acercó a ella y la abrazó. Su pequeña niña. Su pequeña niña de treinta y siete años. Betty estaba tan contenta. Le mostró su lazo fucsia y sus mocasines blancos de motas negras. A su padre le encantaron. Estaba emocionado. Hacía casi seis mese que no la veía, quizá por un poco todo. Se montaron en la camioneta. Betty abrió su bolsa y ofreció a su padre la mitad del huevo cocido con sal y mostaza.

Aparcaron frente a la casa. Al subir las escaleras del porche, se encontraron con Elvira que salía en ese momento.
–¡Buenos días, Fred! –dijo la joven vecina cerrando su puerta.
–Chica, déjame presentarte a Betty, mi hija, acaba de llegar de Parkersburg.
Betty agachó la cabeza, no le gustaban las personas nuevas. Se zarandeó hacia delante y hacia atrás. Se apretó el lóbulo de la oreja y se alisó dos veces la falda del vestido.
–Hola, Betty, ¿cómo estás? –dijo Elvira con su fuerte acento extranjero.
A Betty le gustó la voz de Elvira. Levantó la cabeza y seria le respondió.
–Hasta Charleston he visto setecientos noventa y cuatro coches de colores, pero no los grises porque el gris no me gusta. Después de Charleston, he visto once camiones de troncos.
–No le gustan los de vigas ni los de líquidos inflamables –explicó Fred a su vecina.
–No sabía que tuvieras una hija, Fred –dijo Elvira con cierta ternura.
–Sí, vive con su madre. Es mi princesa, mi verdadera princesita –dijo Fred besando a su hija en la cabeza–. Ella también es mi princesa, ¿sabes? –susurró al oído de Betty señalando a su vecina–, la adopté cuando vino de fuera para no echarte tanto de menos, mi vida…

On the road

Estábamos cruzando West Virginia en coche, pronto llegaríamos al estado de Virginia. No lo sabía con certeza pero habían pasado casi dos horas, así que seguro que estábamos cerca. Me quité las botas de oso como las llamaba él, y me senté a lo indio. Iba de copiloto, me encargaba de la música, del abastecimiento de agua y de chocolatinas y de leer los mapas. Nunca he sabido leer un mapa de carretera, aun él sabiéndolo no dijo nada cuando con entusiasmo le propuse que yo me encargaría de ellos.
—¿Cuándo dejamos la 64? —preguntó con una mano al volante y buscando ciego con la otra la botella de agua que le estaba ofreciendo.
—Uy, pues casi en Washington. De la 64 a la 66 que nos lleva directamente a la Avenida Constitución ya dentro de la ciudad.
Mentira. Aquello no era así, no iba a resulta tan fácil, y lo decían claramente los mapas. La 64 no se juntaba con la 66 en ningún punto de los Estados Unidos. Pero el ser una analfabeta de carreteras implicaba meter la pata hasta el fondo y terminar perdidos por la 95 dirección Miami, pero esto no lo supimos hasta casi tres horas más tarde.
—Oye, loco, ¿un café?
—Pues igual sí, ¿no?
—Vale, marca que a dos millas hay una estación de servicio —dije desdoblando un tercer mapa. Estaba enterrada entre líneas de colores que cruzaban estados, de los cuales no sabía ni sus nombres.
—¿Washington pertenece al estado de Viginia?, ¿no?
—¿Virginia? —pregunté con cierta duda—. No, al de Maryland, ¿no…? —lo cierto es que no lo tenía nada claro.
—Ni puta idea, Washington DC… —reflexionó en voz alta.
—DC, sí, Distrito Federal.
—¡Ostia, pava! —gritó muerto de la risa—, ¡¡ostia, qué graveeeeeeee!!! —seguía riéndose— ¡DC!, ¡de-ce, no efe o fe según tú! ¡Eso es México, México DF!
No le pudo contestar porque estaba hecha una bola en el asiento muriéndome de la risa. Esas meteduras de pata eran muy mías, y lo peor de todo es que me quedaba más ancha que larga después de soltar semejante barbaridad.
—Así que me sonaba fatal… —dije finalmente a modo de absurda justificación sin parar de reír—. Bueno, pues ¿qué es DC, listo?, ¿eh?, que eres un listo, ¿a ver?
—Distrito de Columbia —dijo fingiendo cierta soberbia porque sabía que me acaba de ganar por goleada—. Lo que no sé es si eso es un estado —y me miró con ganas de que le sacara de dudas.
—¿¿Y me lo preguntas a mí??
Los dos nos reímos de nuevo. Los mapas que tenía encima crujían al compás de mis carcajadas. Él pareció calmarse de repente y dijo con una fría sonrisa en los labios:
—He sido un amigo de mierda, ¿eh, chiquitina?, llevo años siendo un amigo de mierda, pero no pretendo compensarte con esta visita, con el viaje, digo, pero, no sé, tía, no sé... me gusta vernos así, descojonarnos por tonterías nuestras.


Conocí a Gaizka con trece años. Me acuerdo perfectamente de ese momento. Era junio y Jaime y yo nos íbamos a inscribir en el campamento de verano.
—Éste es Gaizka, mi amigo del equipo que te dije que vendría al campamento con nosotros —me dijo Jaime a modo de presentación—, y ésta —dijo, esta vez a Gaizka, señalándome a mí— es Elvira, amiga mía y, bueno, es maja.
¡¡¡¿Y, bueno, es maja?!!! ¿Ya? ¿Nada más? ¿Y qué pasaba con mis tetas? Tenía una noventa de pecho desde los once años, y apenas alcanzaba el metro y medio, ¡era el sueño de cualquier treceañero onanista!
En fin, si entonces hubiera analizado el concepto tan asexuado que Jaime tenía de mí, me habría ahorrado muchos disgustos.
Gaizka hizo un gesto como de saludo con la cabeza y luego se puso a explicar no sé qué cosas sobre fútbol a Jaime, los dos se partían de risa. Dejé de existir. Era una enana de tetas inmensas que forzaba la risa para no sentirse marginada.
Aproveché un segundo que Gaizka se acercó a la papelera para tirar el envoltorio de la palmera de chocolate, que se acaba de comer, para agarrar a Jaime por banda.
—Yo no quiero que este tío venga con nosotros —Jaime me puso cara rara—, es que es un poco chulito.
—No digas paridas, es un descojono de tío. Joder, cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres.
Cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres, creo que a este último concepto también le tendría que haber dado un par de vueltas mucho tiempo antes.
—¿Eres chorra? —me preguntó inocentemente Gaizka que ya estaba de vuelta.
—No, claro que no —dije muy poquito convencida.
—Pues yo soy mogollón de chorra, todo el mundo me lo dice, éste también —dijo dando un golpe en el pecho a Jaime— pues sí, soy un chorra pero es mejor que ser un vinagres como éste —y volvió a darle a Jaime en el pecho riéndose como un loco, después añadió—: Oye, tía, vaya tetas que tienes, ¿no?
Sí, señor, ahí empezó una larga y sincera amistad pero sincera de verdad.


Lo miré.
—Pero ¿tú qué dices, subnormal? —dije tirando al suelo del coche todos los mapas, empezaba a estar harta de ellos.
—Ya sabes a qué me refiero, no he estado ahí últimamente.
—Normal, llevo más de siete años dando tumbos por el mundo, si hubieses estado ahí serías el mismísimo espíritu santo convertido en paloma.
—Elvi, joder, ya sabes…
—¡Anda, calla! ¡No seas pesado! —grité.
Estaba más que convencida que las amistadas que no fallaban nunca era porque no habían durado lo suficiente para cagarla. Pero si tienes tiempo la cagas y bien además. Así que yo me quedaba con eso, con los casi veinte años de amistad, con la opción de hacerlo mal porque estadísticamente es lo que toca y porque sólo unos pocos privilegiados pueden cagarla. Y Gaizka y yo, se mire como se mire, éramos unos privilegiados.
—¿Preparado? —le pregunté cambiando de tema. Saqué el CD de Amaral y metí uno nuevo.
—¿Eh?, ¿para?
No le contesté, seleccioné la última pista del CD y empezó a sonar Tonight is what it means to be young.
—¡Ostias! ¡Ostiasssssssssss! ¡Street of fire!
Nos miramos y a los dos pareció poseernos un algo infernal. Gaizka aceleró, yo empecé a dar botecitos en el asiento con las manos en alto mientras intentaba ajustarme al estribillo con mi: guichi son for de night magic chubi yong. A Gaizka no pareció importarle mi carnicería con el inglés, incluso lo agradeció así él pudo empezar sin complejos con su: over, over bifor is nouguin to go to nait. Al ritmo de la frenética batería, saludaba como una loca a los camioneros que adelantábamos. Ellos me miraban desde sus colosales cabinas sin poder evitar reírse. Gaizka empezó con su singular coreografía de cuello, para‘lante y para’trás. Lo imité sin dejar de mover al libre albedrío mis brazos. Cómo gritábamos, qué histeria a dúo tan poco canalizada, qué gozada, realmente qué gloria de catarsis.
La canción terminó pero seguíamos riéndonos contagiados por la energía de Calles de Fuego.
—Jo, Gaizka, ¿qué me dices ahora?, ¿eh? Disfrutando de la carretera americana, a nuestro aire por la 95 —dije justo después de ver un cartel con el signo de autopista interestatal en blanco y azul con ese número—, camino a Washington…
—¿Cómo 95? —preguntó serio.
—No sé, ponía ahí 95.
—Richmond siete millas—leyó en voz alta al pasar por debajo de un enorme cartel que lo anunciaba—. Busca Richmond en el mapa, Elvi.
Me agaché para recoger todos los mapas que había tirado antes.
—¿Ruckersville?
—No, Richmond —corrigió Gaizka un tanto sorprendido de que hubiera confundido ambos nombres, no se parecían en nada, pensó.
Pasé mi dedo por la ruta que se suponía que teníamos que haber seguido, y pronuncié el siguiente pueblo.
—¿Culpeper?
—¡Noooooo! ¡Richmond! Elvi, ¿qué ostias andas? ¡Richmond!
Me entró la risa. Hay gente responsable pero no es mi caso, y me entró la risa porque tuve claro que no sabía ni dónde me daba el aire. Lejos de agobiarme me reí como una idiota zarandeando el mapa sin sentido.
—Lo siento, Gaizaka, lo siento, es que viene todo tan pequeñito que me lío al verlo… —intenté disculparme al ver su cara de pocas bromas.
Llegamos a una gasolinera y Gaizka cogió el mapa para aclararnos, por fin, dónde estábamos.
—Aquí, tía, estamos aquí, Richmond en la 95. ¡A tomar por culo de la ruta!, porque no era la 64 sino la 29 a la que debíamos habernos desviado, pavita pura, que eres un mito de puta madre, tía.
Lo miré fingiendo cara de afligida porque lo sentía un tanto cabreado, pero lo cierto es que me estaba costando mucho aguantarme la risa.
—Venga, Gaizka, bah, no me seas vinagres tú ahora, ¿eh? ¿Sabes lo que vamos a hacer? —hice una pausa para ver si su cara cambiaba de rictus, pero no lo estaba consiguiendo—, vamos a buscar un Motel al más puro estilo Norman Bates, con madre loca y todo.
—Bueno, loco él, porque su madre estaba muerta, la pobre.
—Ah, sí… entonces, ¿de quién era la madre loca?
—¿De Carrie? ¿Sthephen King?
—De ésa… —dije con gesto pensativo con los dedos en el mentón, rememorando la escena de la sangre de cerdo—, qué mala era, ¿eh?, qué mala…
—Estás como una puta cabra, tía —dijo riéndose y devolviéndome el mapa—. Anda, toma, guárdalo, que el viaje no ha hecho más que empezar…

31 oct 2009

Mal de ojo

―¿Y tú crees que esto va a funcionar? ―preguntó Kayla mirando el plato con la tijera dentro.
―Pues eso dice aquí ―y ladeé la pantalla del portátil para que pudiera verlo. Pasé el dedo bajo algunas líneas del texto mientras leía―: Lo que se debe hacer es poner la tijera abierta dentro de un plato hondo con un poco de agua.

Kayla y yo estábamos sentadas en la mesa de mi cocina. Comíamos unos nachos reblandecidos por el queso fundido en el micro, con salsa picante de espinacas, mientras organizábamos todos los ingredientes necesarios para quitar el mal de ojo.
―¿Y el aceite?
―Con el aceite te mojas el dedo anular, ¿no? y luego… espera que creo que lo decía por aquí… ―dije intentado buscar esa parte del texto pero no pude y se lo expliqué con mis propias palabras―, luego… echas tres gotitas en el plato de la tijera, ¿no?, recitando una oración.
―Ya... Lo que no tengo muy claro es cómo sabes que tienes mal de ojo ―dijo Kayla llevándose un nacho a la boca.
―Ah, ¿eso?, mira, pincha aquí ―y le señalé una página minimizada en la parte baja de la pantalla.
―¿Esto?
Miré al portátil un segundo con la botella de aceite en la mano. Sí, eso, le dije.
―Insomnio, pesadillas repetitivas, ¿qué pesadillas tienes tú?
―Arañas.
―Pero eso no es una pesadilla, cariño. Vivimos en las montañas de West Virginia, aquí hay más seres de ocho patas que de dos. Sueñas con las imágenes que has visto a lo largo del día ―razonó Kayla removiendo un ahogado nacho en la salsa.
―Te aseguro que llevar encima un abrigo de tarántulas peludas no es una imagen que vea frecuentemente a lo largo del día.
―¡Buaj…! ―exclamó y continuó leyendo―. Opresión en el pecho, nerviosismo generalizado, ¡normal!, ¡soñando con eso! ―e hizo una pausa para comer otro nacho―. Cansancio, depresión, mareos, falta de concentración, pérdida de memoria, inapetencia sexual… ¡Joder! Si tienes todo esto, más que mal de ojo lo que te pasa es que ¡estás hecha una mierda, cariño!
Me reí diciendo:
―¡Anda, calla! A ver, que esto ya está.
―Ay, estoy nerviosa, ¿eh?, ¡estoy nerviosa! ¡Venga, unta el dedo! ―Kayla parecía disfrutar de aquello como una niña pequeña.
Extendí el dedo anular de mi mano derecha y lo mojé en el platito de aceite que había preparado.
―¿Y ahora? ―preguntó Kayla impaciente.
―Echo una gota en el plato con la tijera mientras digo un padre nuestro ―dije llevando el dedo al otro plato, con cuidado de no derramar el aceite por el camino.
―¿Un qué?
Estaba muy concentrada en lo mío así que no contesté a su pregunta y empecé:
―Padre nuestro que estás en los cielos, no nos dejes, no, no, danos el pan y no caer en la tentación, santificado, ay… santificado el pan de tu nombre, ay… ¿cómo era?, más líbranos del mal… ―miré con angustia a Kayla―. Se me ha olvidado, se me ha olvidado…
―¡Uy, pues a mí no me mires que soy judía!
―¡Mierda! Se me ha caído una gota ―las dos miramos rápidamente dentro del plato de la tijera―, ¿pasa algo fuera de lo normal? ―pregunté sin levantar la vista.
―La tijera no parece desintegrarse…
―Corre, Kayla, ¡busca el padre nuestro en internet!
―¿En internet?, ¿no crees que vamos a perder toda la espiritualidad del conjuro?
―¡Venga! ―grité nerviosa, mientras colocaba la mano izquierda bajo mi dedo chorreante de aceite para no dejar caer más gotas.
―¿Padre nuestro, así como suena?
―Sí, así como suena: Padre Nuestro ―dije vocalizando perfectamente las dos palabras.
―Aquí está, a ver, repite: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre ―hizo una pausa, yo la miré sin saber qué hacer―. ¡Que repitas, cariño!
―¡Ah! ―retiré la mano izquierda y zarandeé el dedo anular para soltar otra gota de aceite mientras recitaba las frases de la oración, chivadas por Kayla.
―Venga a nosotros tu reino…
―Venga a nosotros tu reino… ―repetí.
―Hágase tu voluntad…
―Hágase tu voluntad…―repetí de nuevo.
Frase tras frase terminamos con el primer Padre Nuestro, luego llegó la segunda gota y el segundo Padre Nuestro, y por último el tercero.
―¿Qué? ―pregunté a Kayla mientras me secaba el dedo con una servilleta de papel.
―Mmm… no sé… ―respondió Kayla examinando las gotas flotando en el plato.
―Pero ¿están separadas o apelotonadas en una gran gota?, ¡ay, quita!, déjame ver ―dije apartando la cabeza de Kayla de encima del plato.
―Bueno, pues, ¿qué ves tú?
―Mmm… no sé ―dije con enorme duda.
―¡Ves! ―exclamó Kayla victoriosa―. No se puede saber, ¡ahí no se puede saber nada! Se ha quedado un charquito aceitoso sobre unas tijeras… ¡Tú me dirás!
―Ya bueno… pero hay que saber si las tres gotas…
―Las cuatro ―interrumpió Kayla.
―¿Qué?
―Que al final se te cayeron cuatro gotas.
―Aaaaah… claro… igual es por eso… ―dije levantando la cabeza y mirando a Kayla como si acabara de descubrir que la Tierra era redonda.
―Espera, parece que se separan, ¿no? Ahora se ve más claro, las gotas están más definidas, sí.
―¿Se separan? ―pregunté nerviosa mirando el plato al igual que Kayla.
Me levanté aturdida de la mesa y me acerqué a la cafetera. Tomé un vaso del armario y lo llené de café mientras le explicaba a Kayla que si las gotas quedaban separadas, significaba que continuaba con el mal de ojo, por eso que las gotas debían permanecer juntas. Kayla no dijo nada. De espaldas a la mesa eché azúcar al café y lo removí con una pequeña cucharilla.
―Ay, pues se están juntando… ¿eh?, se están juntando ahora, ¡mira, mira! ―dijo Kayla exitada.
―¿Sí? ―dije dándome la vuelta con ilusión.
―¡Sí, sí, sí!
Nuevamente de espaldas, tiré la cucharilla a la fregadera y, al darme la vuelta para acercarme a la mesa con mi café, vi como Kayla soplaba dentro del plato.
―¡¿Qué haces?!
―Nada… ―contestó con vergüenza al haber sido descubierta.
―Kayla, ¡esto no funciona así!, ¡no puedes juntar las gotas con tus soplos! ―grité llena de rabia―, ¡no puedes!, ¡lo has estropeado todo!, ¡todo! ―y me senté en la silla intentando contenerme pero se me escurrieron las lágrimas.
―Pero, cariño… tú no tienes mal de ojo, tú lo que tienes es mucho dolor y tristeza aquí dentro ―dijo casi en un susurro apretándome el pecho―. Pero un día, ¿sabes…?, un día esa tristeza se irá y tu mundo volverá a estar lleno de colores, cariño…
―¿Cuándo…? ―pregunté abrazándola sin dejar de llorar.