domingo, agosto 18

Find a light


Mala noche de Javier Avi

—¿Ya la has leído? —preguntó Elvira a Enrique, en tono confidencial.
Enrique la miró con una sonrisa, dejó de preparar las bebidas sobre la encimera y se giró hacia ella.
—Está muy bien escrita, Elvi, pero no puedo programártela.
—¿Y eso?
—La sala es nueva, necesita público, y comedias es lo que piden. Si queremos que esto funcione vamos a programar comedia comercial, ya sabes que una sala nueva de teatro tarda en arrancar, son muchos gastos.
—¿Comedia comercial? —preguntó ella con media sonrisa sin entenderlo demasiado.
—Elvira, tu obra es densa, es plomiza, a ver, entiéndeme, es buena, ¡es-muy-buena!, no digo que no. Y, sí, el existencialismo está bien, pero, coño, Elvi, ¡se me quedarían todos dormidos!, no encaja con lo que la gente demanda últimamente.
—Ah, ¿no?, y ¿qué demanda?, ¿comedia ligera? —dijo con cierta rabia contenida, después cogió medio limón que había en la encimera y se lo llevó a la nariz—. El teatro no es un lugar para divertirse.
—Dile al Lorca que llevas dentro que deje de dar el coñazo, que hay que comer del teatro. Toma —le dio un mojito recién preparado—, y cuando termines una comedia comercial, pásamela y la sala será tuya. Pero hasta entonces olvídate de ofrecerme personajes suicidas y sinsentidos vitales, ¿vale?
—¡Chicos, Ernesto acaba de llegar! —gritó Beatriz abriendo la puerta de la cocina.
Rebobinemos. Tres días antes, Joan se había marchado de Madrid, era su semana de soltero y dejaba a Elvira de rodríguez. Se querían con locura pero, para qué engañarse, las semanas en las que viajaban por su cuenta eran gloria bendita para ambos. Los años pesaban, así que para Elvira las noches locas madrileñas dejaban paso a charlas y debates literarios en casas de unos y otros. Esa misma mañana, sin ir más lejos, Elvira se plantó en casa discutiendo, sobre Unamuno, con Darío y Beatriz, a quienes había conocido nada más llegar a Madrid, 9 años atrás, y coincidir en su primer máster. Después, los dos dejaron la ciudad e intentaron hacerse un hueco en el teatro expresionista, uno en Buenos Aires y la otra en Berlín. Tras 4 años como camarera en la capital alemana, Beatriz volvió  a Madrid y su padre la metió en su empresa como administrativa; Darío no tuvo mejor suerte, un par de obras estrenadas y 7 años como profesor de teatro gestual al otra lado del charco le bastaron para decidir volver, haría cosa de 2 años, y continuar como docente en una pequeña escuela de artes escénicas. Con el regreso de Darío a Madrid, volvieron a retomar contacto los tres. Su amor por el teatro y su convencimiento de que querer no es poder, los mantenía muy unidos.
—Entonces… —recopiló Elvira con Tía Tula en la mano—, incluiríais esta —y zarandeó la novela en el aire— y Niebla, y de teatro: El otro, ¿no?
—A ver, yo de teatro metería La difunta, El otro no, creo que si tus estudiantes no han oído hablar de Unamuno, meterles un obrón así, los va a descolocar —puntualizó Beatriz desde el sofá.
—Bueno, Elvi, no te comas la cabeza, esta noche pregúntale en la fiesta a Enrique, que es un máquina en Unamuno.
—¿Qué fiesta? —preguntó sorprendida.
Beatriz miró con reproche a Darío y terminó explicándolo.
—Nada, que he organizado una cenita en casa, para los de siempre: nosotros, Enrique, Sofía…
—Ah, muy bien, claro, además tengo negocios que hablar con Enrique, genial, pero no me habías dicho nada, mujer.
—Elvi —dijo finalmente Beatriz—, es que la cena la hago porque Ernesto está en Madrid, y va a venir, claro.
—¿Qué Ernesto? —preguntó con los ojos como dos boyas.
—Ernesto. Ernesto Garmendia —contestó Darío.
Rebobinemos. Hace 9 años, en aquel primer máster, Ernesto Garmendia era parte fundamental del grupo. Era un cuarteto muy bien avenido: Darío, Bea, Elvi y Ernesto. De hecho, y sin entrar en demasiados detalles, Elvira y Ernesto mantuvieron una relación de poco más de 6 meses, tan pasional como dañina. Estrenaron una obra juntos en Madrid y compartieron muchas ideas, ideas que, sin tener del todo claro su autoría, Ernesto terminó llevándose a México, donde vive desde hace 8 años, y donde se ha hecho un nombre como dramaturgo y director de escena.
—Yo ahora voy —dijo Elvira a Beatriz mientras pegaba un buen trago a su mojito.
Enrique salió de la cocina y ella allí se quedó mirando al infinito y preguntándose por qué todo le salía tan rematadamente mal.
Al pasar a la enorme terraza que Bea tenía en su diminuto piso de Chueca, encontró a todos felicitando a Ernesto. Sonaba Blackberry Smoke de fondo, el ambiente era festivo. Darío, al percatarse, se acercó a Elvira que entraba con cautela y sujetando el mojito con las dos manos no se fuera a caer y era su única arma para esa noche.
—Tranquila, ¿vale? —le susurró Darío al oído—, Ernesto acaba de anunciar que ha firmado un contrato con Seix Barral, tres novelas en 6 años. —Y repitió—: Tranquila, ¿vale?
—Vale… —contestó, y se sentó en una enorme maceta. Parecía una niña sin amigas en el recreo.
—¡Pitufa! —Frente a ella se había plantado Ernesto con los brazos abiertos—. ¡Joder, loca mía! ¡Lo menos hace 8 años que no nos vemos!, ¿no?
Elvira se levantó de la maceta, dejó el mojito en el suelo y lo abrazó. Se sintió incómoda porque él la apretaba demasiado, no había tanto cariño que demostrar, es más, no había cariño, por su parte ninguno, desde luego. Detestaba aquel chico y se dio cuenta con el primer beso que le dio en la comisura de los labios. Elvira sintió asco. Con disimulo, se limpió la humedad con la yema de los dedos y sonrió con esfuerzo.
—Pitu, estás igual, igual, igual… —dijo observándola de arriba a abajo, algo que también la incomodó.
Kiehl’s —respondió ella—. Enhorabuena por Seix Barral —dijo con muchísimo esfuerzo para aparentar naturalidad en su tono.
—Gracias, loca mía, impensable, ¿eh?, pero todo es posible, solo hay que querer. Y ¿tú? Sigues dando clases, ¿no?
Nunca una afirmación le había sonado tan hiriente.
—Sí, sigo dando clases.
—Bueno, si te gusta, ¿verdad? Al final consiste en hacer lo que a uno le gusta y punto.
El Pozo fue idea mía —dijo Elvira de repente, mirándolo sin atisbo de rabia, su tono era neutro y cansado.
—¿Cómo? —Ernesto parecía confundido. Se rio, y miró a su alrededor, todos parecían estar a otra cosa—. No te entiendo, Elvira.
—La obra: El Pozo, con la que ganaste el Premio Nacional de Jóvenes Dramaturgos, era mía. —Su tono seguía siendo el mismo, plano, aséptico.
 —Elvira, no sé a qué viene esto, pero El Pozo la escribí yo antes de irme a México.
—La escribiste tú, pero la idea fue mía, incluso la estructura de los 5 actos fue cosa mía, y tú y yo lo sabemos.
—Elvira, no culpes a los demás de lo que no pudiste hacer.
—No te culpo, Ernesto, ya no culpo a nadie.
Elvira cogió el mojito del suelo y lo dejó sobre la mesa del salón, luego se acercó a Beatriz, “me marcho”, le dijo.
—¿Ya? —preguntó ella. Elvira asintió—. Bueno, como quieras, ¿a que no ha ido tan mal? Tuvisteis vuestras cosas, pero Ernesto es un tío íntegro y además te adora.
Elvira no añadió nada, la abrazó y salió de la casa. Bajando por las escaleras se paró en el segundo piso, intentó respirar fuerte pero no pudo y lo intentó una segunda vez, asustada se agarró a la barandilla y se agachó, volvió a coger aire y por fin, al soltarlo, le salió un grito silencioso. Empezó a llorar y se arrodilló en el suelo y lloró y lloró y lloró y lloró porque el tiempo se le acababa y las ganas de luchar también. La enfermedad avanzaba y la ceguera completa llegaría pronto y ahora ya se sentía preparada, porque esa noche había descubierto aliviada que, por fin, tendría la excusa perfecta por no haber llegado nunca a lo que siempre quiso ser. Y mientras tanto seguiría dando clases.


1 comentario:

Sofía Serra dijo...

Dile a Elvira que mande a tomar por culo a todas las personas que la han jodido en la vida, que han sido injustas y nada leales con ella. Y que se engrandezca en su "enfermedad", para ella y por ella. ¿A que los majo? Mira que fuerza tengo, ¿eh?, por lo menos para pelear por las personas a las que quiero (porque se lo merecen, ya sabes tú, dos, tres, no muchas más).