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'Marlene Dietrich with her luggage' por Martin Munkácsi, 1936 |
Mi estudiante me pidió que lo esperara al fondo. Lo vi
acercarse al mostrador sorteando los sacos y paquetes que inundaban el suelo de
la oficina de Correos del campus.
—¡Profesora! —Al girarme vi a una alumna de último año de
Grado cargando una enorme bolsa de plástico duro amortajada con cinta aislante—.
Profesora, ¿qué hace usted aquí? ¿También quiere mandar sus cosas a España?
¿Cuándo se va? ¿Se va para siempre?
No sabía ni por dónde empezar, así que di la vuelta al
cuestionario.
—¿Y tú? ¿A dónde mandas ese bulto tan grande?
—Oh, profesora, ¡24 kilos, 24 kilos! ¡Madre mía, madre
mía, madre mía!
—¡Sí, madre mía! —dije riéndome. A los estudiantes les
encantaba utilizar expresiones como aquella, les hacía sentir que hablaban un
español fluido.
—¡Ya nos hemos graduado, profesora! Ahora
debo meter estos 4 años en cajas porque me traslado a Guangdong, he conseguido
trabajo en una compañía muy importante de importación y exportación.
Qué poco valemos, pensé, si nuestra vida se puede plegar en
una maleta. La miré con cariño, adivinaba su ilusión, empezaba una nueva vida,
no recuerdo la última vez que sentí el vacío de empezar de cero con ese
entusiasmo.
Mi estudiante regresó con la información.
—Ya no quedan cajas, profesora, debe traer aquí sus cosas
y ellos mismos se encargarán de empaquetarlo.
—Es lo más conveniente —intervino la alumna—. Traiga sus
cosas, no se preocupe, aunque sean de valor. Todo llegará a su destino.
—Bien, bien —dije
mirando a uno y luego a la otra—, eso haré.
—De acuerdo, ahora vamos a salir de aquí, hay demasiada
gente —Y mi estudiante, abriéndose paso, me mostró el camino de salida.
—¡Suerte en Guangdong! —grité a mi alumna dejándola
atrás.
Ya en la calle mi estudiante volvió a explicarme con más
calma las posibilidades que tenía de enviar a España los 6 kilos que no me
entraban en la maleta. Lo escuchaba con la cabeza baja mientras dibujaba eses en
el suelo con la punta de mi chancleta. Pensaba en lo vieja que me sentía, en lo
vieja y cansada que me sentía. Pensaba en mi futuro tan mal trazado y en lo,
curiosamente, poco que me importaba, aterrizaría en algún lugar, como siempre.
Como siempre. Levanté la cabeza.
—Gracias por tu ayuda y tu tiempo —dije a mi estudiante
que se fue con las manos metidas en su sudadera arrastrando los pies.
Antes de llegar al edificio de apartamentos para extranjeros oí nuevamente gritar detrás
de mí: “¡Profesora, profesora!”. Me di la vuelta y un estudiante de mi grupo de
teatro alzaba la mano entre zancadas.
—Profesora… —repitió recobrando el aire una vez que me
hubo alcanzado. Apoyó las manos en sus rodillas mientras gesticulaba con
cansancio—. Dicen que se va.
—Sí, estamos casi en julio, todos regresamos a nuestras
casas.
—Dicen que no va a volver. ¿No va a volver el próximo
curso?
Tomé aire y levanté los hombros.
—No, no voy a volver.
—¿Y el teatro?
—Vendrá otro profesor, pedidle formar un grupo teatral
universitario, seguro que lo hace encantado.
—Profesora —se irguió—, profesora, por favor, por favor… Yo,
voy a echarla mucho de menos…
Comenzó a llorar sin esquivar mi mirada, la contuvo y
lloró con entereza. Me dobló por dentro. Me agarré del estómago, estas
situaciones no se me daban bien. Me acerqué a él y con un torpe “anda, ven aquí”
lo abracé con muchísima fuerza. Había pasado 4 meses espantosos en China, comenzando
por una cuarentena en un hotel donde los derechos humanos brillaron por su ausencia y
terminando con un ambiente de película de terror en el departamento de la
universidad. Sin embargo, aquel abrazo me devolvió el sosiego que creí haber
perdido un día y al que nunca me molesté en buscarlo de nuevo. Respiré hondo y lo
apreté con más fuerza porque me di cuenta de que era el primer abrazo que daba
en 4 meses.
—¿Usted también
llora? —me preguntó al separarnos. Asentí con la cabeza—. Dicen que los abrazos
convierten piedras en azaleas.
—¿Eso dicen? —sonreí.
—Sí, eso dicen.
Subí las escaleras de mi edificio con lentitud mientras me
sonaba los mocos. Al llegar al descansillo de mi piso me percaté de que la puerta de la casa de Verónica estaba entreabierta.
Asomé la cabeza. La vi sentada en el suelo del salón rodeada de cajas vacías a
medio montar, ropa esparcida a su alrededor al igual que un montón de papeles y
fotografías.
—Hola, ¿y todo esto? —pregunté ya con medio cuerpo dentro.
—Estoy decidiendo qué me llevo y qué tiro a la basura.
Odio las mudanzas, nunca sé qué hacer, no me sé organizar, ¡las odio, las odio!
Entré en el salón, me senté junto a ella y la abracé con
fuerza.
—Pero ¿qué haces?
—Convertirte en azalea.
Verónica soltó una carcajada y me pidió que la soltara. La solté y me quedé allí sentada viéndola organizar sus cosas y pensando en lo mucho que la iba a echar de menos sin atreverme a decirle nada.