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13 abr 2025

Aliento sin espejos

 

Interior (Model reading) 1925, por  Edward Hopper

El mundo no se apagó de golpe,

se fue encogiendo.

Un borde menos.

Una esquina más que interrumpe sin aviso.

Páginas donde las palabras se embarran cual campos de batalla.

¿Quién reclama la noche siendo de día?

Ellos, y tú, los veis invisibilizados.

E impasibles observáis su carga,

porque incrédulos negáis el nervio gangrenado que seco daña,

y alzáis la voz con cínica palabrería de esperanza.

¡Grito!

¡Ciegos vosotros!

¡Insensibles de miradas vacías!

¡Amantes de la compasión relamida!

¡Grito que mi dolor es real!

¡Real como un quebrantahuesos escarbándome las tripas!

Porque el mundo, tal como era, ya se ha ido.

Y yo, con él.


8 ene 2022

Mutaciones

 

Miquinemi de Eugenia Velis

—No sé qué más decirte, Elvira. Sé que no he estado a la altura y lo siento, lo siento, ¡lo siento, joder!

Beatriz tenía las manos en alto, me miraba con fijeza, no parecía del todo sincera así que no dije nada. Me senté en uno de los taburetes altos de la isla de su cocina y le pedí una cerveza.

Mi vida se había desmoronado en poco más de una semana y durante tres meses había estado chapoteando en un pozo ciego. Por si fuera poco, Óscar, mi psicólogo, había decidido dejar Madrid y mudarse a Galicia. Morriña rural, lo llaman. Regresaba a Pontevedra, a su aldea de la infancia, a atragantarse con grelos y a bailar muñeiras. Necesito un cambio, me dijo.

 —¿Y qué pasa conmigo? —pregunté, porque a una psicópata narcisista es lo único que le importa.

—Puedo derivarte a un colega. Antes de marcharme podemos encontrarnos los tres.

—¿Los tres? ¿Un trío? —Y deseé que una meiga lo convirtiera en percebe.

Asumía el abandono como decorado permanente en mi vida. Quien se quiera marchar que se vaya y que cierre la puerta al salir, gracias.

Sonó el timbre de casa y Beatriz salió de la cocina. Regresó acompañada de Enrique y Jèrôme. Este último me saludó desde la puerta y se apoyó en el quicio. Enrique, en cambio, entró.

—Cuánto tiempo —me dijo sentándose en el taburete de al lado—. Pensaba que ya te habrías suicidado.

—Con las últimas lluvias, se ensanchó la madera de mi ventana y no pude abrirla.

—Qué lástima.

—Bien, bien, bien —intervino Bea—, me alegro de que os haya hecho tanta ilusión volver a veros. Vale, ¿vamos al salón? Jèrôme, ¿te llevo una cerveza, corazón?

Una vez sentados en el salón, con una cerveza en la mano y mirando al suelo, sonó de nuevo el timbre. Un minuto después entraron Darío y Almudena. Almu me saludó con la manita y se sentó junto a mí, inmediatamente entrelazamos los brazos y nos agarramos de la mano, estábamos imantadas. Restregó la nariz en mi hombro y me dio un beso.

—De acuerdo, chicos, por favor —Beatriz, de pie frente a nosotros, tamborileó su botellín pidiendo atención—. Os he pedido que vinierais porque ha sido un fin de año movido, ¿verdad? Han pasado cosas y pocas buenas. —Se sentó en el antebrazo del sofá y continuó—: Todos hemos sido arrollados por el Corona y para algunos no ha sido una simple gripe. —El grupo entero miramos a Darío que tuvo que ser ingresado durante dos semanas a principios de diciembre, supongo que el asma no le allanó el camino—. Y qué queréis que os diga, entre unas cosas y otras yo he reflexionado un poco, ya que a veces es obligatorio hacerlo.

Con disimulo miré a Almudena que prefirió bajar la cabeza porque de encontrarse nuestras miradas nos reiríamos como quinceañeras.

—Así que —continuó— no quiero perder más el tiempo y he decidido casarme. Ya está, ya lo he dicho, me caso, ¡me caso!

El silencio cayó como una losa sobre el salón. Impertérritos no podíamos dejar de mirar a Bea que sonreía como una loca ausente.

—¿Con quién? —me atreví a preguntar por fin, porque a no ser que aquella lámpara de pie fuera en realidad Markus con una tulipa en la cabeza, no podía ni imaginar quién sería el agraciado.

—No importa con quién.

Su respuesta hizo acordarme de algunas amigas de Bilbao que estuvieron más preocupadas por el bodorrio en sí que por certificar si el hombre elegido sería el idóneo para compartir pedos en el sofá de su casa, en el hipotético caso de un eterno confinamiento pandémico.

Dejé la cerveza sobre la mesita y empecé a aplaudir. ¡Bravo!, decía. Todos, de a poco, empezaron a imitarme y en unos minutos la jaleábamos el grupo entero.

—¡Viva la novia!

—¡Guapa, valiente!

—¡Bravoooo!

Beatriz se puso en pie, dejó el botellín en el suelo, cruzó los brazos agarrándose los hombros con las manos e, inclinándose como una antigua actriz de teatro, agradeció la ovación.

Nadie en ese salón daría positivo en un test de cordura, por eso dejamos que Bea disfrutara de su papel aquella noche porque nos iría tocando interpretar el nuestro poco a poco. El dolor no tiene una cara definida, muta en diferentes cepas y sorprende con la reacción de cada uno, a veces es suficiente con un par de vinos y un grito agudo sobre el puente de Segovia. Sin embargo, otras necesitas aferrarte a la esperanza de ser una persona diferente para dar sentido de nuevo a tu vida.

Al salir de su casa y despedirme de Almu y Darío, que juntos tomaron un taxi, saqué el móvil, busqué su contacto en el WhatsApp y le dejé un audio:

—Hola, Óscar, solo es para pedirte que, cuando tengas tiempo o ganas o las dos cosas, me dieras, por favor, el contacto de tu colega, creo que tengo que comentarle algunas cosas antes de que quiera casarme con ni siquiera saber quién. Y, bueno, ya. Solo eso. Gracias.

Miré el móvil y volví a apretar el botón de grabado de audio:

—Y, y… yo… te abrazo, te abrazo fuerte, percebe.


23 ene 2021

Maniac

 

Fotograma de Flashdance de Adrian Lyne

Entré en casa de Bea. La puerta estaba abierta. Silencio absoluto. ¿Bea?, pregunté pasando al salón. La encontré en uno de los extremos del sofá hecha una pelota. No me miró.

—¿Has cerrado la puerta de la calle? —preguntó.

—Sí —respondí.

Me apoyé en el mueblecito de la tele. Me quité el abrigo y las manoplas que me había hecho una amiga de Bilbao. Las observé y con cariño las metí en el bolso.

—Son bonitas —dijo al darse cuenta de mi celo.

—Lo son.

Dejé al abrigo y el bolso en el suelo y esperé.

—Me ha dejado, Elvira. Markus se ha ido.

Respiré profundamente, el 2021 acababa de empezar pero ya se me estaba haciendo largo. Me atusé el flequillo y me masajeé las sienes. ¿Qué podía decir?

—Nana, nananá, nanananananá, mmmmm… In the real time world, no one sees her at all, they all says she’s crazy… nananá, nana, nanananananá, naaaaaaaa…

—¿Qué dices?

—Canto —respondí.

—Cantas. ¿Y qué cantas si se puede saber?

—… nananá, nana, mmmmm, nanananá, she’s a maniac, maniac on the floor!

Y plantándome en medio del salón hice una pirueta con los brazos en cruz. He de decir que en mi cabeza lo ejecuté mejor.

Bea y yo teníamos una peculiar forma de consolarnos, seguramente porque ninguna de las dos lo sabía hacer mejor. A principios de 2018, Bea me llamó para tomarnos unas cervezas. Hacía más de 6 años que no la veía, desde que se fue a Berlín a probar suerte en el teatro. Me hizo ilusión. Madrid es un intercambiador. Siempre obligada a despedirte de gente que nunca sabes si volverás a ver.

—Te veo bien —me dijo.

Ella estaba espectacular. Ceñida en unos vaqueros oscuros, con una camiseta blanca, una larguísima melena ondulada y unos labios rojos que marcaban su potente sonrisa. Era una bomba de energía.

—Sí, estoy bien —contesté un poco abrumada por su vitalidad.

—¿Tienes un orzuelo? —preguntó señalándome el ojo derecho.

—¿Eh?, oh, no, no, no, es así, a veces se me cae el párpado. Va a días —Sonreí—. Es que, el año pasado, me quedé ciega de este ojo y me lo han operado 3 veces. Es una enfermedad.

—Coño, qué movida, ¿no? No te queda mal, tienes un aire a Whitaker, al actor, ¿sabes? Pero tú en guapa, claro. Bueno, piensa que todavía tienes otro ojo.

—Sí, aunque también lo perderé, pero dentro de unos años. Es una enfermedad —repetí.

—¿Ciega? Joder con la puta enfermedad, para eso es mejor tener un cáncer terminal y morirte en unos meses, ¿no? Vamos, pienso yo, porque a mí me pasa lo que a ti y me pego un tiro.

—Sí, yo lo estoy sopesando…  ¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo? Pues tengo los dos ojos intactos y además sigo follando como una perra, siempre se me dio bien.

Sonreí.

—Lo de tener pareja estable no va contigo, ¿no? —dije.

Dio un trago largo a su cerveza y después me miró.

—No, no va conmigo. —Sacó el móvil de su bolso y me mostró una fotografía. Salía con un chico recostada en un sofá. Eran pura sonrisa—. Es Pablo, mi chico, vivíamos juntos. Casi un año viviendo juntos. Se mató hace 6 meses en un accidente de moto.

Cogí mi cerveza y la sostuve entre las manos.

—Lo siento —dije—. La viuda y la ciega podría ser el título de una obra de teatro, ¿no?

Nos miramos y rompimos a reír como dos locas. Acabábamos de encajar de nuevo. Esa noche confirmamos que seguíamos concurriendo el mismo universo amoral que tanto nos había unido hacía 8 años.

—Bea, ¿sabes qué canción es? She’s maniac, maniaaaaac on-the-floor!

Beatriz levantó la cabeza.

—No he sido la mejor persona del mundo, pero creo que tampoco me he portado tan mal como para sentirme tan sola.

—Es la de Flashdance…

—No quiero seguir viviendo, Elvi, no así. Ya no tengo ilusión por nada. Es como si me hubieran vaciado por dentro.

Me arrodillé en el suelo y acaricié la alfombra. Era de pelo gordo. Escondí los dedos de la mano derecha entre sus nudos. Parecían lombrices. Sonreí. Apoyé las nalgas en mis talones, como una japonesita. Me acaricié las rodillas y me di cuenta de que tenía manchado el pantalón. Es café, pensé.

—Elvira…

Podía tratar mis propios deseos de morir, lo hacía cada día, pero qué difícil era enfrentarse a los de alguien a quien quieres con locura.

—También me sé la de Street of Fire, ¿te la canto?

—Vale.

—Lying in your bed and on a Saturday night, mmmmm, nana, nananá, na-na-na…

La vi sonreír y yo también lo hice.

3 nov 2019

Amarres


The crystal Ball de Rober Anning Bell

Era sábado noche y Verónica estaba en su casa del norte del China grabando varios ficheros de su ordenador a su disco duro.
―¿Qué haces, Elvi? ―preguntó a su compañera de trabajo que estaba en mitad de su salón, en pijama, desplazándose en lateral con las piernas flexionadas.
―Saber qué siente un cangrejo cuando anda.
Se suponía que habían quedado para ultimar los detalles de su charla sobre la semiótica del teatro y la lingüística del texto que iban a presentar, en 4 días, en un congreso en Macao.
―Ya. Por un momento pensé que rememorabas a MC Hammer.
Fue decirlo y Elvira se emocionó tanto que empezó canturrear: “Ken tax tis, oh, ken tax tis, oh, yeah, yeah, yeaaaaah!”.
―¿Ken tax tis? Elvi, ¿de verdad? ―Y empezó a reírse.
―Ken tax tis!
―U can’t touch this!
―Ken tax tis! ―gritó nuevamente intentando hacer algo así como ¿twerking?
―¿En qué momento decidí ir contigo al congreso?
―¡Equipo! ―Y se abalanzó sobre su compañera buscando chocar las manos―. ¡Equipoooo!
―¡Coño, Elvi!, ¡qué pesada eres, de verdad!
―Equipo… ―repitió pero más bajito y con las manos en alto, no se sabía si le estaban atracando o le escocían los sobacos. Y Vero, aunque intentó evitarlo, se descojonó.
Cenaron algo y después repasaron los tiempos de cada intervención, sobre todo la de Elvira, que a veces se le iba el hilo pensando en cualquier tontería como por ejemplo cómo eran capaces de respirar las hormigas sin pulmones.
―¡Elvi, por dios, y yo qué sé!, ¿pero quieres arrancar con las conclusiones?, ¡que llevas 47 minutos de charla y tu turno es de 40!
―Perdón, perdón, perdón. ―Recuperó su seriedad y se dispuso a retomar el discurso―. Yo creo que por las antenas, ¿no?
―¡ELVIRA!
Practicaron media horita más y luego Vero se dio por vencida, mandó a tomar por saco a su compañera y se tumbó en el sofá. Elvi, mientras de pie, seguía reclamando su equipo pero no estaba teniendo demasiada suerte. Vero se había puesto a revisar su móvil y cada dos por tres le decía que se callara.
―Pues me voy a mi casa.
―Ay, Elvi, no te vayas.
―Pero si no me haces ni caso y para estar así…
―Ya, pero eres tan coñazo que llenas la estancia, haces mucha compañía con tus tonterías, no me dejes, anda, quédate.
Elvira se sentó en el sofá porque reconoció ese tono de voz. A veces en China la soledad te agarraba como una boa constrictor y por más que lo intentaras era verdaderamente imposible librarte de ella.
―No sé nada de Antonio desde hace 3 semanas ―dijo por fin.
Elvira tardó en contestar, se sentía mal. No le había dicho que Rober y ella estaban escribiendo una novela sobre su historia, no quería que pensara que solamente hablaba con ella de Antonio por interés, aunque fuera así. Antonio desde el principio no le dio buena espina y poco le importaba, pero claro, adoraba a su amiga y debía medir perfectamente las palabras.
―A ver si se ha muerto. ―Quien dice medir las palabras dice…
―¡Joder, Elvira!
―Rafa se murió.
―Ya, pero Antonio está muy vivo. Ayer mismo colgó una foto en Instagram. No sé, quedamos un par de veces, la cosa no fue mal, de verdad, pero se quedó en un “ya te llamaré” y hasta hoy.
A Elvira le costaba ver a su compañera así, porque de las dos era ella la que arrastraba la incapacidad resolutiva además de una eterna inmadurez, y ver esta vez a Vero así, tan desubicada, le dio cierta lástima.
―¿Te he contado que pasé una temporada viviendo en Cuba? ―preguntó Elvira.
―No ―contestó sin saber muy bien a qué venía esa pregunta.
―Verás, allí aprendí muchas cosas…
―Ya, Elvi, no estoy para que me cuentes cochinadas.
―Tranquila, eso te lo cuento otro día ―Y las dos se rieron―. Allí, la cocinera de la residencia era santera y me enseñó a hacer amarres.
―¿Qué es eso?
―¡Vale! ―dijo poniéndose de pie―. Necesitamos: un papelito en blanco, un boli, miel y un platito.
Verónica tardó poco más de dos minutos en reunir todo lo que le pidió su compañera.
―¿Y ahora?
―Escribe en el papel su nombre y sus dos apellidos.
―Elvira, por qué me da que esto es una tontería como una casa.
―Bien, pues nada, olvídalo ―dijo y se dejó caer en el sofá.
―Hombre, a ver, ya que hemos empezado… pues lo hacemos ¿no?
―¡Equipo!
―¡No-me-abraces! Déjame escribir: Antonio Cartagena Flores.
―¡Y olé!
―Qué paciencia, señor. ¿Y ahora?
―Vale, ahora hay que colocar el papelito en el plato, oye, pero ¿mientras escribías su nombre has pensado en él fuertemente?
―No sé, me has puesto nerviosa, creo que sí.
―Sí, seguro que sí, piensas en él todo el tiempo, así que no te preocupes.
―A ver si ahora el truco se va a chafar.
―Que no se chafa y no es un truco, es magia negra.
―Mejor me lo pones. Bueno, ¿qué hago con el papelito?
―Vale, sí, ponlo en el plato y rocíalo de miel.
Vero la obedeció. Al terminar la miró.
―Ya está. Y ¿ahora qué se supone que pasa?
Elvira levantó los hombros, es cierto que en Cuba había estado hacía 14 años y quizá ya había olvidado muchas cosas, quizá demasiadas, así que se lo inventó.
―Hay que decir unas palabras y en menos de 24 horas te va a llamar.
―¿Qué palabras?
Elvira cerró los ojos y liberó su imaginación.
―De Pinar del Río a Las Tunas, de Matanzas a Camagüey, yo a ti, Yuyutá, te invoco para que amarres este amartelamiento, de Artemisa a Santiago, oh, Yuyutá, yo te invoco. Ameeeeeén.
―¿Yuyutá? ¿Qué diosa es esa?
―¿Eh? La de los hombres casados.
―Ah.
Después, la noche transcurrió tranquila, entre risas. Cotilleando sobre la universidad entera. Vivir en el campus era como hacer un Erasmus a los 40 años. Había chismes en cada departamento y en cada bloque de viviendas, era muy divertido, ambas profesoras se lo pasaban como verdaderas adolescentes rastreando los movimientos del resto de docentes. Todo estaba siendo muy inocente hasta que el móvil de Vero empezó a sonar. Ella lo miró y su cara fue un poema.
―¡Antonio! ―gritó.
―¡Antonio, Antonio, Antonio! ―gritaba Elvira por toda la casa como si lo estuviera anunciando al resto de invitados, pero allí no había nadie más.
―¡Calla!
―Antonio…
―¿Sí? Hola, Antonio… ¿eh?, no, no, no, me pillas leyendo, tranquilamente en el sofá… sí, sí, estoy sola… sí, es verdad, mucho tiempo, sí… tres semanas, pues… nada nuevo, ¿cómo? ―Verónica se levantó del sofá y miró a Elvira. Después se fue a su habitación y cerró la puerta.
Elvira se quedó sola en el salón esperando, metió el dedo índice en el platito con miel y la tocó, luego se lo limpió en el pijama. Casi 20 minutos más tarde, salió Vero de su habitación. Elvira prefirió esperar alguna reacción antes de decir nada.
―Era Antonio…
―Ya…
―Era Antonio, y eso…
Elvira no necesitó ninguna explicación más, nunca un “y eso” había sido tan claro. La abrazó con mucho cariño.
―¿Sabes? ―preguntó Elvira sin dejar de abrazarla―. Lo hacen por unas micro válvulas que están en su exoesqueleto.
―¿Qué?
―Las hormigas. Así respiran, lo he buscado en este ratito.
―Ah. ¿Y tienen muchas?
―¿Micro válvulas? No lo sé, si quieres lo buscamos ahora.
―Vale.
Y las dos profesoras se sentaron de nuevo en el sofá, bien juntas, para que la boa constrictor aprovechase ambos cuerpos de un solo ataque.

25 nov 2013

Sirenas en la noche



    
Adiós de Javier Avi
 
     ―¿Cuándo crees que lo superaré? ―preguntó Gael.
     ―Pronto ―contestó su amiga Elvira sin levantar  la vista del libro.
     ―Tu cama es un asco. Todavía no sé qué hago aquí. Será muy bohemio esto de vivir en una buhardilla, pero, hija, tenemos el techo a un palmo, ¡qué agobio! ―Ahuecó la almohada y posó la cabeza en ella con incomodidad. Volvió a ahuecarla y resopló tumbándose, finalmente, boca abajo.
     ―Gael, si no te gusta te vas. No me marees. Fuiste tú el que no quería dormir solo, el que se quiso venir por no estar en casa, porque resulta que al niño su casa le recuerda demasiado a él.
     ―Eres mala. Mala, mala, en plan amargadilla mala. ¡Bicho, fú!
     Elvira cerró el libro y lo miró.
     ―Gael, ¿me vas a tocar las narices toda la noche?
     ―¡Es que no lo entiendo! ¡No lo entiendo! Tenemos que apoyarnos, entendernos, consolarnos…. ¡Se supone que tenemos que sufrir juntos!
     ―¿Por qué voy a sufrir?
     ―¡Porque a ti también te han dejado!
     Elvira volvió a abrir el libro, bajó la vista y dijo en casi un susurro:
     ―A mí no me han dejado...
     ―¡Vaya que sí! Tu pintor está ahora en Montpellier, dibujando a francesitas de sobacos asilvestrados.
     ―Era una oportunidad, ¿cómo iba a rechazarlo?, estaría loco. No es cualquier cosa, es un estudio de ilustración, yo también me hubiera ido y tú, ¡qué coño! Que aquí todos somos muy generosos hasta que nos tocan lo nuestro y entonces nos olvidamos de los demás, pero la mala soy yo, ¿no?, la amargadilla soy yo, ¡claro que sí! ¿Quieres que te recuerde dónde está tu amado Raúl?
     ―Qué mala eres… Mira, mira, si hasta te brillan los ojos viéndome sufrir...
     ―¡En Oviedo con su agente!
      Gael se dio la vuelta dándole la espalda. Pasaron lo menos 5 minutos sin decirse nada.
     ―Vale, lo siento… ―dijo ella. Cerró el libro y lo dejó a un lado de la cama, luego se acercó a su amigo y le sopló la oreja.
     ―¿Te has dado cuenta de que ahora tienes a dos ex viviendo en Francia?
     ―Yo seré mala, pero tú eres perverso.
     ―Igual ya se han conocido. Hola. Hola. Yo soy ex de Elvi. ¿Qué?, yo también. ¡Vaya!, esto se merece un vino. Oh, claro, amigo mío. Sí, ¡brindemos por ella con un Château Pupufuá!
     ―¿Un Château Pupufuá?
     ―Ríete, pero ahora mismo tus ex están con copa en alto celebrando que se han deshecho de ti.
     Elvira se separó de Gael lentamente y se colocó boca arriba mirando a través de la claraboya.
     ―Pienso muchas veces en ello. En la cara de satisfacción que tenía Etienne cuando me dejó. Estaba tan aliviado, estaba tan contento… Tenía tantas ganas, pero tantas ganas de que me fuera de casa, de perderme de vista. Pasan los años y no puedo olvidar su mirada de “lárgate, tía, no puedo más”. Se moría por verme desaparecer de su vida. Imagínate durante cuánto tiempo lo tuvo que estar rumiando, y yo sin enterarme de nada, de nada, Gael… A veces intuyes que va a llover, pero aquello fue una galerna, sin aviso se volvió todo negro. Y ya. Me marché y tiró de la cadena, fui una mierda que se fue por el retrete, y él se quedó bien aliviado… Igual que Joan.
     ―Elvi, no quise decir eso. Sabes que Joan la ha cagado. Su proyecto termina en marzo y luego querrá volver, seguro que te echa de menos. No fueron maneras en cómo se marchó, creo que sólo buscaba una excusa para poder irse sin ataduras, que los tíos somos muy cómodos, cómodos y cobardes. Volverá con las orejas gachas, ya verás. Y Etienne, pff, ¿quién es Etienne? Ah, ¿ese gabacho con el que salías que se parecía a Robert Redford pero que seguro que ahora está gordo y calvo? ¿Ése que te dejó porque quería una vida loca y me apuesto el cuello a que ahora está casado y cargado de hijos? Y casado no con cualquiera, no. ¡Con la típica francesita adicta a la ropa y a los zapatos!, a los zapatos bailarinas para ser más exactos, seguro que los tiene de todos los colores: con brillantina, de charol, de leopardo, de ante… Y seguro que viste a sus hijos como repollos. Sinceramente, a un tipo así no me lo imagino casado con una Marie Curie, ¿qué quieres que te diga? Él es de los que necesita a una maruja en casa para sentirse alguien. Y vale, tú tampoco eres la Curie, pero seguro que ahora estará arrepentidísimo, porque por lo menos contigo tenía más espacio en el armario. Cari, seamos sinceros, aquí la única que hizo de vientre, y se quedó bien a gusto, fuiste tú. Y a Joan déjamelo a mí, que cuando vuelva le van a caer un par de collejas por atonta’o, ya verás ya, qué pronto va a espabilar. Y mientras tanto ¡a disfrutar! A ver, ¿cómo lo quieres?
     ―¿Cómo quiero el qué?
     ―Pues al tío-transición. Lo de tapiar con ladrillo puertas y ventanas se acabó con la Bernarda Alba, ¿eh? En esta casa que entre el viento de la calle y que sople bien fuerte. Nos vamos a poner moradas, cari… ¿Cómo lo quieres?
     ―Ay, pues no sé, bajito, moreno, tronchito, con barba, tímido…
     ―Cari, ése es Joan. Y no queremos a Joan.
     ―¿No lo queremos?
     ―¡Joan, caca. Caca, Joan! ―Bajando el tono de voz―. O por lo menos hasta marzo. ¡Bueno, mira, ya elijo yo por los dos! ―Gael se arrodilló sobre la cama y extendió los brazos en cruz. Alzó la vista hacia la claraboya y empezó a vocear―: ¡Oh, Eros, dios del amor, en ti confiamos y… Cari, arrodíllate ―Elvira lo miró incrédula pero obedeció―. Extiende los brazos, así, como yo. ―Elvira los extendió―. ¡Oh, Eros, dios del amor, de la potencia, de las feromonas! Apiádate de este par de almas que no tienen ná que llevarse a la boca. Envíanos a dos hombres, olvida, oh, señor, lo de tronchito, perdónala, porque no sabe lo que dice. Los queremos bien, con cuerpo y mango…
     ―¡Gael!
     ―¡Calla! Oh, Eros, envíanoslos con un 45 de pie, larga nariz y manos venosas…
     Se empezaron a escuchar sirenas de la calle.
     ―¿Qué es eso, Gael?
     ―Joder, ni puta idea, pero eso suena a movida, seguro… ¿Hoy qué manifestación había?
     ―No sé, pero si es casi la una de la mañana. Ay, Gael, me estoy acojonando, que las cosas andan muy revueltas. Si parece que llega todo un ejército. Están en esta calle, ha pasado algo gordo. Ay, Gael...
     Gael se levantó e intentó mirar por una de las claraboyas.
     ―¡No!, ¡mejor por el ventanuco del baño! ―gritó Elvira.
     Gael saltó de la cama y se asomó por la estrecha ventana. Elvira se acurrucó en la cama esperando noticias. Gael salió del baño con las manos en la boca.
     ―¿Qué ha pasado?
     ―Ay, cari, ay…
     ―¡Gael, por favor, qué pasa!
     ―Eros… que nos ha enviado dos camiones de bomberos, ¡dos camiones!, ¡uno para ti y el otro para mí!
     Gael cogió el abrigo, se calzó torpemente, abrió la puerta y corrió escaleras abajo.
     ―Pero ¿adónde vas, loco?
     ―¡Corre, cari, que hoy nos riegan!
     Elvira sonrió. Entornó la puerta y volvió  a la cama. Comprobó su móvil, ningún mensaje. Se acomodó la almohada y, cogiéndolo de uno de los lados de la cama, siguió leyendo La mujer justa.