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27 may 2013

Psicopatizando

  Futuro de Javier Avi

El padre lanzaba al medio del mar, desde una pequeña barca de pescador, al violador y asesino de su hija, un chaval maniatado de no más de 16 años que suplicaba perdón. La pantallá se volvió negra y, todavía con el rumor de las olas de fondo, aparecieron los créditos de la película. Me quedé inmóvil en mi sofá con la vista fija en el televisor y con la certeza de que yo hubiera hecho lo mismo. ¿En qué me convertía aquello? Me levanté con torpeza, apagué la televisión y me preparé un café a pesar de ser casi las dos de la mañana. Con la cafetera sobre la vitro pensé en Joan y en lo mucho que lo echaba de menos, su vuelta a Barcelona me estaba costando, sobre todo que la decisión la hubiera tomado una crisis que poco tenía que ver con nosotros, un criador de caracoles y una profesora.
—Lo mataría —dije en voz alta—. Al mar.
Aunque supongo que no lo ataría, no, que tuviera la oportunidad de nadar, de nadar a ninguna parte, con su traje y con esas gafas que le hacen la cara todavía más de tonto. Desde la barca lo saludaría con ceremoniosidad, nada, idiota, le diría, nada, a ver si consigues llegar a alguna parte. Pondría en marcha el motor de la barca y me alejaría sin dejar de saludarlo.
—Se está riendo de todos nosotros —volví a decir en voz alta.
Él y toda su tropa de corruptos farsantes, de necios inmorales, de asesinos impolutos. Hace ya tiempo que nos tiraron al mar y a quí estamos, yendo a ninguna parte, tan agotados que ni gritar podemos.
—Hijos de puta...
El gorjeo del café me sacudió la imagen de golpe. Me serví un vaso y, después de leer cerca de una hora, me metí en la cama.
A la mañana siguiente salí de casa cargada con el denso sueño del que tan solo ha dormido tres horas. Bajé las escaleras y al pasar por el segundo piso, la puerta de mi vecina Guillermina se abrió.
—Ay, hija mía, sabía que eras tú por esa manera tan torpe que tienes de bajar las escaleras.
Guillermina tenía 84 años. Le sacaba la basura y le hacía los recados, porque sus hinchadas piernas poco le permitían moverse.
—Anda, guapa, que te voy a dar 5 euros y cuando te vuelvas de trabajar me traes una botellita de aceite, ¿eh?
Guillermina abrió su monedero y me ofreció el billete.
—Que no, mujer, que no gaste dinero, guárdelo, que le voy a dar yo una. ¿No ve que el fin de semana pasado fui para Bilbao y mi madre me carga de aceite, café y embutidos? Es muy triste pero como están las cosas, siempre me prepara una bolsa para que me traiga, así ahorro en súper.
—¡Oye, que no!, ¿eh? ¡Faltaría más! Que eso tu madre te lo da para que lo gastes tú, no la vieja del segundo.
—Pero, Guillermina, si desde que se fue Joan no gasto nada. Él sí, con sus croquetas, pero yo ni sé hacerlas. No se preocupe, de verdad, cuando vuelva de la uni le bajo una botella.
—Bueno, bueno, pues..., gracias, hija, qué buena eres, un sol, eres un sol...
—No se crea, ¿eh?, que últimamente me afloran deseos asesinos.
—¡Uy, uy, uy, no te preocupes, bonita! Mira, yo desde que está este gobierno —dijo bajando el tono de voz casi a un susurro—, a más de uno lo tiraría al mar...
La besé con media sonrisa y bajé las escaleras. Al salir del portal abrí el paraguas, porque últimamente no paraba de llover en Madrid.


7 dic 2012

De otro planeta



 Los marcianos de Javier Avi

Era domingo por la noche. Estaba tumbada en el sofá de mi pequeña buhardilla madrileña. A mí lado Joan y enfrente un hombre en la televisión que aseguraba haber visto a los extraterrestres. Según su versión, apareció una gran nave espacial tras la colina en la que estaba acampado. De la nave bajaron tres seres luminosos de más de dos metros de altura, con cabeza en forma de balón de rugbi. Largos brazos hasta la rodilla y de enormes ojos negros. Sin orejas, nariz y boca. Los seres se acercaron a él y emitieron un fuerte sonido agudo que lo dejó inconsciente.
—¿Esquizofrenia? —pregunté.
—Hongos alucinógenos —contestó Joan.  
A la mañana siguiente comenté a mis alumnos lo que había visto en la televisión y les pedí su opinión. Enseguida se formó un gran debate desordenado, así que decidí organizar la clase en dos grupos asignándoles un rol forzado, uno a favor y otro en contra de este tipo de avistamientos. Debían defender su postura, la creyeran o no. El resultado fue divertidísimo, con ingeniosos comentarios y originales puntos de vista. Lo curioso fue comprobar cómo, después de 20 minutos de discusión, la opinión pareció unificarse. Todos estaban de acuerdo en que existían otros planetas. Que los extraterrestres nos hubieran visitado era algo muy discutible, pero que existían y que eran muy diferentes a nosotros era, según ellos, incuestionable. La clase terminó y me despedí agradeciéndoles su enorme participación. En el metro de vuelta a casa, dibujé mentalmente a unos supuestos extraterrestres visitando mi buhardilla.
—¡Son granates y bajitos! —grité al abrir la puerta. Joan levantó la cabeza de su ordenador y se rió, la loca acababa de llegar a casa—. Los extraterrestres de Chamberí —aclaré—. Están a puntito de aterrizar con su nave espacial en nuestro tejado.
—Nena, pues, de momento, los únicos que te visitarán son los de la Agencia Tributaria. Toma —dijo ofreciéndome una carta—, nueva notificación de Hacienda.
—¿Otra vez? No me jodas…, pero ¿qué coño quieren de mí si no tengo un euro?

Mes y medio atrás, me había llegado una primera notificación en la que me explicaban que el proceso de la devolución de mi renta se paralizaba hasta que no comprobaran de nuevo los papeles del alquiler del piso. Me pedían que entregara, otra vez, antes de diez días hábiles, el contrato de alquiler, las mensualidades y la copia del Ivima en la que se verificaba que el arrendador había declarado la fianza.
—Jacobo, oye, soy Elvira, tu inquilina.
—Hola, Elvira, ¿cómo estás?
—Muy bien, pero te llamo para ver si me puedes hacer una copia del Ivima. Del papelito que te dieron cuando declaraste la fianza. No sé por qué, pero Hacienda me la pide para la deducción del alquiler.
—No, no la declaré.
—Ya…
—Intenta solucionarlo sin que tenga que declararla. En el Ivima se forman colas interminables y me da mucha pereza ir allí. Venga, Elvira, pasa un buen día.
Click.
Así que pasados tres días, metí en un sobre la copia del contrato de alquiler, las mensualidades y un justificante en el que se indicaba que el arrendador no había declarado la fianza en el Ivima, y lo mandé a la oficina de la Agencia Tributaria de Madrid.

—¡¿Qué?! —exclamé al leer la nueva notificación.
Según el artículo 8 del Derecho Legislativo 1/2010, si no se ha efectuado el depósito de la fianza no puede aplicarse la deducción por arrendamiento de la vivienda habitual, aunque el arrendatario haya satisfecho la fianza del arrendador.  De tal manera se penaliza al arrendatario con un importe que asciende a 467’82 euros.
—¡¿Me están tomando el pelo?! ¡¿En qué país vivimos?! ¡¿Me penalizan a mí por el pufo de otro?! ¡Esto es inmoral! ¡INMORAL! ¡IN-MO-RAL!
Aunque pareciera imposible, conseguí tranquilizarme, y en cuanto lo hice llamé a Ángeles, una amiga que es abogada y lleva una gestoría. Me pidió un par de días para intentar averiguar qué se podía hacer.
—Nada —me dijo, por teléfono, dos días después.
—Ángeles, es una broma, ¿verdad...? —contesté desplomándome en el sofá.
—Lo he intentado todo, pero nada. El arrendador sale de rositas y el arrendatario carga con la penalización por ley. Supongo que tu casero ya lo sabía y te cargó con el muerto.
—Pero ¿qué me estás contando…? —Del sofá me desplomé al suelo.
—Elvi, mira, mi único consejo es que le propongas que esta penalización te la descuente de tu próximo mes de alquiler. Es lo más justo y lo tiene que entender. No se me ocurre nada más, lo siento, cariño.
Esa misma noche le escribí un email a mi casero informándole de la última notificación de Hacienda y le propuse la idea de Ángeles.
Con cierto optimismo me fui a la cama. Tenía razón mi amiga, mi casero lo iba a entender. Claro, era de cajón, si Jacobo es un poco refunfuñón pero es un buen tío. Lo iba a entender, seguro. Es una persona, una persona con capacidad de entendimiento, entonces no había nada de qué preocuparse, Jacobo descontaría la penalización del alquiler, era de cajón, lo iba a entender, es una persona.
A la mañana siguiente bebía mi primera taza de café, mientras Joan se duchaba, cuando mi móvil sonó. Pude ver en la pantalla Jacobo ksero, e ilusionada atendí la llamada.
—Hola, Jacobo, buenos días.
—Vamos a ver, Elvira, vamos a ver... Acabo de leer tu email y no sé si me estás tomando el pelo, porque me estás tomando el pelo, ¿verdad?
—¿Cómo…? —pregunté mientras miraba desencajada a Joan que, en ese momento, salía del baño.
—¡Tú te crees que yo soy idiota! ¿Cómo te voy a descontar 467 euros del alquiler del próximo mes?
—Pues, bueno, considero que es injusto porque fue tu culpa cuando…
—¿Mi culpa? ¿Tú crees que la ley te va a penalizar a ti si la culpa es mía? Aquí la única responsable eres tú, y por eso la Agencia Tributaria decide que seas tú la que pague. No hay nada más de qué hablar. Se acabó el tema. Venga, Elvira, pasa un buen día.
Click.
Atónita dejé el móvil sobre mi escritorio y, con lentitud, me di la vuelta y miré a Joan. Al verme tan alucinada, me preguntó preocupado:
—Pero, nena, ¿quién era?
—Los extraterrestres…

9 sept 2012

Zapatos rotos



 Zapatos rotos de Javier Avi

―Jodeeeer… ―dije recogiendo del suelo la mitad de la suela de mi sandalia. La metí en el bolso y, cojeando, caminé las 4 manzanas que me separaban de mi casa.
―¡Me ha vuelto a pasar! ―grité cerrando la puerta.
Joan, que estaba subido a un taburete frente a la claraboya, me miró y se rió al verme con el pie desnudo.
―¿Qué haces ahí arriba? ―pregunté después, dejando el bolso en el sofá y descalzándome el otro pie.
―Te presento mi mesa de calco, ¿ves?, ¡es perfecta! Coloco los dibujos aquí y con la claridad los copio ―dijo mostrándome varios folios pegados con celo sobre la ventana del techo.
Joan se había mudado a Madrid. Oficialmente vivíamos juntos desde hacía casi un mes. Decidió darse una oportunidad con el dibujo. Dejó su criadero de caracoles en manos de su hermano, y se matriculó en una escuela de arte, donde tomaba 20 horas semanales de ilustración tradicional. En casa, se había apropiado de la mesa de la cocina, así que ahora comíamos sobre cojines en el suelo del salón; del flexo de la cama que había colocado sobre la campana de la cocina, encima de su mesa de dibujo, así que ahora teníamos que levantarnos para apagar o encender la luz desde la cama; y de la claraboya, así que ahora miraríamos las nubes a través de sus personajes de ficción.
Y así estábamos viviendo en 30 m², con nuestras mierdas varias, como dice él, tú con tus cuentos y yo con mis monigotes, si es que la Primi nos tiene que tocar, ¿no, nena?
Pero como de momento no nos había tocado, Joan bajó del taburete, sacó el Super Glue de la caja de herramientas y pegó por tercera vez, en un mes, la suela a mi sandalia.
―Tienes que comprarte unas nuevas ―dijo.
Sí, tenía que. Había muchas cosas que tenía que hacer, pero que la falta de dinero no me lo permitía. Le dije que sí con la cabeza, cogí la sandalia ya pegada y la puse junto al ventanuco del baño para que se secase.
Al día siguiente, el despertador sonó a las 7.20. Joan me empujó de la cama, gemí y me arrastré hasta la ducha. Cuando salí, el café estaba preparado. Me vestí, me puse la sandalia buena y la que estaba pegada y salí, despidiéndome de Joan bajándole los calzoncillos. La broma se la repetía cada día, así que con la  resignación habitual, me dijo adiós con sus encantos al aire, desde la puerta. Me reí como una idiota y bajé las escaleras.
Di las clases comprobando, cada dos por tres, que la suela siguiera en su sitio. Respiré aliviada cuando se terminó mi jornada en la universidad y sobre mis pies había todavía sandalias.
Llegando a casa, al salir del metro, ayudé a una mujer a bajar, por las escaleras, el carrito de bebé, y fue en una de estas, cuando entre el: ¿puedes?, sí, sube, espera, no, no, baja un poco, hacia adelante, un poco más, oí el zash-clack. Terminé de bajar el cochecito, le dije adiós a la mujer y al subir de nuevo las escaleras del metro, cogí en el cuarto escalón la suela de mi sandalia. La metí en el bolso y con delicada dignidad cojera, por no decir cojonera, salí del metro. En la calle, me paré ante el escaparate de una tienda china de ropa.
―Hola ―dije al entrar.
―Hola ―me dijo el chino detrás de la caja registradora.
―¿Las sandalias negras del escaparate cuánto cuestan?
―Negras, 7 euros.
―Ya, ¿me las puedo probar?
―Probar, sí. Número.
―El 35.
―No 35, negras no 35.
―Pues, ¿qué color 35? ―Creo que empezaba a hablar como él.
―35 color amarillo y 35 color rojo, no negro 35. Negro no.
―Bueno, las rojas entonces.
Me las probé y me gustaron, así que le dije que me las quedaba. El hombre las colocó sobre el mostrador, mientras marcaba el precio en la máquina.
―7’95 euros ―me dijo.
―¿Cómo que 7’95? ¡Eran 7 euros!
―Negro, 7 euros. Color rojo, 7’95 euros.
―Te doy 7 euros.
―Negro, 7 euros, color rojo, 7’95 euros.
―¡Es injusto! ―grité. Sí, era muy injusto que el IVA hubiera subido el 3%, que Hacienda se retrasara tanto en mi devolución, que el I.R.P.F hubiera pasado del 15% al 21%, que me hubieran subido el alquiler del piso, que mi jefa no me pudiera prometer clases para otoño, que la editorial no me hubiera pagado todavía los derechos de autor, y que la nevera siguiera vacía a pesar del talento de Joan.
― Negro, 7 euros, color rojo, 7’95 euros.
―Sí ―dije, porque igual de injusto era para mí como para aquel hombre. Le di 8 euros y yo misma metí las sandalias en la bolsa de plástico que me había ofrecido. Dije adiós y, cuando me iba a marchar, el comerciante repitió:
― Negro, 7 euros, color rojo 7’95 ―y arrastró una moneda de cinco céntimos por el mostrador, hasta dejarla frente a mí―. Vuelta, coger vuelta.
Llegué a casa semi descalza, con unas sandalias rojas de 7’95 en una bolsa de plástico y una moneda de 5 céntimos en el bolsillo del pantalón. Joan, subido en su taburete, me vio entrar.
―Pero, tontaca, ¿otra vez? Pues no sé si queda Super Glue.
―No importa, si quedan huevos, nos hacemos una tortilla.

13 jun 2012

En crisis, sí, pero con amor


Blue Man Group and Venus Hum I feel Love

Elvira esperaba sentada en una silla frente a un pequeño escritorio. El despacho era de Gloria Sampere, coordinadora de estudios en la academia de idiomas Spanish Lessons Track-Madrid. Qué ridículos sonaban todos los nombres de centros de idiomas, pensaba Elvira.
―Perdona, Elvira, por este pequeñísimo retraso ―dijo la coordinadora entrando por la puerta a paso ligero y con la mano ya estirada para saludar a la joven. Elvira llama a este tipo de mujeres: las thermomix, porque se empeñan en hacerlo todo de golpe, para no perder tiempo. Ella es más de a fuego lento.
―No pasa nada ―contestó. Se levantó y le dio la mano, después se volvió a sentar.
―Bueno, vamos a ver. Elvira Rebollo, aquí te tengo ―dijo rescatando de una montaña de papeles el currículum  de ésta―. Vale, pues sí, efectivamente tienes una formación extraordinaria y, bueno, veo que tu experiencia es extensísima, ¿no? A ver, China, Cuba, Francia, sí, sí, sí… Singapur, Estados Unidos y... a ver ―decía sin levantar la vista de las dos hojas―, ahora mismo estás en dos universidades en Madrid, ¿verdad?
―Sí, lo que pasa que en verano no hay cursos, entonces me estoy buscando un poco la vida y…
―Claro, claro, porque el profesor de español es ese ente que divaga, ¿verdad?, por el espacio docente con el sambenito de la maldita enseñanza no reglada. ¿Que qué significa? Libertad para que cada centro ponga sus reglas, pague lo que quiera y extienda contrato siempre y cuando le venga bien. Nosotros no te vamos a hacer contrato, Elvira.
―Ya, no os viene bien.
Gloria se rió y luego añadió:
―Las cosas son así.
―Ya.
―Como te dije por teléfono nos interesas por tus tres años en China. Porque tenemos ahora mismo tres grupos intensivos para estudiantes chinos, y queremos que los lleves tú.
―¿Los tres?
―Los tres. Cada intensivo es de tres horas diarias. Suficiente, porque son iniciales absolutos, si les metemos más horas, los reventamos.
―Pero, perdona ―Agachó la cabeza, se llevó la mano a la frente y se rió un poco nerviosa―. Es que en ese caso, estamos hablando de que voy a dar 9 horas de clase al día.
―Efectivamente. Es un favor que te hacemos.
Elvira abrió los ojos como platos.
―¿A mí? ―Se moría por saber qué entendían por favor.
―No sé si te lo comenté, si no te lo comento ahora y ya está. Mira, la cuestión es que pagamos a 7 euros la hora. Así que te damos la oportunidad de trabajar hasta 9 horas diarias para que te hagas con un salario más o menos rentable, ¿me entiendes? Pero no lo comentes mucho por ahí, porque esto lo hacemos un poco, porque, a ver, comprendemos el currículum que tienes, y nos parece lo más justo.
Pero Elvira ya no estaba allí para contestar. Su cuerpo sí, pero su cabeza había volado hacía rato. Desde bien pequeña tenía el recurso de ahogarse en alguno de sus recuerdos para no sufrir el momento. Y Elvira recuerdos tiene muchos. Siempre piensa que de ser cierto eso de que al morir toda tu vida pasa por delate de tus ojos, en su caso se debería morir por lo menos tres veces, para que le diera tiempo a verlo todo.
Estaba en Las Vegas. Acababa de entrar con su amiga Cristina al teatro del Hotel The Venetian. Recordó que al sentarse Cristina hizo un gesto de dolor. El tatuaje, que se había hecho la noche anterior, le molestaba. Dos dados en movimiento, dibujados en su ingle, era el recuerdo que se llevaba de la ciudad del pecado. Elvira también, se tatuó un lunar en el antebrazo izquierdo, siempre fue muy lanzada. Revivió el nerviosismo con el que las dos amigas se colocaban el impermeable de plástico, que les habían ofrecido en la entrada, y se sacaban fotos con el móvil. Las luces se apagaron y con un estallido de focos fluorescentes, el escenario se iluminó y Blue Man Group hizo su aparición. Vio, de nuevo, a los tres hombres azules golpear tuberías en charcos de colores. Recordar el ritmo de la percusión le agitó el corazón.
―… los grupos serán de 24 ó 25 estudiantes. Sé que son muchos, pero subdividirlos significaría pagar a otro profesor y eso, en estos momentos, es inviable…
A Elvira se le iluminaron los ojos al visualizar, otra vez, el parpadeante  vestido de Annette, la voz de Venus Hum. Ya estaba en el escenario con Blue Man Group y la versión de I Feel Love inundaba el teatro entero.
―…no hay presupuesto para fotocopias, por lo tanto, bueno, no sé si tendrás impresora en casa o si no, te tendrás que conformar con utilizar ejercicios únicamente del manual…
Ooh, it’s so good, it’s so good, it’s so good…, ooh I’m in love, I’m in love, I’m in love…, I feel love, I feel love, I feel love…
―… el manual te lo prestaremos, pero no puedes escribir nada en él, porque en cuanto terminen los cursos, lo deberás devolver…
Ooh, fall and free, fall and free, fall and free… Las dos amigas se perdían entre el papel higiénico que caía del techo. Metros y metros de papel. Carcajadas y gritos… Ooh, you and me, you and me, you and me…
―…entonces, pues no sé, si no tienes preguntas, me gustaría saber si te interesa ―Silencio―. ¿Aceptas las condiciones? ―Silencio―. ¿Elvira?
Elvira la miró sin expresión alguna, extendió los brazos en cruz, alzó la vista y:
―¡I feeeeel looOOOÔÔÔôôooOOÔÔVE!
―¿Eso es un sí…?

6 feb 2012

Malos tiempos para la lírica

 Writer de Joe Sorren

―Que no, que no me han pagado ―repetí a Fer.
―Hostia tú, pero si es una editorial de la leche. Pero a ver, ¿qué te han dicho?
―Nada. Cuando me pidieron trabajar con ellos como correctora, ya me dijeron que no me harían contrato, bien, bueno, que sería como una colaboración, vale. Se terminó la colaboración el 13 de enero y se supone que para el 20 ya me habrían ingresado el dinero, pero ya ves. No he visto un duro.
―¡Pues llámalos! ―dijo golpeando la caña sobre la barra del bar.
―¡Ya lo hice!
―¿Y?
―Y nada, que estuviera tranquila, que las cosas de Recursos Humanos van muy lentas.
―Joder… ―murmuró sin dejar de mirarme. Pegué un trago a mi cerveza y le sonreí con desgana―. La culpa la tienes tú, que lo permites.
Tócate los huevos, Manolito. El burguesito ha hablado.
―¿Qué quieres que haga? ―pregunté molesta.
―Nada. No hagas nada, como hasta ahora, que se te da muy bien. Sigue poniendo buena cara a los no pagadores y luego a llorar tus penas a los amigos y, ya de paso, que te inviten a cervezas.
Mi querido Fernando Gorosabel. Nos conocimos en la carrera. Más concretamente en la quinta clase de Lexicología. Le pedí los apuntes de los cuatro primeros días. No me los dejó. Imbécil. Tres meses después, de forma involuntaria, compartíamos grupo en Cultura Grecolatina y al año, más voluntariamente, nos habíamos acostado un par de veces. Cuatro años después la carrera se terminó. Yo estudié periodismo y emigré a China, porque me consideraba comunista, hoy en día vivo en Madrid, creo que soy profesora, y adoro el capitalismo, aunque no tenga ni un mísero euro que gastar. Él hizo un máster en biblioteconomía, emigró a Madrid, escribió poesía, dio clases particulares, escribió poesía, trabajó en la Casa del Libro y escribió poesía. Hasta que hace cinco años conoció a Lucía, se casaron hace dos, dejó de escribir poesía y montó una editorial con el dinero de su suegro.
―¿Y tú, qué haces, Fer?
Giró la cabeza, se chupó el labio de abajo y cruzando los brazos me preguntó, volviéndome a mirar.
―¿Y las clases en la universidad?
―Las cosas están feas este cuatrimestre. Hay recortes, sobra gente, y… pfff, Lola hace todo lo posible, pero ya no sabe ni qué decirme. Fui la última en entrar, así que imagino que seré la primera en salir…
―¿Necesitas pasta, Elvi?
―Contaba con el dinero de la editorial, joder, les he colaborado dos meses, tío, dos meses.
―¿Necesitas pasta?
Negué con la cabeza baja. Hacía una semana había llamado a mi madre. Me tomé cinco valerianas de golpe y me estrujé el móvil contra la oreja. Necesito dinero, ama, las cosas no me van bien… ¿Cuánto necesitas? El alquiler de este mes, contesté llevándome la mano a la cara. Me froté los ojos y le pedí perdón, le prometí devolvérselo lo antes posible y le expliqué que la culpa no era mía, lo cierto es que no sé ni lo que le estaba diciendo. Bien, bien, tranquila, hija, pero no me chilles. ¡¡¡No te estoy chillando!!!
Bueno, igual un poco sí, a veces las valerianas tardan en hacer efecto. Además, como hija, me creía con el derecho absoluto de proyectar mi frustración sobre ella. Y ella como madre, de aguantar, imagino, no lo sé.
―Venga, Elvi, ¿un par de cañas más? Así me cuentas cómo va tu segunda novela ―propuso Fer.
Le sonreí y, como si aquella conversación no hubiera tenido lugar, comencé a explicarle, apasionadamente, los problemas que me estaba dando un narrador no identificado en una trama con tanta carga psicológica.
―Fer, ¿en qué piensas? ―pregunté, parando en seco mi discurso, al verle que me miraba mudo y sonriente, como un tarado iluminado.
―¿No crees que mañana puede ser un buen día para volver a escribir poesía?

6 sept 2010

Café de abuela

—¿Crisis? —repitió mi abuela.
—Crisis —reafirmé yo.
—¿Crisis de qué?
—Crisis de ser y estar, de… de tener crisis cuando ya… no sé, cuando ya ves, que eso, que pasas de los treinta y…
—¡Ay, pitxin!, ¡¿y yo?!, ¡¿qué tendré que decir yo que paso de los ochenta y siete?!
—Bueno, sin desmerecer a nadie, abuela —dije con teatral seriedad—, que aquí hay para todos: tú tienes la crisis de los ochenta y siete.
Mi abuela se tronchaba de risa recostada en su butaca. Había dos. Una butaca junto a la otra. La otra estaba vacía, era la de mi abuelo que había muerto hacía casi un año. Pero yo seguía viéndolo allí sentado, refunfuñando a la tele porque la derecha no decía más que mentiras y los socialistas actuales no eran como los de antes, nunca se vivió mejor como en tiempos de la República, decía siempre frotándose la calva. Yo me solía sentar en el sofá de tres plazas, en la parte de la derecha para tener a mi abuela cerca y así poder cogernos de la mano sin esfuerzo.
—Abuela, en serio, a ver —mi abuela me miró secándose las lágrimas con el pañuelito que tenía camuflado en la manga del jersey, porque mi abuela siempre lloraba de risa, y ni tan mal, porque mucho peor era cuando se meaba—, pasas de los treinta y ¿qué tienes después?
—Pues… primero 31 y luego 32 y 33 después, y… y… 34, 35… así hasta los 87 —se relamió los labios y dejó que me riera de su tontería mientras la llamaba loca—.Te voy a hacer café, a ver si así se te pasa tanta crisis.
La acompañé hasta la cocina, me senté en uno de los taburetes y retomé la conversación.
—Tienes dos opciones, ¿vale? —Mi abuela asintió con la cabeza mientras llenaba de agua la cafetera italiana—. Una: casarte, tener hijos e ir a la playa con tu madre.
Mi abuela soltó una inmensa carcajada.
—¿Cómo es eso? ¿Sólo puedes ir a la playa con tu madre? —añadió sin parar de reírse.
—Te lo juro, debe ser algo de la oxitocina, que hace que veas a tu madre como la mejor compañía playera, bueno… playera, casera, parquera, porque las primerizas no se despegan de las madres. Están ahí, ahí, ahí —escenifiqué entrelazando con fuerza mis propias manos—, solapadas en un sólo ser. ¡Por favor, qué cansino!
—Mujer, es que las madres ayudan… —dijo mi abuela aguantando la risa.
—¡La mía no!
Mi abuela se rió pero enseguida intercedió:
—Qué mala eres, pitxin, tienes una madre… una madre como pocas.
—Eso te lo aseguro —dije irónicamente torciendo el morro—. Vamos —continué—, que tu vida se torna a papillas, paperas, sacaleches, la silla de la playa porque, por culpa de la oxitocina, de repente tampoco te puedes llenar de arena, el cubo y la pala para tu hijo y el socavón para enterrar a tu madre ¡para ver si así se calla!
Había cogido carrerilla histérica pero tuve que parar en seco porque mi abuela estaba en pleno ataque de risa y parecía, en esta ocasión, que sí, que sí, que se iba a mear.
—Corre, abuela, que no llegas —le decía empujándola desde atrás con un dedo por el pasillo mientras ella se retorcía de pis. Le abrí la puerta del baño y esperé fuera mientras le gritaba—: ¿Llegaste?, ¿abuela, llegaste?
—¡Te voy a matar!
No llegó.
—Espera que te traigo muda limpia —le grité de nuevo.
La esperé en la cocina mientras se cambiaba. Al de un ratito entró haciéndome el gesto con la mano que me iba a pegar. Me reí, siempre estábamos igual.
Puso la cafetera en el fuego, se frotó las manos en el trapo que tenía colgado de un lado de la cintura y se sentó junto a mí.
—Bueno, hija, pues ni te cases ni tengas hijos, ¡hala, soluciona’o!
—¡Uy, eso es mucho peor! Porque entonces pasamos a la opción dos —mi abuela me miraba con inquietud—. Bueno, más que una opción es una enfermedad, ¡no, no, no!, es un síndrome, sí, sí, eso, es el Síndrome de Anita Obregón.
Y como si un tatachán acompañara a dicha afirmación, la cafetera empezó a pitar, el café había subido. Las dos la miramos. Me levanté y la retiré del fuego. Tomé dos tacitas del armario de detrás de la puerta y seguí explicándome:
—Ya sabes, que pasan los años y tú te sigues creyendo un bomboncito de 20 años, pero no lo eres aunque, gracias a Amancio Ortega, te sigas vistiendo igual que una veinteañera. Pero: no-lo-eres. Repito: no-lo-eres. Y claro, quien dijo treinta y tantos dijo cuarenta y… y, y, y luego cincuentona y tú, ridículamente, vistes cinturones por minifaldas y crees que tus dotes de seducción son irresistibles cuando desde fuera se te ve lamentable… Te has convertido en una Anita Obregón tristemente lamentable.
—¿Quién es Amancio Ortega?
—¡Jo, abuela! —la recriminé, no era justo que de toda mi teoría sobre la bifurcación existencial femenina, se hubiera quedado con aquel pequeño detalle.
—Pitxin, cómo te pones, si es que yo no lo conozco. ¿Es de aquí, de Sestao?
Me entró la risa. Era imposible enfadarse con ella. Serví los cafés y me volví a sentar su lado dejando las dos tazas sobre la mesa.
—No sé… estoy pensando que igual existe una tercera opción... —dije pensativa.
—¡Madre santísima! Te aseguro que si hubiera llagado a los ochenta y siete años con sólo dos opciones de vida, me habría tirado por la ventana hacía tiempo, ¿eh?, ¡hacía tiempo!
Las dos nos empezamos a reír, y agarradas de la mano nos tomamos el café en una tarde que no acababa más que de empezar.