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6 jul 2011

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
―Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos…
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
―Horóscopo del amor para este verano…
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque…
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas…
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda…
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…

24 nov 2010

Frío en la playa

Playa de Sopelana por Rubén de Luis


La playa estaba vacía.
Al despertar creí que aquél no era un típico día de octubre así que lo llamé para ver si podríamos hacer algo diferente, no lo encontré en casa, es posible que contestara al móvil, lo volví a intentar, nada.
Fue a la segunda vez que miré por la ventana cuando me decidí. En poco más de dos meses cumpliría los treinta y todavía no había hecho ninguna locura. En un breve mensaje le dije que lo esperaba en la playa. Cogí el coche. Casi cinco horas tardé en llegar a Sopelana porque a la salida de Madrid me pilló atasco, en ese momento me di cuenta de la poca paciencia que tenía.
La playa estaba vacía.
Me desnudé guardando la ropa en la mochila, después comprobé si tenía mensajes. Nada. Estando en la orilla me di la vuelta, no sé, algo me hizo estar intranquila. Qué tontería si no había nadie. Los dedos del pie, con cierta timidez, tocaron el agua y como un resorte di un pasito hacia atrás. Lo pensé dos veces, era octubre. Tomé aire y con decisión rompí camino mar adentro. Los pinchazos en la pantorrilla eran intensos, el dolor eléctrico casi no me dejaba andar. Solté aire apretando los puños mientras daba saltitos intentando calmar la sensación de parálisis en mis piernas. ¿Por qué me empeñaba en sufrir de aquella manera?, me reí por la ridiculez de la situación pero, al ver llegar la ola, me estremecí y grité como una histérica cuando explotó contra mi vientre. Conté hasta cinco en voz alta y me sumergí bajo el agua. La salida fue brutal, me di cuenta de que no sentía la cabeza, estaba convencida de que el corazón había trepado hasta mis tímpanos y lo iba a expulsar por la boca. ¡Se acabo!, y apretando los brazos contra mi pecho salí corriendo hacia la orilla. Una vez fuera me sacudí el pelo como un perro y a zancadas llegué hasta la mochila.
Era imposible entrar en calor con aquel viento. Saqué la toalla y me envolví en ella. Sentí cierto sosiego. Me froté las piernas y comencé a vestirme, era la única manera de quitarme de encima esa losa helada. Cuando estaba enroscándome al cuello el foulard, vi las dos llamadas perdidas en el móvil. Número desconocido. Sin darle mayor importancia me enfundé los calcetines y sacudiendo la arena me puse las botas. El móvil sonó. Lo cogí agachándome. Número desconocido. Una voz seria preguntó por mi nombre. Sí, soy yo, dije. Me explicó algo de la policía, que si no sé qué de mi mensaje en el móvil, que si la playa, que si su Opel Astra gris metalizado, que si a la altura de Burgos, que si lo sentía. Se me erizó el cuerpo entero, el calambre subió por la espina dorsal hasta helarme las sienes y fue ese temblor espasmódico el que me hizo caer. Y arrodillada en la arena me tambaleaba como una tarada, apretando el móvil contra mi pecho consciente de que ya nunca podría escapar de aquel frío interno.