sábado, junio 8

Celebrating

Celebraciones de Javier Avi

Es más que sabido por todos los que me conocen que detesto las celebraciones. Todas. Sin excepción. El top 5 sería el siguiente:

      5. Cumpleaños.
      4. Inauguración de casas.
      3. Navidad.
      2. Bodas.
      Y en la cima, en el nº1, la celebración más detestable es...:
      1. Las despedidas de soltera.

Seamos sinceros, no hay necesidad. No la hay. Reconozco que se establecen una serie de tradiciones sociales pero que quizá, con el paso del tiempo, habría que revisar. Porque repito, no hay necesidad, ¿una despedida de soltera?, ¿para qué?, demasiado tiene la novia con casarse, ¿no?
Lo cierto es que siempre he sido felizmente huraña con este concepto. Nunca había conocido nada más atroz que una despedida de soltera hasta que...:
Era jueves y, aunque eran las cinco de la tarde, me preparaba algo de comer porque acababa de llegar de la universidad. Cuando estaba dispuesta a hincarle el diente a la pechuga de pollo, el portero automático sonó. Era Gael. Estaba borracho.
Mi cari, mi cari... Que te echo de menos, que te enamoras y me abandonas, mi cari..., que ya no te veo, que no me haces caso, ay, mi cari...
Había tenido comida con los del trabajo y se estaban tomando una copa debajo de mi casa. Me pedía que me uniera a ellos. En realidad no conocía a nadie y me daba bastante pereza, pero también es verdad que desde que había empezado a salir con Joan no quedaba tanto con Gael y lo extrañaba mucho. Le pedí media hora para comer. Un poco antes de las seis bajé y los encontré en una de las terracitas de la plaza. Gael, al verme, se levantó y me estrujó hasta hacerme crujir la columna. Me presentó a todos con una sonrisa descomunal. Serían unos quince. Muy diseñadores de interiores sin serlo. Pro Malasaña reeducada. Tansgresores pasados por agua. Vamos, muy hipsters. Me senté junto a Gael y éste se me amarró al brazo y lo acariciaba como si fuera un perro, ay, mi cari...
Habían pasado casi dos horas. Me había tomado unas 4 cervezas y me estaba riendo como hacía tiempo. Sobre las ocho, se empezaron a reorganizar, parece que la fiesta iba a continuar pero no allí. No me enteraba de mucho porque tenía a Gael baboseándome la oreja.
¡Pues que se venga Elvira también! —exclamó una de las chicas, que creo que se llamaba Eli o Leti.
Genial —dije—. ¿A dónde?
Al Náufrago, no está lejos de aquí. Es un karaoke, ¿sabes? Bueno, se puede cantar o hacer lo que quieras. Supongo que mi marido ya habrá llegado. Es que hemos alquilado la parte de atrás para estar más cómodos y a nuestro aire. Celebramos nuestro primer aniversario.
¿Que celebráis qué? —Mi cara era un poema.
Ha sido un año increíble, Elvira. A ver, sí, lleno de dificultades, pero por eso mismo queríamos celebrarlo con todo el mundo que nos quiere. Alex y yo nos casamos hace un año, y hoy seguimos juntos y ¡eso ya es mucho! ¡Y qué menos que celebrarlo con todos nuestros amigos!
Pero ¿qué clase de carencia afectiva tenía esa chica? O ¿qué tipo de complejo protagonista le estaba carcomiendo por dentro? Sinceramente, ¿a quién coño le importan los aniversarios de boda de sus amigos? Si habéis llegado al año, compraos una pizza e id a casa a follar como monos, pero ¡dejadnos en paz!
Y mentalemnte taché del nº1 Las despedidas de soltera y coloqué: Aniversarios de bodas de amigos. Así que todas las celebraciones bajaron un puesto, cayéndose de la lista Los cumpleaños, lo que no quería decir que dejara de detestarlos.
Me terminé la caña absolutamente indignada, pero qué manía con confundir mi felicidad es tu felicidad, ¿a quién se le ocurrió semejante engaño empático? Tu felicidad es tuya y no me la pases, ¡no la quiero, gracias! Y digo yo, ¿tanto se aburría esta mujer con su marido que quería compartirlo con una veintena de amigos?, ¿tan lamentable era su situación?, ¿tan poco la habían querido en su infancia? Y no, decididamente no iba a ir al Náufrago, estaba claro. La gente debía empezar a querer individualmente. Si te casas, lo haces con tu pareja, no con doscientos invitados. Si te compras una casa, lo haces con el banco, no con una docena de amigos. Y si es navidad, ¡te metes en la cama hasta que nazca un nuevo mesias! ¡Y no, no iba a ir al karaoke ése!, claro que no, qué manía con celebrarlo todo, ¡qué manía!
Tres horas más tarde estaba subida a hombros del tal Alex, en el Náufrago, sujetando con ansia viva el micrófono mientras berreaba Cien gaviotas de Duncan Dhu, y gritaba lo mucho que quería a Eli o Leti.
Pues eso, que detesto profundamente las celebraciones.


5 comentarios:

lopillas dijo...

jajajj es que no puede ser, ay que ver cómo la lían a una...
Besito Elvira. Como siempre genial, me he echado unas buenas risas :)

javier avi dijo...

jajaja! Genial! Por cierto me ha dicho Joan que como no te gustan las celebraciones que para el 13 del mes que viene alquiles un par de pelis y él llevara el vino.

Elvira Rebollo dijo...

Lopillas, me alegro mucho de que te haya divertido, era el objetivo, Gracias!!

Javi, dile a Joan que me parece genial, pero que del vino me encargo yo ;-)

Moniss dijo...

Jjajaja! Genial te ha quedado este relato de ciencia ficción :). Porque esto sí que no hay quién se lo crea. Esa celebración NO puede existir ( a menos que la chica en cuestión sea una de las nuestras y que necesite un sicoanalista de por vidaaaaaaaaa)

Elvira Rebollo dijo...

Jajaja! Monis, siempre apuesto por la Ciencia Ficción!! (y por el psicoanálisis...) ;-D