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23 sept 2021

Noche de petunias rojas

 

Daisy de Flower Pop Art

Almudena y Elvira cruzaban la Plaza de la Paja. Hacia arriba, dirección a sus casas. Eran las dos de la mañana. Caminaban despacio, cogidas del brazo como dos viejas a la cola de un cortejo fúnebre. Almudena llevaba un pequeño tiesto con petunias rojas, lo sostenía con fuerza en su brazo izquierdo. Elvira cabizbaja se frotaba el cuello dolorido intentando entender lo que había sucedido aquella noche. Miró a su amiga buscando respuestas y se percató de las petunias. Sorprendida paró el paso.

 

—¿Estás segura de que no le importa que vaya yo? —preguntó Almudena.

—No, no le importa —contestó Elvira.

Almudena y Elvira cruzaban la Plaza de la Paja. Hacia abajo, dirección a la casa de Beatriz. Eran las nueve de la noche. Caminaban con brío, decididas. Su amiga celebraba una fiesta en su nueva casa para despedir el verano.

—¿Vive en un palacio? —preguntó Almudena empujando el portón de la calle.

—Algo así… —Elvira alzó la vista a los altísimos techos escayolados de la entrada.

El pequeño palacete de mediados del s.XIX había sido reformado y convertido en tres casas independientes. El padre de Beatriz había alquilado la del primero, con jardín privado. Algo absolutamente prohibitivo en pleno centro de Madrid.

—¿Qué hace esta aquí? —espetó Beatriz al abrirles la puerta.

—Tienes una casa preciosa, Bea —dijo con rapidez Elvira y, de medio lado, se coló dentro.

—Yo si quieres me voy, yo…

Pero antes de que Almu pudiera seguir victimizándose, Elvi la agarró del brazo y la empujó hacia adentro.

—¡¿Qué hace esta aquí?! —exclamó Enrique apareciendo por el pasillo.

—¿Yo? —preguntó indignada Elvira que seguía sosteniendo el brazo a Almudena—. ¡Soy amiga de Beatriz!

 —Bea, lo siento, pero si ella se queda nosotros nos vamos.

Y es que después de aquel accidentado ménage à trois, hacía más de un mes, no habían vuelto a tener contacto.

—¡¡¿Qué hace este aquí?!! —gritó esta vez Elvira al ver a Markus en la puerta del fondo con una cerveza en la mano.

—¡Te recuerdo que es mi novio! —Bea.

—¡Creo que él no piensa lo mismo! —Elvi.

—¡Si ella se queda nosotros nos vamos! —Enrique.

—No, si la que se va soy yo… —Almu.

—¡De eso nada, que se vaya Markus! —Elvi.

—¡Es mi casa! —Bea.

—¡Jèrôme, nos vamos! —Enrique.

—¡Silencio! —Darío entró en el hall dando palmas—. ¡Basta ya! ¡Centrémonos! Hemos pasado por una pandemia, nevadas históricas, inundaciones, incendios, volcanes y China está a punto de meternos en la Tercera Guerra Mundial. Señores, centrémonos, así que: ¿quién quiere vino y quién cerveza?

Elvira estaba sola sentada en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina, sostenía una copa de vino. Llevaba mirando los imanes de la nevera más de 20 minutos.

—Dice un parajo que hablas alemán.

Elvira giró la cabeza y vio a Markus en la puerta.

—¿Un parajo? —Se rio.

—Sí, dice un parajo, dice eso un parajo.

—Pájaro. Pero no es correcto, se dice “me ha dicho un pajarito que…”.

—Me ha dicho un parajito que…

Elvira empezó a reírse. Dejó el vino sobre la isla y lo miró.

—¿Amigos? —preguntó él.

—Yo no tengo amigos.

—¿Enemigos?

—Enemigos —contestó ella. Extendió la mano y se la ofreció. Markus la apretó con firmeza.

—Ay, que nos van a oír… —susurraba Almudena a Darío sentada en la encimera del baño, tenía las piernas abiertas, con el vestidito subido hasta los muslos, y él estaba perfectamente encajado—. No, no… Darío, las bragas no, no… no me las quites, aquí no…

—Nadie nos oye… están el jardín…  

—Ay… esto no está bien… —Las bragas terminaron deslizándose hasta sus tobillos.

—Pues a mí me parece que no puede estar mejor....

—¿Dónde está Darío? —pregunto Beatriz meciéndose en el balancín con una sola pierna.

—Creo que en la cocina —contestó Enrique.

—¿Y Almudena? —volvió a preguntar.

—Ella no lo sé.

—¿La chica de gafas gojas? Crgeo que al baño —explicó Jérôme.

—En el baño, ya… —Al ver aparecer a Elvira en el jardín le preguntó—: ¿Darío está en la cocina?

Elvira se sentó en el borde de una enorme maceta que parecía hospedar a una extraña palmera raquítica y, mirándolos a todos, asintió con la cabeza, después añadió:

—Son granates, Jèrôme, las gafas de Almudena son granates, no son rojas.

—¿Pog cuá odias como así a los frganseses?

—No los odio. —Bebió un sorbito de vino y luego dejó la copa en el suelo. Cruzó las piernas y se atusó el flequillo hacia un lado—. Simplemente creo que su existencia no es del todo necesaria en este mundo.

—¡Gasista!

—¿Racista yo? No os culpo por alimentaros de queso y beber cerveza con sirope de fresa, no os culpo por considerar a Carrère como lo mejor que tenéis en literatura, no os culpo por no entenderos al hablar en cualquier otro idioma. No os culpo. No te culpo, Jèrôme, por ser francés. No es tu culpa, naciste así. No soy racista, soy benevolente. Comprendo tu dolor.

—¡Yo la mato, yo la mato! —Enrique se puso en pie y decidido cogió a Elvira de la camiseta y la levantó en el aire—. ¡Te voy a matar!

—Bébé, oh, là là!, ¡no, no! ¡Trgganquilo, mon bébé!, ¡vas a matag a ella, vas a matag a ella!

—¡Eso quiero!

En el momento en que Markus quiso interceder, Beatriz regresó al jardín gritando que Darío no estaba en la cocina. Su novio se acercó y sujetándola por el brazo le dijo en alemán al oído:

—Deja de buscar a tu amigo. Yo estoy aquí. He venido. No me avergüences.

—¡Pues vete! —gritó ella en español zafándose con rabia—. ¡Vete!

—¡Me matan! —gritaba Elvira desde el aire.

—¿Qué pasa aquí? —Darío salió corriendo del baño con la camiseta en la mano.

—¡Cabrón! —gritó Beatriz al verlo.

—¡¿Qué pasa?! —Detrás Almudena—. ¡La vais a matar! ¡Ay, Elvira! ¡Bajadla!

—¡Diles que no me maten, Almudena! Que por caridad. Así diles. ¡Diles que no me maten!

Darío no vio venir el golpe. El puño de Markus apareció de la nada. Sintió que el labio se le reventaba y que el azulejo del jardín le helaba la mejilla.

—Mais, qu'est-ce que c'est?!!!

—Backpfeifengesicht!!!

—¡Animal!

—¡Me matan!

—¡Te mato!

—Cabrones… —Beatriz cayó de rodillas al suelo y bramó con fuerza—: ¡Cabrones! ¡A vuestra puta casa todos! ¡Todos!

 

—Almu, cariño, ¿de quién es ese tiesto?

—¿Este? De Beatriz —dijo y lo sujetó frente a ellas con las dos manos. Ambas amigas ladearon la cabeza para verlo mejor—. Son bonitas, ¿verdad? Petunias creo que son.

—Petunias, ya. Y Almu, cariño, ¿por qué te has llevado un tiesto con petunias de la casa de Beatriz?

Almudena levantó los hombros y volvió a rodear el tiesto con tan solo su brazo izquierdo.

—Porque me he puesto tan nerviosa al no encontrar las bragas que he cogido lo primero que he visto.


27 may 2013

Psicopatizando

  Futuro de Javier Avi

El padre lanzaba al medio del mar, desde una pequeña barca de pescador, al violador y asesino de su hija, un chaval maniatado de no más de 16 años que suplicaba perdón. La pantallá se volvió negra y, todavía con el rumor de las olas de fondo, aparecieron los créditos de la película. Me quedé inmóvil en mi sofá con la vista fija en el televisor y con la certeza de que yo hubiera hecho lo mismo. ¿En qué me convertía aquello? Me levanté con torpeza, apagué la televisión y me preparé un café a pesar de ser casi las dos de la mañana. Con la cafetera sobre la vitro pensé en Joan y en lo mucho que lo echaba de menos, su vuelta a Barcelona me estaba costando, sobre todo que la decisión la hubiera tomado una crisis que poco tenía que ver con nosotros, un criador de caracoles y una profesora.
—Lo mataría —dije en voz alta—. Al mar.
Aunque supongo que no lo ataría, no, que tuviera la oportunidad de nadar, de nadar a ninguna parte, con su traje y con esas gafas que le hacen la cara todavía más de tonto. Desde la barca lo saludaría con ceremoniosidad, nada, idiota, le diría, nada, a ver si consigues llegar a alguna parte. Pondría en marcha el motor de la barca y me alejaría sin dejar de saludarlo.
—Se está riendo de todos nosotros —volví a decir en voz alta.
Él y toda su tropa de corruptos farsantes, de necios inmorales, de asesinos impolutos. Hace ya tiempo que nos tiraron al mar y a quí estamos, yendo a ninguna parte, tan agotados que ni gritar podemos.
—Hijos de puta...
El gorjeo del café me sacudió la imagen de golpe. Me serví un vaso y, después de leer cerca de una hora, me metí en la cama.
A la mañana siguiente salí de casa cargada con el denso sueño del que tan solo ha dormido tres horas. Bajé las escaleras y al pasar por el segundo piso, la puerta de mi vecina Guillermina se abrió.
—Ay, hija mía, sabía que eras tú por esa manera tan torpe que tienes de bajar las escaleras.
Guillermina tenía 84 años. Le sacaba la basura y le hacía los recados, porque sus hinchadas piernas poco le permitían moverse.
—Anda, guapa, que te voy a dar 5 euros y cuando te vuelvas de trabajar me traes una botellita de aceite, ¿eh?
Guillermina abrió su monedero y me ofreció el billete.
—Que no, mujer, que no gaste dinero, guárdelo, que le voy a dar yo una. ¿No ve que el fin de semana pasado fui para Bilbao y mi madre me carga de aceite, café y embutidos? Es muy triste pero como están las cosas, siempre me prepara una bolsa para que me traiga, así ahorro en súper.
—¡Oye, que no!, ¿eh? ¡Faltaría más! Que eso tu madre te lo da para que lo gastes tú, no la vieja del segundo.
—Pero, Guillermina, si desde que se fue Joan no gasto nada. Él sí, con sus croquetas, pero yo ni sé hacerlas. No se preocupe, de verdad, cuando vuelva de la uni le bajo una botella.
—Bueno, bueno, pues..., gracias, hija, qué buena eres, un sol, eres un sol...
—No se crea, ¿eh?, que últimamente me afloran deseos asesinos.
—¡Uy, uy, uy, no te preocupes, bonita! Mira, yo desde que está este gobierno —dijo bajando el tono de voz casi a un susurro—, a más de uno lo tiraría al mar...
La besé con media sonrisa y bajé las escaleras. Al salir del portal abrí el paraguas, porque últimamente no paraba de llover en Madrid.