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24 jun 2021

Azaleas entre cajas


'Marlene Dietrich with her luggage' por Martin Munkácsi, 1936


Mi estudiante me pidió que lo esperara al fondo. Lo vi acercarse al mostrador sorteando los sacos y paquetes que inundaban el suelo de la oficina de Correos del campus.

—¡Profesora! —Al girarme vi a una alumna de último año de Grado cargando una enorme bolsa de plástico duro amortajada con cinta aislante—. Profesora, ¿qué hace usted aquí? ¿También quiere mandar sus cosas a España? ¿Cuándo se va? ¿Se va para siempre?

No sabía ni por dónde empezar, así que di la vuelta al cuestionario.

—¿Y tú? ¿A dónde mandas ese bulto tan grande?

—Oh, profesora, ¡24 kilos, 24 kilos! ¡Madre mía, madre mía, madre mía!

—¡Sí, madre mía! —dije riéndome. A los estudiantes les encantaba utilizar expresiones como aquella, les hacía sentir que hablaban un español fluido.

—¡Ya nos hemos graduado, profesora! Ahora debo meter estos 4 años en cajas porque me traslado a Guangdong, he conseguido trabajo en una compañía muy importante de importación y exportación.

Qué poco valemos, pensé, si nuestra vida se puede plegar en una maleta. La miré con cariño, adivinaba su ilusión, empezaba una nueva vida, no recuerdo la última vez que sentí el vacío de empezar de cero con ese entusiasmo.

Mi estudiante regresó con la información.

—Ya no quedan cajas, profesora, debe traer aquí sus cosas y ellos mismos se encargarán de empaquetarlo.

—Es lo más conveniente —intervino la alumna—. Traiga sus cosas, no se preocupe, aunque sean de valor. Todo llegará a su destino.

—Bien, bien  —dije mirando a uno y luego a la otra—, eso haré.

—De acuerdo, ahora vamos a salir de aquí, hay demasiada gente —Y mi estudiante, abriéndose paso, me mostró el camino de salida.

—¡Suerte en Guangdong! —grité a mi alumna dejándola atrás.

Ya en la calle mi estudiante volvió a explicarme con más calma las posibilidades que tenía de enviar a España los 6 kilos que no me entraban en la maleta. Lo escuchaba con la cabeza baja mientras dibujaba eses en el suelo con la punta de mi chancleta. Pensaba en lo vieja que me sentía, en lo vieja y cansada que me sentía. Pensaba en mi futuro tan mal trazado y en lo, curiosamente, poco que me importaba, aterrizaría en algún lugar, como siempre. Como siempre. Levanté la cabeza.

—Gracias por tu ayuda y tu tiempo —dije a mi estudiante que se fue con las manos metidas en su sudadera arrastrando los pies.

Antes de llegar al edificio de apartamentos para extranjeros oí nuevamente gritar detrás de mí: “¡Profesora, profesora!”. Me di la vuelta y un estudiante de mi grupo de teatro alzaba la mano entre zancadas.

—Profesora… —repitió recobrando el aire una vez que me hubo alcanzado. Apoyó las manos en sus rodillas mientras gesticulaba con cansancio—. Dicen que se va.

—Sí, estamos casi en julio, todos regresamos a nuestras casas.

—Dicen que no va a volver. ¿No va a volver el próximo curso?

Tomé aire y levanté los hombros.

—No, no voy a volver.

—¿Y el teatro?

—Vendrá otro profesor, pedidle formar un grupo teatral universitario, seguro que lo hace encantado.

—Profesora —se irguió—, profesora, por favor, por favor… Yo, voy a echarla mucho de menos…

Comenzó a llorar sin esquivar mi mirada, la contuvo y lloró con entereza. Me dobló por dentro. Me agarré del estómago, estas situaciones no se me daban bien. Me acerqué a él y con un torpe “anda, ven aquí” lo abracé con muchísima fuerza. Había pasado 4 meses espantosos en China, comenzando por una cuarentena en un hotel donde los derechos humanos brillaron por su ausencia y terminando con un ambiente de película de terror en el departamento de la universidad. Sin embargo, aquel abrazo me devolvió el sosiego que creí haber perdido un día y al que nunca me molesté en buscarlo de nuevo. Respiré hondo y lo apreté con más fuerza porque me di cuenta de que era el primer abrazo que daba en 4 meses.

 —¿Usted también llora? —me preguntó al separarnos. Asentí con la cabeza—. Dicen que los abrazos convierten piedras en azaleas.

—¿Eso dicen? —sonreí.

—Sí, eso dicen.

Subí las escaleras de mi edificio con lentitud mientras me sonaba los mocos. Al llegar al descansillo de mi piso me percaté de que la puerta de la casa de Verónica estaba entreabierta. Asomé la cabeza. La vi sentada en el suelo del salón rodeada de cajas vacías a medio montar, ropa esparcida a su alrededor al igual que un montón de papeles y fotografías.

—Hola, ¿y todo esto? —pregunté ya con medio cuerpo dentro.

—Estoy decidiendo qué me llevo y qué tiro a la basura. Odio las mudanzas, nunca sé qué hacer, no me sé organizar, ¡las odio, las odio!

Entré en el salón, me senté junto a ella y la abracé con fuerza.

—Pero ¿qué haces?

—Convertirte en azalea.

Verónica soltó una carcajada y me pidió que la soltara. La solté y me quedé allí sentada viéndola organizar sus cosas y pensando en lo mucho que la iba a echar de menos sin atreverme a decirle nada.

 

21 abr 2020

Con clases y a lo loco

Con clases y a lo loco de Javier Avi


—No puedo… —suplicaba a Joan que me estiraba de las piernas para sacarme de la cama.
—Sí puedes. Elvi, en 20 minutos empiezas la clase, venga.
—No puedo…
Sí pude. Me arrastré hasta la cocina, Joan me había preparado el café.
—¿Qué jersey te vas a poner?
—El granate —contesté.
Joan trajo el jersey de la habitación. Me lo puse por encima del pijama.
—¿Tengo muy malos pelos?
—Lávate por lo menos la cara, anda.
—No puedo… —farfullaba de camino al baño.
Al regresar a la cocina Joan me abrazó.
—Cuando termines la clase de hoy habla con la decana. Dile que te dé más asignaturas de posgrado, así no puedes seguir.
Sí, la profesora Wang me había castigado ese semestre dándome el curso de Fonética con alumnos de primero. Lo que significaba que dar clases, y además online, se había convertido en una verdadera tortura china, literal. “Te necesito en los primeros cursos, no tienen buena base”, me dijo. Yo lo que necesitaba era pensar en la forma de abandonar este mundo. Barajaba la defenestración, el envenenamiento y, cómo no, el horneado de cabeza.
Por fin me senté delante del ordenador. Lo encendí. Resoplé. “No puedo…”, dije unas 13 veces más. Apreté los ojos. Busqué los archivos de fonética. Fijé la unidad 3. Coloqué mi móvil  en el manos libres y a través del Wechat llamé, por videollamada, a los primeros 8 estudiantes del grupo A.
La imagen se conectó.
—¡Hola! —exclamé una falsísima sonrisa—. ¿Qué tal, chicos?
Y con aquella pregunta comenzaba la tortura.
—Plofesola, bien, plofesola, ¿y usted?
—Profesora, ¿verdad? Prrrrofesora, -ra, -ra, ¿verdad? Estoy bien, sí.
—Sí, plofesorrzzzrrzzza.
—Perfecto, ¿me decís los nombres, por favor?
—Cántalo.
—¿Te llamas Cántaro? —Los estudiantes chinos se ponían nombres en español para que los profesores que no sabíamos mandarín pudiéramos recordarlos con mayor facilidad, pero la elección de estos era cuanto menos singular.
—Sí, Cántalo.
—Perfecto, ¿más?
—Pau Gasol.
—Muy bien.
—Plofesorrrzzza, me llamo Arcoíris.
—Fenomenal. ¿Más? —Silencio—. Bueno, ya me iréis diciendo vuestros nombres. Ahora vamos a empezar. Por favor, unidad 3.  Hacemos el ejercicio 2, repetid detrás de mí, por favor: Cenicero.
—Maluma.
—¿Perdón? Cenicero. Repetid: Cenicero.
—Me llamo Maluma, plofesola.
—Ah, muy bien. Cenicero.
—No, Maluma, plofesola.
—Vale… —Respiré hondo y me imaginé mi caída desde el quinto piso, la degusté—. Cántaro, tú sola, ejercicio 2. Cenicero.
—Cenicero —todos.
—No, solo Cántaro. Cántaro, por favor.
—Sí, plofesola, aquí, aquí.
—Sí, ya sé que estás ahí. Cenicero.
—Cenicero —todos.
—Me llamo Piña, plofesola.
—Vale, bueno, no es necesario que me digáis más nombres, ¿sí? Hacemos los ejercicios. Siguiente palabra: Zozobra. Repetimos, por favor.
—Zozobla —algunos.
—Cenicero —otros con peor wifi.
—Zozobrrrrrrra, brrrrra, brrrra —subrayé.
—Zozobla, bla, bla, bla.
—Vale, repetimos: Rrrrrrrrrrrrrrr.
Todos se rieron.
—No nos reímos, por favor. Rrrrrrrrrr. Venga, Piña, tú sola.
—¿Yo?
—Sí, Piña, tú, tú.
—Sí, yo Piña, Piña.
Cerré los ojos un instante y reflexioné sobre lo mala persona que tuve que haber sido en mi otra vida.
—Rrrrzzzrrzzzrrrddddssssrrrzzss —algunos.
—Bla, bla, bla —otros.
—Tú, tú, tú —Piña.
—Continuamos. Ejercicio 4. Lee la palabra correcta y deletrea.
—Yo no hablo, plofesola.
—Sí, no hablamos todos, ¿vale? No podemos hablar todos, poco a poco.
—Poco, sí, complendo, plofesola, soy Tiburón. Poco.
—Eso es. Poco.
—Poco —todos.
—No, lo decía por Tiburón —yo.
—Poco —Tiburón.
—Vale, muy bien. Maluma, por favor, primera palabra, lee y deletrea.
—¡Sí! Ciluela.
—Ciruela —corregí.
—Sí, ciluerrrda.
—Muy bien. ¿Cómo se escribe?
—Sí, ge-i-ele-u-i-rrrrdddssrr-e.
—Ajá, perfecto. —Y aprieto los dientes porque de solo pensar que mi director de tesis me estuviera viendo, me entraban ganas de llorar—. Bien, y ahora vamos a cerrar los ojos y en estos 10 minutos que nos quedan, vamos a interiorizar, de forma individual y en completo silencio, todas las palabras que hemos visto en clase.
—Sí, plofesola.
—Sí, glacias, plofesola.
—Sí, cenicelo.
—En silencio, chicos, en completo silencio. Es importante el silencio en fonética. Muy importante.
La clase terminó y, antes de que me diera cuenta, ya tenía a los 8 siguientes estudiantes online.
—¡Hola! ¿Qué tal, chicos?
—Plofesola, bien, plofesola, ¿y usted?
—Profesora, ¿verdad? Prrrrofesora, -ra, -ra, ¿verdad? Estoy bien, sí.
—Sí, plofesorrzzzrrzzza —todos.
—Perfecto, ¿me decís los nombres, por favor?
—Messi.
—Me llamo Ballena, plofesola.
Y fue en ese momento cuando me decanté. Lo tuve claro, así que les pedí un minuto a mis estudiantes. Me levanté. Fui a la cocina. Abrí el horno y metí la cabeza. En mi último segundo de vida pude escuchar a Joan detrás de mí:
—¡Cenicero!

24 nov 2019

Chinos vs españoles


Ilustración: Song Chen

La primera vez que Elvira trabajó en China fue hace 16 años. Desde entonces lo había hecho de forma intermitente, manteniendo siempre un fuerte vínculo con el país. Y es que no había encontrado hasta el momento un lugar donde se hicieran mejor las cosas aunque pocos la entendieran.

Dirección
La Decana Wang había asignado a Elvira coordinar, por segunda vez, los exámenes oficiales que se repartían entre el Ministerio de Educación China y Asuntos Exteriores de España.
En el despacho de la Decana Wang, Elvira y la profesora Shao, del Ministerio de Educación China, atendían sus instrucciones. Primero en chino y luego, con rapidez, lo traducía al español. Las tres mujeres agitaban la cabeza en signo de conformidad constantemente, el ritmo de la reunión era prodigioso, las preguntas se cruzaban al principio con cierta torpeza por el idioma, pero, luego, las respuestas encontraban al destinatario sin desacierto, y las fotocopias se repartían con metódico orden pero sin pausa. Después de 25 minutos reunidas, la Decana Wang las despidió no sin antes recordar a Elvira que hablara con la sede de Pekín para organizar de nuevo los códigos de los candidatos.
Ya en su despacho, Elvira llamó a Pekín.
—José Ángel, soy Elvira de la Universidad de…
—Coño, Elvirilla, guapa, ¿qué pasa?
—Sí, verás, te llamo porque ya estamos organizando los exámenes oficiales.
—¡No me jodas, pero si faltan casi dos meses!
—Sí, bueno, 7 semanas, verás…
—¡Joder, Elvira, guapísima, relájate!
—Ya, bueno, verás, es que volvemos a tener problemas con los códigos de los candidatos, no concuerdan los de Madrid con los de China y hay que establecer…
—¿Otra vez con el puto código de mis cojones?
—Sí, bueno, verás, debemos asignar uno nuevo…
—Oye, oye, mira, me pillas hasta arriba de trabajo, ya sabes cómo estamos aquí, ¿no? Llámame la próxima semana y te lo miro.
—Pero José Ángel, nos corre un poquito de prisa, son muchos los candidatos este año, solamente es asignar el cód…
—¡Cagüen la leche, Elvira, preciosa! No me seas china, ¡coño! Todo el puto día metiendo prisa.
—No, no es prisa, es que, verás, sin los códigos no podemos… ¿José Ángel? ¿Hola? ¿José Ángel?
Dirección:
Chinos: 1 – Españoles: 0

Reunión
Elvira daba la bienvenida, en el aula 504, a las 23 personas que formaban el equipo de personal de apoyo para los exámenes oficiales. Todos eran chinos. Tres semanas antes, los había seleccionado entre los profesores y algunos estudiantes de postgrado. Tras el visto bueno de la decana, Elvira los contactó, formó grupo de Wechat y, después de tantear su disponibilidad, enseguida se fijó una fecha y una hora para una reunión en la que todos estuvieran presentes, era importante. En la reunión, Elvira explicó la gestión de estos exámenes y su labor específica en ellos. Hubo bastantes dudas y le pidieron repetir, hasta en 3 ocasiones, el funcionamiento de una de las pruebas del examen nº2. Expresaban con naturalidad lo inseguros que se sentían al no tener ninguna experiencia anterior con dicho examen. Elvira agradeció la sinceridad ya que le proporcionaba información sobre lo que debía subrayar a la hora de prepararlos. Casi dos horas después, la reunión terminó con la certeza de que todo había quedado claro.
Un día más tarde, Elvira decidió contactar a los examinadores, un grupo de 5 profesores españoles. Al ser tan pocos estaba convencida de que no les costaría ponerse de acuerdo para reunirse. Habría más comunicación.
—Hola a todos, reunión esta semana para hablar de los exámenes oficiales, necesito saber vuestra disponibilidad, por favor —dijo Elvira por el grupo de Wechat que agrupaba a los 6.
—Uy, yo esta semana chungo —dijo uno.
—Ya, si hay reunión voy, pero prefiero que no porque ando súper liadillo —dijo otro.
—A mí me da igual, lo que decida la mayoría pero por las tardes imposible y por las mañanas tengo clase —dijo otro.
—Yo sí puedo, pero el martes, miércoles, jueves y viernes no —dijo otra.
—Entonces, ¿el lunes sí puedes? —preguntó Elvira.
—A ver, poder sí puedo, pero si los demás no, pues como que tú y yo no hacemos nada, ¿no? —contestó la otra.
—Ya, claro. Es importante una reunión antes de los exámenes —dijo Elvira sin mencionar que sabía que dos de ellos no tenían ninguna experiencia con el examen n°3 y n°4, estaba realmente preocupada con el papel que pudieran desempeñar.
—Oye, Elvira, tengo ojos, puedo leer, pasa las informaciones por el chat —dijo el primero.
—¡Hombre, leer sabemos todos! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! —dijo el tercero.
—Además será todo como la última vez, ¿no? Más o menos, ¿no? —dijo la otra.
—Sí, más o menos… —contestó Elvira pensando que menos que más.
Reunión:
Chinos: 1 – Españoles: 0

Empatía
Era sábado, casi las diez de la noche, y Elvira y la Decana Wang estaban en el despacho de la profesora Shao. Elvira revisaba los exámenes escritos nº1, nº2 y nº3. Se habían hecho ese mismo día y el día anterior. Había que mandarlos a Pekín pero antes de hacerlo la coordinadora y solamente ella (por normas de Pekín) debía cerciorarse de que, además de que estuvieran todos, el código nuevo correspondiera  con el nombre del candidato. Sí, un trabajo de chinos (nunca mejor dicho) sobre todo ante aquel volumen de papeles. Elvira ya casi no veía.
—Te ayudo —le dijo la decana.
—No, puedo yo, no te preocupes —contestó sin dejar de verificar: número de hojas, número de códigos y nombres chinos, que le parecían todos iguales.
Así que ante la negativa de Elvira, la profesora Wang y Shao se sentaron frente al ordenador y empezaron a redactar el listado de incidencias de aquellos tres últimos días, hasta que Elvira levantando el brazo dijo:
—Aquí ocurre algo.
Las dos profesoras se acercaron. Elvira les mostró un examen. Su disertación estaba escrita a bolígrafo en 4 hojas, pero a mitad de la última el estudiante cambió a lápiz.
—Repite los 6 primeros párrafos, así que es una parte a sucio que ha olvidado borrarla —explicó Elvira.
—Bueno, Elvira, no es nuestro problema, continúa revisando los códigos.
—No va a pasar el escáner. Le anularán el examen.
—No es nuestro problema, Elvira.
—He leído un poco por encima y es una buena disertación, es un buen examen, y se lo van a anular por esta tontería.
La profesora Wang chasqueó la lengua molesta y le tradujo a Shao la situación, ella le respondió algo que pareció molestarle todavía más a la decana. Discutieron durante un momento y finalmente dijo:
—Bien, déjanos el examen, ella lo borrará.
—¡Gracias! Igual hay más...
—¡No, Elvira! No se pueden manipular los exámenes, déjalos, con uno más que suficiente. ¡Me das muchos problemas!
Pero Elvira buscó y encontró 34 en total, así que entre las tres profesoras se los repartieron, cogieron gomas, se acomodaron: una en la mesa, otra en el sofá y la otra en el suelo, y empezaron a borrar como si no hubiera un mañana. Al terminar, Elvira continuó con sus códigos y las otras dos con las incidencias frente al ordenador, fingiendo que allí no había pasado nada.
Al día siguiente, aunque Elvira solamente había dormido tres horas, estaba animada porque únicamente quedaba por terminar el examen nº4, y por fin podría descansar. Entró en la sala de profesores y preguntó a sus compañeros qué tal los exámenes orales.
—Pues mal —dijo uno.
—Es que no tienen nivel —dijo otro.
—Y los que tienen se ponen tan nerviosos que no se les entiende nada y suspenden igual. Min Xu, por ejemplo, suspendida —dijo otra.
—¿Min Xu? ¿Del grupo 403? —preguntó Elvira.
—Sí, verla fue para echar a correr y no parar —la otra, de nuevo.
—Sí, sí, no dio ni una, no entendió la prueba 3, bueno, casi ninguno la entendió —dijo el primero. A ver si es que tú no la has sabido explicar, pensó Elvira y luego dijo:
—Pero, no lo entiendo, Min Xu es una estudiante brillante, prepara su postgrado en Alcalá de Henares. Va a marcharse en junio.
—Bueno, se marchará si aprueba los exámenes y si el escrito lo ha hecho mal no le da la media —dijo el segundo.
—Si es que no hay nivel, no salen del “en mi familia somos tres: mi padre, mi madre y yo” —dijo el primero.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ya te digo! —dijo la otra.
—Son unos mata’os —dijo uno nuevo.
—Si es que es la historia de siempre. Mira, examiné en Pekín y allí los candidatos te llevaban la entrevista, macho, ¡qué gustazo! ¡Así, sí, joder!, había nivel, pero es que aquí son como putos niños —dijo el primero.
—¡Completamente!, así que la chavala ya puede ir pensando en otra universidad —dijo el segundo.
Empatía:
Chinos: 1 – Españoles: Hijos de puta.

23 oct 2019

¿Hay sexo en China?


I am your father por Aquatro
―¿Profesora?
Preguntó la estudiante entornando la puerta del despacho que Elvira compartía con su compañera Verónica, en una universidad al norte de China.
―Pasa, pasa ―dijo Elvira.
Recogía los papeles de su escritorio. Por lo menos los intentaba ordenar. Finalmente desistió y decidió llevarlos todos a tropel hacia el lado derecho del ordenador para comenzar a amontonar en el izquierdo los libros.
―Dame un segundo…
―Sí, no pasa nada.
―Es que busco mi agenda.
La estudiante, que ya se había sentado frente a la mesa de la profesora, se levantó y echó un vistazo al escritorio.
―Ahí, profesora.
―Oh, no ―dijo cogiendo un cuaderno lila de piel―, esta es la personal, busco la de clase, la roja.
―La roja… ¿Ahí?, ¿debajo de los libros?
―¡Sí! Aquí estás. ―Y al sacarla del montón volvió a derrumbar la montaña esparciendo nuevamente los libros por la mesa. Los retiró hacia un lado sin darle mayor importancia y, levantando unos y otros trastos más, encontró un bolígrafo―. ¡Boli! ¡Para escribir!
―Sí, para escribir… ―contestó su alumna dudando si había sido una buena idea elegir a aquel caos de mujer como tutora de su tesis de fin de carrera.
Elvira abrió su agenda y en voz alta se contextualizó así misma.
―… y…. bla, bla, bla… de tema… ¿VIH?
La profesora sorprendida le preguntó si su tesis era sobre el virus VIH en España. La estudiante asintió y miró a la puerta que seguía entreabierta.
―VIH… no lo sé… no entiendo por qué quieres escribir sobre ello…
Toc-toc
―Profesora, busco a la profesora Verónica.
En la puerta un estudiante asomaba la cabeza.
―En 20 minutos termina su clase, pásate después ―dijo Elvira y volvió la vista a su alumna que permanecía sentada frente a ella con las manos entrelazadas sobre los muslos.
―Perdona, te preguntaba sobre el VIH…
La estudiante miró la puerta que seguía abierta.
―Bien, cerraremos la puerta, ¿verdad?, que parece que entra algo de frío. ―La profesora se levantó y la cerró. Volvió a sentarse y esperó a que su estudiante hablara.
―Me interesa ―dijo.
―¿Qué es lo que te interesa exactamente?
―Me interesa. ―Y agachó la cabeza.
―Sí, por supuesto, es un tema interesante pero yo no sé cómo puedo ayudarte.
―Es que usted no es como los otros profesores.
Elvira, que empuñaba el boli en una mano y sostenía la agenda en la otra, decidió dejar sus cosas sobre la mesa y acercar la silla un poco más a la de la estudiante.
―¿A qué te refieres?
―Que para usted no somos niños.
―No, claro que no, tenéis… ¿22, 23, 24 años?
―No todos los profesores lo creen y entonces a veces es difícil expresar lo que pensamos realmente.
―Comprendo. Pero considero que es una apreciación tuya, todos los profesores son excelentes y seguro que os tratan con la madurez que demostráis tener en clase. ―Su alumna no contestó, se miró las manos y giró varias veces el anillo que tenía en la izquierda―. Dime, ¿por qué quieres hablar del VIH?
―¿Sabe que el año pasado cursé tercero en una universidad en España?
―Sí, lo sé, en Madrid.
―Sí. ¿Puedo hablar claramente?
―Siempre.
Y su alumna habló. Tardó en hacerlo, comenzó con muchos rodeos y pausas pero por fin le contó que desde los 17 años mantenía relaciones sexuales abiertas. Nunca había tenido novio, quizá un par de relaciones más duraderas pero nada serio y que disfrutaba del sexo libre y sin compromiso. Sin embargo, el año pasado en España, se topó con una gran mayoría de jóvenes que no querían mantener relaciones sexuales seguras, rechazaban el preservativo, así que se había visto obligada a dejar de mantenerlas. Elvira tras escucharla se inclinó hacia adelante.
―Creo que te estoy entendiendo. Lo que te parece alarmante y digno de estudio es la irresponsable actitud de los jóvenes españoles ante las relaciones sexuales abiertas y sus consecuencias.
―¡Sí! ¡Eso, eso, eso!
―Bien, pues vamos a trabajar sobre ello. ¿Te parece que lo centremos solo en jóvenes universitarios?
―Claro, perfecto.
―¿Estudio comparativo?
―Sí, ¿China-España?
―No, céntralo más, Madrid ¿y? Piensa una ciudad en China con características similares a las de Madrid.
―Claro, entiendo. ―La estudiante sacó una libretita de su bolso y anotó algo en ella―. Y… profesora, ¿cree que tendré algún problema por defender este tema como tesis?
―¡Por favor, ninguno!, ¿qué piensas de nosotros? Todos los profesores sabemos que sois adultos y os tratamos como tal. Deja de tener semejantes prejuicios, de verdad, no lo voy a permitir.
La puerta se abrió y apareció Verónica.
―Uy, perdón, ¿molesto? Dejo las cosas y me voy.
―No, tranquila, ha venido para definir su tema de tesis y ya hemos terminado ―dijo Elvira.
―Vaya, genial ¿y sobre qué va a tratar? ―preguntó Vero a la alumna.
Esta miró a Elvira, luego se miró las manos y finalmente respondió:
―Es un estudio comparativo entre estudiantes universitarios españoles y chinos.
―¡Qué chuli! Y ¿lo vas a enfocar solo académicamente?, o ¿también vas a hablar de los primeros novietes y esas cosillas…?
La estudiante no respondió, recogió su bolso, agradeció a Elvira su tiempo y salió del despacho.
―Pobres…―dijo Vero―, les mencionas el amor y pasan una vergüenza… Ay, estos estudiantes chinos son tan, tan, tan infantiles, ¿no crees?

8 oct 2019

Proceso creativo

Typewriter Four Hands. Desconocido

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer la entrada anterior Viernes de Joker

          ―Elvira, ¿qué vamos a hacer con esto?
Elvira acababa de salir del ascensor, en la séptima planta de la facultad de la Universidad China donde trabajaba desde hacía dos semestres. Frente a los despachos encontró a su compañero Rober que le mostraba una pelota de papel arrugada.
―¿Y qué es eso?
―Nuestra novela.
―¿Nuestra novela? ¿Qué novela?
―La de los amantes reencontrados 15 años después. Antonio y Vero. Nuestra novela.
―Querrás decir mi obra de teatro. Es una obra y es solo mía.
Roberto puso las manos en jarras y respiró fuerte.
―Ya sabes que Antonio ha vuelto a llamar a Vero, ¿no?
―Sí, lo sé.
―Para quedar.
―Sí, lo sé.
―Está claro que Antonio no es inmensamente feliz.
―Sí, lo sé.
―Bien, pues si lo sabes, tenemos historia.
―La historia, Rober, la tengo yo. Dos actores, un único espacio, 70 minutos y una sala off de Madrid. La empiezo a escribir en unos días y la monto en enero cuando regrese a España.
―Ya. ¿La vas a montar igual que tus otras obras?
―Gracias, Rober, eres un mierda.
Elvira entró en clase con rabia. Dejó sus cosas en la silla junto al atril. Encendió el ordenador y desplegó la pantalla del proyector. Pidió silencio. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, miró por la ventana y resopló. Podría gritar, reír y llorar al mismo tiempo. Se puso de nuevo las gafas y pidió, por segunda vez, silencio. Miró al proyector, lo señaló y comenzó.
―Bueno, como ya dije la semana pasada, Valle-Inclán revolucionó el teatro…
Tocaron a la puerta. Rober entró.
―¿Puedes salir? ―preguntó.
―Acabo de empezar la clase.
Rober la miró y ella, apretando los dientes, salió del aula.
―Joder, Elvi, lo que intento decirte es que es posible que tus obras no funcionen porque quizá, y solo quizá, no sepas contar las historias.
Elvira recibió la bofetada fingiendo no haber sentido ni una pizca de escozor aunque tuviera la cara ardiendo.
―Gracias por tus consejos, mi querido literato, sin embargo te aseguro que esta historia de amor la voy a saber contar muy pero que muy bien.
―¡Lo ves! Ahí está tu error, porque esto-no-es-una-historia-de-amor, ¡mendruga!
Rober cruzó el pasillo y entró en su clase. Elvira entró en la suya repitiendo “imbécil de mierda” como si fuera un mantra. Pidió a sus alumnos abrir un par de ventanas. Se arremangó el jersey. Se frotó los ojos, pero está vez por debajo de las gafas y pidió silencio aunque nadie estuviera hablando.
―Valle-Inclán con la construcción de Max Estrella puso de manifiesto… ―Pausa. Elvira clavó los ojos en una de la estudiantes de la primera fila―. Dadme un minuto, chicos, por favor.
Salió de la clase y tocó a la puerta del otro lado del pasillo. Rober salió.
―¿Antonio no busca a Verónica, 15 años después, porque la ama? ―preguntó ella.
―No.
―¿Quieres decir que Antonio pone en jaque su matrimonio por una infidelidad que ni le va ni le viene?
Rober se agachó a la altura de su compañera que apenas medía un metro y medio y le susurró:
―Antonio no es el personaje infiel en esta historia. ―Y entró en clase.
Elvira cruzó el pasillo de vuelta. Cerró la puerta de su sala pensativa y miró a sus alumnos.
―Bien, decía que Valle-Inclán, ¿verdad?, con sus más de 50 personajes arma a uno solo: Max Estrella. Todos y cada uno de ellos, con sus intervenciones, cimientan sus rasgos. Todos. ¡Todos! Incluso aquellos que en un principio parecen estar relegados a figurantes son… ―Silencio―. Dadme un minuto, chicos.
Y la profesora salió corriendo de clase.
Ya en el pasillo frente a Rober:  
―¡Es la mujer, Rober! ¡El personaje infiel es la mujer!
Su compañero le dio una palmadita en el hombro.
―Bien, pedazo de mendruga, lo vas pillando. Está claro que su mujer disfruta en Barcelona del salario y de la libertad que le ofrece un marido expatriado en China.
―Vale, a veces los hechos son complicados de explicar, pero sigo sin entender el punto de inflexión, ¿por qué Antonio llama a Vero si hemos decido no otorgarle el rasgo de marido infiel? ―Rober adoptó su postura en jarras y sonrió con aquella pregunta, sabía que Elvira era de procesamiento lento, así que esperó―. ¡Coño! ¡Antonio lo sabe!
―Ay, amiga mía, tú los has dicho: a veces los hechos son complicados de explicar.
―No me gusta. Muy folletinesca. ¿Antonio actúa por venganza?
―Joder, no diría venganza, ¿torpeza?
―Sí, Antonio es torpe emocionalmente. Cree que mueve ficha. Antonio sigue enamorado de su mujer.
―¿Enamorado? Joder, Elvi, 10 años de matrimonio, 3 de noviazgo, 2 hijas, ¿enamorado?, ¡macho, ni en Walt Disney!
―Sí… ―La profesora se apretó el labio inferior mascullando palabras que solo ella parecía entender―. Está bien. Antonio es muy competitivo y ha perdido por primera vez, pero decide jugar en la siguiente partida: Vero.
―Antonio ha perdido por primera vez… Vale, te lo compro.
―¡Sí!
Elvira regresó a su clase dando palmaditas.
―¡Muy bien, muy bien! ¡Vamos que lo tenemos! ―jaleaba a sus estudiantes como si de futbolistas se trataran, y ¡plas, plas, plas!, y más ¡plas, plas, plas! ―¡Lo tenemos!
―Profesora ―un alumno de la tercera fila levantaba la mano―, yo no entiendo el valor que aporta  el Preso.
―¿El Preso? ¡Es un personaje indispensable!
―Sí, profesora, ¿pero cuál es su valor?
Alguien tocó a la puerta y Rober entró. Subió a la tarima y acercándose a la profesora le dijo al oído:
―¿Qué valor le damos a Verónica?
Elvira miró a su estudiante de la tercera fila y luego hizo un barrido a la clase entera.
―Dadme un minuto, chicos, por favor.
―Hemos dejado a Vero como mero instrumento funcional de Antonio.
Elvira arrastró a Rober a la pizarra, daban la espalda a los estudiantes.
―Dale la vuelta ―dijo Elvira―. Si hemos dicho que Antonio era muy torpe emocionalmente, hagamos que pierda esta segunda partida también. Convirtámoslo en el objeto fetiche del arco dramático de Vero.
―Objeto fetiche… Vale, te lo compro.
―Entonces, ¿estamos de acuerdo en que Vero sea nuestra heroína?
―No lo veo, había pensado en la mujer ―respondió Rober, en jarras, su postura favorita.
―Vero parte con unos valores legítimos que marcan los supuestos cimientos de la novela: el amor verdadero; esto, por supuesto, irá cambiando. A la mujer necesitamos presentarla adulterada desde el principio, no nos sirve.
―Entiendo, pero no veo a Verónica como voz narrativa, nos fallaría en Barcelona. Y no me coloques a un omnisciente en tercera persona, se carga la historia.
―Sí, pero un narrador deficiente podría funcionar. Sería engañoso… ―Elvira escribió los nombres de los personajes en la parte baja de la pizarra. Rober se agachó apoyando las manos en las rodillas.
―No aporta nada que sea engañoso.
―La duda. Y no deja de ser una novela que trata sobre la mentira y la apariencia ―explicó ella.
―Ya, y ¿por qué no dejamos que hablen los tres?
Elvira asintió, pareció gustarle la idea. Marcó primero a la mujer en la pizarra:
―Ella es inteligente, cínica, controladora y manipuladora. Voz narrativa en segunda persona, siempre se dirige a Antonio. Rápida, frases cortas y vocativos insultantes. ¿Me encargo yo?
―Sí, toda tuya. ¿Antonio? Competitivo, pragmático y cero inteligencia emocional, ¿no?
―Eso es, y hay que dibujarle como un hombre bastante frustrado, incluso acomplejado diría yo. Primera persona. Frases largas e inacabadas. Que introduzca reflexiones figuradamente existencialistas pero que sean de lo más elementales.
―Un papanatas.
―Un perdedor ―matizó Elvira―. ¿Tuyo?
―No, creo que le vas a sacar más jugo tú.
―Vale, pues para ti la heroína.
―¿Profesora?
―Un momento, chicos ―respondió a la clase sin darse la vuelta.
―Vero sería el personaje antagonista de Antonio.
―Cuidado, Rober, porque también lo sería de la mujer. Ten en cuenta que los conflictos se establecerán directamente con Antonio pero no dejan de ser una consecuencia de los establecidos entre Antonio y su mujer.
 ―¿Profesora? Es que…
―Sí, chicos, un segundo.
Rober miró a Elvira. Elvira, que seguía observando los garabatos en la pizarra, dejó la tiza y se llevó las manos al cuello, se lo frotó.
―Lo tenemos, Rober…
―Lo tenemos, mendruga.
―¿Profesora?
―¿Quééééé? ―respondió por fin dándose la vuelta.
Al girarse la vio. La Decana Wang estaba en medio de la clase, con las manos cruzadas sobre su falda, mirándolos con curiosidad.
―Roberto, ¿podría preguntarte por qué tus alumnos llevan más de 20 minutos solos en su clase?
Los dos profesores se miraron y finalmente Rober contestó:
―Profesora Wang, es que… a veces los hechos son complicados de explicar.