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| Painting (1946). Francis Bacon |
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| Painting (1946). Francis Bacon |
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| Frida Kahlo de María Hesse |
—¿Y ese
flequillo?
Levanté
la cabeza de la cómoda donde estaba guardando unas toallas y vi a mi madre en
mitad del pasillo. Llevaba el huipil que su amiga Camila le trajo de
México, blanco bordado de flores. Le gustaba llevarlo en verano. En aquella
casa, la de la playa, la recordaba yendo de un lado a otro con ese vestido.
Me toqué
el flequillo y la sonreí.
—Lo llevo
desde hace tres o cuatro años —dije.
—No sé si
es buena idea con lo grasiento que tienes el pelo. La coleta te hace a pobre, ¿no
ves que lo tienes muy lacio?
Me di la
vuelta para seguir guardando las toallas. Me supuse que al voltearme ya no
estaría, me supuse que habría vuelto al país de los difuntos. Sin embargo, al
cerrar el último cajón de la cómoda y girarme, allí seguía, con su tradicional
vestido, sus chanclas y su moño en alto.
—¿Has
venido a enterrar a tu padre?
—Si vas a
quedarte, haré café para las dos.
Entró en
la cocina detrás de mí.
—Siempre
me encantó esta cocina —dijo—, en cambio ahora con tanta construcción enfrente
no hay monte que ver, qué pena, qué pena…
Preparé
la cafetera italiana. Me senté en un taburete frente al suyo. Ella tenía las piernas
cruzadas y balanceaba la chancla en el aire.
—Te veo como
siempre —dije.
—Sin embargo,
tú estás muy avejentada.
—Diez
años son muchos.
—Una eternidad…
Bien, ¿y a qué has venido? Porque parece que reniegas de tu familia.
—Gerardo
baja mucho a Madrid.
—Tu hermano… Menos mal que lo tuve a él, solo me dio alegrías, qué hijo, qué
hijo, inteligente, guapo, y una bellísima persona. —A mi madre le
encantaba pronunciar ‘bellísima’ con opulencia—. El único que me ha querido en
esta familia, ¡el único! Tú una egoísta y tu padre, ¿qué voy a decir de tu
padre?
Escuché
el gorgoteo del café al fuego. Lo retiré y lo serví en dos tazas. Una la dejé
sobre la mesa de la cocina y la otra la sostuve entre las manos.
—He
venido para ver a mis amigas, a algunas no las veo desde tu funeral —dije.
—Una
eternidad… —Miró por el ventanal—. Siempre fuiste muy independiente, demasiado.
Nunca te ha importado la gente. —Volvió a mirarme—: ¿Me echas de menos?
—No me lo
pusiste fácil, ama.
—Jamás
asumirás tu culpa.
—Asumo la
culpa de mi vida, no la de la tuya.
—Entonces,
¿no me echas de menos?
Sorbí un
poquito de café, demasiado agrio, me había acostumbrado a nuestra cafetera express
de Madrid. Sorbí otro poquito y apoyé la taza sobre las rodillas.
La puerta
de la calle se abrió y entró mi hermano sacudiendo el paraguas.
—¿No has
salido a dar una vuelta? —gritó desde la entrada.
—Con esta
lluvia ¿a dónde querías que fuera? —respondí.
La puerta
de la cocina estaba abierta y lo vi descalzarse. Entró con los zapatos en la
mano.
—Sí, está
cayendo una buena. ¿Estás sola?
—Sí, en
este pueblo no hay nadie —contesté y lo vi señalar con la barbilla la taza de
café sobre la mesa—. Ah, es mía, me gusta hacerme dos, primero me tomo uno y
luego el otro, así no me levanto.
—Siempre
pensé que el experto en logística era yo. —Nos reímos. Dejó los zapatos mojados
junto a la puerta de la terraza y después se sentó en el taburete de mamá—.
¿Cuándo has quedado con tus amigas?
—Mañana, cenamos
en Ledesma.
—Bien,
¿no? Lo pasaréis muy bien, supongo que irán todas, Blanquita, Marieta, Saioa,
Carolina… Sois tantas.
Me vi treinta
años atrás, en aquella misma cocina, con un hermano mayor amenazándome con
decirle a mamá que no había llegado a las dos sino a las dos y media de la
mañana.
—Si
vuelvo tarde no se lo digas a mamá. —Mi hermano sonrió. Luego me dijo que su
mujer me mandaba un beso, que no podía venir porque en su empresa no le permitían
teletrabajar—. No pasa nada, la verá cuando vuelva.
—¿Y
cuándo será eso?
—Ya sabes
que no me gusta esto, Gerardo. Me cuesta venir, demasiados fantasmas. Puedes quedarte con esta casa, no la quiero.
—Pronto para repartirse la herencia, ¿no?, papá
sigue vivo.
—Ya,
bueno, ya me entiendes. Y con la de Bilbao. Puedes quedarte con las dos casas,
no las quiero.
—Algo
querrás, ¿no?
—Los
libros, los libros de la biblioteca son para mí. Joan y yo vamos a comprar una
casita en la Mancha. Tendremos gallinas. Comeremos huevos y leeremos libros.
—Parece
un buen plan. Ningún parámetro por ajustar.
Se
levantó y me dijo que se iba a duchar.
—¿Tú te
sientes culpable? —pregunté.
—¿Culpable
de qué? —respondió desde la puerta—. ¡Eres tú quien no quiere las casas!
Me hizo
reír, mucho. Sí, era una bellísima persona.
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| Molinos en la niebla de José María Moreno García |
Almudena los veía desde la ventana del
dormitorio de su madre, en la casona de la Mancha. Su hijo arrastraba por el
suelo a su amiga Elvira frente al portón. Elvira reía a carcajadas y Abel la
zarandeaba de lado a lado como si fuera un cazador de cocodrilos.
—¡No me lo puedo creer! —gritó Almudena al
abrir la ventana—. ¡Elvira, pareces tú más cría que él! ¡Levántate!
—¡Es él! —explicó Elvira alzando la vista y
viendo a su amiga asomada a la ventana—. ¿O es que no lo ves? ¡Es tu hijo!
Abel aprovechó que estaba distraída para
quitarle una bota y salir corriendo. Elvira chilló y fue tras él a la pata
coja. Almudena sonrió y cerró la ventana. Vio a su madre sentada en la cama, la
miró desde atrás con pena. Al acercarse le frotó la espalda y le dijo que la
ropa de la maleta se la iría colocando en el armario, pero que las mudas y la combinación
se las dejaría en el primer cajón de la cómoda.
—¿Te parece bien, mamá? —preguntó.
—¿Por qué no iba a parecerme bien?
Almudena se acercó a la cama.
—¿Sabes quién soy?
Sabina levantó la cabeza molesta.
—¿Es la tercera vez que me lo preguntas hoy? Y
tú, ¿sabes quién eres tú?
—Mamá…
—Eres muy pesada, Almudena, hija, muy pesada.
Muy, muy pesada. Yo solo necesito que me dejes un poquito tranquila.
—Está bien, lo siento. Te guardo esto y bajo a
dar una vuelta al bosque antes de empezar a preparar la comida, ¿te parece?
—Bien, bien, pero dile a Arturito que como se
manche esos pantalones cobra, ¿me has oído? Son 3 los que llevo lavando esta
semana. ¡Que si quiere coger lombrices que lo haga con un palo! ¡Con un palo y
sin arrodillarse!
Almudena abrió el primer cajón de la cómoda,
dejó las mudas y la combinación y sin levantar la cabeza salió de la habitación.
—¡Mira lo que me ha hecho tu hijo! —Elvira
entró en la cocina de barro hasta las cejas y con la bota del pie derecho en la
mano—. No tiene respeto por sus mayores. ¿Qué haces, tortilla de patatas?
Almudena dejó de batir media docena de huevos
en un bol de cristal.
—No sé si ha sido buena idea traerla aquí.
Elvira dejó la bota en el suelo y se frotó las
manos sobre su parka.
—Yo creo que sí, tres días en su casa le van a
venir muy bien.
—Habla de mi hermano pequeño como si fuera un
niño.
Elvira extrañada se apoyó en la encimera.
Estaba hecha de azulejos blancos, aunque lucían algo amarillentos. Repasó las
juntas con el dedo índice y dijo no demasiado convencida:
—Pensaba que eras tú la pequeña, que tu madre
te había tenido ya siendo mayor, mucho después de haber tenido a tus hermanos.
—Sí, pero después de mí todavía tuvo a mi
hermano Arturo.
—Ah, pues no lo sabía. ¿Y vive en Valladolid como
tus otros dos hermanos?
—No, no vive en Valladolid. A ti te gusta la
tortilla con cebolla, ¿verdad?
Abel lanzó un par de ramas al centro de la
hoguera.
—¡No lo avives tanto! —le espetó su madre—.
Vamos a salir incendiados.
—Se agradece un poco de calor, las noches son
frías, son muy frías y largas… —dijo Sabina sin apartar la vista del fuego.
Elvira se levantó de su desgastada silla de
tela y aluminio y dijo que entraba en casa a por otro botellín de cerveza.
Antes de cruzar el portón, Almudena le gritó que le sacara otro para ella. Al
abrir la nevera y agacharse para coger las bebidas, escuchó unas pisadas detrás
de sí.
—Abel, no pienses que te voy a dar una cerveza.
Los pasos parecieron retroceder. Eran claros chasquidos
de tierra sobre la loseta de la cocina. Elvira se dio la vuelta.
—¿Abel? —Cerró la nevera con el codo al tener un
botellín en cada mano—. ¿Abel? —Salió de la cocina y se quedó mirando las
escaleras que subían al segundo piso. Escuchó los últimos escalones crujir—. ¡Abel,
no tiene ninguna gracia, ninguna!
Enfadada salió de la casa. Al llegar a la
hoguera, ofreció la cerveza a su amiga y se quejó de su hijo.
—¿Qué he hecho yo ahora? —preguntó el chico sentado al
otro lado de la hoguera.
Elvira lo miró, miró a su amiga, miró a Sabina
y volvió a mirar a Abel.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Joder, mamá, tu amiga es una puta chalada —y
el joven soltó una risotada.
Elvira no dijo nada. Se acomodó en la silla y
bebió su cerveza.
Almudena arropó a su madre en la cama.
—Dame la foto, la foto.
—¿Esta? —preguntó Almudena cogiendo de la
mesilla un marquito de plata.
—Sí, sí, dámela. —Almudena se la dio y Sabina
tras besarla se la apretó en el pecho—. Son muy guapos, ¿verdad?
—Sí, los abuelos siempre fueron muy guapos. —La
besó en la mejilla y salió de la habitación. Cuando llegó a la suya se encontró
a Elvira dentro de la cama—. ¿Qué haces aquí?
—No pienso dormir sola. Esta casa está llena
de fantasmas.
Almudena se rio. Se metió en la cama y le
explicó que era una casa demasiado vieja, le crujían las entrañas.
—No son las entrañas lo que cruje,
Almu —dijo imitando el dulce tono de voz de su amiga.
Almudena se dio media vuelta. Estaban cara a
cara sobre la almohada.
—Elvi, ¿me prometes una cosa? —Elvira asintió—.
No dejes que me vaya estando todavía viva, mátame antes.
(continuará…)
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| Vieja mesándose los cabellos de Jan Massys |
—¿Con
muerto te refieres a muerto, muerto? —Al escucharlo, Almudena clavó la vista en
su amiga Elvira que estaba a su lado con un café hablando por el móvil—. Claro, pues sí, muerto entonces. —Almudena cruzó los brazos sobre
la mesa y la observó intrigada—. Uy, no, no, el mío sigue vivo, habrá que
esperar. —Elvira rio con ganas, se despidió de su interlocutor con un beso y
dejó el móvil en la mesa—. Mi amiga Débora, encontraron a su padre muerto en
casa, un infarto o vete a saber qué. ¿Pedimos algo de comer?
—Nunca me
acostumbraré, eres un monstruo.
—Es lo que
hay. ¡Perdona! —exclamó al camarero levantando el brazo—. ¡Una tostada Little Sin, por favor!
—¿Con jamón
o salmón? —gritó el chico desde la barra.
—¡Salmón,
gracias! Qué mono es… —añadió levantando las cejas. Después se fijó en Almudena
que tenía la cabeza baja y estrujaba con lentitud el sobre del azucarillo—.
Vamos, Almu, no te pongas así. Spoiler:
todos vamos a morir. —Se rio y frotó la espalda de su amiga.
—En serio,
¿no tienes miedo?
—¡¿A morirme?! Nunca pensé que llegaría a los
40 y, mira, llevo 5 años extras. En realidad me sobran, no tengo más narrativa
que añadir a mi existencia. Mis días hace tiempo que se convirtieron en una
sucesión repetitiva de hechos sin sentido, vida lo llaman. Vida. Pues para
quien la quiera. Yo ya he tenido suficiente.
—Y aquí
llega su Little Sin, señora, y no
tenga cuidado, el pan está tierno —dijo el camarero depositando el plato con la
tostada en la mesa.
—Gracias,
qué buena pinta. —Lo vio regresar a la barra y añadió—: Tú piensas en
tirártelos y ellos solo ven a una vieja con problemas dentales. La vida, Almu,
la vida. La mierda de vida.
—A la muerte
no, pero a la vejez sí. Estás acojonada, Elvi.
Elvira
sonrió. Volvió a frotarle la espalda con mimo y después miró su plato. Acarició
con el cuchillo el huevo poché. Presionó sobre él y dejó que la yema se
desparramara sobre el aguacate y la fina loncha de salmón.
—Y pensar
que por esto voy a pagar 12,70 €. La vida.
—La vida en
el centro de Madrid, sí —dijo Almudena—, esa vida. Pronto nos echaran a todos.
Nos mandaran al extrarradio. Dejarán el centro solo para turistas y ricos. Y
nosotras no somos ni lo uno ni lo otro.
—Sí que lo
estoy. —Almudena la miró contrariada—. Acojonada. Lo estoy. Si soy incapaz de
atar una soga a la viga de mi salón, ¿cómo no me va a aterrar la vejez?
—Elvira… —dijo
su amiga agarrándole de la mano—, no pierdas la esperanza, siempre pueden
diagnosticarte un cáncer terminal.
Los dos
mujeres se miraron un instante antes de romper a reír. Eran tal para cual.
Compartieron la tostada, se terminaron los cafés, pagaron a medias y salieron
de la cafetería cogidas del brazo.
De camino a
casa de Almudena, Elvira se apretó a su amiga para camuflar el frío y dijo:
—Quizá no
esté tan mal eso de hacerse viejas. No sé. Es posible que conserve algo de
vista, que las tetas no me cuelguen más allá del ombligo, que el extrarradio me
encante… —Almudena rio—. Mira a tu madre, ¿78?
—¡Ochenta y
tres años!
—Madre mía,
y ¡mírala! Desde que la tienes en casa Abel está mucho más sereno.
—Sí, es una
muy buena influencia para él.
—Lo es, es
extraordinaria. Se encarga de todo.
—Cada vez
menos, porque últimamente la veo un poco flojita pero sí, me ayuda mucho, la
verdad. Sé que echa de menos la casona del pueblo, pero allí sola no podía
quedarse, son muchos años los que tiene por muy bien que esté.
—Claro,
claro, mejor en Madrid. Aquí está bien, firmaría por llegar a su edad así.
Tu madre resta temor a lo que se nos viene. Es admirable.
Llegaron al
portal de la casa de Almudena y Elvira se apoyó en la fachada.
—Te espero
aquí, bájame los libros —dijo.
—No, mujer,
sube. Así saludas a mi madre que le hará ilusión.
Al abrir la
puerta de casa, Almudena voceó un hola
que fue respondido por su madre e hijo desde el salón. Ambos estaban sentados
en el sofá, Abel más bien tumbado. Elvira al entrar besó la cabeza del chico
quien la miró con asco.
—Hola,
Sabina, ¿cómo estás? —preguntó acercándose a la vieja y besándola en la sien.
—Bien,
hija, bien, cómo iba a estar. Bien, bien.
Elvira le
frotó el brazo y la miró con cierta lástima.
—Echas de
menos el pueblo, ¿verdad?
—Pues
bueno, a días. Días un poco más, días un poco menos.
Almudena
entró en el salón con tres libros en la mano.
—Toma —dijo
ofreciéndoselos a Elvira—. Te pueden servir. No tengas prisa, me vale con que
me los devuelvas después de año nuevo.
Elvira se
lo agradeció y los metió en el bolso.
Después ayudó a Sabina a levantarse del sofá.
—Gracias,
hija, las rodillas no son lo que eran, una ya está mayor.
—¿Mayor?
Estás estupenda, Sabina. Lo comentábamos viniendo para acá.
—Pues no
tanto. Oye, dime, ¿pasarás las navidades con tus padres?
Elvira
apretó los labios y sonrió con cierto nerviosismo.
—Bueno,
bueno… las pasaré con la familia de mi marido, sí. Yo no tengo padres, Sabina.
Mi madre murió hace ya 8 años y mi padre… Yo no tengo padres.
—Vaya,
cielo, cuánto lo siento, cuánto lo siento. Te has tenido que sentir muy sola,
pobrecita… ¿Y tú? —preguntó acercándose a Almudena—, ¿tú tienes padres, bonita?
Almudena
palideció, se apretó el vientre con las manos y dijo bajito:
—Sí… Tengo
madre, vive conmigo…
—Oh, eso
está bien, muy bien —dijo y con una serena sonrisa salió del salón.
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| Encina de Marta Salvador Mancho |
Con un ¿ya estamos todos? de Almudena desde el asiento
del conductor de un viejo Citroën Xsara verde metalizado, comenzó el viaje. Su
hijo y yo intercambiamos una condescendiente mirada. Estábamos sentados detrás
porque a mi amiga no le gusta tener a nadie de copiloto, dice que le pone
nerviosa. Como pasajeros no podíamos compartir su entusiasmo. Abel estaba a
punto de cumplir 14 años y a esa edad hacer cualquier cosa con su madre era
peor que tomar la libre decisión de tirarse de un avión sin paracaídas. Yo
acababa de cumplir 45 años y pasar dos días en una casa de pueblo perdida en la
sierra de la Mancha era inyectarme la eutanasia sin previo consentimiento.
—Lo vamos a pasar fenomenal —decía mirándonos por el
espejo retrovisor—. Hay que oxigenarse. Respirar y abrazar las entrañas de la
madre tierra. Decid: adiós, Madrid, ahí te quedas. ¡Vamos, decidlo! ¡Adiós,
Madrid, ahí te quedas! ¡Vamos, chicos!
Yo quería a Almudena aunque a veces fantaseara con su
muerte.
Tras poco más de hora y media de viaje, aparcamos frente
a una enorme casona de piedra a unos quince minutos del pueblo más cercano. Del
portalón salió una mujer de entre 80 y 200 años con los brazos en alto. Llamaba
a Almudena entre sollozos. Almudena la abrazó y después señaló el coche, dentro
seguíamos Abel y yo con cara de si no te mueves no te ven.
—Sal tú primero, es tu abuela —dije al chico dándole un
codazo. Abel salió y abrazó a la vieja, era cuatro veces más grande que ella.
Todos giraron la cabeza. Bajé del coche y saludé desde la distancia—: Hola,
¿qué tal?, ¿qué tal?, hola, hola. —Miré al cielo buscando el helicóptero de
rescate.
La madre de Almudena, agarrándome con fuerza del brazo,
me obligó a entrar en la casa. Olía a piedra mojada y, aun siendo tan solo las
11 de la mañana, la oscuridad campaba a sus anchas, la mayoría de las
contraventanas estaban cerradas. Me dijo que me parecía a su prima hermana, tan
poca cosa como ella, me lo tomé como un halago aunque no sé muy bien por qué.
Me soltó y volvió a abrazar a su hija.
Almudena la mecía entre sus brazos y le decía que no llorara que ya estaban
juntas. No hacía ni tres semanas que se habían visto pero aquella mujer parecía
vivir en un sistema temporal ralentizado.
Salí de la casa y respiré profundo. Abel descargaba las
mochilas del maletero.
—¿Te ayudo? —pregunté.
—Me puto da igual.
—¿Ya estamos con el puto,
Abel? —Me miró y con una sonrisa sarcástica me hizo una peineta. Suspiré y
mascullé el nombre de Dios una docena de veces.
Descendí por el sendero de la casa unos 300 metros. Miré
a mi derecha y vi árboles, a la izquierda más árboles y volví a suspirar pero
esta vez sin blasfemar. Me tapé los ojos con las manos y pensé en las calles de
Madrid: gritos, empujones, sirenas, carcajadas, ruedines de maletas, el piu,
piu, piu de los semáforos en verde…
Me senté sobre una piedra plana en el borde del camino.
Cogí un palito y dibujé cuatro rayas en el suelo. No sé si pasaron 20 minutos o
dos horas, quizá me estaba adaptando al sistema temporal de la vieja, cuando vi
pasar a Almudena. Iba decidida con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos
de la falda. Llegó hasta una encina no demasiado alta que parecía estar doblada
por hastío. Almudena la tocó y besó su tronco. Se acuclilló y agrupando
hojarasca del suelo la aplastó contra una raíz sobresalida, como si quisiera
reforzarla en su sitio.
—¿Amando a la tierra madre? —pregunté riéndome desde mi
piedra.
Almudena se giró desde el suelo. Al verme se levantó y se
sacudió las manos.
—Comeremos pronto, mi madre tiene otro horario —dijo. No
sonrió y emprendió el camino de vuelta a casa.
Después de comer fregaba los platos mientras Almudena
preparaba café en una vieja italiana. Estaba seria.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Claro, todo bien. —Ladeó la cabeza y sonrió sin despegar
los labios. Vertiendo el café en las anaranjadas tazas de cristal añadió—: Como
sé que te gusta estar sola, por la tarde puedes salir a leer. Detrás de la
casa, junto a lo que era el establo, hay una mesa de piedra, si le pasas un
trapo puede valerte, estarás bien allí. Yo bajaré al pueblo con mi madre,
quiero que la vea alguien.
—¿Va todo bien? —volví a preguntar.
—Claro, todo bien. Abel también se queda.
Despedí con la mano el coche mientras lo veía bajar por
el camino de gravilla. Sonreía fingiendo ser parte de la familia que decía
adiós a unos parientes el domingo por la tarde tras la visita. Desorientada
entré en casa y busqué en mi mochila el libro para leer.
—¿Sabes que podría matarte, enterrarte y negar que fui
yo?
Me di la vuelta y encontré a Abel apoyado en el quicio de la puerta de
la habitación.
—Ah, ¿sí? Y si no fuiste tú, ¿quién sería, el oso Yogui?
—De un manotazo lo aparté. Bajé las escaleras y salí de la
casa.
—¡Nadie encontraría tu cuerpo! —le oía gritar desde
dentro de la casa, al salir bajó el tono—: Diría que te fuiste al bosque a
leer.
—¿Quién se iba a creer eso? ¿Yo, voluntariamente,
adentrándome en el bosque?, ¿en serio? Detesto la naturaleza y tu madre lo
sabe, así que te acusaría de asesinato, buscaría mi cuerpo y te pasarías el
resto de tu vida entre rejas. Fin de la historia. ¡Y deja de ver tanto True Crime, te están trastornando!
Me senté en la mesa de piedra de atrás de la casa y abrí
el libro por la página 126. Carraspeé al sentir a Abel sentarse a mi lado.
—¿Tú serías capaz? —preguntó.
—¿De qué…?
—De matar a alguien.
Cerré el libro y lo miré. Podría aparentar 17 incluso 18
años, tenía un cuerpo fornido pero su cara era la de un niño y, ahora, la de un
niño asustado. Le acaricié la sien, qué pasa, Abel, pregunté.
—Que lo tengo por las dos partes. —Apoyó los codos sobre
la mesa y la cabeza entre las manos.
—¿Qué tienes?
—Eso…
—¿Eso?
—Lo de estar pirado. Estoy puto pirado como ellos.
—¿Como quiénes?
—Mi padre, joder, lo sabes, tú lo sabes, tú lo conociste…
—Repasé con el dedo índice el lomo del libro, tenía la vista baja y contuve una fuerte respiración
que hizo que se me inflara el pecho con dolor. Hubo un silencio porque mi
cobardía me impedía explicar nada como adulta—. Y mi abuelo… —dijo. Sorprendida
lo miré sin decir nada—. Se colgó de un pino, de uno de los de por ahí, de los
del camino, de esos, uno de esos, joder, no sé… Mi madre no cuenta mucho pero
se le debió de ir la olla, se le fue al viejo. ¿Entiendes?, ¿eh?, ¿entiendes lo
que te digo?
Qué puedes decirle a un adolescente aterrado de su propia
sangre. Le acaricié la espalda y le pedí perdón por no tener respuestas. Él me
sonrió y me dejó que lo abrazara, lo hice por mucho tiempo, no sé cuánto, pero
lo sentí largo. Después se desprendió y lo vi desaparecer en el bosque.
Bajé el camino de gravilla y me senté en la piedra plana.
Dejé el libro en el suelo y observé la encina de enfrente, a la que Almudena
había besado aquella mañana, me agarré el estómago y lloré con rabia por no
entender el dolor de alguien a quien tanto quieres.
Pasaron 30 minutos o 3 horas, cuando vi llegar el Citroën
Xsara verde metalizado. Las vi bajarse del coche y entrar en la casa. Con paso
lento llegué a la puerta y me senté en el poyo de la entrada. Apreté el libro
en el regazo y cerré los ojos.
—¿Has leído mucho?
Los abrí y vi a Almudena sentada a mi lado.
—Sí, es un bonito lugar para leer.
—Me alegro —dijo. Miró al frente e hizo una larga pausa—.
Tengo que llevarme a mi madre a Madrid, a vivir conmigo, ya no se puede quedar sola.
A tientas busqué su mano a mi lado y se la apreté con
fuerza.
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| Tratado sobre la ceguera "el día de la pedid de mano" pensando en Goya y sus caprichosos de Carmen Mansilla |
—¿Así me lo pagas?
—No te debo nada, Agustín —responde Elvira—. No debo nada
a nadie.
—¡Necia! —El viejo profesor golpea con debilidad el apoyabrazos del sillón—. ¡Necia! ¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida!
—¿Qué es lo que pasa? —Dolores entra al salón y agarra
del brazo a Elvira.
—¡Estúúúúúúúpida!
—Pero, ¡virgen santa!, señor Agustín, no le diga
semejantes barbaridades.
—Déjale, Dolores, déjale. Yo me voy.
—¡Sí, que se vaya, que se vaya! ¡Necia, malcriada!
¡Fuera, desagradecida! ¡Fuera, estúpida!
Elvira nerviosa recoge su boso del extremo del sofá
central y sale del salón. Detrás, a paso apurado, la sigue Dolores.
—Por Dios santo, no se lo tomes en cuenta, cielo, no se
lo tomes… —Elvira abre la puerta de la
casa y sale al rellano—. Cariño, ya sabes que desde que le dio eso —se toca con
el índice la sien—, no ha vuelto a ser el mismo. Él te quiere, lo sabes,
¿verdad? Oh, cielo, no llores ven aquí, anda, ven. —La abraza con fuerza y Elvira solo piensa en
el fracaso de Toulouse, sus consecuencias.
—Es que salió todo mal… todo mal…
—Bueno, bueno, ellos son franceses, no son como nosotros; hablan diferente, comen diferente, ellos pues son…, son franceses, muy
franceses. —A Elvira se le escapa la risa, se separa un poco y se limpia los
mocos con el dorso de la mano—. Cochina, espera, que te saco algo para que te
limpies. —Entra en casa y al cabo de un minuto sale sacudiendo un trapo al aire—. Toma,
hija, está limpio, del cajón. Pobrecita mía.
—Me superó —dice
devolviéndole el trapo—, no sabía que me fuera a costar tanto la estancia, ni 5
días pude aguantar, no lo soporto, es un país que me ahoga, no puedo, yo no, no
puedo, no puedo, Dolores, aunque me suponga tirar a la mierda toda la
investigación, no puedo estar allí, no puedo...
—¡Pues si no puedes, no puedes y se acabó! Que estoy yo
de tanto héroe… ¿Te digo hasta dónde estoy de todos esos súper héroes que lo
hacen todo bien?, ¿te lo digo? —Se acerca a ella y baja la voz—. Hasta el
culito de delante, me entiendes, ¿no? —Agacha la cabeza y se mira la entre
pierna—. ¡Hasta ahí! A esta vida hemos venido a pasárnoslo bien, que ya nos
tocará sufrir en el purgatorio. Y si es tan humillante para el señor Agustín que te hayas vuelto,
pues mira, que levante ese culo enrome del sillón y que lo encamine a Toulouse,
que ¡aquí paz y luego gloria! —Las dos se ríen—. Eso, cielo, tú ríete, ríete que
es muy bueno, la risa almidona el alma. Oye, ¿te parto un poco de sandía y te
la llevas en un táper?, que con este calor te va a saber a gloria bendita.
Dice que no y la abraza de nuevo antes de irse.
Elvira entra en Pepe Botella. La cafetería tiene una luz
demasiado tenue y tropieza con la primera mesa. Oye un “qué torpe” que
llega dos mesas más adelante de dos chicos jóvenes que se ríen. Ella los mira,
los sonríe y les desea un glaucoma
calentito a cada uno de ellos, porque para eso siempre es muy generosa.
Se sienta en la mesita junto a la ventana y se coloca el
bolso sobre el regazo.
—¿Qué va a tomar?
Elvira levanta la cabeza y ve a una mujer de mediana edad
frente a la mesa.
—Un café solo, por favor.
—Enseguida. ¿Se ha hecho daño?
—¿Cómo?
—Cuando se ha caído.
—No me he caído.
—Ya. Es por la luz, le pasa a mucha gente.
Elvira agacha la mirada lamentándose de su carácter. Se
pellizca los pulgares.
—Tengo baja visión —dice alzando la cabeza.
—Vaya, ¿quiere que suba la intensidad de la luz?
—No —sonríe—, es muy amable, junto a la ventana estoy
bien.
La camarera se va y Elvira saca su móvil del bolso. Lo
deja sobre la mesa y se detiene viendo, a través de la ventana, a una
adolescente tomándose un selfie, y reflexiona sobre lo vieja que se ha hecho de
repente porque aquella chica le parece insultantemente joven. Apoya el codo en la mesa y la cabeza en la mano y suspira.
—Señor, señor, señor, estas cafeterías tan antiguas son
incómodas para todo. Lo de sentarse le lleva a una la mismísima eternidad. Eternidad,
que por otro lado, ya no tengo.
En la mesa de al lado una vieja intenta sentarse. Es
delgada, tremendamente arrugada y con un corte a lo Cleopatra, el pelo blanquísimo
pero poca cantidad. Elvira no la considera especialmente elegante pero le llama
la atención su largo abrigo blanco casi hasta los pies. La observa. Es ciega.
Pliega el bastón y lo guarda en su bolso.
—Es un abrigo muy bonito y es usted muy valiente al
llevarlo en esta ola de calor —dice Elvira un tanto sorprendida de sí misma, porque nunca entabla conversación con desconocidos.
La vieja gira la cabeza en busca de la voz.
—A mí edad, una ya no siente ni frío ni calor. ¿Te gusta?
—pregunta acariciándose las solapas.
—Sí, mi madre tenía uno igual. No sé dónde estará ahora.
—¿El abrigo o tu madre?
—El abrigo —responde sonriendo.
—El café —anuncia la camarera depositándolo sobre la mesa—.
Y usted, ¿qué va a tomar, señora?
—¿Yo? —pregunta la vieja—. Soy ciega no sé a quién
pregunta.
—Oh, lo lamento, sí, le digo a usted, señora.
—Un café solo, por favor.
La camarera se va y Elvira la sigue observando
detenidamente.
—¿Qué miras?
Elvira da un respingo.
—Pensaba que era ciega.
—Lo soy, pero tienes la respiración de un jabalí y está
en mi dirección.
Elvira se ríe, después pregunta:
—¿Cómo es? ¿Cómo es ser ciega?
—¿Qué quieres escuchar? ¿Que es un regalo de Dios? ¿Que
es un aprendizaje diario? ¿Que es un reto apasionante? ¿Que las cosas ocurren
por algo? ¿Qué quieres que te diga?
—La verdad.
La vieja se atusa el flequillo y se ahueca su fina
melena.
—Ser ciega es la mayor tragedia de mi vida, pero a todo
se acostumbra una. El cuerpo, desgraciadamente, se adapta y entonces tú te adaptas
con él. Y todos los pensamientos de acabar con tu vida, todas las diferentes
maneras de poner fin a tu existencia empiezan a evaporarse porque la tragedia
pasó a ser simple resignación. Está bien, dices, vale, mi vida ahora es así, bien,
bien y, mira, seamos sinceras, lo agradeces porque suicidarse es un jaleo, que
si me ahorco pero el nudo nunca te lo haces demasiado fuerte y te quedas tirada
en el suelo del salón con la cuerda en la mano y con cara de idiota, que si me corto las
venas ya que parece fácil en las películas, lo consiguen con dos pequeños
cortes en la muñeca, pero ¡virgen santa del amor misericordioso!, ¿alguien me
puede decir cuántas venas tienes que cortarte para morirte? —Elvira estalla en
una carcajada—. Así que optas por quedarte, vivir a oscuras y esperar a morirte
algún día.
—Supongo que eso lo esperamos todos.
—¿Hoy no ha sido un buen día?
—¿Cuándo lo es?
—Vaya, vaya, vaya. Huelo a drama. —Elvira, con calma
y confianza, le relata su bochornosa huida de Toulouse y, como consecuencia, su fracaso en la
investigación de más de 4 años, y del poco sentido que tiene nada—. Tranquila, tranquila, la terminarás, de verdad, terminarás esa dichosa investigación.
—¿ Y luego?
—¿Luego? Luego te
preguntarás y ahora qué. Y entonces intentarás lo de la cuerda dos veces y lo
de la cabeza en el horno una, solo por emular a Sylvia Plath porque tu horno
será eléctrico. Te separarás porque tu dolor ensuciará el amor de odio. Verás a
tu hermano morir de otra enfermedad heredada de tu padre y aborrecerás tanto
que él siga vivo, mientras que a los que amaste murieron, que creerás volverte
loca, hasta desear matarlo con tus propias manos, y tendido en la cocina lo
dejarás con un suspiro de aire para hacerlo sufrir en su propia agonía. Marcharás
lejos, a una pequeña casa en mitad de la sierra manchega, y asumirás tu cegara
sin tratamiento pasando las tardes en una descolchada silla en el jardín
mirando al frente y, cuando no distingas el día de la noche, te cortarás las
venas y corriendo buscarás tiritas porque tu cuerpo no desparramará suficiente sangre
como para dejarte sin vida, y comprenderás que estás condenada a vivir. Mirarás, entonces, a tu perro Orfeo y le explicarás que es hora de volver a la
civilización. Regresarás a Madrid y vivirás en una nueva buhardilla del centro,
y te llamarán la loca del abrigo blanco. Y ansiarás encontrarte con tu yo de
hace 45 años para decirle que no sufra, que nada importa, que no intente
cambiar las cosas porque todo vuelve al mismo lugar. Aquí.
—El café solo, señora. Se lo digo a usted. —La camarera toca el antebrazo de la vieja y se va.