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28 abr 2013

Amo, amas, amat...


Where is the love? de Javier Avi
—Te echo de menos, nena, cada día más. —Joan me acababa de llamar por teléfono. Había tenido que regresar a Barcelona, el negocio de los caracoles no marchaba bien—. Te quiero —Silencio—. Nunca me dices que me quieres, no sé, no me importa pero…

El que no haya tenido unos padres al uso, me hizo dosificar con cuentagotas el cariño hacia ellos. Esto te lleva a pensar, siendo una niña, en ¿a quién quiero yo? Todo el mundo parecía tenerlo claro. Todos en mi colegio querían a sus padres, los adoraban, pero a mí los míos no me terminaban de caer bien. Y esto me preocupaba. ¿A quién quiero yo?
En las películas la gente encontraba el amor cuando se hacía mayor. Así que sólo tenía que esperar a hacerme mayor para querer.
A los17 años lo tuve muy claro, amaba a mi mejor amigo. Él también lo tuvo claro, amaba a Lara. Aquello no pasaba en las películas, o no todo el rato, al final siempre se arreglaban.
Hice una lista de las personas a las que podía querer ilimitadamente sin provocarme dolor. Mi mejor amigo quedó descartado. A la cabeza escribí el nombre de mis abuelos, Vicente y Dolores. El de mi hermano, Gerardo. El de mis amigas, Blanquita, Marieta, Saioa, Carmen e Iratxe, bueno, el de Iratxe lo taché. La quería, claro, pero a ratos. A Iratxe hay que quererla a ratos para no odiarla.
Durante años mis abuelos fueron desbancados por Etienne, un francés del que me enamoré hasta volverme loca, completamente loca. Luego me dejó por otra mujer y volví a preguntarme una y otra vez: ¿y a quién quiero yo ahora? Pronto retomé el orden original de la lista y mis abuelos volvieron a estar a la cabeza. La abanderaban con orgullo. Sujetaban mi columna emocional. Traducían los sentimientos que muchas veces me brotaban como una masa amorfa y temida.
Pero un día mis abuelos murieron y sentí que amar sin límite era injustamente doloroso. Rompí la lista.

—Es porque no te quiero.

21 feb 2011

Último café

Dreams of Grandmother and Granddaughter por Karl Briullov

Me despertó el intenso olor a café. Tras salivar como perro de Pávlov, me incorporé en la cama y miré la hora en el móvil. Las 5.14 de la mañana. Esto es imposible, pensé. Volví a inhalar el aroma que se esparcía por toda la pequeña casa. Cerré los ojos para intensificar la sensación y me compadecí de todos aquellos a quienes no les gustaba el café. Pobres infelices. Me levanté. En la vitro de la cocina vi la cafetera pitando. La aparté con un trapo.
—¿Ya está, pichín?
Me di la vuelta y la vi, con un elegante abrigo de astracán, sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas. Estaba leyendo el Hola, y sin levantar la vista de las páginas cuché volvió a repetir la pregunta.
—Sí, ya está, abuela —contesté acercándome a ella para besarla.
—Cuidado, no me despeines que estoy de pelu.
—Te han dejado muy guapa. Oye, ¿qué haces aquí?
—Le he pedido las llaves a tu madre, quería verte la buhardilla que me ha dicho que la tienes puesta ideal. Y es que, pichín, seis meses en Madrid y no me has invitado ni una vez…
—¡Mujer, haberme llamado!
—¡Pero si no coges el teléfono!, ¡no he visto cosa igual! ¡Llama que te llama y nada! —gritó haciendo una mueca y bajó de nuevo la vista—. Oye, cómo me gusta la Middleton ésta, ¿eh? Se les ve enamorados, ¿verdad?
—Pfff… qué sé yo. —Y con pereza me levanté del sofá.
—Bueno, y tú ¿qué? —preguntó dejando la revista sobre la mesita.
La miré y sin contestar me acerqué a la cocina, después sujetando la cafetera pregunté:
—¿Lo quieres con leche entera o semidesnatada?
—Entera.
—No tengo.
—¡¿Pues para qué me preguntas, pichín?!
—Porque si me llegas a decir que semidesnatada hubiera quedado estupendamente.
Mi abuela se levantó riéndose. Se acercó y se apoyó en la encimera junto a mí.
—Vale, y ahora dime qué quieres: ¿galletitas de miel, pastel de tía Mildred o surtido Martínez? —pregunté esta vez.
—Hija, dime lo que realmente tienes y así terminamos antes —dijo aguantándose la risa.
—Vale, sólo tengo el surtido Martínez, y tampoco se le puede llamar surtido porque lo único que me queda son las palmeritas de hojaldre, las chiquitinas, ¿sabes?
Me dio un cachete en el culo y me llamó sinvergüenzona tres veces. Después, se quitó el abrigo y, colocándolo sobre uno de los antebrazos del sofá, se sentó de nuevo.
Llevé, sobre una bandeja, los cafés y la única palmerita, que me había dado cuenta que me quedaba, partida por la mitad.
—Menudo empacho, pichín. —Al oírla, solté una carcajada y apoyé la cabeza en su hombro buscando complicidad—. Si es que eres original hasta para invitar a café, qué criatura, madre de diós… Anda, y dime, que antes no me has contestado ¿tú qué?
—¿Yo qué de qué? —E incorporándome en el sofá cogí la taza de café.
—¿Qué sabemos de Pedro?
—Abuela, no empieces.
—Pero, pichín… pero si te quiere con locura ese chico, pero si te mira, te mira como, qué se yo, como así, mira, así, así te mira.
—Abuela, pareces un pez —dije riéndome.
—No vas a encontrar a otro como él, ¿eh?, eso te lo digo desde ya.
—Abuelaaaaaa… paraaaaa…
—Es que es guapo, guapo, guapo, atento, educado, pero una cosa… ¡vamos, educadísimo! Y cómo te mira… con esa cara, con esos ojos que…, así, así. —Y mi abuela volvió a poner cara de pez—. Mira, tienes esa cosa que los vuelves locos, los hipnotizas, pichín.
—Será por mi belleza…
—¡Ay, qué sinsorga eres!, ¡qué sinsorga, madre de diós! —A las dos nos entró la risa.
Las carcajadas se nos cortaron al oír el portero automático. Miré el reloj de la cocina, las 5. 47.
—Abre, abre, pichín, que será el abuelo.
—Pero… pero ¿qué bobadas estás diciendo? El abuelo hace año y medio que…
—Bueno, yo me voy. —Tomó su abrigo de astracán, se lo puso con algo de dificultad y fue directa a la puerta—. Me voy porque basta que me haya venido a buscar para que le haga esperar, ¡además con el frío que hace en Madrid!, pobre angelito...
Mi abuela abrió la puerta y salió. Corrí tras ella.
—¡Abuela!, ¿te vas a ir con él?
Ella, que ya estaba bajando los primeros escalones, se dio la vuelta y dijo:
—Pero, pichín, ya sabes cómo es tu abuelo, ¡demasiado que ha aguantado un año!, éste no sabe estar sin mí.
—Pero ¿así?, ¿te vas sin despedirte…? —Se me caían las lágrimas. Me acerqué hasta ella y la abracé—. Quédate, abuela, quédate…
—No llores, pichín, no llores así...
La abrazaba con la cara hundida en su hombro sintiendo un inmenso vacío en el pecho.
—Venga, pichín, que tu abuelo me está esperando… —me susurró separándose de mí.
Me senté en el primer escalón y, con el alma anudada al estómago, la vi bajar. Agur, abuela, le dije mandándole un beso, agur, pichín, agur…

Al entrar a las 9.10 de la noche en el tanatorio, abracé a mi madre con inmenso amor desconsolado.

A mi abuela

13 ene 2011

Monopoly familiar

―Avenida de Felipe II, ¿la compras?
―¿Avenida de Felipe?, ¿cuánto cuesta? ―pregunté ladeando la cabeza para ver mejor el tablero.
―Dieciocho mil pesetas ―contestó mi hermano buscando la cartulina con todos los datos de la calle. A Gerardo le encantaba ser la banca desde que éramos niños.
―¿Eso cuántos euros son?
―Qué más dará, mamá, por favor ―dije suspirando.
―¡Uy, qué carácter, hija! ¡Pues da mucho! ―gritó cerrando los ojos, siempre lo hacía cuando se enfadaba, después los abrió y con una voz un tanto infantil continuó diciendo―: Porque a los euros como siempre les hemos quitado ceros pues, oye, que luego piensas que no te cuesta nada y, ¡madre mía, pásalo a pesetas que es otra cosa!
Mi padre empezó con un aburrido discurso económico que preferí obviar. Era un pesado. De medio lado y en bajito, para no menospreciar la oratoria de mi padre, pregunté a mi hermano si alguien había comprado el resto de las calles naranjas.
―La abuela tiene la calle Serrano ―contestó susurrando del mismo modo que lo había hecho yo. Pasábamos de los treinta pero a los dos nos seguía imponiendo el mismo respeto aquel hombre.
No eran muchas las veces que nos juntábamos todos en Bilbao pero la Noche Buena, desgraciadamente, era fecha obligada de encuentro y el Monopoly la tradición personificada en dinero y dados.
Cuando por fin se calló e hizo ese gestito tan soberbio con la mano dando a entender que podíamos seguir jugando, pregunté a mi abuela por la calle.
―Serrano, Serrano, Serrano… ―decía ella buscándola con el dedo índice entre los billetes.
―No, abuela ―dije mostrándole la pequeña cartulina blanca con la banda naranja en lo alto―, es como ésta, eso es el dinero, esto son las fichas de las calles que poseemos ―y volví a zarandear en el aire la de Avenida de Felipe II.
―Ah, pichín, que yo creía que andaba por aquí… ―se encogió sobre la mesa y estirando de nuevo su dedo índice, a modo de aspersor, rebuscó entre las tarjetas que había alineado perfectamente bajo el borde del tablero―. Aquí está, toma pichín, para ti.
―Joder, ya estamos, ¡no!
Se me había olvidado mencionar que mi hermano además de haber sido siempre el banquero se había convertido en el lector oficial de instrucciones, bien sea de juegos como de electrodomésticos. Gerardo, ¿esto cómo va?, le preguntaba en las navidades de 1994 intentando conectar los altavoces a mi nuevo discman. ¡Hijo!, le decía mi madre, mírame si aquí pone que se le pueda echar jabón líquido al lavaplatos. Dice que no. Gracias, cariño. Ningún miembro de la familia había osado a quitarle ese cargo, supongo que más por pereza que por lealtad.
―No, abuela, ¡no!, no empecéis, que al final siempre hacéis las dos lo que os da la gana. ―Y tomando el dorso de la caja del juego, leía en voz alta las reglas para vender o hipotecar las propiedades―. ¿Lo has entendido, abuela?
―Pues no mucho, hijo.
―Déjalo, abuela, que se ha picado ―aconsejé con cierto rintintín.
―¡Qué pedorra, tía! ¡No me he picado pero así no se puede jugar!
―En Serrano se compró José Ángel el piso, ¿no? ―Mi madre en sus mundos.
―No, en Hermosilla. ―Y mi padre la acompañaba.
―¡Pero si es un juego, imbécil! ―recriminé.
―No, en Hermosilla te digo yo que no, porque fíjate, es más, te digo que se lo compró junto al Corte Inglés. ―Mother’s world.
―¿Y qué?, ¡hay reglas, subnormal!, léete las instrucciones, joder, no es mi problema que las tías nunca leáis las instrucciones, ¡se juega así y punto!
―Mmm… no, estás muy equivocada, te confundes con la Casa del Libro, se lo compró junto a la librería ésta de Hermosilla. ―Father’s world.
―Oye, pichines, si os ponéis así, rompo la cartulina de Serrano, la calle no es para nadie y ya. Pedios perdón y daos un beso. ―Grandmother’s wonderland.
―Bueno ―dijo una vocecita al lado derecho de Gerardo―, bueno ―repitió carraspeando―, creo que me toca a mí, ¿no?, es mi turno. ―Anke, la novia de mi hermano tomó ambos dados y los lanzó. Dos seises. Anke era polaca. Anke era preciosa. Anke era todo dulzura. Anke era la reina de las dobles tiradas y aquello le hervía la sangre a Gerardo.
―Vale, vuelves a tirar, pero si te salen otras dos veces dobles vas a la cárcel.
Resoplé tras las directrices de mi hermano, me irritaba tanta exactitud.
―Bien, pero me ha tocado Caja de comunidad ―dijo ella, sin querer saltarse ningún paso. Y es que eran tal para cual, se conocieron siete años atrás en Alemania, estudiando un posgrado de Física Termodinámica en la Universidad de Magdeburgo, con eso creo decirlo todo.
Mi hermano tomó una de las tarjetas del centro del tablero y leyó:
―Por reparaciones en su propiedad pague diez mil pesetas por cada casa, cuéntese como cuatro cada hotel.
―Todavía no tengo nada ―respondió ella aliviada.
―Ricardo… ―comenzó mi madre diciendo muy pensativa―, ¿por qué no compramos una casa en Madrid?, ahora que está la niña allí podríamos invertir ―Mother’s fantasy.
―Tira otra vez ―dijo Gerardo.
―Dos treses ―dijo Anke.
―A la próxima vas a la cárcel ―amenazó Gerardo.
―¡Que siiiiiiiiiiiiiiiiiií, pesa’o! ―grité yo, que no era más que una simple profesora de español.
―Ay, pichines, yo creo que el bogavante me está haciendo gru, gru, gru, gru, lo noto yo, lo noto, ¿a ver si son cacas?
―Tira otra vez.
―Cacas van a ser, ¿eh, abuela?, venga, que te acompaño al baño ―dije levantándome.
―Dos cuatros.
―Bueno, se podría mirar, sí. Esta semana llamo a José Ángel y a ver qué zona me recomienda ―Father’s paranoid schizophrenic.
―¡A la cárcel!

9 dic 2010

Castañas asadas


The chestnut seller por Jean Francois Raffaelli

Lucas sólo quería unas castañas.
Su abuela lo recogió a la salida del colegio. Lo hacía todos los martes y jueves porque era cuando tenía entrenamiento. A sus ocho años era todo un pichichi.
Con el balón bajo el brazo cruzaba la carretera. No lo botes en la calle, ¿eh?, le advertía su abuela mientras lo sujetaba por la manga de la chamarra. Frente al puesto de castañas Lucas sonrió. Botó el balón. No lo botes, dijo su abuela. Cuánto es, preguntó cogiendo el paquete y dándoselo a su nieto. Lucas, que sólo quería unas castañas, cogió el paquete con ambas manos soltando el balón que botó sin rumbo hasta los pies del hombre que, en ese momento, estaba cobrando a su abuela. No vio el balón. Del tropezón su cuerpo cayó torpe sobre el brasero. Sus ropas prendieron y las llamas lo abrazaron al instante. Alguien lanzó el cubo de agua que convirtió el rojo en negro, en densa humareda con olor a carne quemada. Alguien se llevó en volandas a Lucas que, con miraba vacía, seguía sujetando con fuerza su bolsita de castañas.

6 sept 2010

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.

26 oct 2009

Con corazón de papel de aluminio

Querida, Elvira:
Este email trae consigo una triste noticia. Hoy de madrugada, mientras dormía, el abuelo…
No pude seguir leyendo, porque solamente aquella línea me heló la sangre. Estaba acostumbrada a la frialdad de mi padre pero comunicarme aquello por email, sobrepasaba la línea de lo anímicamente saludable.
Me llené de una densa tristeza que trepaba lenta y torpe, congelándome las entrañas. Con dolor me levanté del escritorio de mi salón. Entré en el baño y me agarré al lavabo con una mano mientras, que con la otra, apretaba mi estómago. Necesité tres bocanadas de aire antes de poder escupir el primer sollozo.



―Abuelo, he venido a despedirme ―dije sentada, en una sillita, junto a su cama―, mañana me voy.
Intentó decirme algo, así que me acerqué mucho a él. Estaba muy delgadito, ya casi no podía hablar.
―¿A China? ―repetí su pregunta en alto para que me corrigiera si es que no le había entendido bien. Él asintió. Yo me reí―. No abuelo, no, ya no vivo en China, ahora vivo en los Estados Unidos, ¡con Obama! ―y solté una carcajada que él intentó imitar con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
Me volví a acercar a él y le acaricié la cara. Tenía un ojo cerrado y el otro apenas podía abrirlo, sólo un poquito, lo justo para reconocer las caras. Sacando la mano de entre las sábanas me agarró un mechón de pelo, casi no tenía fuerza, así que lo soltó. No me moví, por eso lo intentó de nuevo. Yo le ayudé, se lo coloqué entre los dedos, él lo tocó. Qué guapa, txiki, me dijo con ese hilillo de voz que tenía. Se me cayeron las lágrimas. Le quité el pelo de entre los dedos y le sostuve la mano frente a mí. Le fui estirando dedo por dedo mientras se los contaba, hasta llegar al meñique que lo tenía totalmente retorcido.
―Abuelo, ¿qué hacemos con éste?, ¿eh? ―le pregunté, con una amarga sonrisa, señalándole su propio dedo.

―¡Me cagüen los cojones!
―Pero, ¿qué pasa, Vicente, chico? ―preguntó mi abuela entrando en la salita con un trapo de cocina en la mano.
―¡Esto pasa! ―dijo mi abuelo mostrándole el periódico―, que la niña ha pintarrajeado todo el crucigrama.
Yo tenía siete años y, al oír a mi abuelo gritar, me arrinconé contra la pared, lo más lejos posible de él, pellizcándome la mano. Siempre pensé que al hacerme daño, la culpa se marcharía antes y, al marcharse la culpa, los mayores dejarían de estar enfadados conmigo.
―¡Ay, esta niña es un caso! ―dijo mi abuela sin poder parar de reír―. ¡Elvirita es todo creatividad!, ¿a que sí, hija mía?, ¿eh?, ¿a que sí? ―me preguntaba, mientras se iba acercando a mí para darme un enorme achuchón―. ¡Me la como, me la como, me la como!
Antes de volver a la cocina, mi abuela miró amenazante a su marido y le dijo seria:
―Vicente, que no te vuelva a oír gritar a la niña, ¿eh?
―¡Bah! ―dijo mi abuelo sacudiendo la mano al aire y después me miró. Yo seguía con el culo pegado a la pared, mordiéndome los labios esta vez―. Anda, ven aquí, txiki, ven, siéntate conmigo ―dijo señalándome un trocito de butaca libre que tenía a su lado.
Me acerqué obediente y me senté. Mi abuelo cogió de la mesa dos bolígrafos, uno rojo y otro negro. Me dio el negro que era con el que había garabateado antes y él se quedó con el rojo.
―Bueno, vamos a hacer el crucigrama entre los dos, ¿sí?
―Sí… ―le contesté mirándolo desde abajo, porque mi abuelo era un hombre muy grande y más a ojos de una niña de siete años.
―Bien, yo voy a escribir dentro de estos cuadros, ¿ves? ―asentí un millón de veces moviendo enérgicamente la cabeza―. Bueno, ¡ya, ya, ya!, a ver si te vas a romper el cuello ―dijo riéndose―. Y tú puedes escribir fuera de los cuadrados, por ejemplo, aquí ―y me señaló la parte alta de la página―, o aquí ―junto a la información meteorológica―. Pero nunca dentro de los cuadros, ¿me has entendido? ―dijo con pose seria apuntándome, desde lo alto, con su boli rojo.
―¡Sí, sí, sí! ―respondí contentísima porque sabía que ya me había perdonado y ahora íbamos a hacer juntos el crucigrama.
No me había dado cuento de ello hasta que mi abuelo colocó su mano sobre el periódico para empezar.
―¡Uy, abuelo!, ¿por qué tienes esto así? ―pregunté poniéndome de pie para poder cogerle mejor del dedo pequeño de la mano.
Mi abuelo alargó el brazo hacia el frente estirando todos sus dedos excepto el meñique, que seguía encogido, parecía estar hecho un nudo.
―Bueno, pues para lavarme la nariz ―respondió.
―¿La nariz…? ―pregunté asombrada.
―¡Claro! ―dijo dejando el periódico sobre la mesa―. A ver, ¿tú cómo te limpias la nariz?
―No sé… ―contesté muy bajito y encogiéndome de hombros.
―Te echas el jabón y el agua aquí, ¿no? ―explicaba mi abuelo, juntando las manos como si de un cuenquito se tratara―, y después te frotas la cara así, así, así, así ―y empezó a pasarse las manos sobre su rostro pero, al tener el dedo roto, de todas, todas se lo metía en la nariz―. ¡Ves! ―exclamó, haciendo una pausa con el dedo dentro de la nariz―, así es como se limpia, por eso está torcido el dedo, ¿lo ves?
Lo miraba tronchada de la risa desde el suelo, otra vez, otra vez, le suplicaba. Y mi abuelo volvía a fingir que se lavaba la cara con el dedo metido dentro de la nariz. Y yo venga a reírme y venga a reírme, no podía parar, me dolía la tripa y todo.
―Va a tener razón tu abuela en que eres todo un caso, txiki, ¡mira cómo te ríes! ―dijo mi abuelo contagiado por mi loca risa.
―¡Otra vez, otra vez!
Y mi pobre abuelo lo repitió tantas veces como se lo pedí.

Le di un besito en aquel retorcido dedo y le volví a meter la mano dentro de las sábanas.
Marta y Feli, las chicas que lo cuidaban, entraron en la habitación.
―Cielo, déjanos un momentín que lo tenemos que cambiar.
―Sí ―dije secándome las lágrimas y sin poder mirarlas a la cara―, si yo ya me voy, tengo todavía que hacer la maleta.
―¿Cuándo te vas, cariño? ―preguntó Feli.
―Mañana… ―dije con inmensa tristeza.
―Tranquila, cielo ―dijo Marta―, despídete tranquila, que nosotras volvemos en un ratín.
Al oírlas irse, me senté junto a él sobre la cama para tenerlo más cerca y lo abracé con cuidado de no hacerle daño.
―Agur, abuelo… ―le susurré al oído. Agur, txiki... me dijo con su media vocecita.
Salí de aquella habitación envolviéndome el corazón en papel de aluminio para poder conservarlo entero, porque me marchaba sabiendo que no volvería a ver a mi abuelo nunca más.
A mi abuelo

30 ago 2009

Carlota

Al levantarme lo he visto todo de un color verdoso con pequeñas motas. He pensado en un repentino cáncer de ojo, lo digo porque en mi familia hay un largo historial de cánceres.
La tía Rosi murió a los ochenta y tres años de cáncer de boca. No sé muy bien cómo sucede eso, pero lo cierto es que la mujer no callaba, igual tuvo algo que ver. Me cuentan que mi padre pasó a mejor vida por un cáncer de pulmón, era la tabacalera personificada, por lo que dicen, porque yo a mi padre casi ni le conocí, de oídas, algunas llamadas y pocas fotos.
Yo fui un engendro de hija, con esto no es que quiera coronarme de..., ¡hombre! muy mona no soy pero, como decía mi abuela, tengo estilo en las venas. La cuestión es que fui la consecuencia del deseo de desvirgarse de mi madre. Se ve que a los veintiuno estaba un tanto preocupada por el hecho de tener la telilla intacta y, por decirlo de alguna manera, pidió ayuda a su mejor amiga. Ésta, por supuesto, no fue quien le hizo el favor, pero sí quien le prestó a su novio Cristo, es lo que digo yo, menudo cristo se armó cuando mi madre después de sentirse liberada de su virginidad se enteró de que yo venía de camino pero, es más, yo venía de la mano de una hermana. Ni unibitelina, ni bibitelina, ni nada por el estilo, que Cristo también desenfundó de muy buenas maneras su pistolón dando en el blanco de su novia.
Por lo tanto, tengo una hermana dos semanas más pequeña que yo. Se llama Diana. Supongo que se lo pusieron por la buena puntería de nuestro padre.
Recuerdo que nos llevábamos muy bien. Decíamos ser gemelas, porque las dos hemos heredado una impresionante nariz y un pelo coñete que tira pa’trás. Ella tiene los ojos más claros, pero decía mi abuela que los míos son más expresivos.
Nuestras madres respectivas siguieron llevándose como uña y carne, porque aquello no fue más que la repartición a medias del pastel. Diana y yo las guindas.
Hace tiempo que no sé nada de ellas. Diciendo ellas me refiero a mi hermana, su madre y la mía propia. Se fueron para cantar karaoke en algún casino de Las Vegas, es lo que me contó mi abuela, pero yo creo que mi madre padeció el cáncer de hija. Los primeros síntomas son la retirada de la regla durante escasos nueve meses, después es cuando brota el tumor. Lo peor de todo sucede con el paso del tiempo, porque éste se desarrolla a marchas forzadas dándote un sin fin de problemas, pero lo que más debe de doler, según las mujeres que lo padecen, es la falta de libertad. Por ello que mi madre aprovechó un día en que su bulto cancerígeno, de nueve años y apenas treinta kilos, estaba dormido para coger las maletas y largarse. Aseguran que es la única manera de superar la enfermedad. ¡Ahora!, supongo que lo de Las Vegas me lo diría mi abuela para darle un poco más de categoría a tan ruin abandono, porque imagino que no llegarían más allá de Torrevieja, para animar a la juventud del inserso en verano.

Así que cada vez que me levantaba y lo veía todo como chiribitas, cerraba los ojos, contaba hasta cinco y llamaba a mi abuela para que viniera. Cuando abría los ojos la veía frente a mí con los brazos extendidos y levantando los dedos. A veces sólo levantaba dos mientras que otras eran casi todos.
―¿Cuántos hay, nena?
―Tres en la mano con la que se escribe y cuatro en la otra.
Luego mi abuela miraba sus manos para contarlos, porque con las prisas ni se había dado cuenta de los que tenía arriba o abajo. Sonreía y me daba un beso en cada ojo, ya estás curada, me decía. Luego comenzó a ser más difícil acertar, la artrosis de mi abuela era galopante y vete tú a saber si aquel dedo un tanto retorcido estaba subido o no.
Pero hoy no la tengo para que me muestre sus manos, murió. Creímos que fue por un cáncer de boca al igual que su hermana Rosi, pero resultó ser una carie que le agujereó el cerebro.

Así que no me queda más remedio que abrirlos yo sola, me da miedo, porque... ¿y si resulta que los abro y sigo viendo esas estrellitas deformadas?

Recuerdo el verano en que murió mi abuela. Me fui a la casa de mis tíos en el pueblo.
Mis tíos debieron de ser gente normal en un principio. Mi abuela hablaba de su hijo en dos facetas, una con añoranza y mimo y otra con auténtica indiferencia. Lo cierto es que era un hombre gárrulo y desagradable a la vista. Se llevaba mejor con los cerdos que con la gente a excepción de su mujer, pero la verdad es que era una auténtica porcina. Estuve allí todo un verano. Cuando volví besaba la taza del baño, porque aquello de ir a echar el meo al gallinero hoy, todavía, lo recuerdo como un verdadero trauma. Tenía el culo morado de los picotazos de las puñeteras gallinas. A veces, creyendo tener controladas a las gallinas, era el cerdo el que metía un bufido, yo me subía escopetada las bragas y salía corriendo. Claro que para cuando me daba cuenta ya me lo había hecho todo encima.
Y... ¿qué decir de Benigno? Amigo de mis primos. Con encías moradas, cuatro dientes en total, cojo porque se había cortado los dedos del pie derecho con la azada y por supuesto olía a au’de cabra. Pues el tal Benigno, Beni para los amigos, se me declaró con una sarta de chorizo en una mano y cinco morcillas en otra. Me dijo algo así como que yo-ser-mujer-de provecho. No sé si se referiría a que estaba a punto para ser llevada al matadero, la cuestión es que lanzó las morcillas al aire y me agarró de una teta. La situación era la siguiente: el Beni, frente a mí, sonriéndome con la boca mutilada además del pie y con una sarta de chorizo en la mano, agarrándome con la otra la teta como si fuera una ubre de vaca. Le di tal gallinazo en la cara, que tuvo que añadir una tara más a su listado, tuerto. En poco tiempo me escapé y volví a la ciudad.

Ha pasado tiempo desde entonces. Al principio me sentía un tanto sola, toda mi familia se esfumó con el cáncer y me dejaron sin saber muy bien qué hacer. Ahora creo estar mejor pero sigo teniendo miedo, ese miedo por abrir los ojos y sentirme enferma.
He trabajado mucho desde que vine del pueblo. Tengo dieciocho años, las manos amarillas de tanto fregar y vivo en una habitación alquilada y ahora no me apetece abrir los ojos y saber que me puedo morir. Porque, aunque no se oiga mucho, existe el cáncer de ojo. Primero te va comiendo lo blanco del ojo hasta llegar a la cosita negra del centro y debes de sentir un dolor muy fuerte porque es cuando te mueres.
Yo debo tranquilizarme, respirar hondo e imaginarme los dedos artríticos de mi abuela frente a mí.

―¡Niña! ¡Sal a echarme una mano!
―¡Dios mío! ¡No veo! ¡No veo nada! ¡Todo, todito negro! ¡Ay Virgen!, que me voy a morir, que no hay claridad en mis ojos, ni en mi cabeza. ¡Dios! ¿Por qué?, me asusta tanta oscuridad... ¡No me gusta el negro! ¡Quiero luz!... porque tengo mucho miedo… ¿Dónde estás, abuela?, ¿por qué dejas que me pase esto? ¡Me quedo sola y ciega! ¡Ay, Virgen!, regálame otros ojos pero no permitas que este cáncer acabe conmigo, te prometo que cuando...
―Pero ¡Niña! ¿Qué puñetas estás farfullando?
―¡Ay, ay doña Pruden!, ¡ay, doña Pruden! Que, al oírla gritar, abrí los ojos de sopetón y... ¡no veo, doña Pruden!, ¡me quedé ciega! ¡Dios...!
―¡Nos ha jodido! Pero... ¿qué cojones vas a ver? si san salta’o los plomos y ¡aquí no hay carajo que vea nada! ¡Pa’eso te llamé, criatura!

¿Los plomos? La Pruden dirá lo que sea pero si no estoy muerta, ¿cómo es que la puedo ver? Sigue igual, nada le ha hecho cambiar. Un día creí haber olvidado su cara pero ahora que la veo es imposible no recordarla siempre.
―¿Cuántos hay, nena?
―Tres en la mano con la que se escribe y cuatro en la otra.
―Ya estás curada.

· Finalista en el II Certamen de Relatos Cortos del Ayuntamiento de Sestao (1998)