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3 abr 2020

En busca del tiempo perdido

Compañeros en la Luna  de Javier Avi


—Voy a aprovechar el confinamiento para aprender a tejer y te voy a hacer un jersey de lana  —dije a Joan mientras preparaba el café.
—Ajá.
Joan dice que cuando no sé en qué invertir mi tiempo lo termino haciendo en actividades digamos que poco prácticas para mi vida, como cuando me dio por aprender coreano o cocina molecular o maquillaje de caracterización o Aikido o… Pero no es cierto, ¡claro que no es cierto!

Hace algo más de 8 años vivía en Madrid y todos mis amigos del máster habían triunfado. Es decir, Beatriz decidió irse a Berlín para empaparse del teatro épico alemán, Darío a Buenos Aires para formarse en teatro del cuerpo, Ernesto acababa de ganar el Premio Nacional de Jóvenes Dramaturgos con una obra que en origen era mía y Enrique, con la coartada de escribir teatro, se había esfumado de mi vida. Vale, es cierto que yo hacía año y medio había publicado mi primera novela y ahora la editorial me pedía la segunda, a lo que me negaba en rotundo porque antes de seguir escribiendo mierda prefería tirarme por la ventana.
—¿Piensas en tirarte por la ventana frecuentemente, Elvira? —me preguntaba Óscar, mi psicólogo.
—No, no, no, frecuentemente no, solo a veces.
—Ajá.
Tampoco me veía con fuerzas para embarcarme en un doctorado en ese momento, aunque algunos profesores me insistieron en ello, pero no. Yo quería algo que… yo… a mí lo que en realidad me llenaría sería…
—¿Astrofísica? —me preguntó Gael con cara de avestruz.
—A ver, se trata de unos cursos que imparten en el Planetario, es dificilísimo tener plaza pero voilà!, lo conseguí.
—Ajá.
Me sentía muy bien, en ese momento me sentía realmente bien. Lo tenía todo: acababa de dejarlo con Rafa, un hombre que había terminado con todo mi almacenamiento de dopamina; seguía teniendo un trabajo en una universidad de Madrid que detestaba, pero estaba muy bien pagado; mis amigos se habían evaporado, pero es lo que ocurre siempre al terminar una fase de tu vida; y desde hacía un par de meses me había inscrito en Meetic solicitando a hombres no más lejos de 100 metros de mi casa y ahí estaban.
—¿Y tú sabes capoeira? —me preguntó Marcos o Martín o Mateo o como coño se llamara ese tío de Meetic que solía venir a mi casa a dormir cuando no lo hacían Andrés o Ángel, Carlos o Cosme, o Tito o Teo.
—¿Yo? No, me gustaría aprender Aikido.
—Mira. —Y se levantaba de mi cama y así, como dios lo trajo a este mundo, se ponía a practicar capoeira—. Es importante levantar mucho la pierna, así, así, así, ¿lo ves?
 —Ajá.
El primer día de clase llevé un cuaderno azul, como el cielo. Iba a ser una astrofísica y tenía que estar preparada. El aula era pequeña y me senté en la tercera fila. Seríamos unos veinte. Mis compañeros empezaron a presentarse en voz alta, de uno en uno. Yo, mientras esperaba mi turno, abrí el cuaderno y en la primera página escribí en letras redondas ASTROFÍSICA y debajo dibujé una luna con nariz, ojos y boca.
—Me llamo Francisco Javier, tengo 43 años, soy matemático y doy clases en el Instituto Miguel Hernández.
—Oh, perfecto, un matemático, nos vendrás muy bien —dijo la profesora—. ¿Qué más?
—Hola a todos, me llamo Vera, tengo 27 años, soy periodista y divulgadora científica y trabajo para la revista Muy Interesante.
—Vaya, ¡qué interesante! —Y ella sola se rio—. Bien, ¿más?
—Bueno, hola, me llamo Elvira, tengo 33 años y soy filóloga.
—¿Perdona? —preguntó la profesora acercándose a mí.
—Filóloga.
—Ajá.
No me importó. La Astrofísica era mi vida y no me iba a dar por vencida. Además nunca había encajado en ningún grupo ni social ni académico ni humano.
—¡¿Cómo que se casa Nerea?! —grité a Marieta por teléfono.
—Que no me chilles, enana de mierda, y apunta su cuenta bancaria, le tienes que ingresar 150 euros.
—Jodeeeeer, pero ¿por qué se casan?, ¡¿por qué?!
—Porque es lo que hace la gente. La gente que no somos ni tú ni yo, pero gente, gente a fin de cuentas. Elvira, esa gente, que no somos ni tú ni yo, pertenece a un grupo humano especial en el que se tiene pareja y esa pareja le propone matrimonio porque le quiere. La gente, que no somos ni tú ni yo, se quiere, se-quiere 
—Ya. Yo tuve un novio que un día me prometió que nos casaríamos porque “Te quiero, reinita”, 3 semanas después me confesó que se tiraba a su ex y después huyó a Finlandia con la excusa de hacer el proyecto fin de máster. Nunca más supe de él. Pero me quería, me quería mucho.
—Ajá.
El curso de Astrofísica terminó y guardé  mi cuaderno azul junto al naranja de coreano. 

—Pon los brazos en cruz para tomarte las medidas.
Joan dejó su café en la mesa y se puso en medio de la cocina con los brazos en alto.
—Pero, cariño, ¿no crees que sería mejor que primero aprendieras a tejer y luego, ya si eso, me tomaras las medidas?
—Aprender a tejer… Ya… no sé, es que ahora mismo estoy pensando que esto de la cuarentena se va a alargar mucho y que quizá me apunte al curso, de 5 semanas, de Criminología que ofrece online la Universidad de Salamanca.
—Ajá.


29 sept 2019

Un día de Swing


Swing de Gisela Fernández

Me despierto. Todavía con los ojos cerrados tanteo la cama. Busco el móvil. Lo encuentro. Sigo tanteando. Esta vez son mis gafas lo que necesito. Las encuentro. Me las pongo y me acerco el móvil. Las 5:37 de la mañana. Suspiro. En China siempre me despierto entre las 5:30 y las 6:10, no falla. Mi despertador lo tengo a las 7:07, pero nunca lo he necesitado. Me siento sobre la cama. Miro mis pies. Muevo los dedos. Parecen gusanos. Me calzo las chanclas y comienza la rutina. Baño y cocina. Coloco el móvil en la encimera, sobre el soporte de manos libres. Reviso mi Wechat. 5 audios de Beatriz y dos fotos. Le doy al play y preparo la cafetera.
Guarra de mis amores, la oigo decir. Me río, la echo de menos. Me cuenta su última conquista. Un tal Emilio. Nuevo en la oficina, 8 años más joven que ella. No escatima en detalles sobre la acción misma. No hay dos como Beatriz. Retiro la cafetera del fuego. Tengo miedo de derramar el café porque las obscenidades de Beatriz me hacen reír demasiado. Termina su último audio con un: Disfruta de las fotos, pervertida. Me seco las manos en el pantalón del pijama. Cojo el móvil y descargo las fotos. Joder. Joder. Dos fotos. Supongo que del tal Emilio. Como dios le trajo al mundo pero sin cabeza. Grito. ¡Cerda! Me rio. Me rio más. ¡Puta! La echo de menos. Dejo el móvil en el manos libres y tomo el vaso de café. Madre mía, cuánto la echo de menos. Mucho. Pienso en Madrid. Bebo un sorbito de café. Pienso en Joan. Miro por el ventanal de la cocina. Veo a los estudiantes caminar con prisa por el campus. Son las 6:08 y la universidad ya está viva. Me termino el café. Hago cálculos con las horas y decido llamarlo.
―¿Joan?
―Elvi, ¿está todo bien?
―Sí, todo bien, pienso en ti…
―Cariño, no es buena hora.
―Sí, lo sé, pero es que casi no hablamos, se complica mucho esto del desfase horario y el bloqueo de internet… se complica hablar, no hablamos, Joan…
―Fue idea tuya irte.
Silencio.
―Sí, no es buena hora.
Cuelgo y deposito el móvil, otra vez, en el manos libres. Lo miro. Me estiro la cara con ambas manos. Y pienso por primera vez que se está cansando. Y pienso por primera vez, en 7 años, que va a dejarme. Y pienso por primera vez, en 42 años, que no quiero estar sola.
Pongo música. Stock de AnnenMayKantereit. La tarareo y me meto en la ducha.
La primera clase transcurre sin incidencias. Son estudiantes brillantes. Analizamos los textos y reflexionan sobre la creación del personaje. No es fácil, digo. ¿O sí?, planteo. ¿Por qué empatizamos con un villano? La participación de los alumnos es rápida y pertinente. Me mantengo a un lado. Ellos discuten, manejan la sesión. Me gusta lo que veo. Termina la clase y los aplaudo. Sois un grupo excelente, les digo. Les sonrío. Mi trabajo me devuelve cierta confianza en el día.
Llego al despacho. Mi compañera Verónica está sentada en su silla. La observo por detrás. La admiro. Nunca había conocido a una mujer tan inteligente y competente.
―Vero ―digo, y le acaricio el hombro.
―¿Le has visto?
―¿A quién?
―Al nuevo profesor del departamento de inglés.
―No.
―Es indio…
Y las dos salimos disparadas del despacho. Cree que alcanzaremos a verlo en el pasillo. ¡Allí!, me dice, frente a la 506. ¡Lo veo!, grito, ¡está como un queso! Y las dos nos reímos y nos manoteamos como adolescentes. Y sí, aquello me devuelve la confianza plena en el día.
―¡Elvira!
El grito llega del piso de abajo. Me asomo al patio interior. Mi cabeza cuelga de la barandilla. Veo a la Decana Wang, en la misma postura pero con la cabeza hacia arriba.
―Oh, Elvira, ven a mi despacho, por favor.
Recojo mis cosas, me despido de Verónica y bajo.
Ya en su despacho. La Decana me explica que necesita que revise el estilo del discurso que dará antes del Día Nacional. Le contesto que sin problema. Me pide un pen, le digo que no tengo. Bien, en el móvil podré guardártelo. Se lo doy. Lo engancha a su ordenador. Y comienza a abrir carpetas indiscriminadamente. Me pongo un poco nerviosa.
―Profesora Wang, permítame, ya lo hago yo…
―Puedo yo, no es un problema, Elvira.
Y allí apareció. Emilio en todo su esplendor. Su miembro ocupaba prácticamente todo la pantalla del ordenador. Pienso que solo una guerra inminente con Corea del Norte podría salvarme de aquella situación, y empiezo a suplicar bombardeos del país vecino. Cierro los ojos. Respiro a trompicones. Incapaz de articular palabra.
―Aquí lo tienes.
Abro los ojos. La Decana Wang me devuelve el móvil.
―Espero que en dos días lo tengas revisado.
―De acuerdo ―le respondo.
Y es que en China de lo que no se habla, no existe. Y el trabuco de Emilio, aunque casi le saca un ojo a la decana, nunca ha existido.
Entro en mi segunda y última clase. Analizo textos de Martín Gaite como buenamente puedo. Pablo Klein me evoca a Emilio y me trabo cada dos por tres. Próximo objetivo: matar a Beatriz.
Llego a casa. Tiro el bolso al sofá. Me descalzo de camino a la cocina y allí dejo el móvil en el manos libres. Conecto la VPN, nuestra herramienta para sortear el bloqueo en redes dentro del país. Entran varias notificaciones de Instagram y 57 mensajes nuevos de 4 contactos en Whatsapp. La mayoría son de mis amigas de Bilbao, que reniegan del Wechat, supongo que pensarán que no se pierden mucho sin noticias mías. Pero uno de los contactos no lo conozco. El número es chino. Mensaje escrito:
Elvira, soy Germán, tienes Wechat? Mi ID es: XXXX. Búscame. Hablamos mejor por ahí.
¿Qué Germán? Con enorme curiosidad lo busco en el Wechat, le mando una solicitud de amistad. Espero. Miro al móvil con impaciencia. Espero. Entra llamada del nuevo contacto. Inquieta dejo el móvil en el manos libres. Me apoyo en la encimera y respondo.
―¿Hola?
―¿Elvira?
―Sí.
―Soy Germán.
―¿Qué Germán?
―Germán, el amigo de Rafa.
¡BOOM! Corea del Norte acaba de empezar a bombardear. Me llevo las manos a la boca. Salgo de la cocina. Vuelvo a entrar. Me acuclillo, me levanto. Cojo un trapo, lo sacudo al aire. Me recoloco las gafas. Me estiro el pelo y me vuelvo a acuclillar.
―¿Elvira?
Tomo aire.
―Germán. ―Finjo serenidad y poca sorpresa―. ¿Cómo así?
Me cuenta que vive en China, en Pekín desde el 2015. Que por redes me seguía un poco la pista, que sabía que estaba en China también. Me cuenta que ahora mismo está en mi ciudad, que se va a pasar la semana de vacaciones al sur de Rusia y que ha querido hacer escala en mi ciudad, y que si quiero que cenemos juntos.
Mi cabeza da tumbos. Lleva un año dando tumbos. El pasado a veces se hace demasiado presente. Me incomoda. Rafa. Madrid, hace 10 años. Me incomoda. Resoplo. Miro al móvil. Mantengo el silencio. Detesté a Rafa con todas mis fuerzas. Fue una relación tóxica, una competición de culpabilidades. Infidelidades destapadas, insultos, humillaciones… Una relación para olvidar, pero como todas, supongo. Como todas. Hasta conocer a Joan, hasta conocerlo a él.
―No vivo en la ciudad. Desde el campus tardo una hora y media en llegar al centro.
―Claro, entiendo.
Lo escucho y lo recuerdo junto a su enorme perro, un gran danés. Siempre me cayó bien ese chico, era un tío majo. Recapacito.
―Bueno, a las 20:30 podría estar allí.
Le propongo un restaurante para vernos. Nos despedimos hasta la noche. Cojo el móvil y reviso las fotos. Me siento en el sofá. Sigo viendo fotos. Casi todas son de Joan. Encuentro un vídeo. Los dos bailamos agarrados una balada en la cocina. Él canturrea una canción de Lynyrd Skynyrd, yo me río y le toco el culo, miramos a la cámara y saludamos hasta que él me besa. Se corta y el vídeo se repite automáticamente. Lo miro cinco o seis veces seguidas. Sonrío. Abro el Wechat, quiero mandarle un audio. Quiero decirle que lo siento. Quiero decirle que lo intento. Quiero decirle que volveré. Quiero decirle que me espere. Quiero decirle que lo quiero, que lo quiero mucho.
―Joan, las cosas son así… ―Y suelto el botón de grabar.
Y mientras lloro me lamento por ser como soy.
Con el menú entre las manos, miro a Germán. Poco ha cambiado. Sigue tan grande y parece noble como entonces. Pedimos. Pide él. Habla un chino casi perfecto. Le alabo.
―Gracias ―dice―. Me alegro de que hayas venido, siempre me pareciste una tía maja aunque lo tuyo con Rafa no terminara bien.
―Ni terminó ni empezó, aquello fue un despropósito desde el principio. ―Me sirvo cerveza en el vasito―. ¿Qué es de él? Supongo que se casaría.
―Sí, se casó.
―Todos mis ex se han casado.
―Imagino que es lo que hace la gente.
―Ya. Y tú y yo en China más solos que la una, ¿eh?
Se ríe y se sirve cerveza.
―Será que nosotros vamos por libre.
―O será que nadie quiere casarse con nosotros.
―También.
Brindamos.
―Oye, ¿y tu perro?, ¿Homer?
―Con mis padres, muy mayor el pobre, 14 años ya.
Nos traen la comida y hablamos de su trabajo. Diseña paisajes para videojuegos y suele pasar 6 meses en Pekín y otros 6 en Singapur, la compañía tiene renombre. Está muy contento. Me alegro por él. Hablamos de mí, de mis alumnos y le explico que poco ha cambiado mi vida.
―¿Sigues investigando sobre la frustración creativa? ―me pregunta.
―Uy, no, no, no, desde hace años lo que me pone son los personajes suicidas.
―No me esperaba otra cosa de ti.
Me río. Me alegro de haber ido. Está siendo una cena muy agradable. Me gusta tenerlo de vuelta en mi vida.
―Hace tiempo que quise ponerme en contacto contigo, Elvira, pero no sabía...
Parece nervioso. Deja los palillos sobre el cuenco de arroz y cruza las manos en alto. Lo miro un tanto inquieta.
―Elvira, es que no sabía si lo sabrías, pero al empezar a cenar me he dado cuenta de que no.
Yo también dejo los palillos sobre el cuenco de arroz. Lo miro.
―Dime.
―Elvira, Rafa murió el año pasado. Cáncer de estómago.
No me impacta escuchar que Rafa estuviera muerto, lo que me impacta es que llevara muerto un año. Un año. Un año que Rafa ya no existe. Un año en que mi vida ha seguido exactamente igual. Me impacta comprobar lo poco o nada que afectan ya nuestras vidas en la de los demás.
―Lo siento, Germán.
―Gracias. Desde que llegué a China perdimos mucho el contacto pero, joder, siempre impacta algo así, ¿verdad?
Impacta. Impacta.
―Sí, impacta ―miento y bebo un trago de cerveza.
En el taxi, de camino al campus, pienso en personas a las que quise y quizá ahora ya estén muertas. La lista es larga. Quise a mucha gente y a pocos pude mantener a mi lado. Sí, la lista es larga.
Saco el móvil, busco el contacto en Wechat y aprieto la opción de llamada.
―Dime.
―¿Es buena hora?
―¿Qué quieres, Elvira?
―Saber si sigues vivo o no.
Silencio. Respira fuerte. Parece molesto.
―Sigo vivo.
―Me alegro. Porque cuando llegue a Madrid quiero bailar en la cocina contigo.
Empiezo a llorar.
―¿Qué pasa, Elvi?
―Que yo solo quiero bailar contigo.
Silencio.
―Pues bailaremos… bailaremos hasta morir.


11 nov 2011

Con dos narices

 Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso

Me enamoró su presencia. Bueno, no, quizá fue su dulzura o su manera de retirarse la melena hacia un solo lado. La cuestión es que Virginia me cautivó desde el primer momento. Después de informarme sobre los cursos, me preguntó cuál era exactamente mi interés en el mundo del vino.
―Esa angustia, ¿sabes? ―decía, 20 minutos antes, a mi psicoanalista―, es la que me hace preguntarme qué va a ser de mí si vivo más de los 40 años. Sorda, depresiva, artrítica. Tengo que morirme antes, Óscar, tengo que morirme antes…
―Creo que es una reflexión interesante, Elvira. Te propongo que la retomemos en nuestra próxima sesión, porque hoy se nos terminó el tiempo.
Y con una patada en el culo me mandó para mi casa. Y es que, lo de desmenuzar tus miserias en 60 minutos, te recordaba a cuando eras pequeña y tu madre venía la primera a buscarte a una fiesta de cumpleaños, sabías que te ibas a perder lo mejor. Volvías a casa cabizbaja con esa frustración punzante.
Casualidad, aquel día levanté la cabeza y me topé con la escuela de Cata de Vinos.
―No lo sé ―contesté tímidamente  a Virginia―. Quizá su lado sensorial, o que estoy tan perdida que no sé a qué agarrarme.
―Bueno, dicen que beber es bueno para olvidar ―dijo arqueando las cejas.
Me reí.

―¿Un curso de Sumiller? ¿Sumiller profesional? ―preguntó Rafa sorprendido mientras meaba.
―¡Sí! ―contesté desde su cocina, preparaba pasta―. Sumiller Internacional.
Rafa entró en la cocina subiéndose la bragueta, y se lavó las manos en la fregadera. ¿Por qué no lo hacía en el baño? Odiaba eso de él. ¡Guarro!
―¿Internacional? ―volvió a preguntar mientras se las secaba con un trapo―. Elvi, eso es la polla, ¿tú sabes lo que vas a tener que estudiar? Esos tíos tienen una memoria de elefante. Estamos hablando de todos los vinos del mundo, denominación de origen, bodegas, añadas, esencias… Pff, no eres capaz de eso.
―¿Cómo…?
―Chiquitina, vamos, no pongas esa cara. A ver ―Me cogió por la cintura con ambas manos y ladeó la cabeza―. Inteligente, lo que se dice inteligente, no eres. Digamos que apañada. Porque las cosas como son ―Me soltó y bajó la potencia de la vitro―. Eres una tía que sabe sacarse todo el provecho. Ahí estás con tus cuentitos y tu librito publicado, vamos, tus cositas.
¿Mis cositas? Me llevé una mano al cuello y con la otra me apreté la tripa.
―A veces pienso ―continuó―, que si fueras tan inteligente como tu hermano Gerardo, no sé hasta dónde habrías llegado.
Dije que ahora volvía. Fui al baño. Cerré con pestillo. Me apoyé en el lavabo y, tapándome la boca con ambas manos, lloré hasta agotarme. Me lavé la cara. Me miré al espejo y conté hasta cincuenta. Salí.
―¿Qué has estado haciendo ahí dentro?
Cogí la chaqueta, le di un beso en la mejilla y le dije que me iba, que no me encontraba bien.
Desde la puerta, mientras me veía subir las escaleras, me preguntó si estaba molesta por lo que me había dicho.
―No ―dije―, es solo que tengo mal las tripas, ya sabes…
―Jo, chiquitina, vete al médico, porque te pasas el día con cagalera.
―Sí, me paso el día cagando… ―Y mordiéndome los labios por dentro, seguí subiendo las escaleras.
Al día siguiente volví a la escuela y se lo conté a Virginia. No lo de Rafa, pero sí mis inseguridades sobre mi capacidad, y que quizá el curso me quedaba grande. Virginia, sentada en un alto taburete tras una mesa blanca, me escuchaba con verdadera pasión, frunciendo el ceño y asintiendo cada palabra que decía. Cuando terminé, estiró la cara y me sonrió. Me pidió que la esperara un minuto. Al de un rato regresó con una caja. La dejó sobre la mesa y me instó a que la abriera. Tuvo que insistir dos veces, porque yo estaba paralizada, no sabía a dónde quería llegar. Miré la caja. Era de madera. En realidad era como un pequeño armario de dos puertas. Lo abrí, tirando de los dos pequeñitos pomos, y por un momento me imaginé que volvería a ver los vestidos de mi Nancy. Pero me encontré decenas de diminutos frascos de cristal, con tapón negro, y con un amarillento líquido dentro. Levanté la cabeza y miré a Virginia con cierta fascinación.
―Ahí tienes 54 esencias de vino. Capturadas, guardadas y clasificadas para educar tu olfato. Quiero que te las lleves a casa y las memorices. En cuatro días te examinaré de memoria olfativa. 5 esencias, solo puedes cometer dos errores. ¿Aceptas el reto?
No sé, me parecía demasiado fácil. La sordera me había otorgado de un olfato fuera de lo común, parecía la mujer biónica. No podía dormir cerca de materiales de cuero: bolsos, zapatos, chaquetas; ni de papeles de plásticos o por supuesto productos de limpieza. Incluso antes de comprar un libro, me lo llevaba a la nariz y si consideraba que el olor de su hojas era demasiado fuerte, pedía otra edición. Y no era una cuestión de manías, si no que la intensidad del olor llegaba a ahogarme. Así que memorizar 54 aromas y asignarles un nombre no me parecía una acrobacia plausible.
―Mi temor es otro, Virginia. Los nombres, años, bodegas... No la nariz.
Se retiró el pelo hacia un lado con una feminidad inalcanzable, y me pidió que cogiera un frasquito al azar y leyera su etiqueta. Tomé el cuarto de la octava fila.
―Higo, 60-J-14B.
―Todas las esencias tienen un código de 6 caracteres, cifras y letras, a veces separados por guiones, otras veces no. Estos códigos también debes memorizarlos y el lugar exacto de sus guiones, si los tienen, claro.
―¡Imposible! ―grité.
―Bien, creo que ahora sí he conseguido picarte ―Y con una triunfante sonrisa, me despidió hasta dentro de cuatro días.

Dejé la caja abierta sobre mi escritorio. Parecía el San Antonio que tenía mi abuela. El santo estaba metido, con su ramillete de laurel, en una caja con la parte de delante de cristal, a modo de vitrina. Y bajo sus pies una ranura donde mi abuela iba metiendo monedas por cada petición que le hacía, “Ay, San Antonio bendito, que encuentre el botón de nácar de la blusa blanca, que caérseme, se me debió de caer por el salón”. El botón aparecía y mi abuela lo recompensaba con una moneda de 25 pesetas. Cuando veía que el santo pesaba demasiado, lo vaciaba y se lo jugaba todo a la brisca.
Miraba la caja desde el sofá, no me atrevía ni a acercarme. 54 códigos, 324 caracteres, imposible. Así que alcancé el móvil y le supliqué a Gael que viniera. Cuarenta minutos después apareció en mi casa con seis botellines de San Miguel. Le conté lo del curso de Sumiller, lo de Rafa, lo de Virginia y su reto. Sin decir nada abrió dos cervezas. Me ofreció una. Se sentó junto a mí en el sofá y miró la caja de las esencias de la misma manera que seguía haciéndolo yo.
―Cari, ¿estás segura de que no prefieres admitir que eres apañada?
Negué con la cabeza.
Gael me dio su cerveza. Se levantó. Cogió la caja. La dejó sobre la mesita frente al sofá. Se arremangó el jersey de lino. Me pidió su cerveza con un enérgico gesto de mano  y dijo:
―Empecemos.
Así que empezamos. Gael abría un frasquito, me lo daba a oler, manzana verde, decía, ¡piña, animal!, me contestaba. Y a partir de ahí empezaban sus trucos de memoria nemotécnica:
―La piña no tiene hojas, son rabos verdes arriba, pues la forma del rabo es el 1, pero son dos, así que 11, ¿vale? ¿Dónde hay piñas?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos, pasos, cruces. 5 pasos y una cruz,  es decir: X. Tesoro encontrado, entonces pausa, un guión, más descanso: un 0, nos comemos la piña, no queda nada, solamente un rabo: 1. Por lo tanto: 115X-01, ¡repite!
―Piña, 115X-01.
Me ofreció otro, fácil: coco.
―Vale, ¿dónde hay cocos?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos…
Madre mía, San Antonio bendito…
Tres días después, habíamos encontrado 53 tesoros, porque el azufre apareció en el volcán de El Hierro, auxilio entre flotadores, y un rabito de piña flotando en el agua: VF-8S8-1. Sin comentarios.
Al cuarto día, Virginia me sentó en su taburete alto y me dio una especie de antifaz para dormir. Me lo puse. Me preguntó si estaba preparada. Asentí. Me acercó el primer frasquito. Inspiré profundamente. Lo retiró. Le pedí repetir. Me dijo que estuviera tranquila. Lo acercó de nuevo. Volví a inspirar: Ciruela, 6YCCR6. Chasqueé la lengua. Me había equivocado. No era así, pero no sabía corregirlo. Llegó el segundo, tercero, cuarto y quinto frasquito.
Me quité el antifaz. Virginia no paraba de sonreírme.
El resultado fue horrible. En cuanto a esencias solamente un error. Confundí la grosella con el lichi. Y en cuanto a códigos sólo había dicho dos correctamente, el de la piña y el del membrillo. Aun así, Virginia me dio la enhorabuena, y me convenció de que la memoria era un animal vivo, si la alimentaba crecería.

Subí las escaleras de casa y me paré en el tercero. Toqué a la puerta y esperé. Rafa abrió, y me besó. Ya me he matriculado, le dije. ¿Para Sumiller?, preguntó. Sí. Al final siempre te sales con la tuya, ¿eh?, me alegro si es lo que quieres, dijo. Es lo que quiero, respondí, y creo que también quiero estar sola. ¿Cómo sola?, preguntó. Sola, respondí. Lo besé y subí las escaleras. Hasta que no metí las llaves en mi cerradura, no oí cerrar su puerta. El portazo me hizo encogerme de hombros.
Entré en casa arrastrando los pies, tenía la pena encadenada a mis tobillos.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos. Antes de cerrarla, cogí medio limón, que estaba sobre los yogures, y me lo llevé a la nariz.
―Limón, 5555-MZ.

18 oct 2011

Otra forma de amar

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer los dos anteriores: Saliendo del corral y Llamadas...


Llevaba 47 días siendo soltera. Y empezaba a encontrarle su lado positivo. La cama volvía a ser mía. Las comidas volvían a no entrar en ninguna franja horaria normal. Trasnochar ante el ordenador volvía a convertirse en una costumbre placentera. Y el reggaetón se volvía a escuchar en mi casa. Sí, reggaetón. Porque: Hola, mi nombre es Elvira, soy depresiva y llevo 112 días sin llorar. Te queremos, Elvira. Odio a los psicólogos que se les llena la boca hablando de las propiedades terapéuticas de la música de Erik Satie, ¡coño, ponle a tus pacientes Don Omar y déjate de tanto pianito a dos revoluciones por minuto, que me los vas a matar, madre de Dios!
Así que era sábado, cuatro de la tarde, acababa de desayunar, y movía el culo en medio del salón al ritmo de Danza Kuduro. El timbre de la puerta sonó. Mi culo paró. Me acerqué hasta la entrada y, desde dentro, pregunté quién era. Entonces se me paró el aparato respiratorio cuando Rafa contestó. Morada abrí la puerta.
―Hola… ―dijo con media voz―. Tenemos que hablar.

Dudo mucho que tuviéramos algo más que decirnos. Hacía 47 días, arrodillado y flagelándose, me confesó que sí, que se había tirado a aquella tía mientras yo estaba en París. No importa, le dije, porque yo también me tiré a alguien, bien, estamos en paz, volvamos a amarnos sin darle más vueltas.  Pero la cosa no fue tan fácil. Se reincorporó y me pasó el látigo para que me fustigara ahora yo, mientras me preguntaba con cierto nerviosismo ascendente: ¿que has hecho queeêêêEEÉ??!
Bueno, sí, la infidelidad. Tema delicado. El hombre es infiel, la mujer lo entiende. La mujer es infiel, el hombre la despelleja. Así que muy poquitas posibilidades tenía de salir bien parada en esta situación, porque: Hola, mi nombre es Elvira, y soy infiel por naturaleza. Te queremos, Elvira. Mi madre siempre me dice que no hable con desconocidos, pero, mamá, si no hablo con desconocidos, ¡sólo me los tiro! Me gustan los tíos. Todos. Altos, bajos, cachas, gorditos, carnívoros o veganos. A esto se le pueden dar muchas explicaciones. Freud, por ejemplo, si levantara la cabeza, achacaría mi promiscuidad a la falta de cariño en mi infancia. Pues es posible pero, vamos, que aquí lo que nos importa es que si levantara la cabeza también me lo tiraría.
Rafa no me despellejó exactamente. Únicamente me llamó falsa, cínica, planificadora, mentirosa, zumbada, y putonga. ¿Putonga?
―¿Putonga? ¿Me has llamado putonga?
―¡Sí! ¡Putonga!
Pues que me entró la risa oírselo decir por segunda vez, porque: Hola, mi nombre es Elvira y no tengo ética ni moral. Te queremos, Elvira. Rafa me echó de su casa, mientras me gritaba que volviera a terapia y tomara medidas, porque estaba fatal de la cabeza. Yo subía las escaleras muerta de la risa, porque cuando empiezo ya no puedo parar.

―La próxima semana empiezo con la terapia. Ya he hablado con Óscar, si es de eso de lo que quieres hablar. Prometo curarme ―dije levantando la mano derecha a modo de juramento.
Rafa suspiró un joder entre dientes y me miró  con cara de “tú no tienes cura, tarada”. Yo me reí, por supuesto. Él se frotó la cara y colocándose las manos en la cintura me explicó, mirando al suelo, que tenía que acompañarle a la boda de Carlos y Regina. Que esperaban que yo estuviera allí, que no les podía hacer ese feo. Que era cierto que la culpa fue suya por no avisarles de que habíamos roto, pero que tenía que ir, que mi plato ya estaba pagado y no les podía hacer ese feo. Repitió lo del feo unas 40 veces, como si, a una anti-ética como yo, aquello le pudiera ablandar. Y, lo cierto, es que imaginarme yendo a una boda de la mano de un ex… ¡me fascinaba!
 ―Sí, sería un feo ―dije mientras me regocijaba en mi propia inmoralidad.
Una semana más tarde. Íbamos camino al Castillo de Batres: Rafa, Germán, Homer y yo, en el pequeño Ford Fiesta, propiedad del primero. Al llegar, Rafa se separó de mí como si tuviera la peste, llevándose a Germán. Así que Homer y yo decidimos darnos al vino, porque todavía faltaban 20 minutos para que la boda civil, oficiada por el concejal Augusto Laguna, diera comienzo en aquel medieval paraje. Sentía que la gente empezaba a mirarme y no tenía muy claro de por qué. Quizá porque no eran las 12 de la mañana y yo ya iba por el tercer crianza, o porque tenía a mi lado un Gran Danés de casi tres metros de altura, o porque la faja-Spanx-de-mis-cojones me estaba cortando la circulación de las piernas y empezaba a tenerlas azuladas. La cuestión era: Hola, mi nombres Elvira,y no tengo amigos. Te queremos, Elvira.
La ceremonia comenzó. Era la única en la pequeña sala que estaba con una copa de vino, mi cuarta. Así que cada vez que el concejal decía algo, yo emitía un “uuu-uuuu-uuuh!!”, al más puro estilo José Luis Moreno. La madre de la novia, una doble de Pitita Ridruejo, me miraba con cara de estar viendo al mismísimo demonio. Al quinto “uuu-uuuu-uuuh!!”, dos chicos me sacaron de la sala, porque: Hola, mi nombre es Elvira y soy alcohólica. Te queremos, Elvira.
Sentada en las escaleras de la entrada del castillo, me descalcé. Llevaba unos peep-toe negros con la punta abierta, por eso me había comprado unas medias también con la punta abierta. Se me salían los dedillos del pie, que movía cual gusanos de tierra.  Germán llegó con un botellín de agua. Se sentó a mi lado, me quitó la copa y me ofreció el botellín. Después miró mis pies.
―¿Quién te ha mordido las medias?
―¡Son así!
―¿Las compraste ya rotas?
No había dos como Germán. Lo adoraba. Al de un rato, y tras haberme terminado casi toda el agua, me levanté con cierta torpeza, y le pedí a Germán que me dijera si realmente se me marcaba la faja. Me coloqué frente a él. Estiré mi ceñido vestido negro de cuello barco, y largo hasta la media rodilla. Ladeó la cabeza y me dijo que sí, que aquí. Aquí, era la nalga.
―Ah, pero eso no es la faja, es la braga, ¿ves? ―dije levantándome el vestido―. Llevo las medias, la faja y encima la braga, que hace de barrera para que no se me caiga la faja, ¿ves?
―Después de ver esto, sólo me queda por decir: ¡Uuu-uuuu-uuuh!
Durante el coctel, el fotógrafo organizaba los grupos para ir posando con los novios. Intenté salir junto a Rafa, pero en todas me apartaba con un manotazo, así que, al final, opté por la esquina junto a Homer y mi sexta o séptima copa de vino. Eso sí, la sonrisa todavía nadie me la había quitado.
Ya sentados en la mesa, Rafa no tuvo más remedio que estar a mi lado, aunque me ignoró en toda la comida. Gesto que no me importó, porque tenía la boca tan acartonada y pastosa que, si alguien me hubiera hecho hablar, le habría podido escupir  pelotillas de polvorón.
Cuando la tarta llegó, las luces se bajaron y empezó a sonar I’m yours de Jason Mraz. Los novios se levantaron e hicieron una pequeña coreografía muy popera. Me emocioné tanto que además de tres “uuu-uuuu-uuuh!!”, empecé a zarandear los brazos en alto como un girasol ciego. Carlos y Regina cogieron los pequeños novios que adornaban lo alto de la tarta y, sin perder el ritmo de la música, recorrieron el pasillo del amplio salón hasta llegar a nuestra mesa, y nos ofrecieron, a Rafa y a mí, los novios.
―¡Nos han tocadoooooo! ¡Uuu-uuuu-uuuh! ―grité levantándome de golpe, mientras daba palmadas como una histérica.
Rafa tomó los muñecos con cara de circunstancia, y besó a los novios agradeciéndoles el detalle. Enseguida llegó el fotógrafo que nos pidió que nos juntáramos los cuatro para la foto. Justo antes del flash, Rafa colocó los muñequitos delante de mi cara. Bonito recuerdo sin rostro, pero, eso sí, mi sonrisa seguía intacta detrás.
Con el baile llegaron los cubatas y el dolor de pies. A las 9 de la noche estaba en el baño de señoras abanicándome los pies descalzos, con una pequeña toalla. En ese momento llegó Regina con un séquito de 8 amigas, para ayudarla a mear. Le empezaron a desmontar el vestido por aquí y por allá. Le subieron la cola que se la engancharon a la espalda y le quitaron el casquete de la cabeza que iba unido al velo. No sabían qué hacer con él, así que una de ellas me pidió que lo sostuviera. ¡Claro!, exclamé encantada de servir, por fin, para algo en aquella boda. Me vi delante del espejo con el casquete en la mano y no me pude contener. Me calcé los zapatos y, con cierta ceremonia, me coloqué el velo y… ¡Madre mía, era una novia! No podía dejar de mirarme al espejo. Me tocaba el velo sobre mis hombros y sonreía desde diferentes ángulos.
―¿Qué haces…?
Me di la vuelta y vi a Rafa apoyado en la puerta del baño. Me sonreía, quizá por los cubatas, por lo que fuera, pero me sonreía desde la puerta.
Se señaló, con el dedo índice, el oído y me preguntó:
―¿La oyes? ¿Oyes la música?
Negué con la cabeza.
―Suena U2, With or without you.
Con la mano me pidió que me acercara. Me acerqué. Me acarició la cara. Y susurrándome la canción en el oído izquierdo, la bailamos en el baño.
Hola, mi nombre es Elvira y estoy perdidamente enamorada de ti.

28 ago 2011

Llamadas...

Película: Crimen perfecto de Alfred Hitchcock

—Hey, ¿qué pasa, tío? —dijo Rafa, en calzoncillos, desde el quicio de la puerta de su apartamento madrileño. Su amigo Germán terminaba de subir los últimos peldaños, acompañado por su perro.


—¡Buah!, joden estas putas escaleras, chaval.

Los dos amigos se dieron una palmadita en el hombro y entraron en casa. En la cocina, Rafa le dio las llaves de su coche.

—No le metas demasiada caña, que el pobre FordFi no está para mucho trote. Y, ya sabes —dijo señalando al perro—, ni babas ni un puto pelo de Homer cuando me lo devuelvas.

—Tranqui, tío. Como la seda. Sabe que si se porta bien le invito a un Big Mac.

Rafa se río llamándole tarado, después se quedó en silencio un rato largo.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

Rafa se dio la vuelta y, bajando el tono de voz, le confesó que ayer tuvo liada.

—¿Liada, liada?

—Liada —confirmó Rafa.

—¿Sigue en la habitación?

Rafa afirmó con la cabeza.

—Joder… ¿Y Elvira?

—Sigue en París, con sus putos cursos y su puta mierda…

—Joder…

—Puta egoísta. Hace lo que le sale de los cojones. Sin avisar, tío. ¡Pum! Me voy a Paris. Ahí te quedas. ¡Pum! Me encuentro mal y me voy. Pero, loca, nos íbamos a Ibiza, ¿no? Joder, macho, estaba hablado, nos íbamos de 10 al 20 de agosto a Ibiza. Pues no, que la niña dice que tiene mucha angustia, que quiere buscar no sé qué, que se frustra, que se…, ¡yo qué sé! Que soy un pringa’o, Germán, tío, que soy un puto pringa’o.

—Joder… ¿Y ésta?

—Ayer, que salí con Manu. Terminamos a las 6 de la mañana en el Larios, muy mala pinta, tío, pfff, muy mala pinta, y nada, sin más, que me traje a la pava a casa.

—Joder…

Homer, sentado en el suelo, observaba como los dos, apoyados en la encimera, miraban al frente sin pestañear. Después vio como su dueño le hizo un gesto con la mano, se levantó y lo acompañó hasta la puerta de las escaleras.

—Oye, tío, no te ralles. Ya está. Y si quieres y te apetece, llama a Elvira, llámala. Es muy probable que esté tan jodida como tú.

Con otra palmadita en el hombro se despidieron. Rafa cerró la puerta y volvió a la cocina. Cogió el móvil, la llamó. Espero 4 tonos y habló.

—Elvira, Elvi, oye, soy yo, oye… esto, escúchame, yo no sé muy bien… Sé que no estuvo bien todo lo que te dije antes de que te marcharas, sé que… me pasé, lo sé. Lo siento, chiquitina… Llámame cuando oigas el mensaje y hablamos, y lo siento, ¡que le den por culo a Ibiza!, que… que lo siento, Elvi, no teng…

—¡¡Oye, que si no vuelves a la cama, me pego una ducha y me piro!!

—¡JODER!

Rafa lanzó el móvil al suelo y gritó a la tía, que estaba en pelotas en medio de su cocina, que se largara a su puta casa.





—A mí esto de convertir los barcos en bares, no lo termino de entender, ¡yo me mareo! —dijo Elvira y Lys se rió—. Te lo digo en serio, que sí, que queda muy cool, y es la hostia tomarte la cerveza sobre el Sena, pero yo me mareo, ¡me mareo!

Lys se volvió a reír y, como la veía animada, le insistió de nuevo para que fueran juntas a la fiesta en casa de Bertrand.

—Que no, que paso de fiestas. Lys, que me apetece estar tranquila, que ya sé que son majos, pero a mí la gente, en general, no me gusta. Tú vete y mañana me lo cuentas, si yo con eso tengo más que suficiente, sobrevivo gracias a la vida de los demás, pero yo en mi sofá con mis libros y mi portátil.

Lys le hizo una mueca desaprobando su decisión. Las dos se rieron. Al de un rato, pagaron las cervezas y, antes de marcharse, Lys fue al baño. Elvira guardó su monedero en el bolso y sacó el móvil. Vio que tenía un mensaje de voz. Era de Rafa. Miró seria el móvil, se pellizcó la barbilla y decidió escucharlo. Mientras lo oía, agachó la cabeza y apretaba una sonrisa en los labios. Se tocó el pelo y sonrió, esta vez, sin temor. De golpe, miró al frente, se dio un golpecito en el esternón y dejó el móvil sobre la mesa. Giró la cabeza. Respiraba deprisa. Fijó la vista en el agua. Tanteando la mesa, cogió de nuevo el móvil. Lo sujetaba con fuerza en una mano, con la otra se apretaba el estómago. Se llevó el móvil a la oreja. Cerró los ojos y escuchó otra vez el mensaje. Abrió los ojos. Con calma, metió el teléfono en el bolso y se lo colgó al hombro. Apoyó los codos sobre la mesa y esperó a que su amiga volviera. Al llegar Lys, ella se puso de pie. Mientras salían del barco, Elvira le agarró del brazo y le preguntó:

—¿Vamos en metro o nos cogemos un taxi hasta la casa de Bertrand?

6 jul 2011

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
Horóscopo del amor para este verano
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…