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25 oct 2020

Noches de bohemia

 

Fotografía de Brassaï. París, 1933.

Miércoles tarde. Bar de Yassir. Lavapiés, Madrid.

Ernesto, desde la mesa, siguió el camino de Enrique al baño.

—¡Yassir, otras 3 cañas! —gritó. Se recolocó en su silla y mirando a Elvira le preguntó por la novela.

—¿Qué novela? —contestó ella mordisqueando un cacahuete.

—La mía, la última, ¿ya la has leído?

—No, ni pienso. —Y se rio con sorna.

—Creía que habíamos hecho las paces.

—Y las hemos hecho, pero me estoy quedando ciega y tengo un tiempo muy limitado para seguir leyendo, así que no puedo perderlo con Seix Barral, hace años que dejó de publicar calidad literaria.

Ernesto se echó hacia atrás, cogió un cacahuete del tarrito blanco y se lo lanzó a la cara. Ella se rio.

—Las cervezas, amigo.

—Gracias, Yassir. —Ernesto cogió los tres vasos en bloque y los dejó sobre la mesa. Después ofreció uno a Elvira y él se acercó otro—. Vuelvo a México el lunes.

Elvira levantó los hombros y se llevó otro cacahuete a la boca. Ernesto la observó, sonrió y se inclinó sobre la mesa.

—Digo que me voy el lunes a México y antes de irme me gustaría pasar una última noche contigo.

Elvira paró en seco de mordisquear y agitó los dedos como si los estuviera limpiando en el aire.

—No sé —dijo.

—¿No te atreves?

—¿Yo? Te recuerdo que el que acababa siempre mal eras tú.

—Bueno, pase lo que pase a lo largo de la noche, sé que no puedo perder nada, en todo caso ganar, solo-puedo-ganar. —Hizo una pausa muy meditada y luego siguió con otro registro—: Vamos, pitufa, no hay nada de malo en recordar viejos tiempos. Una noche, otra vez tú y yo.

Ella sonrió. Se atusó el flequillo y con la lengua se quitó resquicios de una muela del fondo, luego lo miró y asintió.

—Está bien, hagámoslo, una última noche.

Ernesto levantó su vaso, ¡brindemos!, gritó.

—¿Y a éste qué le pasa? —preguntó Enrique de nuevo en la mesa.

Claramente le explicaron que iban a pasar una última noche juntos. Enrique se empezó a reír como un loco y, negando con la cabeza, repetía una y otra vez que no se lo creía.

—No me lo creo…¿Una noche? ¿Cuándo?

Ernesto, como si ya lo tuviera todo planeado, respondió que el sábado.

—No, no, no, el sábado imposible —contestó Elvira—. Lo paso con Joan, los fines de semana son sagrados, son nuestros, de nadie más.

Entre los dos amigos la convencieron: que si vivía con Joan, que si podía estar con él cada día, que si eran unos pesados con sus fines de semana sagrados, que si eran dos sociópatas, que si no había que amar tanto a los maridos y que si compartir era vivir. Así que terminó por aceptar. El sábado noche. Además, Enrique les ofreció su casa, era lo mejor porque en el hotel de Ernesto resultaría demasiado impersonal y tenían claro que el ambiente era muy importante, siempre lo había sido.

Jueves mediodía. Casa de Joan y Elvira. Centro de Madrid.

—Cariño, si no hay ninguna obra de teatro que realmente quieras ver, yo este sábado me decantaría por ir al cine, hay una peli que… —Pero antes de que Joan pudiera terminar Elvira lo cortó.

—Ay, no, no, que no te he dicho. Este sábado no puedo.

—¿Y eso?

—Es que no duermo en casa.

—Ya… No sé, ¿debo preocuparme?

—No, para nada, es solo que voy a pasar la noche con Ernesto.

—¿Tu ex? Ah, pues me quedo mucho más tranquilo.

El sábado por la tarde Joan despedía a su chica en la puerta de casa.

—¿Llevas todo? —preguntó.

—Sí —contestó ella—, no te preocupes.

—¿Y vais a desayunar juntos o…?

—¡Oye, no te pases! En cuanto termine, cada uno a su casa, ¡yo no regalo mi tiempo!

Joan se rio. Se despidieron con un largo beso y no cerró la puerta hasta que no la oyó bajar dos pisos por lo menos.

Sábado noche. Casa de Enrique. Lavapiés, Madrid.

Cuando Elvira llegó a la casa de su amigo, Ernesto ya estaba allí. Se lo encontró en la barra americana de cocina con una cerveza en la mano.

—¿Estás bebiendo?

—No hay nada de malo —respondió él.

—Hombre, no sé… No creo que el alcohol te haga funcionar bien. En fin, haz lo que quieras, no soy tu madre, pero si no te importa, yo me voy a preparar un café. ¡Enrique! —gritó asomando la cabeza hacia el baño—, ¿dónde tienes la cafetera?

Veinte minutos después, estaban los tres amigos sentados en el sofá. Discutían. Elvira no terminaba de entender por qué Enrique había invitado a Darío y a Eva.

—Es que si lo llego a saber también le digo a Joan que se venga.

—¡Joder, Elvi, no es lo mismo! ¿Qué iba a hacer Joan?, ¿mirar? Darío y Eva son pareja, es diferente, además ellos entienden de esto —explicó Enrique.

Elvira parecía realmente molesta. Esto va aparecer un circo, murmuraba entre dientes.

—Anda, pitufa, bébete una cerveza y relájate, estás muy tensa y así las cosas no van a fluir.

Ella lo miró con rabia.

Cuarenta minutos más tarde llegaron Darío y su novia. Todos se saludaron y por fin rodearon la mesa comedor que estaba a un lado del salón.

—Bien —dijo Enrique—, lo haréis aquí. Creo que es una buena superficie. Tenéis mucha luz de la lámpara del techo.

—Yo necesito luz directa, Enrique, lo sabes —reclamó Elvira.

—Sí, es verdad. Ernesto, ¿algún problema con que Elvira utilice un flexo? Tiene baja visibilidad, sería lo justo para estar en igualdad de condiciones.

Ernesto levantó los brazos y negó con la cabeza. Ningún problema por mi parte, dijo.

—Bien, pues preparad vuestras cosas, mientras busco el flexo para Elvi.

—¿Te ayudo, Elvira, mientras te traen la luz? —preguntó Darío.

—No, no te preocupes, gracias —y lo miró con cariño.

—Tranquilo, Darío, a Elvira le queda todavía algo más del 60% de un ojo, se las puede apañar muy bien solita, porque aquí se necesita más imaginación que otra cosa, ¿no?

Elvira agitó molesta la cabeza pero no contestó. Cuando llegó Enrique con la luz extra, ya tenían todo preparado sobre la mesa: los portátiles encendidos, los móviles y los auriculares. Ellos sentados uno frente al otro. Junto a ella una jarra de agua, junto a él dos cervezas. Enrique los miró y se apartó. Pidió a Darío y a Eva que hicieran lo mismo. Y desde una distancia prudente comenzó a hablar ceremoniosamente.

—Bienvenidos al sexto encuentro...

—Séptimo —corrigió Ernesto.

Elvira sonrió cómplice tras su portátil.

—¿En serio? Pues en alguno debí de terminar tan borracho que no me acuerdo. En fin, bienvenidos al séptimo encuentro de Noches de Bohemia. Nuestro ya conocido duelo de creación de obras teatrales en una sola noche. Os recuerdo que he apagado el router, no podéis hacer llamadas ni enviar mensajes con el móvil pero sí escuchar música guardada en vuestro ordenador o móvil o escucharla en Spotify utilizando vuestros datos. Bien, los aquí presentes hemos decidido que las obras sean de corte clásico: un título; tres actos; 5 escenas en el primero, 7 en el segundo y 4 en el tercero; y con un mínimo de 9 personajes.

—¡¡¡¿Nueve personajes?!!! —gritaron los dos.

—No me miréis a mí —se excusó Enrique—, la idea ha sido de Eva. —La chica se reía tapándose la boca y pidiendo perdón—. El duelo, o comúnmente llamado “la noche”, comenzará en 7 minutos, es decir, a media noche. Los participantes podrán ir al baño siempre que lo necesiten, lo mismo que los descansos, pero debo recordar que ganará aquel que termine primero. Su obra se enviará, vía email, a todos los aquí presentes para comprobar que cumple con los requisitos establecidos en esta séptima noche y si su texto es coherente. Si llegados a las 8 de la mañana ninguno de los participantes ha terminado, el combate quedará anulado. ¿Lo habéis entendido?

Domingo por la mañana. Casa de Joan y Elvira. Centro de Madrid.

Elvira se quitó los botines junto a la cama y luego se deslizó, todavía vestida, bajo el nórdico hasta tropezar con el cuerpo de Joan.

—Oso hormiguero, ¿estás dormido?  —le susurró a la oreja.

Joan esbozó una sonrisa y le preguntó por la hora.

—Las 7.43 de la mañana —contestó ella.

—¿Y quién ha ganado?

—¿Quién crees? —Y de un brinco se puso de rodillas sobre la cama haciendo el gesto de victoria—. ¡Dime que soy la mejor, carapitilín!

—Eres la mejor, carapitilín… —Y desperezándose se sentó apoyando la espalda en el cabecero—. ¿Y no tienes miedo?

—¿A qué? —preguntó despreocupada mientras seguía haciendo gestos de triunfadora.

—A que utilice tu obra, ¿o esta vez has tenido cuidado y no se la has dado?

—¿Qué…? —Elvira bajó los brazos con lentitud.

Domingo tarde. Hotel Palacios. Retiro, Madrid.

—Sí, sí, con ganas ya, la verdad… —Ernesto hablaba por teléfono con su novia—. No, todavía no he comido, me ducharé y saldré ahora… Bufff, sí, sí, algo así, ayer fue una noche muy larga… Claro, muero por verte… Por cierto, tengo que mirar horarios, pero creo que el avión aterriza el martes a las 9.20 de la mañana… eso es… no, no, no quiero que vengas a buscarme, espérame en casa… ¡ja, ja, ja!, ¿en serio?, ¡qué ganas, qué ganas de llegar!... Claro, unos días a la playa, sí, me parece bien, necesito descansar un poco… Por supuesto, me pondré a escribir en unas semanas, tengo muchas ideas nuevas, pero necesito desconectar un tiempo... Eso es… ¡Ja, ja, ja!, ¿qué dices?... Está bien, sí… yo también… vale, vale, yo también, mi amor, nos vemos en dos días… y yo.

Colgó el teléfono y siguió leyendo, por tercera vez, el texto de Elvira. Al terminar, guardó el documento cambiando el título de la obra. Apagó el portátil y se metió en la ducha.

 

29 jul 2020

Amigos

Autor desconocido

Nota: Debido a la nueva interfaz de BLOGGER (cargada de errores) se han suprimido palabras y frases completas de todas las entradas. Además no admite, en algunos casos, la cursiva y no acepta enlaces. En resumen, un pequeño desastre. Espero que se solucione pronto.

—…la amistad, Elvira. Unos buenos amigos es la base de todo. Y tú tienes suerte, tienes buenos amigos...
Almudena y yo bajábamos por la calle del Amparo en Lavapiés, íbamos a la casa de Enrique. Desde que a Almudena le mencioné eso me acribillaba a motivos para aferrarme a la vida. 
Llegamos al portal de Enrique y yo resoplé.
—Amigos, Elvi.
—Amigos —repetí.
—Amigos —sentenció por última vez ella.
Al alcanzar el tercer piso, Enrique nos esperaba con la puerta abierta. Hacía tiempo que no lo veía tan sonriente. Nos había invitado a cenar como despedida. Se iba finalmente a Poitiers. Tras sopesarlo bastante, decidió aceptar la propuesta de Claudio y apostar por mostrar su teatro a los franceses. Daría un par de clases en una escuela de interpretación y con la enorme ayuda de Claudio (sospechosamente desinteresada a mi parecer) pagaría, poco a poco, las deudas que le había dejado el cierre de su negocio teatral.
—¡Enhorabuena, asqueroso! —dije al abrazarlo.
Al soltarnos, me miró sorprendido por mi corte de pelo.
—¡Joder, te pareces mogollón a alguien, tía! —dijo.
—A Patti Smith —le ayudó Almudena que ya había entrado en su casa.
—No, no… —Cerró la puerta—. A la tía de los The Pretenders, ¿cómo se llama la tía de los The Pretenders?
—Tía de los The Pretenders —dije.
—¡Trasto! —El grito llegó del fondo, al poco apareció Darío que primero abrazó a Almudena y luego a mí.
—¿Cómo se llama? —le preguntó Enrique.
—¿Quién?
—La tía a la que se parece.
—Ah, ¿a la hija del director de cine?, que hacía un poco de todo —respondió Darío.
—¿Sofía Coppola? —yo por ayudar.
—¡Ya quisieras! —Enrique.
—Que no, coño, la hija del que quemó un billete de 500 francos.
—Charlotte Gainsbourg.
De detrás de Darío asomó una jovencita de aspecto tan dulce como su voz.
—¡Esa! Gracias, cariño. Ah, bueno os presento: Eva, Elvira y Eva, Almudena.
—Para mí te pareces más a Patti Smith —dijo después de las presentaciones.
—¡Joder!, pero ¿cómo se llama la tía de The Pretenders?
Todos le dijimos que era un pesado, así que Enrique, vencido, repartió bebidas y nos acomodamos en el “salón”. En realidad vivía en un estudio de 30 m2, y donde ahora aposentábamos el culo era también su cama.
Almudena y yo, con miradas cruzadas, dedujimos que Eva era la Eva con la que Darío en su día, antes de la pandemia, había propuesto a Beatriz mantener una relación abierta. Sin embargo, visto lo visto, Darío parecía haberse decantado por ella como pareja estable porque lo cierto es que parecían dos tortolitos. Me preocupaba la llegada de Bea, su reacción. Eva tenía 23 añitos, pero una cabeza muy bien amueblada. En 20 minutos se había metido al grupo en el bolsillo, mantenía la conversación con un humor ácido que me había conquistado desde el minuto uno, sin tomar en cuenta la frescura y naturalidad que un cuerpo tan joven desprendía. Bea iba a morir. Decidí tantear el terreno.
—Bea parece que tarda, ¿alguien sabe algo?
—Sí, hablé con ella ayer, dijo que vendría un poco más tarde —explicó Darío.
—¿Hablaste con ella? —pregunté.
—Sí.
—¿Hablaste de hablaste?
—Sí. —Sonrió—. Hablamos de todo.
—¿De todo de todo?
—¡Joder, Elvira, hostias, qué puto coñazo eres! Anda, bébete tu vaso de agua y calla —me abroncó Enrique.
Treinta minutos más tarde apareció Beatriz. Y lo hizo de la única manera que podía hacerlo ella, con una entrada triunfal. No sé ni cómo lo había dudado. Se plantó en medio del salón, absolutamente pletórica, marcando sus curvas en un ceñido vestido estilo “salto de cama” color marfil que resaltaba su precioso moreno dorado, solo ella podía conseguir en Madrid ese tono, y su complemento fetiche que a todos nos dejó con la boca abierta: un maromo de casi metro noventa, de poco más de 30 años, de pelo largo rubio atado en un moño alto, barba espesa y con unas manos grandes y venosas que al verlas apreté el muslo de Almudena quien a su vez me arañaba el tobillo.
—Os presento. Se llama Markus. —Todos levantamos la mano y fuimos diciendo nuestro nombre sin movernos del sitio—. Es alemán, de Múnich, pero el pobre se quedó atascado en Madrid con lo de la pandemia y al final ha decidido quedarse unos meses más, porque con esto del teletrabajo todo son ventajas. No habla mucho español, pero entiende bastante. Y nada, ¡que somos muy felices!
Cerré los ojos por el golpe de vergüenza ajena que me produjo aquella frase. Ay, mi Bea, con lo elegante que es asumir una retirada a tiempo.
Se sentaron en el suelo y Enrique les repartió cervezas.
—Y ¿te gusta Madrid? —pregunté al alemán para romper un poco el hielo.
—Oh, ja-ja-ja. Muy muy.
—Mucho —corregí.
—Ja, mucho muy —dijo con una preciosa sonrisa.
—No sabe ni una palabra de español pero se lo perdonamos porque está como un queso el bávaro éste —susurré al oído de Almu que rompió en una risita de quinceañera.
La tarde transcurrió en una competición por ver quién se quería más. Cuando Darío besaba a Eva, Bea manoseaba a Markus, le mordisqueaba la oreja y le daba de comer a la boca, algo que al alemán parecía violentarle bastante, juraría que no estaba acostumbrado a semejantes muestras de cariño en público. Pobre.
Evitaba mirar a Almu porque nos daban verdaderos ataques de risa. Intentábamos disimular pero nos lo estábamos pasando realmente bien viendo semejante cuadro surrealista.
Los temas transcurrían de puntillas, se lanzaban y se descartaban con rapidez, el ambiente no estaba para profundizar en nada: que si qué mal gestionada la pandemia; que si qué mal la oposición; que si tendría un hijo con Fernando Simón, y yo, y yo; que si el teatro estaba tocado y hundido; que si no hay ni un hombre que sepa hacer bien el cunnilingus; que si Merkel iba a acabar con Europa; que si qué vergüenza que el centro de las ciudades sean resorts para turistas y ahora, a falta de estos, estén cerrando todos los comercios; que si hay que acabar con el capitalismo; que si prefiero el misionero a cualquier otra postura; que si para una taza de arroz dos de agua, que no, que mejor tres.
Todo transcurría con una aparente normalidad, hasta que Darío zanjando conversaciones brindó por el futuro francés de Enrique. Todos levantamos nuestra copa (yo mi vaso de agua) y gritamos su nombre.
—Qué pena —comenzó diciendo Almudena—, Elvira y tú podríais haber sido vecinos.
—¿Elvira?, ella regresa a China —aclaró Enrique sin entender el comentario.
—Sí, claro, porque al final ha rechazado Toulouse.
Enrique se puso de pie con las manos en jarra y me miró. Me conocía esa mirada.
—¿Cómo que has rechazado Toulouse? ¿La Universidad de Toulouse?
—Bueno, a ver, rechazar no, pero nos seleccionaron a tres para el proyecto y…
—¿Qué proyecto?
—Un proyecto de investigación para el departamento de Estudios Iberoamericanos, pero una tontería, porque yo ya me había comprometido con China, así que nada. Un año más en China y luego ya se verá.
—¡Joder, trasto, eso es la polla! —exclamó Darío levantándose para darme un abrazo y todos aplaudieron.
—¿Cómo lo haces? —Cuando me lo preguntó Enrique, seguía de pie con las manos en jarra mirándome serio—. ¿Cómo haces para convertirte siempre en el centro de atención? Eres una puta narcisista de mierda.
—A ver, Enrique, no seas injusto, Elvira se ha reciclado y está recogiendo…
—¡No me he reciclado, Almu! Un doctorado es avanzar, ¡estoy avanzando!, el que se ha reciclado es Carlos, tu mierda-coach, y la gente como él que llega a los 40 años y decide cambiar de profesión, haciendo un cursito, de dos semanas, de frases motivadoras para luego estafar a la gente.
—¡Vete a la mierda, Elvi! Encima que solo quiero ayudarte, ¡eres un monstruo!
—Elvira, sé que os conozco de poco, pero me da pena ver cómo las mujeres tendemos a pelear entre nosotras cuando en realidad deberías enfadarte con Enrique.
—Perdona, monada, pero ¿a ti quién coño te ha dado vela en este entierro?
—Bea, no hables así a Eva, no te lo permito —dijo Darío.
—¿Perdona? ¿Que no me permites qué? Bien que me permitías decirte guarradas, durante la cuarentena, en nuestras videollamadas, ¿te lo ha contado, bonita? —preguntó Bea mirando a Eva.
—¡Tú, tú y tú, Elvira, siempre tú! ¡Si no eres tú en todo momento, te aburres y machacas a los demás! —Enrique con su tema.
—Beatriz, eres muy sucia… Sigue follándote a alemanes que se te da muy bien, ¡necrófila!
—¿Pero habéis follado por videollamada? —Eva.
—Es que Elvi, ¡ni siquiera te molestas en conocer a Carlos! ¡Eres una amiga de mierda!
—No necesito conocerlo, Almu, ¡es un inútil!
—¡¿Pero habéis follado o no habéis follado?! —Eva otra vez.
—Un poco…
—¡¿Un poco?! ¿Tres veces a la semana es un poco? —Beatriz.
—¡¿Tres veces por semana?! ¡Joder, coño, coño! —Eva.
—¿Acaso crees que te van a dar el Pulitzer por tus mierdas de obras teatrales, Elvira?
—¿Y a ti, Enrique, te lo darán? Porque además de chupársela a Claudio, ¿qué más vas a hacer en Poitiers? —Yo.
—¡Zorra!
—¡Cabrón!
—¡Monstrua asquerosa!
—¡Putonga!
—¡Fracasada de mierda!
—¡Psicópata mentiroso!
Y de repente se hizo el silencio, así, nos habíamos cansado de gritar. Y despacio nos fuimos sentando otra vez cada uno en nuestro sitio. En orden y calma. Almudena me miró y rellenó mi vaso con un poco más de agua, le di las gracias y le ofrecí el plato de las patatas. Enrique carraspeó y dijo que el calor en Madrid cada verano era más insoportable, todos le dimos la razón con frases diferentes. Y Bea dijo algo sobre el sexo que hizo que explotáramos de la risa
—Oh, Spanien loco, loco. Mucho muy.
Pellizqué el muslo de Almu y ella me arañó el tobillo.

25 dic 2009

Un tío de cómic I

Nota: Debido a la extensión de este cuento "Un tío de cómic" queda divido en dos entradas diferentes: I, II. Pero se trata del mismo relato, así que se recomienda la lectura continuada.
Norman por Martín Juaristi

Me he enamorado de un genio que dibuja cómics, que nunca superó que Urzaiz llevara mechas y que sonríe con una paralizante timidez.
Él no lo sabe por eso, porque es un genio que vive en su peculiar mundo de héroes donde las mujeres no han estudiado hispánicas sino ciencias ocultas, y su trabajo no está en la enseñanza sino en mostrarse al mundo en mallas ceñidas sobre pechos asfixiados derrochando poderes. Y que cuando hacen el amor en posición misionero no se les desparraman los senos hacia los lados, sino que se mantienen erguidos y siguen el compás de la penetración con un sutil ritmo flanero.

La clase era enorme, me sentaba casi al final, detrás del mismo chico cada día. No sabía muy bien qué hacía escuchando aquella clase de lingüística todas las mañanas. Tenía veinte años y ya había conocido tres universidades diferentes. Es cierto que las ciencias nunca fueron lo mío pero las letras tampoco. Fue en mi tercer intento de ser licenciada, cuando conocí a ese chico tan raro. Me gustaba llegar a clase diez minutos tarde para darle tiempo a que se sentara, luego entraba yo y, fingiendo que buscaba un buen sitio, me colocaba justo detrás de él para poder ver sus dibujos con detalle.

—Y, ¿cómo dices que se llama? —me preguntó Eva metiéndose un enorme trozo de pizza a la boca, lo cierto es que la comida de la residencia dejaba bastante que desear.
—Ah, ni idea, pero seguro que lo has visto alguna vez por la cafetería de la uni. Siempre va solo. Es así como rubito, con ojos azules, azules, azules y para abajo.
Eva dejó caer la pizza en el plato y se empezó a reír como una loca.
—¿Va solo y tiene los ojillos hacia abajo? ¿No se llamará “Tristón busca un amiguito”?, ¿no?
Cuando se hubo calmado ideó un plan para conocerlo, valorar sus dibujos y trazar una estratagema para llevármelo a la cama.
Al día siguiente fuimos juntas a clase, lo vimos llegar, esperamos unos minutos y después entramos con decisión pero alguien nos había quitado el sitio.
—Psst, ¡eh, chavalita! —grité susurrando desde el final de la clase a la chica que acababa de tirar a la mierda todo nuestro plan—. Ey, tía… que ése es el sitio de ésta —y di un golpe a Eva en el pecho para señalarla— y mío, así que… levanta, ey, tía… levanta, ya...
—A ver, por favor, ¿qué pasa ahí detrás? Vosotras dos ¿qué andáis? Sentaos por aquí —dijo la profesora con cara de pocos cuentos.
Toda la clase nos miró incluyendo el chico misterioso y a Eva no se le ocurrió mejor idea que saludar a todos como si de una reina se tratara, quise desintegrarme. Finalmente la aborta-planes decidió cambiarse de fila y nos pudimos sentar tras nuestro objetivo, la profesora continuó con la clase.
Eva estudiaba historia del arte y estaba convencida de que su criterio en artes plásticas era excepcional. Le encantaba darse aires de profesionalidad. Observó con absoluta paciencia como el chico empezaba un trazo, luego otro y otro. Después de unos cuarenta minutos me miró sin decir nada, cogió mi bolígrafo y escribió en lo alto de mis apuntes: este tío es un puto genio, tíratelo.
Cuando se terminó la clase, Eva le golpeó el hombro. Él se dio la vuelta. Yo apreté el muslo de Eva con todas mis fuerzas, no sabía lo que iba a pasar pero quería morirme.
—Perdona, ¿eres Iker, no? Iker de Llodio, ¿no? Amigo de Sergio, Karramarro y todos estos, ¿no?
—Mmm… no… no, no, creo que te equivocas.
—Ay, no, no, ¡es verdad!, perdona, no, no, tú eras… éste…
—Mario.
—¡Eso! Mario de Llodio.
—Mmm… no… eh… soy de Bilbao.
—Ah, sí, sí, de Bilbao y ¿vas y vienes todos los días o estás en alguna residencia?
—Anda, Eva, que llegamos tarde a Medieval, venga, vamos —me levanté y la agarré del brazo invitándola a irnos.
—No, voy y vengo todos los días.
—¡Ay!, ya voy, mujer —me dijo Eva poniéndose de pie.
Y volviéndose a Mario nos presentó con una enorme sonrisa en la boca:
—Bueno, pues ésta se llama Elvira y yo Eva. Pues nada, que nos vamos a Medieval y ¿tú?
—Eh… no, a fonética inglesa, yo… es que yo soy de inglesa.
—Pues nada, Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa, hasta mañana entonces, ¿no?
Nos miró con cierto escepticismo, hizo un amago de despedida agachando la cabeza, recogió sus cosas y se fue arrastrando los pies.
—¿Karramarro…? —dije a Eva ojoplática. Ella me miró y nos empezamos a reír a carcajadas.

Al día siguiente, cuando entré en clase no lo vi. Estaba claro que, con el mal rato que había pasado el pobre chaval con aquel vergonzoso interrogatorio, habría decidido cambiar de sitio o simplemente dejar de venir. Lo estuve buscando con la vista durante toda la hora y allí delante no estaba. Se terminó la clase y una mano me tocó la espalda. Me di la vuelta y vi a Mario sentado detrás.
—Hola —me dijo con una tímida sonrisa preciosa—, hoy hemos cambiado los roles.
Me hizo reír. Me pidió los apuntes de lingüística y me prometió devolvérmelos pronto. Durante toda la semana siguiente no me dirigió la palabra, simplemente levantaba la cabeza si nuestras miradas se encontraban para su desgracia, parecía un auténtico sufrimiento dar muestras de contacto. Por el contrario yo ponía tanto entusiasmo en saludarlo que parecía tonta de remate, sólo me faltaba sacarme una teta y dejar que uno mis pezones se le metiera en un ojo. Un día, en el que ya tenía asimilado que mi chico raro me había robado los apuntes y quería fingir que no me conocía hasta el fin de sus días, me sorprendió acercándose a mí.
—Toma, esto es para ti.
Me dio mi taco de apuntes. Los cogí sin demasiada ilusión porque aquellos apuntes se habían convertido para mí en nuestro cordón umbilical. Ahora que lo habíamos cortado ya nada nos unía, no había ninguna excusa para poder entablar una conversación y, con lo difícil que parecía aquel chico, supe que a lo máximo que podría aspirar sería a sentarme tras él en una clase de lingüística, pero me equivoqué.

Dejé todos los libros de golpe sobre la cama al entrar en la habitación de la residencia. El taco de apuntes de lingüística se ladeó y se esparramó un montón de hojas por el edredón, me acerqué para verlo mejor porque una de ellas parecía un dibujo, sí, era un dibujo. La saqué del montón y la miré embobada. Mario me había hecho uno de sus dibujos. Era un tío pequeño de brazos y puños desproporcionados que miraba al lector amenazante diciendo ey, tú, ¿dónde están mis apuntes?
Eva se coló en mi habitación sin llamar y sin hacerme mucho caso, sólo quería mi secador. La miré sujetando el dibujo con los dos deditos pinza de cada mano.
—Mira.
Eva, por fin, se fijo en mí.
—Ostias, qué guapo, chaval… —levantó la vista rápida del dibujo y me miró atónita—. ¿No me digas que te lo ha hecho Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
Asentí con la cabeza, las dos nos pusimos a chillar como energúmenas.
Cuatro días más tarde Mario y yo empezamos a salir.
Me encantaba besar a Mario, aunque en realidad no tuviera labios, eran dos finas líneas, una sobre la otra. Pero me gustaba por su ternura infinita, eran besos de una sensibilidad muda. Me gustaba mirarlo de cerca y averiguar qué estaría pensando en ese momento, era imposible. A veces creía que me cerraba con intención las puertas de su cabeza, sabía que nadie comprendería su singular mundo interno. Así que lo aceptaba y me conformaba con observar sus ojos tan azules como tristes, qué ojos tan tristes tenía Mario.
No duramos mucho tiempo, sólo algunos meses.


—A ver, pero ¿qué pasó?, es que no me lo puedo creer, nena, no me lo puedo creer.
Me encontré a Roberto en el chat. Le conté que ya no vivía en Francia, que me había mudado de nuevo a Bilbao, a casa de mis padres, porque Etienne me había dejado hacía poco más de mes y medio. Así que no dudó en llamarme al móvil, lo tenía al otro lado berreándome.
—¿Te lo dije o no te lo dije? Los franceses follan como los ángeles, cierto, pero nena, por eso mismo infieles hasta la muerte. Yo ya te conté lo mío con Adrien, ¿no? ¡Qué cabrón, qué cabrón! Hala, pues ya sabes, ¿no? Hazte las maletas y vente.
—Que no, Rober, que buff… ahora rollos de viaje no puedo, buff… si es que necesito buscar trabajo, y centrarme un poco, estoy muy perdida, mu perdida, mu perdida.
—¿Perdida? ¡Tú vente que yo te encuentro!, y en cuanto al trabajo tú lo que necesitas es China again. Pekín está hecho para ti, cariño. Ya te buscaré yo un currillo por ahí…. I’m a man with a mission!!!! Y al gabacho ni nombrarlo que ya te voy a presentar a dos amigos que tengo monísimos, con lo que tú vales, nena…
Hay gente con carisma y luego está mi amigo Roberto. Qué decir que no hizo falta más que esta breve charleta para comprar al día siguiente los billetes de avión por internet. Estaba decidido, iba a pasar la primera quincena de diciembre en Pekín.

Un tío de cómic II


Norman por Martín Juaristi

Fui a recoger a Eva a Termibus. Después de terminar la carrera se fue a Londres a buscarse la vida, allí se enamoró locamente de un indio, quien olvidó contarle que estaba casado y con tres niños. Eva se enteró después de dos años de relación. Dejó Londres para refugiarse en Madrid, encontró enseguida trabajo en una galería de arte moderno.
Se me saltaron las lágrimas al verla bajar del autobús. Eva me abrazó con muchísima fuerza.
—No llores, loca, no merece la pena, y menos por un francés.
Llegamos a casa de sus padres para dejar la maleta.
—¡Uy, pero hija mía! —Asun, la madre de Eva me abrazó y me ametralló a besos—. El tiempo que hace, pues igual tres años ¿no?, claro, te nos vas a las Chinas y luego te nos casas con ese francés tan guapo, hija mía, naciste con estrella. Porque mira que es guapo, ¿eh? si es que los franceses son especiales y qué románticos, ¿eh? —Asun miró a su hija—, yo a ésta ya le digo, mejor con uno de fuera porque aquí todos tienen la boina metida a rosca.
—¡Hala, ama!, ¡ya, venga, largo!
—Uy, qué carácter, hija… pues os dejo solitas, ¿vale? Elvira, cariño, me alegro de verte, anda, dame un beso y muchos recuerdos a tu chico guapo.
Salimos a tomar algo.
—Hola Chema —dijo Eva al chico de la barra, mientras acercaba dos taburetes.
—¡Hombre! Mis dos preciosidades emigrantes —Chema nos besó y nos sirvió dos cañas.
—Joder, así que en diciembre te piras a China, otra vez. Que de puta madre, tía —Eva encendió un cigarrillo y continuó—, por lo del curro no te preocupes, algo te saldrá, además teniendo allí a la locaza de Roberto está hecho.
Eva se dio cuenta y, tras una calada, ladeó la cabeza para mirarme más de cerca.
—Pero, ¿de qué coño te ríes, perra? —me dijo.
—No me estoy riendo —contesté intentado disimular la risita.
—Sí te estás riendo que te veo yo desde aquí —dijo Chema desde la otra punta de la barra señalándose el ojo con el índice.
Exploté en una carcajada.
—Vale, no pasa nada, pero bueno, sólo que… bueno, viene Mario a Pekín.
—¿Qué Mario? —preguntó Eva frunciendo el ceño.
—Mario —contesté.
—¿Mario? ¿Mario…? Mario… ¡Ostías! ¿MARIO? ¿Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
—El mismo.
Las dos empezamos a chillar y a reírnos como tontas.
—Vosotras tenéis treinta añitos, pero entre las dos, ¿no? —nos dijo Chema guiñando el ojo, y nos sirvió otras dos cañas.

Aunque nadie daba un duro por ello, terminé mi licenciatura y fui profesora durante tres años en una universidad del norte de China. Una etapa preciosa de mi vida. Durante el último año, envié a mis amigos de profesión en Bilbao una oferta de trabajo muy interesante: profesor de español en una escuela secundaria en el sur de China. El valiente que la aceptó sin poner ninguna condición fue Mario. Desde entonces vivía en China, hacía ya dos años y medio.


Hola Mario, cómo andamos? yo con mucho cambio pero ya te contaré. Oye, mira, la primera quincena de diciembre voy a Pekín a casa de un amigo, te subes y nos corremos una juerga a la pekinesa?
Besito, genio!
Elvira.


Locuela, lo de Pekín me hace. Ahora mismo ando muy justo de pasta pero creo que para esas fechas empezaré a levantar cabeza y, como te dije, tengo unas ganas enormes de verte y de salir de parranda contigo.
Muchísimos besos, guapísima, estamos en contacto.
Mario.


Roberto me llamó al móvil.
—Necesito que me hagas un súper favor antes de venirte.
—Dime.
—Se me ha roto la cafetera Nespresso, desastre total, así que mira a ver si me puedes comprar una nueva.
—¡Rober, qué pijo! —dije riéndome—. Vale… está hecho. Oye, una cosilla, creo que un amigo se viene también a Pekín, ¿habría algún problema si se queda en tu casa?
—Ninguno, perfecto, que se quede el tiempo que quiera. ¿Puedo preguntar qué tipo de amigo es?, ¿amiguito, amigote, ex novio, gay, novio de una amiga o el polvo platónico con el que siempre has soñado?
—¿Eh? ¿Qué andas? No sé, es un amigo normal, normalísimo.
—Ay, nena, no te enteras de nada, de ésos no existen. Tú y yo nos llevamos tan bien porque a mí, como a ti, me van los rabos, si no de qué…
Colgué el móvil muerta de risa prometiéndole que le llevaría la cafetera.

Eva, después de estar unos días en Bilbao, volvió a Madrid.
Las semanas iban pasando rápidamente. Quedaban menos de siete días para marcharme a Pekín cuando recibí su email. No me lo podía creer. Llamé inmediatamente a Eva.
—Galería de Arte Haddon, buenos días.
—Muy buenos, quería hablar con Eva Uriarte, por favor.
—¿De parte de quién?
—De Andy Warhol.
—Oh… un momentito, por favor, no cuelgue.
—Dime, Andy.
—Al final no se viene.
—Vale, ¿quién y a dónde?
—Mario a Pekín.
—¡No jodas! ¿Se ha hecho cacas la semana anterior a irse? ¿De qué va ese tío?
—Se ha quedado sin un duro.
—Ah, bueno, qué susto me habías dado, vale, no importa, págale el billete.
—¿Queeeeeeeeeeé?, ¡estás loca!
A las dos nos dio un ataque de risa.
—Bueno, tranquilicémonos, ¿eh? lo único que necesitamos es un plan.
—Eva, olvídalo, te llamo simplemente para darte esta información y para que me digas qué quieres que te traiga de Pekín.
—Oh, vamos Elvirita, no te rindas, este tío dentro de un par de años estará montado en el dólar vendiendo sus dibujos. ¡Es un genio!
—Por eso mismo, a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres.
—Vale… pues un collar de jade, el último que me trajiste se me rompió.

Estaba tumbada en la cama de la habitación de invitados con Roberto a mi lado. Su casa era grande, estaba en la zona de las embajadas. Había tomado la postura fetal porque de la risa no podía estirarme, me contaba sus aventuras con un japonés. Al día siguiente salía mi avión de vuelta a Bilbao. Se me habían pasado los diez días rapidísimos. No hicimos gran cosa, sólo reírnos, comer y salir de compras pero creo que lo necesitaba, porque fue genial, una terapia perfecta para dejar a un lado a Etienne. Durante la primera semana quedé con mi amiga Feng Min, acababa de tener un hijo, se había casado hacía un año y por eso se trasladó a Pekín. Ahora era profesora en una Universidad de la capital. Me propuso volver a trabajar juntas en la facultad, como antes, me decía. Le aseguré que le daría una respuesta en primavera. El fin de semana, Rober se salió con la suya y me presentó a un par de amigos con los que nos fuimos de copas por la zona más pija de Pekín. Uno de ellos no estaba nada mal, pero era un poco chapas y no hay cosa que me excite menos que un hombre parlanchín.
En la cama, Roberto y yo apurábamos la última noche juntos.
—Ya te digo, nena, era lo mismo que acostarse con Hello Kitty, qué cosa más pequeña, pero monísimo ¿eh?—me contaba Roberto mientras yo le hacía gestos con la mano pidiendo tiempo muerto, me dolía la tripa de tanto reírme.
Al día siguiente me acompañó al aeropuerto.
—Dime que vas a aceptar el trabajo y que te vuelves en septiembre para quedarte —me dijo mientras me abrazaba.
—Ya veremos…

En abril llamé a Feng Min y le dije que aceptaba el trabajo, que empezara a mandarme el contrato para ir echándole un ojo. En junio Roberto me llamó para decirme que ya me había encontrado un pisito de alquiler, no era gran cosa pero poco más podía permitirme. Y el veintidós de agosto, a las cuatro de la mañana, estaba cansadísima sujetando un vaso de kalimotxo celebrando el último sábado de fiestas de Bilbao.
—Chicas, creo que yo me voy a retirar, ¿eh? —dije a la cuadrilla tirando el vaso al suelo.
—No, Elvi, quédate, es tu último finde antes de volver a China.
Marieta, con el katxi de kalimotxo, rellenó otro vaso de plástico y me lo ofreció.
—Buff, si es que no puedo más, Marieta, de verdad.
—Calla, calla, anda y cuéntame cosillas.
Me reí al verla tan despierta y con tantas ganas de fiesta pero yo estaba reventada, así que me acerqué a ella para darle un beso y marcharme a casa.
—Venga, dame un beso —le dije mostrándole la mejilla—, te llamo esta semana y quedamos, ¿vale?
Me despedí del resto con la mano cuando ya estaba unos metros fuera del grupo, si no hubiera sido imposible.
Cruzando los Jardines de Albia alguien me llamó. Me di la vuelta, vi a un grupo de chicos pero no reconocí a nadie. Continué mi camino y otra vez escuché mi nombre, Elvira querida. Me volví a dar la vuelta, esta vez un tanto mosqueada y me encontré a un genio de ojos azules y tristes con los brazos abiertos completamente borracho llamándome:
—Mi Elvirita querida.
—Mario… —me acerqué y lo abracé metiendo mis brazos bajo los suyos abiertos.
—Ey, te escribí un email para decirte que ya estaba en Bilbao.
—Lo sé, lo sé, pero he estado muy liada este verano, ya sabes que la próxima semana me voy a Pekín a currar, ¿no?
—Sip, sip... sip. Genial, porque quiero conocer Pekín este año, así que te llamaré para abusar de tu hospitalidad.
—Pues a ver si es verdad y no me das el plantón del año pasado.
—¡Sssht! prometido —dijo y trazó una supuesta línea de juramento en el aire —. ¿Qué más me cuentas, guapísima?
—Pues nada más, como no quieras que te cuente el cuento de Un tío de cómic.
—Buah, vale, ¿tiene buen final? —me preguntó mientras se rascaba la frente con los cuatro dedos a la vez.
—No tiene final.
Mario se acercó mucho a mí y se agachó lentamente hasta dejar sus ojos a la altura de los míos y me dijo en voz muy bajita:
—Pues ése es un cuento de miellllda… ¿no...?
Eché la cabeza atrás riéndome muchísimo. Después me volví a acercar a él, le sujeté la carita entre mis manos y lo besé en los labios lentamente. Él no dijo nada.
—Es que a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres, por eso ese cuento nunca tendrá un final.
Mario me acarició la mejilla y sonriéndome me dijo:
—Nos vemos en Pekín.
—Nos vemos en Pekín —dije.
Le robé un último beso y me marché.