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Marc Riboud |
En Madrid, cuarto piso de la Plaza de Cascorro, 2. Domingo a
las 23.07.
Almudena entra en la habitación de su hijo de 12 años.
—Abel, hace una hora que debías estar en la cama. Te lo
pido, por favor, apaga la consola. No me mires así, no soy tu enemigo. Me
habías prometido que cumplirías los horarios. Tenemos un trato.
—Tendremos un trato cuando vea a mi padre. Este verano me
voy con él.
—¡Abel!
—¡Muérete!
En el campus de una ciudad del norte de China. Sexto piso
del edificio de profesores extranjeros. Lunes a las 05.07.
Elvira da vueltas con la cucharilla al café recién hecho.
Mira por la ventana de la salita de estudio. A pesar de la hora, es
completamente de día y muchos estudiantes se dirigen a la pista de atletismo
para hacer deporte. Intenta sacudir la cucharilla en el borde del vaso, se le
resbala, cae al suelo, al agacharse pierde el equilibrio y derrama el café
sobre uno de los libros del escritorio que está bajo el ventanal. Joder, gime,
joder, joder, joder. Con una servilleta de papel intenta limpiarlo. La servilleta
se desmenuza y pelotillas compactas de papel con olor a café se incrustan entre
las páginas. Joder. Se sienta frente al escritorio, mira su desordenada mesa,
su sucio libro y colocando las manos entre las piernas comienza a llorar.
En Madrid, en un diáfano salón de un chalet en Puerta de
Hierro. Domingo a las 23.07.
Beatriz niega con la cabeza mientras escucha a su padre
sentada en la repisita de la chimenea.
—No es eso lo que he querido decir, cielo. Sabes que esta
es tu casa. Tu madre y yo estamos encantados de que te quedes, por eso no
queremos que te precipites con un nuevo proyecto. Berlín puede esperar. Quizá
lo que necesites es encontrar tu espacio otra vez en Madrid.
—¿Mi espacio? ¿Aquí? ¿Con vosotros?
—Cielo, no te preocupes por eso, alquilaremos un nuevo apartamento. Algo pequeño para ti. Quizá una buhardilla, ¿te gustaría, eh, pajarito?
Podría ser en Malasaña o La Latina o Chueca… No sé, un barrio con vida en el
que tú te encuentres a gusto, cielo.
—Cariño —interrumpió su madre—, deja de huir, por favor.
Primero Múnich con ese chico, ahora… Tu padre tiene muchísima razón. Además, ¿qué tiene
Berlín que no tenga Madrid?
—Una vida propia, mamá. Una-puta-vida-propia.
Beatriz sale del salón, sube las escaleras y se encierra
en su vieja habitación. Alcanza el móvil y escribe en el grupo de Wechat que comparte con sus amigas
Almudena y Elvira, desde que esta última se marchara allí a trabajar.
¿Podéis hablar un ratito? ¿Videollamada?
Me va a estallar la puta cabeza. Elvira, ¿estás despierta?
Elvira se seca los mocos con la manga del pijama y coge
el móvil al sentirlo vibrar sobre la mesa y responde:
Dame 5 minutos.
Almudena lee ambos mensajes sentada en el retrete. A mí dame 10, contesta.
Doce minutos después, las tres amigas están conectadas.
En la parte de arriba, a la izquierda, se ve a Beatriz.
Con el pelito corto pero lo suficientemente largo para tenerlo bastante
alborotado. Una camiseta de tirantes negra y un ancho jersey gris que deja su
hombro derecho al descubierto. Sostiene
en la mano un botellín de cerveza.
A la derecha, no se ve a nadie. Supuestamente debería estar
Elvira pero está desplomada sobre la mesa. Y en la fila de abajo, en el centro,
se ve a Almudena. Media melena, flequillo y gruesas gafas de pasta azul. Está
comiendo medio sándwich de pavo.
—Elvi, no te vemos, ajusta el portátil —dirige Beatriz.
—Estoy aquí —dice alzando una mano—, aquí.
—Ya, pero no te vemos.
Elvira levanta la cabeza y Almudena da un respingo.
—Pero, ¿qué mierda te pasa?
Elvira se acerca a la cámara de su portátil y dice muy
despacio:
—Sacadme de aquí ya. Ya. Ya.
—¿Qué coño…?
—No soporto ni un día más en este país. Todo es gris.
Alguien hizo desaparecer los colores. Los días están apagados, con esa pegajosa
niebla. Y hay tantos, tantos, taaaaantos conflictos entre los profesores que en
vez de una universidad parece un patio de colegio. No lo soporto. Sacadme ahora
mismo, por favor, os lo suplico… —comienza a llorar de nuevo.
Beatriz se ríe y le pide que se calle, que no sea niña,
que tan solo le quedan dos meses.
—Dos meses es suficiente para acabar con una persona…
—Pero, Elvi, loca mía, pensaba que lo peor ya había
pasado —explica Almudena—. La cuarentena terminó y ahora es disfrutar de tu
idílica vida en el campus.
—Aquello no fue una cuarentena, fue un campo de reeducación.
Solo les faltó hacerme dos trencitas en el pelo, vestirme de verde y sacarme al
campo a arar la tierra.
—¿Estoy oyendo quejarse a la comunista convencida? —preguntó
Beatriz. Elvira volvió a desplomarse sobre la mesa—. Vamos, Elvi, ¿qué
quieres?, ¿regresar a Madrid? ¿Sabes la que se ha liado este fin de semana con
el fin del estado de alarma? Van a colapsar los hospitales otra vez, esto está
lleno de subnormales.
Elvira levanta la cabeza:
—¿Subnormales? ¿Hablamos de mi Departamento?
—O de mi hijo…
—Almu, debes enderezar a ese niño, como no lo hagas ya,
te va a comer en unos años —explica Beatriz.
—¡Ya lo está haciendo! No sé cómo pararlo.
—Tráelo a China. Tres semanas en un hotel de Tianjin de
cuarentena y… voilà, ¡como nuevo! Se
le quita la tontería de raíz, bueno, luego también se le quitarán las ganas de
seguir viviendo, pero ese es otro tema...
—Quiere ver a su padre.
—Dile que está muerto.
—Apoyo a Bea.
—¿Cómo le voy a decir semejante barbaridad?
—Abel, tu padre ha muerto.
—Apoyo a Elvi.
—¡Estáis mal de la cabeza! ¡Las dos!
—Almudena, cuanto antes nos deshagamos de los padres,
mejor. Y no lo digo yo: Kafka, Kierkegaard, Unamuno, Freud, Nietzsche…
—Elvi, tu filosofía y tú os podéis ir a la mierda.
—Supongo que hasta que no muera mi padre estaré atada a
su vida —dice Beatriz—. Y, aunque me incomoda, me aporta mucha seguridad. No lo
voy a negar, me gusta pensar que mi vida está resuelta. Sí, soy una
privilegiada, ¿debo avergonzarme? Soy una hija florero, soy una hija florero. —Se
pone de pie con los brazos en cruz y grita—: ¡Soy una hija florero! Todo lo que
he tendido en mi vida ha sido gracias a mi señor padre, todo, ¡todo!
—Bueno, el cáncer fue tuyo, solo tuyo.
—¡Elvi! —reaccionó Almudena.
Beatriz empieza a reírse. Se sienta y mira a cámara:
—Sabes, Elvi, cuando no tengo un buen día, como hoy, me
gusta tomarme mi tiempo. Reflexiono y pienso mucho en ti y eso me reconforta. Sí,
porque saber que me parezco tan poco a ti me da tranquilidad.
—¿Te has enfadado? —pregunta ella parpadeando con
rapidez. Al no recibir respuesta insiste—: Almu, ¿Bea se ha enfadado?
—Sí, Elvi, Bea se ha enfadado, no ha estado bien.
Elvira se deja caer con lentitud sobre la mesa. Levanta
una mano y agitándola en el aire dice:
—Está bien, cuando empiece mi segunda vida, me avisáis.
En Madrid, cuarto piso de la Plaza de Cascorro, 2. Domingo a
las 23.57.
Almudena entra en la habitación de su hijo. Está sobre la
cama, sigue despierto. Ella respira profundamente y se apoya en la puerta.
—Abel... —Hace una pausa, duda. Termina diciendo—: Me acaban de llamar, mañana tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Duérmete, es tarde, hablamos mañana.
Almudena sale y cierra la puerta apretando los labios.
En Madrid, en un chalet de Puerta de Hierro. Domingo a
las 23.57.
Beatriz se cuela en la habitación de sus padres. Se
acuclilla frente a la cama, en el lado de su padre.
—Papá, ¿duermes? ¿Papá?
El hombre se despierta sobresaltado.
—¿Qué pasa, pajarito?, ¿estás bien? ¿Ocurre algo?
—Nada, es solo que… Bueno, me gustaría una buhardilla en
La Latina, quiero estar cerca de mis amigas, son unas idiotas, pero me harán
compañía.
—Claro, cielo, claro. Oh, qué alegría le vas a dar a tu
madre. Claro, mañana lo buscamos, pajarito mío.
Beatriz lo besa y sale del dormitorio.
En el campus de una ciudad del norte de China. Sexto piso
del edificio de profesores extranjeros. Lunes a las 05.57.
Elvira sigue desplomada en su escritorio, con la manga de su pijama llena de mocos, murmurando, como si de un mantra se tratara, sacadme de aquí…
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