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Jack y la muerte de María Rosario Pita Villares |
—Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig
—repitió Markus por tercera vez.
Elvira se volvió a desplomar sobre el sofá muerta de risa.
—Por favor, otra vez, otra vez, otra vez… —suplicaba.
—Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig
—dijo por cuarta vez.
Beatriz entró en el salón con un vasito de café para su
amiga. Lo dejó sobre la mesita y se sentó en el sillón frente a ellos. Los
miraba sin entender muy bien de qué se reían. Quizá por sentirse
desplazada o ausente, no lo sabía. Hacía casi dos meses que no veía a Elvira. Terminó la
quimio en noviembre y todo parecía estar bien o eso era lo que le habían dicho. Lo cierto
es que pocas ganas tenía de salir a la calle y hacer vida normal, la pandemia
estaba siendo la excusa perfecta para no ver a nadie, presentía que las cosas
no volverían a ser como antes. Algo se había roto dentro de ella.
—Ahora di: cuarenta y cinco mil setecientos cincuenta y
cinco —dijo Elvira.
—Fünfundvierzigtausendsiebenhundertfünfundfünfzig
—tradujo obediente Markus.
Elvira esta vez se dejó caer boca arriba sobre el sofá,
se ahogaba con su propia risa. Markus también se echó a reír.
—Vale, ahora di —dijo Elvira recobrando un poquito de
aire—: ciento sesenta y nueve mil…
—No, ya está bien. Ya está bien, son números, son solo
números —interrumpió Beatriz—, ya vale.
Elvira se incorporó en el sofá sin decir nada. Markus se
levantó y le explicó a Beatriz, en alemán, que bajaba a hacer unas compras. En
silencio las dos amigas oyeron la puerta de la calle cerrarse, estaban solas.
—¿Tiene azúcar? —preguntó Elvira levantando el café.
—¿Eh? Sí, tres cucharadas.
—Vale, gracias por la diabetes.
Aunque no quería, a Beatriz se le escapó la risa.
—Markus me ha hecho la pregunta, ¿sabes? —dijo Beatriz.
Se levantó y se sentó en el sofá, junto a su amiga, aunque con un espacio en
medio.
—¿Qué pregunta?
—Beatrgggis, ¿qué
somos?
—¡Ah, la pregunta! ¿Y?
—Bueno, no quiero entrar en conflictos ni en definiciones
sentimentales, no quiero nada que me exija pensar demasiado, así que… bueno, él
me explicó que consideraba que llevábamos tiempo suficiente para tener algo más
serio y que bueno, que me quería y que bueno… que veía un futuro conmigo y
entonces me habló de formalizar lo nuestro y yo le dije que vale.
—Vale.
—Vale.
—Ajá. Se te ve contenta. Muy contenta.
—Elvi…
—Bea, vamos, míralo por el lado positivo, ¡es un tío de
32 añitos que puede decir 100 consonantes seguidas sin ahogarse! ¡Vivan los cunnilingus
alemanes!
Y las dos se empezaron a reír como adolescentes. Después
Elvira sacó un papelito doblado del bolsillo del pantalón y dijo:
—Es más, con tu permiso me lo voy a anotar en mi lista: Cosas que hacer antes de morir.
—¿De verdad tienes una lista así?
—La idea me la diste tú en aquella fatídica videollamada.
De la mesita cogió
un lápiz y empezó a señalar el papelito mientras decía en voz alta:
—Cunnilingus con un alemán mientras me recita los números
del uno al cien mil.
Beatriz se rio tanto que le pidió que le leyera la lista
entera. Elvira al principio se negó, le explicó que era algo muy íntimo, pero
después de un par de minutos empezó a leerla, parecía que lo estuviera deseando.
—Uno: viajar a Svalbard y ver un oso polar. Dos: quemar
una tienda de vestidos de novia. Tres: pasar una noche con Jake Gyllenhaal para
que me explique el final de Donnie Darko.
Cuatro: celebrar con una fiesta loca la separación de Almudena y su mierda-coach. Cinco: recorrer todos los pueblos
españoles en caravana con Joan durante un año. Seis: disolver laxante para
caballos en la cerveza de Ernesto Garmendia. Siete: cunnilingus con un alemán
mientras me recita los números del uno al cien mil. ¿Qué te parece?
Beatriz aplaudió y gritó que ella también
quería una lista, así que Elvira fue a la cocina y rebuscó en el primer cajón
de la encimera, sabía que su amiga siempre dejaba allí post-it y bolígrafos. Al regresar al salón le dio un boli negro y
un papelito verde y mientras se bebía el café, ya frío, dejó a su amiga anotar
sus últimas voluntades.
Después de un rato, Bea le avisó de que había terminado.
—De acuerdo, dime.
—¿Empiezo así sin más?
—Claro, mujer, ¿cómo quieres empezar? Venga, lee tu lista.
—Vale, pero son solo tres tonterías.
—Vale.
—Vale, ¿empiezo?
—¡Beatriz!
—De acuerdo, de acuerdo, vale. Uno: interpretar un papel
protagonista en la Hebbel am Ufer. Lo
forman tres salas de teatro alternativo de Berlín, ¿sabes? Pero, bah, es una
tontería, es imposible, es… qué idiota soy...
—¡Oye! ¿Idiota? Te recuerdo que yo voy a pasar una noche
con Jake Gyllenhaal. Sigue.
—Vale —y se retiró un cortito mechón de la frente—. Dos: visitarte
en China y follarme a chino.
Y las dos amigas rompieron a reír como tontas. Beatriz se
tapaba la cara con el papelito verde mientras que Elvira la señalaba entre
carcajadas. Cuando se tranquilizaron, Beatriz retomó la lista.
—Y la última. Tres —cogió aire y lo mantuvo unos segundos
antes de hablar—. Tres. Tres… Tres: casarme con Darío.
Elvira la miró sosteniendo una triste sonrisa. Quería
abrazarla pero sabía que no podía. Se contuvo pero se le saltaron las lágrimas,
quizá porque no reconocía en aquella mujer tan delgada, de pelito tan corto y
tan insegura a su amiga. No reconocía a la amiga que tan solo ocho meses atrás estaba
tan llena de vida. Ahora, a pesar de estar limpia,
poco quedaba de ella.
—Bea…
—Elvi…
—Te estoy abrazando.
—Lo sé. Lo sé…
Lloraron juntas, en silencio y a metro y medio de
distancia.
Al llegar Markus, Elvira pensó que debía marcharse, así
que se despidió de su amiga y le prometió llamarla al día siguiente. Markus la
acompañó a la puerta y le regaló un breve siebenhundertvierunddreißig,
Elvira sonrió y con un gracias entró
en el ascensor.
De vuelta al salón Markus se sentó junto a Bea en el sofá
y, al ir a retirar el vaso de café, encontró el papelito doblado de Elvira.
—¿Qué es esto? —preguntó mientras lo desdoblaba.
—Nada, nada, es la lista de… Venga, no lo leas, es muy
íntimo, cosas de Elvira, no lo leas.
Pero ya era demasiado tarde y Markus empezó:
—Dos cajas de leche, ½ docena de huevos, tranchetes, pasta
(dos de espaguetis y una de macarrones), atún… ¿En serio que para los españoles
la lista de la compra es algo íntimo?
Beatriz empezó a reírse y a llamarse a sí misma idiota.
—A veces sí… —contestó.