domingo, junio 17

Princesas caídas


 Fallen Princesses. Snowy de Dina Goldstein

Creo que el mayor error en el amor es intentar meter la estrella en el agujero del cuadrado. O lo que es lo mismo, besar compulsivamente a sapos creyendo que te harán princesa, y no al revés.
Lunes
―¿Salva? Soy yo, Elvi, oye que te llamo por si te apetece hacer algo después, no sé, ¿un cine?
―Guapa, es que no te lo vas a creer, ¿oyes eso?
―¿Los martillazos?, sí.
―Pues que tengo a los fontaneros en casa, que me cortaron el agua y no puedo salir, porque llevo desde el viernes sin ducharme.
Martes
En una terraza de la madrileña Plaza de Santa Ana.
―Me alegro de que Almudena nos presentara, ¿no? Ella ya me lo dijo, mira, Enrique, que con Elvira seguro que encajas. Y como que sí, me gustas. ¿Piensas en pareja estable?
―Mmm…, bueno, pues no lo sé.
―¿Hijos?, ¿quieres tener hijos?
―No sé, tampoco sé…
―Ya. Deberías pensarlo, a tu edad no te queda mucho tiempo.
Miércoles
Lucas es creativo, trabaja en una agencia de publicidad. Inteligente, con sentido del humor y muy tierno. Tiene un perro, Jerry, un bóxer. Siempre he pensado que los hombres con un bóxer son infinitamente sensibles. Y es que Lucas lo es. Lo sientes como un niño grande, pura dulzura, inocencia.
A las 00:40 me manda un whatsApp.
―Niña, ¿duermes?
―No, amodorrada en el sofá.
―Igual que yo. Bueno, viendo la tele. Canal Natura. Documentales de monos. ¿Qué llevas puesto?
Jueves
Restaurante Devil, Malasaña. Estoy a punto de entrar en el baño cuando Daniel me coge del brazo.
―Elvi, estoy que me subo por las paredes… ―Me muerde la boca―. Te echo de menos.
Termino de mear y vuelvo a la mesa con mis amigos, Daniel ya está allí. Elena me mira y sonríe con lástima.
―Elvira, debes arreglarte un poco más. Con tus chancletas y tus camisetas descoloridas, no vas a ninguna parte. Hombre, entiendo que estar sola no debe ser fácil…
―No, no lo es, pero tu marido me está ayudando mucho. ¿Me pasas el pan?
Viernes
En mi casa, las tres de la mañana. Me estoy tirando a Darío, el gaditano del curso de sumiller.
 ―Quilla… dime algo en vasco, oh…
―¿Euskera?
―Oh, sí, más…
―Indabak, pitilingorri, intsumisioa, kalera, piperrak, garagardo, Otegi…
Sábado
En el teatro Galileo. La función de 8.30 de la tarde se acaba de terminar. Me llevo al pecho el panfleto de La Gaviota. Rubén Ochandiano ha hecho una extraordinaria versión. Aplaudo ensimismada a Toni Acosta, interpretación sublime. Me tapo la boca y cierro los ojos, estoy emocionada. Cuánta hermosura. Estiro mi brazo y agarro la mano de Alejandro. Lo miro mordiéndome los labios.
―Joder, tía, qué coñazo… ¡Hala, vamos a echar unas cañas a ver si me despejo! La madre que parió al puto Chéjov de mis cojones…
Domingo
Y dio por concluida Dios, en el séptimo día, la labor que había hecho.
Estiro las piernas y las coloco sobre la silla de enfrente. Estoy sola, sentada en la terraza de Casa Puebla, en la Plaza Olavide. Es mediodía y el sol de junio pega con fuerza. El camarero se acerca y deja sobre la mesa el café y la barrita de pan con aceite y tomate.
―Aquí lo tienes, princesa.
―¿Princesa? Princesa caída, querrás decir.
Me mira y sonríe:
―Princesa a fin de cuentas.

miércoles, junio 13

En crisis, sí, pero con amor


Blue Man Group and Venus Hum I feel Love

Elvira esperaba sentada en una silla frente a un pequeño escritorio. El despacho era de Gloria Sampere, coordinadora de estudios en la academia de idiomas Spanish Lessons Track-Madrid. Qué ridículos sonaban todos los nombres de centros de idiomas, pensaba Elvira.
―Perdona, Elvira, por este pequeñísimo retraso ―dijo la coordinadora entrando por la puerta a paso ligero y con la mano ya estirada para saludar a la joven. Elvira llama a este tipo de mujeres: las thermomix, porque se empeñan en hacerlo todo de golpe, para no perder tiempo. Ella es más de a fuego lento.
―No pasa nada ―contestó. Se levantó y le dio la mano, después se volvió a sentar.
―Bueno, vamos a ver. Elvira Rebollo, aquí te tengo ―dijo rescatando de una montaña de papeles el currículum  de ésta―. Vale, pues sí, efectivamente tienes una formación extraordinaria y, bueno, veo que tu experiencia es extensísima, ¿no? A ver, China, Cuba, Francia, sí, sí, sí… Singapur, Estados Unidos y... a ver ―decía sin levantar la vista de las dos hojas―, ahora mismo estás en dos universidades en Madrid, ¿verdad?
―Sí, lo que pasa que en verano no hay cursos, entonces me estoy buscando un poco la vida y…
―Claro, claro, porque el profesor de español es ese ente que divaga, ¿verdad?, por el espacio docente con el sambenito de la maldita enseñanza no reglada. ¿Que qué significa? Libertad para que cada centro ponga sus reglas, pague lo que quiera y extienda contrato siempre y cuando le venga bien. Nosotros no te vamos a hacer contrato, Elvira.
―Ya, no os viene bien.
Gloria se rió y luego añadió:
―Las cosas son así.
―Ya.
―Como te dije por teléfono nos interesas por tus tres años en China. Porque tenemos ahora mismo tres grupos intensivos para estudiantes chinos, y queremos que los lleves tú.
―¿Los tres?
―Los tres. Cada intensivo es de tres horas diarias. Suficiente, porque son iniciales absolutos, si les metemos más horas, los reventamos.
―Pero, perdona ―Agachó la cabeza, se llevó la mano a la frente y se rió un poco nerviosa―. Es que en ese caso, estamos hablando de que voy a dar 9 horas de clase al día.
―Efectivamente. Es un favor que te hacemos.
Elvira abrió los ojos como platos.
―¿A mí? ―Se moría por saber qué entendían por favor.
―No sé si te lo comenté, si no te lo comento ahora y ya está. Mira, la cuestión es que pagamos a 7 euros la hora. Así que te damos la oportunidad de trabajar hasta 9 horas diarias para que te hagas con un salario más o menos rentable, ¿me entiendes? Pero no lo comentes mucho por ahí, porque esto lo hacemos un poco, porque, a ver, comprendemos el currículum que tienes, y nos parece lo más justo.
Pero Elvira ya no estaba allí para contestar. Su cuerpo sí, pero su cabeza había volado hacía rato. Desde bien pequeña tenía el recurso de ahogarse en alguno de sus recuerdos para no sufrir el momento. Y Elvira recuerdos tiene muchos. Siempre piensa que de ser cierto eso de que al morir toda tu vida pasa por delate de tus ojos, en su caso se debería morir por lo menos tres veces, para que le diera tiempo a verlo todo.
Estaba en Las Vegas. Acababa de entrar con su amiga Cristina al teatro del Hotel The Venetian. Recordó que al sentarse Cristina hizo un gesto de dolor. El tatuaje, que se había hecho la noche anterior, le molestaba. Dos dados en movimiento, dibujados en su ingle, era el recuerdo que se llevaba de la ciudad del pecado. Elvira también, se tatuó un lunar en el antebrazo izquierdo, siempre fue muy lanzada. Revivió el nerviosismo con el que las dos amigas se colocaban el impermeable de plástico, que les habían ofrecido en la entrada, y se sacaban fotos con el móvil. Las luces se apagaron y con un estallido de focos fluorescentes, el escenario se iluminó y Blue Man Group hizo su aparición. Vio, de nuevo, a los tres hombres azules golpear tuberías en charcos de colores. Recordar el ritmo de la percusión le agitó el corazón.
―… los grupos serán de 24 ó 25 estudiantes. Sé que son muchos, pero subdividirlos significaría pagar a otro profesor y eso, en estos momentos, es inviable…
A Elvira se le iluminaron los ojos al visualizar, otra vez, el parpadeante  vestido de Annette, la voz de Venus Hum. Ya estaba en el escenario con Blue Man Group y la versión de I Feel Love inundaba el teatro entero.
―…no hay presupuesto para fotocopias, por lo tanto, bueno, no sé si tendrás impresora en casa o si no, te tendrás que conformar con utilizar ejercicios únicamente del manual…
Ooh, it’s so good, it’s so good, it’s so good…, ooh I’m in love, I’m in love, I’m in love…, I feel love, I feel love, I feel love…
―… el manual te lo prestaremos, pero no puedes escribir nada en él, porque en cuanto terminen los cursos, lo deberás devolver…
Ooh, fall and free, fall and free, fall and freeLas dos amigas se perdían entre el papel higiénico que caía del techo. Metros y metros de papel. Carcajadas y gritos… Ooh, you and me, you and me, you and me…
―…entonces, pues no sé, si no tienes preguntas, me gustaría saber si te interesa ―Silencio―. ¿Aceptas las condiciones? ―Silencio―. ¿Elvira?
Elvira la miró sin expresión alguna, extendió los brazos en cruz, alzó la vista y:
―¡I feeeeel looOOOÔÔÔôôooOOÔÔVE!
―¿Eso es un sí…?

viernes, junio 1

Celebrando


 Cena con amigos psicodélicos de Jovana de Obaldía

Gael cumplía 34 años. Había invitado, a cenar en su casa, a cinco amigos para celebrarlo. Disfrutaba siendo el protagonista siempre que podía, así que ese día más que nunca. En la cocina terminaba de preparar las berenjenas rellenas, cuando sonó el portero automático. Eran las 7:35 de la tarde. Gael abrió sin preguntar. Once minutos más tarde, el timbre de su casa. Abrió. Su amiga Elvira al otro lado resoplando.
―Pero, Cari, ¿cómo has tardado tanto en subir?
―Calla, que me he cogido el ascensor, me he equivocado y me he subido hasta el 6º, no me digas por qué. Al bajar se ha parado en el 5º y se ha montado un señor, que ha entrado con un cochecito de bebé, un crío en la otra mano, una bolsa y una silla de playa colgada de un hombro y un paquete de 24 rollos de papel higiénico en el otro. En el 4º nos hemos dado cuenta de que estaba encajonada para salir, así que me ha dicho que no me iba a quedar más remedio que bajar con ellos hasta el garaje. He bajado y el pobre hombre no podía con todo, así que lo he ayudado con la bolsa, la silla y el papel para cagar hasta el coche. Y luego, me he vuelto a coger el ascensor y otra vez para el 6º, vale, sí, no me digas por qué. Y por miedo a que en el piso de abajo se subiera la mujer del tío del 5º, con más niños, sillas y celulosa, pues me he dicho: me bajo andando.
Elvira vivía en un mundo paralelo a éste. Muy similar, cierto, pero paralelo. Estaba enamorada del hecho de estarlo. Su última conquista, una farola de la madrileña calle San Andrés. A las cuatro de la mañana del sábado pasado, se había amarrado a ella al grito de “eres la luz que necesito en mi vida”.  Pero cuarenta  minutos antes había mandado un sms a Ernesto, su anterior última conquista, que rezaba “déjame ser tu bambalina”. Como es actor, como es actor, explicaba repetitivamente a sus dos amigos girando la esquina en Espíritu Santo, que, dicho sea de paso, poca fue la inspiración que le aportó el lugar.
En la cocina Gael siguió con las berenjenas y Elvira colocó las dos botellas de vino, que había traído, sobre la encimera.
―¿Va a venir Ernesto?  ―preguntó la chica fingiendo, por su tono de voz, que poco le importaba la respuesta.
―¡No, Elvi, no va a venir! ―contestó cabreado. Metió las berenjenas al horno, se limpió las manos con un trapo y con algo más de paciencia continuó―: Cari, me da mucha vergüenza decirte esto, pero me ha pedido que no le mandes más mensajes que…
―¡Pero si no le mando!
―¿Y qué es: déjame ser tu bambalina?
―Como es actor… como es actor, pues pensé que tenía su gracia, ¿no?
―¡Pues no! ¡Lo tienes harto!, ¡hasta las narices! ¡El lunes me volvió a llamar! Que dile, macho, que ya está, que me deje tranquilo, me decía. ¡Que lo dejes tranquilo! ¡Que no seas pesada! Chica, me pones en una situación que no sé cómo defenderte. ¿Me oyes? ¡Pues se acabó Ernesto! ―Elvira recolocaba una y otra vez las botellas sobre la encimera sin decir nada―. Elvi…
―Si vamos a tardar en cenar es mejor meter el vino en la nevera, en la parte de abajo, donde las verduras, porque con este calor va a ser un asco beberlo así.
―Cari, pero ¿en qué mundo vives?
Pues en el paralelo.

A la 1:20 de la mañana, Gael y sus cinco amigos se habían terminado las berenjenas rellenas, las dos botellas de Elvira, las tres de Sacha y Martín, la docena de cervezas de David, y el Cava de Sergio. Y la cosa estaba de la siguiente manera: David contaba que Adriana ahora decía no querer firmar los papeles del divorcio. Elvira aseguraba estar enamorada de Sacha. Sacha explicaba a Elvira que Martín era su marido. Y Sergio insistía a Gael que él mismo bajaría a por más cerveza donde los chinos.
A las 2:30 de la mañana, Adriana había llamado por teléfono a David, después de recibir un amenazante sms suyo, para decirle que era un grandísimo hijo de puta. Elvira aseguraba estar enamorada de Sergio. Sergio explicaba a Elvira que adoraba a su novia Maika. Martín pedía a Sacha que bajara a por más cerveza donde los chinos. Sacha se lo pedía a Gael y Gael exigía a todos sus comensales que le felicitaran por decimoctava vez.
A las 3:40 de la noche, David contaba que Adriana era una tía retorcida y llena de complejos. Sacha y Martín se lo estaban montando en el baño. Sergio, subido en una silla, se jaleaba a sí mismo porque había conseguido 90 puntos en Apalabrados. Elvira aseguraba estar enamorada de Gael y Gael pedía a Elvira que le soltara la pierna, porque tenía que bajar donde los chinos a por más cerveza.
A las 4:15 de la noche, David afirmaba que Adriana era la mujer de su vida. Gael fotografiaba a Sacha sin camiseta. Martín preguntaba a Sergio por su nick en Apalabrados. Sergio le gritaba su nick mientras corría al baño porque decía que se cagaba. Elvira aseguraba estar enamorada de la cerveza y, como acto de amor, les anunció a todos que bajaba a por más donde los chinos.
Elvira tardó once minutos en llegar a la tienda de los chinos de abajo, y es que sin saber por qué, al coger el ascensor, subió primero al 6º.
Preguntó por las cervezas. El chino de la caja le señaló la nevera del fondo. Elvira se acuclilló ante ellas. Intentó coger primero un pack de 12 latas de Mahou y al ver que no podía, se decantó por dos de 6 de San Miguel. Al darse la vuelta cargada con las cervezas, lo vio. Ernesto estaba apoyado en el mostrador de la caja registradora con la cabeza baja, parecía esperar al chino. Elvira dio un paso atrás y se colocó al otro lado de la estantería de pan de molde. Ernesto ahora miraba hacia la calle y Elvira lo miraba a él. El chino volvió y le dio dos paquetes de tabaco. Ernesto sacó su cartera. Algo le dijo el chino y él se rió. Elvira apretó los labios. Ernesto, después de pagar, se guardó de nuevo la cartera en el bolsillo de atrás del pantalón y, sin demasiada simpatía, se despidió del comerciante y salió de la tienda. Elvira apiló los dos packs de cerveza en el suelo y se sentó sobre ellos. Estiró las manos y se las miró. Se ajustó su enorme anillo en el anular de la izquierda y tragó saliva con dificultad.
A las 4:43 de la noche, Elvira aseguraba, al chino de la caja, estar enamorada del hombre que acababa de salir, y el chino de la caja le decía que eran 5’40 euros.