8 mar 2010

Locura de amor en tres actos

Primer acto.
Personajes:
Madre
Hija

La escena se desarrolla en una salita de estar de una casa española. La hija de 26 años tumbada en el sofá, en pijama bajo la manta mirando al televisor. La madre de 51 años, de pie junto a la puerta, con el abrigo puesto y las llaves en la mano.

Madre: Hija, bajo un momentín al supermercado, ¿quieres que te traiga algo?
Hija: No.
Madre: ¿Nada?
Hija: No.
Madre: Algo querrás, porque tú siempre quieres algo, otra cosa no, pero pedir, ¡madre mía! No conozco a nadie que se pase todo el santo día pidiendo y pidiendo.
Hija: Jo, mamá, bufff… que no quiero nada, que me dejes, que estoy viendo esto.
Madre: Y ¿qué es esto?
(La madre se adelanta, se coloca en medio de la sala y mira al televisor)
Hija: ¡Mamá, quita!, ¡pero quita!, ¡joe, qué pesada!, ¡que no me dejas ver!, ¿no te ibas al súper ya?, ¡pues venga!
(La madre vuelve junto a la puerta y mira su hija con enfado)
Madre: Vas a cobrar, te lo advierto. Que hasta ahora he tenido mucha paciencia contigo porque, oye, yo comprendo que necesitabas tiempo para superarlo, a fin de cuentas tienes que pasar el duelo pero…
Hija: Mamá, no empieces, ¿eh? No empieces, déjame en paz, anda, y vete al súper que te van a cerrar.
Madre: Haz el favor de levantarte, ducharte y hacer algo, porque llevas así dos meses y ya está bien, ¿eh? Tienes a tu padre frito, frito está, ya a mí me tienes hasta aquí, hasta el cocorote, te lo advierto, ¿eh?, te lo advierto. O cambias de actitud o te vuelves a coger las maletas y te largas, porque así no, ¿eh? ¡Así no! ¡Que nos tienes a todos machacados!
(Silencio, la hija empieza llorar)
Madre: Bueno, venga, ¿pues te traigo algo o no?
Hija: Que no, que me dejes, que me dejéis todos en paz...

Fin del primer acto
***
Segundo acto.
Personajes:
Charcutera
Madre

La escena se desarrolla en la charcutería de un supermercado.

Charcutera: ¿De éste o de éste?
Madre: No, no, no, ponme de ése que de aquél ya sólo te queda el culo y no, que ya sabes que el jamón me gusta finito y sin gordos.
Charcutera: Pues de éste entonces, ¿más?
Madre: Pues sí, mira, me vas a poner mortadela, dame sólo cien gramos.
Charcutera: Te la doy ya toda, serán ciento cincuenta, no te lo cobro, mujer, pero llévatela.
Madre: Bueno, pues dámela, pero es que no quiero llevar mucho que luego se me pone mala, chica, y la tengo que tirar y me da una rabia, me da una rabia que pa’ qué. Es sólo para mi hija, ¿sabes?, que la tengo ahí en el sofá, que yo no sé, de verdad te digo que no sé…
Charcutera: ¿No anda más animada o qué?
Madre:¡¿Animada?! Se pasa el día llorando, sin hacer nada y gritándonos a todos, de verdad que yo ya no sé qué hacer.
Charcutera: Si es que es una niña.
Madre: Pero si ya lo sabía yo, se fue a vivir con este chico el año pasado, dime tú, ¡qué dos!, ¡jugando a ser mayores! Claro, ni un año han durado, ¡ni un año! Y ahora ¡hala!, ¡de vuelta a casa! ¿Tú te crees?
Charcutera: Pobres, a mí me dan pena, porque no me digas, no me digas tú, ¿eh?, que nosotras a su edad casadas y cargadas con hijos.
Madre: ¿Qué me vas a decir? Yo tuve a Pablo con 21 y con 27 ya tenía a los tres. Que me daban unas jaquecas, ¡qué jaquecas!, pero si es que éramos unas benditas. Tan crías y con tanta responsabilidad. Lo que no entiendo es cómo los hemos sacado adelante, pero ya me dirás tú para qué. ¡Para tenerla en el sofá llorando por un payaso!
Charcutera: Suerte que tiene. ¿Nosotras llorar? No teníamos ni tiempo de preguntarnos si estábamos enamoradas de con quien nos habíamos casado.
Madre: ¡Uy, uy, uy, uy, uy! Las preguntas existencialistas para esta generación que tiene tiempo, como mi hija, que como no tienen nada más que hacer pues se mira el ombligo y se lamenta de su trágica vida. ¡Dime tú!
Charcutera: Ya se le pasará, mujer, dale tiempo. Oye, ¿te pongo un poco de choricillo de pamplona?, ¿quieres?, te digo porque te acompaña muy bien con la mortadela. La mía, la pequeña, la de 17, se prepara unos bocadillos que oye, ya te digo, con un poco de queso del de Vaquero que sale muy bien, el semicurado, pues oye, riquísimo.
Madre: No, deja, que es rara hasta para eso, de embutido sólo le gusta la mortadela, es así. Sus hermanos comen de todo pero ¿ella?, ¿ella? ¡Madre mía!, ¡peor que su padre!

Fin del segundo acto.
***
Tercer acto.
Personajes:
Chorizo de pamplona
Queso semicurado
Membrillo

La escena se desarrolla en la nevera de la charcutería anterior.

Chorizo:¿Qué voy a hacer sin ella…?
Queso: Vamos, chico, no llores, venga, que seguro que mañana reponen otra.
Membrillo: ¿Qué pasa?
Queso: Nada, que se han llevado a Mortadela.
Membrillo: ¡Ay, no!, no me lo puedo creer, pobre Chorizo… ¡menudo golpe!
Queso: Éste ya no se recupera.
Chorizo: Llevábamos toda la semana juntos, toda una semana…
Queso: Es mucho tiempo, sí, toda una vida como quien dice. De hecho no había otra pareja como vosotros.
Membrillo: Bueno, nosotros mañana hacemos cuatro días y, sinceramente, mañana te venden y no me llevan contigo y yo me pudro, ¡me pudro!
Queso: Pero, ¿qué hace?, ¡está loco!, ¡¿qué hace?!
(Detrás se ve al chorizo sobre la máquina de cortar que está encendida)
Membrillo: ¡La leche! ¿Cómo ha encendido la máquina? ¡Queso, haz algo, haz algo que se nos mata!, ¡que éste es capaz de hacer cualquier locura por amor! ¡Queso, por favor!
Queso: ¡Nooooooooooo!
(Se apagan las luces)

Ovación. Cae el telón
Fin

5 mar 2010

Pide un deseo...

—Y ¿cuándo te dicen si te han dado la beca?
—¿Qué? —preguntó Elvira levantando la cabeza de su taco de exámenes.
Era lunes, la semana acababa de empezar y las dos profesoras estaban compartiendo su momento post weekend en el despacho de Elvira.
—La beca, para el Máster, ¿cuándo te lo confirman?
—Buff, no sé… ¿en mayo?, ¿junio? —y ladeando la cabeza volvió a la corrección de exámenes—. No me la van a dar, es imposible, no me la van a dar… —musitaba enormemente desanimada.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, ¿eh? No lo sabemos, ¿vale? Además, ¿qué más te da la beca? —dijo Kayla sin darle demasiada importancia a lo que acababa de preguntar.
—¡¿Que qué más me da la beca?! —repitió con rintintín poniéndose de pie—. ¡Kayla, el Máster cuesta cuarenta y dos mil dólares, y la universidad está en una de las ciudades más caras del mundo, New York! Me quieres decir ¿cómo podría pagar semejante gasto? ¡Kayla, por favor, piensa!
—Bueno… bueno… tranquila…—decía moviendo los brazos lentamente, hacia arriba y hacia abajo, para que volviera a tomar asiento y se tranquilizara. Elvira la obedeció y se sentó refunfuñando—. Muy bien, así, tranquilita, cariño. Ahora vamos a buscar la manera de pagar los cuarenta y dos mil dólares del Máster más los otros cuarenta mil que te costaría vivir en New York por dos años, ¿sí?
Elvira se desplomó sobre la mesa al oír aquellas cantidades de dinero. Ay… me voy a morir, decía, ay… que me muero…
A Kayla le entró la risa viendo a su compañera de trabajo tan apesadumbrada dándose cabezazos contra la mesa. Esperó un poquito y después decidió intervenir para evitar aquel haraquiri de oficina.
—Cariño, puedes trabajar al mismo tiempo.
—Tendría visado de estudiante y sería ilegal trabajar, necesitaría conseguir el J1 otra vez —dijo sin levantar la cabeza.
—Ya… mmm… —pensaba Kayla con la mano apretándose los labios—. Y ¿un crédito?
—No tengo permiso de residencia, ningún banco americano me daría un préstamo, ayyyyyyy... —dijo esta vez elevando un poco más el tono de sus gemidos.
—Ya, claro… bueno, pues… —Kayla se rascó la cabeza, después se frotó el cuello poniendo labios de pato y, al final, también se golpeó la cabeza contra la estantería, se daba por vencida —Oh, lo siento, cariño, no sé…—dijo dando un manotazo a la balda. Del golpe un libro cayó al suelo. Kayla lo miró primero y, sin mucha decisión, lo recogió con un lento movimiento, como si lo estuviera meditando. Con el libro ante sus ojos exclamó:
—¡Elvira, ya lo tengo!, ¡tu libro!
—¿Eh? —dijo incorporándose en la silla con carilla de ojos tristes—. Ah, bah, tranquila, déjalo por ahí —y volvió a la posición haraquiri—. Ayyyy...
—¡No! ¡Éste no, tu libro! Elvira, ¡tu libro, el de verdad!
—¿Qué libro? —preguntó esta vez sin intención de levantar la cabeza.
—Tu libro, ¡tu-no-ve-la! —deletreó agitando el libro delante de su cara.
Elvira reaccionó pero no dijo nada, no sabía si estaba entendiendo lo que quería decir Kayla, pero algo estaba captando, así que dejó que continuara.
—Elvira, ¿ves esto?, hojas —y abrió el libro sacudiendo las páginas de un lado a otro—, pastas, título —y subrayó el título de la portada con el dedo índice—. Cariño, derechos de autor, ¡así de fácil! —y chasqueó los dedos victoriosa—. Sólo tienes que vender un número determinado de ejemplares de tu novela y ¡voilà!, tus gastos cubiertos.
—¿Número determinado de ejemplares? Kayla, ¡¡tendría que vender ochenta mil ejemplares para conseguir ochenta mil dólares!!
—Bueno, pues los vendes.
—Kayla, por favor, es mi primera novela, nadie la va a comprar —dijo desganada apoyando la nuca en el respaldo de la silla.
—Así, no, ¿eh? Cariño, así, no —echó un vistazo rápido al despacho y luego tomó una silla que estaba junto a la puerta y la arrastró hasta colocarse frente a Elvira—. Vale, ¿cómo se llama tu editor?
—¿Qué editor? —preguntó erguiéndose de golpe, como si le picara el culo.
—Tu editor, cariño, has firmado un contrato con una editorial, vas a publicar una novela, eso significa que tienes un editor.
—¿Yo? Yo no tengo de eso.
Kayla resopló, se retiró el pelo hacia atrás y rumiando las palabras en la boca volvió a decir:
—Sí tienes un editor. A ver, piensa en la persona que te dijo que le gustaba la novela, la que te ofreció el contrato…
—Ah, ¿ése? —dijo sin dejarla terminar.
—Sí, ése es tu editor.
—Vaya, tengo un editor, mi editor… —repitió saboreando el jugoso posesivo en su boca.
—Bueno, ¿cómo se llama?
—Chete.
—¿Chete? ¡Ése no es nombre de un editor!
—Hombre, imagino que será un diminutivo, ¿no?
—¿De qué? ¿De Tranchete o de Chochete?
Elvira rompió en un tremendo ataque de risa, porque la verdad es que nunca se había percatado de ello. Siempre lo había visto escrito con nombre y apellido: Chete Bustamante, y las pocas veces que había hablado con él nunca lo llamaba por su nombre de pila, le parecía poco respetuoso.
—Chica, no sé —intentó explicarse todavía entrecortada por la risa—. Imagino que será de Francisco, ¿no? Fancisco, Francisquete…
—Sí, sí, claro, lo veo, ahora lo veo, Francisco, Francisquete, Casquete, cuidado que te veo el Chete, ¡Elvira, por favor!
Pero Elvira estaba tronchada de la risa, haciendo verdaderos esfuerzos para no caerse de la silla.
—Cariño —empezó diciendo Kayla fingiendo seriedad aunque su propio chiste le había hecho tanta gracia como a Elvira—, vamos a visualizar la situación, ¿sí? La cuestión es que el señor Chete te llamará un día y te soltará el rollo de que una novela es como un hijo y bla, bla, bla, pero que hay problemas.
—¿Hay problemas con mi novela?
—Sí y tú, a todo esto, ya estás viviendo en New York, compartiendo un diminuto apartamento con cuatro personas más en Queens, fregando platos en un restaurante y dando clases particulares porque tu visado no te va a permitir otro tipo de trabajo. Asistirás todas las tardes al Máster y por las noches escribirás tu segunda novela.
—Vaya, ¿y cuándo duermo? —preguntó angustiada agarrándose las tetas.
—No dormirás pero Chete, como te he dicho, te llamará y te dirá que lo lamenta pero la publicación de tu novela se retrasa hasta finales de octubre.
—Oh, no… ¿finales de octubre? —seguía agarrándose las tetas.
—Sí, pero nos conviene, ¿por qué?
—¿Por qué?
—Porque en esos meses de retraso tú, que te repito que ya estarás viviendo en New York, harás una extraordinaria publicidad de tu novela, moviéndote por lo más bohemio e intelectual de la ciudad.
—Pero ¡si iba a estar fregando platos!
Se le escapó la risa a Kayla, le empezaba a dar penita su amiga, reflejaba en su cara tanta tensión.
—Tonta, ya me entiendes. Y ¿entonces?
—¿Entonces?
—Llega noviembre, tu novela en la calle, primera semana los mil ejemplares vendidos. Segunda edición, otros mil en dos semanas. Te vuelve a llamar Chete y te propone hacer una tercera edición de diez mil ejemplares, confían en ti.
—¡Ay, madre mía! —dijo con las manos aplastándose la carita.
—Vendidas. Cuarta, quinta, sexta edición, esto es un no parar. Va de boca en boca. Se convierte en el regalo por excelencia de las navidades. Elvira.
—¿Qué?
—Llega febrero del año que viene, y tu novela lleva vendidas casi cien mil copias.
Elvira se puso en pie de un brinco.
—¡Con eso tengo más que de sobra! —gritó entusiasmada.
Kayla se rió y dándole un beso en la mejilla se despidió, tenía dos clases más antes de terminar el día.

Era viernes y la semana estaba terminando. Elvira guardaba los manuales de español en el primer cajón de su escritorio, cuando el teléfono de su despacho sonó.
—¿Dígame? … Uy, sí, sí, soy yo… sí, claro, pero me sorprende que me llames, ¿todo bien?... ah, ya… ya… sí… vale, entiendo… claro, claro… normal ¿no?... ya… imagino, claro… bueno, pues si es así… vale… no te preocupes, son cosas que pasan, está bien, lo entiendo… gracias por llamarme… sí, sí, adiós, adiós, sí, adiós.
Elvira colgó el teléfono y todavía tardó un instante en reaccionar. Se apretó la nariz con los dos deditos pinza de la mano derecha, aguantó la respiración, miró la puerta y tras contar hasta tres, salió disparada.
—¡Kayla! —dijo tocando con los nudillos la puerta abierta del despacho de su compañera—. ¿A que no adivinas quién me ha llamado?
Kayla se dio la vuelta porque estaba girada hacia el ordenador. Levantó los hombres, ni idea, dijo.
—Chete.
—¿Francisquete?
Elvira se rió como una boba. Después añadió:
—Hay problemas con mi novela. No sabe muy bien, pero es seguro que para septiembre no la pueden editar, por lo menos habrá que esperar hasta octubre, dice.
Kayla se tapó la boca con ambas manos. Su expresión era una mezcolanza de pánico e ilusión. Por fin, se levantó, extendió sus brazos hacia Elvira y gritó:
—¡Cariño, tenemos poderes! ¡Tenemos poderes! —y mirando al techo y alzando las manos empezó a recitar—: ¡Por favor, yo quiero que sea médico, cirujano plástico, forrado y que todas las noche me masajeé los pies! ¡Casa en Los Ángeles con playa privada! ¡Un Mini Cooper verde descapotable y un…

22 feb 2010

Adivina quién viene a cenar esta noche (Segunda Parte)

El coche tomó una de las salidas de la autovía. Subíamos Bukit Timah, la colina más alta de la isla. Desde la carretera podía ver pequeños chalets unifamiliares rodeados de vegetación, pero a medida que ascendíamos por la colina, las casas eran más grandes. Parecían pequeños palacetes y estaban realmente escondidos entre la naturaleza, censurando miradas indiscretas, como la mía.
De mi pequeño bolso de mano saqué el móvil, no me pude resistir, tenía que mandarle un mensaje: “Loca, cena en casa de Abid con su padre y amigos, todo esto parece sacado de un cuento, hablamos, muaaaa!”.
El coche se paró frente a una enorme verja negra. Me incliné hacia adelante. No veía la casa, sólo un inmenso jardín de árboles, parecía un bosque. La verja se abrió automáticamente y el coche siguió un caminito que parecía cruzar el frondoso jardín. Me desabroché impaciente el cinturón de seguridad y me apoyé sobre el asiento del copiloto, pero seguía sin ver la casa. Bip, bip. Me di la vuelta para coger el bolso. Marieta me había contestado: “QUÉ? Yo también quiero ir!! Dile al jeque que me venga a recoger, en la Plaza Indautxu puede aparcar su helicóptero, llámame ya!!!”. Reventé en una carcajada, qué idiota, repetía una y otra vez en voz alta, qué idiota es.
El coche por fin paró. Me llevé la mano a la boca al ver el palacio frente al que habíamos aparcado. Con timidez abrí la puerta y salí. Levanté la vista de mi vestido, quería cerciorarme de que no se me había arrugado demasiado durante el viaje, y vi a Abid en lo alto de las escaleras de la puerta principal. El chófer bajó del coche y me señaló con la mano extendida el camino a seguir. Ya era de noche, el jardín estaba poco iluminado y temía que pudiera tropezar, así que me acompañó hasta el primer escalón. Desde abajo miré a Abid. Me sonreía sin despegar los labios, con esa sonrisa seria que tanto me gustaba de él. Iba descalzo, vestía un salwar kameez de pantalones blancos y túnica grisácea, nunca antes lo había visto con ropa pakistaní. Estaba guapísimo. Llevaba revuelta su espesa mata de pelo negro, le daba un aire a chaval despreocupado. Me dio un vuelco el corazón, era tan atractivo. Me asusté de mi propio ritmo cardiaco, no sabía si podría fingir tranquilidad durante toda la cena.

Al llegar al último escalón, Abid, me cogió de la mano. Fui a besarlo pero él dio paso atrás y con una risa nerviosa me dijo en voz baja:
—No, aquí no podemos, no delante de la gente.
Asentí con la cabeza, lo entendía. Le solté de la mano y crucé los brazos con el bolsito pegado al pecho. Entré en la casa siguiendo la invitación de su brazo.
Del hall, donde me descalcé y dejé el bolso, pasamos al salón que se dividía en tres amplias estancias escalonadas. De la más alta, bajó su padre al vernos. Me tomó por los hombros, bienvenida, Elvira, dijo sonriendo. Después tomó mis manos y las estrujó entre las suyas. Miré a Abid porque no sabía qué decir, pero él miraba orgulloso a su padre, así que me decanté por lo primero que me vino a la cabeza.
—Bienvenido, señor Mir.
Abid giró rápidamente la cabeza y me miró extrañado. Me mordí el labio, arqueé las cejas y agaché la cabeza avergonzada.
—No, bienvenido no… lo siento, quiero decir…
—Tranquila, Elvira, siéntete en casa —dijo el padre de Abid interrumpiendo mis disculpas entre risas. Después alzó el brazo y uno de los sirvientes se acercó donde nosotros portando una bandeja llena de copas de vino. Shah Tadjar Mir me ofreció una, la tomé con gesto de gratitud.

Al dejarnos solos, Abid, apoyando su gruesa mano sobre mi espalda, empezó a recorrer el salón presentándome a todos los invitados. Habría casi cuarenta personas. La mayoría eran hombres de entre cincuenta y sesenta años que hablaban de sus negocios sin cesar. Las pocas mujeres parecían más jóvenes, se mantenían en un segundo plano en las conversaciones. Algunas eran indias y llevaban coloridos saris. Otras llamaban la atención, simplemente, por la espectacular belleza de sus rasgos asiáticos.
—Así que eres profesora, ¿verdad? —me preguntó Jagdish Kumar, uno de los directivos del banco Barclays Capital de Singapur.
—Sí, sí, soy profesora de español —contesté sujetando la copa de vino con ambas manos.
—Oh, bueno, es interesante y ¿a qué piensas dedicarte en el futuro?
¿En el futuro?, ¿cómo?, no estaba entendiendo la pregunta porque en un futuro seguiría siendo profesora de español. Miré confundida a Abid y dejé que él hablara.
—Se trata de algo más profundo —empezó diciendo—. Elvira lleva más de siete años trabajando como profesora en muy diferentes países, lo que le permite analizar la situación sociocultural de cada región.
¡¿Analizo la situación sociocultural de cada región?! Pensé abriendo los ojos como platos.
—Además —continuó diciendo—, colabora con varios periódicos españoles y de América Latina escribiendo ensayos sobre las consecuencias de las carencias en los sistemas educativos. Hablamos de Asia, señores, donde no podemos negar que, aun habiendo buenas universidades, la mayoría de nosotros hemos estudiado en Estados Unidos y Europa, entonces ¿cuál es el problema?
¿Soy investigadora de las carencias en los sistemas educativos de Asia?, y ¿escribo ensayos? , yo pensaba que eran cuentos… Estaba atónita.
—Me debes una —susurró Abid a mi oído mientras nos alejábamos de aquel grupo sumido ya en un profundo debate sobre las mejores universidades del mundo.
—¿Te avergüenzas de mí? —pregunté a Abid dándome la vuelta muy despacio.
—¿Qué?, loca, claro que no.
—Porque mi trabajo consiste en enseñar el abecedario español, diferenciar el ser y el estar, indicativo-subjuntivo, por y para. Y nunca en mi vida he escrito un ensayo porque odio la investigación. Yo escribo cuentos, cuentos que me ayudan a reírme de mí misma, y ésa es mi vida, Abid, es mi vida ahora y en un futuro. No tienes por qué humillarme de esta manera, Abid... —dije empezando a llorar, aunque intenté evitarlo vanamente, demasiada tensión a lo largo de toda la noche.
Abid me agarró por debajo del brazo y abriéndose camino entre la gente me sacó del salón casi a volandas. Subimos por unas escaleras hasta el primer piso. Recorrimos un amplio pasillo y entramos en uno de los baños para invitados. Abid cerró la puerta con pestillo, parecía enfadado, ni siquiera se dio la vuelta. Se llevó las manos a la cabeza desordenándose aun más el pelo. Me alejé de él. Me quedé de pie junto a la bañera, no sabía lo que iba a pasar y he de reconocer que tenía miedo. Sujeté la copa de vino, que todavía llevaba, con fuerza como si pudiera defenderme de algo. Me di cuenta de que no conocía a aquel hombre.

Abid se dio la vuelta y muy lentamente se acercó a mí. Respiré hondo y tragué saliva mirándolo fijamente. Se paró frente a mí. Me miró serio y, sin decir nada, agarró mi cara con ambas manos, me besó con tanta pasión que no recuerdo ni el momento en que la copa se me escurrió de las manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Loca… gimió cogiéndome en brazos. Me enganché a su cintura y dejé llevarme hasta la encimera del lavabo. Loca… repetía hundido entre mi pecho. Metió las manos por debajo de mi vestido, levantó la cabeza y mirándome a los ojos dijo:
—Nunca te humillaría, pero sí puedo equivocarme porque somos diferentes… —dijo mordisqueándome sensualmente los labios—, pero yo te amo, loca, y tu vida es mi vida ahora… no hay nada que me avergüence de ti, nada… nada, porque ahora somos uno… —y apretó mis muslos con esas manos tan enormes de jugador de polo.
Nunca había entendido antes el concepto de feromona hasta conocer a Abid. Era vernos, susurrarnos, rozarnos y empezar un baile carnavalesco de sustancias químicas a nuestro alrededor, que hacía que perdiéramos la cabeza completamente, completamente, completamente…

Toc-toc-toc.
Al oír la puerta, Abid me tapó la boca con una mano y con la otra me hacía el gesto de silencio colocando su dedo en el labio. Se separó un poquito de mí, giró la cabeza y mirando hacia la puerta preguntó:
—¿Sí?
—Abid, abre la puerta, por favor.
—Padre, sí, un momento.
¿Padre? ¿Su padre? ¿Shah Tajdar Mir? Empecé a agitar los brazos en el aire y no dejaba de poner cara de pánico. ¿Qué íbamos a hacer?
Abid me pedía con gestos que me calamara. Me volvió a coger en brazos y me volví a enganchar a su cintura, pero aquello ya no era nada sexy, parecíamos Tarzán y la mona Chita buscando un escondite en una jungla de apenas dos metros cuadrados. Me entraba la risa con tanto meneo. Abid me suplicaba silencio. Le señalé la bañera. Sorteó los cristales del suelo y me dejó dentro de la bañera. Me pidió que me agachara todo lo posible porque no había cortinas ni mampara con las que poder taparme. Así que me hice faquir, me contorsioné todo lo posible, convirtiendo mi metro y medio de altura en tan sólo veinte centímetros de bulto. Abid me colocó una toalla por encima. Su padre no podría sospechar nada, solamente que había crecido un champiñón gigante en la bañera.
Abid nervioso abrió la puerta.
—Padre.
—Abid, el bufé se está sirviendo en la terraza del ala este, los invitados ya están allí, pero no encuentro a Elvira.
—¿Elvira? La he notado muy nerviosa así que la he acompañado al jardín hace un rato, debe estar todavía allí.
—Pero ¡¿qué es eso?! —gritó su padre.
Al champiñón se le paralizó el corazón bajo la toalla.
—¿Qué? —preguntó Abid faltándole el aire.
—¡Eso! —dijo por fin señalando los cristales rotos esparcidos por el suelo.
—Ahhhh… —respondió Abid aliviado—. Lo siento, padre, tiré la copa.
—Bien, no pasa nada, diré que vengan a limpiarlo pero ten cuidado de no cortarte y, por favor, no tardes en bajar, la gente está esperando.
Oí cerrarse la puerta, pero aun así no me moví. Abid, con cuidado, me quitó la toalla de encima y me besó el cuello tronchándose de risa al verme tan poca cosa, pero qué poco ocupas… me decía.
No me dejó salir de la bañera por mi propio pie. Tenía miedo de que me cortara con la copa rota, así que nuevamente me pidió que me agarrara a él.
—Pero… ¿qué haces, loca? ¡No!, pasa las manos por mi cuello, a ver…
—¡Sujétame! ¡Si me vas a tirar!
Al saltar sobre él, le dio tiempo a cogerme sólo por una pierna, me tenía de medio lado, el otro medio se le estaba escurriendo de entre los brazos. Le entró la risa, y si a Abid le entraba la risa flojeaba por todos los lados, se convertía en un muñeco de trapo sin casi fuerza. Yo no podía oírlo reír porque me contagiaba automáticamente, si él se reía yo me reía. En eso se basaba principalmente nuestra relación. Loca, intenta y jajajajaja. ¿Que intente qué…?, pero si me, jajajaja, si me estás tirando, jajajaja, idiota… le decía yo con el ojo ya torcido del ataque que llevaba encima. Abid a media genuflexión intentó ponerme derecha, pero ya era demasiado tarde, mi cabeza estaba casi rozando el suelo. A ver, espera, si te agarro de aquí… me dijo agarrándome de ahí, sí, de ahí, de la media manga y estiró, estiró tanto que de la fuerza, no sólo me desabrochó todos los botones del vestido, sino que me los arrancó.
Le oí gritar tanto de risa que fui incapaz de recriminarle nada, solo podía seguirle en semejantes carcajadas.
Pero nos callamos de golpe al oír la puerta del baño abrirse de repente.
—¡Pero, Abid!
—¡Padre!
Y recolectando la poca dignidad que me quedaba, al estar semidesnuda y retorcida entre los brazos de su hijo, encontré la única frase oportuna para ese momento, ahora sí:
—Bienvenido, señor Mir.

15 feb 2010

Adivina quién viene a cenar esta noche (Primera Parte)

Primero me puse los pantalones negros con la blusita granate, sin mangas y de escote en pico, pero al verme ante el espejo decidí quitármelo. Probé con la minifalda negra, camiseta blanca de tirantes y rebequita gris abierta. No, minifalda no, claro que no. Pantalones de lino rosados, misma camiseta blanca de tirantes y torerita ceñida. Me miré al espejó. ¿Eso que se me ve es la tanga?, genial, se me transparentaban los pantalones de lino… buff, no, no, a ver, no, otra cosa. Falda tubo azul oscura, justo por encima de las rodillas, niqui de cuello barco de rayas azules y blancas. Fue el propio espejo quien me dijo que sólo me faltaba el gorrillo para ser una marinerita. ¡Ay, qué desesperación! ¡Taitan! Grité. ¡Taitaaaaaaaaaaaaaaaan! Volví a gritar más fuerte acercándome a la puerta de la entrada. Mi vecino salió al descansillo en traje de baño.
En Singapur vivía en un precioso condominio con todos los lujos que jamás me podía haber imaginado tener: dos piscinas, jacuzzi, cancha de tenis, gimnasio y un apartamento decorado con un gusto exquisito, no por mí, claro, sino por su propietario que me lo había alquilado por un módico precio, singapurensemente hablando, por supuesto.
—¿Te vas a la mar? —dijo Taitan tapando su escandalosa risa con la mano izquierda mientras bofeteaba el aire con la derecha.
No tardó en salir su novio Awen a ver qué pasaba. Los dos eran de Malasia y desde que llegué al apartamento fueron como mis hermanos mayores, protectores pero al mismo tiempo cariñosísimos.
—¿Qué me pongo? —pregunté un tanto molesta porque Taitan seguía sin parar de reír y, sinceramente, aquel conjunto no me parecía tan horrible, de hecho ya me lo había puesto varias veces.
—¿Adónde vas, cariño? —preguntó Awen serio, haciéndose cargo de la situación. De un manotazo apartó a Taitan del medio y cogiéndome de la mano me llevó hasta mi propia habitación.
Delante del armario le expliqué que un amigo organizaba una cena informal con varia gente de aquí y de allá pero lo más importante es que iba a estar su padre, porque bueno… en realidad, o sea, la fiesta iba a ser algo así como una excusa para presentarme en sociedad, en su sociedad.
—¿En sociedad? —preguntó abrumado Taitan que ya había entrado en mi habitación—. ¿Qué sociedad?, pero ¿de qué amigo estamos hablando?
—De… Abid Shah Mir —dije fingiendo la mayor naturalidad posible pero, lo cierto, es que ni siquiera me atrevía a mirarlos.
—¡Madre mía! —exclamó Awen con las manos sobre el rostro.
—¡Oh-my-my-my-GOOOOOD! —berreó el histérico de Taitan.
Empezaron a dar vueltas nerviosos por la habitación hablando en malayo y sin parar de hacer gestos extraños. Por fin se detuvieron, y me amenazaron diciéndome que si no les contaba la verdad sobre mi relación con el jeque, no me ayudarían con el vestuario. Así que resoplando me senté sobre la cama, y les conté todo, que fue Ankit quien nos presentó para que le ayudara con el español porque se iba a Argentina a una competición de polo en septiembre. ¡Polo, me encanta…! Dijo Taitan derritiéndose sobre la cama, al imaginárselo cabalgando.
—Pues eso… vamos, que enseguida empezó el tonteo, los primeros besos y…
—¡Pasión paquistaní! ¡Me encantaaaaaaaaaaaa! —gritaba Taitan sin parar de dar palmas.
Awen con rictus serio le mandó callar y después me dijo en tono comprensivo y muy lentamente:
—Cariño, Abid Shah Mir, el jeque paquistaní Abid Shah Mir, está comprometido con la no menos millonaria y hermosa Anilah Raza, cariño, lo siento pero están comprometidos.
—Estaban. Abid ha roto el compromiso, y hace dos semanas me presentó a su padre… —dije.
Taitan se levantó de la cama de golpe y empezó a revolotear por toda la casa como una mosca cojonera, sin parar de gritarme que escribiera una novela contando todo aquello porque me haría de oro.
—Cariño, rompes moldes —dijo Awen rebuscando ya algo dentro del armario para mí.

Salí de casa con un vestidito provenzal, muy del estilo de Carolina de Mónaco poco después de enviudar. Era azul con florecitas rojas muy diminutas, de manga corta, cuello redondo, podría escotarse más porque tenía botones desde arriba hasta abajo, pero Awen me aconsejó no desabrocharme ninguno, daba mejor imagen. Taitan me convenció para llevar las sandalias rojas de sólo una tira ancha sobre los dedos, eran de tacón bajo, muy finas. Awen no aprobó el calzado hasta que no me vio con todo el conjunto puesto.
Me acompañaron hasta la entrada del condominio donde ya me esperaba un chófer dentro de un elegante coche negro de cristales tintados.
—Esto es igualito que Pretty Woman… —musitó Taitan a puntito de llorar.
—Taitan, Julia Roberts era prostituta —dije soltando una carcajada, enseguida me siguió Awen muerto de risa que, a pesar de conocer a su novio desde hacía años, nunca dejaba de sorprenderlo.
Los besé y me metí en el coche diciéndoles adiós con la mano. Una vez dentro, el chófer me saludó agachando cortésmente la cabeza y, sin decir nada, arrancó. Me hundí en el asiento de atrás. Estaba nerviosa, muy nerviosa.

(continuará...)

3 feb 2010

Decepción

¿No lo has probado todavía? No, todavía no, tendré que ir. Vete, de verdad, no sabes lo que te pierdes. Vale, ¿New York?, ¿se llama el New York? Sí, el New York, increíble, en serio. ¿De qué habláis? De nada, que Elvira no ha probado el New York. ¿El New York de Jeannie’s? Sí. Oh, ¡demonios!, ¡no me lo puedo creer! Bueno, siempre que voy se ha terminado así que al final me pido lo mismo, un Cherry Pie. Claro, no llega al lunes, lo sacan el domingo y para el lunes al mediodía ya se ha terminado. Es que es como un orgasmo, ¿a que sí, Kayla? Sí, mira, Elvira, cariño, con el primer pellizquito que le des con el tenedor ya vas a sentir ese contorneo tan cremoso. ¡Uy, uy, uy!, y cuando lo tengas en la boca ni te quiero contar, es un orgasmo de los grandes, de los de mi Terry en sus buenos tiempos. Ya… como un orgasmo… ¿no? Elvira, chica, ¡con más entusiasmo! Déjala que a ésta se le han olvidado lo que son los orgasmos. ¡Ja, ja, ja, ja!, ¡ay, Kayla, qué mala!, pobre chica. Bien, pues iré este lunes antes de clase, a las nueve, y ¡claro que me acuerdo de los orgasmos!

—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
—Bueno, quiero un trozo del New York.
—Cariño, no queda.
—Pero, Jeannie —dije mirando mi reloj—, es lunes y no son ni las nueve de la mañana.
—Lo siento, cuenquito de miel, se terminó ayer, vino Edna con un grupo de amigas y no dejaron nada.

Esperé junto a la puerta. Era domingo, las diez de la mañana. La cafetería seguía cerrada, sería la primera en entrar y la primera en probar el maravilloso New York. Vi a Jeannie acercarse.
—Abejita, ¿qué haces aquí?
—No quiero que nadie se coma mi porción de New York.
—¿El New York, dices? Hoy no es posible, Shannon lleva toda la semana enferma, no tenemos nada de repostería, ya sabes que es la única que sabe de esto. Ninguna otra se atreve a meterse en la cocina y competir con ella. ¡Ven la próxima semana!, te guardaré un trozo, te lo prometo.
—No Jeannie… —dije desmoralizada—, me voy a España por navidades, no volveré hasta enero.
—Oh, cariño, lo siento, bueno, pues en enero tendrás tu porción de New York, el mejor pastel que jamás hayas comido.

Bueno, ¿qué te pareció? Pero si todavía no lo he probado. ¿Cómo que no? ¿De qué habláis? De nada, que Elvira sigue sin conocer el orgasmo del New York. ¡Ay, dios mío!, ¡puro pecado!, ¿a qué esperas, chica? Si yo quiero comerlo pero no he tenido suerte hasta el momento, además me pillaron las vacaciones de navidad por medio. Vale, pero estamos casi a febrero, cariño. Lo sé, lo sé, Kayla, pero como es un poco caro quiero esperar a un momento realmente especial. ¡Ja, ja, ja, ja!, esta chica, es un encanto. Boba, diría yo. ¡Son casi doce dólares de trozo de pastel! Dentro de tres meses y medio es tu cumpleaños, ¿te parece razón suficientemente especial, cariño? ¡Uy!, a mí me lo parecería, chica, ¡vete!

Eran las cuatro de la tarde, miré por la ventana del salón. Había dejado de nevar. Al ser domingo las carreteras estaban cubiertas de nieve, casi no había movimiento de coches que las despejaran, así que decidí ir andando. Me calcé las botas de oso y el forro polar, me encasqueté el gorro y me metí, en el bolsillo de los apretados jeans, los quince dólares que había separo para la ocasión.
—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
Me senté en la barra. Saqué de mi bolsillo los quince dólares y los coloqué en el mostrador, frente a ella.
—Un-New-York, por favor —dije muy lentamente, vocalizando a la perfección el nombre.
Jeannie, tras reírse burlona un rato, se dio media vuelta y acercándose a la neverita giratoria me preguntó con misterio:
—¿Estás segura de que quieres probarlo…?
—¡Jeannie, tráelo de una vez! —grité impaciente porque me moría de ganas, salivaba como el perro de Pávlov. Llevaba meses esperando aquel momento, mi New York y yo nos íbamos a ver las caras por fin.
Jeannie se acercó con un platito, lo portaba ceremoniosamente con ambas manos, y tarareaba una facilona melodía de intriga.
—Y… ¡Ta-chaaaaaán! —exclamó Jeannie dejando el plato en el mostrador, bajo mi depredadora mirada.
Lo miré, lo volví a mirar, me acerqué el platito un poco más por si no lo estaba viendo bien y finalmente dije:
—Pero… Jeannie, tiene crema…
—Claro, abejita, el secreto del pastel New York es su crema.
—Jeannie, no me gusta la crema… —dije bajándome del taburete y con paso lento llegué hasta la puerta.
—Pero, abejita, ¡¿adónde vas?!
—A mi casa, a comerme un yogur.

27 ene 2010

Receta entre páginas

Bodegón con salmón por Oscar Capeche
Miré el salmón, era una gruesa rodaja de salmón fresco. Estaba sobre la tabla de madera que acababa de colocar en la pequeña encimera de mi cocina. Miré por la ventana. La lluvia había arrastrado toda la nieve, ya no quedaba nada. La calle estaba flacucha. Viéndola tan desnuda daba pena. Miré de nuevo al salmón. No quería prepararlo con salsa ali-oli. Hoy me merecía algo especial.
De uno de los armarios saqué un pequeño bol. Lo coloqué en la parte izquierda de la tabla de madera. Empecé a trocear el pescado en taquitos. Cuadraditos, una veintena de cuadraditos. Algunos respetaban mejor la forma, otros no. Los dejé a un lado y piqué un diente de ajo y lo mezclé con un poco de cebolla igualmente picada. Lo eché en el bol y puse una chorretada de aceite. Se estaban ahogando. Un poco de pimienta negra y cilantro. Tomé los taquitos de salmón con ambas manos y los eché, de una sola vez, dentro del bol. Adiós, les dije con la mano desde arriba. Cogí la pequeña botellita de salsa de soja y la vertí sobre el bol. Planeaba como una avioneta extinguiendo un incendio. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas, hice una pausa y, con mucho riesgo, me atreví a una cuarta vuelta. El salmón chapoteaba en negro. Saqué un tomate de la nevera, el más maduro. Lo pelé y lo partí en pequeños trozos. Cubrí el salmón de rojo. Qué bonito, pensé. El contraste convertía la salsa en granate. Daban ganas de comérselo con sólo mirarlo. ¿Qué sabor tendría el granate? Con timidez metí el dedo índice en el bol. Húmedo lo saqué y me lo metí en la boca. Me chisporrotearon los ojos y se me escapó la risa tonta. Claro, sabía a sorpresa fermentada.
Lo dejé macerar mientras preparaba el postre. Algo dulce, muy dulce. Era mi día, era mi regalo.
Calenté una pequeña sartén y pelé un plátano. Lo abrí en canal. Coloqué las dos partes sobre la sartén, parecía la imagen de un espejo. Lo rocié con un poquito de azúcar. No tardó en dorarse. Lo saqué y puse ambas partes en un platito. Batí nata líquida con mucha azúcar hasta formar espuma. Cubrí el plátano con la nata espumosa. Necesitaba algo de color así que escurrí por encima el bote de caramelo líquido. Llevé el platito, con cuidado de no derramar nada por el camino, a la mesa. Lo miré un instante. Qué rico, dije en voz alta orgullosa de mí misma.
Volví a la encimera. El salmón macerado me estaba esperando. Lo volqué en un recipiente algo más plano que un bol pero sin llegar a ser un plato, algo amorfo, vamos, que sirve para todo un poco. Piqué dos pepinillos al eneldo y lo mezclé en la masa que se había convertido mi salmón. Por último saqué de la nevera mostaza de miel y apreté el bote con gusto derramándolo sobre el pescado. Con todo ello formé una montaña y con un tenedor dibujé raíles de trenes hacia un lado y hacia el otro, como Richard Dreyfuss con su puré de patata en Encuentros en tercera fase. El tartar de salmón estaba terminado.
Calenté un par de rebanadas de pan y las abrigué con mantequilla y sal.
Una vez sentada a la mesa, lo observé todo con impaciencia.
—¿Qué celebramos? —me preguntó el vasito de agua balanceándose de un lado a otro.
—Que soy escritora, oficialmente soy escritora —dije con una sonrisa en la boca.
Un taquito de salmón, con mucho esfuerzo, pudo salir de la montaña que había creado para dar forma al tartar. Y sosteniéndose sobre sus dos finitas patas se sacudió la salsa anaranjada que llevaba encima.
—Enhorabuena —dijo entonces extendiéndome su minúsculo bracito.
—Gracias —dije dándole mi mano con mucho cuidado de no chafarle la suya.
Tomé el tenedor y fui a por mi primer bocado de tartar, cuando un gritito desde abajo me hizo parar.
—¡Esperaaaaaaaaaaa! —el taquito de salmón se había cubierto la carita con ambos brazos. Parecía no querer ver aquel trágico final tan de cerca—. Creo que antes deberías decir unas palabras.
—Bueno… —creo que llevaba algo de razón—, agradezco enormemente, a este tartar y a este plátano frito caramelizado, el estar conmigo en una celebración tan especial —al oírlo, tanto el taquito de salmón como una de las dos mitades del plátano se ruborizaron, y agacharon sus cabezas en gesto agradecido—. Hoy mi sueño se ha hecho realidad… ¡he firmado mi primer contrato editorial! ¡Se publica mi novelaaaaaa!
Tras mi berrido, cuatro taquitos más de salmón se unieron al que andaba solo, y comenzaron a corretear por todo el plato como locos al grito de: “¡oe, oe, oe, oe, oe, oe, oe!”. Una de las rebanadas de pan se puso en pie y pidió el baile a una de las mitades de plátano. Entusiasmada, y goteando nata, aceptó y se convirtieron en el Fred Astaire y Ginger Rogers de la mesa. El tenedor excitadísimo daba piruetas arañando la servilleta de papel quien aguantaba, con absoluta dignidad, semejantes girones.
Contagiada por tanto jolgorio me levanté y me auto jaleé a ritmo de mis propias palmas. Pero un ruido seco en la ventana me hizo parar de golpe. Era Fred, mi vecino, que perplejo me miraba desde el otro lado. Me acerqué y abrí la ventana riéndome de mí misma.
—Princesa, ¿todo bien?
—Mejor que nunca, ¿te gusta el tartar? —pregunté con una enorme e ilusionada sonrisa.

22 ene 2010

Besos

Dame un beso. ¡Ay, qué pesado! Te voy a echar de menos, ¿lo sabes? Enseguida se te pasará. Igual no. Seguro que sí, no te rías, te lo digo en serio, siempre estás igual y luego en un par meses me odiarás de nuevo. Nunca te he odiado, boba. ¿No?, yo a ti sí. Idiota. Idioto. Dame un beso. ¡A que me bajo del coche! Bájate, ¿a ver cómo eres capaz de volver a casa? Vale… no me bajo. Pero qué paciencia tengo, txiki. ¿Paciencia?, ¡paciencia la mía! Dame un beso y te perdono. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!, ¿cómo eres así? ¿Así cómo? Así de pesado. Seguro que tú también me echas de menos. Bufff, ¡para nada!, ¿no ves que no tengo tiempo para eso? Pero si te pasas el día llorando en ese pueblo americano. Llorando de alegría, no te confundas… ¡de verdad!, ¡no te rías! Dame un beso. ¡Pásate el semáforo en ámbar!, temo por mi integridad física si te paras. Oh… lo siento, se puso en rojo. ¡Las manos en el volante! Dame un beso. Ni te me acerques…
Pero se acercó. Ella se rió y se dejó abrazar. Él le acarició la nariz con los labios. Ella se escondió entre su cuello. Aspiró su olor, ese olor tan a él. Le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró mimosa:
—Pídeme un beso…
—Ahora no, cuando vuelvas —dijo sonriendo venganza.
—Dame un beso, dame un beso para llevármelo… —suplicó entonces ella, echándolo ya de menos.

18 ene 2010

Café vs Chocolate


—¡Hola, señora Elvira!
Levanté la cabeza del suelo y vi a Shayne bajándose de su bici frente a las escaleras de mi porche.
—¡Hey! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo fueron tus vacaciones de Navidad? —me hizo ilusión verlo, me encantaba aquel niño.
—Bien, fui a Princeton con mi madre, a casa de mis tíos. Estuve con Jesse, ¿sabes?
—Oh, eso suena divertido —dije con una sonrisa desde la puerta de casa, con el bote de sal en una mano y la taza de café en la otra.
—¿Qué haces? —preguntó mirando extrañado la sal.
—Bueno… pretendo quitar el hielo de la entrada porque ayer me caí —Shayne se rió—, así que con un poco de sal puede valer.
—Mi padre tiene un spray especial, lo utiliza para quitar la nieve del coche —dijo serio sujetando su bici con ambas manos.
—Sí, pero yo no tengo spray, no importa la sal de cocinar sirve también —al decirlo me sentí un tanto ridícula, porque me di cuenta de que un niño de diez años me estaba dando una lección de practicidad. Intenté cambiar de tema—: Oye, Shayne ¿no hace demasiado frío para andar en bici?
—Sí, pero mi madre está limpiando la moqueta y dice que si estoy en casa la voy a pisar, así que tengo salir por dos horas más o menos…
—Vaya… pues, creo que vas a pasar mucho frío —dije con pena.
Shayne levantó los hombros con gesto de: ya lo sé pero ¿qué quieres que haga?, después me preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —dije levantando la taza de café. Shayne asintió con la cabeza sin dejar de mirarla—. Es café —contesté.
—¿Está caliente?
—Mmm… sí, todavía está caliente.
—Está guay beber cosas calientes cuando hace frío —dijo mirando al suelo, luego levantó la cabeza y preguntó con intriga—: ¿En tu país hace frío? Y, y, y ¿nieva?, ¿nieva como aquí?
—Bueno, depende de las ciudades, en la mía no, no nieva casi nunca.
—Está guay la nieve, pero el frío no me gusta tanto —dijo volviendo a mirar al suelo.
Me dio pena verlo así.
—Hey, Shayne, ¿te apetece un vaso de chocolate caliente?
—¡Vale! —gritó tirando la bici hacia un lado y subió corriendo las escaleras del porche.
—¡No! —dije cortándole el paso—. Antes debes pedir permiso a tu madre, no quiero meterme en problemas.
—¡Vale! —gritó nuevamente mientras bajaba las escaleras tan rápido como las había subido. Se colocó en mitad de la carretera y empezó a vociferar—: ¡Mamá, mamá, mamaaaaaaaaaaá!
¿Tanto le costaba terminar de cruzar la carretera, entrar en su casa y hablar con su madre en un tono de voz medianamente normal?, pensé riéndome desde el porche.
—¿Qué demonios…? —preguntó la señora Harper saliendo por la puerta de su casa al escuchar los gritos de su hijo. La señora Harper era una mujer muy gorda, tenía el pelo grasiento, bastante largo, lo llevaba atado en una coleta baja, y a pesar de no llegar a los cuarenta años lo tenía completamente cubierto de canas. Por su gesto comprimido parecía estar de muy mal humor.
Shayne desde la mitad de la carretera, le preguntó si podía venir a mi casa a beber chocolate. Su madre me miró con desconfianza. Yo, a modo de saludo tranquilizador, levanté el bote de sal, cuando me di cuenta del error lo volví a bajar rápidamente y levanté la taza de café que estaba en la otra mano.
—Está bien —dijo mirando a su hijo con cara de pocos amigos, luego levantó la vista y dirigiéndose a mí añadió—: Cariño, cuando te canses de él, échale a la calle —y sin más volvió a entrar en casa.
A Shayne le faltó tiempo para correr hacia mi puerta y meterse directamente en mi salón. Una vez allí lo miró todo con curiosidad, bueno, en realidad, había poco que mirar. Estaba tan acostumbrada a las mudanzas que ya no tenía ninguna ilusión por decorar mis nuevos apartamentos. Así que un par de murales indios por aquí, una vieja butaca por allá frente a un pequeño televisor prestado y un escritorio, imitación a madera, contra la pared.
—¿Vives aquí sola?
—Sí —contesté entrando en la cocina—. Ven y dime qué taza quieres.
Abrí uno de los armarios y empecé a sacar todas las tazas que tenía. De San Francisco, de Las Vegas, de New York, una que decía: “yo estuve en el Gran Cañón”, dos de la universidad donde trabajaba, otra de Hollywood…
—Y ¿por qué no te casas? —preguntó Shayne detrás de mí.
—Bueno… no sé, imagino que porque nadie quiere casarse conmigo, ¿no? —dije sacando la última taza que tenía, era de Washington.
Shayne se acercó a mí y señaló la taza de San Francisco, era la más grande y tenía los dibujos en relieve, fácil elección para un niño.
—¿Es porque eres tan bajita? —me preguntó con absoluta seriedad mientras se sentaba en la mesa.
Me costó aguantarme la risa y le contesté que no creía que mi estatura fuera el problema de mi soltería.
—Ya… —dijo meditando—. ¿Sabes quién es Megan Fox? —le dije que sí con la cabeza mientras buscaba la leche en la nevera—. Ella es alta.
Cerré la puerta de la nevera muerta de la risa.
—Shayne, creo que entre Megan Fox y yo no sólo existe la diferencia del tamaño.
—Vale, pero ¿sabes quién es Sue Reed?
—No, ¿actriz? —pregunté vertiendo la leche en la taza de Shayne.
—No.
—¿Cantante?
—No, está en mi clase.
—¡Aaaah! —exclamé divertida, ¿cómo podría haberlo adivinado?
—Y ¿sabes quién es Connor Grant?
—No, Shayne, no sé quién es Connor Grant —dije esta vez cubriéndome las espaldas.
—Está en mi clase también. ¡No muy caliente, por favor! —se apresuró a decirme al ver que metía la taza en el microondas—. Sue Reed era mi compañera en el equipo de gimnasia y el lunes me dijo que se iba al grupo de Connor Grant.
—Vaya, lo siento, Shayne, y ¿Connor Grant es más alto que tú?
Shayne se puso en pie, se estiró todo lo posible y colocó su mano derecha como a un par de palmos sobre su cabeza diciendo:
—Así, es así, ¿ves?, así de alto.
—¡Ay!, pues sí que es alto, y ¿tú crees que Sue Reed se casará con Connor Grant?
Se sentó de nuevo resoplando y meditando la pregunta.
—Yo creo que sí… —contestó al fin en un tono desesperanzador.
Me conmovió, pronto empezaba a sufrir por amor.
Le preparé la taza de cacao vertiendo toneladas de chocolate líquido. Cuando Shayne vio la taza tan negra se le iluminaron los ojos de nuevo.
—¡Irayo! —exclamó excitadísimo.
—¿Irayo?, ¿es otro amigo alto que tienes en clase? —pregunté mientras me levantaba para prepararme otra taza de café.
Shayne se rió.
—¡Noooo! Irayo significa gracias en Na’vi.
—¿En dónde? —dije frunciendo el ceño mientras me acercaba a la mesa con la taza de New York rebosando café negro.
—En Pandora.
—¿Eh?, ¿como la caja?, ¿la caja de Pandora?
—¿Qué? —preguntó Shayne tronchado de risa sobre la mesa porque no entendía que no pudiera saber de qué me estaba hablando—. ¡Avatar! ¡La película Avatar que tiene idioma propio!
—Oh… la película, es que no la he visto.
—¡¿No?!, ¡es guay, señora Elvira, es guay! Mi tío nos llevó a mi primo Jesse y a mí al cine en Princeton, y, y, y —estaba tan emocionado contándomelo que hasta se le trababan las palabras—, la vimos en tres dimensiones con unas gafas guays, que te las pones y todo sale de la pantalla y te cae encima.
—¡Wow!, ¡qué miedo!, ¿no?
—No, no da miedo —dijo rápidamente para tranquilizarme, tapé mi risa tras la taza—. ¿Te la cuento?
—¡Claro! —me moría de ganas por escuchar a aquel niño contar una historia del mismísimo James Cameron.
Shayne se reclinó sobre la silla y se quedó todo tieso.
—Mira, así, así, ¿ves? —decía inmóvil con los brazos bien pegaditos al cuerpo—, así se mete Jack en una caja de cristal que la tapa se baja automáticamente, mira, hace así: sssshhhhhup —articulaba con la boca mientras que el brazo derecho fingía ser la tapa.
—Ya veo ya…
—Entonces, a Jack lo convierten en na’vi, que, que los na’vis son extraterrestres de otro planeta, ¿no?, que son azules y son súper, súper, súper altos.
—¡Vaya! ¡Entonces estarán todos casados!
—No sé… eso no lo dicen en la peli —contestó el pobre Shayne sin entender mi chiste—. Entonces Jack ya no es Jack, es, es, es, ahora es extraterrestre, es azul, y eso y llega allí, al otro planeta, Pandora y la chica...
—¿Sue Reed?
—No, tonta —me corrigió loco de risa—, Sue Reed está en mi clase, pero esta otra chica es una na’vi, y, y, y entonces luego se hace muy amiga de Jack y Jack ya no quiere volver a América.
—Vaya…
—¡Es que Pandora es guay! Entonces como Jack no quiere volver a casa, van a buscarlo y hay luchas y luchas y…
Shayne tardó en contarme lo de las luchas por lo menos una hora, que sí crash, pum, pugggg, boooom, pam-pam-pam-pam, nio, nio, crash, zup, zup, y la tapa de cristal que se abre otra vez y sssshhhuuuuup y se vuleve a cerrar sssshhhuuuuup, bang-bang, zip, zip y… ¡BUUUUGGHHH!

—Tienes que verla, señora Elvira —me recomendó Shayne recogiendo la bici al final de las escaleras del porche.
—Seguro, la veré, ¡adiós, Shayne! —dije desde la puerta.
—¡No!, hay que decirlo en el idioma Na’vi: ¡eywa ngahu!
—Oh, ¡eywa ngahu, Shayne! —dije con cuatro dedos de la mano izquierda en alto, separándolos de dos en dos.
—Eso no hacen en la peli —me recriminó serio mientras se montaba en su bici.
—¡Ops! —y escondí con vergüenza la mano tras mi espalda.
Antes de llegar a la acera de enfrente se paró, se dio la vuelta y con convicción me dijo:
—Mi abuelo dice que nos pasamos la vida creciendo así que, señora Elvira, no te preocupes, al final, te casarás.
—Irayo… —dije emocionada por tanta inocencia.