Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas

4 jul 2025

Viejo, sordo y ciego

 

Viaggio alla fine de la notte  de Carmen Mansilla

Pegaba un sorbito de café con la mirada baja, fingía ser complaciente, era lo menos que podía hacer por él, a fin de cuentas, era el marido de mi amigo Enrique.

Me agradeció por octava vez haberlo invitado al Museo del Prado. Dejé la taza en el platito y lo sonreí.

—No, dáselas al Gobierno, que me concede la entrada gratuita… y de paso también al que me lleve del brazo. Maravillas del sistema: si eres ciega, puedes pasarte la vida yendo a ver cuadros gratis. Creo que lo hacen porque saben que no los desgastamos.

Évidemment. Con vosotrrgos no hasen gasto de mantenimiento.

Al final iba a resultar que el francés tenía sentido del humor. Me explicó que el martes debía visitar el Reina Sofía y el jueves y el viernes el Thyssen. Prometió compensarme, decía ser consciente del dineral que se estaba ahorrando en las entradas y de mi tiempo dedicado.

—No te preocupes, me encantan las cafeterías de los museos. —Levanté la tacita y mostré una artificiosa sonrisa—. Cuando termines tu TFM ya me invitarás a una buena cena, ¿no?

Au final, seremos buenos amis.

—Tampoco te pases, ¡ni amís ni amós! Seremos eternamente conocidos y ya.

—Ah, mais non! ¡Nous somos familia! Yo soy el esposo de tu hegmano, de tu mejog amigo.

Sonreí vanidosa.

—¿Eso dice Enrique?

Quoi?

Que soy su mejor amiga. —Me retiré el flequillo hacia un lado y después, con delicadeza, apoyé el codo sobre la mesa con la mano bajo la barbilla.

Me llamó infantil. Sí, claro que era infantil. Últimamente iba tirando amigas del tren deseándoles una buena caída; las que me quedaban se podían contar con los dedos de una mano y me sobraban cuatro. Así que, sí, elevar un camarada a la categoría de mejor amigo me daba la vida.

—¿Cómo está? —Debía preocuparme, eso hacen las mejores amigas.

Jérôme apretó los labios y supe que quizá debía ponerme seria.

—Bueno, tú sabes, él es así como él es. Habla poco de eso.

No añadió mucho más, me dejó intranquila. Así que, antes de despedirnos, le propuse que el martes, en vez de vernos en la entrada del museo, le iría a recoger a casa y que, con la excusa, me tomaría un café con Enrique. Le pedí que no le dijera nada, que pareciera todo improvisado.

Seis días más tardes Jérôme me abría la puerta de su casa.

Oh, Elviga, oh, oh, mais, oh, ¿cómo es posible? Mais, yo he pensado que nos encontrrrgamos en el museo, mais, ah, quelle surprise!!!, ¡Bebé, Elviga está aquí! Mon doudou, me escuchas?

Con la mirada le recriminé su terrible actuación. Entré al salón. En el precioso sofá de ante verde estaba Enrique con Vicente despeluchado en el regazo.

—Hola, camarada —dije.

—Hola, amiga.

Me senté a su lado y acaricié al perro.

—¿Cuántos años dices que tiene? ¿Setenta? —pregunté.

—Once.

—¿No había perro más viejo para adoptar?

Sí, había dos de trece y uno de catorce, pero Vicente es sordo y ciego de un ojo. Vamos, irresistible.

Enrique siempre ha sido complicado, seco, con ese encanto de persona que parece que te tolera por obligación. Pero luego va y rescata un fósil peludo…  Supongo que el cambio climático le afecta a cada uno de diferente manera.

Alargué la mano y acaricié el lomito de Vicente, dije que lo veía mucho mejor que la última vez; hacía tres meses tenía calvas, ahora el pelaje parecía algo más uniforme. Lo arrastré hacia mí y lo abracé, era pequeño y escuálido, lo que provocaba quererlo sin condición. Lo besé en la cabeza y le rasqué detrás de las orejas mientras lo llamaba “feo-feo-refeo-requetefeo” con voz de niña. Miré a Enrique y afirmé:

—Te estará ayudando mucho estás semanas. Tenerlo se te hará más fácil.

—¿A qué has venido, Elvira?

¡C’est qui que quiega café que se levantas el mano! —gritó Jérôme desde la puerta del salón.

—¿Tu marido nunca va a aprender español? —dije y levanté la mano—. Con leche sin lactosa, porfi.

Oui, bien sûr, je sais. Bebé, Elviga y yo ya somos súper amis.

—Me alegro, cariño, eso es todo un logro.

—¡No es cierto! ¡Jamás seré amiga de un francés!

—Tarde, ma chérie… —y regresó a la cocina tarareando Count on me de Bruno Mars.

Me reí, Jérôme tenía algo como Vicente, había que quererlo.

—Entiendo que te casaras con él no solo por ser un yogurín de treinta y tres años.

Enrique cogió de la mesita de café el tabaco de liar. Se hizo un cigarro, lo encendió y, sujetando el cenicero con la otra mano, saboreó la primera calada y exhaló el humo con calma. Aquella manera de sostener el cenicero me recordó a mi tío Dámaso, pensaba en él como en un viejo fumador, pero tendría la misma edad que Enrique ahora, cerca de los cincuenta. La perspectiva del tiempo te rejuvenece o avejenta a su antojo.

Cruzó las piernas y volvió a preguntarme que qué quería. En nuestra amistad no cabían los formalismos.

—Saber cómo estás.

Estoy bien. Tú andas bastante peor, tu ojo izquierdo empieza a fallar y ya no te quedan más flotadores, te hundes, Elvira.

Apreté a Vicente contra mi regazo, sentirlo me recordaba que Enrique no era un carroñero. No dije nada y mirando al frente esperé los cafés. Al poco, Jérôme llegó portándolos sobre una bandejita de cristal naranja. Los repartió y se sentó en el suelo, al otro lado de la mesita, frente a nosotros. Me aconsejó que dejara a Vicente en el suelo, me dijo que estaría más cómoda. Le hice caso y, con una sincera sonrisa, le agradecí el café, también le recordé que era mejor llegar antes de las cinco al museo, que si no habría demasiada gente. Me fijé en Enrique, parecía completamente ausente sosteniendo el cenicero con la colilla retorcida dentro.

***

Jérôme me dice que mi hermana ha llamado. Que tenga diecisiete años más que yo hace que sea una madre más que una hermana, que insista con su llamada mensual de rigor al teléfono fijo me enferma. El infantilismo con el que me trata se me atasca. Suspiro y me dejo caer en el sofá. Vicente me mira desde el suelo, lo ayudo a subir. Todos deberíamos ser así: viejos, sordos y ciegos, pocos problemas tendríamos con los demás, suficiente aguantarnos a nosotros mismos. Es tu padre, dice Jérôme. Me incorporo y le pido que me lo repita. Mi hermana se lo había dicho. El viejo ha muerto. En el coche de camino a Toledo, Jérôme me habla de una compañera del Máster, lo oigo y lo intento escuchar, sin embargo, las palabras se convierten en chicle, pegajosas se solapan unas a otras, quizá ya me esté quedando sordo, quizá siempre lo haya sido: sordo y perro. Aparco frente a la casa. Veo primero el coche de la funeraria, luego los dos de policía y después a mi hermana. A dónde vas, me pregunta. Quiero subir a casa. No puedes, me dice. Sí puedo, quiero subir. No puedes, Enrique, nadie puede, está la policía. La veo vieja, lo que es. El pelo corto le hace parecerse a mamá. Su forma de decirme las cosas le hace parecerse a mamá. Sus prohibiciones le hacen parecerse a mamá. ¡Sí puedo, voy a subir!

—Enrique… —Mi hermana me sujeta del brazo—. Llevaba muerto dos semanas.

***

Giró la cabeza y me miró con inmensa pena sin soltar su sucio cenicero, como mi tío Dámaso.

Perdóname, amiga —dijo—. Cuando siento dolor yo también me ciego.

 

 

9 nov 2024

El parador (I)

 

Psycho de Francesco Francavilla

Siempre tuve claro que lo de tener hijos no era para mí. El planeta jamás necesitó de la existencia de mis vástagos y eso lo supe ver. Somos muchos, alguien tenía que dejar de parir y me presenté voluntaria. Además, concebí la vida como un paseo sin responsabilidades, entiéndase, las básicas sí, pero ninguna añadidura extra que hipotecara mi tiempo libre. Porque quien verdaderamente es consciente de que lo dispone, lo disfruta perdiéndolo. El malgaste temporal es el cuarto pecado capital para aquellos que desoyeron el aviso terrenal de aforo completo. Cuidad de vuestros hijos, infelices, y justificad la desdicha que os acosa incansablemente con la farsa de la plenitud humana. Sed rebaño de un torrente ciego y sentíos parte indispensable de una sociedad trilera. Que yo, libre y angosta, me retozaré siendo…

—¿Te refieres a los dos?  —pregunté por teléfono.

—Sí, a los dos —contestó Almudena—. Son chavales majos, tienen sus cosas, pero no te van a dar guerra en todo el fin de semana, te lo prometo. Elvi… por favor… Dime que te los llevas.

Había decidido no tener hijos, sin embargo, me había sido imposible no enamorarme de mi mejor amiga, quien como madre soltera, delegaba en mí a su querubín de quince añitos de vez en cuando.

Almudena debía llevar a su madre, con una demencia senil bastante preocupante, a Valladolid a casa de su hermano. El estado de la madre provocó que los tres hermanos se pusieran de acuerdo para repartírsela cuatro meses al año, como el San Pancracio que rotaba en el vecindario de mis padres cuando era pequeña.

Era sábado por la mañana y estaba con Abel y su amigo, en la estación de Chamartín esperando a nuestro tren para ir a un parador de la provincia de Salamanca. Almudena le había regalado a su hijo una estancia en este parador por tener fama de estar encantado y de escucharse los llantos de una mujer en sus pasillos. Abel llevaba tiempo siguiendo podcast y programas de misterio y había decidido documentar la experiencia de Salamanca con su amigo.

—Mateo te llamas, ¿verdad? —dije. El chico asintió y se dio media vuelta—. Bueno, pues nos lo vamos a pasar muy bien los tres. —Abel también me dio la esplada y yo fijé la vista en el panel de salidas rogando ser engullida por un agujero de gusano para estar ya de vuelta.

En el tren los chicos se sentaron juntos. Parecían dos cucarachas con capucha. Habían reclinado los asientos y repanchingados miraban las pantallas de sus móviles con auriculares. Yo, como buena señora de casi cincuenta años, había ocupado el asiento de delante, había sacado el libro y el botellín de agua del bolso, el cual lo había colocado bajo el asiento delantero, y con los brazos cruzados inspeccionaba que nadie subiera una maleta de gran peso en la parte superior.

—Perdone, perdone —avisé a un hombre de poco más de treinta años—, considero que esa maleta es demasiado grande, así que para que no haya incidentes mejor déjela al final del pasillo, en el área de maletas.

El hombre me miró, pero no dijo nada, alzó la maleta y la colocó en el compartimento de arriba. Su acompañante le preguntó por mí, por lo que le había dicho.

—Nada, una loca… —contestó.

¿Loca yo, caballero? Apreté los labios y emití un suspiro lo suficientemente alto para que lo oyera. Quería incomodarlo, no lo conseguí, otra cucaracha que se puso sus auriculares. Pegué un traguito de agua y, después de estirarme cuatro veces el jersey por la parte de delante, volví a cruzar los brazos en busca de mi siguiente víctima.

El tren arrancó y del bolso saqué un paquete de Sugus.

—¿Un Sugus, chicos? —pregunté dándome la vuelta. Metí el paquete entre el hueco de los dos asientos. Abel se quitó un auricular.

—Paso de esa mierda —dijo.

—Genial. ¿Un Sugus, Mateo? —El chico levantó los hombros y miró a su amigo—. Coge si quieres —insistí. Alargó el brazo y metió la mano en la bolsa de plástico, sacó un puñado. Luego abrió la palma y me los enseñó.

—Cojo estos, ¿vale?

—Claro, los que tú quieras.

Abel lo miró y le robó un par de ellos de la mano. Me reí y me di la vuelta.

Tras un viaje tranquilo y antes de que hubiera podido empezar la pagina 103 de la novela, la megafonía del vagón anunció nuestro destino.

—¡Chicos! —exclamé poniéndome de pie—. Nos bajamos aquí. Coged las mochilas, ¡vamos!

Una vez en el andén miré a derecha y a izquierda y me di cuenta de lo poco que conocía mi país.

—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Abel, creo que con la misma inquietud que la mía porque aquella estación, por llamarla de alguna manera, estaba en medio de la más absoluta nada.

—Tu madre eso me dijo… —Leí de nuevo el cartel con el nombre del pueblo salmantino que colgaba del tejado de aquel apeadero y fingí tenerlo todo controlado—. Aquí es, aquí es. ¿Tenéis todas vuestras cosas?

Decidí tirar hacia la izquierda, como siempre hago, y justo en el andén de enfrente apreció una mujer bastante mayor con una niña de la mano. La saludé y le pregunté por el parador. Me dijo que sí, que era allí, que a seis kilómetros por carretera lo encontraríamos. Los chicos protestaron sin disimulo. Le pregunté si el camino resultaría peligroso, pero enseguida lo negó, dijo que apenas había tráfico. Salimos de la estación y tomamos la carretera. Comenzamos la marcha en fila de a uno por el estrecho arcén.

—¿Así seis putos kilómetros, Elvira? —Abel desde la posición del medio.

—¿Se te ocurre algo mejor? —yo desde la primera posición.

—¿Por qué no hemos venido en coche? —Mateo, el tercero.

—¿Por qué es ciega? —el segundo.

—¿Quién? —el tercero.

—Esta —el segundo señalando a la primera.

—¡No soy ciega! —yo—. Solo me falta un ojo y medio.

—¡Pues ciega! —el segundo otra vez.

—¿En plan ves sombras o en plan ves borroso y negro? Lo digo porque igual otro debería ir el primero —el tercero.

—Mateo, en plan hazme un favor y cómete un Sugus. —yo.  Abel se rio y pidió que paráramos.

Bebimos un poco de agua y tras conectar el GPS de su móvil, Abel tomó la primera posición, yo la segunda y Mateo seguía en la tercera. Este último, desconfiado, me preguntó si la enfermedad que me estaba dejando ciega era contagiosa, Abel volvió a reírse y lo llamó puto gañan. Le expliqué que no, que era hereditaria, que podía tocarte o no, como la lotería.

—Entiendo —dijo—. Yo tengo pie griego, lo he heredado de mi madre. ¡Ah y mira!, ¡mira! —exclamó y me hizo dar la vuelta y me mostró un lunar en la sien—. Este es de mi padre. Heredado también. Estamos jodidos, Elvira, con nuestros genes.

Intenté no reírme y asentí con la mayor empatía que pude encontrar en ese momento. Lo cierto es que, tras aquel acercamiento debido a nuestro defectuoso ADN, me contó las estrategias que tenían programadas para pillar a la mujer llorona de los pasillos del parador. Según lo iba explicando, Abel le puntualizaba con seriedad algún detalle desde la primera posición, se había erigido como cabecilla del grupo, riéndose a ratos con cierta condescendencia, como si estuviera en un estrato superior, más maduro y responsable. Y en ese momento, recordé las palabras de mi amiga “son chavales majos”, lo son, sí.

Tras casi una hora caminando por asfalto, encontramos un cartel que nos indicaba la desviación para llegar al parador. El camino se convirtió en gravilla y arena y continuamos durante unos veinte minutos más hasta encontrarnos frente a un viejo edificio de piedra de más de doscientos años.

—Bueno, chicos, pues aquí están vuestros fantasmas —dije.

Ellos ocultaron la sonrisa tras sus capuchas y entramos al parador.


(Continuará…)

 

14 sept 2024

Domingo bidireccional

 

Joan Crawford, 1927

Era domingo por la tarde y Enrique había invitado a casa a sus tres amigos ‘Teatreros’, según su grupo de WhatsApp, para celebrar su despedida de soltero. Se conocieron hace catorce años en un Máster en Estudios Teatrales del que todos creían que saldrían triunfando en las artes escénicas. Para algunos fue así al principio, pero todos, ahora, tenían sus propios trabajos alejados del espectáculo, aunque seguían incurriendo en el mundo del teatro sin éxito alguno.

En ningún momento se barajó la idea de salir de fiesta, ni siquiera de alquilar una casita en la sierra madrileña para un fin de semana. Se sentían cuarentones maniáticos y compartir habitación o baño no le ilusionaba en absoluto. Enrique les propuso una tarde en su casa con cerveza y patatas de la Esteban y a los teatreros les pareció perfecto.

Darío estaba en pleno alegato contra la actriz Carmen Machi, cuando de manera enérgica Beatriz lo mandó callar.

Lo siento, Darío, es solamente que me estoy dando cuenta de que…  —Hizo una pausa y se retiró su larga melena al lado derecho. Se repasó los labios con la lengua y siguió—: ¿Qué hace Almudena aquí?

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó Elvira alzando la barbilla.

—A mí me da exactamente igual, pero si se dijo que iba a ser una reunión de los teatreros, pues…

—Oye, no, no, por favor, si queréis yo me voy —dijo Almudena intentando ponerse en pie, pero Elvira la agarró de la muñeca y la volvió a sentar a su lado de un tirón.

—Tú de aquí no te mueves. Si a Bea le molesta que hayas venido que se vaya ella.

Enrique pidió calma y aseguró que nadie se iría a ningún sitio e inmediatamente después añadió:

—Y sí, bueno, Machi en cine tiene un pase, sin embargo, en teatro no vale nada.

Beatriz se levantó, se sacudió con ímpetu los anchos pantalones y con paso decidido fue a la cocina. Al entrar se apoyó en la mesa y cruzó los brazos. Enana asquerosa, murmuró. Dio una vuelta a la mesa y terminó apoyando los codos en la encimera enterrando los dedos en el pelo. Elvira entró y Beatriz sobresaltada se irguió. Al percatarse, Elvira se justificó:

—Quieren más cervezas. —De la nevera sacó un pack de seis y se las mostró.

—No sé cómo lo haces —dijo Bea.

—Cómo hago el qué.

—Fingir que no ha pasado nada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó y dejó las cervezas en la mesa, empezaban a pesarle, empezaba a pesarle el domingo entero.

—Sabes muy bien qué ha pasado. Llevas un año sin hablarme y ahora de repente llegas aquí con tu amiguita del alma, a la que utilizas como parapeto, y a la carga otra vez. A por Beatriz. Así funcionas. Primero castigas con el silencio y cuando la presa vuelve a confiar en ti, ¡zas!, a la jaula y vuelta a empezar.

Elvira sacó su móvil del bolsillo de atrás de sus vaqueros. Lo dejó sobre la mesa y lo señaló.

—Ese trasto tiene exactamente once años, de hecho, ya no existe su fabricante. Es un BQ, míralo, cógelo, no me importa, cógelo. —Beatriz lo miró sin moverse—. Es un ladrillo, solo tengo descargadas 12 aplicaciones porque no me caben más. Suficiente para mí: mensajes, llamadas, internet y fotos.

—Muy bien, precioso, ¿qué quieres?, ¿una medallita por anti consumista? ¿Hay que aplaudirte? ¿Nos tenemos que postrar ante tu personalidad incorruptible? No sé, dime qué quieres que haga con el discursito que te has marcado.

—Lo que te quiero explicar es que mi móvil me es suficiente porque es bidireccional. Puedo hacer llamadas y mandar mensajes, pero también los recibo. Muy práctico, ¿verdad? —Elvira lo recogió de la mesa, abrió la aplicación de WhatsApp y con el dedo parecía buscar algo concreto—. Nuestra última conversación es del fatídico 13 de octubre de 2023, dos mensajes. El mío, leo: “Loca, dice Almu que llega tarde. Hacemos tiempo en Malpica con un vinillo? En el metro ya, llego en 15 mins.”. Respuesta tuya, leo: “Ok, saliendo de casa, en 25’, sorry, pago yo, no enfadarse.” Y ya, nada más. Ni por mi parte, ni por la tuya. Nada más. Bidireccional. Yo no te he escrito en un año, cierto, pero tú tampoco. No obstante, no-obs-tan-te, por alguna extraña razón, tú has decidido coronarte como la víctima. Pues ya me explicarás, porque estoy un poco harta de que por ser la rara, la insociable, la huraña, la especialita..., se me carguen culpas que no tengo. Así que la pregunta te la hago yo a ti: ¿Por qué no me has escrito en un año?

Beatriz salió de la cocina sin responder. Elvira cogió las seis cervezas y también regresó al salón. Allí, Enrique mirando primero a una y luego a la otra les preguntó si todo iba bien. A lo que respondieron que sí con sendas sonrisas.

El tema Machi no daba más de sí, así que derivaron el debate al clan Larrañaga-Merlo y su omnipresencia en la producción privada teatral de la capital. Uno decía que por lo que había que luchar era por los teatros públicos, otro preguntó que por qué lo llamaba “públicos” si las obras eran programadas por deditocracia,  otra que si las patatas se habían acabado, otro que las salas teatrales pequeñas se ahogaban en impuestos, otro que el gazpacho de la Esteban no era tan bueno como las patatas, otra que por qué no se representaba el teatro de Unamuno, otra que estaba pensando en pasar las navidades en Túnez, otro que porque Unamuno no sabía escribir teatro, otra que quien quisiera más cerveza que levantara la mano, otro que si la boda al estar tan llena de franceses habría que llevar mascarilla, otra que no tenía claro si Tabarka o Hammamet, otra que esas cuatro cervezas eran las últimas, otro que si se callaban un poco podría recitar a Cossa, otra que hacía tres meses que no follaba, otra que reconocía que su tesis de Unamuno era una mierda, otro que si lo de no follar era porque no quería o no podía, otra que si Nayua Rinri era así o se lo hacía, otro que si no había más cerveza habría que abrir el vino, otra que solo un culín, otro que era Najwa Nimri, la otra que qué, el otro que si quieres vino, la otra que si se lo hace o es así, otra pues lo que sea pero con Luis Merlo te partes, otra que cuando se ríe tose, otra que también, que también qué, que cuando como sandia me ahogo.

Era casi medianoche y Elvira le servía otro culín a Almudena que no podía dejar el vaso quieto. Enrique desparramado en el sofá se reía frente a Darío quien interpretaba unas líneas de La Nona. Y Beatriz escribía un mensaje de WhatsApp.

—¡Almu, me vibra el culo! —gritó Elvira y las dos se rieron como idiotas. Elvira sacó su móvil del bolsillo trasero y leyó el mensaje en voz alta con cierta dificultad—: “Cómprate otro móvil, tacaña de mierda.” —Elvira se giró hacia Beatriz y sonriendo le mostró el móvil triunfante—: ¡Bidireccional!

—Bidireccional —repitió Bea, y estiró el brazo para que también le sirviera más vino a ella.

 

27 jul 2024

Más tiempo que vida

 

La silla de Gauguin de Vicent van Gogh

Jérôme me abrió la puerta. Me dio un beso en la mejilla y me preguntó cómo estaba, no lo hizo como un simple saludo, sino que aguardó a que respondiera sin dejar de mirarme. Lo sonreí y le dije que bien. Era la primera vez que estaba en aquel apartamento, Enrique y él lo acababan de alquilar en un barrio del sur de Madrid. Es muy bonito, dije.

—Nesesitábamos dos piesas. Y en el sentrgo… pouah!, c’est impossible!

Asentí con implicación, sabía muy bien a qué se refería, y repetí lo bonito que era. Entramos en la cocina, Enrique preparaba café.

—¿Qué pasa, amiga? —Puso los brazos en jarra y esperó mi respuesta que no terminó de llegar—. Vale, vamos al salón y me cuentas.

Me senté en un peculiar sillón naranja chillón y Enrique frente a mí, en el sofá de ante verde. Jérôme nos dijo que nos traería los cafés enseguida y se cercioró de que yo lo tomara con leche sin lactosa. Lo vi marchar y le dije a Enrique lo atento que me parecía su chico.

—Ahora va a resultar que te gustan los franceses. —Me reí. Él se encendió un cigarrillo, apoyó los codos sobre las rodillas y espetó—: Empieza, ¿qué te dijeron esos cabrones?

 

La novela la envié haría cosa de cuatro meses. Me parecía una editorial especial. La formaba un trío de editores jóvenes (argentino, chileno y español), que apostaban principalmente por autores poco o nada conocidos que pudieran aportar algo sugerente al mercado literario chino. Sí, lo llamativo de esta empresa, y lo que me hizo enviarles mi texto, era que publicaban en China. A mi parecer todo tenía sentido. Editorial pequeña e independiente que editaba novelas de autores hispanohablantes con temática china. Perfecto. Mi lienzo se ajustaba a su marco.

No tardaron en contestarme, me pidieron tiempo para valorar la novela, se pondrían en contacto en unos meses. Cinco semanas después me escribieron un email pidiéndome el teléfono, querían tener una reunión conmigo en línea. Por WhatsApp concretamos el día y la hora. Hubo complicaciones por el desfase horario, ¿tus once o las mías?, entonces, imposible, allí, si no me equivoco, serán las cuatro y media, ¿hora española?, sí, no, las cinco y media, ¿seguro? Tras un largo baile de horas y fechas, se fijó la reunión dos días después a las siete de la tarde hora española.

Llegaron los dos días después y las siete de la tarde. Sin noticias en el frente. Esperé diez minutos de cortesía y envié un mensaje por WhatsApp para informar que ya estaba disponible. Silencio. Envié otro treinta minutos después, algo más inquisitiva. Silencio. Una hora más tarde, les volví a escribir para confirmar que la reunión quedaba cancelada. Un minuto después, uno de ellos me escribió asegurándome que tenía anotado que la reunión era a las siete de la tarde hora argentina. Leí el mensaje barajando tres opciones: 1. El tipo era lento o directamente gilipollas, porque era de cajón que nunca habría aceptado una reunión a medianoche (hora española). 2. El tipo manejaba la estrategia casposa de creerse el fuerte y por lo tanto debía hacer esperar al débil. 3. El tipo era un desorganizado, lo había olvidado, y estaba dotado de la incapacidad de pedir disculpas.

Enseñé el mensaje a Joan. Se tocó la nariz, huele mal, me dijo. Me piden diez minutos, dicen que me llaman ahora. Joan levantó los hombros, si ya había esperado una hora qué importaban unos minutos más. No fueron diez, fueron treinta y cinco. Contesté la llamada con furia contenida. Lo dejé hablar, me explicó no sé qué de su catálogo editorial, de sus próximos títulos para el 2025, me recalcó que ya estaban todos seleccionados, pero que había un hueco para mi novela. Sin embargo, al ser a última hora llevaría unos costes superiores y que, sin problema, podría pasarme el presupuesto para que lo aceptara.

—¿Me estás hablando de autoedición? —pregunté mientras mis orificios nasales ardían.

—Ya tenemos el 2025 completo, asimismo tu novela encaja con lo que buscamos, pero es imposible que nos hagamos cargo de su proceso de edición.

—Tajantemente no. No puedo estar más en contra de la autoedición. Si yo escribo, y os gusta, vosotros pagáis. Punto.

—En ese caso me temo que tendrás que moverla tú sola.

Y el tipo gilipollas, casposo e incapacitado colgó.

 

Enrique se echó hacia atrás y dio una larga calada al cigarro. Cruzó las piernas, extendió uno de los brazos sobre el respaldo del sofá y fijó la vista al frente. Después de un largo silencio, habló:

—Bueno, estafadores. El mundo editorial está lleno de ellos, no es nuevo. Editores intelectualoides que dicen abrazar el mundo cultural alternativo mientras por debajo de la mesa facturan como verdaderos trileros. —Me miró—. Elvira, tú novela no es ninguna maravilla, pero te aseguro que es muy superior a toda la morraña que se está vendiendo últimamente. Muy superior. Tus sesenta páginas son buenas y publicables. Hay que esperar.

—Ya he esperado tres años.

—Pues esperaremos otros tres y otros tres y otros tres… Porque hay más tiempo que vida, camarada. —Dio otra larga calada al cigarro y soltó el humo con trazo lento. Miró a la puerta—: ¡Bebé!, ¿y esos cafés?



 

1 ene 2024

Los Zaratrustas

Jacinto Benavente en su terturlia de Café Lisboa (Madrid, 1918), fotografía de Luis Ramón Marín


—El solo era para Rita, ¿verdad? ¿Y el cortado con leche de soja para Meli? —Dejo los cafés sobre la mesa, incluido el mío, y le digo a Bárbara que su té rojo se lo trae Matías.

Me siento junto a Meli y le pregunto cómo lo lleva. Suspira y me devuelve la pregunta. Las dos estamos supuestamente terminando nuestra tesis doctoral, un final que se eterniza. Solo quien se encuentra en este periodo sabe lo que conlleva: ganas de morirse. Hace un par de bromas sobre las innovadoras maneras de acabar con su vida, me río mientras Bárbara nos mira con lástima.

Matías llega con el té rojo y su cerveza. Toma asiento frente a nosotras y me explica que hoy conoceré a Monse, que tan solo lleva un par de años en Los Zaratrustas.

Los Zaratrustas nació, en principio, como club de lectura hará cosa de 10 años. Me uní a ellos poco después de la muerte de mi madre. Los encontré en una red social y la lectura que proponían para aquel mes era Memorias de la casa muerta de Dostoievski. En ese momento, tras lo vivido con mi madre, el existencialismo se implantó en mi vida. Pensé que intercambiar inquietudes personales camufladas en citas literarias podría calmar parte de mi dolor. Sin embargo, me equivoqué. Encontré a una docena de treintañeros ligados al mundo literario, pero con pocas ganas de reunirse para debatir sobre el sentido de la vida. Más bien se trataba de encuentros sociales de gente con varios puntos en común que buscaba una vía de escape a su monótona vida poniendo los libros como excusa. Así que mi psicólogo siguió haciendo su trabajo y Los Zaratrustas el suyo: entretenerme de vez en cuando.

Todos los allí presentes íbamos y veníamos, el club tenía la puerta abierta, no existía compromiso alguno y la flexibilidad de incorporarnos a uno u otro encuentro hacía que siempre que me encontraba con ellos fuera un momento verdaderamente agradable.

Rita coloca su bolso sobre la mesa y saca media docena de cuartillas grapadas tamaño A5.

—Chicos, este es mi último poemario. A ver, no tenéis ningún compromiso, pero si le queréis echar un vistazo aquí os dejo unas muestras. Bárbara, pásalos, por favor, a Meli y a Elvira.

—¿Cuánto cuesta? —pregunto.

—Cinco euros, pero no tenéis ningún compromiso, de verdad. La temática es el silencio en la urbe masificada.

—Qué interesante —exclama Meli con una sonrisa—. Yo te compro dos.

—Oh, gracias, amor, pero sin compromiso, por favor.

—A mí también dame dos, que en tres semanas es el cumpleaños de mi amiga Almudena y así ya tengo regalo —digo—. No tengo en metálico, te hago un Bizum, ¿vale?

Todos adoramos a Rita. Profesora de literatura en un instituto por el día, poeta por la noche. Su pareja murió de un infarto hacía tres años y, al no estar casados, no recibía pensión de viudedad. El sacar adelante a sus dos hijos con su único salario se le hacía difícil, por lo que vendía sus poemarios en cuartillas u organizaba recitales poéticos en el bar de su cuñado, solo una mujer como ella sabía romantizar la necesidad de aquella manera.

—¿Os leo uno? —pregunta.

¡Claro!, respondemos y todos la jaleamos. Rita se pone de pie y abre la pequeña cuartilla en la tercera página. Lee 24 versos sobre los empujones en la Línea 1 de metro, el cansancio en los hombros y la pena enroscada en intestinos vacíos. Termina, nos mira y tardamos en aplaudir, que su poesía vaya grapada a su vida nos deja cierto pesar. La animo a que presente su trabajo a alguna editorial, insisto en que su poesía es mucho mejor que lo que se publica últimamente.

—Gracias, Elvi, cariño mío, pero tengo 44 años, en Instagram tengo 253 seguidores y en Facebook 307; estos números no interesan a ninguna editorial.

Se abre un acalorado debate sobre si la industria editorial debe responsabilizarse sobre la calidad de sus obras o simplemente responder a la demanda de masas. Bárbara se desespera tanto con el tema que nos informa que lo que necesita es una caña doble, da un último trago a su té y se levanta a la barra, desde allí nos pregunta si queremos algo más, le pido otra para mí. Entretanto, Meli y Matías se acusan mutuamente de no entender el panorama literario actual, solo ellos pueden atacarse con citas bíblicas como si fueran flechas ardiendo, miro a Rita y me río.

—Vaya, parece que llego en el mejor momento. —Ante nuestra mesa una mujer de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, de pelo canoso largo y rizado, con una vieja gabardina beige y bolso bandolera de piel marrón.

 —¡Monse! —Matías se pone de pie y le da dos besos—. Si no me equivoco conoces a todas menos a Elvira, ¿verdad?

—Bueno a ella —señala a Rita— solo la he visto una vez y a ti —dirigiéndose a Meli— te vi de pasada en el encuentro de la Feria del Libro del año pasado.

—Sí, vengo poco.

—Ya. —Se acerca a mí y me da dos besos—. Tú también vienes poco, ¿no, Elvira?

—Sí, cierto. Entre mi estancia en China y que…

—Y que no has venido, sin más —sentencia.

Algo cortada miro a Matías que seguía de pie a su lado, pero no encuentro respaldo.

—Hola, Monse —Bárbara llega con las bebidas a la mesa.

—¿Ya hemos empezado con las cervecitas?

Nuevamente busco apoyo en Matías sin éxito.

Ya todos sentados en la mesa, Monse pregunta si hemos avanzado mucho con el análisis de la obra que nos ocupa hoy.

—¿Qué libro era? —pregunto.

Insolación de Pardo Bazán —contesta Meli sacando su libro del bolso—. Tengo que decir que no lo he terminado, pero lo poco que he leído me está gustando mucho.

—Yo tampoco lo he terminado —dice Rita—. Preparar el nuevo recital me está quitando muchísimo tiempo.

—¡Ay, qué bien! —exclama Bárbara—. ¿Cuándo es?

—Espero que el último viernes de este mes. A ver, a ver, porque quiero que Margarita Rojas y Fermín Esparta también participen, así que… a ver, a ver.

Todos aplaudimos y Bárbara y yo brindamos con nuestras cervezas.

—¿Podemos volver a Pardo Bazán? —pregunta Monse—. Haciendo un rápido recuento podemos decir que una no sabía ni de qué libro íbamos a hablar hoy, dos no se lo han terminado...

—Tres —interrumpe Bárbara con una risita.

—Tres no se lo han terminado. ¿Matías?

—Yo sí, yo sí —responde satisfecho, como si su profesora le fuera a poner un positivo.

—Y dos leídos. Muy bien. Muy bien. Veo que los estatutos del club siguen sin respetarse.

—¿Qué estatutos? —pregunto sin ocultar mi perplejidad.

—Los Zaratrustas tienen unos estatutos —responde Monse.

—¿Desde cuándo? —sigo sin cerrar la boca.

—A ver, Elvi, bueno son unas reglas —interviene Matías— para llevar un poquito el control de la asistencia.

—¿El control? —Si me pinchan no sangro.

—Pertenecer a un club de lectura conlleva un compromiso —explica esta vez Monse. Miro a Meli que prefiere esconderse tras su taza de café—. De las doce lecturas que se proponen analizar al año, se pide participar como mínimo en tres. Y cuando digo participar, no me refiero a llegar, pedirse una cerveza y hablar de nuestras vidas, sino de haber realizado una lectura profunda de la obra para tratar sobre ella la tarde que nos ocupe.

Matías asiente con la cabeza. Lo miro molesta y antes de hablar coloco los codos sobre la mesa:

—¿Y qué pasa si no cumples con estos estatutos?

—Que debes abandonar Los Zaratrustas —responde Monse tajante.

—¿Que debo abandonar Los Zaratrustas?

—Elvira, no puedes aparecer cuando te venga en gana sin tener la menor idea del libro que estamos leyendo. Debes ser considerada con el resto de los miembros del club, no nos puedes hacer perder el tiempo. Si no vienes, te vas. Así son las normas.

—Normas que, por lo que veo, has instaurado tú, Monse, porque has decidido erigirte como presidenta del club. Presidenta o dictadora, según se mire.

—¿Perdona?

—Te perdono. —La miro y sonrío con cinismo—. Bien, pues llegado a este punto solo me queda abandonar Los Zaratustras.

—Pero, Elvira, por favor, ¿cómo vas a abandonar? —Rita intenta establecer algo de cordura. Dirigiéndose a Monse—: Elvira no conocía los estatutos, así que lo podemos dejar pasar. Además, lleva más de 7 años en el grupo, no puede irse.

—Si somos flexibles con ella no sería justo para los otros 4 que ya han abandonado el club.

—¡Pero estamos locos! —grito. Me levanto, cojo mi bolso y abrigo y pido a Meli que me deje salir—. ¡Me voy!, ¡vaya si me voy! ¡¿Pero qué autocracia es esta?!

Salgo del bar completamente rabiosa. Me pongo el abrigo, lo consigo solamente de un brazo y el resto lo llevo arrastrando por la acera. Dos jóvenes se ríen al verme, me paro frente a ellos y los observo. No llegan a los 20, pienso que ni siquiera son jóvenes, son nuevos, originales. Originales. ¡Originales! Me doy media vuelta y regreso al bar. Me planto de nuevo frente a la mesa. Todos me miran en silencio. Mi aspecto crea incertidumbre.

—Me voy —empiezo diciendo—, abandono Los Zaratrustas, pero no sin antes anunciar la creación de un nuevo club, al que todos sois bienvenidos: Los Zoroastros, el original.

Me giro y, yendo hacia puerta arrastrando la mitad de mi abrigo, oigo las risas de Meli, Rita y Bárbara.