27 ene 2010

Receta entre páginas

Bodegón con salmón por Oscar Capeche
Miré el salmón, era una gruesa rodaja de salmón fresco. Estaba sobre la tabla de madera que acababa de colocar en la pequeña encimera de mi cocina. Miré por la ventana. La lluvia había arrastrado toda la nieve, ya no quedaba nada. La calle estaba flacucha. Viéndola tan desnuda daba pena. Miré de nuevo al salmón. No quería prepararlo con salsa ali-oli. Hoy me merecía algo especial.
De uno de los armarios saqué un pequeño bol. Lo coloqué en la parte izquierda de la tabla de madera. Empecé a trocear el pescado en taquitos. Cuadraditos, una veintena de cuadraditos. Algunos respetaban mejor la forma, otros no. Los dejé a un lado y piqué un diente de ajo y lo mezclé con un poco de cebolla igualmente picada. Lo eché en el bol y puse una chorretada de aceite. Se estaban ahogando. Un poco de pimienta negra y cilantro. Tomé los taquitos de salmón con ambas manos y los eché, de una sola vez, dentro del bol. Adiós, les dije con la mano desde arriba. Cogí la pequeña botellita de salsa de soja y la vertí sobre el bol. Planeaba como una avioneta extinguiendo un incendio. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas, hice una pausa y, con mucho riesgo, me atreví a una cuarta vuelta. El salmón chapoteaba en negro. Saqué un tomate de la nevera, el más maduro. Lo pelé y lo partí en pequeños trozos. Cubrí el salmón de rojo. Qué bonito, pensé. El contraste convertía la salsa en granate. Daban ganas de comérselo con sólo mirarlo. ¿Qué sabor tendría el granate? Con timidez metí el dedo índice en el bol. Húmedo lo saqué y me lo metí en la boca. Me chisporrotearon los ojos y se me escapó la risa tonta. Claro, sabía a sorpresa fermentada.
Lo dejé macerar mientras preparaba el postre. Algo dulce, muy dulce. Era mi día, era mi regalo.
Calenté una pequeña sartén y pelé un plátano. Lo abrí en canal. Coloqué las dos partes sobre la sartén, parecía la imagen de un espejo. Lo rocié con un poquito de azúcar. No tardó en dorarse. Lo saqué y puse ambas partes en un platito. Batí nata líquida con mucha azúcar hasta formar espuma. Cubrí el plátano con la nata espumosa. Necesitaba algo de color así que escurrí por encima el bote de caramelo líquido. Llevé el platito, con cuidado de no derramar nada por el camino, a la mesa. Lo miré un instante. Qué rico, dije en voz alta orgullosa de mí misma.
Volví a la encimera. El salmón macerado me estaba esperando. Lo volqué en un recipiente algo más plano que un bol pero sin llegar a ser un plato, algo amorfo, vamos, que sirve para todo un poco. Piqué dos pepinillos al eneldo y lo mezclé en la masa que se había convertido mi salmón. Por último saqué de la nevera mostaza de miel y apreté el bote con gusto derramándolo sobre el pescado. Con todo ello formé una montaña y con un tenedor dibujé raíles de trenes hacia un lado y hacia el otro, como Richard Dreyfuss con su puré de patata en Encuentros en tercera fase. El tartar de salmón estaba terminado.
Calenté un par de rebanadas de pan y las abrigué con mantequilla y sal.
Una vez sentada a la mesa, lo observé todo con impaciencia.
—¿Qué celebramos? —me preguntó el vasito de agua balanceándose de un lado a otro.
—Que soy escritora, oficialmente soy escritora —dije con una sonrisa en la boca.
Un taquito de salmón, con mucho esfuerzo, pudo salir de la montaña que había creado para dar forma al tartar. Y sosteniéndose sobre sus dos finitas patas se sacudió la salsa anaranjada que llevaba encima.
—Enhorabuena —dijo entonces extendiéndome su minúsculo bracito.
—Gracias —dije dándole mi mano con mucho cuidado de no chafarle la suya.
Tomé el tenedor y fui a por mi primer bocado de tartar, cuando un gritito desde abajo me hizo parar.
—¡Esperaaaaaaaaaaa! —el taquito de salmón se había cubierto la carita con ambos brazos. Parecía no querer ver aquel trágico final tan de cerca—. Creo que antes deberías decir unas palabras.
—Bueno… —creo que llevaba algo de razón—, agradezco enormemente, a este tartar y a este plátano frito caramelizado, el estar conmigo en una celebración tan especial —al oírlo, tanto el taquito de salmón como una de las dos mitades del plátano se ruborizaron, y agacharon sus cabezas en gesto agradecido—. Hoy mi sueño se ha hecho realidad… ¡he firmado mi primer contrato editorial! ¡Se publica mi novelaaaaaa!
Tras mi berrido, cuatro taquitos más de salmón se unieron al que andaba solo, y comenzaron a corretear por todo el plato como locos al grito de: “¡oe, oe, oe, oe, oe, oe, oe!”. Una de las rebanadas de pan se puso en pie y pidió el baile a una de las mitades de plátano. Entusiasmada, y goteando nata, aceptó y se convirtieron en el Fred Astaire y Ginger Rogers de la mesa. El tenedor excitadísimo daba piruetas arañando la servilleta de papel quien aguantaba, con absoluta dignidad, semejantes girones.
Contagiada por tanto jolgorio me levanté y me auto jaleé a ritmo de mis propias palmas. Pero un ruido seco en la ventana me hizo parar de golpe. Era Fred, mi vecino, que perplejo me miraba desde el otro lado. Me acerqué y abrí la ventana riéndome de mí misma.
—Princesa, ¿todo bien?
—Mejor que nunca, ¿te gusta el tartar? —pregunté con una enorme e ilusionada sonrisa.

22 ene 2010

Besos

Dame un beso. ¡Ay, qué pesado! Te voy a echar de menos, ¿lo sabes? Enseguida se te pasará. Igual no. Seguro que sí, no te rías, te lo digo en serio, siempre estás igual y luego en un par meses me odiarás de nuevo. Nunca te he odiado, boba. ¿No?, yo a ti sí. Idiota. Idioto. Dame un beso. ¡A que me bajo del coche! Bájate, ¿a ver cómo eres capaz de volver a casa? Vale… no me bajo. Pero qué paciencia tengo, txiki. ¿Paciencia?, ¡paciencia la mía! Dame un beso y te perdono. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!, ¿cómo eres así? ¿Así cómo? Así de pesado. Seguro que tú también me echas de menos. Bufff, ¡para nada!, ¿no ves que no tengo tiempo para eso? Pero si te pasas el día llorando en ese pueblo americano. Llorando de alegría, no te confundas… ¡de verdad!, ¡no te rías! Dame un beso. ¡Pásate el semáforo en ámbar!, temo por mi integridad física si te paras. Oh… lo siento, se puso en rojo. ¡Las manos en el volante! Dame un beso. Ni te me acerques…
Pero se acercó. Ella se rió y se dejó abrazar. Él le acarició la nariz con los labios. Ella se escondió entre su cuello. Aspiró su olor, ese olor tan a él. Le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró mimosa:
—Pídeme un beso…
—Ahora no, cuando vuelvas —dijo sonriendo venganza.
—Dame un beso, dame un beso para llevármelo… —suplicó entonces ella, echándolo ya de menos.

18 ene 2010

Café vs Chocolate


—¡Hola, señora Elvira!
Levanté la cabeza del suelo y vi a Shayne bajándose de su bici frente a las escaleras de mi porche.
—¡Hey! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo fueron tus vacaciones de Navidad? —me hizo ilusión verlo, me encantaba aquel niño.
—Bien, fui a Princeton con mi madre, a casa de mis tíos. Estuve con Jesse, ¿sabes?
—Oh, eso suena divertido —dije con una sonrisa desde la puerta de casa, con el bote de sal en una mano y la taza de café en la otra.
—¿Qué haces? —preguntó mirando extrañado la sal.
—Bueno… pretendo quitar el hielo de la entrada porque ayer me caí —Shayne se rió—, así que con un poco de sal puede valer.
—Mi padre tiene un spray especial, lo utiliza para quitar la nieve del coche —dijo serio sujetando su bici con ambas manos.
—Sí, pero yo no tengo spray, no importa la sal de cocinar sirve también —al decirlo me sentí un tanto ridícula, porque me di cuenta de que un niño de diez años me estaba dando una lección de practicidad. Intenté cambiar de tema—: Oye, Shayne ¿no hace demasiado frío para andar en bici?
—Sí, pero mi madre está limpiando la moqueta y dice que si estoy en casa la voy a pisar, así que tengo salir por dos horas más o menos…
—Vaya… pues, creo que vas a pasar mucho frío —dije con pena.
Shayne levantó los hombros con gesto de: ya lo sé pero ¿qué quieres que haga?, después me preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —dije levantando la taza de café. Shayne asintió con la cabeza sin dejar de mirarla—. Es café —contesté.
—¿Está caliente?
—Mmm… sí, todavía está caliente.
—Está guay beber cosas calientes cuando hace frío —dijo mirando al suelo, luego levantó la cabeza y preguntó con intriga—: ¿En tu país hace frío? Y, y, y ¿nieva?, ¿nieva como aquí?
—Bueno, depende de las ciudades, en la mía no, no nieva casi nunca.
—Está guay la nieve, pero el frío no me gusta tanto —dijo volviendo a mirar al suelo.
Me dio pena verlo así.
—Hey, Shayne, ¿te apetece un vaso de chocolate caliente?
—¡Vale! —gritó tirando la bici hacia un lado y subió corriendo las escaleras del porche.
—¡No! —dije cortándole el paso—. Antes debes pedir permiso a tu madre, no quiero meterme en problemas.
—¡Vale! —gritó nuevamente mientras bajaba las escaleras tan rápido como las había subido. Se colocó en mitad de la carretera y empezó a vociferar—: ¡Mamá, mamá, mamaaaaaaaaaaá!
¿Tanto le costaba terminar de cruzar la carretera, entrar en su casa y hablar con su madre en un tono de voz medianamente normal?, pensé riéndome desde el porche.
—¿Qué demonios…? —preguntó la señora Harper saliendo por la puerta de su casa al escuchar los gritos de su hijo. La señora Harper era una mujer muy gorda, tenía el pelo grasiento, bastante largo, lo llevaba atado en una coleta baja, y a pesar de no llegar a los cuarenta años lo tenía completamente cubierto de canas. Por su gesto comprimido parecía estar de muy mal humor.
Shayne desde la mitad de la carretera, le preguntó si podía venir a mi casa a beber chocolate. Su madre me miró con desconfianza. Yo, a modo de saludo tranquilizador, levanté el bote de sal, cuando me di cuenta del error lo volví a bajar rápidamente y levanté la taza de café que estaba en la otra mano.
—Está bien —dijo mirando a su hijo con cara de pocos amigos, luego levantó la vista y dirigiéndose a mí añadió—: Cariño, cuando te canses de él, échale a la calle —y sin más volvió a entrar en casa.
A Shayne le faltó tiempo para correr hacia mi puerta y meterse directamente en mi salón. Una vez allí lo miró todo con curiosidad, bueno, en realidad, había poco que mirar. Estaba tan acostumbrada a las mudanzas que ya no tenía ninguna ilusión por decorar mis nuevos apartamentos. Así que un par de murales indios por aquí, una vieja butaca por allá frente a un pequeño televisor prestado y un escritorio, imitación a madera, contra la pared.
—¿Vives aquí sola?
—Sí —contesté entrando en la cocina—. Ven y dime qué taza quieres.
Abrí uno de los armarios y empecé a sacar todas las tazas que tenía. De San Francisco, de Las Vegas, de New York, una que decía: “yo estuve en el Gran Cañón”, dos de la universidad donde trabajaba, otra de Hollywood…
—Y ¿por qué no te casas? —preguntó Shayne detrás de mí.
—Bueno… no sé, imagino que porque nadie quiere casarse conmigo, ¿no? —dije sacando la última taza que tenía, era de Washington.
Shayne se acercó a mí y señaló la taza de San Francisco, era la más grande y tenía los dibujos en relieve, fácil elección para un niño.
—¿Es porque eres tan bajita? —me preguntó con absoluta seriedad mientras se sentaba en la mesa.
Me costó aguantarme la risa y le contesté que no creía que mi estatura fuera el problema de mi soltería.
—Ya… —dijo meditando—. ¿Sabes quién es Megan Fox? —le dije que sí con la cabeza mientras buscaba la leche en la nevera—. Ella es alta.
Cerré la puerta de la nevera muerta de la risa.
—Shayne, creo que entre Megan Fox y yo no sólo existe la diferencia del tamaño.
—Vale, pero ¿sabes quién es Sue Reed?
—No, ¿actriz? —pregunté vertiendo la leche en la taza de Shayne.
—No.
—¿Cantante?
—No, está en mi clase.
—¡Aaaah! —exclamé divertida, ¿cómo podría haberlo adivinado?
—Y ¿sabes quién es Connor Grant?
—No, Shayne, no sé quién es Connor Grant —dije esta vez cubriéndome las espaldas.
—Está en mi clase también. ¡No muy caliente, por favor! —se apresuró a decirme al ver que metía la taza en el microondas—. Sue Reed era mi compañera en el equipo de gimnasia y el lunes me dijo que se iba al grupo de Connor Grant.
—Vaya, lo siento, Shayne, y ¿Connor Grant es más alto que tú?
Shayne se puso en pie, se estiró todo lo posible y colocó su mano derecha como a un par de palmos sobre su cabeza diciendo:
—Así, es así, ¿ves?, así de alto.
—¡Ay!, pues sí que es alto, y ¿tú crees que Sue Reed se casará con Connor Grant?
Se sentó de nuevo resoplando y meditando la pregunta.
—Yo creo que sí… —contestó al fin en un tono desesperanzador.
Me conmovió, pronto empezaba a sufrir por amor.
Le preparé la taza de cacao vertiendo toneladas de chocolate líquido. Cuando Shayne vio la taza tan negra se le iluminaron los ojos de nuevo.
—¡Irayo! —exclamó excitadísimo.
—¿Irayo?, ¿es otro amigo alto que tienes en clase? —pregunté mientras me levantaba para prepararme otra taza de café.
Shayne se rió.
—¡Noooo! Irayo significa gracias en Na’vi.
—¿En dónde? —dije frunciendo el ceño mientras me acercaba a la mesa con la taza de New York rebosando café negro.
—En Pandora.
—¿Eh?, ¿como la caja?, ¿la caja de Pandora?
—¿Qué? —preguntó Shayne tronchado de risa sobre la mesa porque no entendía que no pudiera saber de qué me estaba hablando—. ¡Avatar! ¡La película Avatar que tiene idioma propio!
—Oh… la película, es que no la he visto.
—¡¿No?!, ¡es guay, señora Elvira, es guay! Mi tío nos llevó a mi primo Jesse y a mí al cine en Princeton, y, y, y —estaba tan emocionado contándomelo que hasta se le trababan las palabras—, la vimos en tres dimensiones con unas gafas guays, que te las pones y todo sale de la pantalla y te cae encima.
—¡Wow!, ¡qué miedo!, ¿no?
—No, no da miedo —dijo rápidamente para tranquilizarme, tapé mi risa tras la taza—. ¿Te la cuento?
—¡Claro! —me moría de ganas por escuchar a aquel niño contar una historia del mismísimo James Cameron.
Shayne se reclinó sobre la silla y se quedó todo tieso.
—Mira, así, así, ¿ves? —decía inmóvil con los brazos bien pegaditos al cuerpo—, así se mete Jack en una caja de cristal que la tapa se baja automáticamente, mira, hace así: sssshhhhhup —articulaba con la boca mientras que el brazo derecho fingía ser la tapa.
—Ya veo ya…
—Entonces, a Jack lo convierten en na’vi, que, que los na’vis son extraterrestres de otro planeta, ¿no?, que son azules y son súper, súper, súper altos.
—¡Vaya! ¡Entonces estarán todos casados!
—No sé… eso no lo dicen en la peli —contestó el pobre Shayne sin entender mi chiste—. Entonces Jack ya no es Jack, es, es, es, ahora es extraterrestre, es azul, y eso y llega allí, al otro planeta, Pandora y la chica...
—¿Sue Reed?
—No, tonta —me corrigió loco de risa—, Sue Reed está en mi clase, pero esta otra chica es una na’vi, y, y, y entonces luego se hace muy amiga de Jack y Jack ya no quiere volver a América.
—Vaya…
—¡Es que Pandora es guay! Entonces como Jack no quiere volver a casa, van a buscarlo y hay luchas y luchas y…
Shayne tardó en contarme lo de las luchas por lo menos una hora, que sí crash, pum, pugggg, boooom, pam-pam-pam-pam, nio, nio, crash, zup, zup, y la tapa de cristal que se abre otra vez y sssshhhuuuuup y se vuleve a cerrar sssshhhuuuuup, bang-bang, zip, zip y… ¡BUUUUGGHHH!

—Tienes que verla, señora Elvira —me recomendó Shayne recogiendo la bici al final de las escaleras del porche.
—Seguro, la veré, ¡adiós, Shayne! —dije desde la puerta.
—¡No!, hay que decirlo en el idioma Na’vi: ¡eywa ngahu!
—Oh, ¡eywa ngahu, Shayne! —dije con cuatro dedos de la mano izquierda en alto, separándolos de dos en dos.
—Eso no hacen en la peli —me recriminó serio mientras se montaba en su bici.
—¡Ops! —y escondí con vergüenza la mano tras mi espalda.
Antes de llegar a la acera de enfrente se paró, se dio la vuelta y con convicción me dijo:
—Mi abuelo dice que nos pasamos la vida creciendo así que, señora Elvira, no te preocupes, al final, te casarás.
—Irayo… —dije emocionada por tanta inocencia.

25 dic 2009

Un tío de cómic I

Nota: Debido a la extensión de este cuento "Un tío de cómic" queda divido en dos entradas diferentes: I, II. Pero se trata del mismo relato, así que se recomienda la lectura continuada.
Norman por Martín Juaristi

Me he enamorado de un genio que dibuja cómics, que nunca superó que Urzaiz llevara mechas y que sonríe con una paralizante timidez.
Él no lo sabe por eso, porque es un genio que vive en su peculiar mundo de héroes donde las mujeres no han estudiado hispánicas sino ciencias ocultas, y su trabajo no está en la enseñanza sino en mostrarse al mundo en mallas ceñidas sobre pechos asfixiados derrochando poderes. Y que cuando hacen el amor en posición misionero no se les desparraman los senos hacia los lados, sino que se mantienen erguidos y siguen el compás de la penetración con un sutil ritmo flanero.

La clase era enorme, me sentaba casi al final, detrás del mismo chico cada día. No sabía muy bien qué hacía escuchando aquella clase de lingüística todas las mañanas. Tenía veinte años y ya había conocido tres universidades diferentes. Es cierto que las ciencias nunca fueron lo mío pero las letras tampoco. Fue en mi tercer intento de ser licenciada, cuando conocí a ese chico tan raro. Me gustaba llegar a clase diez minutos tarde para darle tiempo a que se sentara, luego entraba yo y, fingiendo que buscaba un buen sitio, me colocaba justo detrás de él para poder ver sus dibujos con detalle.

—Y, ¿cómo dices que se llama? —me preguntó Eva metiéndose un enorme trozo de pizza a la boca, lo cierto es que la comida de la residencia dejaba bastante que desear.
—Ah, ni idea, pero seguro que lo has visto alguna vez por la cafetería de la uni. Siempre va solo. Es así como rubito, con ojos azules, azules, azules y para abajo.
Eva dejó caer la pizza en el plato y se empezó a reír como una loca.
—¿Va solo y tiene los ojillos hacia abajo? ¿No se llamará “Tristón busca un amiguito”?, ¿no?
Cuando se hubo calmado ideó un plan para conocerlo, valorar sus dibujos y trazar una estratagema para llevármelo a la cama.
Al día siguiente fuimos juntas a clase, lo vimos llegar, esperamos unos minutos y después entramos con decisión pero alguien nos había quitado el sitio.
—Psst, ¡eh, chavalita! —grité susurrando desde el final de la clase a la chica que acababa de tirar a la mierda todo nuestro plan—. Ey, tía… que ése es el sitio de ésta —y di un golpe a Eva en el pecho para señalarla— y mío, así que… levanta, ey, tía… levanta, ya...
—A ver, por favor, ¿qué pasa ahí detrás? Vosotras dos ¿qué andáis? Sentaos por aquí —dijo la profesora con cara de pocos cuentos.
Toda la clase nos miró incluyendo el chico misterioso y a Eva no se le ocurrió mejor idea que saludar a todos como si de una reina se tratara, quise desintegrarme. Finalmente la aborta-planes decidió cambiarse de fila y nos pudimos sentar tras nuestro objetivo, la profesora continuó con la clase.
Eva estudiaba historia del arte y estaba convencida de que su criterio en artes plásticas era excepcional. Le encantaba darse aires de profesionalidad. Observó con absoluta paciencia como el chico empezaba un trazo, luego otro y otro. Después de unos cuarenta minutos me miró sin decir nada, cogió mi bolígrafo y escribió en lo alto de mis apuntes: este tío es un puto genio, tíratelo.
Cuando se terminó la clase, Eva le golpeó el hombro. Él se dio la vuelta. Yo apreté el muslo de Eva con todas mis fuerzas, no sabía lo que iba a pasar pero quería morirme.
—Perdona, ¿eres Iker, no? Iker de Llodio, ¿no? Amigo de Sergio, Karramarro y todos estos, ¿no?
—Mmm… no… no, no, creo que te equivocas.
—Ay, no, no, ¡es verdad!, perdona, no, no, tú eras… éste…
—Mario.
—¡Eso! Mario de Llodio.
—Mmm… no… eh… soy de Bilbao.
—Ah, sí, sí, de Bilbao y ¿vas y vienes todos los días o estás en alguna residencia?
—Anda, Eva, que llegamos tarde a Medieval, venga, vamos —me levanté y la agarré del brazo invitándola a irnos.
—No, voy y vengo todos los días.
—¡Ay!, ya voy, mujer —me dijo Eva poniéndose de pie.
Y volviéndose a Mario nos presentó con una enorme sonrisa en la boca:
—Bueno, pues ésta se llama Elvira y yo Eva. Pues nada, que nos vamos a Medieval y ¿tú?
—Eh… no, a fonética inglesa, yo… es que yo soy de inglesa.
—Pues nada, Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa, hasta mañana entonces, ¿no?
Nos miró con cierto escepticismo, hizo un amago de despedida agachando la cabeza, recogió sus cosas y se fue arrastrando los pies.
—¿Karramarro…? —dije a Eva ojoplática. Ella me miró y nos empezamos a reír a carcajadas.

Al día siguiente, cuando entré en clase no lo vi. Estaba claro que, con el mal rato que había pasado el pobre chaval con aquel vergonzoso interrogatorio, habría decidido cambiar de sitio o simplemente dejar de venir. Lo estuve buscando con la vista durante toda la hora y allí delante no estaba. Se terminó la clase y una mano me tocó la espalda. Me di la vuelta y vi a Mario sentado detrás.
—Hola —me dijo con una tímida sonrisa preciosa—, hoy hemos cambiado los roles.
Me hizo reír. Me pidió los apuntes de lingüística y me prometió devolvérmelos pronto. Durante toda la semana siguiente no me dirigió la palabra, simplemente levantaba la cabeza si nuestras miradas se encontraban para su desgracia, parecía un auténtico sufrimiento dar muestras de contacto. Por el contrario yo ponía tanto entusiasmo en saludarlo que parecía tonta de remate, sólo me faltaba sacarme una teta y dejar que uno mis pezones se le metiera en un ojo. Un día, en el que ya tenía asimilado que mi chico raro me había robado los apuntes y quería fingir que no me conocía hasta el fin de sus días, me sorprendió acercándose a mí.
—Toma, esto es para ti.
Me dio mi taco de apuntes. Los cogí sin demasiada ilusión porque aquellos apuntes se habían convertido para mí en nuestro cordón umbilical. Ahora que lo habíamos cortado ya nada nos unía, no había ninguna excusa para poder entablar una conversación y, con lo difícil que parecía aquel chico, supe que a lo máximo que podría aspirar sería a sentarme tras él en una clase de lingüística, pero me equivoqué.

Dejé todos los libros de golpe sobre la cama al entrar en la habitación de la residencia. El taco de apuntes de lingüística se ladeó y se esparramó un montón de hojas por el edredón, me acerqué para verlo mejor porque una de ellas parecía un dibujo, sí, era un dibujo. La saqué del montón y la miré embobada. Mario me había hecho uno de sus dibujos. Era un tío pequeño de brazos y puños desproporcionados que miraba al lector amenazante diciendo ey, tú, ¿dónde están mis apuntes?
Eva se coló en mi habitación sin llamar y sin hacerme mucho caso, sólo quería mi secador. La miré sujetando el dibujo con los dos deditos pinza de cada mano.
—Mira.
Eva, por fin, se fijo en mí.
—Ostias, qué guapo, chaval… —levantó la vista rápida del dibujo y me miró atónita—. ¿No me digas que te lo ha hecho Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
Asentí con la cabeza, las dos nos pusimos a chillar como energúmenas.
Cuatro días más tarde Mario y yo empezamos a salir.
Me encantaba besar a Mario, aunque en realidad no tuviera labios, eran dos finas líneas, una sobre la otra. Pero me gustaba por su ternura infinita, eran besos de una sensibilidad muda. Me gustaba mirarlo de cerca y averiguar qué estaría pensando en ese momento, era imposible. A veces creía que me cerraba con intención las puertas de su cabeza, sabía que nadie comprendería su singular mundo interno. Así que lo aceptaba y me conformaba con observar sus ojos tan azules como tristes, qué ojos tan tristes tenía Mario.
No duramos mucho tiempo, sólo algunos meses.


—A ver, pero ¿qué pasó?, es que no me lo puedo creer, nena, no me lo puedo creer.
Me encontré a Roberto en el chat. Le conté que ya no vivía en Francia, que me había mudado de nuevo a Bilbao, a casa de mis padres, porque Etienne me había dejado hacía poco más de mes y medio. Así que no dudó en llamarme al móvil, lo tenía al otro lado berreándome.
—¿Te lo dije o no te lo dije? Los franceses follan como los ángeles, cierto, pero nena, por eso mismo infieles hasta la muerte. Yo ya te conté lo mío con Adrien, ¿no? ¡Qué cabrón, qué cabrón! Hala, pues ya sabes, ¿no? Hazte las maletas y vente.
—Que no, Rober, que buff… ahora rollos de viaje no puedo, buff… si es que necesito buscar trabajo, y centrarme un poco, estoy muy perdida, mu perdida, mu perdida.
—¿Perdida? ¡Tú vente que yo te encuentro!, y en cuanto al trabajo tú lo que necesitas es China again. Pekín está hecho para ti, cariño. Ya te buscaré yo un currillo por ahí…. I’m a man with a mission!!!! Y al gabacho ni nombrarlo que ya te voy a presentar a dos amigos que tengo monísimos, con lo que tú vales, nena…
Hay gente con carisma y luego está mi amigo Roberto. Qué decir que no hizo falta más que esta breve charleta para comprar al día siguiente los billetes de avión por internet. Estaba decidido, iba a pasar la primera quincena de diciembre en Pekín.

Un tío de cómic II


Norman por Martín Juaristi

Fui a recoger a Eva a Termibus. Después de terminar la carrera se fue a Londres a buscarse la vida, allí se enamoró locamente de un indio, quien olvidó contarle que estaba casado y con tres niños. Eva se enteró después de dos años de relación. Dejó Londres para refugiarse en Madrid, encontró enseguida trabajo en una galería de arte moderno.
Se me saltaron las lágrimas al verla bajar del autobús. Eva me abrazó con muchísima fuerza.
—No llores, loca, no merece la pena, y menos por un francés.
Llegamos a casa de sus padres para dejar la maleta.
—¡Uy, pero hija mía! —Asun, la madre de Eva me abrazó y me ametralló a besos—. El tiempo que hace, pues igual tres años ¿no?, claro, te nos vas a las Chinas y luego te nos casas con ese francés tan guapo, hija mía, naciste con estrella. Porque mira que es guapo, ¿eh? si es que los franceses son especiales y qué románticos, ¿eh? —Asun miró a su hija—, yo a ésta ya le digo, mejor con uno de fuera porque aquí todos tienen la boina metida a rosca.
—¡Hala, ama!, ¡ya, venga, largo!
—Uy, qué carácter, hija… pues os dejo solitas, ¿vale? Elvira, cariño, me alegro de verte, anda, dame un beso y muchos recuerdos a tu chico guapo.
Salimos a tomar algo.
—Hola Chema —dijo Eva al chico de la barra, mientras acercaba dos taburetes.
—¡Hombre! Mis dos preciosidades emigrantes —Chema nos besó y nos sirvió dos cañas.
—Joder, así que en diciembre te piras a China, otra vez. Que de puta madre, tía —Eva encendió un cigarrillo y continuó—, por lo del curro no te preocupes, algo te saldrá, además teniendo allí a la locaza de Roberto está hecho.
Eva se dio cuenta y, tras una calada, ladeó la cabeza para mirarme más de cerca.
—Pero, ¿de qué coño te ríes, perra? —me dijo.
—No me estoy riendo —contesté intentado disimular la risita.
—Sí te estás riendo que te veo yo desde aquí —dijo Chema desde la otra punta de la barra señalándose el ojo con el índice.
Exploté en una carcajada.
—Vale, no pasa nada, pero bueno, sólo que… bueno, viene Mario a Pekín.
—¿Qué Mario? —preguntó Eva frunciendo el ceño.
—Mario —contesté.
—¿Mario? ¿Mario…? Mario… ¡Ostías! ¿MARIO? ¿Mario–de-Bilbao-que-va–y-viene-todos–los-días-y–estudia-inglesa?
—El mismo.
Las dos empezamos a chillar y a reírnos como tontas.
—Vosotras tenéis treinta añitos, pero entre las dos, ¿no? —nos dijo Chema guiñando el ojo, y nos sirvió otras dos cañas.

Aunque nadie daba un duro por ello, terminé mi licenciatura y fui profesora durante tres años en una universidad del norte de China. Una etapa preciosa de mi vida. Durante el último año, envié a mis amigos de profesión en Bilbao una oferta de trabajo muy interesante: profesor de español en una escuela secundaria en el sur de China. El valiente que la aceptó sin poner ninguna condición fue Mario. Desde entonces vivía en China, hacía ya dos años y medio.


Hola Mario, cómo andamos? yo con mucho cambio pero ya te contaré. Oye, mira, la primera quincena de diciembre voy a Pekín a casa de un amigo, te subes y nos corremos una juerga a la pekinesa?
Besito, genio!
Elvira.


Locuela, lo de Pekín me hace. Ahora mismo ando muy justo de pasta pero creo que para esas fechas empezaré a levantar cabeza y, como te dije, tengo unas ganas enormes de verte y de salir de parranda contigo.
Muchísimos besos, guapísima, estamos en contacto.
Mario.


Roberto me llamó al móvil.
—Necesito que me hagas un súper favor antes de venirte.
—Dime.
—Se me ha roto la cafetera Nespresso, desastre total, así que mira a ver si me puedes comprar una nueva.
—¡Rober, qué pijo! —dije riéndome—. Vale… está hecho. Oye, una cosilla, creo que un amigo se viene también a Pekín, ¿habría algún problema si se queda en tu casa?
—Ninguno, perfecto, que se quede el tiempo que quiera. ¿Puedo preguntar qué tipo de amigo es?, ¿amiguito, amigote, ex novio, gay, novio de una amiga o el polvo platónico con el que siempre has soñado?
—¿Eh? ¿Qué andas? No sé, es un amigo normal, normalísimo.
—Ay, nena, no te enteras de nada, de ésos no existen. Tú y yo nos llevamos tan bien porque a mí, como a ti, me van los rabos, si no de qué…
Colgué el móvil muerta de risa prometiéndole que le llevaría la cafetera.

Eva, después de estar unos días en Bilbao, volvió a Madrid.
Las semanas iban pasando rápidamente. Quedaban menos de siete días para marcharme a Pekín cuando recibí su email. No me lo podía creer. Llamé inmediatamente a Eva.
—Galería de Arte Haddon, buenos días.
—Muy buenos, quería hablar con Eva Uriarte, por favor.
—¿De parte de quién?
—De Andy Warhol.
—Oh… un momentito, por favor, no cuelgue.
—Dime, Andy.
—Al final no se viene.
—Vale, ¿quién y a dónde?
—Mario a Pekín.
—¡No jodas! ¿Se ha hecho cacas la semana anterior a irse? ¿De qué va ese tío?
—Se ha quedado sin un duro.
—Ah, bueno, qué susto me habías dado, vale, no importa, págale el billete.
—¿Queeeeeeeeeeé?, ¡estás loca!
A las dos nos dio un ataque de risa.
—Bueno, tranquilicémonos, ¿eh? lo único que necesitamos es un plan.
—Eva, olvídalo, te llamo simplemente para darte esta información y para que me digas qué quieres que te traiga de Pekín.
—Oh, vamos Elvirita, no te rindas, este tío dentro de un par de años estará montado en el dólar vendiendo sus dibujos. ¡Es un genio!
—Por eso mismo, a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres.
—Vale… pues un collar de jade, el último que me trajiste se me rompió.

Estaba tumbada en la cama de la habitación de invitados con Roberto a mi lado. Su casa era grande, estaba en la zona de las embajadas. Había tomado la postura fetal porque de la risa no podía estirarme, me contaba sus aventuras con un japonés. Al día siguiente salía mi avión de vuelta a Bilbao. Se me habían pasado los diez días rapidísimos. No hicimos gran cosa, sólo reírnos, comer y salir de compras pero creo que lo necesitaba, porque fue genial, una terapia perfecta para dejar a un lado a Etienne. Durante la primera semana quedé con mi amiga Feng Min, acababa de tener un hijo, se había casado hacía un año y por eso se trasladó a Pekín. Ahora era profesora en una Universidad de la capital. Me propuso volver a trabajar juntas en la facultad, como antes, me decía. Le aseguré que le daría una respuesta en primavera. El fin de semana, Rober se salió con la suya y me presentó a un par de amigos con los que nos fuimos de copas por la zona más pija de Pekín. Uno de ellos no estaba nada mal, pero era un poco chapas y no hay cosa que me excite menos que un hombre parlanchín.
En la cama, Roberto y yo apurábamos la última noche juntos.
—Ya te digo, nena, era lo mismo que acostarse con Hello Kitty, qué cosa más pequeña, pero monísimo ¿eh?—me contaba Roberto mientras yo le hacía gestos con la mano pidiendo tiempo muerto, me dolía la tripa de tanto reírme.
Al día siguiente me acompañó al aeropuerto.
—Dime que vas a aceptar el trabajo y que te vuelves en septiembre para quedarte —me dijo mientras me abrazaba.
—Ya veremos…

En abril llamé a Feng Min y le dije que aceptaba el trabajo, que empezara a mandarme el contrato para ir echándole un ojo. En junio Roberto me llamó para decirme que ya me había encontrado un pisito de alquiler, no era gran cosa pero poco más podía permitirme. Y el veintidós de agosto, a las cuatro de la mañana, estaba cansadísima sujetando un vaso de kalimotxo celebrando el último sábado de fiestas de Bilbao.
—Chicas, creo que yo me voy a retirar, ¿eh? —dije a la cuadrilla tirando el vaso al suelo.
—No, Elvi, quédate, es tu último finde antes de volver a China.
Marieta, con el katxi de kalimotxo, rellenó otro vaso de plástico y me lo ofreció.
—Buff, si es que no puedo más, Marieta, de verdad.
—Calla, calla, anda y cuéntame cosillas.
Me reí al verla tan despierta y con tantas ganas de fiesta pero yo estaba reventada, así que me acerqué a ella para darle un beso y marcharme a casa.
—Venga, dame un beso —le dije mostrándole la mejilla—, te llamo esta semana y quedamos, ¿vale?
Me despedí del resto con la mano cuando ya estaba unos metros fuera del grupo, si no hubiera sido imposible.
Cruzando los Jardines de Albia alguien me llamó. Me di la vuelta, vi a un grupo de chicos pero no reconocí a nadie. Continué mi camino y otra vez escuché mi nombre, Elvira querida. Me volví a dar la vuelta, esta vez un tanto mosqueada y me encontré a un genio de ojos azules y tristes con los brazos abiertos completamente borracho llamándome:
—Mi Elvirita querida.
—Mario… —me acerqué y lo abracé metiendo mis brazos bajo los suyos abiertos.
—Ey, te escribí un email para decirte que ya estaba en Bilbao.
—Lo sé, lo sé, pero he estado muy liada este verano, ya sabes que la próxima semana me voy a Pekín a currar, ¿no?
—Sip, sip... sip. Genial, porque quiero conocer Pekín este año, así que te llamaré para abusar de tu hospitalidad.
—Pues a ver si es verdad y no me das el plantón del año pasado.
—¡Sssht! prometido —dijo y trazó una supuesta línea de juramento en el aire —. ¿Qué más me cuentas, guapísima?
—Pues nada más, como no quieras que te cuente el cuento de Un tío de cómic.
—Buah, vale, ¿tiene buen final? —me preguntó mientras se rascaba la frente con los cuatro dedos a la vez.
—No tiene final.
Mario se acercó mucho a mí y se agachó lentamente hasta dejar sus ojos a la altura de los míos y me dijo en voz muy bajita:
—Pues ése es un cuento de miellllda… ¿no...?
Eché la cabeza atrás riéndome muchísimo. Después me volví a acercar a él, le sujeté la carita entre mis manos y lo besé en los labios lentamente. Él no dijo nada.
—Es que a los genios hay que dejarlos tranquilitos y libres, por eso ese cuento nunca tendrá un final.
Mario me acarició la mejilla y sonriéndome me dijo:
—Nos vemos en Pekín.
—Nos vemos en Pekín —dije.
Le robé un último beso y me marché.

7 dic 2009

The pink taxi

—Mírame, mírame, ahora soy un metro cincuenta y ahora un metro sesenta, ¿ves?, metro cincuenta, metro sesenta —decía Elvira caminando de un lado a otro con el tacón de su botín derecho en la mano. Se lo acababa de romper al tropezarse con una alcantarilla.
—¡¿Te quieres parar quieta, que mi vida es un asco y no te soporto, pesada?! —gritó Marieta sentada en el bordillo de la acera.
—Es que ocho centímetros de tacón te hacen ver el mundo desde otra perspectiva, ¿eh? Mira, metro cincuenta, metro sesenta, metro… —seguía repitiendo Elvira cojeando a cada paso.
Marieta resopló cansada, llevaba un rato intentado llamar a Blanquita por teléfono, pero no daba señal. Eran las seis de la mañana y querían volver a casa pero a esas horas, y siendo fin de semana, la cosa estaba difícil.
—¡Joder, menos mal!, ¿dónde coño estás? —dijo finalmente Marieta por el móvil—, ¿a casa?, ¿vas en taxi?, ah… vale, genial… sí, vale… estoy con la enana que lleva un morón importante, se acaba de meter tal hostia que se le ha roto el tacón —se rió recordándolo—, cada vez que nos viene de visita se nos desata —y se volvió a reír—, y ahora la tengo aquí dando bastante el coñazo… ¡ya te digo, ya te digo! —risas de nuevo—, vale… sí, pues aquí en la Rivera… eso, sí, a la altura del Edan… ¿qué?, no, no, el que está al lado del Lola’s… sí, en la acera, aquí… vale, vale, agur —Marieta separó su móvil y lo extendió hacia Elvira—. ¡Pedorra, di adiós a Blanquita!
—¡Aguuuuuuuuuuur! —gritó Elvira corriendo hacia el móvil muy torpemente. Con esos andares recordaba al pequeño jorobado Igor de El jovencito Frankenstein.

Quince minutos después un taxi paró en la Rivera, frente al bar Edan, al lado del Lola’s. En el asiento de atrás Blanquita hacía un gesto con la mano para que las dos chicas de la acera se montaran. Elvira entró de cabeza, literal. Marieta atacada de los nervios pasó por encima (literal) de ella y se colocó en el medio. Elvira, sin soltar su tacón de la mano que lo agarraba como si fuera un ramillete de novia, se intentó sentar en el hueco que le habían dejado junto a la ventanilla.
—Pero ¡cómo vamos, corazona! —dijo Blanquita mirando a Elvira en un tono muy cariñoso.
—Me he caído, maja… —contestó Elvira enseñándole su tacón en la mano. Parecía una niña mostrando su diente de leche recién caído, que tras haber pasado el mal rato, lo cuenta como una hazaña heroica.
—¡Ya veo, ya! —dijo riéndose.
—Mi vida es un asco… —dijo Marieta.
—Además eran nuevos, me costaron una pasta, tías… —dijo Elvira.
—Pero ¿a quién coño le importan tus zapatos? ¡Que mi vida es un asco!
—Que no, Marieta, que no —dijo Blanquita de manera conciliadora.
—¡Qué asco, de verdad, pero qué asco de vida! Se supone que deberíamos estar casadas con hijos, ¿no?, ¡qué sábados de mierda!
—Que no… —repitió Blanquita.
—Ya, mi vida también es un asco —dijo Elvira con el tacón en la oreja—. Mirad… oigo el mar...
Blanquita no pudo evitar reírse con semejante ocurrencia.
—Joder… es que… os podéis creer que cuando he entrado en el Lola’s me encuentro con Iratxe, la secretaria de recursos humanos, que me dice súper seria…
—Pues yo le he comido la boca a Jaime —dijo Elvira de golpe interrumpiendo a Marieta.
—¡¡¿QUÉ?!! —gritó Blanca completamente alucinada.
—¡Pero no la escuches que estábamos hablando de mí!, ¡de mí, Blanquita, de mí! —gimoteó Marieta.
—Elvi, por favor, por favor… pero si es tu mejor amigo, pero ¿qué has hecho? —siguió preguntando Blanca.
—Ha sido culpa suya… —intentó justificarse.
—¡Hablemos de mí! ¿Puedo seguir con mi historia, por favor…? —rogaba Marieta desde el centro, se había vuelto invisible.
—Es que se me estaba acercando mucho al hablar, yo pensaba que me estaba mandando señales, ¿no?, entonces… pues eso… me lo comí… —dijo Elvira.
—¿Mandando señales? ¿Jaime? ¿A ti? ¡Joder, la madre que la parió! ¡Esta tía no tiene abuela! —exclamó Marieta.
—Ay, corazona, entre la música del bar y que estás medio sorda del derecho, normal que se te acercara para hablar, pero nada más, Elvi, que Jaime y tú como que no, nena, que no… —explicó con paciencia Blanquita.
—Ya… de eso me he dado cuenta luego, con su reacción.
—Vale, todas sabemos su reacción, ¿no?, ahora Jaime te odia más que nunca, punto pelota, ¡se acabó tu historia!, vayamos con la mía: Iratxe me ha dicho que, bueno… que es muy fuerte…
—Qué fuerte… —dijo ausente Elvira cortando nuevamente el discurso de Marieta—, me odia, Jaime me odia, y me odiará siempre.
—Sí, te odia y nosotras también, bueno, pues entonces Iratxe me viene y me suelta que…
—¡Jo, Blanquita, pero si sólo han sido unas babillas de nada!, ¡un besuqueo tonto! —decía Elvira buscando apoyo en su amiga la comprensiva.
—Ya, Elvi, pero es tu mejor amigo, es que… buff… la has lia’o bien gorda, corazona…
—¡Pues ya no os digo lo que me ha dicho Iratxe! ¡Os quedáis con las ganas! ¡A tomar por saco!
Marieta seguía siendo invisible.
Elvira pereció hacerse pequeñita, más de lo que ya era, en el asiento. Después, en silenció, fue levantando su mano hasta colocar el tacón roto en medio de su frente, y empezó a tatarear imitando el tono melancólico de Silvio Rodríguez:
—Mi unicornio azul ayer se me perdió, no sé si se fue, no sé si se extravió, y yo no tengo más que un unicornio azul… si alguien sabe de él… yo pagareeeeeeé, se fueeeeeeeee…
—¡Joder, pero qué tía! —gritó desesperada Marieta—, ¿tú la ves?, ¿eh?, ¿tú la ves?, ¡es que no la aguanto! —pero Blanca no podía dejar de reírse, botaba en el asiento como una loca, parecía el perro risitas, estaba muerta, muerta de la risa.
—… mi unicornio y yo hicimos amistad, un poco con amor, un poco con verdad… pero no tengo más que un unicornio azul… yo sólo quiero aquel, mi unicornio azuuuuuuuuuul… se fueeeeeeee…
—¡Sí, se fue! ¡Se fue trotando a la Playa Girón! ¡Basta! ¡Me cago en la enana-cantautora de mis pelotas!
Tras el grito de Marieta se hizo el silencio que enseguida se rompió por sus propias carcajadas. Las tres estaban tronchadas de la risa en el asiento de atrás de aquel taxi tarareando, esta vez, Playa Girón.

La primera en bajarse fue Blanquita que, con el gesto de su mano en la oreja, les dio a entender que mañana hablarían, y antes de meterse en su portal les lanzó un beso. Nuevamente con el taxi en marcha, Marieta contó, finalmente, a Elvira lo que le había dicho Iratxe. Después se bajó del taxi, pero antes de hacerlo, achuchó a su amiga Elvira y al oído le dijo lo mucho que la echaba de menos cuando no estaba pero que era un secreto entre las dos.
Ya por fin, frente a la casa de Elvira, el taxi paró. La chica, después de pagarle al taxista le dijo:
—Perdona, te importa esperar hasta que entre en el portal, es que me da un poco de miedo.
—Tranquila, mujer, claro —contestó el hombre.
Al bajarse del taxi oyó un bip-bip y sintió su móvil vibrar. Marieta, pensó, mensaje de Marieta, volvió a pensar con media sonrisa. Delante de la puerta buscó con una mano, porque en la otra seguía llevando el tacón, las llaves en su enorme bolso. Se topó con el móvil así que lo sacó y siguió buscando. Las encontró. Fue a meterlas en la cerradura cuando, al mismo tiempo, abrió el móvil y vio que el mensaje no era de Marieta. El taxista pitó. Elvira lo miró y sin hacer ningún gesto volvió al mensaje:
"Lokita, akbo d yegar a ksa xo creo q dbriams trminar lo q mpzast sta noch xq dps d 30 añs ya va sendo ora, no cres? vent…"
Elvira, mientras oía el taxi marcharse harto de esperar, volvió a leer atónita el mensaje de Jaime, en voz alta:
—Loquita, acabo de llegar a casa pero creo que deberíamos terminar lo que empezaste esta noche porque, después de treinta años, ya va siendo hora, ¿no crees?, vente…
Atorada metió de nuevo las llaves y el móvil en el bolso y, alzando el brazo con el tacón en lo alto como si de un merecidísimo trofeo se tratara, gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡¡¡¡¡¡TAXIIIIIIIIIII!!!!!!!

1 dic 2009

Secretos

Crows por Nicoletta Ceccoli
No sé lo que me despertó, quizá un ruido. La habitación estaba congelada. Tenía la luz de la mesilla encendida. ¿Me había quedado dormida con la luz? No lo recordaba. Quise sacar el brazo del edredón para poder apagarla pero desistí en el primer intento. Necesitaba que mis dedos, poco a poco, se acostumbraran a la temperatura de fuera de la cama. Así que con la mano a medio camino, volví a cerrar los ojos y pensé en el granate, el granate intenso. Un caballo granate. La luna granate. Una piscina granate. La botella de leche granate. La barandilla de mi porche granate. La cajera del supermercado granate. Me reí. Abrí de nuevo los ojos. Decidí sacar el brazo y apagar la luz. No llegaba. Lo volví a intentar pero no llegaba. Me incorporé en la cama. Al hacerlo vi que la puerta de la habitación estaba abierta. Nunca dejaba la puerta de la habitación abierta. Nunca. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo. Estaba asustada. Me levanté de la cama y lentamente me acerqué a la puerta. Me apoyé en el marco. El resto de la casa estaba a oscuras. La luz del porche se colaba por entre las cortinas del ventanal del salón y por el cristal de la puerta de la entrada. Aquella luz me permitía ver lo suficiente para darme cuenta de que todo estaba como lo había dejado, y de que allí no había nadie. Avancé hasta la cocina. Vi la taza de café encima de la mesa junto al plato sucio de la cena. Me había dado pereza recogerlo antes de meterme a la cama. Miré a través de la ventana. Vi el árbol del jardín. Dos de sus ramas parecían quejarse por el peso de la nieve. Estaban retorcidas y cansadas. Crucé los brazos, tenía mucho frío. Estaba descalza. Dando saltitos llegué hasta el cuarto de baño. Encendí la luz y me miré al espejo. Qué cara. Madre mía, qué ojeras. Estaba hasta hinchada. Levanté la tapa del váter y fue entonces cuando la vi. Su manita salía de entre la cortina de la ducha. Solté la tapa de golpe y de un salto retrocedí hasta la pared. Me temblaba todo el cuerpo. No era capaz de moverme. Sentía el cuerpo congelado por el pánico. Me fui deslizando por los fríos azulejos de la pared hasta quedar sentada en el suelo. La niñita salió de la bañera y me extendió su brazo. Me llevé la mano a la garganta, me faltaba el aire. No podía respirar, no podía respirar. La niña se acercó hasta mí. No tendría más de seis años. Era rubia. Tenía los ojos grises, vacios. Sonreía. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, me preguntó sin mover los labios, ¿se lo vas a decir a mi padre?, volvió a decirme rozándome con su manita la pierna. De la impresión me dio un espasmo que agitó involuntariamente todo mi cuerpo y solté un grito ensordecedor.

Me desperté. Me revolví en la cama. Me quemaba la piel a pesar del frío que hacía en la habitación. La luz estaba apagada y la puerta cerrada. Entraba claridad de fuera. Miré el despertador. Las nueve y media de la mañana. Era domingo. Me gustaba quedarme hasta tarde en la cama los domingos. Pero no podía seguir allí, sentía todavía el miedo. Tenía la garganta seca. Necesitaba beber agua. Me levanté. Fui a la cocina descalza. El suelo era hielo. Dejé correr el agua del grifo y después llené un vaso y lo bebí. Desde la ventana vi como Fred, mi vecino, se subía en su camioneta. Lo saludé pero no me vio. A mí me gusta éste, oí detrás de mí. Me di la vuelta lentamente y la vi sentadita en la mesa de la cocina con un libro de Winnie the Pooh para colorear. Sí… me gusta éste, y ¿a ti?, me dijo sin levantar la vista del libro. Se me escurrió el vaso de la mano. Oí el crash al romperse contra el suelo pero no sentí dolor al clavarme los cristales. La niñita levantó la cabeza. Qué gélida mirada. ¿Se lo vas a decir a mi padre?, ¿se lo vas a decir?, me dijo sin separar un ápice sus labios. Negué aterrada con la cabeza. Volví a negar mientras me tapaba la boca con dos temblorosas manos.

—Disculpe… disculpe… su cinturón…
Oía una voz, a lo lejos, parecía que venía de fuera. Abrí los ojos y me recliné hacia adelante sobre el asiento.
—Disculpe, por favor, abróchese el cinturón, en veinticinco minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Charlotte —me dijo la azafata señalándome mi abdomen.
Aturdida la obedecí y antes de que se marchara le pedí un vaso de agua. Tenía la garganta completamente seca. Me ajusté la coleta dos veces. Miré el reloj, hacía más de seis horas que había salido del aeropuerto de Los Ángeles. Qué grande era este país. Me entró un escalofrío. Estaba destemplada. Creo que había dormido durante todo el viaje. Cerré de nuevo los ojos pero un golpe en el brazo me hizo abrirlos de nuevo.
—¡Oh, perdona, perdona, por favor! ¡Qué torpe!
El señor que tenía a mi derecha intentaba disculparse por su codazo. Era demasiado grande y le faltaba espacio a la hora de maniobrar para guardar los libros y las revistas que tenía desparramados sobre la mesita plegable.
—Tranquilo, está bien —dije medio adormilada.
—Éste es para mi hija, le encanta —dijo el señor mostrándome orgulloso un pequeño libro en alto. Me quedé helada—. Le encanta colorear a este oso, el Winny Puú o cómo se llame, no hay nada como el buen marketing de Disney para engañar a niñitas de seis años, ¿eh? Viene con su madre a buscarme al aeropuerto, yo no quería porque me da miedo con las carreteras tan nevadas pero al no poder pasar Acción de Gracias juntos, Amber, mi esposa, ha insistido. Y tú, ¿cómo has pasado las vacaciones?

No le contesté. Me apreté el cinturón y miré al frente, me temblaban los labios. Tome, su agua, dijo la azafata ofreciéndome el vaso.

20 nov 2009

Rioja 33


—¿Señora Rebollo? —en la puerta de mi despacho tenía a un alumno del grupo 203, parecía muy nervioso.
Lo miré desde mi mesa. Me di cuenta enseguida de la situación. Hoy había habido examen pero ni rastro de este chico en todo el día.
—Es por el examen, señora Rebollo… —me hacía mucha gracia, sabían cuándo llamarme Elvira y cuándo señora Rebollo—. No he podido venir, porque he estado muy, muy enfermo.
—Y ¿ahora ya estás mejor?
—Sí, sí… hoy ya muy bien y quería venir pero el coche se me ha averiado esta mañana y además... cuando he ido al…
—¡Para, para!, está bien —dije riéndome— podrás repetir el examen mañana después de clase.
—¿De verdad? —mi estudiante no podía creérselo.
—Claro, y sigue disfrutando de tu Rioja 33, todo el mundo debería vivir uno —dije en español.
Mi alumno no entendió ni un apalabra pero prefirió no preguntar, por si acaso.


Oí desde la cama el portazo y los llantos de Lorena. Parecía que Marta intentaba consolarla. Me levanté, me puse mi enorme albornoz de girasoles y salí de mi habitación. Las tres vivíamos en la calle Rioja 33, muy cerca del campus, era nuestro último año en la universidad.
Pero ¿qué pasa?, pregunté en mitad del pasillo atándome el cinturón del albornoz. La Lore, que ha perdido el tren, maja… contestó Marta que estaba junto a la puerta de la calle abrazando a Lorena.
Lorena, al escucharlo en voz alta, sollozó todavía más. Se acuclilló dejando el violín con su funda a un lado y se tapó la cara con las manos, pobre, no dejaba de llorar. Miré perpleja a Marta pellizcándome el labio, no sabía ni qué decir. Marta, como si estuviera sacudiendo un termómetro, agitaba la mano en el aire con cara de: qué fuerte, qué fuerte, tía.
—Venga, mujer, que seguro que te pueden repetir el examen —dije en un intento vano por animarla.
—Cuarto de violín… tías, acabo de echar a la mierda cuarto de violín… —dijo Lorena a trompicones.
Marta volvió a agitar la mano en el aire, qué fuerte, qué fuerte, la oí pensar de nuevo.
—Y ¿un taxi? A ver, Martis, ¿cuánto hay hasta Donosti? Vitoria-Donosti, ¿en cuánto se hace? —no es porque fuera idea mía pero es que era buenísima.
—Buff, ni de coña, no llega ni de coña. Hora y media fijo. El examen empieza a las 10 y son casi las nueve. Y no puede llegar tarde, es el conservatorio, examen oficial, no valen excusas.
Abrí los ojos como platos para hacerla callar pero ni por esas.
—Tías, ¡me pasa a mí y me muero!, ¡me muero!, bueno, es que yo teniendo examen hoy a las diez me hubiera ido ayer, no sé, Lore, tía, muy fuerte… —y volvió a sacudir su termómetro imaginario.
Lorena terminó tumbándose en el suelo abrazada a su violín, cómo lloraba, a grito pelado.
Qué hacemos, pregunté a Marta, vocalizando en silencio de hombros encogidos. Marta no me hizo ni caso, miró detrás de mí y gritó:
—Pero, y éste ¿quién es?
De mi habitación salía un tío colocándose la sudadera y desordenándose el pelo con los dedos. Qué mono era.
Hola, dijo tímidamente al acercarse a nosotras. Yo ya me iba.
A las dos nos entró la risa al ver cómo intentaba sortear a Lorena, que estaba en el suelo, para poder salir de casa. Estaba atrapado. Así que se dio la vuelta y dijo la frase que sólo dices cuando no te queda otra. Te llamo, ¿vale, tía? Claro, dije tronchada de la risa.
—Lore, córrete un poco pa’llá, para que pueda salir éste —dijo Marta.
Lorena, sin soltar su violín y sin parar de llorar, se arrastró un metro más hacia allá dejando la entrada libre. El chico abrió la puerta y con un gracias y un falso te llamo, de verdad, se fue.
A Marta y a mí nos faltó tiempo para morirnos de la risa y a empujones entramos en la cocina.
En bajines, para no desmerecer el dolor de Lorena, le conté que se llamaba Iñigo. Iñigus, Iñigus, Iñigus, repitió ella a ritmo de samba. Le expliqué que era amigo de Amaia. No sabía quién era. Sí, la de Filología Francesa, la sin-cuello, que sí, a la que le crecen los hombros de las orejas. Ah sí, ya cayó quién era. Pues resulta que estando con Lorena y éstas en el Zelaia tomando unas cañas, apareció Amaia con Iñigo porque eran compañeros de piso. Y allí nos juntamos todos. Que si unas cervecillas por aquí, unos bailes por allá, unas babillas por acullá y luego… un poco de Rioja 33. ¡Iñigus, Iñigus, Iñigus!, gritó Marta con su ritmo sambero, yo la seguí zarandeando el culo de lado a lado. Bueno, y ¿qué?, me preguntó después. Puse cara arrugada. Sin más, respondí.
—Y ¿eso?
—Método desatascador.
—Ay ¡nooooo!
—Sí, maja —pero le hice gesto de silencio con el dedo en los labios para que Lorena no se molestara al escucharnos cotillear en la cocina. Continué susurrando—. No sé de dónde les viene la idea que con el mete-saca nos va de perlas.
Marta amortiguó su risa con las manos.
—Pero no sabes lo peor —Marta negó con la cabeza con cara de intriga—, el interruptor.
—¿El interruptor?
—El interruptor… —repetí con mucha pereza—. Ya sabes que lo tengo en la cabecera, ¿no? Pues con cada toma encendía la luz con mi cabeza —Marta rompió a reírse como una loca, intenté pedirle con gestos que se riera en bajo pero era imposible—. Martis, pero es que encima se paraba y me pedía perdón y volvía a apagar la luz, perdona, tía, perdona, tía, me decía y luego… ¡toma!, otra vez la luz encendida —Marta se tronchaba y recordándolo me empezó a entrar la risa de mala manera, ya casi no podía continuar—, pero calla, que falta lo mejor —y ja, ja, ja, ja, ja las dos—, que el tío cogió carrerilla, y: toma-daca, toma-daca, toma-daca, enciende-apaga, enciende-apaga, enciende-apaga automáticamente, te lo juro, ¡mira el chichón que tengo!
Martis se moría y yo con ella. De la risa nos dábamos hasta manotazos, no podíamos parar. Terminamos en el suelo, completamente deshechas.
—¿De qué os reís, perras…? —preguntó Lorena entrando muy lentamente en la cocina, arrastraba su violín de la correa de la funda, parecía que traía un perro degollado.
Marta y yo nos levantamos del suelo y nos tiramos encima de ella.
—¡Abrazo a tres de Rioja 33! —gritó Martis a modo de insignia del piso.
—¡Rioja 33! —grité yo absolutamente contagiada por su entusiasmo.
—Rioja… treinta y… tres… —dijo Lorena con muy poquitas ganas.

No fuimos a clase. Marta preparó café. Nos rifamos los pocos yogures de coco y vainilla que quedaban en la nevera, porque las tres queríamos los de coco. Pasamos toda la mañana en la cocina intentando arreglar nuestro pequeño mundo, que a los veintidós años era todo un universo de desafíos.