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11 jul 2026

Exorcizando

 

The Exorcist de William Friedkin (1973)

—¿Elvira Rebollo? —preguntó una mujer corpulenta de unos sesenta y pocos años. Con la cabeza ladeada me apuntaba con el dedo—. ¿Elvira? —repitió. Asentí y dejó entonces su bolso sobre la mesa de la sala de profesores.

Era finales de junio y en un par de días empezaría a impartir un curso monográfico de cuatro semanas sobre teatro español del primer tercio del siglo XX. Lo más atractivo de la propuesta era que la universidad que me había contratado estaba a poco más de doscientos kilómetros de Madrid. Tenía treinta y cuatro días para oxigenarme de la capital, me lo iba a tomar como un divertido Summer Camp.

La mujer se sentó a mi lado y llevándose la mano al pecho dijo su nombre.

—Encantada, Alicia —respondí.

Se succionó los mofletes y a cámara lenta sacó la lengua como si estuviera relamiendo miel de su labio inferior.

—Elvira, voy a ser muy clara: a mí esa sonrisita irónica después de tu último email no.

Si mis pestañas fueran molinos de viento, todo el país tendría suministro eléctrico.

—Perdona, no te enti…

—No, no, no, Elvira, no, por favor, ya somos mayorcitas, creo que sabes perfectamente a qué me refiero. —Apoyó los codos en la mesa y sobre sus manos el mentón—. Que compartamos asignatura no significa que me prohíbas hacer modificaciones en el Syllabus.

—¡Ah! —Solté una carcajada buscando cierta comicidad, pero ella mantuvo la estática mirada—. No, en mi email, no prohíbo nada, solo pido que antes de realizar cualquier cambio en el programa, por favor, me avises. Has eliminado a Jacinto Grau y a Azorín que eran dos autores fundamentales en mi temario. No es un problema, pero lo podríamos haber discutido. Además, considero que los cambios nos afectan a las dos, así que mejor comunicarlo previamente, debatirlo y, después de llegar a un acuerdo, modificar el Syllabus.

Levantó la barbilla de las manos, y tomando cierta perspectiva visual, me preguntó:

—¿A ti lo que te molesta es la gente proactiva? Porque yo lo soy y mucho.

—En absoluto, de hecho, opino que puede ser una muy buena idea adelantarse a hacer ciertos cambios, pero es mejor estar informadas de todo con anterioridad. Impartimos la misma asignatura, nos guste o no hay que hablar para coordinarse. Y, por supuesto, se habla antes de la toma de cualquier decisión.

Inspiró fuertemente por la nariz cerrando los ojos.

—Mira, Elvira, creo que he tenido mucha paciencia contigo. Me consta que la jefa de estudios te envió el programa en mayo y no has movido un dedo en todo este tiempo, ¡no sé ni si te lo leíste! Sin embargo, ahora me vienes con que mis propuestas no se ajustan a tus preferencias, vamos... ¡Pa’mear y no echar gota! Tú eres de las que se quejan ¿verdad?, de las que no hacen nada, pero exigen mucho, ¿no?, de las que piden, piden y piden buscándole las cosquillas a todo.

—Perdona, Alicia —me eché hacia atrás con los brazos cruzados y continué—, no te voy a consentir ese tono. Se trata de un desacuerdo en el temario, nada más, es algo sencillo de solucionar. Conque queda fuera de lugar cualquier valoración despectiva sobre mi persona. Espero haber sido clara.

—Pero ¿quién te crees que eres? ¡Que no me va a consentir, dice! ¡¿Cuándo te he faltado yo a ti el respeto?! —Del grito, una profesora sentada al fondo de la mesa levantó la cabeza y nos observó sin demasiada preocupación—. La que ha empezado con un tonito provocador has sido tú, para ahora hacerte la víctima. La guerra que nos vas a dar, hija, porque si con todo eres tan sentida y le pones tanta carga emocional, no vamos a llegar muy lejos. ¡Bendita paciencia! Está claro que lo de solucionar problemas no es lo tuyo, ¡es provocarlos! —Giró la cabeza y dirigiéndose a la mujer—: ¡Laura, que nos está pidiendo respeto! ¡Encima que le hacemos el trabajo…! —Regan MacNeil se contorsionó de nuevo hacia mí—. ¡Los primeros comentarios irrespetuosos han venido de ti! Y demasiado me estoy conteniendo para no convertir esto en una escalada de reproches sin fin.

Apreté los labios y me alisé las cejas recitando mentalmente las estaciones de metro de la línea 5: …Oporto, Urgel, Marqués de Vadillo, Pirámides, Puerta Toledo, La Latina, Ópera…

—Escúchame bien, Elvira, que mi especialidad sea los autores de finales de tercio no significa que no esté interesada en impartir a Jacinto Grau, pero si lo hiciéramos, ¿cuántos estudiantes se matricularían? ¿A quién le interesa hoy en día el teatro de Grau? Debes ser realista y no tan ingenua. Nuestros estudiantes tienen cero intereses por este autor. Es más, si me garantizas veinticinco matrículas, incorporamos a Grau de nuevo, ¿me las garantizas?

…Quintana, Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes, Torre Arias…

—No, claro que no me lo garantizas. Te tengo muy calada, a ti lo de trabajar te gusta muy poco, que trabajen y propongan cambios los demás.  —Se puso en pie y recogió su bolso, antes de colgárselo al hombro añadió—: Ni las gracias has dado por trabajar en una universidad como esta y con unas compañeras como nosotras, pero eso sí, luego pides respeto ¡desagradecida!

Tras de mí oí cerrarse la puerta. Respiré contenida y bastante desorientada fingí ordenar los papeles de la mesa.

—Tienes todavía dos días —sentenció la mujer del fondo sin alzar la vista.

—¿Cómo?

—Que digo —la levantó y me miró seria—, que todavía te quedan dos días para modificar el Syllabus. Si quieres a Azorín y a Grau de vuelta en el programa, vete a la tercera puerta de este pasillo, comunícaselo a Rosamari, la secretaria del departamento, y el cambio será automático.

—No sé… Buff... ¿Y Alicia?, no sé... —balbuceó mi desconcierto.

—Ya, Alicia. ¿No conoces el dicho más popular de esta universidad? —Negué con la cabeza. La mujer sonrió y dijo—: “Aquí quien no corre es proactivo”. Bienvenida a la familia, Elvira.




 

 

17 jun 2021

Extraños en un descansillo

Strangers on a train de Alfred Hitchcock (1951)


—Por eso necesito que me ayudes —dije en inglés.

Era la primera vez que hablaba con él y lo hacía en el descansillo del tercer piso, junto a su puerta. Max y yo éramos vecinos, lo fuimos desde el primer día que me instalé en el campus chino pero, a pesar de conocernos, nunca nos habíamos dirigido la palabra porque él tenía fama de raro y supongo que yo también.

—Lo siento, no puedo —contestó.

—¡Eres profesor de alemán! —Sí, me acababa de cabrear—. ¿Por qué no puedes darme clases?

—Puedo darte clases, pero no quiero, no vas a aprobar el examen de nivel, por lo tanto es perder el tiempo, no me gusta perder el tiempo.

Lo último que necesitaba en ese momento era aquella lógica aplastante de un hombre tan hirientemente directo.

—Vale, imagina que necesitas aprobar un examen de español muy importante en 6 semanas, yo te ayudaría —argumenté mostrando mi cara más dulce.

—No necesito aprobar ningún examen de español.

—Lo sé, lo sé, solo imagínalo.

—Imaginar algo que no va a ocurrir es absurdo.

—¡Virgen santa! ¡Deja de ser tan alemán! —grité en español. Me miró sin mover un músculo de su cara, parecía estar hecho de cera—. Perdona, perdona  —dije de nuevo en inglés—, no te estoy gritando, de verdad, lo parece pero no. Es solo mi carácter que es muy alegre y a veces grito con alegría cosas, cosas, así… Soy española, demasiado sol, el sol da alegría, en Alemania no hay sol pero… hay coches, muchos coches, coches bonitos, rápidos, caros, capitalismo… Necesito que me ayudes, por favor.

Max resopló.

—Está bien. Voy a ayudarte.

—¿De verdad? Gracias, gracias, gracias, muchas gracias, danke, super danke, mil millones de dankes.

—Mañana baja a mi casa a las 6.30 de la mañana. Sé puntual, por favor.

—Claro, sí, sí, sin problema, puntual, puntual, soy española: sol y puntual. Hasta mañana, Herr Max.

—Herr Schreiber.

—Oh, perdón, Herr Srraiba. Ich bin Frau Rebollo… —¡Pum!—. Hallo?

Cerró la puerta con desprecio pero yo respiré tranquila, tenía lo que quería, yes! Sin embargo la gozadera me duró poco tiempo porque antes de llegar al descansillo del cuarto piso me topé con ella.

—¡Verónica! ¿Qué…? —Hacía algo más de dos semanas que no nos veíamos a pesar de vivir puerta con puerta y trabajar en el mismo departamento.

—Elvi, Elvira, Elv… ¿subes?

—Sí, ¿tú bajas?

—Sí, sí.

—¿Bajas abajo?

—Sí, sí, abajo voy. Tú subes, ¿no?

—Sí, sí, arriba. A casa. Subo arriba.

—Ah, vale, bien, sí, vale, pues… Me gusta tu pantalón, el peto…

—¿Eh? Oh, es… sí, parezco una granjera, ¿no?

—Es muy bonito, estás, estás, estás muy guapa.

—No, no, no, tú, tú, tú… —Jo, la echaba de menos, si la pudiera retener un poquito más—. ¿Qué tal todo? ¿Tu japonés progresa?

—Sí, sí, muy bien. Sí. —Sonrió, qué bonita era cuando sonreía—. ¿Y tu alemán?, ¿bien?

—Uy, sí, sí, mi alemán fenomenal, muy fluido, mi alemán ya vuela solo, sí, sí.

—Vaya, me alegro. Podrías practicar con nuestro vecino, Hans creo que se llama.

—Max.

—Sí, eso, Max, ¿ya has hablado con él?

—¿Yo? No, no, nunca, no sé ni quién es, no me viene su cara ahora mismo. —Está bien, la echaba de menos, pero tenía claro que iba a mantener mi vida alejada del pozo que Narumi y ella representaban, ya me tiraron una vez, no les iba a dar información para que me tiraran una segunda. 

—Bueno, podría ayudarte pero dicen que es muy raro, no habla con nadie y siempre con la misma ropa, ese pelo, no sé…

—Ni idea, ni idea.

En ese momento se abrió la puerta del tercero derecha. Max salió de casa, al verme en lo alto del siguiente tramo de escaleras me señaló, nerviosa fijé la mirada rápidamente en Verónica.

—¡Ey, Elvira!, mejor a las seis, hay mucho trabajo. Mañana a las seis en mi casa —dijo y sin esperar respuesta bajó a zancadas las escaleras.

Verónica me miró, yo la seguía mirando a ella sin parpadear y Max ‘Gollum’ ya estaría en la calle buscando el anillo.

—Entonces, ¿te va a dar clases? —preguntó.

—¿Qué clases?

—Las del vecino.

—¿Qué vecino?

—¡El alemán!

—¿Qué alemán?

Esta técnica la aprendí de los chinos: “¿Los tanques aplastaron a más de diez mil estudiantes en Tiananmen?”; “¿Qué tanques?, ¿qué estudiantes?, ¿qué Tiananmen? Next!”. Y así es como China construye su historia sobre unos hechos encadenados de atrezzo. Nunca negar, solo ignorar.

—Vamos, Elvira, somos amigas —dijo.

—Sí, claro, lo somos, Vero. —Pero no quería que mis actos estuvieran en boca de todos y Verónica seguía siendo una grieta al estar tan unida a Samara.

—Narumi y yo nos hemos distanciado, ¿sabes? Bueno, sin más, que entiendo que no quieras contarme nada pero que sepas que puedes hacerlo.

—No hay nada que contar, Vero —Y con cierta tristeza comencé a subir de nuevo los escalones despidiéndome con la mano.

A las seis de la mañana del día siguiente, Max me abría la puerta de sus casa.

—¡Buenos días, Herr Srraiba, he traído café! —dije con el entusiasmo de una niña.

—Schreiber.

—Sí, Srraiba. Café.

Nos sentamos en la mesa del comedor. Estaba ciertamente conmovida porque Max había preparado muchísimo material, también había organizado el trabajo por semanas junto a un plan de acción que me explicó al detalle.

—Vaya, no sé qué decir, Max, eres muy amable.

—Bien, ya te lo he dicho, no me gusta perder el tiempo, debes comprometerte a cumplir estos objetivos y desde ahora solo hablaremos en alemán, ¿de acuerdo?

—Claro, perfecto, perfecto.

Y entonces empezó:

—Fr$kschsstrgt&β chw%rthgdc€rrkgrt bxβjsschl@ lprthch, Pfvbrrd.

—Perdona, lo de no pronunciar vocales ¿es por una cuestión cultural o para ver quién se ahoga antes?

No lo podría confirmar al cien por cien pero creo que se rio.

La siguiente hora y media la pasamos entre ejercicios, estructuras gramaticales, textos y un bochornoso intento de expresión oral por mi parte. En todo momento Max, sin separarse un ápice de su gesto serio, me animaba con frases en positivo: correcto, así es, bien-bien, sí, suenas muy alemán. Y cuando cometía errores tan solo me pedía que repitiera la frase y con su bolígrafo me señalaba donde estaba la confusión. Al final, aquel desgarbado e huidizo desconocido escondía a un magnífico profesor, paciente y muy amable.

—¿Quieres comer algo? —preguntó en inglés al levantarme de la mesa para irme, pero antes de que pudiera contestar me ofreció una rebanada de pan de molde—. Si quieres tengo mostaza.

—Genial, pan con mostaza, todo un chef —dije cogiendo la rebanada con dos dedos.

—Además de mi tiempo, ¿quieres robarme la comida?

—Lo siento, de verdad. —Me reí—. Estoy muy agradecida, en serio, eres un profesor excelente.

—Lo sé pero no vas a aprobar.

—Y un coach de mierda.

—¿Acaso hay algún coach bueno?

—Heeeeeeeey! —grité levantando la mano.

—¿Qué haces?

—¡Choca! ¡Choca esos cinco! ¡Choca! Por la mierda-coach.

—No voy a chocar.

—Vale, no vas a chocar… —y me metí parte de la rebanada en la boca.

Recogí todas mis cosas y aunque insistí en que se quedara con el café que había sobrado en el termo, no quiso, así que también lo metí en el bolso.

—Está bien —me dijo en la puerta de su casa—, mañana a las seis. Sé puntual, por favor.

—Claro, puntual, puntual. Muchísimas gracias por tu tiempo y trabajo, estoy impresionada, de verdad.

—Normal. —Apoyó la espalda en el marco de la puerta, metió las manos en los bolsillos y con una sonrisa torcida dijo—: Dicen que soy perfecto.

—Oh, sí, sí, no hay más que ver tu mugrienta ropa y ese churretoso pelo.

Fue decirlo y lamentarme. Cerré los ojos con culpa. Solo quise ser divertida, pensaba que el momento lo permitía pero está claro que no supe hacerlo. Max dio un paso adelante, yo con miedo di uno hacia atrás. Sabía que había cruzado la línea de lo asumible como “broma”, siempre me pasaba lo mismo, mi cerebro parecía confundir chiste con impertinencia, por eso estaba tan sola. Antes de que pudiera pedirle disculpas, Max dijo:

—¿Qué ropa?, ¿qué pelo?

Sonreí aliviada. Dos raros inadaptados saben entenderse, pensé.

—Hasta mañana, Herr Srraiba.

—Bis morgen, Frau Grebolo.

 

21 abr 2020

Con clases y a lo loco

Con clases y a lo loco de Javier Avi


—No puedo… —suplicaba a Joan que me estiraba de las piernas para sacarme de la cama.
—Sí puedes. Elvi, en 20 minutos empiezas la clase, venga.
—No puedo…
Sí pude. Me arrastré hasta la cocina, Joan me había preparado el café.
—¿Qué jersey te vas a poner?
—El granate —contesté.
Joan trajo el jersey de la habitación. Me lo puse por encima del pijama.
—¿Tengo muy malos pelos?
—Lávate por lo menos la cara, anda.
—No puedo… —farfullaba de camino al baño.
Al regresar a la cocina Joan me abrazó.
—Cuando termines la clase de hoy habla con la decana. Dile que te dé más asignaturas de posgrado, así no puedes seguir.
Sí, la profesora Wang me había castigado ese semestre dándome el curso de Fonética con alumnos de primero. Lo que significaba que dar clases, y además online, se había convertido en una verdadera tortura china, literal. “Te necesito en los primeros cursos, no tienen buena base”, me dijo. Yo lo que necesitaba era pensar en la forma de abandonar este mundo. Barajaba la defenestración, el envenenamiento y, cómo no, el horneado de cabeza.
Por fin me senté delante del ordenador. Lo encendí. Resoplé. “No puedo…”, dije unas 13 veces más. Apreté los ojos. Busqué los archivos de fonética. Fijé la unidad 3. Coloqué mi móvil  en el manos libres y a través del Wechat llamé, por videollamada, a los primeros 8 estudiantes del grupo A.
La imagen se conectó.
—¡Hola! —exclamé una falsísima sonrisa—. ¿Qué tal, chicos?
Y con aquella pregunta comenzaba la tortura.
—Plofesola, bien, plofesola, ¿y usted?
—Profesora, ¿verdad? Prrrrofesora, -ra, -ra, ¿verdad? Estoy bien, sí.
—Sí, plofesorrzzzrrzzza.
—Perfecto, ¿me decís los nombres, por favor?
—Cántalo.
—¿Te llamas Cántaro? —Los estudiantes chinos se ponían nombres en español para que los profesores que no sabíamos mandarín pudiéramos recordarlos con mayor facilidad, pero la elección de estos era cuanto menos singular.
—Sí, Cántalo.
—Perfecto, ¿más?
—Pau Gasol.
—Muy bien.
—Plofesorrrzzza, me llamo Arcoíris.
—Fenomenal. ¿Más? —Silencio—. Bueno, ya me iréis diciendo vuestros nombres. Ahora vamos a empezar. Por favor, unidad 3.  Hacemos el ejercicio 2, repetid detrás de mí, por favor: Cenicero.
—Maluma.
—¿Perdón? Cenicero. Repetid: Cenicero.
—Me llamo Maluma, plofesola.
—Ah, muy bien. Cenicero.
—No, Maluma, plofesola.
—Vale… —Respiré hondo y me imaginé mi caída desde el quinto piso, la degusté—. Cántaro, tú sola, ejercicio 2. Cenicero.
—Cenicero —todos.
—No, solo Cántaro. Cántaro, por favor.
—Sí, plofesola, aquí, aquí.
—Sí, ya sé que estás ahí. Cenicero.
—Cenicero —todos.
—Me llamo Piña, plofesola.
—Vale, bueno, no es necesario que me digáis más nombres, ¿sí? Hacemos los ejercicios. Siguiente palabra: Zozobra. Repetimos, por favor.
—Zozobla —algunos.
—Cenicero —otros con peor wifi.
—Zozobrrrrrrra, brrrrra, brrrra —subrayé.
—Zozobla, bla, bla, bla.
—Vale, repetimos: Rrrrrrrrrrrrrrr.
Todos se rieron.
—No nos reímos, por favor. Rrrrrrrrrr. Venga, Piña, tú sola.
—¿Yo?
—Sí, Piña, tú, tú.
—Sí, yo Piña, Piña.
Cerré los ojos un instante y reflexioné sobre lo mala persona que tuve que haber sido en mi otra vida.
—Rrrrzzzrrzzzrrrddddssssrrrzzss —algunos.
—Bla, bla, bla —otros.
—Tú, tú, tú —Piña.
—Continuamos. Ejercicio 4. Lee la palabra correcta y deletrea.
—Yo no hablo, plofesola.
—Sí, no hablamos todos, ¿vale? No podemos hablar todos, poco a poco.
—Poco, sí, complendo, plofesola, soy Tiburón. Poco.
—Eso es. Poco.
—Poco —todos.
—No, lo decía por Tiburón —yo.
—Poco —Tiburón.
—Vale, muy bien. Maluma, por favor, primera palabra, lee y deletrea.
—¡Sí! Ciluela.
—Ciruela —corregí.
—Sí, ciluerrrda.
—Muy bien. ¿Cómo se escribe?
—Sí, ge-i-ele-u-i-rrrrdddssrr-e.
—Ajá, perfecto. —Y aprieto los dientes porque de solo pensar que mi director de tesis me estuviera viendo, me entraban ganas de llorar—. Bien, y ahora vamos a cerrar los ojos y en estos 10 minutos que nos quedan, vamos a interiorizar, de forma individual y en completo silencio, todas las palabras que hemos visto en clase.
—Sí, plofesola.
—Sí, glacias, plofesola.
—Sí, cenicelo.
—En silencio, chicos, en completo silencio. Es importante el silencio en fonética. Muy importante.
La clase terminó y, antes de que me diera cuenta, ya tenía a los 8 siguientes estudiantes online.
—¡Hola! ¿Qué tal, chicos?
—Plofesola, bien, plofesola, ¿y usted?
—Profesora, ¿verdad? Prrrrofesora, -ra, -ra, ¿verdad? Estoy bien, sí.
—Sí, plofesorrzzzrrzzza —todos.
—Perfecto, ¿me decís los nombres, por favor?
—Messi.
—Me llamo Ballena, plofesola.
Y fue en ese momento cuando me decanté. Lo tuve claro, así que les pedí un minuto a mis estudiantes. Me levanté. Fui a la cocina. Abrí el horno y metí la cabeza. En mi último segundo de vida pude escuchar a Joan detrás de mí:
—¡Cenicero!

31 mar 2019

China, maravilloso teatro


Ópera gatuna por Javi Avi

Me desperté a las 5:30 de la mañana y no por vicio precisamente. Vivir en el este de China significaba no que clareciera sobre las 5, sino que el sol ya estaba descojonándose con fuerza de todos nosotros a esas horas. Calenté agua en el termo que me había regalado Verónica, vecina y compañera del departamento, porque lo habitual cuando llegaba un profesor nuevo al campus era abastecerlo, para que fuera tirando, con lo que entre unos y otros se había ido acumulando y sobrando. En mi caso, Verónica y Rober me dieron la bienvenida con dos platos, tres cucharillas, un tenedor, un cuchillo, un túper, una sartén pequeña, un secador y el termo. Vertí el agua caliente en el vaso y disolví el café instantáneo, todavía no había encontrado un supermercado donde vendieran café molido. Rober ya me había dicho que en el centro de la ciudad había uno con productos extranjeros, pero bajar a la ciudad desde el campus suponía una hora y media de bus y, sinceramente, por el momento no había encontrado el día oportuno para semejante expedición. Salí a uno de los balcones que tenía mi apartamento a beberme el café. Las vistas no eran ninguna maravilla. Edificios del campus, más edificios del campus y algún que otro edificio del campus. Sin embargo, a la derecha, allá a lo lejos podía ver el mar, y con ese poquito me conformaba. “Sí, muy bien, tengo vistas al mar”, dije a mi hermano la primera vez que me llamó. Mentira lo que desde dice mentira no era, ¿no?, y es que, aunque hubiéramos pasado de los 40, el ‘y yo más’ seguía siendo nuestro juego favorito.
Pensé en Joan, pensé en nuestro gato Tomás, pensé en mi ex universidad de Madrid, pensé en mis ex compañeras, pensé en mi tesis sobre teatro, pensé en las vueltas que da la vida y pensé si debía depilarme el bigote hoy o mejor dejarlo para el fin de semana. Sí, levantándote a las 5:30 de la mañana puedes arreglar el mundo aunque sea con café instantáneo.
Me metí en la ducha casi una hora más tarde. Dejé esperar el tiempo suficiente para que el agua saliera caliente, pero aquello no dejaba de estar congelado. Después de tres ‘joder’ y un ‘me cago en la mierda del chocho-ano’, cogí mi móvil y mandé un mensaje de voz al grupo de profes y, a su vez, vecinos.
―No me lo creo, ¡¿no hay agua caliente?!
El primero en contestar fue Rober también con un audio.
―A ver, mendruga, no hay hasta el día 23, están de obras. Hay una notificación en el portal.
―¡¡¡¿Te refieres al papel pegado en la puerta que está en chinoooo?!!!
Rober y Verónica hablaban chino perfectamente. Verónica se había especializado en Lingüística Aplicada tanto de la enseñanza del chino como del español, y Rober, a pesar de haber hecho la tesis sobre cultura china, se había decantado finalmente por la Literatura Hispanoamericana.
―¡¡¡Pero no me chilles!!!
―¡¡¡Rober, no te estoy chillando!!!
―¡¡¡Pero si te estoy oyendo a través de la pared, mequetrefe!!!
Me dio tal ataque de risa que tuve que apoyarme en la lavadora (sí, tengo la lavadora dentro de la ducha, pero eso se merece otro relato). También oí reírse a Vero. Y es que compartíamos tabiques, porque los tres vivíamos en el sexto piso del bloque 4, bloques reservados únicamente a profesores extranjeros. Rober ocupaba el apartamento 1, yo el 2 y Vero el 3. Así que oírles a ambos en estéreo estaba siendo lo mejor de aquella mañana.
Después de una refrescante ducha, salí de casa con el tiempo suficiente para pasarme por el despacho de la decana antes de empezar con las clases. Me había citado. Y debo reconocer que andaba bastante nerviosa. Hacía tan solo 4 semanas que había llegado a trabajar a la Universidad y no consideraba que mis clases estuvieran dando problemas, aun así me inquietaba que quisiera comentarme algo. Toqué a la puerta de su despacho.
―¿Profesora Wang? ―pregunté con timidez. Oí algo en chino desde el otro lado así que abrí la puerta y entré.
―Oh, Elvira.
La Decana Wang se levantó de su escritorio al fondo de la habitación y se acercó a la puerta, me estrechó la mano con las dos suyas y me invitó a sentarme en el sofá. No sabría calcularle la edad, con los chinos es difícil, pero supongo que estaría cerca de los 60, no tanto por su aspecto sino por su larga trayectoria como hispanista.
―¿Te estás adaptando bien, Elvira?
―Sí, muy bien, no hay ningún problema.
―Bueno, tú además ya habías vivido en China, así que es un punto a tu favor.
―Sí, lo es.
―Me alegro. ¿Y las clases?
―¿Las clases? ―Necesitaba tiempo para pensar. Tragué saliva―. ¿Las clases en su conjunto o… o… las clases, así, una por una?
―Sí, los estudiantes comentan que eres muy divertida y veo que es cierto ―dijo riéndose tapándose la boca con la mano. Yo también me reí aunque sin entender por qué y mostrando toda mi dentadura cual caballo―. Bien, hay algo que debo comentarte.
―Comprendo ―contesté inquietándome otra vez.
―¿Conoces al Profesor Huang?
―No ―contesté con cierta vergüenza.
―Bien, el Profesor Huang es el decano de la facultad de japonés.
―Oh.
―Y sabes que esta Universidad es reconocida por tener la mejor facultad de japonés no de China, sino del mundo.
―Oh, del mundo…
―Bien. Hace años, el Profesor Huang levantó el grupo de teatro de su facultad. Y ha cosechado muchos éxitos. ¿Conoces Talent Show?
―No. ―En realidad me vino a la cabeza Risto Mejide, pero seguro que no iba por ahí la cosa.
―Bien, es un programa de televisión con mucha repercusión en el país y lo ganaron en 2010, 2014 y 2016, gracias a sus representaciones.
―Oh.
―Creo que el trabajo del Profesor Huang es admirable, porque no solamente incorpora nuevas técnicas de enseñanza de la lengua japonesa, sino que además sabe promocionar la facultad a nivel nacional.
―Oh, sí, es maravilloso…
―Bien, por eso Elvira, hemos pensado que la facultad de español debería abrir su propio grupo de teatro, es muy conveniente, y queríamos saber tu opinión.
―¡Uy! ¡Pues me parece una idea genial!, no veo mejor manera para incentivar a los chicos.
―¿De verdad? Qué alegría tan enorme, muchísimas gracias. ―La Decana Wang se levantó y fue a su mesa, cogió unos papeles y me los entregó con ambas manos―. Bien, tienes 32 estudiantes matriculados en el Taller de Teatro, empiezas la próxima semana.
―¿Perdón? ¿Yo?
―Claro, Elvira, estamos muy contentos de tenerte en esta Universidad habiéndote especializado en teatro.
―¡Oh, no, no, no! ―Me reí―. ¡No, madre mía! Creo que está habiendo una confusión bastante grande. Lo siento pero yo no tengo ni idea de llevar un grupo de teatro. Mi especialidad son textos teatrales, literatura, y estoy muy contenta pero, de verdad, Profesora Wang, yo no sé cómo se monta una obra teatral, lo siento.
―Comprendo, no quieres hacerlo.
Utilizando aquel verbo, la Profesora Wang, muy amablemente, me había llevado al borde de un precipicio. La decisión era mía: un paso adelante o uno hacia atrás.
Reflexioné unos segundos, apreté los labios y finalmente contesté:
―Sí, sí quiero hacerlo. ―Y me alejé del vacío.
―Qué buena noticia, Elvira. Los alumnos van a estar muy contentos. Y además, no es importante, pero hoy voy a comer con el Profesor Huang y quiero decírselo.
Utilizando aquí el verbo, La Profesora Wang se había colocado el dorsal a la espalda y había tomado su posición en la pista de salida, la carrera estaba a punto de empezar.
Salí de su despacho con la lista de los estudiantes en la mano, la miré y suspiré. No tenía ni la menor idea de por dónde empezar. Y comprendí que el café instantáneo no era suficiente para arreglar el mundo, aquel mundo.

Continuará…