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9 ene 2023

Habilidades sociales

 

Una bailarina exótica demuestra que su ropa interior era demasiado grande como para exponer sus partes íntimas. Desconocido

Elvira sostenía un botellín de cerveza con una mano y con la otra un libro. Desde el fondo de la librería estudiaba la situación. La gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación. Todos parecían conocerse aunque no fuera así, se reían y se tocaban el brazo con fingida confianza. La última vez que Elvira había asistido a la presentación de un libro fue hace tres años, a la de Ernesto Garmendia. Y desde entonces, se había prometido a sí misma no volver a ninguna, incluyendo de esta manera aquel acto en su lista de eventos detestables: Bodas, funerales y presentaciones de libros.

Sin embargo, la culpa de su asistencia la tenía Enrique. Todo comenzó un poco antes de diciembre, Elvira decidió dejar que su amigo leyera por fin su tercera novela terminada. Habían sido varios amigos los que ya la habían leído y en general había gustado, pero es cierto que la crítica a sus diálogos era repetida. Así que si alguien sabía de diálogos era Enrique. Aunque no quisiera enfrentarse a él, tenía claro que era el único que podría hablar con conocimiento de causa.

—Es buena, Elvira —le dijo su amigo por teléfono hacía poco más de tres semanas—. Es buena —repitió.

—Ya, ¿y los diálogos? —preguntó pellizcándose el labio inferior con dos dedos.

—¿Los diálogos?, lo mejor de la novela.

—Hay gente que me ha dicho que no se entiende quien habla.

—Esa gente no lee teatro y por lo tanto no sabe descifrar la voz de los personajes si no están debidamente acotados. No es tu problema.

—Entonces, ¿es buena?

—Es buena. —Hizo una pausa—. No es extraordinaria, Elvira, no lo es. Pero los que escribieron de manera extraordinaria ya están muertos. Todos. Tú escribes bien y tu novela es buena, es publicable. Necesitas un editor.

—Necesito un editor…

Tres semanas después la volvió a llamar. A la presentación de la última novela de un joven y popular escritor granadino acudiría el editor. La editorial no era de las grandes pero sí había alcanzado un gran prestigio en los últimos 12 años, a día de hoy todos los escritores españoles y latinoamericanos querían lucir en su catálogo. Y que el editor se dejara ver por estos saraos era poco habitual, así que no podría perder la oportunidad de hablar con él.

—Yo no sé hablar con la gente —dijo Elvira a su amigo.

Enrique le quitó el botellín de la mano y lo dejó sobre una estantería, hizo que cogiera el libro con las dos y le alzó las solapas del abrigo.

—¿Por qué no te has puesto tacones? Parecerías más alta, así no se te ve. Eres un desastre.

—¿Quién es? —preguntó intentado ver a través de su amigo. Parecía una niña pequeña dejándose vestir por su madre.

—El canoso de la chaqueta de cuadros verdes y amarillos. Sí, ser editor no significa tener buen gusto para la ropa, en algo os parecéis. —La cogió por los hombros y la miró fijamente—. Escúchame, amiga. Te acercas, le muestras el libro, le das la enhorabuena por su buen olfato a la hora de editar nuevos autores y le dices que te ha encantado.

—No lo he leído.

—Nadie de los que estamos aquí lo ha leído y nadie lo leerá. El mundo editorial consiste en vender libros no en que sean leídos, ¿entiendes? —Elvira asintió—. Después te presentas, le comentas que también escribes y, como quien no quiere la cosa, sacas de tu bolso el maravillosos manuscrito de tu tercera novela y se lo das. Se lo das. Les gusta el papel. Así que se lo das. ¿Entiendes? —Elvira volvió a asentir—. Pues corre, ¡ve! Vamos, ve, ¡ve!

—¿Así sin más? Es que, Enrique, yo no sé hablar con los hombres, no sé relacionarme con ellos, yo… o los odio o me los follo, no tengo término medio. Soy víctima de un padre abusivo.

—¡Los dramas para tus novelas! ¡Vete! —Y de un empujón la lanzó al tumulto.

Elvira se abrió camino entre los grupitos de falsos amigos. Apretando el libro contra su pecho iba pidiendo paso con sonrisa tensa. Al llegar a la mesa del centro donde el escritor firmaba sus ejemplares se paró, había perdido a su objetivo. Chaqueta de cuadros verdes y amarillos, chaqueta de cuadros verdes y amarillos, murmuraba.

—¿Te lo firmo?

—¿Qué? —preguntó asustada.

—El libro, ¿quieres que te lo firme? —El joven escritor se había puesto en pie y con amabilidad extendía el brazo para recoger el libro que estrujaba Elvira.

—¿Eh? Oh, no, no, no, no quiero.

El escritor volvió a sentarse e hizo una mueca de asombro a la mujer que tenía a su lado. Después ambos se rieron. Elvira los miró y les sonrió, acto seguido les explicó que iba al baño.

—Esta es la fauna que tienes que aguantar en las promociones de tus libros, nada es gratis, querido —susurró la mujer al escritor.

De camino al baño, Elvira localizó la chaqueta de cuadros verdes y amarillos.

—Chaqueta, chaqueta… Perdón, lo siento… Chaqueta, chaqueta, por favor, déjeme pasar, gracias, chaqueta, chaqueta, chaqueta… ¡Hola! —exclamó frente a él.

—¿Hola? —respondió el editor algo contrariado por la efusividad de Elvira, había hecho que la conversación que mantenía con otros tres hombres se cortara de golpe y aquello pareció molestarle.

—Hola, hola, sí, ¡hola!, ¿qué tal?, ¿qué tal?, bueno, ¡hola! —exclamó de nuevo.

—Vaya, vaya, te dejamos solo ante el peligro, ¡suerte! —dijo uno de los acompañantes entre carcajadas y los tres hombres se alejaron.

Elvira fue a abrir su bolso pero luego recordó que primero tenía que hablar del libro del escritor granadino.

—Sí, bueno, bueno, enhorabuena —dijo mostrándole el libro.

—No lo he escrito yo.

—Sí, sí, sí, bueno pero tu nariz, tu nariz es… mágica.

—¿Mi nariz?

—No, no, no la nariz —se rio nerviosa—, lo que sale de dentro de la nariz, ya sabes, hablo de manera figurativa.

—¿Mocos mágicos?

—No, no, lo que hueles, quiero decir.

—¿El olfato?

—Exacto, exacto, exacto… Vale, y aunque no te lo creas soy filóloga.

El editor abrió su chaqueta y colocó los brazos en jarras. Después levantó las cejas y esperó a que continuara.

—Vale, mi nombre es Elvira Rebollo y me ha gustado mucho este libro, mucho, mucho, y soy profesora, ¿sí?, bueno, si te digo la verdad no lo he leído, pero voy a hacerlo, te lo prometo, Enrique dice que no, en realidad yo escribo, ¿sabes?, él me dijo que te lo dijera después de presentarme, sí, y aunque la gente no entiende mis diálogos parece que son buenos, sí. Está en el bolso.

—¿Perdona?

—No sé, ¿follamos?

El editor se recolocó la chaqueta y, apartando a Elvira con enfado, se marchó.

Elvira cerró los ojos y deseó la llegada del mismo meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. Diez, veinte o incluso treinta minutos después, Enrique le tocó el hombro. Elvira, que había permanecido allí quieta en todo ese rato, se dio la vuelta.

—¿Qué , amiga, cómo ha ido? ¿Qué te ha dicho cuando le has dado el manuscrito? ¿Se lo va a leer?

—Sí, se lo va a leer —contestó con una plana sonrisa.

—Joder, ¿en serio?

—Sí.

—Amiga, amiga, esto es muy grande, ¡muy grande! Voy a por dos cervezas para celebrarlo.

—Sí.

Elvira se apoyó en la pared. A lo lejos vio a la mujer que había estado sentada en la mesa del centro junto al escritor, levantó la mano y la saludó. La mujer le devolvió el saludo y tras comentar algo a la chica con la que estaba, se empezaron a reír mirando a Elvira. Ella las sonrió.

 

9 dic 2010

Horneando ideas, gratinando novela

Nota: Se recomienda leer el relato Pide un deseo... para contextualizar a los personajes de este cuento.

—Sí, lo sé, lo sé —repetía con voz ausente, sabía que tenía razón.
Acababa de tomar el metro en Sol. Tenía el móvil pegado en mi oreja izquierda y la flauta de un boliviano en mi derecha. Eran las cuatro de la tarde, todavía no había comido, tres cafés y un zumo de naranja, eso era todo. No entendía cómo podía dar las clases con el estómago vacío, pero siempre lo hacía y mis estudiantes no parecían darse cuenta del hambre que pasaba a esas horas.
—Ya, la semana pasada, sí, ya lo sé, Chete, pero es que… —intentaba disculparme con poca convicción, sólo quería llegar a casa, prepararme un sándwich, echarme al sofá y fermentar el resto del día.
El boliviano agradeció al vagón entero su paciencia y, con una bolsita en la mano, lo recorrió invitándonos a aportar la voluntad.
—He andado liadísima —mentí—. Las clases en la uni, la mudanza, el cambio, el master… —los semáforos, el coche, la paella, la abuela que fuma; lo cierto es que era una genia haciendo listas dando a entender lo ocupadísima que estaba. Eso lo había aprendido de mi madre: he ido a la charcutería, luego al banco, que si la cola, que si venga a esperar, que si vuelve, que recojo lo de la tintorería, llega y ponte a cocinar, que si el aceite, que si la sal, que si se me ha olvida'o el pan, baja otra vez, sube , que llama tu tía, que el crío está malo, que mira, que te digo, que, ay madre, que no puedo más.
—Bueno, Elvira, no te preocupes, como dice mi mujer: con paciencia todo va saliendo.
Lo bueno de tener un editor canario era eso, que sabía que había más tiempo que vida, así que los retrasos siempre estaban justificados. Era cierto que las correcciones las tenía que haber entregado hacía dos semanas pero también era cierto que Chete me había prometido que mi novela estaría en las librerías en octubre, estábamos en diciembre y andábamos a medias con la maquetación.
—Mi niña, escúchame, envíame la foto.
—¿Qué foto? —pregunté apartándome de la puerta porque era mucha la gente que se estaba subiendo en Tribunal.
—La foto de contraportada, la que va junto a tu biografía.
—¡Ah, no, no, no! ¡No hay foto! —La mujer de al lado me miró riéndose, había gritado demasiado, así que corregí mi volumen y se lo repetí más bajito—: Chete, no, ¿eh?, no me hagas poner una foto con cara imbécil, que me muero de la vergüenza.
Entre risas me pidió que le explicara qué era eso de cara imbécil.
—Pues, no sé, cara Espido Freire, que parece estar extasiada mirando al infinito con la manita debajo del mentón.
Lo oí reírse más fuerte todavía, después me prometió que no habría foto. Aun así me recriminó por algo que no me esperaba:
—Elvira, te lo digo en serio, de verdad, últimamente tu blog parece una funeraria con tanto muerto.
—¿Sí?, ¿no te gusta?
—Hombre, no es tu estilo, lo característico de tu blog era su frescura, ahora aburres a cualquiera.
—Ya… —reflexioné y luego me justifiqué—: Es que dice mi profesor de Creación Literaria que hay que escribir desde la angustia.
—¡No me digas!, oye, ¿y cuántas novelas dices que ha publicado tu profesor? —me reí al escucharlo, qué cabrón. Luego continuó—: Mi niña, tu novela sale en enero y, como sigas espantando a los lectores con tanto drama en tu blog, esto no va a funcionar. Tienes un estilo muy particular, valóralo.
Se me cayeron las lágrimas sin querer. Valóralo. Era muy poco lo que confiaba en mí misma por no decir nada, los últimos meses acabaron con mi autoestima, así, sin más, un día empezó a evaporarse hasta que sentí que nada de lo que hacía tenía sentido y por lo tanto era inútil buscarle un para qué a las cosas. El valóralo aquél daba cierto significado a todo el año que llevaba arrastrando.
—Gracias… —dije encogiéndome de hombros intentando ocultarme, sentía que la gente me miraba.
—Bueno, pues entonces como habíamos dicho, el jueves quedamos, te paso el borrador y miramos los dobles espacios esos que nos están dando tanto la lata, ¿te parece?
—Me parece —contesté con media voz.
—De acuerdo, el jueves a las seis de la tarde en el Café Gijón.
—¿Qué? ¿En el Café Gijón? —¿se podía ser más hortera?
Chete se reía como un loco:
—Que no, mi niña, que sólo te estaba probando —soltó otra carcajada—. Dejemos el Café Gijón a tu profesor el angustias. Entonces, ¿en el Starbucks de Fuencarral?
—Perfecto —dije riéndome también.
Guardé el móvil, tomé aire con una sonrisa y sentí como el pecho se me llenaba de esa ilusión que tanto había añorado últimamente.