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15 feb 2011

Sueños

Sueños Noctámbulos por Salvador Dalí

Tomo un café con Silvi. Estamos sentadas en la alfombra granate de mi casa. La veo reírse pero no la oigo. Me toco detrás de la oreja derecha buscando el audífono. No lo tengo. No lo tengo, Silvi, no te oigo. Puedo ver cómo se ríe más fuerte, se tumba y se tapa la cara con ambas manos. Me levanto preocupada y busco el audífono. Lo veo sobre la estantería de la cabecera de la cama. Voy hasta allí. Está roto. Lo sostengo con una mano y comienzo a llorar. Está roto, Silvi, no te puedo oír, no puedo. Me doy la vuelta y le muestro con la palma de la mano abierta las dos partes en que se ha convertido el pequeño aparato. No me mira. Se está besando con mi profesor de Creación Literaria sobre la alfombra granate de mi casa. Grito, quiero que se vayan, ¡FUERA! Mi profesor se levanta, lleva en la mano una libretita negra y me sonríe. Se acerca despacio. Doy un paso atrás. Él avanza uno. Retrocedo otro. Él llega hasta mí y me empuja suavemente con un dedo diciendo: Cuidado, Elvira, que te vas a caer... El suelo se abre y siento el vacío. Se me encogen las entrañas y el estómago me oprime la garganta. Rojo y azul ante mí, rojo y azul, rápido y más rápido y más rojo y más azul. Todo se para. Me pongo de pie sujetándome la tripa. Es el Days Inn, estoy delante del Days Inn Hotel de Nueva York. Me río a carcajadas. ¡Estoy en Nueva York! En la 94 con Broadway. Me aprieto el pecho, me siento feliz. Estoy libre. Corro Broadway abajo, corro, corro y corro sin cansarme, me río sin cesar. Paso la 77, 76, 75 y la 73 también y no dejo de reírme. Me llaman, me giro, estoy en la 63 y no veo a nadie, la calle está vacía. Cruzo una desértica Columbus Circle y tomo la Octava Avenida. Frente a mí hay un joven con el cartel verde de la 54th St. en una mano y con un niño pelirrojo en la otra. Lo abrazo con ansia, Etienne…, le susurro al oído, Etienne... Quiero tragarme su olor, aspirarlo hasta hacernos una sola esencia, lo aprieto contra mí, lo anhelo, lo aprieto fuertemente sintiendo su carne pero sigo anhelándolo como si lo que sostuviera fuera aire. Etienne se separa de mí, en silencio me da el cartel de la calle y se aleja. Los veo caminar cogidos de la mano. Me derrumbo contra el suelo y con los puños cerrados me atravieso el vientre que se ha convertido en un inmenso orificio. La voz de una mujer me hace levantar la cabeza. La miro extrañada. Es una azafata china y me pregunta en español si prefiero pollo o fideos. Fideos, le respondo. Me ofrece la bandeja. La coloco en mi mesita plegable. Miro por la pequeña ventanilla. Sonrío al ver el intenso color granate de las nubes. ¿A dónde vamos?, pregunto al señor de mi lado. A Dalian, me responde. ¿A Dalian?, ¿por qué? Porque vives allí, chica, me dice. No, no, no, no, yo ya no vivo en Dalian, vivo en Madrid. El hombre se carcajea y con sorna me repite que vivo en Dalian. Pensativa me toco la cabeza, me doy cuenta de que tengo el pelo corto, tan corto que me hace cosquillas al rozármelo con los dedos. ¡Rafa!, grito hacia el pasillo. Lo veo caminar con el uniforme de piloto. Qué guapo es. ¡Rafa!, vuelvo a gritar y me pongo de pie para que me vea. Me mira pero no me dice nada. Está serio. No parece él. ¡Rafa, soy yo! No me reconoce, ¿por qué no me reconoce? Me pongo nerviosa, me falta el aire, quiero salir de aquí. ¡Quiero salir!, grito. El hombre a mi lado me sujeta, es grande, me hace daño. No me deja moverme. Tengo miedo y le suplico con la mirada que me suelte, él se ríe y empieza a tararear una melodía, me suena esa melodía, sigue tarareándola, me suena, me suena, me suena…

Sobresaltada me aparto de la cara las páginas de un aburridísimo Buzzati. Y, aún tumbada en el sofá, consigo encontrar el móvil tanteando la mesita con una sola mano. Cesa la melodía al cogerlo, resoplo y digo:
―Dime, mamá…

3 feb 2011

Cita a cigas (Parte II)

Broken-heart-less por Ron Gamble

―Tía, ¿te imaginas que es mexicano? ―preguntó Elvira ajustándose el cinturón de seguridad. Silvi prefirió no contestar.
Era martes y se suponía que las dos amigas tenían una cita a ciegas en el Lateral de Chueca a las ocho de la tarde, pero eran casi las diez y estaban todavía metidas en un taxi atravesando Glorieta de Quevedo.
―Estoy más que convencida de que Gael va a ser mexicano y vamos a encajar. ¡Ay, ay! ―exclamó excitadísima sujetando el brazo de Silvi―: ¡¿Te imaginas, te imaginas, te imaginas que es de esos mexicanos, de los que ronronean chingo-guarradas-güey mientras te lo hacen?! ¡Tía, es mexicano! Lo presiento, ¡es me-xi-ca-no! ¡Me-xi…
―¡ELVIRA! ―gritó Silvia en un desesperante intento por hacerla callar―. ¡Es de Albacete! ¡Me lo dijo ayer Marcos, pesada! ¡Gael es de Albacete!
―¿Albacete, Albacete?
―¡Sí! ¡Albacete, Albacete!
―Bueno, ―y en un intento por recuperar su dignidad, se retiró el pelo de la cara y, mirando al frente, añadió―: de siempre los de Albacete han tenido su morbillo, ¿no?

A las 22.10 horas, las chicas subían los tres peldaños que separan el bar de la calle. Al entrar, Elvira reconoció a Marcos apoyado al fondo de la barra.
Cuando se acercaron a ellos comenzó la danza de palabrería sin sentido: Que si cuál era tu nombre. Que si soy abogado. Que si yo profesora, sí, de español. Que si Gael, pero no soy actor ni mexicano. Que si de Bilbao centro. Que si lo siento que te piso. Que si cuántas cervezas. Que si pues, venga, ponme cuatro. Y que sí, coño, ¡de Albacete!
Después de gritarla, Gael se arrepintió. Elvira no le parecía la típica tía imbécil pero es que ya era la tercera vez que se lo preguntaba. La miraba de reojo porque parecía ofendida, se había pasado, sí.
―Oye, perdona ―se disculpó Gael apartándola del grupo. Elvira sonrió e hizo un gesto negando con la cabeza, dando a entender lo poco que le había molestado. Sí, parece una tía maja, pensó después. Lo que no terminaba de encajar en ella era lo que le había comentado Marcos, así que decidió preguntárselo directamente―: ¿Tú eres lesbiana? ―Elvira sólo pudo abrir los ojos como platos porque se quedó muda. Gael añadió―: Perdona, es que verás, Marcos me dijo que eras lesbiana y que podía estar tranquilo, porque no ibas a pretender nada conmigo. ―Elvira parpadeó con nerviosismo exigiendo más explicación―. Soy gay.
―Gay… ―repitió atónita.
―Sí, mira, acabo de salir de un tormento, ¿vale? Ramón, ¿vale?, llevo dos meses en casa, ¿vale?, y Marcos me pidió este favor, ¿vale?, pero me aseguró que sólo era para acompañarle porque estaba más que convencido, cari, de que tú eras lesbiana, ¿vale?
―No soy lesbiana, ¿vale?
―A la vista está, cari, fashion-hetero total.
Elvira se había subido a unos tacones de infarto, metido en unos ceñidos pantalones negros con cinturón ancho y llevaba un blusón de escote interminable. Un poco de maquillaje, espuma y difusor para el pelo y, la verdad, es que parecía otra persona. Nada tenía que ver con el espantapájaros que Marcos conoció el domingo.

Después de las primeras cuatro cervezas llegaron las ocho siguientes. Marcos se había autoproclamado el líder del grupo. Proponía los temas de conversación y marcaba el ritmo al que había que beber. Silvia estaba en su salsa. Se reía como una boba por cualquier cosa que se dijera. Elvira, en cambio, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por pasárselo bien. Es cierto que Gael le resultaba un tío simpático y con muchísimo sentido del humor, pero por más que intentaba analizar la situación no entendía por qué su amiga tenía tan buena suerte y ella tan mala, ¿dónde se había quedado el principio de retribución?
Cuando Marcos propuso la siguiente ronda, Elvira anunció que se iba. A Silvia no pareció importarle, de todas formas cuando su amiga se ponía de nones con esa cara de malas pulgas era mejor que se fuera o si no podría amargar al bar entero.
―Oye, tía, pues nada, encantado y a ver si se repite. ―Estaba claro que a Marcos también le importaba un comino que la chica se fuera.
―Ah, no, no, cari, si te vas tú me voy yo, ¿vale?, ¿qué coño pinto yo aquí solo con estos dos? ―Y tomando su abrigo Gael se enlazó al brazo de Elvira y, tras despedirse por décima vez unos de otros, salieron del bar.

Gael sólo tardó un par de calles en convencer a Elvira de tomarse juntos la última.
Cogieron un taxi y quince minutos más tarde estaban bebiendo un mojito, sentados en la barra de un tranquilo bar de Callao.
Elvira miraba divertida los aspavientos que hacía su recién amigo para escenificarle el momento en que Ramón decidió dejarlo.
Sin perder detalle de la historia, la chica rechupeteaba la pajita de su bebida muerta de la risa. Aquel tío estaba siendo todo un descubrimiento.
Después, tras hacer un rápido repaso sobre las extraordinarias cualidades sexuales del hombre francés y árabe, se enzarzaron en un histriónico debate sobre si los preferían circuncidados o no. Llegados a este punto Elvira sólo podía gesticular porque estaba absolutamente ahogada en su propia risa. El braisntorming que Gael estaba montando no podía ser más soez. Aun así intentó contar su experiencia con gestos.
―Vale, cari, no te entiendo, a ver, sí, tres, sí, sí, ¿tres circuncidados? ―Elvira lo negaba desternillada de la risa e intentó dibujar y situar en el aire el mapa de Estados Unidos―. Vale, sí, América, norte, norte, ¿Nueva York?, ¡sí!, vale, churros en el pelo, más churros, así ―e imitando a Elvira se formaba bucles ficticios a los dos lados de la cara― ¡Coño, judío! ¡Judio de Nueva York! ―Elvira asintió y, tras tomar un poquito de aire, se estiró los ojos― Vale, cari, judío en China, no, ¡ay!, no uno, tres, ¿pero qué coño es tres? ¡Tres judíos en China! ¡NO! ¿Japón?, ¿Tailandia?, ¿Vietnam?, ¿Singapur?, ¡Sí, Singapur! Vale, dale, cari, te pillo, te pillo, sí, tres, tres, reloj, reloj, ¿horas?, ¿minutos?, reloj, sí, dale, cari, ¡días! ¡TE TIRASTE A UN JUDIO NEOYORKINO EN SINGAPUR DURANTE TRES DÍAS!

Elvira se amarraba a la barra para no caerse, estaba en pleno ataque de risa desestabilizador. Y Gael daba saltos delante de ella con los brazos en alto celebrando la victoria. El bar entero los miraba.
―Eres mi ídolo, cari, ¡oe, oe, oe, oe!, vamos, porque ya estaba circuncidado que no llega a ser judío y se la pelabas igualmente, ¡tres días, locura pura!
―¡Pero estamos locos!, ¿qué barbaridad es esa? ―exclamó Elvira recuperando la voz―. ¡Noooooo!, lo que te quería decir es que salí en Singapur con un judío de Nueva York durante tres días.
―Ya, pero eso no tiene gracia, ¿y cuándo te lo tiraste?
―¡No me lo tiré! Pero bueno, no sé, hablábamos de circuncidados pues me acordé de mi judío y en plan anécdota, no sé, sin más, anécdota.
―¿Anécdota? Anécdota de mierda, cari, pa’eso es mejor no decir nada. Bueno, paso palabra, a ver ¿y ahora a quién te estás tirando?
―¿Ahora de ahora?
―Vale, a nadie.
―Bufff, es que no sé… ―y pensativa buscó con la lengua la pajita de su mojito, absorbió un poco e intentó explicarse mejor―: No estoy en ese momento ahora, ¿sabes?
―No, no, ni ahora ni antes, porque que te parezca fascinante la anécdota del judío…
Elvira lo miró con reproche, no la estaba entendiendo y eso le fastidiaba.
―Venga, cari, no te enfades, a ver, cuéntame.
Ésta no dijo nada, levantó la vista y con pesadumbre la volvió hacia el camarero que estaba en el otro extremo de la barra, suspiró y volvió a bajar la vista mientras se pellizcaba la mano.
―Uy, uy, uy, uy… ―exclamó Gael apartándose unos centímetros hacia atrás, como para coger perspectiva de la situación, parecía una de aquellas señoras que en la charcutería se apartan ladeando la cabeza y apretando el morro para ver mejor los productos de la nevera―. Tú estás enamorada. ―Elvira se rió―. Vale, llámalo X, cari, pero tú estás pilladísima y eso te está matando.
Elvira lo pensó unos segundos. Tenía razón en cierto modo. Ella también se estaba dando cuenta y lo que había empezado como una ilusión se estaba convirtiendo en algo silenciosamente angustioso. Tenía que admitirlo:
―Se llama Rafa, es mi vecino y llevo 5 meses enamorada de él sin poder decir ni una palabra porque se supone que somos amiguísimos.
―Putadón.
Elvira le explicó que no se lo había contado a nadie, ni a sus amigas, que se sentía ridícula diciéndolo en voz alta, que sin más, que ya se le pasaría, que tampoco era para tanto.
¡Llámalo! ¡Ni hablar! ¡Llámalo y dile que venga! ¡¿Estás loco?! ¡Cari, llámalo! ¡Es la una de la mañana! Esto es Madrid, cari, seguro que anda de cena por ahí, ¡llámalo! ¡NOOOOOOOO!

Minuto y medio después:
―Esto… esto… ¿Rafa?, sí, sí, soy yo, oye, es tarde y siento que… ah, ¿sí?... ¿En Callao?… ¿qué dices?, ¡ja, ja, ja, ja! Claro… vale, vale… sí, en el bar de al lado del Templo del Gato… ya… dos mojitos, vale, genial, adiós…, sí, sí, agur.
Al colgar, Gael se abalanzó sobre ella gritándole que era la mejor, mientras ésta daba palmitas al ritmo de su oe, oe, oe, oe. Nuevamente el bar entero los miraba.

Trece minutos después, Rafa entraba por la puerta del bar. Al verlo, Elvira se atragantó con su propia saliva porque ya estaba con ese taca-taca-taca-taca en el pecho.
Chiquitina mía, le dijo mientras la escondía en un tierno abrazo. Cómo le gustaban aquellos abrazos a Elvira, cómo se dejaba querer, cómo anhelaba que no fuera oficialmente para siempre.
La joven presentó a los chicos. Gael enseguida empezó a hacerle preguntas sobre esto y aquello. Rafa se reía, le hacía gracia su forma de expresarse. Le estaba cayendo bien, muy bien aquel tío. Elvira los miraba sentada en su taburete mientras bebía el final del mojito. Notó la mano de Rafa en su espalda, se la frotaba suavemente en círculos. Rafa era de esos chicos amables y protectores y ahí estaba con su lenguaje no verbal: estoy bien, me gusta tu amigo y me encanta que me hayas llamado. Rafa era así, siempre pendiente de que todo el mundo se sintiera a gusto.
Elvira se relajó y preguntó por otra ronda.

Ya con un cubata en la mano, Rafa le dijo a Elvira lo guapa que estaba, que no sabía qué era pero que la veía cambiada. Gael, por detrás, haciendo muecas y dibujando corazones en el aire. A Elvira le costaba no reírse.
Aprovechando que Rafa acababa de irse al baño, Gael se explayó:
―¡Me encanta! ¡Este tipo es maravilloso! ¡La perfección hecha hetero! Cari, cari, cari, hoy te lo tiras seguro, lo tienes bobo perdido, pero ¿tú le ves cómo te mira, qué te dice, cómo te toca?, ¡¡¿y esos abrazos?!! Te digo yo que a partir de hoy puedes enterrar la anécdota del judío, hay material nuevo.
Mientras se reía, Elvira sacaba su móvil del bolso, estaba sonando. Puso cara rara. Gael le preguntaba qué pasaba. No me lo puedo creer, decía ella al auricular. Gael se tapaba la boca intentando escuchar la conversación acercándose lo máximo posible. Pues cógete un taxi y vente, ¡vente ya!
Rafa llegó del baño y al ver la cara tan seria de Elvira preguntó qué pasaba.
―Nada, Silvi, mi amiga de la que te he hablado varias veces, pues resulta que estaba con un amigo en el Lateral de Chueca ―prefirió omitir lo de la cita a ciegas no fuera a creerse que eran dos frikis desesperadas―, y que le ha dejado colgada, en plan: ahora vuelvo, ahora vuelvo y el tío se ha largado.
Gael abrió los ojos como platos y empezó a sacudir la mano como si le quemara, qué fuerte, qué fuerte, murmuraba.

Entre los tres sacaron un montón de teorías sobre lo que podía haber pasado. El más conciliador, por supuesto, fue Rafa: no sé, es posible que se haya encontrado con alguien y se haya liado la manta a la cabeza. El que menos Gael: ¡sí, con su ex!
Y Silvi llegó. No pudo contar nada nuevo, sabía lo mismo que los tres. Gael se responsabilizó en llamar al día siguiente a Marcos y aclarar el asunto, mientras tanto Rafa se presentó, ya que nunca habían coincidido, y la invitó a un gin tonic. Rafa siempre pensando en todos.

La tertulia comenzó tranquila, Rafa habló de su aburrida condición de consultor en un banco y Silvi le gastó irónicamente un par de bromas sobre su profesión, después le contó que a ella le apasionaba ser abogada. Pero a eso de las 2.30 de la mañana, en el bar empezó a sonar Barbra Streisand de Duck Sauce, y con ella la hecatombe.
Gael y Elvira, absolutamente poseídos, saltaron de sus taburetes y comenzaron a bailar sin ningún tipo de acuerdo rítmico. Se cogían, se soltaban, se daban vueltas, saltaban paralelamente, levantaban los brazos, se agachaban, se cogían de nuevo, se señalaban haciendo gestos raros, quizá pretendían ser originales, pero eran gestos raros y, cuando por fin se terminó aquel infierno de canción, volvieron a sus taburetes tambaleándose entre carcajadas.
Pero algo había cambiado. Gael clavó su mirada en Elvira y ésta en la mano de Rafa que sujetaba la cadera de Silvi mientras que ella le quitaba migas imaginarias del pelo acariciándole con la nariz su sien.
Elvira se llevó la mano al esternón, Gael la seguía mirando, después tomó aire pero se le entrecortó, le pasaba cuando se ponía nerviosa, era una sensación de no poder abarcar todo el oxigeno necesario para continuar con esa inspiración, el respirar se volvía actividad consciente y era tremendamente ardua llevarla a cabo.
―Elvira, cari, ¿nos vamos? ―preguntó Gael con rapidez al tiempo que recogía los abrigos, quería largarse, veía a su amiga amoratarse por segundos, aquello la iba a matar.
―Sí… ―dijo a media voz―. ¿Rafa compartimos taxi o te has traído la moto? ―Gael al escuchar la pregunta cerró los ojos, no quería ni oír la respuesta.
―Pues, es que, no sé… ―Miró a Silvia y preguntó―: ¿Te quedas? ―Ésta asintió fingiendo timidez y luego le pasó la mano por el cuello sonriendo como sólo ella sabe hacerlo, con esa hermosura tan natural a la que nunca Elvira pudo aspirar.

Con mimo, Gael tomó de la mano a Elvira y la sacó del bar. Le enroscó la kilométrica bufanda gris al cuello, le puso el abrigo, y la besó en la mejilla y en la nariz, pero ella parecía estar ausente. Salió a la carretera y paró un taxi. Dentro, Elvira dictó en voz muy bajita su calle y después Gael la repitió en alto y, además, añadió la suya.
Ya frente a su portal, Elvira bajó del taxi besando a su amigo.
―Venga, cari, échame una sonrisa guapa de las tuyas ―le gritó el chico asomado a la ventanilla del taxi, pero Elvira ni se dio la vuelta―. ¡Ahueva, pinche chingona, ráscame una risota, güey!
Elvira se dio la vuelta cuando ya estaba abriendo el portalón y no pudo evitar decir con lánguida sorna:
―Así no hablan, lo haces fatal…
―Lo sé, cari, pero ¡es que soy de Albacete, coño! ―gritó al tiempo que el taxi arrancaba.
Elvira se rió y, cerrando la puerta tras de sí, asumió encontrarse con sus temidas soledades nuevamente.

17 ene 2011

Cita a ciegas (Parte I)

Salgo de los cines Golem de Plaza España. Me gusta ir a primera sesión de los domingos. La sala suele estar vacía, no más que unos pocos frikis solitarios. Meto las manos en la chamarra vaquera, no hace frío, es agradable. Decido volver a casa andando. Me siento bien. El móvil vibra. Lo cojo. Silvi. Me cuenta algo de una cita. ¿Mimetic?, pregunto. No, me dice ella: Meetic. No la entiendo. Se desespera. Me río. Repite de nuevo todo. Tiene una cita. No quiere ir. Una cita a ciegas en menos de media hora y no quiere ir. Bien, le digo, no vayas. Dice que parece un partidazo. Quiere que vaya yo y le dé mi opinión. ¡¿Qué?! Entonces se ríe ella. Me llama egoísta, mala amiga y amargada. ¡¿Qué?! Se vuelve a reír. Se calma. Me suplica. ¡NO! Sigue suplicando. Vale…, digo. Silvi grita. Dice que me quiere. Le digo que se vaya a la mierda. Se ríe. Yo también. Me da cuatro coordenadas. Marcos. Metro ochenta. Ojazos verdes. Barba de tres días. Seis y media en el Lateral de Chueca. ¿Y si se enamora de mí?, pregunto. Imposible, dice, desde que tienes depresión pareces lesbiana. Genial. Resoplo. Guardo el móvil.
Me reflejo en el escaparate de H&M de Gran Vía. Botas de oso marrones, leggins negros, sudadera de Marshall University, foulard gris con flecos, chamarra vaquera. ¿Lesbiana? Hago una mueca ante el cristal. Me siento ridícula. ¿Por qué hago eso? Sólo me falta hablar sola. Tarada.
Subo los tres peldaños del bar. Tomo aire. Me mentalizo. Es fácil. Hola. Hola. ¿Marcos? Elvira. Silvi está enferma. Adiós. Adiós. Fácil.
Vuelvo a tomar aire. Por fin abro la puerta del bar. Entro. Buscar un metro ochenta entre gente sentada es difícil. Me pongo nerviosa. Me quiero ir. Venga no. Ojazos. Busca ojazos. Buscar ojazos entre gente que no me mira es difícil. Me quiero ir. Venga no: barba. Barba de tres días, barba de tres días. Segunda mesa de la derecha. Hola, digo, ¿Marcos? Levanta la cabeza. Gesto de sorpresa. No, ¿de asco? Qué cabrón, me pone cara de asco. ¿Silvia?, pregunta. No, respondo. Aliviado me sonríe. Cabrón. Me presento. Explico que Silvi está enferma, que lo siente. Vaya, dice, vaya, repite. Abriendo mucho los ojos le digo que me voy. Espera, dice, tómate algo. Miro a la barra. ¿Por qué siempre que te preguntan eso miras a la barra? Es como si esperaras que el camarero te dijera: ¡di que sí, tía!
Me pellizco el labio. No sé. Venga sí, pienso. Bien, pediré un café, le digo.
Ya en la mesa, Marcos habla sin cesar. Revuelvo el café. Qué pesado. Odio los tíos charlatanes. Bajo la vista frotándome el entrecejo. Me aburro. Me dice que es abogado. Menciona algo de su despacho. No sé de qué me está hablando.
Pienso en la película de los Golem. Pienso en si habré apagado la calefacción antes de salir de casa. Pienso en cómo Marieta podrá tener ese pelazo. Pienso en la ensalada de aguacate que me haré para cenar.
Levanto la vista. Pienso en por qué no se calla. Ladeo la cabeza. Finjo escucharle. Ya, ya, ya, digo, claro, claro.
Podríamos salir los cuatro, dice. STOP. Eso lo he escuchado claramente. Pregunto nerviosa: ¿qué cuatro? Silvia, mi amigo, tú y yo, responde. ¿Qué amigo?, pregunto. Del que te hablaba, dice. No sé, digo. El que te comentaba que es tan bajito como tú, añade. STOP.
Bien, sí, sí, vamos a ver. Estoy en un momento de mi vida triste. Apagado. Con emociones difuminadas. La libido la guardo en tarro de formol para conservarla, porque sé que un día volverá. La espero. Es sólo un periodo, un periodo difuminado. Como mis emociones. Asexual. Ameba. Bien, vale. Pero sigo teniendo muy claro que con el único pitufo con el que me iría a la cama sería: Gael García Bernal. Nadie más. Gael. Sólo Gael. ¡El que sea bajita y fea no significa que esté condenada a follar con los de mi misma especie!
No lo veo, digo. Es muy majo, dice. Gael también, pienso. Miro el reloj. Me quiero ir. Bebo un sorbo de café. Se llama Gael, dice. Me atraganto. Me golpeo el esternón. Me ahogo. Marcos me golpea la espalda. Le pido que pare. Bruto. Que me matas, grito. Se para. Carraspeo. Respiro. Carraspeo de nuevo y pregunto: ¿es actor? Se ríe. No, es interiorista, contesta. Me río. Me froto la garganta todavía molesta y me vuelvo a reír. Qué cosas, pienso. Qué cosas.
Vale, ¿el martes?, pregunto. Sí, perfecto, el martes a las ocho aquí, responde. Me despido. Bajo los tres peldaños del bar.
Ya en la calle, miro mis botas de oso y me pregunto dónde habré metido los botines de tacón que me compré en septiembre.
Continuará...

17 dic 2010

Navidad, feliz navidad...


Rafa abría un tempranillo y yo, recostada en el sofá de su casa, remarcaba con el dedo los Aaaaargh! de la Cuore.
―Jennifer López, celulitis: Aaaaargh!
―Esto ya está. ―Y con una bonita sonrisa trajo las dos copas de vino.
Habíamos ido a cenar al japonés de debajo de casa, la idea fue de él. Mi día había sido negro, el suyo gris, así que nos merecíamos colorearlo.
Flexioné las rodillas, tirando la revista al suelo, y le dejé espacio para sentarse. Me dio una de las copas. La cogí con las dos manos como si fuera una taza de café caliente y, encogida como estaba, la miraba concentrada.
―Te aseguro que es vino ―dijo.
Me reí.
―¿Me vas a echar de menos? ―pregunté después del primer sorbo.
―Más de lo que te imaginas.
¿Por qué aquel hombre era tan maravilloso? El 99% de los tíos, a los que les había preguntado eso alguna vez, me habían contestado con una impertinencia y luego añadían esa coletilla que tanto odiaba: Tía, que no, venga, no te enfades, que era una broma, pues ¿por qué no te metes las bromas por el culo? Menos mal que en ese momento estaba hablando con el 1% restante.
―¿Y tú? ―añadió.
―Buff, va a ser todo un alivio, ¿perderte de vista durante tres semanas?: ¡aleluya! Rafa, eres muy coñazo, sobre todo cuando me hablas de Natalia.
Bueno, ¿qué? sí, lo reconozco yo pertenezco a ese 99% incapaz de hablar de los sentimientos, pero era una broma, que no se lo tome a mal porque era una broma y si se lo toma a mal es que no tiene sentido del humor, y ahora podría hablar del porcentaje de tíos que no tienen sentido del humor.
―Oye, loco, no te enfades, ¿eh?, que era una broma.
Sí, doy asco ¿y qué? Rafa se rió. Rafa se escapaba de cualquier estadística.
Los dos nos quedamos en silencio. Yo miraba la copa de vino y reflexionaba sobre las vacaciones y las pocas ganas que tenía de marcharme a Bilbao por tanto tiempo:
―Navidad, qué asco de fechas, de verdad, qué poco me gustan ―dije rompiendo el silencio―. Llegaré a mi casa y mi madre me dirá lo mucho la odio con lo buena madre que ha sido ella, mi padre encerrado en su despacho editando mapas. ¿Te he contado que mi padre es profesor en la uni más pija de Bilbao? Es catedrático de historia, aguántale. Mi padre escribe Atlas históricos, ¿se puede decir escribir un Atlas?, porque, claro, no se escribe, se pegan mapas, ¿no? ―Rafa levantó los hombros con duda, él era consultor―. Bueno, pues mi padre pega-escribe Atlas y dice que los besos los inventó Hollywood, muy cariñoso mi padre. Entonces yo me angustio, ¿y qué hago?, llamo a Marieta. Marieta es mi más mejor amiga, tengo dos, ¿vale? Marieta y Blanquita, bueno, tres: y Silvi, pero da mucho por saco. Blanquita nunca me llama Elvira, me dice Elvirilla corazona, poca gente sabe decir Elvirilla tan bien como lo dice ella, y en vez de besos me manda besoides, me enamoré de ella con tres años y hasta el día de hoy. Es especial. Pues cuando me coge Marieta el móvil y le digo: ¿Loca, qué tal?, me contesta: Un asco, mi vida es un asco, y llora, yo también lloro porque pienso que mi vida es otro asco pero no se lo digo porque nos alternamos las ansiedades. Es un pacto. Nunca hemos hablado de él pero respetamos los turnos de angustia. Un día ella, otro yo. Así funciona. Silvi nunca lo respeta, por eso a veces pasa el límite y da por saco. Poco más puedo hacer si Marieta tiene ansiedad, ¿no?, pues llamo a Jaime para tomarme unos pintxos a las siete de la tarde. Jaime, sabes, ¿no? ―Rafa niega con la cabeza mientras pega un trago al vino con los ojos como platos―. ¿No? Uy, qué raro, bueno, pues Jaime es mi mejor amigo o lo era, porque hace tres meses le dije que tenía depresión, entonces se metió debajo de una piedra hasta hace un par de semanas que me volvió a llamar y me contó que tenía novia y que era adicto al snowboard, la gente cuántas cosas hace, ¿verdad?, pregúntame qué he hecho yo en tres meses, pregúntamelo, ¡venga!
―¿Qué has hecho en tres meses?
―Llorar-en-mi-sofá. No me ha dado tiempo a más. Nada más. ¿Escribir? Pues tampoco…, no sé, como tengo a este profesor de Creación Literaria que con su voz de Paco Valladares me dice que mis cuentos son superficiales e inmaduros, pero, ¿qué esperaba?, ¡tengo a una Betty Boop rodeada de corazoncitos presidiendo mi blog! Es que la gente es muy progre y transgresora, ¿sabes?, que en la foto del blog se ponen detrás de una cámara de fotos, en plan misterioso, o, ¡ésas, ésas! ―me puse de pie para representar mejor la postura―, ésas que son en blanco y negro, con las manos en la cara, en plan: ¡cu-cu, mírame lo intelectual que me pongo! ―A los dos nos dio un ataque de risa. A mí casi se me cayó el vino, me volví a sentar y continué algo más tranquila―: Menos mal que siempre nos quedaran los psicoterapeutas, el mío flota, ¿sabes?, es de éstos que no se inmutan, yo creo que se pasa el día meditando o algo así, no sé, le digo: Óscar, tengo mucha angustia, porque a él se lo puedo decir sin esperar turnos, no como con Marieta, ya sabes..., bueno, entonces él aprieta los labios, cierra los ojos, asiente con la cabeza lentamente, len-ta-men-te y me dice: Eso es normal. Ya está, punto caramelo, el tío se ha metido a todo Freud en una frase. Pero me ayuda, creo que me ayuda o por lo menos quiero creer que me ayuda, más que nada porque se lleva la mitad de mi salario. Así que bien, genial, preparada: Navidad, Navidad, todos alrededor de la mesa, seguro que a mi abuela se le escapa otro pedo como la navidad pasada, porque a la mujer el marisco le revuelve las tripas, mi padre hablará de política mientras olisquea una y otra vez el vino levitando, mi madre dirá que no le hemos dejado bogavante pero que no le importa porque siempre ha sido una sacrificada, y mi hermano Gerardo seguirá poniéndome caretos como hace treinta años mientras su novia Anke, que es polaca, le preguntará con cariño a mi abuela si quiere ir al baño, y ella, mi abuela, como es tan así, pues le contestará dignamente, tranquila, hija, son ventosillas. ¡Feliz Navidad!
Rafa no podía parar de reír, me abrazó como sólo él sabe abrazarme y me susurró divertido a la oreja:
―Feliz Navidad, loca…

30 sept 2010

Historia de una escalera


Rafa aparcó la moto frente al portal, cogió el casco, se lo colgó del brazo, sacó las llaves del bolsillo de su chamarra de cuero y abrió el portalón. Subió un primer tramo de escaleras. Eran de madera viejas y desprendían un cierto olor a recuerdo. Se acercó a los buzones. Después de abrir el suyo se encontró con un poco de lo mismo, la factura de Vodafone y propaganda de comida china a domicilio. Con los papeles todavía en la mano miró al portalón, alguien entraba. Hola, dijo sin mucho entusiasmo, hola dijo ella con menos entusiasmo todavía, cerrando la puerta. Rafa, después de cerciorarse de que tomaba la factura de internet y dejaba sobre la repisa la propaganda, subió hacia el tercer piso, no había ascensor.
―¡Ey, ey!, perdona, te olvidas eso.
El chico se dio media vuelta y miró los papeles que la joven le estaba señalando con cierta teatralidad irónica.
―Es propaganda.
―Lo sé, es tu propaganda ―respondió ella sin mirarlo, girando su llave en el buzón del 5º derecha.
Rafa bajó lentamente los cuatro peldaños que acababa de subir, se acercó a la repisa, recogió la publicidad, miró a la chica, quien le había parecido sobradamente soberbia, y le espetó:
―¿Y tú quién coño eres?
―Elvira, me acabo de mudar a una de las buhardillas, encantada. ―Sin esperar la reacción de su vecino, cerró el buzón y con brío empezó a subir las escaleras.
Rafa, mirando al espacio vacío que acababa de dejar Elvira, no paraba de pensar en lo imbécil que era aquella tía, pero imbécil de verdad. Se parecía a su ex Natalia, igual de zumbada, putas tías. Natalia le había dejado haría cosa de año y medio, necesitaba tiempo para pensar, ¿para pensar en qué?, si no había necesitado ni dos meses para irse a vivir con Néstor, su compañero de trabajo, de Argentina, el tío era argentino, sí, argentino, argentino, contra ese acento era imposible competir. Sin darse cuenta estaba estrujando la propaganda en su mano. Resopló. Se calmó. A la mierda con Natalia. A la mierda con Néstor. Se dio la vuelta para confirmar que Elvira ya no estaba detrás, miró los papeles publicitarios y los fue metiendo de uno en uno en el buzón del 5º derecha. A la mierda con esa vecina resabionda.

Eran casi las once y media de la noche y Elvira sacaba a la calle una bolsa de basura y una enorme caja de embalaje de cartón. Acababa de montar una estantería. Fue al entrar de nuevo al portal cuando lo vio. Con rabia se acercó a su buzón y, escurriendo dos dedos entre la ranura, pudo sacar un papelito de colores arrugadísimo, anunciando el Le Dragron. Qué cabrón, musitaba una y otra vez mientras zarandeaba la cabeza alucinada.

―¡Qué hija de la gran puta!
Eran las ocho menos cuarto de la mañana del día siguiente y Rafa, con su casco colgado del brazo, salía de casa para ir a trabajar cuando encontró su felpudo bañado por papelitos recortados. Allí estaban los cuatro o cinco panfletillos publicitarios hechos añicos sobre su Welcome.
Al escuchar el grito, que había ascendido por el hueco de la escalera como una llamarada, Elvira se rió dándose media vuelta en la cama.

Eran las seis de la tarde, y en la oficina no quedaba nadie excepto Rafa que se frotaba la cabeza mientras releía una y otra vez el email. Natalia se mudaba a Buenos Aires, iba a casarse.
No pudo aparcar la moto frente a su casa, la tuvo que dejar a la vuelta de la esquina. Cabizbajo, lamentándose de haberla dejado ir, cogió el casco y se lo encajó en el brazo como hacía siempre. Al torcer la calle y tomar la suya vio a Elvira apoyada en uno de los coches junto al portal, hablaba por el móvil. Qué tía asquerosa, se lo haría limpiar con la lengua, se iba a enterar esa enana de mierda, qué se creía.
―¿Qué? ¡Graciosa!, ¡¿qué pasa contigo?!
Elvira levantó la cabeza. Estaba llorando. Te llamo luego, dijo al auricular. Guardó su móvil.
―A mí no me pasa nada, ¿y a ti? ―Tomó aire, se hizo un hueco para llegar hasta el portalón, sacó las llaves y abrió la puerta.
Rafa estaba paralizado, nunca había sabido qué hacer ante una chica llorando. De hecho no pudo recriminarle nada a Natalia cuando le dijo que le dejaba, estaba llorando, qué podía hacer, sentía pena, seguro que necesitaba tiempo, Natalia siempre terminaba agobiándose porque él a veces era muy pesado, si es que todo era por su culpa, pobre Natalia, no llores, cariño, anda, no llores…

Eran las nueve y veinte de la noche y la pequeña aspiradora de coche, que Silvi le había prestado, se atragantaba con el confeti publicitario del felpudo del tercer piso. La puerta se abrió.
―Hola ―dijo Rafa.
―Hola ―dijo Elvira apagando la aspiradora. ―No te había conocido sin el caso colgado del brazo.
Qué cabrona, pensó Rafa mientras se reía con cierta timidez.
―Oye, mira, ya está, ¿vale? Queda zanjada aquí nuestra guerra, ¿vale? ―Elvira se expresaba con nerviosismo, nunca se le dieron bien las disculpas, quizá por eso había perdido tanto en su corta vida. ―No quiero tener líos con ningún vecino, mira, demasiado, no sé, vamos, ya me entiendes... ―Sujetó la aspiradora con una mano y se pellizcó los labios con la otra mientras intentaba seguir hablando―. Que demasiados rollos tengo en mi vida como para echarme más tierra, paso de tener problemas por la mierda de la propaganda, haz con ella lo que quieras.
Rafa la miraba sin decir nada. No, no era como Natalia. Ahora que la oía hablar eran muy diferentes, sí, no se parecían en nada. Elvira tenía algo que la hacía parecer inmensamente frágil a pesar de ese pronto tan arrogante que, a veces, desprendía. Así que con un dulce gracias, Rafa cerró su puerta guardándose un extraño deseo de abrazarla.

Era casi media noche y Elvira, con el corazón sobre la mesa, escribía un escueto email a su ex novio Etienne felicitándole por su reciente paternidad.

22 sept 2010

Retoriqueando


―Que no… buff… que no, que ahora es… Pásame la botella, anda, loca.
―Ahora es ¿qué?, ¡tía, arranca! ―gritó Silvia pasándole una de Rioja casi vacía.
―Gracias, amore ―contestó Elvira recibiendo la botella y sirviéndosela sobre su copa. Estaba tumbada en su minúsculo sofá Solsta de Ikea recién comprado. Estrenaba casa. La inauguraba junto a su única amiga en Madrid, su mejor pésima amiga. Era una fiesta de dos. Suficiente―. Que ahora resulta que se llama ―Elvira se reincorporó lanzó un enorme eructo al aire, después hizo un amago de esperar ovación y continuó―,eso, que se llama narrador identificado o narrador no identificado―recalcó con rintintín ambas palabras mientras se recostaba nuevamente, derramándose media copa encima―. Ay, puta… me’mancha’o, Silvi.
―Si te haces así no te queda mancha.
―¿Así? ―preguntó Elvira totalmente concentrada, restregándose su mano por el pecho―. Pásame la botella, loca de la life, porfis…
Silvi no se la pasó sino que le sirvió el culín que quedaba, ya está, terminada, dijo.
―¿Dónde coño se quedó el narrador omnisciente?, te preguntarás, ¿eh?
―Yo lo único que me pregunto es por qué Nacho no me coge el teléfono.
―Pues porque está obsoleto.
―¿Nacho?
―¡Obsoleto! ¡Tócate los pies, Manolete!
Y Silvi, sentada en la alfombra de pelos, también nueva y también de Ikea, se tocó los pies y añadió:
―Yo creo que me está poniendo los cuernos, hijo de puta…
―Claro, si obsoleto está el omnisciente, pregunta por el narrador equisciente, ¡ése se quedó en Cuenca!
―Pff… en Cuenca…, me dijo que se iba de fin de semana a Albacete por trabajo, ¡¿y yo me lo tengo que creer?!
―Yo no me lo creo, el omnisciente será omnisciente toda la vida, porque ahora me saltan con que ―Elvira pegó un trago a su copa y continuó mirando al techo― el identificado tiene que ser un narrador familiar del protagonista que por eso es i-den-ti-fic-a-do.
―Fi-ca-do, no fic-a-do.
―Sí, te pone los cuernos ―dijo Elvira mirando fijamente a su amiga con asco.
Silvi, sosteniendo la mirada y sin mediar palabra, volteó su copa y la dejó caer sobre la nueva alfombra peluda.
―Puta Silvia… ―suspiró Elvira clavando su vista, esta vez, hacia arriba y empezó a reírse como una loca.
Silvi se levantó, dejó la copa sobre el escritorio y se tumbó sobre su amiga de la infancia.
―¿Qué vamos a hacer, Elvi? ―preguntó abrazándola con fuerza―, ¿qué van a hacer una escritora de mierda y una cornuda desquiciada?
Elvira dejó caer su copa al suelo, qué más daba, la alfombra ya estaba hecha un asco, además sólo le había costado 30 euros. Ahora, así, con las manos vacías, la pudo abrazar con ganas.
―Primero, mandaremos al narrador identificado ése a tomar por culo y, luego, haremos lo mismo con Nacho. ―Esperó un rato y al no recibir respuesta preguntó―: ¿Qué te parece, loca?
Silencio.
―¿Qué te parece? ―Repitió Elvira.
―¿A mí?
―Sí, a ti.
Silencio.
―Retórica, Elvira, retórica, que tus diálogos son innecesariamente largos, te lo dice todo el mundo…
Puta Silvia, acertó a decir la escritora de mierda entre risas, ahorrándose así un nuevo guión.

3 may 2010

Historias de un teléfono

Al teléfono por Noël Leindekar

Ras, ras, ras. Corría las perchas de un lado a otro por la barra de metal del armario. Ras, ras, ras.
Las cajas estaban en el suelo de la habitación esperando impacientemente ser llenadas con algo, porque llevaba más de veinte minutos mareando la ropa sin decidirme qué empaquetar primero, y es que no hay cosa que más pereza me pudiera dar que una mudanza.
El teléfono sonó. Me detuve ante el horroroso abrigo de invierno, no quería moverme por si delataba que estaba allí. Sonó el segundo tono. Seguí sin moverme. El tercero. Grité:
—¡No pienso coger! ¡A cagar todo el mundo! —llevaba dos semanas muy deprimida, ésa era la verdad.
Activé el movimiento. Ras, ras, ras. Cuarto tono. Saltó el viejo contestador y escuché mi propia voz diciendo, con un macarrónico inglés, el mensaje de bienvenida:

Hola, soy Elvira, en este momento no estoy en casa pero si quieres puedes dejarme un mensaje después del tono, gracias, aguuuuur.

Agur, claro. Siempre meando el terreno.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

—Hola, Elvira… soy yo, Silvia —al escuchar su temblorosa voz, me paralicé de nuevo y miré al suelo abriendo los ojos, como si aquel gesto me permitiera escuchar con mayor claridad—. Elvira, jo… yo te llamo porque…—empezó a llorar—, me ha dejado, tía, Francesc me ha dejado… me he mudado, llámame, porfis… estoy ahora en el 91 371…
Salté por encima de las cajas y acelerada cogí el teléfono antes de que pudiera terminar de decirme el número.
—¡Silvi! —dije con el corazón en la boca.
—Elvi…
—Pero, Silvi…
—Ay, Elvi…

Silvia era mi mejor pésima amiga. Nos conocimos con tres añitos en una colorida clase de parvularios en el santísimo colegio de monjas, en el que nuestros respectivos padres nos habían encarcelado.
Silvia, junto con Blanquita, se convirtió en mi mejor amiga. Formábamos un equipo estupendo de tres. El tiempo convirtió a Blanquita en una extraordinaria amiga, paciente, comprensiva y con enorme sentido de la empatía, del que siempre, he de reconocer, había abusado. Por otro lado, los años transformaron a Silvia en una fan absoluta de su propio ombligo, era la faraona de su imperio microscópico de fantasía y color. A pesar de todo, yo sólo podía presumir de tener una mejor pésima amiga, en cambio Blanquita, la pobre, llevaba casi treinta años aguantando a dos.

—Loca mía, ¿qué ha pasado? —dije sentándome lentamente en el suelo.
—Tía, se acabó… —decía sin parar de llorar—, que dice que lo agobio, ¿de qué lo agobio, Elvi?, ¿eh?
—Ya, los tíos son así. —Aquella afirmación te salvaba de muchas situaciones como ésa. Era una generalidad tan ambigua que, sin saber de qué iba el asunto, matizaba cualquier causa masculina con enorme compromiso.
—Sí, eso es verdad —dijo absorbiéndose los mocos. Yo respiré tranquila porque, una vez más, había colado—. Me siento una mierda, Elvi, nada me sale bien… no sé…
—No digas eso, loca.
—¡Claro! ¡Para ti es fácil decirlo! Estás encantada con Pablo que está buenísimo, vives a cuerpo de rey en Estados Unidos dando clase en una universidad de la que se hizo una peli en la que, el mismísimo, McConaughey fue el protagonista. ¡Y encima te van a publicar una novela!
Tomé aire con parsimonia para tragarme la mala ostia que me estaba entrando. Cerré los ojos y me froté el entrecejo con brusquedad.
—Silvia, para empezar, el tío buenísimo no se llama Pablo sino Pedro y me dejó hace ocho meses. Si hubieras leído mis emails o si me llamaras más de vez en cuando, te habrías enterado. No vivo a cuerpo de rey en Estados Unidos y por eso he dejado mi trabajo. Me mudo pero todavía no sé adónde —poco a poco me iba calentando—, tengo la casa llena de cajas sin destino etiquetado, y me temo que tendré que regresar a Bilbao a vivir con mis padres de nuevo, porque no me sale trabajo y no voy a cobrar el paro, sino una simbólica ayuda de 300 euros como emigrante retornado. 300 euros es lo único que el gobierno puede darme después de haber danzado, durante ocho años, por medio mundo en busca de un trabajo digno ¡porque en España el profe de español es humillantemente ninguneado! ¡Y sí! —dije totalmente fuera de mí—, ¡me van a publicar una novela!, pero porque ¡me he pasado, dos putos años, encerrada en un pueblo de mierda en medio de la más absoluta nada, escribiendo día y noche! ¡Qué menos, coño!
Con el último grito se me escaparon las lágrimas.
Silvia, de pronto, rompió el silencio que se había prolongado por largo rato.
—Elvi, ¿estás segura de que se llamaba Pedro y no Pablo?
Me atraganté con mi propia carcajada, salió sin avisar, y es que todo el mundo sabe que no es fácil reír y llorar al mismo tiempo.
—No, en serio, ahora hablando en serio, de verdad —continuó diciendo Silvia mientras me oía reír—, si llego a saber que tu vida era mucho más mierda que la mía hubiera llamado a Blanquita y no a ti.
Me dio tal ataque de risa que me eché hacia atrás quedando totalmente tumbada sobre la moqueta del salón.
—Eres una idiota —le dije recobrando un poco de aire.
—Oye, petarda, si no tienes adónde ir, vente para Madrid.
—¿A Madrid?, ¿qué hago yo en Madrid? —pregunté volviéndome a sentar con las piernas cruzadas.
—¿Aquí? Bufff… ¡Esto es Madrid, Elvira!, hay grandes trabajos para una filóloga como tú, con tu experiencia.
—¿Sí…? ¿Tú crees? —Y mi cabeza empezó a repasar el archivo de todos los centros de enseñanza de español de la capital, es cierto que la boca se me hacía agua—. No sé, Silvi, ¿por ejemplo?
—¡¿Por ejemplo?! Pues, por ejemplo, sexadora de ardillas en el Parque del Retiro.
—¡¿Qué?! —dije muerta de la risa y arrepintiéndome por haber creído que hablaba en serio. Quise cambiar de tema porque me sentía avergonzada por haber sido tan vanidosa, además la oía reírse y eso me hacía sentir peor. Había caído en su trampa, qué cabrona, pensé—. Bueno, y entonces ¿qué pasó con Francesc? —Me consideraba tan mala persona que prefería ahondar en la herida ajena que seguir agujereando la mía.
—Pfff… que hace tres días se levantó del revés y me pidió que hiciera las maletas y que me fuera, no sé qué cosa de agobios o qué sé yo, que me fuera y ya.
—Bueno, Francesc siempre ha sido muy peculiar, no sé… ¡es publicista y catalán! Si es que ¡lo tiene todo! —dije riéndome para ver si le podía arrancar una risotada con este tema.
—¡Pues mira que Etienne! ¡Arquitecto y francés! ¿No encontraste nada más aburrido? —Lo conseguí porque me dijo aquello entre carcajadas—. Por cierto, hace tiempo que no hablas de él, ¿qué es de su vida? —me preguntó mientras le oía sonarse los mocos.
—No sé, lo cierto es que no sé nada de él desde hace casi diez meses —empecé diciendo mientras hacía memoria—. Lo último que sé es que lo habían trasladado a Chile, para un proyecto de renovación de no sé qué en Santiago. La cosa es que me llamó un día para saber cómo estaba en Estados Unidos y no me digas por qué, o hacia qué avanzó la conversación, pero terminé pidiéndole explicaciones de por qué me había dejado. Ya sabes que nunca hablamos de ello, él me pidió un día que me marchara y yo me marché, sin gritos, ni malas caras, nada. Y claro, con el paso del tiempo yo he necesitado de una explicación, de por qué tanto desprecio de, no sé, de por qué ella fue mejor que yo…
—¿Qué dices? Qué fuerte, no sabía nada de esto, y ¿qué te dijo?
—Mmm, nada, la verdad es que nada, empezó diciendo: allô, allô, Elviga, se va la conexión, se va, Elviga, allô, allô. Clonck. Y me colgó. Sin más, hasta hoy.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ostia, qué fuerte! —Silvia se reía con muchísimas ganas—. ¡Este tío es un genio!, ¡es mi ídolo del escaqueo!, tiene cojoncillos de gorrión, metidos pa’dentro del cague que lleva encima. ¡Joder, me encanta!
Hombre, contado así, y después de casi un año, yo también le encontraba su gracia.
—Mira, Elvi, piensa en positivo, si dices que estaba en Chile es muy posible que se haya muerto por el terremoto ése que hubo.
—¡Silvia! —grité horrorizada por semejante broma.
—¡Pero imagínatelo, mujer! Mira, en plan: allô, allô, allô y… ¡chof! Espachurra’o, totalmente espachurra’o bajo sus propias obras arquitectónicas, ¡ja, ja, ja, ja!, ¿te lo imaginas, tía? —hizo una pausa sin dejar de reírse y añadió—: Y yo ¿sabes lo que voy a hacer?
—¿Qué…? —pregunté amortiguando la risa con el cuenco de mi mano, porque me sentía fatal al reírme de aquello, aunque la verdad contado por Silvi tenía muchísima gracia.
—Le voy a mandar a Francesc a Bali.
—¿A Bali?
—Sí, porque dicen que antes del 2011 viene un tsunami gigante.

Solté el teléfono y me llevé las manos a la cabeza tronchada de la risa. Sólo pedí que la ética de Blanquita nunca supiera de este tipo de conversaciones telefónicas por parte de sus dos mejores pésimas amigas.