domingo, septiembre 13

P&P

Pola se recostó junto a una cáscara de pipa, estaba muy cansada. Dejó las migas de pan, que llevaba a cuestas, a su lado. Con un pequeño movimiento de cabeza intentó apartarse de la cara su antena derecha. La tenía rota, partida por la mitad, así que siempre se le descolgaba y se le metía en el ojo, era tan incómodo.
Sabía que tenía que llegar al hormiguero y descargar, era su obligación. Pero estaba tan lejos y tan alto... Con el dolor de patitas que tenía, subir aquella montaña le llevaría días. Se sentía vieja aunque no lo era. Se lamentaba de haber corrido tanto, tiempo atrás. Conocía prácticamente todos los hormigueros del jardín, hasta los más lejanos. Había trabajado y vivido en todos ellos. Y ahora no sabía a qué hormiguero pertenecía realmente, con su antenita rota se sentía tan y tan desorientada. Por eso que cada vez que veía una fila de hormigas trabajando, se unía a ellas sin pensar en dónde se metía, ni por cuánto tiempo.

Y ahora ya no podía más, iba a descansar un poquito, sólo un poquito, lo necesitaba.
Consiguió arrastrar una hoja de trébol y la colocó encima de la cáscara de pipa, ahora estaría más blandita y podría dormir. A Pola le encantaba dormir. Pero justo cuando estaba a punto de subirse a su pipa-cama:
―¡Espera! ¿Necesitas ayuda? Está un poco alta para ti, ¿no crees? Eres una hormiga muy pequeña.
Pola se dio la vuelta y vio a un joven y atractivo hormiga, cargado con mil pedacitos de galleta, aquello tendría que pesar una barbaridad, pero a él no parecía importarle.
―¡No! Puedo yo sola, gracias ―respondió molesta.
Pola intentó darse impulso con la ayuda de sus patitas, de su antenita, de su cabecita, de su cuerpecito entero pero nada. Así que tras trece intentos fallidos, resopló de medio lado dignamente para quitarse del ojo su antenita rota, se enderezó el esqueleto y dijo con aplomo:
―Bueno, en realidad no necesito descansar, así que seguiré con lo mío ―Pola recogió sus víveres y emprendió camino.


El joven y atractivo hormiga veía como Pola se tambaleaba con sus migas a cuestas. Por más que intentaba encarrilar su camino se iba hacia los lados descompensada por la carga. El joven la alcanzó y sin decir nada fue echándose a su espalda la mercancía de Pola. Ella, abatida, no se resistió y con un hundimiento de cabeza afrontó la derrota en un triste silencio.
―Mira, si a mí no me importa, ―dijo el joven con energía, en un intento de animar a Pola―, yo acabo de terminar mi descanso y te aseguro que ha sido muy largo, además, soy muy fuerte, ¿ves?, ¡mira, mira! ―gritó y empezó, con todo el peso que llevaba encima, a hacer flexiones con sus antenas.
Aquella fanfarronada divirtió a Pola que lo miraba agradecida.
―Me llamo Pol ―dijo el joven contento de verla sonreír.
―Yo Pola... ―los dos se rieron.
Y juntos emprendieron el camino. Hablaron mucho de esto y aquello. Era extraño cómo parecían divertirse tanto sin apenas conocerse.
Pero empezó a llover y a Pola le era imposible avanzar por aquel mar de tierra mojada. Pol le dijo que se sujetara fuerte a sus patas de atrás, y así lo hizo hasta que una gota de agua cayó sobre ella, aplastándola contra el suelo violentamente. El fuerte golpe le rompió definitivamente la antenita derecha. Pola, espachurrada en el suelo, miró su trocito de antena flotando en un charquito y lloró desconsolada. Ahora sí que no podría recuperarse a sí misma nunca. Pol la miró con pena.
―No llores... no llores así, venga… que te queda la otra… ―dijo.
Pola no reaccionó y siguió llorando, allí tirada, tiritando de frío.
Pol se asustó al verla así y pensó que no podrían llegar al hormiguero nunca. Así que después de reflexionar un rato, fabricó un carrito con pétalos de una diminuta margarita y desmembrando el tallo hizo tres correas con las que lo ató. Puso todos los víveres en la carretilla y se la colgó al cuello. Después, con infinita paciencia calmó a Pola y la subió con cuidado a su espalda. Por último, tomó del suelo la antenita rota y se la guardó en el pecho.


Anduvieron hasta llegar la noche. Ya habían alcanzado la montaña pero todavía les quedaba mucho camino para estar en el hormiguero. Pol decidió que debían descansar. Recostó a Pola sobre un vilano de cardo para que estuviera más cómoda y le dijo que volvería enseguida. Al de un rato regresó con sus patas delanteras manchadas de algo blanco y pegajoso.
―¿Qué es eso que llevas ahí? ―preguntó Pola.
―Nada, resina de Cedro ―contestó sin más.
Después se acercó a ella, acarició su cabecita y untó un poco del jugo blanco en su antena rota. Se dio la vuelta para que no lo viera Pola y de su pecho sacó el otro trocito de antena. Lo roció de igual manera con resina y se dio la vuelta. Ante Pola parecía un director de orquesta con batuta. Pola no dijo nada, estaba expectante. Pol unió el trocito suelto a su antena partida, lo apretó con fuerza durante unos segundos y después se apartó con cuidado no fuera a desmoronarse aquello.
―Bueno, ¿qué tal? ―preguntó emocionado Pol al ver que su invento, de momento, estaba funcionando. Pero al no oír respuesta miró a la carita de Pola.
Y es que a Pola se le caían los lagrimones porque no podía creer todo lo que estaba haciendo aquel joven por ella.
―No llores, tonta ―dijo Pol con mimo―. Anda y dime si sientes o percibes algo, ¿vale? ―y con una pequeña raíz, que encontró en el suelo, le tocó la antena.
Pola negó con la cabeza porque con la congoja seguía sin poder hablar.
―¿No? ¿Nada? Y, ¿ahora?―preguntó Pol volviéndolo a intentar desde otro ángulo.
Pola volvió a negar con la cabeza.
―Vaya, chica, lo siento… Hice bien en hacerme hormiga ingeniero y no médico porque te acabo de pegar una antena inservible.
Al oírlo, Pola rió con ganas durante un largo rato. Luego se tocó la antenita con precaución porque, aunque no le sirviera para nada, quería conservarla ahora que se había convertido en un regalo.
Pol, al ver a Pola tan ilusionada con su nueva antena, pensó en voz alta:
―Me siento tan bien contigo en estos momentos, en los que todo nos está yendo tan mal, que no me quiero ni imaginar lo que sentiré cuando lleguemos a la cima del hormiguero...
Pola no dijo nada, se volvió a tocar su frágil antenita chorreando resina y sonrió cómplice.

10 comentarios:

La hormiga blanca dijo...

Una fabula preciosa!

habibi dijo...

qué chulada de cuento!! y eso que no he entendido ni la mitad

Francisca dijo...

que lindo! :D
Escucha el podcast! :D http://www.podcaster.cl/category/tecnologia/larga-vida-al-blog/
Saludos!!!
Fran

Eterna aprendiz dijo...

Enhorabuena por tu blog, me gustó mucho pasar por aquí. Un abrazo

Elvira Rebollo dijo...

Gracias, chicas!
Habibi, para cuentos chulos, los tuyos, mua!!

ktana dijo...

wowh
Oye chica que genial eres
Increiblemente maravillosa
Me encantò tu relato
Es la vida misma
besos para ti

Sweet carolain Arengando a la gilada..Por un mundo menos pedorro dijo...

que lindo cuento!!! me encantó, te sigo!

Elvira Rebollo dijo...

Gracias Ktana, bienvenida!!
Sweet Corolain, por un mundo menos pedorro??? jajajaja!! me encantas!

J.M. Ojeda dijo...

¡Hola Elvira Rebollo!
¡¡Bueno…!!
Leyendo el relato me da la sensación de que aun existen
“Buenos samaritanos”
El cuento tiene cierto parecido con la realidad.
A veces con poca cosa se es feliz, y mas aun viendo que los demás lo son.

Saludos de J.M. Ojeda

Alguien dijo...

precioso cuento¡¡ me ha enganchado totalmente, escribes genial, del 1 al 10 te doy un 100 o más...jeje. Un besito, y a ser feliz.