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28 abr 2013

Amo, amas, amat...


Where is the love? de Javier Avi
—Te echo de menos, nena, cada día más. —Joan me acababa de llamar por teléfono. Había tenido que regresar a Barcelona, el negocio de los caracoles no marchaba bien—. Te quiero —Silencio—. Nunca me dices que me quieres, no sé, no me importa pero…

El que no haya tenido unos padres al uso, me hizo dosificar con cuentagotas el cariño hacia ellos. Esto te lleva a pensar, siendo una niña, en ¿a quién quiero yo? Todo el mundo parecía tenerlo claro. Todos en mi colegio querían a sus padres, los adoraban, pero a mí los míos no me terminaban de caer bien. Y esto me preocupaba. ¿A quién quiero yo?
En las películas la gente encontraba el amor cuando se hacía mayor. Así que sólo tenía que esperar a hacerme mayor para querer.
A los17 años lo tuve muy claro, amaba a mi mejor amigo. Él también lo tuvo claro, amaba a Lara. Aquello no pasaba en las películas, o no todo el rato, al final siempre se arreglaban.
Hice una lista de las personas a las que podía querer ilimitadamente sin provocarme dolor. Mi mejor amigo quedó descartado. A la cabeza escribí el nombre de mis abuelos, Vicente y Dolores. El de mi hermano, Gerardo. El de mis amigas, Blanquita, Marieta, Saioa, Carmen e Iratxe, bueno, el de Iratxe lo taché. La quería, claro, pero a ratos. A Iratxe hay que quererla a ratos para no odiarla.
Durante años mis abuelos fueron desbancados por Etienne, un francés del que me enamoré hasta volverme loca, completamente loca. Luego me dejó por otra mujer y volví a preguntarme una y otra vez: ¿y a quién quiero yo ahora? Pronto retomé el orden original de la lista y mis abuelos volvieron a estar a la cabeza. La abanderaban con orgullo. Sujetaban mi columna emocional. Traducían los sentimientos que muchas veces me brotaban como una masa amorfa y temida.
Pero un día mis abuelos murieron y sentí que amar sin límite era injustamente doloroso. Rompí la lista.

—Es porque no te quiero.

23 ago 2011

Un café, s'il vous plaît

Película: Un franco, 14 pesetas de Carlos Iglesias

Me levanto de la mesa con pereza, y voy a la barra a pagar. Hace demasiado calor. Mentalmente repaso el trayecto en metro de Saint Michel al cementerio de Père-Lachaise, eso por lo menos son tres trasbordos, qué pereza, qué calor. En mala hora le dije a Lys que la acompañaría. Si a mi Jim Morrison ni fu ni fa.

—Perdone, ¿cuánto es?

—¡Por supuesto, señora!, dos cafés, ¿verdad? —me afirma la joven camarera con una histriónica simpatía.

—No, no, solamente uno —digo devolviéndole algo de su sonrisa.

—¿Un café…? Sí, un momento —me responde, y la veo que se dirige a la caja registradora, y comenta algo al oído de su compañera. Las dos me miran, vuelven a chismorrear y, finalmente, la simpática sale de la barra y se acerca a mí.

—Disculpe, señora, pero me podría decir, por favor, dónde ha estado usted sentada.

—¿Cómo? —pregunto absolutamente sorprendida.

Ella se ríe y me repite lentamente la pregunta, pero no como si fuera extranjera, sino como si fuera imbécil. La miro seria y le señalo la mesa junto a la ventana. Las dos vemos el pequeño vaso vacío de mi cortado.

—Oh, usted estaba ahí, perfecto, no hay problema, pues entonces un café. —Y con esa amabilidad tan chirriante vuelve, como si tal cosa, detrás de la barra.

—Lo que usted acaba de hacer es realmente una grosería —digo.

Las dos camareras y el chico, sentado en la barra, me miran. Lo repito, pero más despacio, para que todos nos entendamos bien.

—Disculpe, señora, creo que usted está malinterpretando absolutamente lo que acabo de hacer. Debe pensar que son muchos los clientes que pasan cada día y nos es, absolutamente, imposible recordar cada una de las consumiciones.

—No lo dudo, pero en estos momentos somos cuatro: este señor —señalo al joven de la barra—, la pareja del fondo y yo. Además, desde el principio, le he dicho que he consumido un solo café, y con eso es suficiente para cobrarme un solo café.

Su compañera, le pide paso con el brazo, y se coloca delante de mí sin media sonrisa.

—Señora, si lo que quiere es ver donde no hay para no pagar ninguno de los cafés, está bien, no los pague. Ahora, si es tan amable, puede irse.

Siento cómo me arde la cara de rabia. Recuerdo a mi abuelo. Lo veo en su casa de Sestao, sentado en la butaca frente al televisor, contándome la vez que fue a Toulouse a visitar a su hermano Tobías, que estaba exiliado. Estando en la estación de tren, dos hombres le pidieron que, por favor, cuidara un momento sus maletas. Cuando volvieron, se lo agradecieron sacando de su cartera un franco cada uno. Mi abuelo los mandó a la mierda gritándoles en español, porque ni una palabra de francés sabía, que él tenía dinero de sobra. El pobre no tenía un duro, y yo tampoco. Un máster de mierda me había fundido todos mis ahorros, así que en París estaba sobreviviendo a huevos duros, yogures y cafés.

Y, ahora, esta mujer me acaba de tocar los cojones. Así que voy a hacer lo que, sin duda alguna, haría mi abuelo.

—No, señora, le voy a pagar, pero, además, le voy a pagar los dos. Los dos cafés que no me he tomado, ¿de acuerdo? —Saco mi monedero del bolso, cojo un billete de 10 euros y los coloco sobre la barra—. Que tengan una buena tarde.

Sin esperar reproches, salgo de la cafetería sin un duro en los bolsillos pero inflada de amor propio, como mi abuelo.

21 feb 2011

Último café

Dreams of Grandmother and Granddaughter por Karl Briullov

Me despertó el intenso olor a café. Tras salivar como perro de Pávlov, me incorporé en la cama y miré la hora en el móvil. Las 5.14 de la mañana. Esto es imposible, pensé. Volví a inhalar el aroma que se esparcía por toda la pequeña casa. Cerré los ojos para intensificar la sensación y me compadecí de todos aquellos a quienes no les gustaba el café. Pobres infelices. Me levanté. En la vitro de la cocina vi la cafetera pitando. La aparté con un trapo.
—¿Ya está, pichín?
Me di la vuelta y la vi, con un elegante abrigo de astracán, sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas. Estaba leyendo el Hola, y sin levantar la vista de las páginas cuché volvió a repetir la pregunta.
—Sí, ya está, abuela —contesté acercándome a ella para besarla.
—Cuidado, no me despeines que estoy de pelu.
—Te han dejado muy guapa. Oye, ¿qué haces aquí?
—Le he pedido las llaves a tu madre, quería verte la buhardilla que me ha dicho que la tienes puesta ideal. Y es que, pichín, seis meses en Madrid y no me has invitado ni una vez…
—¡Mujer, haberme llamado!
—¡Pero si no coges el teléfono!, ¡no he visto cosa igual! ¡Llama que te llama y nada! —gritó haciendo una mueca y bajó de nuevo la vista—. Oye, cómo me gusta la Middleton ésta, ¿eh? Se les ve enamorados, ¿verdad?
—Pfff… qué sé yo. —Y con pereza me levanté del sofá.
—Bueno, y tú ¿qué? —preguntó dejando la revista sobre la mesita.
La miré y sin contestar me acerqué a la cocina, después sujetando la cafetera pregunté:
—¿Lo quieres con leche entera o semidesnatada?
—Entera.
—No tengo.
—¡¿Pues para qué me preguntas, pichín?!
—Porque si me llegas a decir que semidesnatada hubiera quedado estupendamente.
Mi abuela se levantó riéndose. Se acercó y se apoyó en la encimera junto a mí.
—Vale, y ahora dime qué quieres: ¿galletitas de miel, pastel de tía Mildred o surtido Martínez? —pregunté esta vez.
—Hija, dime lo que realmente tienes y así terminamos antes —dijo aguantándose la risa.
—Vale, sólo tengo el surtido Martínez, y tampoco se le puede llamar surtido porque lo único que me queda son las palmeritas de hojaldre, las chiquitinas, ¿sabes?
Me dio un cachete en el culo y me llamó sinvergüenzona tres veces. Después, se quitó el abrigo y, colocándolo sobre uno de los antebrazos del sofá, se sentó de nuevo.
Llevé, sobre una bandeja, los cafés y la única palmerita, que me había dado cuenta que me quedaba, partida por la mitad.
—Menudo empacho, pichín. —Al oírla, solté una carcajada y apoyé la cabeza en su hombro buscando complicidad—. Si es que eres original hasta para invitar a café, qué criatura, madre de diós… Anda, y dime, que antes no me has contestado ¿tú qué?
—¿Yo qué de qué? —E incorporándome en el sofá cogí la taza de café.
—¿Qué sabemos de Pedro?
—Abuela, no empieces.
—Pero, pichín… pero si te quiere con locura ese chico, pero si te mira, te mira como, qué se yo, como así, mira, así, así te mira.
—Abuela, pareces un pez —dije riéndome.
—No vas a encontrar a otro como él, ¿eh?, eso te lo digo desde ya.
—Abuelaaaaaa… paraaaaa…
—Es que es guapo, guapo, guapo, atento, educado, pero una cosa… ¡vamos, educadísimo! Y cómo te mira… con esa cara, con esos ojos que…, así, así. —Y mi abuela volvió a poner cara de pez—. Mira, tienes esa cosa que los vuelves locos, los hipnotizas, pichín.
—Será por mi belleza…
—¡Ay, qué sinsorga eres!, ¡qué sinsorga, madre de diós! —A las dos nos entró la risa.
Las carcajadas se nos cortaron al oír el portero automático. Miré el reloj de la cocina, las 5. 47.
—Abre, abre, pichín, que será el abuelo.
—Pero… pero ¿qué bobadas estás diciendo? El abuelo hace año y medio que…
—Bueno, yo me voy. —Tomó su abrigo de astracán, se lo puso con algo de dificultad y fue directa a la puerta—. Me voy porque basta que me haya venido a buscar para que le haga esperar, ¡además con el frío que hace en Madrid!, pobre angelito...
Mi abuela abrió la puerta y salió. Corrí tras ella.
—¡Abuela!, ¿te vas a ir con él?
Ella, que ya estaba bajando los primeros escalones, se dio la vuelta y dijo:
—Pero, pichín, ya sabes cómo es tu abuelo, ¡demasiado que ha aguantado un año!, éste no sabe estar sin mí.
—Pero ¿así?, ¿te vas sin despedirte…? —Se me caían las lágrimas. Me acerqué hasta ella y la abracé—. Quédate, abuela, quédate…
—No llores, pichín, no llores así...
La abrazaba con la cara hundida en su hombro sintiendo un inmenso vacío en el pecho.
—Venga, pichín, que tu abuelo me está esperando… —me susurró separándose de mí.
Me senté en el primer escalón y, con el alma anudada al estómago, la vi bajar. Agur, abuela, le dije mandándole un beso, agur, pichín, agur…

Al entrar a las 9.10 de la noche en el tanatorio, abracé a mi madre con inmenso amor desconsolado.

A mi abuela

12 abr 2010

Qué bello es vivir

—Yo, la verdad, es que pensaba que todavía me quedaba un año de visado de trabajo, no comprendo qué ha pasado.
—¿Un año de visado?, pero ¿dónde se cree que está usted, señorita?
—¡Uy!, pues en el Consulado de Estados Unidos —contestó Elvira dándose la vuelta y mirando la larga cola que había tras de sí.
—Pero, vamos a ver, ¿usted me ve cara de americano?
Pues, hombre, lo cierto es que no tenía cara de nada. Era un extraño personajillo de nariz y orejas puntiagudas. El poco pelo que tenía en la cabeza lo escondía bajo un bombín tan sucio y desgastado como el resto de su traje sastre. Estaba sentado detrás de una inmensa mesa en medio del vacío.
—Antes de nada necesitamos que rellene la hoja de defunción —dijo sin atisbo de expresión.
—¿De defunción? Pero, pero… ¿quién se ha muerto? —preguntó Elvira deshilachándose los labios de lo nerviosa que estaba.
—¡Usted, señorita, usted! Y haga el favor de coger estos papeles —y le ofreció un taco de folios grisáceos— y pasar a la oficina 1.568-C, allí le darán la información para cumplimentar el papeleo, y recuérdeles que le estampen el sello que siempre se les olvida poner el puto sello, y mira que siempre lo digo en las reuniones, el sello, el sellito, que si no hay sello no tiene validez y vuelta a empezar, ¿me ha entendido, señorita?
Elvira asintió con la cabeza y tras coger los papeles salió lentamente de la cola. Miró a su alrededor y vio a un hombre a caballo, llevaba un uniforme como el de Patrick Swayze en “Norte y Sur”. Justamente delante de ella, una exuberante mujer se paseaba como si tal cosa con un diminuto bikini rojo. Un niño, al que llevaba su madre en brazos porque le faltaban las piernas, la saludó con una mueca. Elvira le sonrió y cuando lo perdió de vista se apretó los papeles contra el pecho y tomó aire, al hacerlo se dio cuenta de que no olía a nada, volvió a inspirar y sí, realmente no parecía oler a nada aquel lugar.
A lo lejos vio una gigantesca puerta amarilla, corrió hacia ella, igual era la salida. Corrió y corrió y corrió y corrió más aún, pero parecía no llegar nunca. Cuando, por fin, la tuvo delante de sus narices pudo leer el destartalado letrero que colgaba de un diminuto clavito en medio de la puerta: “Oficina 1.568-C”. Pues no es la salida, musitó defraudada en voz alta.
Elvira tocó a la puerta y esperó. Al no oír nada volvió a tocar. Silencio. Dudosa miró de nuevo el cartelito, sí, Oficina 1.568-C. Lo pensó por un rato y, al final, decidió entrar sin esperar el permiso.
—¿Hola…? —dijo una vez dentro, observando a una mujer de unos sesenta años con un vestido como el de Scarlett O’Hara, hecho con las cortinas de terciopelo verdes, pero éste era granate. La mujer bailaba al ritmo de unas campanillas que sostenía con tres dedos de cada mano.
—¡Oh, tesoro!, lo siento, lo siento, pasa, pasa, por favor, pasa, tesoro —dijo fingiendo, con inmensa teatralidad, vergüenza por haber sido descubierta bailando—. Siéntate, siéntate ahí —y señaló una vieja butaca de cuero marrón llena de petaches. Elvira se sentó un tanto cohibida—. ¿Un café, un té, agua con gas, sin gas…?
—Nada, señora, gracias, yo venía porque necesito información sobre…
—Yo me prepararé un mate, si no te importa —interrumpió la mujer. Se lo preparó y tras el primer sorbito hizo unas gárgaras, tragó y empezó a afinarse la voz—: Do, do, do, re, mi, la, sol, sol, do, do, la, mi, fa, fa —repitió un último fa, carraspeó y dejó la taza de mate sobre la mesa al mismo tiempo que tomaba asiento frente a Elvira, que la miraba atónita—. ¿Te gusta la música, encanto?
Elvira movió la cabeza afirmativamente, no le salían las palabras.
—Yo era mezzosoprano, Ludmila Yivkova. Oh, tesoro, créeme, tenía Moscú a mis pies, re, re, mi, sol, la, fa, do, do —canturreaba de nuevo poniendo los ojos en blanco—. Pero me enamoré de un uruguayo y, ¿qué crees que pasó?, ¿eh? —Elvira levantó los hombros—. Que me fugué con él a Montevideo, a hincharme a mate y a chocolate, hasta que un día me atraganté. Era del negro, chocolate negro, del puro, dos onzas de un bocado, no me pasó, se me quedó aquí, aquí. Mira, tesoro, parece como si lo sintiera hoy mismo, aquí, aquí —explicaba agarrándose la garganta con ambas manos—, me asfixié. Una mezzosoprano asfixiada, paradojas de la vida, encanto, bueno, y ¿tú?, ¿es la primera vez que vienes aquí?
—¿Yo?, ¡claro!, es la primera vez que me muero.
—¡Uy, no! ¡Ja, ja, ja, ja! —La potencia de su carcajada casi hace reventar dos copas de cristal que tenía sobre la repisa de la ventana—. ¡Qué ocurrencia, tesoro! Me refiero si ya has estado antes en la oficina y vuelves para que te ponga el sello, porque siempre se me olvida, ¡ja, ja, ja, ja, je, je, je, je, ju, ju, ju!
Disimuladamente Elvira se tapó los oídos, haciendo creer que se retiraba el pelo detrás de las orejas.
—No, es la primera vez, necesito…
—Sí, sí, veamos, ¿nombre?
—Elvira Rebollo.
—¡Oh, me matas! ¡Ay, no!, qué tonta, que ya lo estoy ¡ji, ji, ji, ji, ju, ju, ju, ju! —reía tapándose la boca con una mano como si le avergonzara mostrar sus dientes—. Elvira, oh, qué delicia de nombre, fascinante, totalmente fascinante, Elvira, Elviiiiiiiiira, tienes nombre de artista, ¿eras bailarina?
—No, soy, era... soy, bueno, profesora.
—Oh, qué interesante, qué interesaaaante, tesoro, ¡profesora de arte! —gritó alzando los brazos al aire.
—No, de español.
Al oírlo, Ludmila bajó los brazos torciendo el labio con cara de asco.
—No importa, encanto, te entiendo, has muerto demasiado joven como para saber a qué era a lo que realmente te querías dedicar, no es culpa tuya, no te sientas mal por eso, tesoro. —Con ambas manos se retiró el flaquillo de la frente enérgicamente y bebió un poco de mate—. Do, do, mi, mi, re, la, la, fa, fa, sol. Bien, veamos, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo, Elvira Rebollo —repetía cada vez que se chupaba el dedo pulgar y pasaba las hojas de una enorme montaña polvorosa de papeles—. ¡Aquí estás! Bien, domingo 11 de abril, leamos, 10:17 te levantas de la cama, 10:19 meas, 10:21 te lavas las manos…
—Disculpe, pero ¿podríamos ir un poco más rápidas?
—Tesoro, ¿tienes prisa? Aloha, bienvenida a la eternidad.
Elvira decidió caer en el conformismo y apoyó los codos en la mesa mientras escuchaba, con la cabeza baja, lo que había hecho esa mañana minuto a minuto.
—… 11:46 coges una silla, 11:47 la colocas frente a la encimera de la cocina, 11:48 te subes a ella, 11:49 abres el armario alto, sobre la campana extractor, 11:50 alcanzas los crispis, 11:51 te pones de puntillas, 11:52 intentas alcanzar algo del fondo del armario, no se especifica el qué, tesoro —anotó mirando a Elvira—, 11:53 pierdes el equilibrio, 11:54 caes al suelo golpeándote la cabeza primero con la fregadera y luego con el suelo. Muerte instantánea. Fin.
—¿Fin? ¿Me he muerto por querer desayunar crispis?
—No, te has muerto porque, según este informe, llegas escasamente al metro y medio y has necesitado de una silla, de la que luego te has caído y te has abierto la cabeza, para desayunar crispis.
Elvira se echó hacia atrás y se hundió en la vieja butaca, parecía que ésta se la estuviera engullendo.
—Bueno, tesoro, pues esto ya está, échame una firmita aquí, donde pone: firma de la nueva alma.
Elvira se reclinó de nuevo sobre la mesa y firmó.
—Pues ya está, oficialmente ya eres una muerta de verdad.
—Gracias —contestó Elvira encogida de hombros—, póngame el sello, por favor —dijo devolviéndole los papeles.
—¡Uy! ¡Jo, jo, jo, ja, ja, ja, ja! ¡El sello, el sello, Ludmila! Re, re, mi, fa, mi, fa, sooooooool —PUM y el sello estampó—. Ahora debes ir al centro médico, a que te hagan una autopsia del alma, a ver adónde te envían porque aquí pone que eres católica, así que… ¿cielo o infierno?
—¿Qué? ¡No soy católica! ¡Es cosa de mis padres!
—Sí lo eres, encanto, lo dice bien clarito: católica, bautizada y primera comunión. El día que se mueran tus padres lo discutes con ellos, nosotros no podemos hacer nada. Respetamos todas las creencias y el catolicismo instauró el juicio final. Así que, vete a que un médico te examine el alma y, con los resultados, te vas a las cortes celestiales para que el Tribunal Eterno tome una decisión. ¡Adiooooos!
Elvira se metió los papeles debajo del brazo y salió de la oficina 1.568-C como una furia. ¿Católica? ¿Ella católica? Todavía recordaba el día en que planeó con Jaime hacerse apóstatas, los dos estaban decididos, querían borrar sus nombres de los archivos del Vaticano, pero al final ella se fue a China y Jaime a Nicaragua y por una cosa o por otra se les fue pasando el tiempo y con él la rebeldía.
Mientras farfullaba ciega por las calles de la eternidad, un hombre le agarró del brazo.
—Txiki…
—Abuelo. —A Elvira se le cayeron los papeles al suelo porque se llevó los brazos al pecho, estaba paralizada.
—Pero, txiki…
—Oh, abuelo —Elvira saltó sobre él abrazándolo con ansias. Estaba exactamente igual a antes de la caída, estirado y fuerte.
—Pero ¿qué cojones haces aquí, hija mía?
—Ay, abuelo, que la silla, que se ve, bueno, antes he meado y me he lavado las manos, ¿no?, entonces he ido a por los crispis, en la silla, y mira, oye, por un día que no tomo café, me caigo y me abro la cabeza.
—¡La madre que los parió a todos! —Vicente cogió con fuerza a su nieta por el brazo y se la llevó en volandas—. ¡Me cago en los ángeles y en todo su séquito! ¡Los muy marranos! —gritaba sin cesar.
Frente a una verja negra se pararon. Vicente soltó a Elvira del brazo y se encaramó a la verja.
—¡Quiero hablar con San Pedro!
—Abuelo, déjalo, si no importa, si ya he firmado los papeles. Además, así podremos estar juntos, que te veo muy solo aquí y me da qué sé yo...
Vicente se dio la vuelta. La miró con mucho cariño y con ternura le agarró por la barbilla, con sus cinco dedos, dejando sin un lugar preciso a ese dedo meñique tan retorcido.
—Txiki, yo te lo agradezco pero te aseguro que tu madre te necesita mucho más que yo, y hago esto por ella, porque no hay nada más triste que estar muerto en vida —y dándose la vuelta volvió a gritar—: ¡San Pedro!
Al de un ratito, un hombre arrugado salió con una piedra debajo el brazo.
—A ver, Don Vicente, dígame, ¿qué pasa ahora?
Vicente no dijo nada, se dio la vuelta y con las dos manos señaló a su nieta, quien, poniendo morros de tortuga, levantó la mano y saludó a San Pedro.
Los dos hombres se alejaron de la chica para discutir la situación, uno a cada lado de la verja. Elvira veía como San Pedro ladeaba la cabeza de lado a lado, mientras su abuelo contabilizaba no sé qué cosas con los dedos de la mano, parecía furioso. Al de un momento, San Pedro dejó la piedra en el suelo y se rascó la frente con una mano, mientras que la otra la apoyó en la cintura, parecía reflexionar, la cosa no estaría yendo tan mal, pensó Elvira. Finalmente los dos hombres se estrecharon la mano a través de la verja.
—Hala, txiki, corre, corre, que te abren las puertas, que te vuelves —dijo Vicente emocionado a su nieta.
San Pedro se apresuró a quitar el pesado candado de la puerta principal, después mirando a ambos lados, cerciorándose de que nadie lo viera, la abrió lo justo para que la joven pudiera pasar.
—Oye, hija mía, dile a tu madre que deje de poner velas a Loyola y que mande alguna botellita de Txakoli para San Pedro, que se las he prometido, ¿eh? —le dijo al oído para que el guardián de la puerta no pudiera oírlo.
Elvira asintió sin dejar de llorar. Después se escurrió por la puerta y le mandó un beso con la mano desde el otro lado.
—Agur, txiki, agur, hija mía, agur.

Me duele la mano y la cabeza, me duele mucho la cabeza, mi cara, hace frío, sabe a hierro, mi… mi boca entera sabe a hierro, me duele.
Me intento levantar del suelo, veo la silla tirada sobre una de mis piernas, y los crispis esparcidos por todos lados. Me duele tanto la cabeza que me la toco, no sangro, no sangro de la cabeza, pero los azulejos amarillos de la cocina están teñidos de rojo. Me toco la boca, me duele, me duele. Paso con cuidado la lengua por mis dientes, los tengo todos. Respiro aliviada. Torpemente consigo ponerme de pie y voy hasta el baño. Me miro y me asusto, me he reventado el labio y la ceja. Me duele la mano, la miro, me la acerco, y lo veo. Tengo el dedo meñique completamente retorcido, me lo he roto.
—Mira, abuelo —le digo al espejo—, como tú.

26 oct 2009

Con corazón de papel de aluminio

Querida, Elvira:
Este email trae consigo una triste noticia. Hoy de madrugada, mientras dormía, el abuelo…
No pude seguir leyendo, porque solamente aquella línea me heló la sangre. Estaba acostumbrada a la frialdad de mi padre pero comunicarme aquello por email, sobrepasaba la línea de lo anímicamente saludable.
Me llené de una densa tristeza que trepaba lenta y torpe, congelándome las entrañas. Con dolor me levanté del escritorio de mi salón. Entré en el baño y me agarré al lavabo con una mano mientras, que con la otra, apretaba mi estómago. Necesité tres bocanadas de aire antes de poder escupir el primer sollozo.



―Abuelo, he venido a despedirme ―dije sentada, en una sillita, junto a su cama―, mañana me voy.
Intentó decirme algo, así que me acerqué mucho a él. Estaba muy delgadito, ya casi no podía hablar.
―¿A China? ―repetí su pregunta en alto para que me corrigiera si es que no le había entendido bien. Él asintió. Yo me reí―. No abuelo, no, ya no vivo en China, ahora vivo en los Estados Unidos, ¡con Obama! ―y solté una carcajada que él intentó imitar con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
Me volví a acercar a él y le acaricié la cara. Tenía un ojo cerrado y el otro apenas podía abrirlo, sólo un poquito, lo justo para reconocer las caras. Sacando la mano de entre las sábanas me agarró un mechón de pelo, casi no tenía fuerza, así que lo soltó. No me moví, por eso lo intentó de nuevo. Yo le ayudé, se lo coloqué entre los dedos, él lo tocó. Qué guapa, txiki, me dijo con ese hilillo de voz que tenía. Se me cayeron las lágrimas. Le quité el pelo de entre los dedos y le sostuve la mano frente a mí. Le fui estirando dedo por dedo mientras se los contaba, hasta llegar al meñique que lo tenía totalmente retorcido.
―Abuelo, ¿qué hacemos con éste?, ¿eh? ―le pregunté, con una amarga sonrisa, señalándole su propio dedo.

―¡Me cagüen los cojones!
―Pero, ¿qué pasa, Vicente, chico? ―preguntó mi abuela entrando en la salita con un trapo de cocina en la mano.
―¡Esto pasa! ―dijo mi abuelo mostrándole el periódico―, que la niña ha pintarrajeado todo el crucigrama.
Yo tenía siete años y, al oír a mi abuelo gritar, me arrinconé contra la pared, lo más lejos posible de él, pellizcándome la mano. Siempre pensé que al hacerme daño, la culpa se marcharía antes y, al marcharse la culpa, los mayores dejarían de estar enfadados conmigo.
―¡Ay, esta niña es un caso! ―dijo mi abuela sin poder parar de reír―. ¡Elvirita es todo creatividad!, ¿a que sí, hija mía?, ¿eh?, ¿a que sí? ―me preguntaba, mientras se iba acercando a mí para darme un enorme achuchón―. ¡Me la como, me la como, me la como!
Antes de volver a la cocina, mi abuela miró amenazante a su marido y le dijo seria:
―Vicente, que no te vuelva a oír gritar a la niña, ¿eh?
―¡Bah! ―dijo mi abuelo sacudiendo la mano al aire y después me miró. Yo seguía con el culo pegado a la pared, mordiéndome los labios esta vez―. Anda, ven aquí, txiki, ven, siéntate conmigo ―dijo señalándome un trocito de butaca libre que tenía a su lado.
Me acerqué obediente y me senté. Mi abuelo cogió de la mesa dos bolígrafos, uno rojo y otro negro. Me dio el negro que era con el que había garabateado antes y él se quedó con el rojo.
―Bueno, vamos a hacer el crucigrama entre los dos, ¿sí?
―Sí… ―le contesté mirándolo desde abajo, porque mi abuelo era un hombre muy grande y más a ojos de una niña de siete años.
―Bien, yo voy a escribir dentro de estos cuadros, ¿ves? ―asentí un millón de veces moviendo enérgicamente la cabeza―. Bueno, ¡ya, ya, ya!, a ver si te vas a romper el cuello ―dijo riéndose―. Y tú puedes escribir fuera de los cuadrados, por ejemplo, aquí ―y me señaló la parte alta de la página―, o aquí ―junto a la información meteorológica―. Pero nunca dentro de los cuadros, ¿me has entendido? ―dijo con pose seria apuntándome, desde lo alto, con su boli rojo.
―¡Sí, sí, sí! ―respondí contentísima porque sabía que ya me había perdonado y ahora íbamos a hacer juntos el crucigrama.
No me había dado cuento de ello hasta que mi abuelo colocó su mano sobre el periódico para empezar.
―¡Uy, abuelo!, ¿por qué tienes esto así? ―pregunté poniéndome de pie para poder cogerle mejor del dedo pequeño de la mano.
Mi abuelo alargó el brazo hacia el frente estirando todos sus dedos excepto el meñique, que seguía encogido, parecía estar hecho un nudo.
―Bueno, pues para lavarme la nariz ―respondió.
―¿La nariz…? ―pregunté asombrada.
―¡Claro! ―dijo dejando el periódico sobre la mesa―. A ver, ¿tú cómo te limpias la nariz?
―No sé… ―contesté muy bajito y encogiéndome de hombros.
―Te echas el jabón y el agua aquí, ¿no? ―explicaba mi abuelo, juntando las manos como si de un cuenquito se tratara―, y después te frotas la cara así, así, así, así ―y empezó a pasarse las manos sobre su rostro pero, al tener el dedo roto, de todas, todas se lo metía en la nariz―. ¡Ves! ―exclamó, haciendo una pausa con el dedo dentro de la nariz―, así es como se limpia, por eso está torcido el dedo, ¿lo ves?
Lo miraba tronchada de la risa desde el suelo, otra vez, otra vez, le suplicaba. Y mi abuelo volvía a fingir que se lavaba la cara con el dedo metido dentro de la nariz. Y yo venga a reírme y venga a reírme, no podía parar, me dolía la tripa y todo.
―Va a tener razón tu abuela en que eres todo un caso, txiki, ¡mira cómo te ríes! ―dijo mi abuelo contagiado por mi loca risa.
―¡Otra vez, otra vez!
Y mi pobre abuelo lo repitió tantas veces como se lo pedí.

Le di un besito en aquel retorcido dedo y le volví a meter la mano dentro de las sábanas.
Marta y Feli, las chicas que lo cuidaban, entraron en la habitación.
―Cielo, déjanos un momentín que lo tenemos que cambiar.
―Sí ―dije secándome las lágrimas y sin poder mirarlas a la cara―, si yo ya me voy, tengo todavía que hacer la maleta.
―¿Cuándo te vas, cariño? ―preguntó Feli.
―Mañana… ―dije con inmensa tristeza.
―Tranquila, cielo ―dijo Marta―, despídete tranquila, que nosotras volvemos en un ratín.
Al oírlas irse, me senté junto a él sobre la cama para tenerlo más cerca y lo abracé con cuidado de no hacerle daño.
―Agur, abuelo… ―le susurré al oído. Agur, txiki... me dijo con su media vocecita.
Salí de aquella habitación envolviéndome el corazón en papel de aluminio para poder conservarlo entero, porque me marchaba sabiendo que no volvería a ver a mi abuelo nunca más.
A mi abuelo