miércoles, noviembre 24

Frío en la playa

Playa de Sopelana por Rubén de Luis


La playa estaba vacía.
Al despertar creí que aquél no era un típico día de octubre así que lo llamé para ver si podríamos hacer algo diferente, no lo encontré en casa, es posible que contestara al móvil, lo volví a intentar, nada.
Fue a la segunda vez que miré por la ventana cuando me decidí. En poco más de dos meses cumpliría los treinta y todavía no había hecho ninguna locura. En un breve mensaje le dije que lo esperaba en la playa. Cogí el coche. Casi cinco horas tardé en llegar a Sopelana porque a la salida de Madrid me pilló atasco, en ese momento me di cuenta de la poca paciencia que tenía.
La playa estaba vacía.
Me desnudé guardando la ropa en la mochila, después comprobé si tenía mensajes. Nada. Estando en la orilla me di la vuelta, no sé, algo me hizo estar intranquila. Qué tontería si no había nadie. Los dedos del pie, con cierta timidez, tocaron el agua y como un resorte di un pasito hacia atrás. Lo pensé dos veces, era octubre. Tomé aire y con decisión rompí camino mar adentro. Los pinchazos en la pantorrilla eran intensos, el dolor eléctrico casi no me dejaba andar. Solté aire apretando los puños mientras daba saltitos intentando calmar la sensación de parálisis en mis piernas. ¿Por qué me empeñaba en sufrir de aquella manera?, me reí por la ridiculez de la situación pero, al ver llegar la ola, me estremecí y grité como una histérica cuando explotó contra mi vientre. Conté hasta cinco en voz alta y me sumergí bajo el agua. La salida fue brutal, me di cuenta de que no sentía la cabeza, estaba convencida de que el corazón había trepado hasta mis tímpanos y lo iba a expulsar por la boca. ¡Se acabo!, y apretando los brazos contra mi pecho salí corriendo hacia la orilla. Una vez fuera me sacudí el pelo como un perro y a zancadas llegué hasta la mochila.
Era imposible entrar en calor con aquel viento. Saqué la toalla y me envolví en ella. Sentí cierto sosiego. Me froté las piernas y comencé a vestirme, era la única manera de quitarme de encima esa losa helada. Cuando estaba enroscándome al cuello el foulard, vi las dos llamadas perdidas en el móvil. Número desconocido. Sin darle mayor importancia me enfundé los calcetines y sacudiendo la arena me puse las botas. El móvil sonó. Lo cogí agachándome. Número desconocido. Una voz seria preguntó por mi nombre. Sí, soy yo, dije. Me explicó algo de la policía, que si no sé qué de mi mensaje en el móvil, que si la playa, que si su Opel Astra gris metalizado, que si a la altura de Burgos, que si lo sentía. Se me erizó el cuerpo entero, el calambre subió por la espina dorsal hasta helarme las sienes y fue ese temblor espasmódico el que me hizo caer. Y arrodillada en la arena me tambaleaba como una tarada, apretando el móvil contra mi pecho consciente de que ya nunca podría escapar de aquel frío interno.

jueves, noviembre 18

Noche

Interior with a Bowl with a Red Fish por Henri Matisse

—¡Roberto, Roberto, Roberto!
Joder con la vieja que ni una puta hora seguida me deja dormir, toda la noche igual.
—¡Roberto, ay, Roberto! Que me ahogo, hijo, ¡ay!, ¡ay, las pastillas!
—¡Que sí, abuela, tranqui que ya voy!
La ostia, en mala hora dije que la cuidaba yo, ¡qué puto pringa’o! A ver dónde coño está ahora el interruptor. ¡Joder!, ¿qué es esto?, vale, guapo, pizza, qué ascazo, tío, si es que no se ve ni una mierda. ¡Su puta madre con la mesilla qué ostia me acabo de dar!
—¡Rober, hijo, ay! ¡Roberto!
—¡Ya, ya! Abuela, que ya pillo las pastis y voy.
Joder si esto es mi camiseta, ¿no?, sí, sí, es la camiseta ¿y los pantacas?, ¿dónde coño dejé los pantacas? Puta casa de viejos que no encuentras la luz ni a tiros, me cagüen, pa’ dos putos duros que me voy a sacar, ¡miserias ostias! Que andará toda la peña de Lega, tío, ahí, la Ainhoa que ¡Dios, diosssss! ¡Joder con la esquina de la puta cama que casi me revienta los huevos!
—¡Roberto, Roberto! Rober...
Joder, abuela, macho, que ya voy, no me calientes, que placa y te meto, que se me va la pinza y que ya me veo a la Ainhoa, ahí, tío, y que no se pase un pelo con el Chus que les casco a los dos. ¡Joder si están aquí los putos pantacas, macho! ¡Ostia que me mato! Mazo complicado, chaval, a ver, primero una y luego ésta, eso, la otra.
—¡Abuela que ya!, ¿las pastis en el baño?
¡Coño!, pero si esto es el armario, ¿y la puerta?, ¿la puta puerta? Buff, puta noche de sábado.
—¡Abuela, las pastis las pillo del baño!, ¿no?
Y la vieja como una tapia, venga, va, de puta madre y ¿ahora cómo coño salgo de aquí? Ostias, mírala, ésta debe ser, sí, joder, es la puerta.
—Aquí estoy. ¿Abuela?, ¿abuela, ¿abuela?

domingo, noviembre 14

El cambio

Nota: Recomiendo leer los relatos Historia de una escalera y Corazón de Hielo para poder contextualizar este cuento.
Los buscadores de luz por Lidia Kalibatas

Me levanté con el propósito de cambiar.
Miré al cielo y me alegré, estaba lloviendo, me encantaba la lluvia, me permitía sentirme apagada justificadamente. ¿Qué te pasa? Nada, que llueve y eso.
Estiré el brazo y con los dedos toqué el frío cristal de la claraboya. Vivía en una diminuta buhardilla. Siempre soñé con vivir en una buhardilla con enormes ventanales en el techo, a los que pudiera mirar cada vez que sintiera que el mundo se me estuviera quedando pequeño.
Antes de meterme a la ducha, preparé café y encendí el portátil, busqué la canción, al encontrarla sonreí. Ghalla Gurian empezó a sonar y, con un acompasado movimiento de hombros siguiendo el ritmo, empecé a desnudarme en el cuarto de baño.
A medio vestir y con la toalla enroscada en la cabeza, me serví café, volví a escuchar por cuarta vez la canción y miré al cielo, seguía lloviendo por lo tanto seguía estando alegre. Era un buen día para cambiar.

Desplegué el periódico que acababa de comprar en el quiosco de al lado de casa. Era tan pequeña la mesita de la cafetería que las hojas la inundaban entera, incluso se desbordaban por los lados.
―¿Qué te pongo, guapa?
―Un cortado. ―Dije mirando a la camarera que, anotándolo en una libretita, se iba hacia la barra sin ni siquiera preguntarme por lo que iba a comer. Es cierto que no hubiera pedido nada porque no suelo desayunar pero no sé, nunca se sabe, a veces soy así de impulsiva y me lanzo y qué se yo, pues que igual me hubieran apetecido unos churros o igual no.
Apoyé los codos sobre el periódico, junté las manos encajando la barbilla entre ellas y empecé a leerlo por la sección de cultura. Siempre hacía lo mismo.
La camarera llegó y dejó el cortado sobre el periódico.
―Algún día escribiré en este periódico ―le dije acercándome la taza.
―Estupendo, ¿la quieres fría o caliente?
―Fría, por favor. ―Y volví a arrastrar la taza entre las letras de imprenta, pero esta vez hacia ella.
La mujer vertió la leche y, con un gesto antipático, se dio media vuelta y se largó.
No me importó, tenía mi café, mi periódico y un sábado por delante que prometía ser diferente.
Rafa, mi vecino, llegó cuando estaba en la sección internacional después de haber leído la de gente, sociedad y opinión, por ese orden, siempre por ese orden. Me levanté y dejé que me abrazara.
―He visto tu nota por debajo de la puerta ―me explicaba mientras tomaba asiento junto a mí. Nunca nos sentábamos uno enfrente del otro, decía que prefería tenerme al lado, que si no me sentía muy lejos, qué idiota, le decía yo―. No sé, pensaba que me ibas a llamar.
―He salido de casa a las 9.30, me he imaginado que seguirías durmiendo.
―¡Joder! ¿Y ese madrugón?
―¿Qué te pongo, guapo?
Rafa se giró y vio detrás de él a la camarera sosteniendo la libretita.
―Mmmm… pfff... pues, a ver, un… no sé…
La camarera puso los ojos en blanco amarrando aire.
―Pfff, venga, sí, un cortado, por favor.
―Tanto pensar para un simple cortado si es que la juventud no sabe ni lo que quiere, aburridos est…
Nos reímos viéndola marchar farfullando de aquella manera. Después Rafa me miró y con esa espontaneidad que lo caracteriza me dijo:
―Qué guapa te veo, tía, no sé, el madrugar te sienta bien o no sé, pero estás guapísima.
Me quería casar con él. Lo había decidido hacía dos semanas. Era el hombre perfecto, pocos como él por no decir ninguno. También había decidido dejar las clases en la universidad y dedicarme por completo al periodismo, quería escribir y no aguantar a chavales que me tomaban por el pito de un sereno. Había decidido aparcar la tristeza, me merecía un respiro, había tomado la decisión de cambiar, de ser feliz. Es como el dejar de fumar, tenía que ser radical. Hoy voy a ser feliz. Hoy-voy-a-ser-feliz.
―Rafa, esto, quería decirte algo… ―Había tomado la decisión de hablarle de mis sentimientos, de lo fingida que me sentía sin decirle la verdad, que lo quería y no sólo como buenos vecinos que pasaron a ser mejores amigos, sino que lo quería de verdad, de los que se quieren y se van a la cama y follan y se siguen queriendo.
Me quedé en silencio. Me costaba mucho. Así que empecé de nuevo:
―Rafa, mira, son muchas las cosas que quiero cambiar en mi vida, prácticamente todo. No me gusta lo que hago ni cómo soy, no me gusta, ¡no sé!, ¡nada! ―grité volcando los hombros hacia adelante mientras me apretaba las manos bajo el estómago―. Quiero volver a tomar decisiones, cambiar de actitud, necesito cambiar de actitud y eso sólo puede salir de mí, no puedo seguir…
―¡Joder, Elvira, joder! ―Exclamó abrazándome con fuerza sin dejar que terminara―. Eres la ostia, tía, ¡joder! ―y volvió a abrazarme―. Eres valiente, tía, ahí, pum-pum, hacia adelante, te caes y te vuelves a levantar, tía, ¿que no te gustas? ¡Pum, te reinventas!
―Sí, bueno, en reali…
―¡La ostia! ¡Alucino contigo! Con tu fuerza, tía, con tu fuerza.
―Ya, bueno, no creo que…
―¿La quieres fría o caliente?
―¿Eh?, ah, mmm, no sé… ―contestó Rafa a la camarera.
―¿Templada? ―volvió a preguntar ella.
―Pff… No, mira, caliente.
―Chico, como eres tan indeciso te puedo echar de las dos y se te queda templada.
―¡Caliente! ¡Ha dicho caliente! ¡Quiere la puñetera leche caliente! ―grité en pleno ataque de ansiedad, entre lo poco que me estaba entendiendo Rafa y aquella mujer, estaba de los nervios.
Los dos me miraron sin decir nada, la mujer vertió la leche en la tacita, a saber si finalmente era fría o caliente, y después se marchó. Rafa me miró un instante más y luego me abrazó.
―Elvi, lo estás haciendo muy bien. Va a costar, pero el primer paso, el de querer cambiar, el de salir, el de: ¡venga yo puedo!, ése ya lo has dado, tía, de puta madre.
―Rafa, no me entiendes… ―dije completamente derrotada.
―Sí te entiendo, y te envidio y me avergüenzo de ser tan dejado, tan cobarde, tía, de no tomar decisiones, de, de, de, no sé, de ¡coño, si me gusta tengo que ir a por ello!
―¡Sí! ¡Eso es! ―Parecía que una pequeña luz empezaba a iluminar la conversación.
Rafa se recostó pensativo en la silla soltando fuertemente el aire por la nariz. Después se frotó la frente. Asentía con la cabeza como si estuviera moldeando una idea y fuera a sacarla hecha una pelota por la boca.
―¡Sí! ―dijo.
―¡Sí! ―dije yo, segura de que por fin me estaba entendiendo.
―¡Me voy a Argentina!
―¿Qué...?
―Gracias, Elvira, ¡eres la ostia! ―Me dio un beso en la mejilla, me abrazó con fuerza y se fue a la agencia de viajes de Fuencarral, sin haberse bebido siquiera el café.

Yo me bebí mi café y el suyo, doblé el periódico sabiendo que nunca escribiría en él, pagué sin dejar propina y salí de la cafetería y, aunque seguía lloviendo, yo ya no seguía estando alegre. Y una vez en mi buhardilla, miré con ansia a través de la enorme claraboya buscando alivio, pero el mundo me seguía pareciendo angustiosamente pequeño.

jueves, noviembre 4

Ruido

El grito por Edvard Munch

Llegó del suelo y como un perdigón entró taladrándome el cerebro. Atormentada me llevé la mano al oído. La presioné clavándome las uñas en la cabeza. Para, para, para, suplicaba mordiéndome los labios. Era fuerte y agudo como una torpe tiza al rayar la pizarra. Chirriaron mis dientes ahogados en dentera. Rebotaba metalizado de derecha a izquierda, de izquierda a derecha aumentando en volumen, cobrando fuerza con cada saque lobular. Y amarrado a él ese incesante y monstruoso cascabel que, con su tintineo descomunal, me encarnizaba los nervios. Cerré los ojos apretándolos con dolor y, con la cabeza túmida por la atroz orquesta interna, me dejé caer al suelo y a tientas alcancé las llaves. Las sujeté con rabia, ¿cómo se me pudieron haber resbalado de las manos?, qué torpe.
Con el aire todavía contenido, me quité el audífono. Respiré. Y escuché serena la oscuridad del silencio.