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2 sept 2013

Noche de café y poemas

Los parasoles de Afrodita de Sofía Serra Giráldez

Y subo las escaleras del portal de dos en dos. Como una niña entusiasmada. Porque hoy ha sido mi primer día de trabajo después de volver de vacaciones. ¿Depresión postvacacional? ¿Qué es eso? Adoro mi profesión y todo lo que ahora mismo la rodea. La universidad todavía estaba semidesierta. La clase llena de caras nuevas con gesto un tanto perdido. La máquina de café en erogación. Y yo con mis compañeros, sin fundamento, riéndonos con los chistes cortos del repertorio de Kiko.
—¡Otro! Dice: Cariño, te quiero. Y le contesta: Mira, a mí no me cuentes tus problemas.
Y me vuelvo a reír llegando al segundo piso.
—¡Elvira!
—Ay, Guillermina, que me meo.
—¿Pero qué te ha dado, mujer?
Cojo aire y le doy un beso a mi vecina que acaba de abrir la puerta.
—Anda, pasa. Que esta mañana al bajar a por el correo había un sobre enorme con tu nombre sobre los buzones, y te lo he cogido porque no me fío. Que sí, que aquí nos conocemos todos pero nunca se sabe, hija, nunca se sabe. Pasa, que te lo doy.
Entro hasta la cocina y dejo la bolsa con los libros sobre la mesa.
—¿Café? —me pregunta.
—Sí, ya lo preparo yo, no se preocupe.
—Pues te voy a buscar el sobre que seguro que es algo importante y no quiero que te falte, hija.
Regresa Guillermina y me ofrece un sobre amarillo tamaño folio, acolchado. Lo miro sorprendida, coloco la cafetera en el fuego y me seco las manos con un trapo.
—¿Qué es esto? —me pregunto tomándolo con ambas manos.
—Venga, ábrelo, ábrelo.
Lo abro por uno de los extremos y miro en su interior. Meto la mano y saco un libro.
—Los parasoles de Afrodita. Sofía Serra Giráldez —leo emocionada. Me lo llevo a la nariz y lo olisqueo—. Huele a nuevo, a nuevo y a tesón.
Me apoyo en la mesa y leo la dedicatoria. Levanto la cabeza y sonrío a Guillermina que me mira ofreciéndome, en silencio, una servilleta de papel para sonarme los mocos.
—Que me emociono, Guillermina...
—Claro, mujer, ¿qué sería de esta vida sin las emociones? Anda, siéntate que te pongo el café.
Me siento. Aparto mi bolsa con los libros y me apoyo en la mesa. Llega Guillermina y coloca frente a mí una taza de café.
—Es un poemario de una amiga —le digo.
Se sienta a mi lado con otra taza de café y me pide que lea algo, que siempre le gustaron los poemas.
—Vale —digo abriendo el libro al azar, porque sé que no es necesario buscar para encontrar ese poema, ese, el que hoy necesito, porque Sofía tiene ese don para transcribir tu requisito, tu pensamiento, en cada uno de ellos—. Las telarañas neuronales hacen más por el olvido / que cualquier viento huracanado. / La aspiradora de mis sienes / absorben el polvo: más agua y luz, / brota el verde. / Paz del suelo por el que camino / quebrando el aire / ando quebrando / como ente relativo / entre las formas y las alquimias (…)
Le leo cuatro poemas que escucha mi vecina sorbito a sorbito. Cierro el libro y bebo el café. La miro y nos sonreímos.
—Me marcho —digo poniéndome en pie.
—¿Y adónde vas?
—A tomarme un café.
—¿Otro?
—Me he quedado con ganas de más.
Guillermina me acerca la bolsa de los libros. Juntas llegamos a la puerta.
—Y esta noche saldrás con tus amigos, ¿verdad?
—No, hoy no. Mi amigo Gael se escapa de fin de semana romántico. Se nos ha enamorado, nadie es perfecto.
Nos reímos.
—Pues podrías venirte un ratito a leerme más de esos poemas. Y te prometo que te hago café, ¡un perolo entero de café!
—Mmm..., qué bien suena: noche de café y poemas.

27 may 2013

Psicopatizando

  Futuro de Javier Avi

El padre lanzaba al medio del mar, desde una pequeña barca de pescador, al violador y asesino de su hija, un chaval maniatado de no más de 16 años que suplicaba perdón. La pantallá se volvió negra y, todavía con el rumor de las olas de fondo, aparecieron los créditos de la película. Me quedé inmóvil en mi sofá con la vista fija en el televisor y con la certeza de que yo hubiera hecho lo mismo. ¿En qué me convertía aquello? Me levanté con torpeza, apagué la televisión y me preparé un café a pesar de ser casi las dos de la mañana. Con la cafetera sobre la vitro pensé en Joan y en lo mucho que lo echaba de menos, su vuelta a Barcelona me estaba costando, sobre todo que la decisión la hubiera tomado una crisis que poco tenía que ver con nosotros, un criador de caracoles y una profesora.
—Lo mataría —dije en voz alta—. Al mar.
Aunque supongo que no lo ataría, no, que tuviera la oportunidad de nadar, de nadar a ninguna parte, con su traje y con esas gafas que le hacen la cara todavía más de tonto. Desde la barca lo saludaría con ceremoniosidad, nada, idiota, le diría, nada, a ver si consigues llegar a alguna parte. Pondría en marcha el motor de la barca y me alejaría sin dejar de saludarlo.
—Se está riendo de todos nosotros —volví a decir en voz alta.
Él y toda su tropa de corruptos farsantes, de necios inmorales, de asesinos impolutos. Hace ya tiempo que nos tiraron al mar y a quí estamos, yendo a ninguna parte, tan agotados que ni gritar podemos.
—Hijos de puta...
El gorjeo del café me sacudió la imagen de golpe. Me serví un vaso y, después de leer cerca de una hora, me metí en la cama.
A la mañana siguiente salí de casa cargada con el denso sueño del que tan solo ha dormido tres horas. Bajé las escaleras y al pasar por el segundo piso, la puerta de mi vecina Guillermina se abrió.
—Ay, hija mía, sabía que eras tú por esa manera tan torpe que tienes de bajar las escaleras.
Guillermina tenía 84 años. Le sacaba la basura y le hacía los recados, porque sus hinchadas piernas poco le permitían moverse.
—Anda, guapa, que te voy a dar 5 euros y cuando te vuelvas de trabajar me traes una botellita de aceite, ¿eh?
Guillermina abrió su monedero y me ofreció el billete.
—Que no, mujer, que no gaste dinero, guárdelo, que le voy a dar yo una. ¿No ve que el fin de semana pasado fui para Bilbao y mi madre me carga de aceite, café y embutidos? Es muy triste pero como están las cosas, siempre me prepara una bolsa para que me traiga, así ahorro en súper.
—¡Oye, que no!, ¿eh? ¡Faltaría más! Que eso tu madre te lo da para que lo gastes tú, no la vieja del segundo.
—Pero, Guillermina, si desde que se fue Joan no gasto nada. Él sí, con sus croquetas, pero yo ni sé hacerlas. No se preocupe, de verdad, cuando vuelva de la uni le bajo una botella.
—Bueno, bueno, pues..., gracias, hija, qué buena eres, un sol, eres un sol...
—No se crea, ¿eh?, que últimamente me afloran deseos asesinos.
—¡Uy, uy, uy, no te preocupes, bonita! Mira, yo desde que está este gobierno —dijo bajando el tono de voz casi a un susurro—, a más de uno lo tiraría al mar...
La besé con media sonrisa y bajé las escaleras. Al salir del portal abrí el paraguas, porque últimamente no paraba de llover en Madrid.


17 may 2012

Basura


Woman fallen in the garbage bin

Elvira pegaba el segundo trago a un Ossian 2009, mientras daba vueltas, con una cuchara de palo, a la cazuela de arroz con leche que estaba preparando. Dejó la copa en la encimera y miró la botella. Sonrió. Cómo se alegraba de tener amigos tan espléndidos como Gael. Las cosas no le estaban yendo demasiado bien, pero aquel momento en la cocina lo compensaba todo.
―¡ELVIRAAAAAAAA!
El grito que ascendió por el hueco de la escalera hizo que Elvira se precipitara a abrir la puerta de la calle, y se asomara a la barandilla del descansillo.
―¿Guillermina? ―preguntó al ver a la vieja del segundo mirar hacia arriba desde su rellano.
―¡La basura, hija mía!
―Ay, coño, la basura… ―farfulló mientras entraba de nuevo en casa. Apagó la vitrocerámica, cogió las llaves, salió y, tras cerrar la puerta, bajó las escaleras de dos en dos.
―Pero, hija mía, si son casi las diez de la noche…―recriminó la anciana a Elvira, cuando ésta ya hubo llegado al segundo piso.
Guillermina Barroso tenía 83 años y era la vecina del segundo izquierda. Vivía sola y Elvira  le sacaba la basura los martes, jueves y domingos para que ella no tuviera que andar subiendo y bajando esas viejas y desniveladas escaleras.  Desde que murió su abuela, Elvira encontró en Guillermina a ese alguien a quien querer porque sí.
―Que se me ha pasado, Guillermina, que ando fatal de la cabeza…
―Pues haberme dicho y habría avisado a Felipe. Bueno, ahora bájame la basura que ando inquieta, no vaya a ser que pase el camión.
Elvira cogió la bolsa, echó un suspiro, miró a la vieja y se apoyó en la barandilla con gesto de derrota.
―Guillermina, ¿conoce esa sensación de haber dejado las ventanas abiertas de casa para ventilar, marcharse a hacer unos recados y al volver encontrarse con que está todo patas arriba? Usted sólo quería refrescar la casa y el viento se la desbarajustó por completo.
―Yo si salgo a los recados lo cierro bien todo, que nunca se sabe.
―¿Pero me entiende?
―Hay que ser más precavida, hija mía.
―Eso debe ser. Hoy visité a una amiga cuando salí de la universidad, y me ha tenido un buen rato tocando el timbre. ¿Por qué no me abrías?, le he dicho. Mujer, estaba hablando por teléfono, además ¿qué han sido, tres minutos? ¡Sí, tres minutos!, y me parece ya mucho. Porque ¿qué haces delante de una puerta durante tres minutos?, ¡nada, sólo mirarla!, ¡esperar a que alguien te abra!, ¡es un tiempo perdido! No sé, a veces me da la sensación de que llevo toda la vida esperando a que alguien me abra la puerta… ¡Pero sólo me encuentro portazos! ―Hizo una pausa. Miró a Guillermina y comenzó a hablar en un tono más relajado―. Ayer leí una crítica a mi novela que decía: “nunca imaginé que una chica de Bilbao pudiera ser tan banal”. Es decir, que si hubiera sido de Murcia podría ser banal tranquilamente, pero siendo de Bilbao, ay, no, no, no, ¡eso sí que no! Guillermina, explíquemelo, porque no lo entiendo. Y así con todo. Me doy cuenta de que la gente te va coartando estableciendo sus propias reglas. Bilbao y banal, no casan, señores, por lo tanto Elvira Rebollo es una pésima escritora. ¡Si lo llego a saber le habría pedido a mi madre que me pariera en Cuenca! ―Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró de nuevo―. Mi psicoanalista dice que debo tomar la responsabilidad de mi vida, y llevo año y medio intentándole explicar que lo que quiero es delegar, porque estoy agotada, agotada de que no me abran la puerta. No sé, supongo que él también pensará que soy banal, aunque no creo que ponga como excusa lo de Bilbao. Banal sin más, por las tonterías que le cuento. A veces, cuando estoy en su consulta tengo miedo de que explote, porque esto de alimentarse del dolor ajeno no puede ser bueno, ¿verdad? Lo convierte en una persona muy poco humana. En una piedra. La piedra de la paciencia. ¿Lo ha leído?, yo tres veces, se lo tengo que dejar, Guillermina, se lo tengo que dejar... Creo que es uno de mis libros favoritos, y La ciudad y los perros, y La campana de cristal, sí, también. Te deja sin aliento. Pobre Esther, pobre Sylvia… ―Dejó la bolsa de basura en el suelo y miró la puerta de la derecha―. Vaya, si Felipe sigue escuchando la tele tan alta, se va a quedar sordo. Yo prefiero la música. Antes, justo antes de bajar, preparaba arroz con leche, y escuchaba a Nina Simone. A Etienne, ya sabe, el novio francés que tuve, ya le he contado varias historias de él, pues bueno, a Etienne le encantaba Nina Simone, quizá por eso la estaba escuchando hoy. Me he dado cuenta de que desde que me dejó, me paso la vida buscando un sustituto, y luego, cuando lo encuentro, me paso la otra media pensando en cómo dejarlo. Porque me aburren. Guillermina, de verdad, ¡me aburren soberanamente! Lo siento, pero es así. Etienne tenía las tres únicas cosas que pido en un hombre: inteligencia, sentido del humor y que luego en eso, ya sabe, en el tema, vamos, en el trikitriki, sea un genio. Y Etienne lo era. Me dejó dos veces inconsciente, ¡inconsciente! ―Inspiró profundamente y se retiró todo el pelo hacia atrás―. La gente dice chorradas como que lo más importante en un hombre es que sea buena persona y que te quiera, ¡pues para eso me compro un perro! ―Chasqueó la lengua―. Aunque mira, igual ése es mi problema, porque no espero a que me quieran. Me conformo con querer sólo yo, y eso no puede ser, ¿verdad? No, no puede ser, así me va…, así me va…, llamando a puertas que nunca se abren, mientras, tonta de mí, me dejo todas las ventanas abiertas. No sé ―Pausa―. De verdad que no lo sé, Guillermina… ―Otra pausa―. Pero usted me entiende, ¿no? ¿Me entiende o no me entiende, Guillermina?
―Pues qué sé yo, hija mía, pero ¿me vas a bajar la basura o le aviso a Felipe?