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15 abr 2022

Procesiones en Madrid

 


Son las 23.10 de la noche y camino por Fuencarral a paso lento. En mis orejas los auriculares y en ellos Rigoberta Bandini. Me toco una teta y grito: “¡Mamá, mamá, mamá, paremos la ciudad!”. Nadie me mira. Amo Madrid. Me ajusto la mochila a los hombros. “Mamamamamamamamamamá”. La gente ha huido de la ciudad y postea en redes fotos de felicidad precalentada. La gente vuelve con ansia a la normalidad. Creo que a mí nunca me gustó, por eso me quedo en la ciudad, encerrada. “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas”. Un perro me mira, le saco la lengua, su dueña le regaña. Es vieja. Es vieja y le dice que está feo señalar con el dedo. No es su perro quien señala, le digo. Me ajusto de nuevo la mochila a los hombros y levanto los brazos “¡Porque nadie me puede prohibir ladrar!”. Bandini calla y salta llamada entrante. Espero a que cesen los tonos. Llego hasta la Gran Vía queriendo ser una perra. Bandini vuelve a callar, salta otra vez llamada. Paro y me descuelgo la mochila. Del bolsillo pequeño saco el móvil, miro la pantalla, “Gerardo Bro”. Me fijo en la hora, las 23.21, nunca mi hermano me llama tan tarde. Espero a que cuelgue. Reviso las llamadas, tres perdidas. Algo ha pasado. Mi padre. Marco rellamada.

—Te he llamado cuatro veces.

—Tres —corrijo—. Estaba en la biblioteca.

—¿Hasta las once de la noche?

—Sí. —No—. ¿Todo bien por Bilbao?

—Sí, todo bien.

—¿Papá bien?

—Sí.

—¿Sigue vivo?

—Sí, Elvira, sigue vivo.

—Ya. ¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—Pensaba que se habría muerto.

—Si se hubiera muerto te habría avisado.

—Bueno, lo estarías haciendo ahora, ¿no?

—Sí, si estuviera muerto sí.

—Por eso te lo he preguntado.

—Ya, pero está vivo, Elvira.

—En este preciso instante ninguno de los dos lo puede asegurar.

—Yo lo puedo asegurar.

—Tú estás hablando conmigo. Tu línea está ocupada así que no podría llamarte para decírtelo.

—¿Cómo va a llamarme para decírmelo si está muerto?

—Ah, ¿entonces lo está?

—¡Elvira!

Me adelanta la vieja con su perro. Lanzo un beso al animal, me ladra.

—Si papá sigue vivo, ¿para qué me llamas a las once de la noche?

—Porque estoy pensando en bajar la próxima semana a Madrid, un par de días, ¿cómo lo ves?

—Muy bien, baja y diviértete —le oigo reírse. No somos de decirnos “quiero verte” ni por supuesto “te echo de menos”, somos más bien de: idiota, pedorra y tonta del culo.

—Podríamos ir al teatro, algo ligerito, no me lleves a tus tragedias existencialistas, por favor. —Esta vez me río yo.

—Vale. —Quedamos en silencio— ¿Y si se muere mientras estás aquí?

—Ah, pero ¿no se había muerto ya?

Nos insultamos y nos despedimos. Guardo el móvil de nuevo en el bolsillo pequeño de la mochila, me coloco los auriculares y, tras caminar poco más de 20 pasos, tarareo junto a Bandini “In Spain we don’t know where to go”.

 

26 dic 2020

Cerebro fraternal

 

Emociones abstractas por Agnes Cecile

Esta pandemia no está siendo nada fácil, no nos vamos a engañar, pero lo que más duro me está resultando es fingir que echo de menos a la gente.

—Ay, Elvi, ni te imaginas las ganas que tengo de abrazarte —me decía alguien por teléfono.

—Sí, y yo, y yo, y yo…

Mi sistema límbico nunca había funcionado acorde a lo establecido.

—Cuando todo esto termine vamos a organizar una gran cena, ¡todos juntos, bien juntos! —me decía otro alguien por teléfono.

—Sí, sí, juntos, juntos…

No le daba demasiadas vueltas, había nacido sin la amígdala cerebral. La incapacidad absoluta de sentir empatía por alguien que aseguraba echarme de menos era cuanto menos curiosa.

Cuidado, por favor, no equivoquemos el mensaje: quiero a la gente, quiero mucho, muchísimo a la gente, pero no tengo ninguna necesidad de verla. Y la pandemia me brinda la oportunidad de relacionarme, aparentemente normal, con la sociedad. Y esta es para mí la tan codiciada normalidad de la que la gente no para de hablar.

Cuando me di cuenta de que hacía algo más de año y medio que no veía a mi hermano y de que ninguno de los dos lo acusábamos, entendí que mi malformación cerebral era una cuestión genética.

—¿Me has llamado? —dije por teléfono tras ver dos llamadas perdidas de mi hermano.

—Sí, esta mañana.

—¿Dos veces? ¿Me has llamados dos veces?

—Sí, te digo que he sido yo.

—¿Y eso? ¿Se ha muerto papá?

—No, no se ha muerto papá.

—¿Seguro? ¿No se ha muerto?

—No, no se ha muerto.

—Ya. Vale.

—Te llamé hace mes y medio y no me cogiste el teléfono así que…

—Ah, pensaste que la que se había muerto era yo.

—No, no he pensado eso.

—¿Por qué no? Podría estar muerta.

—Sí, podrías pero nos hubiera avisado Joan.

—Sí, es cierto. Ya. ¿Y todo bien?

—Sí, todo bien. ¿Tú?

—¿Yo?

—Sí, tú, ¿todo bien?

—Sí, todo bien.

—Vale, pues a ver si nos vemos pronto.

—Sí, a ver, pero con la pandemia es muy difícil.

—Sí, es muy difícil. Oye, y Feliz Navidad por si no hablamos la próxima semana.

—Ah, vale, sí, eso, Feliz Navidad.

Mi hermano era un pilar fundamental en mi vida. Saber que estaba vivo y saber que estaba bien era esencial para mí, pero no necesitaba nada más y, aunque nunca me lo hubiera dicho, intuía que era algo recíproco. Y con esto aclaro que mi hermano es solo un ejemplo del conglomerado social que configura mi vida. Desde hace casi un año estoy exultante de tener a todos mis seres queridos lejos. La pandemia había materializado las idílicas relaciones sociales con las que tanto había soñado durante toda mi existencia. Te quiero pero no te acerques.

—¡La vacuna ya está aquí! —gritó Joan desde el salón.

Salí de la cocina.

—¿A qué te refieres? —pregunté, Joan no apartaba la vista del televisor.

—A que en 6 meses más del 70% estaremos vacunados y todo volverá a ser como antes, volveremos a la normalidad.

—¿A qué normalidad…?

Sentí cómo la parte vacía de mi cerebro, la interna del lóbulo temporal medial, se agitaba con fuerza y solo me calmó figurarme a mi hermano en la misma situación.