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21 abr 2020

Con clases y a lo loco

Con clases y a lo loco de Javier Avi


—No puedo… —suplicaba a Joan que me estiraba de las piernas para sacarme de la cama.
—Sí puedes. Elvi, en 20 minutos empiezas la clase, venga.
—No puedo…
Sí pude. Me arrastré hasta la cocina, Joan me había preparado el café.
—¿Qué jersey te vas a poner?
—El granate —contesté.
Joan trajo el jersey de la habitación. Me lo puse por encima del pijama.
—¿Tengo muy malos pelos?
—Lávate por lo menos la cara, anda.
—No puedo… —farfullaba de camino al baño.
Al regresar a la cocina Joan me abrazó.
—Cuando termines la clase de hoy habla con la decana. Dile que te dé más asignaturas de posgrado, así no puedes seguir.
Sí, la profesora Wang me había castigado ese semestre dándome el curso de Fonética con alumnos de primero. Lo que significaba que dar clases, y además online, se había convertido en una verdadera tortura china, literal. “Te necesito en los primeros cursos, no tienen buena base”, me dijo. Yo lo que necesitaba era pensar en la forma de abandonar este mundo. Barajaba la defenestración, el envenenamiento y, cómo no, el horneado de cabeza.
Por fin me senté delante del ordenador. Lo encendí. Resoplé. “No puedo…”, dije unas 13 veces más. Apreté los ojos. Busqué los archivos de fonética. Fijé la unidad 3. Coloqué mi móvil  en el manos libres y a través del Wechat llamé, por videollamada, a los primeros 8 estudiantes del grupo A.
La imagen se conectó.
—¡Hola! —exclamé una falsísima sonrisa—. ¿Qué tal, chicos?
Y con aquella pregunta comenzaba la tortura.
—Plofesola, bien, plofesola, ¿y usted?
—Profesora, ¿verdad? Prrrrofesora, -ra, -ra, ¿verdad? Estoy bien, sí.
—Sí, plofesorrzzzrrzzza.
—Perfecto, ¿me decís los nombres, por favor?
—Cántalo.
—¿Te llamas Cántaro? —Los estudiantes chinos se ponían nombres en español para que los profesores que no sabíamos mandarín pudiéramos recordarlos con mayor facilidad, pero la elección de estos era cuanto menos singular.
—Sí, Cántalo.
—Perfecto, ¿más?
—Pau Gasol.
—Muy bien.
—Plofesorrrzzza, me llamo Arcoíris.
—Fenomenal. ¿Más? —Silencio—. Bueno, ya me iréis diciendo vuestros nombres. Ahora vamos a empezar. Por favor, unidad 3.  Hacemos el ejercicio 2, repetid detrás de mí, por favor: Cenicero.
—Maluma.
—¿Perdón? Cenicero. Repetid: Cenicero.
—Me llamo Maluma, plofesola.
—Ah, muy bien. Cenicero.
—No, Maluma, plofesola.
—Vale… —Respiré hondo y me imaginé mi caída desde el quinto piso, la degusté—. Cántaro, tú sola, ejercicio 2. Cenicero.
—Cenicero —todos.
—No, solo Cántaro. Cántaro, por favor.
—Sí, plofesola, aquí, aquí.
—Sí, ya sé que estás ahí. Cenicero.
—Cenicero —todos.
—Me llamo Piña, plofesola.
—Vale, bueno, no es necesario que me digáis más nombres, ¿sí? Hacemos los ejercicios. Siguiente palabra: Zozobra. Repetimos, por favor.
—Zozobla —algunos.
—Cenicero —otros con peor wifi.
—Zozobrrrrrrra, brrrrra, brrrra —subrayé.
—Zozobla, bla, bla, bla.
—Vale, repetimos: Rrrrrrrrrrrrrrr.
Todos se rieron.
—No nos reímos, por favor. Rrrrrrrrrr. Venga, Piña, tú sola.
—¿Yo?
—Sí, Piña, tú, tú.
—Sí, yo Piña, Piña.
Cerré los ojos un instante y reflexioné sobre lo mala persona que tuve que haber sido en mi otra vida.
—Rrrrzzzrrzzzrrrddddssssrrrzzss —algunos.
—Bla, bla, bla —otros.
—Tú, tú, tú —Piña.
—Continuamos. Ejercicio 4. Lee la palabra correcta y deletrea.
—Yo no hablo, plofesola.
—Sí, no hablamos todos, ¿vale? No podemos hablar todos, poco a poco.
—Poco, sí, complendo, plofesola, soy Tiburón. Poco.
—Eso es. Poco.
—Poco —todos.
—No, lo decía por Tiburón —yo.
—Poco —Tiburón.
—Vale, muy bien. Maluma, por favor, primera palabra, lee y deletrea.
—¡Sí! Ciluela.
—Ciruela —corregí.
—Sí, ciluerrrda.
—Muy bien. ¿Cómo se escribe?
—Sí, ge-i-ele-u-i-rrrrdddssrr-e.
—Ajá, perfecto. —Y aprieto los dientes porque de solo pensar que mi director de tesis me estuviera viendo, me entraban ganas de llorar—. Bien, y ahora vamos a cerrar los ojos y en estos 10 minutos que nos quedan, vamos a interiorizar, de forma individual y en completo silencio, todas las palabras que hemos visto en clase.
—Sí, plofesola.
—Sí, glacias, plofesola.
—Sí, cenicelo.
—En silencio, chicos, en completo silencio. Es importante el silencio en fonética. Muy importante.
La clase terminó y, antes de que me diera cuenta, ya tenía a los 8 siguientes estudiantes online.
—¡Hola! ¿Qué tal, chicos?
—Plofesola, bien, plofesola, ¿y usted?
—Profesora, ¿verdad? Prrrrofesora, -ra, -ra, ¿verdad? Estoy bien, sí.
—Sí, plofesorrzzzrrzzza —todos.
—Perfecto, ¿me decís los nombres, por favor?
—Messi.
—Me llamo Ballena, plofesola.
Y fue en ese momento cuando me decanté. Lo tuve claro, así que les pedí un minuto a mis estudiantes. Me levanté. Fui a la cocina. Abrí el horno y metí la cabeza. En mi último segundo de vida pude escuchar a Joan detrás de mí:
—¡Cenicero!

29 nov 2012

Paraguas bajo la lluvia



 Con gusto no moja de Javier Avi

Escucho: “no debes esperar a que escampe, tienes que aprender a caminar bajo la lluvia”. Me doy la vuelta disimuladamente, llevándome la taza de café a la boca, y las veo. Son dos amigas sentadas en la mesa de al lado. No creo que lleguen a los treinta, pero por ahí andan. Una con gafas y la otra con pendientes colgaderos XXL. La de gafas escucha a la de los pendientes, que utiliza frases con las que yo adornaba mi carpeta del colegio. Y pienso, qué pereza.
Por suerte, nunca he tenido este tipo de amigas, es decir, gurús espirituales. Quizá haya conocido a alguna, pero está claro que la tiré del tren a tiempo. Yo tengo a Marieta, que cuando quedo con ella, da un trago a su cerveza y dice “qué asssco de vida” y yo le digo “¿te acuerdas de Willy, el profesor de intercambio?, pues me lo he tirado”, las dos gritamos, nos abofeteamos los brazos y seguimos, atacadas de risa, bebiendo cañas, así que cuando salimos del bar, no caminamos bajo la lluvia sino que nos arrastramos. También tengo a Blanquita que, en vez de cerveza, bebe kalimotxo. Y supongo que ellas me tienen a mí, que bebo de todo.
—Tienes que motivarte. Saber qué quieres, e ir a por ello. Y si ves que no sale ¡zas!, ¡cambio!, ¿eh? ¡Zas!, ¡cambio!, ¿entiendes?
Zas-cambio. Me pregunto si la psicología humanista se sabe este truco: zas-cambio. La panacea para los suicidas.
Saco el móvil porque me está entrando la risilla floja. Miro la pantalla y entonces me río relajada, es como tirarte un pedo aprovechando el ruido de la cisterna, crees que los de fuera no te oyen, pero estás muy equivocada. El de la mesa de delante me mira, hace gesto raro y vuelve a su periódico.
—Y tienes que entender que hay que mojarse —continúa la de los pendientes—, arriesgarse, porque es agua. Agua.
—Claro… —asiente la de gafas.
—Te llevarás una pulmonía. Sí. Estarás fastidiada, no digo que no, pero es agua.  Nada más. ¡No hay paraguas que te proteja! ¡Mójate!
Y me viene a la cabeza, como hace 6 años. Blanquita, Marieta y yo, en Bilbao, regresábamos a casa andando en una noche de perros. No paraba de llover, y el frío de diciembre no perdonaba. Salimos del Casco Viejo. Cruzábamos el puente del Arenal con un único paraguas. Yo intentaba apretarme a ellas, mientras Marieta me empujaba hacia afuera al grito de “¡la enana necesita crecer!”. Blanquita, a carcajada limpia, retorcía las piernas para no mearse y yo amenazaba a Marieta con cantarle “El Pavo Real” si no me dejaba mi porción de paraguas. Blanquita se meó, Marieta odió, una vez más, al Puma y yo me mojé.
—Sí… agua… —y la de gafas sigue flipando.
Y yo me sigo riendo mirando a la pantalla negra de mi móvil.
—Perdona, ¿está libre? —Un treintañero con barba desaliñada me pregunta por la silla que hay junto a mí. Le miro con una sonrisita. Se agacha y me besa el cuello—. Tontaca… —dice.
—Tontaco… —y le muerdo la boca. La de los pendientes se calla y siento que nos mira. Me giro y le digo—: Tranquila, es Joan, mi paraguas.

9 abr 2012

Entre bambalinas


Salgo del teatro cansado. Son la 1’15 de la mañana. Tomo Gran Vía. Me rasco las manos. Las tengo secas. Cuatro duchas diarias van a terminar con mi epidermis. ¿Y este lunar en el pulgar?, antes no lo tenía, ¿no? ¿Y en la otra? No, sólo tengo los dos en el dorso de la mano. Mañana pido cita para el dermatólogo y de paso unos análisis que los últimos ya fueron hace 4 meses. Que me miren la espalda también. Porque con 39 años no es normal tener este dolor. Si es la ciática de mi padre, me joden la vida.
―Luis, ¿qué me cuentas? ―digo al teléfono―. Que va, acabo de salir… Sí, hoy doble función... Pues destrozado, pero parece que ha ido bien y lleno otra vez… ¿Ah, sí?, no me jodas, no tenía ni idea, cuánto lo siento, ¿os lo dijeron ayer?... Joder, qué cabrones, lo siento, Luis, macho, de verdad… Ya, ya. No, nosotros parece que firmamos por la tercera temporada así que, bueno, contentos… ¿Ahora, dices? Pues, no lo sé… Sí, en Gran Vía. ¿Vosotros?... Ya, en Carbones ―Si me hubiera dicho cualquier otro bar, iba de cabeza, porque ahora mismo mato por una copa, pero Carbones, tanto actor concentrado en tan poco espacio lo vuelven a uno paranoico―. Pues ya me da pena, pero voy directo a casa, que ando jodido de la espalda y mañana toca doblete otra vez... Sí, eso, eso... ¡Venga, Luis!
Guardo el móvil en el bolsillo del abrigo. Me paro a la altura de Callao, y desde allí miro a un Madrid de viernes noche. No cabe un alfiler. Yo no me voy a casa, necesito una copa. Cojo el móvil y doy un repaso a la lista de contactos, habrá alguien me acoja a las 2 de la mañana, digo yo. Veo su nombre y no lo dudo. Lo llamo. Me cuenta que vaya a su casa, que ha montado una fiesta improvisada con cuatro amigos. Me conozco sus improvisaciones y sus cuatro amigos, aun así no me lo pienso dos veces, necesito esa copa. Me enciendo un cigarro y con calma atravieso Callao, bajo Preciados, cruzo Sol y entrando en Carretas me enciendo el segundo. Espero cinco minutos a que me abran el portal. Nada. Me imagino la que se estará liando allí arriba y, por un momento, tengo pereza de subir, no sé si estoy para estas movidas. Qué hostias. Vuelvo a tocar presionando el dedo un buen rato. Sin preguntar nada, me abren. En el descansillo Gael me espera con los brazos abiertos:
―¡Ernestito, vida mía!
―¿Qué pasa, chaval? ―y lo abrazo.
Hacía lo menos 6 meses que no coincidíamos, pero daba igual, el tío seguía siendo tan esplendido como si ayer mismo nos hubiéramos tomado unos tragos.
Entramos. Lo menos hay 30 personas en el salón. Respiro hondo. No estoy muy seguro de si aquello es lo que estoy buscando. Pregunto a Gael por su hermano David, me habían dicho que se estaba divorciando, quería verlo. Pocas juergas nos corrimos David y yo, siendo chavales, en Albacete. Gael me dice que debe estar arriba, en la habitación, lo había visto subir acompañado no hacía mucho. Me cuenta que está viviendo su segunda  adolescencia. Me río, aunque no tengo muchas ganas. Me pregunta cómo llevo lo de mi hermana. No me apetece darle muchas explicaciones, no allí. Le digo simplemente que sigo con antidepresivos y poco a poco. Gael me abraza y dice que me entiende y, aunque yo sé que no, se lo agradezco. Le pido un trago. Me señala la cocina. Entro solo y sobre la mesa me encuentro a dos maromos comiéndose la boca.
―Lo siento… sólo quiero prepararme un cubata y me voy… ―digo con las manos en alto.
―Tranquilo, ojazos, te puedes unir, si quieres…
―Soy hetero… soy hetero… ―puntualizo con los brazos todavía más en alto.
―A nosotros no nos importa…
―¡Buenas, jovenassooooo…!
En la cocina acaba de entrar una chica de metro y medio con una bolsa de Lay’s en la mano, y una pegadísima camiseta de Betty Boop que, por sus tetas, a la Betty nunca le había visto los ojos tan saltones.
―A que lo hago bien ―me dice.
―¿Qué…? ―pregunto mirándole a los ojos… de Betty.
―El acento, el acento mexicano, como el anuncio de las patatas, el de la poli sexy. ¡Buenas, jovenassoooo…!
―Oh… sí, sí… muy bien, muy… muy bien,  ¿eres actriz?
―No, soy profe. ¡Ey, Sacha, déjame las gafas, déjamelas, porfi! ―le pide a uno de los tíos sobre la mesa. Él se las deja. Son unas Ray Ban de aviador. La chica se las coloca y―: Buenas, jovenassoooo…
―¡Bravo, Elvi!
―¡Bravo, cielo, lo bordas!
Los dos tíos la aplauden con verdadera devoción, ya los quisiera yo como público para el teatro.
―¿Sí?, se lo voy a hacer a Gael. ¡Gaeeeeeeeeeel! ―Y la chica sale de la cocina, con las gafas y sus cuatro ojos.
Los maromos me vuelven a mirar.
―Lo siento, chicos, sigo siendo hetero… ―Y no pensaba hacerlo pero, sí, levanto las manos.
Busco un hueco en el sofá del salón y me siento con mi cubata.
―Ey, tú eres el tío de…
A mi lado se está sentando una veinteañera, que me ha reconocido por mi papel en la serie de televisión. Son muchos los años que llevo haciendo teatro, pero nadie me pone cara por ello. La chica me cuenta que también es actriz. Está estudiando en la escuela de interpretación de Cristina Rota. Me rodea con los brazos y me pide que le cuente algo sobre mis compañeros de reparto y, en especial, sobre el director. Sin ser demasiado brusco, le aparto los brazos y le digo que se haga valer. Se levanta indignada y se mete en el baño de la mano de dos amigas.
Me inclino hacia adelante, y pego un trago largo a la copa.
―¡Buenas, jovenassooo…! ―Levanto la cabeza y veo a la Betty Boop de tres dimensiones―. ¡Uy! Perdona, que a ti ya te lo he dicho, ¿no?
―Sí, en la cocina.
―Pues ¿quién me falta? ―dice al aire. Se baja las gafas de aviador y hace un barrido con la mirada a todo el salón. Con gesto de decepción se sienta junto a mí―. Vaya, pues ya se lo dije a todo el mundo.
―¿Y ahora? ―pregunto.
Me mira apretando los labios y frunciendo el ceño. Me hace gracia.
―Pues me voy a mi casa, ¿no…?
Me río. Menudo personaje. Le digo que yo también, pero que me espere a que termine la copa. Nos presentamos. Se llama Elvira. Al decirle que soy actor, me dice que mi cara no le suena, le digo que a mí la suya tampoco y se ríe. Tiene una carcajada contagiosa. Me cuenta que conoció a Gael en una cita a ciegas, que no superó vivir entre renos en West Virginia, que odia a los que dictan lo que hay que leer, que cree que un italiano ganará Gran Hermano, que sueña con volver a Singapur, que su madre la saca de quicio pero que sabe tanto de teatro que seguro que mi cara sí le suena, que come sin sal, que es sorda de un oído pero que le queda el otro, que tuvo que dejar a su psicoanalista porque era mudo, y que la cerveza nunca la toma fría, porque si no, no sabe a nada.
Hace tiempo que he terminado la copa, pero no es aburrido escucharla, así que no digo nada.
―¿Y tú? ―pregunta.
―Yo nada ―dejo el vaso vacío sobre la mesita del centro y le digo que la acompaño a coger un taxi en Sol.
Llegamos a Sol. Me dice que espera coincidir en otra fiesta de Gael, que lo ha pasado muy bien y me desea mucha mierda para mi doblete. No deja de sonreír. No digo nada. Se gira para tomar el taxi. Cojo aire y la agarro del brazo.
―Yo nada, Elvira. Porque mi vida se acabó hace 8 meses. Me gustas, tía, y quiero que nos vayamos a tomar el último trago, y después comerte la boca y terminar en tu casa follando como perros, pero ni sé el tiempo que no se me empalma. Necesito dos pastillas para dormir y cuatro más para arrancar el día. Me paso la semana entre médicos, porque creo que tengo cáncer en todas las partes de mi cuerpo. Y... y no puedo invitarte a mi piso, porque es una puta cuadra, donde el alcohol ha dejado de entrar porque nunca me parecía suficiente ―respiro―. Lo único que tengo es café, tía, no puedo ofrecerte nada más que café, puto café...
―A mí, Ernesto... me encanta el café.
La veo llorar y me derrumbo con ella.

26 feb 2012

El viaje de Lucas

 Fishing boat at sea de Van Gogh

Lucas tenía catorce años y, como cada mañana, aquel martes salió en su barca a pescar. Era un día normal. El sol se desperezaba sobre el silencio rutinario de un mar generoso, y el cielo se quitaba su traje de luces. Todo normal. Empezaba un día más.
En alta mar, Lucas preparaba la red cuando de repente se precipitó al agua. Su cuerpo se hundía, se hundía, se hundía, hasta que tocó el fondo y allí, inmóvil, permaneció seis días y seis noches. Pero el séptimo, una familia de cangrejos lo encontró.
Papá cangrejo, apartando a su mujer y a sus cuatro hijos, se acercó hasta Lucas. Se subió por sus piernas, le recorrió el pechó y se encaramó a su mentón. Una vez allí, pidió a su familia que se apartara. Estos retrocedieron 20 centímetros, y fue entonces cuando papá cangrejo pinzó la nariz de Lucas con todas sus fuerzas.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ―bramó el joven, lanzando de un manotazo a papá cangrejo.
Toda la familia del animalillo crustáceo fue a socorrerlo. Lucas se arrodilló agarrándose la nariz con ambas manos, no paraba de gritar.
―¿Quién eres? ―preguntó papá cangrejo, después de haber tranquilizado a su familia.
―Soy Lucas, un pescador.
―¿Y qué haces aquí, si tu mundo es el de arriba?
―No lo sé, me caí de la barca.
―¿Cómo te caíste?
―No lo sé, no lo sé… ―contestó frotándose la cabeza intentando recordar algo―. Era un día normal y estaba en mi barca dispuesto a pescar, pero me caí.
―¿Tormenta?
―No...
―¿Te enredaste con la red?
―No...
―¿Los tiburones atacaron la barca?
―No…
―¿Y los piratas?
―¡No!
―¡¿Pues qué te pasó, muchacho?!
Lucas levantó los hombros y giró la cabeza hacia los lados repitiendo, una y otra vez, que no recordaba nada, sólo que era un día normal y se cayó.
Tras comentarlo con su familia, papá cangrejo permitió al joven pescador quedarse un tiempo con ellos, hasta que se recuperase y tuviera fuerzas para llegar a la superficie.
En el fondo del mar, los días para Lucas pasaban lentamente, apenas se podía mover con agilidad, sus pasos eran lentos y desordenados. No sabía pescar sin su red, así que siempre tenía que esperar a que papá cangrejo trajera los suministros de cada día. Y tampoco servía para defenderlos de los predadores, porque con sus torpes movimientos era imposible atacar ni a un caballito de mar. Así que, después de dos meses, sintiéndose un inútil y una tremenda carga para aquella familia de cangrejos, decidió emprender el viaje hacia la superficie. Se despidió de todos ellos y comenzó a ascender ayudado por sus pies y brazos. Remaba hacia arriba con todas sus fuerzas, pero la oscuridad del fondo del mar lo asustaba tanto que eran muchas las veces que debía parar para tranquilizarse. Como una pelota, se apretaba las rodillas sobre su pecho, y se abrazaba a sí mismo, y empezaba a contar. A veces sólo llegaba a hasta el 10, pero otras era necesario alcanzar el 330 para que el pánico se esfumara.
―¿Qué haces? ―preguntó una mantarraya que lo llevaba observando desde el número 37.
―Cuento, señora, 63, 64, 65, 66, 67, 68…
―¡Ya sé que estás contando!, ¿pero por qué?
―Para ahuyentar el miedo, señora, 74, 75, 76...
―¿El miedo?, ¿aquí? ―y la mantarraya miró a su derecha e izquierda―. ¿Miedo de qué?
―De lo que no conozco, señora, 81, 82, 83….
―Oh, bueno, en ese caso…1, 2, 3, 4, 5, 6…
―¿Qué hace? ―preguntó Lucas dejando de contar y mirando atónito a la mantarraya.
―Cuento, no le conozco, pues cuento yo también, 12, 13, 14…
―No, no, no, no, ¡no es eso!
―…22, 23, 24, 25, 26, 27…
―Vale, de acuerdo, me llamo Lucas, soy pescador y un día normal caí de mi barca. Estuve dos meses con una familia de cangrejos hasta recuperarme, y ahora llevo tres semanas intentando ascender a la superficie.
―¿Tres semanas, dices? Pues sí que cuenta usted, sí. No se preocupe, yo le enseñaré a no tener miedo.
Y durante cuatro días, la mantarraya le tuvo retenido dándole un sinfín de consejos y recomendaciones que de poco le iban a servir al no tratarse de un ser marino. Aun así, Lucas la escuchó pacientemente y al quinto día se despidió prometiendo poner todo lo aprendido en práctica. Apenas siete horas después, Lucas se acurrucó en sí mismo y empezó a contar. Estaba agotado, le dolían los pies y brazos, casi no había dormido nada en todo el trayecto y el frío empezaba a hacer mella en sus huesos. Cuando ya parecía todo perdido, un reflejo en lo alto de su cabeza le anunció que la superficie estaba ahí. Lucas se impulsó con sus piernas lo más rápido posible, y de repente la sábana de agua se abrió y el joven tomó una enorme bocanada de aire. Estaba fuera. El sol brillaba, parecía un día normal.
No muy lejos, Lucas vio una barquita, muy parecida a la suya. La llevaba un hombre.
―¡Ey, aquí! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ―gritó al hombre de la barca. Éste se acercó al ver al joven en el agua―. ¡Gracias!, ¡gracias! Soy Lucas, pescador como tú, y un día normal me caí de mi barca, llegué hasta el fondo del mar, y han tenido que pasar casi tres meses hasta poder alcanzar la superficie. Ahora quiero llegar a tierra y volver a mi casa. ¡Ayúdeme!
―¡Claro!, no te preocupes, debes nadar hacia el oeste ―dijo el hombre señalándole la dirección.
 ―Sí, pero lléveme usted, tengo mucho frío, señor, y estoy muy cansado...
―Lo siento, ése no es mi trabajo. Debo pescar y regresar antes de la noche con mi familia.
―¡Pero ayúdeme!
―¡Te estoy ayudando!, escúchame: dirección oeste. Por el día, el sol te guiará y, por la noche, lo hará la luz del faro.
―¡No me deje aquí, se lo suplico! ¡Ayúdeme! ―gritó Lucas encaramándose a la barca.
―¡Maldito, chaval! ―y de un empujón lo mandó al agua de nuevo―. Te estoy ayudando, dirección oeste, el sol y luego el faro. ¡Te estoy ayudando, joder! ¡Pero no puedo hacerlo por ti! ―y arrancó el motor de su barca y empezó a alejarse.
―No me deje, tengo mucho frío… estoy cansado, agotado… ayúdeme…
―¡Oeste, oeste, oeste! ―gritaba el pescador alejándose con su barca―. ¡Y cuídate de las gaviotas, tienen comportamientos muy complejos! ¡Vamos, chaval, nada!, ¡nada!
Lucas había creído que al llegar a la superficie su pesadilla habría terminado, pero se acababa de dar cuenta de que no había hecho más que empezar.
Cerró los ojos y deseó hundirse de nuevo, caer al fondo del mar para jamás volver a subir. Quizá fueron sus inmensas ganas de acabar con el intento o, simplemente, mala suerte, pero en ese momento se desató una terrible tormenta. El mar enfurecido escupía olas cada vez más grandes. El viento levantaba muros de agua, y el cielo se tornó negro. Lucas se agitaba y arremolinaba como un pez en un desagüe. Y contaba, 235, 236, 237, y seguía contando 789, 790, 791, 792, y contando 1.145, 1.146, 1.147, 1.148… Llegó hasta el 13.989.
Abrió los ojos ante un plácido y adormilado mar. Respiró hondo, miró al sol y siguió la dirección que estaba recorriendo hacia su atardecer. Lo intentó por un tiempo a crol, pero se cansaba tanto, tantísimo que cambió su estilo a braza. Con desesperanza recorría los absurdos metros en aquel inmenso mar.
―Si pretendes llegar a la orilla, así nunca lo conseguirás.
Lucas levantó la vista y vio a una gaviota volando, en círculos, sobre su cabeza.
―Un pescador me aconsejó ir hacia el oeste ―contestó el joven al pájaro.
―¿El pescador que te arrojó al mar cuando le suplicaste ayuda?, ¿el que apenas sintió la tormenta metido en su barca?, ¿hablas de ese pescador? ―la gaviota chasqueó el pico―. Chico, hazme caso, el mar está repleto de pescadores como él. Se prestan generosos, pero sólo piensan en sí mismos y lo que pretenden es alejar a la competencia, como tú, para quedarse con todos los peces. Pero si confías en mí, te llevaré a tierra mucho antes.
―Oh, ¿de verdad?
―Claro, chico ―contestó la gaviota posándose sobre la cabeza de Lucas―. Y ahora, te digo que vayamos para el norte.
―¿Seguro?, pero el pescador…
―¿Qué te he dicho del pescador? ―y arremetió a darle un picotazo en toda la coronilla―. Vamos, ¡hacia el norte!
Y fueron hacia el norte. Y llegó la noche y el día, y la noche de nuevo, y el día después, y allí no había tierra. Y Lucas agotado pidió parar y reflexionar, porque el camino no parecía ser aquél.
―¿Estás desconfiando de mí? ―preguntó ofendida la gaviota―. ¿No te has parado a pensar en que quizá es culpa tuya, porque casi no sabes nadar? ¡Eres lentísimo! ¡La tortuga más vieja del mundo podría ganarte con los ojos cerrados! ¡Inútil!
―Pero… llevamos casi una semana yendo hacia el norte y sólo veo agua y más agua.
―Estúpido, claro que ves sólo agua porque esto es un océano, ¿sí?, o-cé-a-no. Toc-toc-toc ―dijo picoteándole la cabeza―, ¿hay alguien ahí?
Lucas se sumergió en el agua para zafarse del pájaro y, en el silencio de las profundidades, decidió echar mano de al menos uno de los consejos de la señora mantarraya: “Huye de todo lo que tenga plumas y vuele”.
Ya en la superficie, Lucas le dijo al pájaro que tomaría el oeste como dirección a seguir y que preferiría hacerlo solo.
―¡Bravo!, otro egoísta que inunda nuestras aguas. Muy bien, ¡vete, desagradecido!, pero volverás a buscarme antes de lo que piensas, porque eres débil, ¡muy débil!, lo supe la vez que apenas te rocé la nuca con mi pico, y caíste de tu barca, ¡por un simple roce!
―¡¿Fuiste tú?!
El pájaro revoloteó sobre su cabeza riéndose a carcajadas. Cuando se marchó, Lucas se tumbó boca arriba en el agua y miró al sol. En esa misma posición comenzó a remar lentamente con sus manos, era cómodo, es cierto que no era la manera más rápida, pero no se cansaba y en esa postura el vaivén de las olas le divertía. Tanto era así que llegaba a soltar hasta alguna risotada. El mar estaba tranquilo y él, por fin, también.
Llegó la noche y a Lucas le entró el miedo y quiso empezar a contar, pero antes de hacerlo, miró a su alrededor y encontró, entre la espesa negrura, un puntito de brillantina allá a lo lejos.
―El faro… es el faro… ¡Encontré el faro! ¡El faro del pescador!
El joven tomó su postura boca arriba y comenzó a remar con brazos y piernas, mientras tatareaba un sinfín de canciones. Casi de mañana, la cabeza de Lucas se encalló en la orilla del mar.
―¡Tierra! ―gritó. Se puso de pie y salió corriendo del agua para abrazar la arena―. Tierra firme…
Y aunque todavía le quedaba un largo camino hasta llegar a casa, sabía que aquél volvía a ser un día normal, un día más.


Nota: Este relato se lo quiero dedicar a todas las personas que han pasado o están pasando por un momento complicado y sombrío en sus vidas, porque es verdad que el camino es largo, pero no es duro, simplemente hay que coger una buena y cómoda postura para seguir nadando.

10 abr 2011

El sapo y la mosca


―Hola, buenos días ―dijo el sapo a la mosca.
―Buenos días ―dijo la mosca al sapo―. ¿Me va a comer usted?
―¿Cómo dice?
―Si va a desenroscar su legua para engullirme.
―No, señorita, no era mi intención.
―¿Y cuál es su intención?
―Ninguna en particular. Me gusta pasar el día sentado en mi nenúfar.
―Comprendo…
―¿Qué es lo que comprende?
―Su desidia y frustración.
―No creo entenderla, disfruto de mi vida en la charca.
―Pero si no puede alejarse demasiado del agua, ¡no puede volar!
―Querida, créame, no deseo volar. ¿Convertirme en alguien como usted?, ¿para qué?, ¿para rondar la mierda?
―No, para descomponerla.
―Ahora sí creo entenderla. Acérquese, querida.
La mosca se acercó y el sapo se la comió.