lunes, septiembre 6

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.

6 comentarios:

Sofía Serra Giráldez dijo...

Genial, Elvira.
He recordado a mis abuelas leyéndolo, y me he dicho, "ojalá vivieran todavía", pero luego he pensado ¿para qué?, si ya tengo a la que Elvira despliega aquí (aparte de que ya serían casi bicentenarias las pobres mías...:DD.
Saludable, inteligente y divertido y, por lo tanto, reconfortante, como siempre.
besos y abrazos. Se te echaba de menos

sempiterna dijo...

Ay, Elvira, no sé pero en el fondo me he visto reflejada y a la vez me has dado envidia. En fin, está claro que la perspectiva de las cosas no se tiene hasta que se puede tener, jeje. Besillos.

ma dijo...

Me flipas como siempre!!! y tanto que crisis!!! jajajaja yo tampoco se que opcion tomar, escribe las otras opciones a ver si me convencen jajajaja
besos
Ma

Dave dijo...

Excelente os invito a que pases por mi blog, y leas algunos articulos escritos por mi también, saludos y espero saber de t´´i, que te vaya bien en todo!!.

Elvira Rebollo dijo...

Sofía, la verdad es que escribir de las abuelas es uan fuente inagotable,siempre hay anécdotas que relatar. Gracias por estar siempre al otro lado.
Besazo, mua!

Elvira Rebollo dijo...

Sempiterna, cuánto tiempo! qué ilusión! me alegra que te hayas visto reflejada.
Un beso con mucha perspectiva ;-D