martes, octubre 18

Otra forma de amar

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer los dos anteriores: Saliendo del corral y Llamadas...


Llevaba 47 días siendo soltera. Y empezaba a encontrarle su lado positivo. La cama volvía a ser mía. Las comidas volvían a no entrar en ninguna franja horaria normal. Trasnochar ante el ordenador volvía a convertirse en una costumbre placentera. Y el reggaetón se volvía a escuchar en mi casa. Sí, reggaetón. Porque: Hola, mi nombre es Elvira, soy depresiva y llevo 112 días sin llorar. Te queremos, Elvira. Odio a los psicólogos que se les llena la boca hablando de las propiedades terapéuticas de la música de Erik Satie, ¡coño, ponle a tus pacientes Don Omar y déjate de tanto pianito a dos revoluciones por minuto, que me los vas a matar, madre de Dios!
Así que era sábado, cuatro de la tarde, acababa de desayunar, y movía el culo en medio del salón al ritmo de Danza Kuduro. El timbre de la puerta sonó. Mi culo paró. Me acerqué hasta la entrada y, desde dentro, pregunté quién era. Entonces se me paró el aparato respiratorio cuando Rafa contestó. Morada abrí la puerta.
―Hola… ―dijo con media voz―. Tenemos que hablar.

Dudo mucho que tuviéramos algo más que decirnos. Hacía 47 días, arrodillado y flagelándose, me confesó que sí, que se había tirado a aquella tía mientras yo estaba en París. No importa, le dije, porque yo también me tiré a alguien, bien, estamos en paz, volvamos a amarnos sin darle más vueltas.  Pero la cosa no fue tan fácil. Se reincorporó y me pasó el látigo para que me fustigara ahora yo, mientras me preguntaba con cierto nerviosismo ascendente: ¿que has hecho queeêêêEEÉ??!
Bueno, sí, la infidelidad. Tema delicado. El hombre es infiel, la mujer lo entiende. La mujer es infiel, el hombre la despelleja. Así que muy poquitas posibilidades tenía de salir bien parada en esta situación, porque: Hola, mi nombre es Elvira, y soy infiel por naturaleza. Te queremos, Elvira. Mi madre siempre me dice que no hable con desconocidos, pero, mamá, si no hablo con desconocidos, ¡sólo me los tiro! Me gustan los tíos. Todos. Altos, bajos, cachas, gorditos, carnívoros o veganos. A esto se le pueden dar muchas explicaciones. Freud, por ejemplo, si levantara la cabeza, achacaría mi promiscuidad a la falta de cariño en mi infancia. Pues es posible pero, vamos, que aquí lo que nos importa es que si levantara la cabeza también me lo tiraría.
Rafa no me despellejó exactamente. Únicamente me llamó falsa, cínica, planificadora, mentirosa, zumbada, y putonga. ¿Putonga?
―¿Putonga? ¿Me has llamado putonga?
―¡Sí! ¡Putonga!
Pues que me entró la risa oírselo decir por segunda vez, porque: Hola, mi nombre es Elvira y no tengo ética ni moral. Te queremos, Elvira. Rafa me echó de su casa, mientras me gritaba que volviera a terapia y tomara medidas, porque estaba fatal de la cabeza. Yo subía las escaleras muerta de la risa, porque cuando empiezo ya no puedo parar.

―La próxima semana empiezo con la terapia. Ya he hablado con Óscar, si es de eso de lo que quieres hablar. Prometo curarme ―dije levantando la mano derecha a modo de juramento.
Rafa suspiró un joder entre dientes y me miró  con cara de “tú no tienes cura, tarada”. Yo me reí, por supuesto. Él se frotó la cara y colocándose las manos en la cintura me explicó, mirando al suelo, que tenía que acompañarle a la boda de Carlos y Regina. Que esperaban que yo estuviera allí, que no les podía hacer ese feo. Que era cierto que la culpa fue suya por no avisarles de que habíamos roto, pero que tenía que ir, que mi plato ya estaba pagado y no les podía hacer ese feo. Repitió lo del feo unas 40 veces, como si, a una anti-ética como yo, aquello le pudiera ablandar. Y, lo cierto, es que imaginarme yendo a una boda de la mano de un ex… ¡me fascinaba!
 ―Sí, sería un feo ―dije mientras me regocijaba en mi propia inmoralidad.
Una semana más tarde. Íbamos camino al Castillo de Batres: Rafa, Germán, Homer y yo, en el pequeño Ford Fiesta, propiedad del primero. Al llegar, Rafa se separó de mí como si tuviera la peste, llevándose a Germán. Así que Homer y yo decidimos darnos al vino, porque todavía faltaban 20 minutos para que la boda civil, oficiada por el concejal Augusto Laguna, diera comienzo en aquel medieval paraje. Sentía que la gente empezaba a mirarme y no tenía muy claro de por qué. Quizá porque no eran las 12 de la mañana y yo ya iba por el tercer crianza, o porque tenía a mi lado un Gran Danés de casi tres metros de altura, o porque la faja-Spanx-de-mis-cojones me estaba cortando la circulación de las piernas y empezaba a tenerlas azuladas. La cuestión era: Hola, mi nombres Elvira,y no tengo amigos. Te queremos, Elvira.
La ceremonia comenzó. Era la única en la pequeña sala que estaba con una copa de vino, mi cuarta. Así que cada vez que el concejal decía algo, yo emitía un “uuu-uuuu-uuuh!!”, al más puro estilo José Luis Moreno. La madre de la novia, una doble de Pitita Ridruejo, me miraba con cara de estar viendo al mismísimo demonio. Al quinto “uuu-uuuu-uuuh!!”, dos chicos me sacaron de la sala, porque: Hola, mi nombre es Elvira y soy alcohólica. Te queremos, Elvira.
Sentada en las escaleras de la entrada del castillo, me descalcé. Llevaba unos peep-toe negros con la punta abierta, por eso me había comprado unas medias también con la punta abierta. Se me salían los dedillos del pie, que movía cual gusanos de tierra.  Germán llegó con un botellín de agua. Se sentó a mi lado, me quitó la copa y me ofreció el botellín. Después miró mis pies.
―¿Quién te ha mordido las medias?
―¡Son así!
―¿Las compraste ya rotas?
No había dos como Germán. Lo adoraba. Al de un rato, y tras haberme terminado casi toda el agua, me levanté con cierta torpeza, y le pedí a Germán que me dijera si realmente se me marcaba la faja. Me coloqué frente a él. Estiré mi ceñido vestido negro de cuello barco, y largo hasta la media rodilla. Ladeó la cabeza y me dijo que sí, que aquí. Aquí, era la nalga.
―Ah, pero eso no es la faja, es la braga, ¿ves? ―dije levantándome el vestido―. Llevo las medias, la faja y encima la braga, que hace de barrera para que no se me caiga la faja, ¿ves?
―Después de ver esto, sólo me queda por decir: ¡Uuu-uuuu-uuuh!
Durante el coctel, el fotógrafo organizaba los grupos para ir posando con los novios. Intenté salir junto a Rafa, pero en todas me apartaba con un manotazo, así que, al final, opté por la esquina junto a Homer y mi sexta o séptima copa de vino. Eso sí, la sonrisa todavía nadie me la había quitado.
Ya sentados en la mesa, Rafa no tuvo más remedio que estar a mi lado, aunque me ignoró en toda la comida. Gesto que no me importó, porque tenía la boca tan acartonada y pastosa que, si alguien me hubiera hecho hablar, le habría podido escupir  pelotillas de polvorón.
Cuando la tarta llegó, las luces se bajaron y empezó a sonar I’m yours de Jason Mraz. Los novios se levantaron e hicieron una pequeña coreografía muy popera. Me emocioné tanto que además de tres “uuu-uuuu-uuuh!!”, empecé a zarandear los brazos en alto como un girasol ciego. Carlos y Regina cogieron los pequeños novios que adornaban lo alto de la tarta y, sin perder el ritmo de la música, recorrieron el pasillo del amplio salón hasta llegar a nuestra mesa, y nos ofrecieron, a Rafa y a mí, los novios.
―¡Nos han tocadoooooo! ¡Uuu-uuuu-uuuh! ―grité levantándome de golpe, mientras daba palmadas como una histérica.
Rafa tomó los muñecos con cara de circunstancia, y besó a los novios agradeciéndoles el detalle. Enseguida llegó el fotógrafo que nos pidió que nos juntáramos los cuatro para la foto. Justo antes del flash, Rafa colocó los muñequitos delante de mi cara. Bonito recuerdo sin rostro, pero, eso sí, mi sonrisa seguía intacta detrás.
Con el baile llegaron los cubatas y el dolor de pies. A las 9 de la noche estaba en el baño de señoras abanicándome los pies descalzos, con una pequeña toalla. En ese momento llegó Regina con un séquito de 8 amigas, para ayudarla a mear. Le empezaron a desmontar el vestido por aquí y por allá. Le subieron la cola que se la engancharon a la espalda y le quitaron el casquete de la cabeza que iba unido al velo. No sabían qué hacer con él, así que una de ellas me pidió que lo sostuviera. ¡Claro!, exclamé encantada de servir, por fin, para algo en aquella boda. Me vi delante del espejo con el casquete en la mano y no me pude contener. Me calcé los zapatos y, con cierta ceremonia, me coloqué el velo y… ¡Madre mía, era una novia! No podía dejar de mirarme al espejo. Me tocaba el velo sobre mis hombros y sonreía desde diferentes ángulos.
―¿Qué haces…?
Me di la vuelta y vi a Rafa apoyado en la puerta del baño. Me sonreía, quizá por los cubatas, por lo que fuera, pero me sonreía desde la puerta.
Se señaló, con el dedo índice, el oído y me preguntó:
―¿La oyes? ¿Oyes la música?
Negué con la cabeza.
―Suena U2, With or without you.
Con la mano me pidió que me acercara. Me acerqué. Me acarició la cara. Y susurrándome la canción en el oído izquierdo, la bailamos en el baño.
Hola, mi nombre es Elvira y estoy perdidamente enamorada de ti.

Memoria selectiva

El sol y la vida de Frida Kahlo
Me acuerdo de las tostadas con mantequilla, Nutella y una pizquita de sal. Me acuerdo del Martini rojo compartido. Me acuerdo de las bolsas de Haribo para celebrar los reencuentros. Me acuerdo de las carreras hasta la ducha. Me acuerdo del sushi en Matsuri y del mónaco en Paserelle. Me acuerdo de los maratones de Prision Break bajo la manta. Me acuerdo de los aeropuertos. Me acuerdo de las obscenidades en voz bajita. Me acuerdo que primero fue el Messenger y después llegó el Skype. Me acuerdo de la estantería torcida de Ikea. Me acuerdo del aguacate plantado en la terraza. Me acuerdo de la moto amarilla. Me acuerdo de los escandalosos orgasmos. Me acuerdo de las cápsulas doradas de Nespresso. Me acuerdo de las despedidas por las mañanas en el garaje de casa. Me acuerdo del fondant de chocolate de los domingos. Me acuerdo de los besos robados. Me acuerdo de la competición de empujones por la calle. Recuerdo que me llamabas princesa, porque sólo me acuerdo de cuando me querías.

lunes, octubre 3

El gallo, las gallinas y la lombriz

Dos gallinas y un gallo de Emilio Lanza




La  lombriz Boj estaba en mitad del corral. Miles de ojos gallináceos la querían picotear, pero sabían que debían esperar al rango superior.
La puerta del corral se abrió y el rango superior entró, capitaneado por el gallo Aleto, y sus incondicionales: las gallinas nº1 y nº2. Llegaron hasta el fondo del lugar, se dieron la vuelta y entonces dijo Aleto: “Haya silencio” y hubo silencio. Vio Aleto que el silencio estaba bien, y apartó las gallinas ponedoras de las no ponedoras, alertando que no pisaran a la lombriz del centro.
Una vez instaurado el orden por encima del caos y la confusión, preguntó Aleto: “¿De qué se le acusa?”. “De agujerear nuestra tierra, señor”, contestó la gallina nº1. “No la agujereo. Remuevo, aireo y enriquezco el suelo, contribuyendo a que se mantenga fértil, señor”, aclaró el propio Boj.
Aleto levantó la cabeza, la ladeó y mirando a la lombriz con un único ojo, el izquierdo, dijo: “Pareces un buen complemento, Boj”.
“¡No!”, irrumpió la gallina nº2, “Señor, has bendecido su labor y por tanto te teme en balde, pero critica su obra y verás cómo, en pocos días, destrozará tu corral”.
Bajó Aleto la cabeza y dijo a sus incondicionales: “Bien, ahí tenéis a vuestra lombriz. Cuidad sólo de no matarla”. Y las incondicionales, saliendo de la presencia de Aleto, se abalanzaron sobre Boj y la picotearon por largo tiempo. Terminada la tortura, se alejaron. Y, colocándose nuevamente tras las plumas de Aleto, vieron retorcerse a Boj, hinchada en protuberancias sobre su viscosa y, ahora, sangrante piel.
“¿Quién es este gallo que puede tratar así a una criatura de su corral?”, dijo la lombriz, recuperando algo de aliento.
“¿Lo ve, señor?”, exclamaron nº1 y nº2. 

“¡Arrepiéntete, Boj, arrepiéntete y sella los agujeros de este lugar que tanto mal han provocado al no servir, absolutamente, para nada!”, bramó Aleto ofendido por sus palabras.
En ese momento, un zorro entró en el corral enfermo de hambre. Boj, se escurrió en uno de sus agujeros. Aleto, nº1, nº2, las ponedoras y las no ponedoras corrieron histéricos por todo el gallinero pidiendo clemencia, pero el zorro terminó por devorarlos a todos.
Aquella noche, la lombriz, algo recuperada, salió de su agujero, y, observando semejante imagen desoladora, dijo: “Produzca la tierra vegetación”. Y así fue. La tierra produjo vegetación.