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18 mar 2025

El parador (III)

 

El tiempo y las viejas (1810) de Francisco de Goya


Nota: Este relato es la continuidad de El parador (I), El parador (II) por lo que aconsejo leerlos antes.

Diferentes artilugios estaban dispuestos ordenadamente sobre mi cama. Mateo me iba explicando para qué servía cada uno de ellos: que si un medidor de EMF, un detector de infrarrojos, una cámara térmica y otra de visión nocturna, un sensor de movimiento… pero lo que me dejó fascinada fue la Spirit Box, un aparato que te ayudaba a contactar con espíritus. Ante mi escepticismo, Mateo me explicó minuciosamente cómo el utensilio iba escaneando frecuencias de radio de AM y FM generando ruido blanco manipulado por entidades para formar palabras o frases. Insistió en que había muchas investigaciones que avalaban los resultados de dicha caja. Se sentía especialmente orgulloso, porque la había conseguido este verano en Róterdam en una tienda especializada en equipos paranormales por tan solo 76€. Un viaje relámpago de tres días porque su padre no tenía más tiempo. Fueron los dos solos, regalo por sus excelentes notas. Me enterneció la empatía y el respeto de aquel hombre ante las curiosas inquietudes de su hijo.

Menudo padre tienes. —Nada más decirlo me arrepentí. Abel estaba sentado al otro lado de la cama aparentemente absorto en su móvil, aunque con la atención puesta en nuestra conversación, como un gato con las orejas volteadas 180º.

Reconduje la conversación a los fantasmas. Me sinceré y le conté a Mateo que tenía un sexto sentido y que la vieja casa que mis padres tenían en Bilbao estaba repleta de fenómenos extraños y yo siempre los había experimentado.

—¿En serio?

—Ni caso, está chalada —adelantó Abel.

Sonreí victoriosa, había conseguido que Abel participara en la conversación. A continuación, les relaté con verdadera teatralidad las apariciones de Telmo en mi habitación siendo una niña y del hombre del reloj al final del largo pasillo. Abel empezó mirándome de soslayo, pero terminó dejando el móvil a un lado.

—Te lo inventas todo, eres una puta chalada. —Aquella recriminación constataba que tenía a Abel enganchadísimo.

—No, todo es cierto —dije con seriedad—, los fantasmas me muestran lo que va a ocurrir, ellos hablan conmigo y tengo que reconocer que a veces da miedo.

Los dos chicos me miraron descolocados, me encantaba tenerlos comiendo de mi mano, así que les narré la terrorífica experiencia que viví en los Estados Unidos. Antes de que pudiera terminar la historia, vibró mi móvil sobre la mesilla, y ambos chavales gritaron desquiciados. Casi muero de risa al ver a aquellos malotes adolescentes brincar de miedo. Cogí el móvil y el nombre de Almudena ocupaba parte de la pantalla, tu madre, le dije a Abel, él me contestó alzando el dedo corazón y, todavía riéndome, salí de la habitación para hablar con mi amiga.

—¡Lo que te estás perdiendo, Almu! En mi vida he visto unos cazadores de fantasmas tan aterrados. —La oí reírse al otro lado. Caminé hasta el ventanal del final del pasillo y me apoyé de medio lado sobre el cristal, el jardín me pareció más bonito de noche que de día. Me preguntó si ya habíamos cenado—. Sí, sí, ahora estábamos en mi habitación, haciendo tiempo hasta medianoche, me están explicando su plan de caza… ¿Abel? ¿No te coge el teléfono? Bueno… están a tope, no paran de grabar por aquí y por allá, ahora le digo que te llame… ¿Eh? Sí, sí, muy bien… ¡No, no, para nada! Está muy tranquilo, no, no me ha faltado al respeto, tranquila, está teniendo una actitud muy positiva, se le ve muy contento… —Carraspeé un poco, siempre que mentía se me secaba la garganta. Cambié de tema—. ¿Y por allí, cómo van las cosas?, ¿ya la has dejado en casa de tu hermano? —Un ruido a mi espalda hizo voltearme, no vi nada, más que la pared algo descascarillada, volví a mi postura anterior—. Ya… hombre tiene que ser duro para ella, porque los cambios los debe sentir… ¿Lo dices por tu hermano?... Ya… Pero, Almu, es su madre y tiene que… —De nuevo escuché un golpe seco detrás, sobresaltada me aparté del cristal y me giré inquieta. Nada. Separé un poco el móvil de la oreja y observé el pasillo. Avancé unos pasos y una risita a mi lado me paralizó. Una niña de apenas cuatro añitos me miraba riéndose con la falda del vestidito subido hasta el mentón.

—¡Pero bueno! ¡Qué susto me has dado! —Me agaché para estar a su altura y preguntarle por sus padres, a lo que la cría echó a correr hasta que la vi desaparecer en la esquina del corredor. Luego oí la voz de una mujer y una puerta cerrarse, así que tranquila volví a la conversación.

—Perdona… sí, eso, lo de tu hermano, es que, Almu, es cosa suya… Ya sé que si por ti fuera… no, no, mujer, tu madre va a estar bien, hombre, le costará, pero se hará a la nueva casa… Ya, ya sé que es mayor… claro, todo suma… Sí, pero no puedes pensar así… No, por favor, no digas eso, no la abandonas, no lo veas así, venga… claro que no, no te machaques, ella no podría entenderlo de esa manera…

Tras casi una hora de conversación me despedí con pena. Su situación era complicada. Pensativa regresé a la habitación. Los chicos estaban sobre la cama revisando el material. Me acerqué a Abel y le acaricié sus greñas Shaggy Mullet, me miró. Llama a tu madre, por favor, le supliqué.

—No seas pesada, joder… —Insistí con la mirada—. Que sí, hostias… que ya la llamaré.

Me senté con ellos en la cama y dejamos que la medianoche llegara sin casi darnos cuenta. Prepararon sus mochilas y los despedí desde la puerta con cierto dramatismo.

—¿Lo lleváis todo?  —reiteré. Mateo emocionado me repitió que sí. Abel se acercó de pronto a mí, hizo un gesto a Mateo de que lo alcanzaría enseguida. Se apoyó en el marco de la puerta y mirando al frente me dijo:

—Sabes que no lo decía en serio, ¿no?

—¿El qué, Abel?

—Eso.

—¿Eso?

—Eso, joder… no quiero que se mueran.

—Anda, ven aquí. —Y abracé a aquella masa de metro ochenta y noventa kilos, sintiéndola como una bomba de sentimientos mal gestionados a punto de explotar. Ojalá yo también supiera traducir mis emociones para poder haberle dicho lo tantísimo que lo quería y lo mucho que lamentaba que la vida estuviera siendo un terreno tan hostil.

—Es que no me despedí de ella —dijo separándose.

—¿De tu abuela? —Asintió. Almudena lo obligó a dormir en casa de Mateo la noche anterior y no pudo decirle adiós. Lo sonreí y le puse la mano en la mejilla —. ¿Tienes miedo de no verla más? —Él volvió a asentir y yo lo volví a abrazar incapaz de expresarle, una vez más, que el mundo podía ser algo mejor.

Nos miramos en silencio, es la única manera que conocemos de transmitir nuestro amor. Después me dio dos golpecitos en la cabeza con los nudillos y me llamó puta vieja. Le lancé un beso y cerré la puerta.

Eran las once de la mañana siguiente, estaba en el baño lavándome los dientes, acababa de subir de desayunar con los chicos que me habían contado su surrealista noche de caza. Me hicieron escuchar varios audios en los que aseguraban oír voces de mujeres, de sus lamentos, aunque sinceramente solo se podía escuchar chasquidos y crujidos de madera. ¿No oyes?, me preguntaban. No, no oía nada, pero terminé diciéndoles que sí.

Tenía todo preparado, Abel y Mateo me habían tocado a la puerta hacía algo menos de diez minutos para decirme que me esperaban abajo, el gerente del parador había tenido el detalle de llevarnos a la estación de tren en su coche. Antes de poder enjuagarme, tocaron otra vez a la puerta, molesta salí a abrir creyendo que serían los chavales de nuevo, sin embargo, en su lugar me encontré a una mujer mayor, bastante mayor, con un vestido  veraniego y un sombrero en la mano.

—¿Has visto a mi hija? —parecía algo desorientada.

Con la boca llena de pasta de dientes intenté preguntarle si a quien buscaba era a la niña que había visto anoche, pero no me entendió así que me disculpé y, pidiéndole un minuto regresé al baño para enjuagarme, desde allí la oí decir:

—Me abandonó aquí poco después de casarse, ¿la has visto?

Vi mi reflejo en el espejo. Lentamente me sequé el agua de la barbilla con la mano y sin dejar de observarme cerré la puerta del baño.

En el coche, sentada de copiloto, me abroché el cinturón de seguridad. Por la ventanilla vi a la niña de anoche, esta vez con un petito amarillo, en brazos de una mujer joven, me saludó traviesa al verme, sonreí. Cuando arrancamos, de mi mochila saqué una bolsa de plástico y dándome la vuelta se la ofrecí a los chicos:

—¿Un Sugus?



7 ene 2025

El parador (II)

 

Pensando en Wyeth de Carmen Mansilla

Nota: Este relato es la continuidad de El parador (I), por lo que aconsejo leerlo antes.

Agarré con dos dedos el asa de la tacita de café y le di media vuelta. La ajusté al hueco del platillo y la observé con detalle, después me la llevé a la boca. Con la edad vas cogiendo manías, aunque a mí me gusta llamarlos rituales. Me sequé el labio superior con el inferior y volví a dejar la taza en la mesa con el asa, nuevamente, en el lado contrario.

—¿Ya lo tenéis todo preparado para esta noche? —pregunté a Abel a quien tenía delante. Mateo había subido a la habitación para llamar a sus padres.

—Sí.

Me elevé las gafas con un golpecito rápido en el lado izquierdo. Pesaban demasiado. Me lo advirtió el optometrista, te sientan bien, pero tienes poco puente, se irán resbalando, lo sonreí y le dije que me las quedaba. No han dejado de darme problemas desde entonces, es el precio que debemos pagar las feas presumidas.

—¿A medianoche vais a empezar con la investigación?

—Sí.

—Ya. ¿Has comido bien o te has quedado con hambre? Podemos pedir algo más de postre, ¿quieres?

—No.

Me contestaba sin levantar la vista de su móvil. Supongo que mi presencia le molestaba, a mí el saberlo me incomodaba. Me desabroché la chaqueta, hacía calor para ser octubre. El jardín era bonito aunque se me hacía desordenado. Las mesas se disponían sin una aparente lógica, parecían haber sido colocadas por un grupo de niños al terminar la clase. Eran mesas redondas de hierro y algunas tenían dos sillas, otras cuatro, había una de seis, cuatro de dos y otra a lo lejos de tan solo una, ¡qué disparate! Así que comencé a idear una distribución más armoniosa. Ladeé la cabeza y reorganicé el espacio mentalmente.

—¿Qué haces? —preguntó Abel.

—Nada —contesté.

—¿Qué estás contando?

—¿Contaba en voz alta? —solté una carcajada—. Pues no lo sé.

—Puta chalada...

Lo miré un instante y le pregunté si ya había llamado a su madre para darle las gracias.

—¿Gracias de qué?

—Este parador no es barato. Llevas tiempo queriendo venir y ella lo sabía. Ha sido un bonito detalle.

—¿Para quién? ¿Para mí o para ella? Le ha faltado tiempo para soltarme aquí y así llevarse a la abuela a Valladolid.

—¿Eso te ha molestado?

—¡Me la suda!, ¿vale? ¡Joder! ¡Comedme todos la puta polla!

Le hice un gesto para que bajara el tono y le pedí que me hablara con respeto porque si no nos volveríamos a Madrid en el siguiente tren, le expliqué con inquebrantable serenidad que no había construido mi vida para compartir mis cafés con adolescentes alterados. Amaba profundamente el orden y la tranquilidad de cada uno de mis días gracias a todas las decisiones que había ido tomando para conseguirlo, por ello, a mis cuarenta y siete años no estaba dispuesta a sacrificarlo ni siquiera durante un fin de semana. Por último, le avisé de que era una mujer de mecha corta y sin remordimientos, que lo interpretara como buenamente pudiera.

—¿Me has entendido? —Abel asintió y se agachó colocando los codos sobre las rodillas—. Bien, pues hablemos. ¿No te parece bien que tu madre lleve a tu abuela a Valladolid?

—No es un puto trasto —dijo sin levantar la vista.

—No, no lo es, claro que no. Pero Sabina tiene muchas dificultades para ser autosuficiente, ya lo sabes. Tu madre no puede hacerse cargo, es un problema del que tus tíos también deben responsabilizarse.

—Que la dejen en paz…

—No es tan fácil, Abel.

—¿Quién va a hacerse cargo de ti? —preguntó alzando la cabeza.

—Nadie tiene que hacerse cargo de mí.

—Ahora no. Pero cuando seas una puta vieja, ¿qué? Si ya estás mazo chalada, imagínate en unos años. —Crucé los brazos y me recosté sobre el respaldo de la silla—. Tranquila, tienes suerte, no tienes hijos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que nadie va a decidir por ti. Te morirás sola en tu puta casa, esa del pueblo que te vas a comprar con Joan, y te comerán los doscientos gatos que habrás acumulado porque terminarás en plan pirada total.

—Ya. ¿Y te parece una bonita manera de morir? ¿Quieres eso para tu abuela?

—Joder, macho, Elvira, no es lo que yo quiera, es lo que cada uno decida, que me la suda te digo, ¡pero, joder, son viejos no putos retrasados! —Respiró un poco—. Mi abuela quiere estar en su casa en plan tranquila con su puto huerto y sus putos animales, ¡y ya! Pero la van a matar llevándola de aquí para allá.

—Sabina no puede estar sola en aquella casona.

—Tú tampoco podrás y lo estarás. Y yo. Tenemos suerte. No serán nuestros hijos quienes nos maten.

—Abel…

—Llama a mi madre y dale tú las putas gracias. Por mí como si se muere, como si se mueren las dos.

—Abel… Abel, siéntate, venga, no te vayas, sigamos hablando, ¡Abel!

Lo vi alejarse, hacia a la entrada del parador, desgarbado y oscuro.


(Continuará...)


 

6 oct 2024

Bucolismo en un biplaza

 

Dos viejos comiendo sopa de Francisco de Goya (Museo del Prado, Madrid)

—Podría haber venido Joan, ¿no? Digo yo que también será su casa.

—Beatriz, tienes un biplaza, ¿lo habrías metido en el maletero?

—Mira, Elvi, no vas a conseguir que me sienta culpable por tener un nuevo BMW. ¿Por qué todos los comunistas sois así? ¡Jodeos por vivir en la inmundicia, no es nuestro problema! ¿Tú no eres feliz con la chatarra de tu amiguita Almudena?, os la presta a todos, ¿no?, esa antigualla verde metalizada que ni sé cómo no está en el Museo Arqueológico, ¡cualquier día os matáis en ella! Sois unos inconscientes, pero, claro, en eso radica ser roja, ¿verdad?: en ser una inútil, no facturar y, culpando al sistema capitalista, decir que lo tuyo es mío y lo mío ya veremos, ¡lo mío ya veremos!

—Beatriz, este coche te lo acaba de comprar tu padre.

—¿Y qué quieres decir con eso?

—Nada, no quiero decir nada. —Suspiro y sigo mirando a la carretera.

—Si lo que tienes es envidia, chica, le digo que te compre otro a ti.

Me mira con sorna y nos reímos. Tener de vuelta a Beatriz en mi vida es volver a contemplar la vida desde otra perspectiva y eso me divierte. Lo cierto es que la había echado mucho de menos. La personalidad de Bea encendía cada momento que comparto con ella. Sí, es cierto, tengo envidia, no precisamente de su caprichoso BMW Z4 sino de su fuerza y seguridad en sí misma. Podía convencerte del mayor disparate jamás contado solo por cómo lo estaba exponiendo, te llevaba a su terreno con tal zalamería que nunca nadie le negaría nada. Y por ese motivo le había pedido que me acompañara. En la búsqueda de nuestra casita de campo, Joan y yo habíamos visto una en la Sierra del Segura. En realidad, se trataba de una casona derruida y un establo en medio de la nada, sin embargo, la podíamos pagar y ya veríamos cómo sacarla adelante. Aun así, queríamos bajar el precio, cuanto más pudiéramos reservar para la reforma, mejor. Y nadie como Beatriz para negociar una venta y salir ganando.

Llegamos y Bea sale del coche con coquetería poniéndose las gafas de sol y sonriendo al hombre de la inmobiliaria que espera frente al terreno. A mí me cuesta algo más, enseguida me doy cuenta de que desencajarme de aquel deportivo no iba a ser cosa fácil. Primero me agarro con una mano al techo, pero así, mis cortas piernas no alcanzan a tocar el suelo, así que las vuelvo a meter; esta vez me sujeto a ambos lados de la puerta, en cruz, y con impulso saco las piernas y de puntillas toco el suelo, sintiendo tierra firme voy arrastrando el culo hasta ponerme al filo del asiento, pego un salto y salgo con un gritito.

—Es discapacitada —señala Beatriz al hombre quien no deja de mirarme perplejo.

El hombre nos muestra la casa. La miro desde fuera y decepcionada digo:

—No tiene porche.

—¿Porche?, no tiene paredes... —añade Beatriz.

—Señoras, estamos ante una finca rústica con casi diez mil metros cuadrados de terreno. Podrán poner los porches que deseen una vez sea suya.

—A mí no me mire, la que quiere estas cuatro piedras es la tullida.

Sonrío al señor y él, acercándose, empieza a dibujar en el aire el plano de una supuesta casa de tres plantas conectada con el establo a través de un pasillo exterior de cristal.

—¿Lo ve? —me pregunta.

—Lo veo, lo veo —y vuelvo a sonreír con la misma condescendencia que antes.

Beatriz entra en conversación y con verdadero encanto le hace ver al gestor que semejante reforma triplicaría el gasto que había previsto, él parece entenderla, no obstante, le asegura que el terreno en sí ya vale el precio fijado. Me alejo de la discusión y camino sin rumbo, sigo un sendero que parece haber sido marcado por pisadas de ganado. A unos trescientos metros veo una casita. Me acerco, está a medio vallar, bastante descuidada, diría que abandonada. El ladrido de un perro me asusta y me alejo unos pasos, pero al ver un juguetón Border Collie, me acerco de nuevo. Hola, le digo, ¿vives aquí?

—¿Esperas que te conteste? ¡Es un perro!

Levanto la cabeza y en la entrada de la casa hay una vieja sentada en lo que parece una silla roñosa de playa.

—¡Hola! —saludo gritando—. ¡Pensaba que la casa estaba abandonada!

—Estoy medio ciega no sorda, deja de gritarme de esa manera.

—¡¡Lo siento!!

—Y dale… Anda, entra antes de que me sangren los tímpanos.

Abro una destartalada puerta de madera con alambre y entro en su terreno. Junto al perro, atravieso un pequeño jardín lleno de maleza.

—Hola —digo al llegar a la entrada.

—Hombre, sabes hablar en un tono normal.

—¿Vive usted aquí sola?

—¿Te parece que mi perro no es suficiente compañía?

—No, no, claro, o sea sí, sí, un perro lo es todo. Yo tengo un gato.

—Odio los gatos.

—Vale.

—¿Qué haces aquí?

—Usted me ha dicho que entrara porque estaba gritando demasiado.

—Esta conversación va a ser larga… Que qué haces aquí, en medio de la nada.

—Ah, he venido a ver la finca de arriba, igual la compro.

—¿La finca de los Gallardo? ¿Por qué?

—Mi chico y yo queremos dejar la ciudad, hay muchas cosas que ya no entendemos de ese estilo de vida.

—Ya. ¿Y creéis que vais a entender el estilo de vida del campo?

Levanto los hombros.

—No lo sé, pero parece un mejor lugar para vivir, más bonito.

La vieja suelta una fuerte carcajada.

—¿Más bonito?

—No quiero decir la apariencia, sino me refiero a bonito en esencia, todo aquí es más puro.

—¿Puro? ¿Quieres que te cuente algo puro? —Vuelvo a levantar lo hombros y la vieja comienza—: Mi marido murió hace cuatro años, aquí, en esta casa. Se levantó mareado, que no quería café, me dijo. Bueno, pues tómate aunque sea un poco de zumo, te hará bien. Se desplomó en la cocina. Los Gallardo habían dejado la finca hacía casi 20 años y los Benjumeda se habían ido a pasar la pandemia a casa de su hijo mayor. Me quedé sola y aislada, sin poder conducir por esta ceguera que tengo. Los servicios de emergencia, con la que estaba cayendo, aparecieron diecisiete días después. Diecisiete días conviviendo con mi marido muerto. Dime, guapa, ¿te parece bonito?

Beatriz me ve aparecer a lo lejos.

—¡¿Dónde te habías metido?! ¡¿Sabes que hay animales salvajes por aquí?!

Me acerco y contesto que lo siento, que estaba por ahí, que se me fue el tiempo. Beatriz me agarra por el brazo y al oído me susurra que ha conseguido bajar veinte mil euros del precio.

—No la quiero —le digo.

—¿Cómo que no la quieres? ¿Estás loca? No vas a encontrar nada mejor. ¿Por qué no la quieres?

—Porque no tiene porche. Vámonos.

 

 

23 may 2023

En la niebla manchega (segunda parte)

 


Nota: Este relato es la segunda parte de este.

Elvira escuchó una voz junto a la cama. Abrió los ojos asustada y buscó entre la oscuridad de la habitación algo de lógica que pudiera relacionarse a ese susurro. Extendió la mano detrás de sí y notó la cama vacía. ¿Almudena?, preguntó al aire, ¿Almudena?, volvió a preguntar. Intentó encender la lamparita de la mesilla, pero no atinó a encontrar el interruptor. ¿Almudena?, preguntó por tercera vez. Alcanzó el móvil, miró la hora: 03.36 a.m. Soltó aire por la nariz lentamente y conectó la linterna. Iluminó la estancia con miedo. La recorría con lentitud. La butaca, el armario, la ventana, la cómoda y el lado de la cama vacío a su derecha. Apagó la linterna y escuchó de nuevo un susurro. Quieta, con el aire estancado en el pecho, dejó que el ruido se repitiera. Lo hizo. Un meloso y continuado chasquido de lengua provenía del pasillo. ¿Almu, eres tú?, preguntó encendiendo la linterna de nuevo. Salió de la cama, se llevó el brazo con el que no sostenía el móvil al estómago y anduvo unos cuatro pasos. La puerta de la habitación estaba cerrada, aun así se colaba una fina línea de luz por debajo. Elvira se paró delante y agarró el pomo. ¿Almu?, preguntó con la nariz rozando el quicio. Escuchó un grito al otro lado tan fuerte que hizo que se le cayera el móvil. Angustiada se agachó para recogerlo, las voces iban in crescendo. Apoyó primero la oreja en la puerta y después las yemas de los dedos. Un golpe sordo la hizo despegarse, parecía como si algo se hubiera caído al suelo de baldosas. Abrió la puerta con recelo y se percató de que la luz del baño estaba encendida y la puerta entreabierta. Los susurros se volvieron claros y contundentes. Cruzó el pasillo que separaba ambas estancias y con una mano poco segura empujó la puerta del baño. ¿Almudena…?, preguntó con la esperanza de que fuera ella. Sin embargo, era a Sabina a quien vio apoyada en el lavabo y hablando a su imagen reflejada en el espejo.

Sabina, ¿estás bien? ―Elvira se acercó y le tocó el hombro.

―No se quiere ir. No se va, digo vete, no es tu casa. No se quiere ir.

―¿Quién…? ¿Quién no se quiere ir?

―¡Ella! ¡Ella! ―señaló el espejo.

Elvira observó el reflejo, en él aparecían la vieja y ella misma agarrándola del hombro.

―Eres tú, Sabina.

―¿Quién?

―Vale, vamos a la cama, yo te acompaño.

Sabina obediente salió del baño no sin antes darse la vuelta y farfullar algo al espejo.

―Se llevó a mi hijo ―dijo entrando en la habitación.

―Anda, métete en la cama. ¿Estás bien así o quieres más cojines?

―Hace años, pero yo me acuerdo, ¡me lo robó!

―Yo creo que Almudena te pone más cojines porque dice que te gusta dormir recostada, ¿verdad?

―¿Y tú?

No, no, no ―contestó Elvira sonriendo―, a mí me gusta dormir con almohadas muy bajas. Porque si no me duele el cuello, bueno, el cuello, la espalda, los hom…

―¿Y tú?, ¿tienes hijos?

―No, no tengo, Sabina ―contestó parándose frente a ella.

―¿También te los robó?

Elvira sonrió con cierta condescendencia.

―No, nunca quise tenerlos.

―Los hijos te matan por dentro. Te agujerean el esternón como gusanos hambrientos y cavan grutas en tus pulmones hasta que un día te falta el aire y sabes que debes morir para que ellos sigan respirando.

Elvira se sentó en el borde de la cama. La arropó y la contempló en silencio. Le acarició una de las piernas por encima de la manta.

―Tú todavía respiras, Sabina.

―¿Qué? ¿Te preparo leche con galletas?

La vieja sonreía con inocencia.

 

―Te digo que no sé. Que no oí nada anoche y cuando me he despertado mi madre ya no estaba, en plan missing. ¡Pero así no puedes disparar! ―gritó Abel. Elvira lo miró y le pidió paciencia―. Que no, es que no vas a poder, si la apoyas en tierra en plan…

―En plan, en plan, en plan, ¿en serio? Llevo 23 años intentado enseñar una gramática impecable del español y llega vuestra generación y se la carga con tanto en plan, rollo, tipo, sí-soy, bro, me renta, ¿pero qué idioma habláis? ―Resopló y, tumbada en el suelo, se ajustó la culata al hombro. Después acercó el ojo izquierdo hasta alinearlo con la mira trasera.

Ok, boomer! Pereza máxima…  ―El chico miró a la amiga de su madre y gritó―: ¡Ni de coña le vas a dar! ¡Es a la botella pequeña no a la grande! ¡Estás torcida!

―Abel, cariño, un pequeñito consejo, jamás pongas nerviosa a una mujer con una escopeta en las manos.

El joven se acuclilló detrás de ella y esperó. El perdigón salió disparado impactando en el culo de la botella de plástico llena de tierra.

―¡Toma! ―exclamó Elvira. Se levantó y se sacudió la tierra de los pantalones.

―¿Cómo puto lo has hecho? ―preguntó Abel recogiendo la escopeta del suelo―. Eres una ciega de mierda y la carabina pesa más que tú.

―Lo llevo en la sangre, mi madre era igual.

―¿Cazaba?

―No, arrasaba en las casetas de tiro de las ferias. Me decía, qué muñeco quieres. Y pum, pum, pum, los tres palillos quebrados a la primera y el muñeco era mío. Traía de cabeza a los feriantes.

―Joder. ¿De qué murió?

―¿Mi madre? ―Elvira se quedó pensativa mirando la escopeta colgada del hombro de Abel―. Sabía disparar muy bien pero no supo apuntar al objetivo correcto.

―¿Qué haces con la escopeta?

Almudena estaba frente a ellos de la mano de Sabina que seguía en camisón y bata.

―Almu, solo estábamos…

―Cállate, estoy preguntando a mi hijo. ¿Qué haces con la escopeta?

―El tío José me deja cogerla.

―El tío José no está. ¿Qué haces con la escopeta?

―Joder, mamá, no sé… pasarlo bien, obvio.

―Vamos, Almu, es de perdigones… ―intentó apaciguar Elvira.

Almudena soltó la mano de su madre y se encaró a su amiga.

―Por qué será, Elvira, que todo lo haces tan mal.

Elvira no dijo nada. Nunca había visto así a Almudena, la conocía desde hacía 13 años y en todo este tiempo jamás la había sentido con tanta rabia contenida.

―La guardaré ―dijo el chico.

―Que la guarde Elvira ―respondió su madre tomando otra vez la mano de Sabina―. Tú ayúdame a vestir a tu abuela, hoy está muy desorientada.

Abel le dio la escopeta a Elvira quien la recogió fingiendo una sonrisa para calmar al chico. Los tres se encaminaron a casa con paso procesionario. Elvira los estaba mirando cuando la vieja se dio la vuelta y gritó con un hilillo de voz:

―Me lo mataste, tú, mujer.

                                                                                                             (continuará…)