Consultorio radiofónico de Elena Francis. (Autor desconocido.) |
—Menuda putada lo del coronavirus, pensaba que la próxima
semana estaríamos ya en China con nuestra vida. Tengo ganas de volver, menuda
putada…
Escuchaba por el móvil a Verónica. Estaba apoyada en la
fachada trasera de la biblioteca, serían las 10.30 de la mañana, hacía mi
primer descanso.
—Hombre, yo agradezco quedarme unas semanas más por
Madrid, pero esto pinta para largo —contesté.
Me había llamado ella. Estaba en Londres, en casa de su
hermana que acababa de dar a luz a su segundo hijo y Vero había ido a ayudarla un
poco. Pero como yo, el tema de los niños no era su fuerte, además quién iba a
imaginar que terminaría quedándose con ella más de un mes. El Gobierno chino no
terminaba de levantar la cuarentena y desde la oficina de Relaciones
Internacionales de la Universidad habían cancelado nuestros vuelos de regreso
hasta nuevo aviso.
—Es que, Elvi, es imposible dormir en esta casa, empiezo
a desquiciarme y volver a España con mi madre es todavía peor. ¡Dios, necesito
recuperar mi vida! ¡Coño ya!
—¿Qué pasa, Vero? —pregunté separándome un poco de la
pared.
—Nada, lo de siempre —dijo con desgana.
—¿Antonio?
Esperó a contestar.
—El fin de semana pasado iba a ir a Barcelona a verlo,
así lo habíamos acordado. Ya sabes que él tampoco puede regresar a China, ¿no? Y
el jueves me llamó y que no, que le parecía muy arriesgado teniendo a su
familia tan cerca. No sé, tía… Lo de siempre.
Solté el aire lentamente por la nariz.
—Bien, que vaya él a Londres.
—No, no, él no puede, porque su mujer le ha puesto una
movida para tenerlo localizado siempre.
—¿Unos cascabeles en el prepucio?
—Qué idiota eres… Espera, que salgo al jardín y así
podemos hablar mejor. —Le di un tiempo a que saliera de la casa—. Debe ser una
aplicación en el móvil, un rastreador, vamos.
—Pues nada, que se quede con su mujer atado a la pata de la
cama con grilletes y tú sigue viviendo libre, no es tu problema. No nos vamos a
despeinar por una tontería así. Corta toda la relación con él y punto. Invierte
más tiempo en Ranjit y si no: Next.
Aquí nadie es imprescindible.
—Ya, bueno, hay otra cosa…
—Ay, madre… —dije y me volví a apoyar en la fachada del
edificio.
—Me llamó ayer, y… bueno… —La escuchaba con los labios
apretados, me esperaba lo peor—. Dice que se arrepiente mucho de no habernos
visto y quiere que vaya a Barcelona el finde del 29 de febrero. Y claro, no sé…
¿Qué hago, Elvi?
No había nada que me molestara más que un hombre
indeciso, porque o bien lo era porque te estaba tomando el pelo o bien lo era
porque su escasa materia gris no le daba para procesar con mayor rapidez, y a
ninguna mujer le gustan ni los sinvergüenzas ni los idiotas.
—Vale, apunta, vas a escribirle un mensaje.
—No, Elvi, ¡tus mensajes no!
—Apunta: Antonio,
si quieres verme, súbete tú a un avión con tus enormes cojones y ven a Londres.
Si no, no es necesario ni que contestes a este mensaje. Punto.
—Elvira, no puedo escribirle eso, porque si no me
contesta… si, al final, él no me contesta, yo, yo, yo me muero, me muero…
Sí, lo sabía.
—Mándale el mensaje ya. Luego me cuentas.
Colgamos y al hacerlo me di cuenta de que tenía tres
audios de Beatriz. Los escuché antes de entrar de nuevo a la biblioteca. Quería
que nos viéramos hoy, me contaba que a la tarde había quedado con Darío y que
antes necesitaba hablar conmigo. Le contesté con un audio también, pidiéndole
que me viniera a buscar a la biblioteca a las 14.30 para irnos a comer.
Sobre las 12 Vero me escribió un mensaje:
No me contesta, tía.
Tranquila, está procesando,
que se tome su tiempo. Le
respondí.
Estaba siendo difícil concentrarme en mis libros entre
tanto mensaje.
Sobre las 13.30 me escribió Almudena:
Estás libre esta tarde?,
unas cañas? Necesito hablar.
He quedado con Bea para
comer, si quieres vente, si no puedes quedamos a las 18.00 dónde me digas.
No puedo. Mucho curro. 18.30
en la Plaza Luna, vale?
Oki. Y le mandé muchos besos con
corazones.
A las 14.00, un nuevo mensaje de Vero:
Tíaaaa, no le voy a volver a
ver nunca más, estoy de los nervios, no sé por qué te tengo que hacer caso. Le
voy a escribir diciendo que voy a Barcelona. Se acabó, me da igual ser una
arrastrada, necesito que esté en mi vida.
Rápidamente apreté el microfonito verde de la
conversación del WhatsApp y me agaché
debajo de la mesa para grabar el audio:
—¡¡Nooooooo…!! ¡No…!, ¡¿me oyes…?! ¡Suelta el móvil ahora
mismo…! ¡Aguanta, aguanta, AGUANTAAAA…!
Me levanté como si no hubiera hecho lo que había hecho.
Dejé el móvil en la mesa con cierta ceremoniosidad y sonreí a la chica que
tenía a mi lado. Luego me retiré el pelo por detrás de los hombros y volví a
mis libros como si fuera la mujer más erudita del planeta aunque en realidad
estuviera pensando en los cascabeles de Antonio.
A las 14.40 Beatriz vino a buscarme. Me ayudó a recoger
mis cosas. Al salir, Bea aprovechó para guiñar el ojo a dos chavales de no más
de 20 años y a sacarle la lengua de forma descarada a un hombre de nuestra
quinta, que la miró perplejo.
En el restaurante, me fijé en lo despampanante que era
Bea. Llevaba una camisa con tres botones desabrochados dejando ver parte de su
sujetador negro de encaje. Su larga melena morena, cortada a capas, nunca la
llevaba recogida y se la agitaba con la mano derecha constantemente. Y siempre
sonreía y cuando lo hacía achinaba los ojos, era un encanto.
—Estás preciosa, Bea.
—Oh, gracias, tonta del culo.
Después de que nos trajeran la ensalada para compartir,
empezó a contarme que nunca se había sentido tan bien. Bien de verdad, me
decía. Nunca se había podido imaginar que tendría algo con Darío y realmente
estaba encantada. Y sí, lo estaba, se mostraba exaltada, no podía dejar de
agitar las manos en el aire y de reírse con ganas por cualquier comentario que
ella misma hacía. La observaba con envidia, porque no sé el tiempo que hacía
que no me sentía tan viva como ella. Cogí mi copa y bebí un poco de vino y la seguí
escuchando embobada, hasta que dijo algo que hizo que dejara la copa otra vez
sobre la mesa y le pidiera que lo repitiera.
—Perdona, ¿qué?
—A ver, sé que es muy pronto, pero por qué esperar.
Pasamos de los 40, es una tontería seguir perdiendo el tiempo.
—Sí, Bea, pero no creo que proponerle que se mude a tu
casa sea la mejor idea.
—¿Por qué no?
—¡Porque os liasteis por primera vez la semana pasada!
—¿Y?
Vibró mi móvil sobre la mesa. Lo miré. Mensaje de Vero:
Lo siento, tía, no me puedo
arriesgar, no puedo. Estoy mirando vuelos a Barcelona, los hay baratos, voy a
comprar uno, tengo que ser sincera con lo que siento y quiero verlo.
—Perdona un momento —le dije a Bea. Luego apreté el
microfonito verde del WhatsApp—:
¡Mecagüenlahostiaputaya! ¡Que dejes de mirar el móvil, coño! —Volví a dejar el
móvil sobre la mesa—. Perdona, lo de Darío, ¿no?
—¿Y eso?
—Nada, nada, una amiga de China que tiene problemas con
un geolocalizador.
Beatriz asintió pero creo que ni llegó a escucharme, picó un trocito de pan y retomó su tema.
—No sé, Elvi, pensaba que tú me ibas a apoyar. Nosotras
hablamos el mismo idioma.
No se trataba de entenderse, porque claro que la
entendía, entiendo a Bea perfectamente siempre. Esto era diferente, se trataba
de tener cabeza. De aminorar la exaltación para apreciar y, sobre todo,
conservar una situación que queremos que dure. Y, por supuesto, proponiéndole
que se mude a su casa lo único que iba a hacer era agobiar a Darío y espantarlo,
y así se lo dije.
—¿Tener cabeza? ¿El amor es una cuestión de cabeza?
—Sí, lo es. A nuestra edad, por suerte, lo es. Sabemos
gestionar mucho mejor nuestros sentimientos y el tener tantas experiencias a
la espalda nos ayuda a saber lo que nos conviene y lo que no. El amor se
cocina en la cabeza y el deseo en la vagina, el corazón no sirve más que para darnos infartos.
Bea se rio. Se agitó el pelo y luego cogió su copa de
vino. Antes de beber, me preguntó:
—¿Joan sabe el monstruo que tiene en casa?
—Lo sabe.
La comida continuó entre risas. Bea se relajó y sacó su
artillería pesada sobre anécdotas de dos rombos. Después fuimos a tomar café,
porque decidió que ya no volvería a la oficina, era lo bueno de trabajar para
su padre, que el horario podía ser bastante flexible.
Nos despedimos sobre las 18.00, había quedado con Darío y prometió no acelerarse, me dijo que me
llamaría al día siguiente para contármelo todo.
—Bueno, todo, todo,
todo no es necesario, Bea.
Me abrazó y antes de despedirnos me aconsejó que me
echara más colorete porque tenía la cara bastante amarilla.
A las 18.43 estaba entrando en la Plaza Luna. Vi a
Almudena sentada en uno de los bancos de piedra junto al restaurante chino. Me
saludó con la mano en alto, así que yo empecé a bailar al estilo danza contemporánea,
arrastrando los pies y haciendo contorsiones raras con los brazos. Sabía que
Almu pasaba mucha vergüenza ajena cuando empezaba así. Se dio la vuelta y
fingió no conocerme. Yo solté tal carcajada que unos niños, que andaban por
allí jugando, se me quedaron mirando con cierto temor.
—A mí estas tonterías de teatro, no, por favor, ¿eh? —me
dijo mientras me daba dos besos. Yo me seguía riendo, la adoraba.
Nos fuimos a tomar unas cañas a un bar de la Calle Pez.
La conversación importante tardó en arrancar, empezó contándome que tuvo que
comprar otro hámster y decirle a Abel que Roco había vuelto.
—¿Y se lo creyó? —pregunté.
—No, claro que no,
tiene 11 años, pero me lo agradeció igualmente. Es muy bueno.
—Sí, sí que lo es.
Cuando el tema del hámster y de la bondad de su hijo se
terminaron por fin me habló de lo que nos había llevado hasta allí.
—Es Carlos, ¿sabes?
—Me lo suponía —dije pegando un sorbo a mi cerveza.
Me contó que Carlos estaba organizando un fin de semana en
Segovia para que Abel y sus dos hijos se conocieran.
—¿Estamos hablando
de un fin de semana familia-feliz?
—Algo así —contestó mirando al camarero que nos dejaba
sobre la barra otras dos cañas.
—Bueno, te vas con una tropa de tres niños dirigida por
un coach a comer cochinillo. Pinta bien.
—Quiero dejarle.
—¿Qué?
—Quiero dejar a Carlos. No es para mí. Me saca de quicio
que organice cada salida que hagamos durante la semana, es que no deja ni la
mínima oportunidad a la improvisación y, vale, lo puedo llevar, pero no lo
quiero para Abel. Un hombre que le ordene su vida con listas y cuadrantes y
cada dos por tres le pregunte: ¿ya sabes lo que quieres hacer este verano?, ¿ya
sabes lo que quieres hacer el próximo curso?, ¿ya sabes lo que quieres estudiar
en la universidad?, ¿ya sabes, ya sabes, ya sabes? ¡Tiene 11 años!
—Es coach.
—¡Es mierda!
Me entró la risa. Me encantaba ver a Almu enfadada. Era
muy habitual verla melancólica, desanimada, frustrada pero enfadada, realmente
enfadada, era difícil de verla y ahora creo que lo iba a disfrutar.
—Bueno, pues déjalo, ya está.
—Sí, pero no sé cómo hacerlo.
—¿No? Muy fácil: Carlos, adiós.
Las dos nos empezamos a reír. En ese momento me vibró el
móvil. Era un audio de Vero. Le pedí a Almudena un minuto para poder
escucharlo. Estaba llorando, me decía que sentía que la había cagado y que por
hacerse la dura ya nunca volvería a ver a Antonio y no estaba preparada para eso.
Después de escucharlo le dije a Almu que me diera dos minutos, que tenía que
llamar a una amiga. Salí del bar y marqué la llamada desde el WhatsApp. Descolgó, seguía llorando. Le
pedí varias veces que se tranquilizara. Que se preparara un té, de esos
ingleses, que saliera al jardín de la casa de su hermana y que se lo bebiera allí
con calma, porque le dije:
—No puedes estar con un hombre que considera su vida
mucho más importante que la tuya. No puedes permitir que la menosprecie de esta
manera, haciendo y deshaciendo planes según su conveniencia. Hoy, por fin, esto
se lo has dejado bien claro, lo has hecho, Vero. Ahora dale tiempo para que
decida si, bajo estas condiciones, quiere jugar o no. Y si lo hace es porque
entenderá que las decisiones que tome a partir de ahora no solo serán pensando
en él sino también en ti. ¿Vale?
—Vale…
—¿Te vas a hacer un té?
—Sí.
Al entrar de nuevo en el bar, Almu me propuso
salir a pasear. Nos bebimos las cervezas, pagamos y tomamos la Gran Vía. Íbamos
agarradas del brazo, parecíamos dos viejillas a la salida de misa. Durante el
camino fingíamos posibles situaciones que se encontraría al intentar cortar con
Carlos. Practicamos los diálogos e incluso los gestos. Nos reímos bastante.
Sobre las 21.00 nos despedimos en Quevedo. Al igual que Bea, me dijo que me
llamaría para contármelo todo, pero a ella no le tuve que censurar aquel todo.
Decidí volver a casa dando otro paseo. Me puse los
auriculares, me conecté el Spotify y
fui bajando San Bernardo. A medio camino mi móvil vibró. Estaba convencida de
que sería Vero. Lo saqué del bolso, vi la pantalla, no era Vero, era Darío, un
audio, apreté su reproducción, la música cesó y la voz de Darío comenzó a oírse
clara y tranquila:
—Elvi, trasto, sé que andas muy liada con tus cosas, tus estudios
pero me gustaría charlar contigo, no sé. Si mañana vas a la biblioteca
podríamos desayunar antes juntos, sobre las 7.00 ó 7.30, a mí me va bien. Dime
algo. (Silencio). Dime algo, ¿vale?
Y con media sonrisa, guardé el móvil en el bolso pensando
que el martes también tendría que abrir el consultorio.
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