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25 feb 2021

Hoy

Agnes Cecile

Hoy he soñado contigo. He cruzado el pasillo y he visto la cueva de Bailén. Universo de reinitas e idiotas. He abierto la ventana y soplando he convertido en gravilla el océano de cuatro lustros. He escalado la montaña mate que siempre negaste. Sentada en la cima te he descubierto, indiferente, riendo entre dragones y arrastrando opacas quimeras. Me he contado los dedos de la mano, las costillas de un lado y te he rogado que me devuelvas el aire con el que tejes tus escamas. El ayer ha estado aquí y su dolor ha amenazado al presente de ganado ralo. Hoy he soñado contigo, vacía y desalentada. Hoy he soñado contigo cuando no dormía. Y despierta te he visto con el aire que era mío. 


13 sept 2013

Vigilia

  Creepy de Javier Avi

Me di la vuelta en la cama, y me apreté contra la espalda de Joan.
Otra vez está aquí —susurré sin despegar los labios de su cuello.
No está. Estás dormida —contestó.
No lo estoy, estamos hablando.
No lo estamos, estamos dormidos. Duerme.
Mi psicólogo me abrió la puerta de la consulta con su semblante templado. Me preguntó por la semana, le dije que bien, al igual que él lo hizo cuando le pregunté por la suya.
¿Una mujer? —preguntó, casi veinte minutos después de que hubiera empezado a relatarlo.
Sí —respondí—. Joan dice que duermo.
¿Y tú crees que estás dormida?
No lo sé.
La ves. La ves claramente junto a tu cama.
Sí.
¿Habla contigo?
No.
¿Qué hace exactamente?
Me mira. Me mira directamente, sin moverse, sólo me mira.
¿Qué haces tú?
La miro también. Paralizada. Muerta de miedo.
Pánico... —dijo. Respiró profundamente y apoyó las manos entrelazadas debajo de su barbilla—. El sueño es complejo. Hay algo denominado parálisis del sueño que puede producir...
Lo sé. Lo he leído. Alucinaciones entre la vigilia y el sueño.
Asintió y con calma extendió las manos sobre el reposabrazos de sus sillón.
¿Crees que a esa mujer la hayas podido ver sentada en el metro? —No respondí, él tardó unos minutos en hacerme la segunda pregunta—. ¿Es posible que la hayas visto sentada en un banco de una plaza, un parque o quizá sentada en una cafetería? ¿Crees que es posible?
Sentada... —dije agachando la cabeza, luego la levanté y respondí—: Es posible.
Esa noche no era especialmente calurosa. Atraje hacia mí la sábana y me tapé. Abrí los ojos y la vi. Junto a la cama. Una cama sin somier, al ras del suelo. Y la mujer estaba allí, como siempre, mirándome, arrodillada frente a mí.

14 abr 2013

A por la tercera...

El gran Mini Rey de Javier Avi

Me cuenta mi amiga que su hijo de cinco años quiere ser rey. Y su padre le dice que ésa es una casa de republicanos. Mi amiga le ha hecho una corona con papel de aluminio y una capa con una toalla roída de color azul verdoso porque le gusta Calamardo. Le pregunté quién era Calamardo y ella se rió.
Cuando entré en su casa, su hijo me apuntó con el filo de una espada de cartulina negra.
—¡Nombre y apellido!
Levanté las manos y lo pensé un instante.
—Eh… Elvira Rebollo.
—No, mujer, ¡qué sosa! —dijo mi amiga—. Tienes que decir algo más grandilocuente. A ver, cariño, pregúntamelo a mí.
—¡Nombre y apellido! —gritó esta vez apuntando a su madre.
—Doña Saioa Rivobella, esposa de Don Julen Tierrasantas del reino de Barakaldo Vizcainés.
—Vale, puedes pasar, ama. Pero ¡tú no! ¡Nombre y apellido!
—Doña Elvira Cantalapiedra, soltera, del reino de Madridés.
—Joder, tía, anda pasa. Quién diría que eres escritora, madre mía, qué poco arte…
Nos sentamos en la mesa de la cocina. Mi amiga preparaba café y su hijo me miraba cerrándose primero un ojo con una mano, y luego el otro con la otra. Yo iba poniendo caretos diferentes y él se reía.
—¡Con este ojo eres súper fea! —decía muerto de la risa.
—Y con el otro también, cariño —puntualizaba su madre frente a la encimera.
—A ver, cuéntame, ¿por qué quieres ser rey? —pregunté.
—Para salvar a todos los de los mundos.
—¿A todos los de los mundos? —repetí—. Pues chico, me temo que te has equivocado. Esos son los héroes no los reyes.
—Los reyes también… —dijo más bajito ladeando la cabeza.
—No.
—Sí…
—No.
—Ama, ¡a que sí!
—A que sí, ¿qué?
—Que los reyes pueden salvar a todos los de los mundos y más y más y más…
Pero mi amiga salía de la cocina sin apenas escucharlo. Así que su hijo se me quedó mirando con poca confianza.
—Sí…
—¿A cuántos reyes conoces?
—De por la tele, a muchos.
—¿Y cómo son? —El niño levantó los hombros—. Los reyes son seres malignos, con la lengua tan gorda, tan gorda, tan gorda que casi no les entra en la boca y por eso hablan como si masticaran siempre una pelota. Y tienen un pie más grande que otro por eso andan como los hipopótamos. Y se van con mujeres que son rubias y guapas por fuera, pero brujas por dentro. Y roban a las personas pobres para poder irse de viaje lejos, lejos, pero que muy lejos, y ¿sabes para qué? —Silencio—. Para matar elefantes…
—¡Elvira! —Mi amiga ya estaba de vuelta.
—Ha preguntado él —contesté rebotando la responsabilidad.
—Ama, yo ya no quiero ser rey…
—¿Cómo que no?, pero si eres un rey súper genial con tu corona y tu capa...
—Superman tiene capa, la podéis reciclar.
—Elvi, ¡¿por qué no te callas?!
—¡Ostras! —grité, y a las dos nos dio un ataque de risa. Su hijo nos miraba asustado mientras intentaba desanudarse la capa del cuello.
—¿Qué pasa aquí? —En la puerta apareció el marido de mi amiga.
—Tu hijo, que acaba de abdicar.
—¡Muy bien, campeón! ¡Esta es una casa de republicanos!

15 feb 2011

Sueños

Sueños Noctámbulos por Salvador Dalí

Tomo un café con Silvi. Estamos sentadas en la alfombra granate de mi casa. La veo reírse pero no la oigo. Me toco detrás de la oreja derecha buscando el audífono. No lo tengo. No lo tengo, Silvi, no te oigo. Puedo ver cómo se ríe más fuerte, se tumba y se tapa la cara con ambas manos. Me levanto preocupada y busco el audífono. Lo veo sobre la estantería de la cabecera de la cama. Voy hasta allí. Está roto. Lo sostengo con una mano y comienzo a llorar. Está roto, Silvi, no te puedo oír, no puedo. Me doy la vuelta y le muestro con la palma de la mano abierta las dos partes en que se ha convertido el pequeño aparato. No me mira. Se está besando con mi profesor de Creación Literaria sobre la alfombra granate de mi casa. Grito, quiero que se vayan, ¡FUERA! Mi profesor se levanta, lleva en la mano una libretita negra y me sonríe. Se acerca despacio. Doy un paso atrás. Él avanza uno. Retrocedo otro. Él llega hasta mí y me empuja suavemente con un dedo diciendo: Cuidado, Elvira, que te vas a caer... El suelo se abre y siento el vacío. Se me encogen las entrañas y el estómago me oprime la garganta. Rojo y azul ante mí, rojo y azul, rápido y más rápido y más rojo y más azul. Todo se para. Me pongo de pie sujetándome la tripa. Es el Days Inn, estoy delante del Days Inn Hotel de Nueva York. Me río a carcajadas. ¡Estoy en Nueva York! En la 94 con Broadway. Me aprieto el pecho, me siento feliz. Estoy libre. Corro Broadway abajo, corro, corro y corro sin cansarme, me río sin cesar. Paso la 77, 76, 75 y la 73 también y no dejo de reírme. Me llaman, me giro, estoy en la 63 y no veo a nadie, la calle está vacía. Cruzo una desértica Columbus Circle y tomo la Octava Avenida. Frente a mí hay un joven con el cartel verde de la 54th St. en una mano y con un niño pelirrojo en la otra. Lo abrazo con ansia, Etienne…, le susurro al oído, Etienne... Quiero tragarme su olor, aspirarlo hasta hacernos una sola esencia, lo aprieto contra mí, lo anhelo, lo aprieto fuertemente sintiendo su carne pero sigo anhelándolo como si lo que sostuviera fuera aire. Etienne se separa de mí, en silencio me da el cartel de la calle y se aleja. Los veo caminar cogidos de la mano. Me derrumbo contra el suelo y con los puños cerrados me atravieso el vientre que se ha convertido en un inmenso orificio. La voz de una mujer me hace levantar la cabeza. La miro extrañada. Es una azafata china y me pregunta en español si prefiero pollo o fideos. Fideos, le respondo. Me ofrece la bandeja. La coloco en mi mesita plegable. Miro por la pequeña ventanilla. Sonrío al ver el intenso color granate de las nubes. ¿A dónde vamos?, pregunto al señor de mi lado. A Dalian, me responde. ¿A Dalian?, ¿por qué? Porque vives allí, chica, me dice. No, no, no, no, yo ya no vivo en Dalian, vivo en Madrid. El hombre se carcajea y con sorna me repite que vivo en Dalian. Pensativa me toco la cabeza, me doy cuenta de que tengo el pelo corto, tan corto que me hace cosquillas al rozármelo con los dedos. ¡Rafa!, grito hacia el pasillo. Lo veo caminar con el uniforme de piloto. Qué guapo es. ¡Rafa!, vuelvo a gritar y me pongo de pie para que me vea. Me mira pero no me dice nada. Está serio. No parece él. ¡Rafa, soy yo! No me reconoce, ¿por qué no me reconoce? Me pongo nerviosa, me falta el aire, quiero salir de aquí. ¡Quiero salir!, grito. El hombre a mi lado me sujeta, es grande, me hace daño. No me deja moverme. Tengo miedo y le suplico con la mirada que me suelte, él se ríe y empieza a tararear una melodía, me suena esa melodía, sigue tarareándola, me suena, me suena, me suena…

Sobresaltada me aparto de la cara las páginas de un aburridísimo Buzzati. Y, aún tumbada en el sofá, consigo encontrar el móvil tanteando la mesita con una sola mano. Cesa la melodía al cogerlo, resoplo y digo:
―Dime, mamá…