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15 ago 2022

En un lugar de la Mancha...

 

Encina de Marta Salvador Mancho


Con un ¿ya estamos todos? de Almudena desde el asiento del conductor de un viejo Citroën Xsara verde metalizado, comenzó el viaje. Su hijo y yo intercambiamos una condescendiente mirada. Estábamos sentados detrás porque a mi amiga no le gusta tener a nadie de copiloto, dice que le pone nerviosa. Como pasajeros no podíamos compartir su entusiasmo. Abel estaba a punto de cumplir 14 años y a esa edad hacer cualquier cosa con su madre era peor que tomar la libre decisión de tirarse de un avión sin paracaídas. Yo acababa de cumplir 45 años y pasar dos días en una casa de pueblo perdida en la sierra de la Mancha era inyectarme la eutanasia sin previo consentimiento.

—Lo vamos a pasar fenomenal —decía mirándonos por el espejo retrovisor—. Hay que oxigenarse. Respirar y abrazar las entrañas de la madre tierra. Decid: adiós, Madrid, ahí te quedas. ¡Vamos, decidlo! ¡Adiós, Madrid, ahí te quedas! ¡Vamos, chicos!

Yo quería a Almudena aunque a veces fantaseara con su muerte.

Tras poco más de hora y media de viaje, aparcamos frente a una enorme casona de piedra a unos quince minutos del pueblo más cercano. Del portalón salió una mujer de entre 80 y 200 años con los brazos en alto. Llamaba a Almudena entre sollozos. Almudena la abrazó y después señaló el coche, dentro seguíamos Abel y yo con cara de si no te mueves no te ven.

—Sal tú primero, es tu abuela —dije al chico dándole un codazo. Abel salió y abrazó a la vieja, era cuatro veces más grande que ella. Todos giraron la cabeza. Bajé del coche y saludé desde la distancia—: Hola, ¿qué tal?, ¿qué tal?, hola, hola. —Miré al cielo buscando el helicóptero de rescate.

La madre de Almudena, agarrándome con fuerza del brazo, me obligó a entrar en la casa. Olía a piedra mojada y, aun siendo tan solo las 11 de la mañana, la oscuridad campaba a sus anchas, la mayoría de las contraventanas estaban cerradas. Me dijo que me parecía a su prima hermana, tan poca cosa como ella, me lo tomé como un halago aunque no sé muy bien por qué. Me soltó y volvió a abrazar  a su hija. Almudena la mecía entre sus brazos y le decía que no llorara que ya estaban juntas. No hacía ni tres semanas que se habían visto pero aquella mujer parecía vivir en un sistema temporal ralentizado.

Salí de la casa y respiré profundo. Abel descargaba las mochilas del maletero.

—¿Te ayudo? —pregunté.

—Me puto da igual.

—¿Ya estamos con el puto, Abel? —Me miró y con una sonrisa sarcástica me hizo una peineta. Suspiré y mascullé el nombre de Dios una docena de veces.

Descendí por el sendero de la casa unos 300 metros. Miré a mi derecha y vi árboles, a la izquierda más árboles y volví a suspirar pero esta vez sin blasfemar. Me tapé los ojos con las manos y pensé en las calles de Madrid: gritos, empujones, sirenas, carcajadas, ruedines de maletas, el piu, piu, piu de los semáforos en verde…

Me senté sobre una piedra plana en el borde del camino. Cogí un palito y dibujé cuatro rayas en el suelo. No sé si pasaron 20 minutos o dos horas, quizá me estaba adaptando al sistema temporal de la vieja, cuando vi pasar a Almudena. Iba decidida con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de la falda. Llegó hasta una encina no demasiado alta que parecía estar doblada por hastío. Almudena la tocó y besó su tronco. Se acuclilló y agrupando hojarasca del suelo la aplastó contra una raíz sobresalida, como si quisiera reforzarla en su sitio.

—¿Amando a la tierra madre? —pregunté riéndome desde mi piedra.

Almudena se giró desde el suelo. Al verme se levantó y se sacudió las manos.

—Comeremos pronto, mi madre tiene otro horario —dijo. No sonrió y emprendió el camino de vuelta a casa.

Después de comer fregaba los platos mientras Almudena preparaba café en una vieja italiana. Estaba seria.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Claro, todo bien. —Ladeó la cabeza y sonrió sin despegar los labios. Vertiendo el café en las anaranjadas tazas de cristal añadió—: Como sé que te gusta estar sola, por la tarde puedes salir a leer. Detrás de la casa, junto a lo que era el establo, hay una mesa de piedra, si le pasas un trapo puede valerte, estarás bien allí. Yo bajaré al pueblo con mi madre, quiero que la vea alguien.

—¿Va todo bien? —volví a preguntar.

—Claro, todo bien. Abel también se queda.

Despedí con la mano el coche mientras lo veía bajar por el camino de gravilla. Sonreía fingiendo ser parte de la familia que decía adiós a unos parientes el domingo por la tarde tras la visita. Desorientada entré en casa y busqué en mi mochila el libro para leer.

—¿Sabes que podría matarte, enterrarte y negar que fui yo?

Me di la vuelta y encontré a Abel apoyado en el quicio de la puerta de la habitación.

—Ah, ¿sí? Y si no fuiste tú, ¿quién sería, el oso Yogui? —De un manotazo lo aparté. Bajé las escaleras y salí de la casa.

—¡Nadie encontraría tu cuerpo! —le oía gritar desde dentro de la casa, al salir bajó el tono—: Diría que te fuiste al bosque a leer.

—¿Quién se iba a creer eso? ¿Yo, voluntariamente, adentrándome en el bosque?, ¿en serio? Detesto la naturaleza y tu madre lo sabe, así que te acusaría de asesinato, buscaría mi cuerpo y te pasarías el resto de tu vida entre rejas. Fin de la historia. ¡Y deja de ver tanto True Crime, te están trastornando!

Me senté en la mesa de piedra de atrás de la casa y abrí el libro por la página 126. Carraspeé al sentir a Abel sentarse a mi lado.

—¿Tú serías capaz? —preguntó.

—¿De qué…?

—De matar a alguien.

Cerré el libro y lo miré. Podría aparentar 17 incluso 18 años, tenía un cuerpo fornido pero su cara era la de un niño y, ahora, la de un niño asustado. Le acaricié la sien, qué pasa, Abel, pregunté.

—Que lo tengo por las dos partes. —Apoyó los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos.

—¿Qué tienes?

—Eso…

—¿Eso?

—Lo de estar pirado. Estoy puto pirado como ellos.

—¿Como quiénes?

—Mi padre, joder, lo sabes, tú lo sabes, tú lo conociste… —Repasé con el dedo índice el lomo del libro, tenía la vista baja y contuve una fuerte respiración que hizo que se me inflara el pecho con dolor. Hubo un silencio porque mi cobardía me impedía explicar nada como adulta—. Y mi abuelo… —dijo. Sorprendida lo miré sin decir nada—. Se colgó de un pino, de uno de los de por ahí, de los del camino, de esos, uno de esos, joder, no sé… Mi madre no cuenta mucho pero se le debió de ir la olla, se le fue al viejo. ¿Entiendes?, ¿eh?, ¿entiendes lo que te digo?

Qué puedes decirle a un adolescente aterrado de su propia sangre. Le acaricié la espalda y le pedí perdón por no tener respuestas. Él me sonrió y me dejó que lo abrazara, lo hice por mucho tiempo, no sé cuánto, pero lo sentí largo. Después se desprendió y lo vi desaparecer en el bosque.

Bajé el camino de gravilla y me senté en la piedra plana. Dejé el libro en el suelo y observé la encina de enfrente, a la que Almudena había besado aquella mañana, me agarré el estómago y lloré con rabia por no entender el dolor de alguien a quien tanto quieres.

Pasaron 30 minutos o 3 horas, cuando vi llegar el Citroën Xsara verde metalizado. Las vi bajarse del coche y entrar en la casa. Con paso lento llegué a la puerta y me senté en el poyo de la entrada. Apreté el libro en el regazo y cerré los ojos.

—¿Has leído mucho?

Los abrí y vi a Almudena sentada a mi lado.

—Sí, es un bonito lugar para leer.

—Me alegro —dijo. Miró al frente e hizo una larga pausa—. Tengo que llevarme a mi madre a Madrid, a vivir conmigo, ya no se puede quedar sola.

A tientas busqué su mano a mi lado y se la apreté con fuerza.

 

12 oct 2020

Madre, hijo y espíritu santo

Fotograma de Psicosis de Alfred Hitchcock de 1960


—Ha cruzado la línea, Elvira, y yo no puedo más, no puedo más… —dijo Almudena mirándome en la cocina de su casa. Después, abrió la nevera, cogió un botellín de cerveza y me lo dio—. Tienes en ese cajón el abridor. De verdad que lo intento, lo intento con todas mis fuerzas pero es inútil.

Me senté en uno de los taburetes de la mesa y apoyé la espalda contra la pared. Bebí el primer trago de cerveza y, después, sujetándola con una mano la sostuve en mi rodilla cruzada.

—Imagino que no tiene que ser fácil —dije.

—¿Fácil? El sábado llegó a las 5 de la mañana completamente borracho y tiene 12 años recién cumplidos. ¿Fácil?, no es que no sea fácil es que es innecesario. Es completamente innecesario que tenga que aguantar esto. Yo, Elvira… Yo… Yo nunca lo quise, a ti no te voy a engañar… En mis planes no estaba el ser madre, pero llegó y ya. Y no piensas, no piensas, lo tomas, lo crías, y dices qué duro, oh, qué duro es  tener un niño, lo dice todo el mundo, ¿no?, así que lo repites, sí, sí, durísimo. Pero lo realmente duro es ver cómo ese bebé se convierte en una persona completamente ajena a ti… Mi hijo, mi hijo, dice la gente, mi hijo, ¿qué tiene tuyo?, dime, ¿qué hay de ti en él? ¿Quién es? —Se quitó las gafas, las dejó sobre la encimera y se frotó los ojos—. Siempre he tenido miedo a que ocurriera esto, a reconocerlo a él en mi hijo. Abel es igual que su padre y ni te imaginas el rechazo, por no decir el asco, que me produce… yo… es asco… yo… no puedo…

Comenzó a llorar. Dejé el botellín sobre la mesa y me levanté. Me acerqué a ella y la abracé. Almu es casi tan bajita como yo, así que nos quedamos unos minutos completamente solapadas en silencio.

—Tú me entiendes, ¿verdad, Elvi? Entiendes que no pueda quererlo…

La miré y le retiré su pelito de Amélie por detrás de las orejas.

—Voy a hablar con él, ¿vale?

La habitación estaba bastante desordenada. Aparté algunos cuadernos que había sobre su escritorio, una bolsa de patatas fritas vacía y una camiseta sudada, y aposenté mi trasero; supongo que lo de sentarme encima de las mesas era marca de mi profesión.

—¿Vas a salir hoy? —pregunté.

Abel me miró con despreocupación, estaba tumbado en su cama.

—No puedo, tu amiga me ha castigado.

—¿Mi amiga? —Me reí, a sus ojos era tan cómplice como ella—. Tu madre —dije.

—No es mi madre. La odio, no sabe nada, no entiende nada, la odio, ojalá se muera.

—Sí, bueno, pero si se muere Almudena, ¿qué harías tú?

—¡Irme con mi padre! —gritó incorporándose.

—Pensaba que no sabías donde vivía.

—¡Claro que no lo sé!, porque tu amiga no me lo dice. Por su culpa se marchó y ahora no sé dónde está, por su culpa. Siempre va de víctima y siempre tiene que ser lo que ella diga. No entiende nada, no entiende nada, y cree que… joder, ojalá se muera, ¡que se muera!, del virus o de lo que le dé la gana, que me deje en paz, que me puto deje en paz.

—¿Puto deje en paz? ¿Desde cuándo puto califica a verbos?

—Joder, Elvira, no me puto enseñes.

Puto enseñes… De acuerdo, de acuerdo, vale.

Me bajé de la mesa y me senté en la silla del escritorio. Pensé en mi padre, en lo mucho que lo detestaba y en el constante deseo de su muerte. Pensé en mi madre, en sus continuos gritos, me culpaba por tener el pelo tan fino, tienes un pelo de mierda, me decía. Me reí.

—¿De qué te ríes?

—Menuda estafa, ¿no? —contesté.

—¿Qué estafa?

—La familia. Es una estafa. Una estafa de las gordas. Te lo venden como algo idílico y luego te das cuenta de que, si no tienes el número ganador, todo es una mierda.

—No sé…

—Sí, claro. Un ejemplo: mi familia. Un padre psicópata, una madre neurótica, un hijo mayor anormal y una hija pequeña subnormal.

Abel se empezó a reír.

—Joder, Elvira, eres mazo de idiota.

Idiota, pues sí, eso siempre me lo decía mi madre.

—¿De verdad? ¿Te llamaba idiota?

—No, no, no, no, nunca me llamó idiota. Solo me llamaba retrasada mental e inútil.

Se empezó a reír a carcajadas. Lo miré, era un niño grande, un niño de 12 años de casi metro setenta, largo como él solo pero un niño a fin de cuentas. Quería buscar a su padre, ¿por qué no?, era un niño. Supongo que necesitará de 20 años más para darse cuenta de quién es su padre, de lo que hizo y de lo que seguirá haciendo, para dejar de buscarlo, de necesitarlo, de vincularse a él emocionalmente sin sentirse culpable. Necesitará de 20 años más, no sé si para querer a su madre pero sí para darse cuenta de todo lo que hizo y hará por él, de respetarla y empatizar con su esfuerzo. Necesitará de 20 años más, porque ahora es un niño, es todavía un niño.

—¿Qué me miras? —preguntó ya serio.

—Nada, pensaba en lo que me acaba de decir tu madre en la cocina, pero no, no, nada, déjalo.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada, nada, bueno, me ha hablado de ti, claro, pero no… Le he prometido que no te diría nada, es algo entre nosotras, ya sabes…

—Joder, ¿qué te ha dicho?

—Bueno, a ver, ella está preocupada, lo entiendes, ¿no? Y bueno, se culpa, dice que hace las cosas mal, que no sabe cómo acertar contigo, que no te entiende.

—Ya, joder… Es que no me entiende.

—Sí, lo sabe y se siente muy mal. Me ha dicho que ya no sabe ni cómo decirte lo mucho que te quiere, que le da vergüenza, que se siente rechazada, bueno, no sé, ya sabes, Almudena es muy especial para los sentimientos. Me ha dicho textualmente que se muere por abrazarte y comerte a besos como antes. Madre mía, qué tonta, ¿no?

—Sí, qué tonta…

—Sí, tu madre es muy puto tonta.

—¡Elvira, que no se dice así! Eres mazo de idiota.

Y ahí lo dejé muerto de la risa en su cama. Al llegar a la cocina, Almudena me esperaba sentada en un taburete.

—Tendrás ya la cerveza caliente —dijo.

—Ah, no me importa. —La cogí y le pegué un sorbo, sí, estaba realmente caliente, la dejé de nuevo sobre la mesa y me senté—. Pobre.

—¿Pobre quién?

—¿Eh? Ah, nada, nada, estaba pensando en alto, en lo que Abel me acaba de decir y pobre… En fin…

—¿Qué te ha dicho?

—No, no puedo decírtelo, se lo he prometido. Le he dicho que no te diría nada.

—¡Elvira, por favor!

—Bueno, vale, pero no le digas que te lo he dicho, además él lo va a negar todo, ya sabes cómo es.

—¡Que sí! ¿Qué te ha dicho, coño?

—A ver, pues se siente mal porque sabe que no está haciendo bien las cosas.

—¡Claro que no está haciendo bien las cosas!

—Sí, lo sabe y se siente muy mal, y me ha reconocido que lo hace para llamar tu atención, porque hace tiempo como que pasas de él y que te echa de menos.

—¿Que me echa de menos? Imposible, eso no te lo ha podido decir, no habla así.

—No, claro que no, a ver, textualmente me ha dicho que te puto quiere pero que no sabe cómo decírtelo, que le da mucha vergüenza, que ninguno de sus amigos lo dice y que ya nada es como antes y que le gustaría estar más tiempo contigo pero que ya no es un niño y sin embargo tú le sigues tratando como tal.

—¿Me puto quiere…?

—Sí, te puto quiere.

—Ay, pobre… Y yo que pensaba que deseaba mi muerte. —Se llevó las manos al pecho y me sonrió.

—¡Mujer, cómo va a querer que te mueras, por favor! ¡Por favor! —Pegué otro trago a la cerveza, me ardía la garganta y la conciencia.

Abel apareció en la cocina. No dijo nada. Abrió la nevera y se quedó un rato largo mirándola.

—¿Vas a cenar? ¿Quieres hacerte un sándwich y te lo llevas a la habitación? Esta mañana he comprado jamón, lo tienes en el táper de abajo, el de la tapita azul —dijo su madre.

—No sé, ¿tú vas a cenar? —preguntó cerrando la nevera.

—Sí, más tarde, en una hora, cuando se vaya Elvira. Me haré una ensalada y la carne empanada que ha sobrado este mediodía.

—¿Hay para los dos?

Almudena se quedó un minuto en silencio.

—Claro… —dijo con cierta sorpresa. Se levantó, abrió la nevera, sacó el plato de la carne empanada y se la mostró a su hijo—. Ves, hay de sobra.

—Vale, pues ceno contigo.

—Sí, claro, cenamos juntos… —respondió sujetando el plato con fuerza.

Abel salió de la cocina y a Almudena se le cayeron las lágrimas.

—Me puto quiere…

No pude evitar abrazarla de nuevo aunque, esta vez, nos separara el plato de carne empanada al que se había aferrado como a un salvavidas.

9 dic 2013

Percepción (monólogo)



Sobremesa de Javier Avi      

       Madre (sesenta y tantos) e hija (cuarenta y tantos) sentadas en la cocina de la casa de la madre con dos tazas de café. La hija hace el crucigrama del periódico, la madre habla sin descanso.

       MADRE―. Pues hija, qué quieres, he ido. Y deberías haber ido tú también, a fin de cuentas llevas su apellido. Y mira que me negué, ¿eh?, fue cosa de tu abuela, yo con 17 añitos no tenía ni voz ni voto, y menos en aquella época. Me dices después del 75, pues todavía, y vaya, vaya... Acuérdate de Isabelita, que al primero lo tuvo también de soltera y se supone que éramos ya todos muy modernos con Pepi, Luci y la Bum-Bum-Bum, pero la acribillaron en el barrio. Así que imagínate en el 68, vamos, hombre, yo callada como una muerta y lo que me dijera tu abuela iba a misa. Es cierto, estaba loca por él, pero el apellido te hubiera puesto el mío. Total, ¿qué ha hecho por ti?, ¿eh? Nada, pues eso, nada. Una que ha sido muy tonta y se lo permití. Pero es que ni te imaginas cómo era tu padre de guapo, ¡ni te lo imaginas! Una cosa es decirlo y otra verlo. Has sacado sus ojos, el mismo verde mar, pero el mar de aquí, no te hablo del Mediterráneo, ¿eh?, que eso ni es mar ni es nada, es una charca de meados. ¡Hija, qué asco tan caliente siempre! Tus ojos son del Cantábrico. Tus ojos son de él. Si es que era mirarlo y perdía la razón. Pero le tenías que haber visto hoy. Mira, de verdad, cielo, me he quedado, se me ha puesto una cosa así en el pecho de que ni pa’lante ni pa’tras, de que claro… Es que hará de la última vez 30 años, ¡o más! Pues fíjate, te lo voy a decir, fue el año que tu prima Yolanda se casó, me acuerdo pero perfectísimamente. Porque el día que le llevé a Dolores el vestido para que me lo arreglase, que me cogiese de aquí, de la sisa, pues me lo encontré en el paseo de la ría. ¡A tu padre, allí, como un pasmarote! Y te digo me encontré por decirte algo, que el muy sinvergüenza me estaba esperando. Vamos que si me estaba esperando. Para decirme que se mudaban a Valencia. Y antes no era como ahora, que te coges un avión y ya. Eso suponía un no verse más. ¡Un no verse más! Y que sí, que nunca se ocupó de ti, pero por lo menos una vez al mes te llevaba a Lekeitio a comer rabas. Y a mí eso de que, oye, tú lo tuvieras ahí, pues me gustaba. Pero decidió irse a Valencia… Qué guapo y qué sinvergüenza. Llevaba el traje azul oscuro, saldría del banco. El señorito como no tuvo que hacerse cargo de nada, pues estudió y su padre lo colocó en el banco. Dime, ¿dónde coño me iba a colocar tu abuela teniéndote a ti? Un desgraciado. Tanto él como su familia. Pero qué bien le sentaba ese traje. Hoy le habían colocado uno gris que yo nada más verlo, mira, de verdad, ¡vamos, con decirte que no lo conocía! Pensaba que me había equivocado de sala, con eso te digo todo. Y no, no, era la 12, y allí estaba él con ese traje, y gordo… Yo no sé si sería cosa de gases o qué, pero en plan gordo desagradable, de verdad te digo, ¿eh? Compungida me he quedado. Ni qué decirte del pelo porque, además de los ojos, tu padre de joven tenía un pelo onda, como el príncipe, igualito, oye, y el mismo porte aristocrático. Tu padre era de los hombres más elegantes de Bilbao, ¿eh? Eso te lo digo yo. Y esta mañana, hija, el poco pelo que tenía todo colocado hacia un lado, para parecer que tenía más. Punzadas en el corazón tenía de verlo así. ¡Claro!, tú imagínate, en mi cabeza me lo veía junto a la ría con ese traje, esos ojos, ese pelo y de repente encontrármelo así… De verdad… Me he tenido que sentar, fíjate tú. Y al rato ha llegado su hermana, con su prima Carmen y su marido, que es como el Almunia, y sin callar de lo maravilloso que era tu padre. Está claro que hay que morirse para que hablen bien de uno, porque si no, dime tú. En fin, ¿te meto unas croquetas en un túper y te las llevas para las crías?