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22 oct 2023

Música entre mis favoritos

 

Ilustración de Javi Avi

Enrique y yo bailábamos en su saloncito. Yo sostenía un trozo de pizza en el aire y con los ojos cerrados me balanceaba al ritmo de Aloha! de Tapia De Veer y supongo que Enrique haría lo mismo, aunque no pudiera verlo. Era nuestra manera de clausurar la sesión de escritura. Llevábamos 5 semanas escribiendo una obra de teatro a 4 manos. Nuestras reuniones se habían fijado los jueves de 9 a 11 de la noche. Supongo que lo de escribir era una excusa a muchos niveles. En primer lugar, podíamos vernos semanalmente sin la necesidad de llamarnos y asumir que queríamos vernos. En segundo lugar, podíamos desplegar nuestra sociopatía sin la necesidad de justificarnos con un “era broma” final. Y, en tercer lugar, podíamos fingir que éramos expertos dramaturgos sin la necesidad de avergonzarnos por lo escrito.

 

Beatriz acababa de aparcar el coche dos manzanas más allá del portal de su psicóloga, así que las dos empezamos a agitar los brazos en alto al ritmo de Can you English,please de Fäaschtbänkler. La música estaba a todo volumen y muchos de los transeúntes miraban al interior del coche molestos, mientras que otros, pocos, lo hacían con envidia disimulada. No la acompañaba todos los martes, solo cuando me lo pedía y podía. El agujero emocional que le había dejado estar dos años involucrada en un grupo sectario iba cicatrizando muy poco a poco. Entretanto, nos gustaba desgañitarnos en alemán.

 

Seguía a Almudena con el carrito de libros por entre las estanterías del segundo piso de la biblioteca. Me gustaba llevarlo. Cuando era pequeña soñaba con ser actriz o bibliotecaria, porque en todas las películas norteamericanas veía que llevaban uno y me parecía fascinante. Con 8 años, paseaba el cochecito de muñecas vacío por el pasillo de mi casa de Bilbao y, de las infinitas estanterías, iba cogiendo y dejando libros sin ningún orden hasta que mi madre ponía el grito en el cielo. Nunca imaginé que tendría una amiga que me permitiría arrastrar el suyo cuando fuera a buscarla para comer juntas. Compartíamos los auriculares, ella el derecho y yo el izquierdo, Rosalía nos cantaba Me quedo contigo. Cuando terminó la canción, Almudena se dio la vuelta con la mano en el pecho:

Qué bonita, ¿verdad?

 —Como tú —respondí.

 

Resoplé y dejé el móvil sobre la encimera de la cocina y seguí bebiéndome el café allí de pie. Joan entró y dijo que haría croquetas con el pollo que sobró ayer. Levanté los hombros sin decir nada. Qué pasa, preguntó una vez. Qué pasa, preguntó dos. Le mostré el móvil y leyó el email en el que se rechazaba mi propuesta para un congreso en la Universidad de Salamanca. Es la tercera negativa, dije. No encajo entre ellos, dije también. Soy una farsa, y callé. Joan fue al salón, lo escuché rebuscar entre sus centenares de discos. Varios sorbos de café después, la cascada voz de Rosendo asomaba por los altavoces.

—¿Listos para la reconversión? —preguntó Joan entrando de nuevo en la cocina —. ¿Listos?

—Listos —contesté y dejé el vaso en la mesa para que pudiera abrazarme como solo él sabe hacerlo.


27 nov 2022

Que por qué te quiero

     

Shakin' Hands With The Holy Gosht de Balckberry Smoke


    Me desperté con la cara de Tomás a 5 centímetros de la mía. Parpadeé y él acortó la distancia un centímetro más. Tumbado sobre la almohada parecía estar poniendo huevos. Hola, gato, le dije. Saqué una mano de debajo del edredón y le acaricié las orejas. Hola, gato. Me olisqueó la nariz y se bajó de la cama de un salto. Me puse una vieja sudadera de la Trinity College y descalza me asomé al salón. Joan estaba sentado en su escritorio con los auriculares puestos. Hola, feo, le dije. No se giró, no se movió, no me escuchó. Me miré los pies desnudos y apreté los dedos contra el suelo. Hace frío, feo. Lo observé dibujar impasible y entré en la cocina. Alcé los brazos y fingí ser Tomás desperezándose. Pensé en los días que tenía una vida, una vida sin terminar y eran muchos, demasiados. Apreté el botón de la máquina de café. Joan siempre me dejaba preparada la dosis y el vaso, con tan solo una pequeña presión del dedo índice mi día daba comienzo. Vi salir el oro negro, me acerqué a la cafetera e inspiré con fuerza. Dejé el café sobre la mesa y fui al baño. No reconocí a la mujer del espejo. Me senté en el váter y me enrosqué papel higiénico sobre los dedos a modo de ovillo. Tiré de la cadena, Tomás apareció como alma que lleva el diablo. ¿Por qué te gusta tanto el agua si luego no puedes ni acercarte a ella? Me lavé las manos y saludé a la mujer que tenía enfrente. La llamé vieja y acabada. Sentada a la mesa, bebí el primer sorbo de café, cerré los ojos y deseé que el día estuviera acabando. Me gustaba descontarlos, uno menos. Uno menos. Tomás se sentó sobre mis pies desnudos y eso me reconfortó. Agaché la cabeza por debajo de la mesa y lo vi mirándome. Gracias, gato. Joan entró en la cocina dando una palma, ¿qué pasa aquí?, y se rio a carcajadas. Dime que es un chiste que sigamos vivos, le dije. Se colocó en el medio de la cocina y empezó a mover el culo de un lado a otro. Ven, me dijo. Me levanté sacudiendo a Tomás. Joan me agarró de las manos y me apretó contra él. Empezó a tararear Shakin’ Hands with the Holy Gosht de Blackberry Smoke. Me reí. Mi chico sabía dibujar pero no cantar. Nos balanceábamos de un lado a otro sin ningún ritmo, parecíamos dos sombras trastornadas en mitad de un pasillo abandonado. Me soltó y dio un par de palmas subiendo el tono. Sabía que su alma estaba en Atlanta. Cogí a Tomás del suelo y, levantándolo hacia los cielos, jaleé a Joan. El pobre animal se columpiaba en el aire mientras los dos gritábamos everybody knows, baby take it slow! Tomás se zafó y huyó de la cocina. Yo me acuclillé para verlo correr mientras me reía agarrada al pijama de Joan. Con un último grito, Joan se calló y con los brazos en cruz dio las gracias a la turba que había llegado desde tan lejos para oírlo cantar. Me ayudó a levantarme y cuando me tuvo frente a él, me sacudió el cabello de un lado a otro y después, con toda esa maraña de pelo sobre la cara, me beso. ¡Buenos días, nena!, dijo.

 

16 jul 2020

Así, veranos en Madrid

¡Agüita fresca! Cibeles, Madrid, años 50. Autor desconocido.


LA IDA
Libérate del pasado y vuelve a nacer…
Beatriz bajó el volumen de los Quentin Gas & Los Zíngaros y atendió la llamada entrante en manos libres.
—Hola, papi —contestó sonriendo a Elvira que desde el asiento del copiloto se ajustaba, con precaución, las oscuras gafas.
—Hola, princesa, ¿habéis llegado ya? —preguntó su padre.
—No, estamos de camino. Hemos tenido que volver porque a Elvira se le había olvidado la cortisona.
—Pobre criatura, menuda pesadilla constante.
—Papi, estoy con el manos libres, Elvira te está oyendo.
—Estoy bien, José Miguel, no te preocupes, la operación salió genial, ahora reposo, por eso que te agradezco muchísimo este fin de semana en el balneario.
—Nada, bonita, qué menos, qué menos, preciosa… Ya me ha dicho Beatriz que no te conviene ni la piscina ni masajes ni yoga, pero puedes optar a talleres de los de respirar...
—Meditación, papá.
—Sí, sí, meditación. También organizan paseos y charlas y tienen una gran biblioteca, puedes leer.
—¡Papá, está ciega!
—Bueno, no estoy ciega…
—Sí, lo siento, bonita, es que eres tan joven que olvido…
—No estoy ciega, José Miguel, no te lleves mal rato, estoy muy bien.
—Como un topo, papá.
Elvira sonrió, no daba crédito.
—Oye, princesa, mándame un mensaje cuando lleguéis. Está todo pagado pero si Elvira necesita cualquier extra lo cargas en mi tarjeta, ¿de acuerdo? Y conduce con cuidado.
Se despidieron.
—Siempre quise tener un padre millonario —dijo Elvira.
—Siempre quisiste tener un padre, punto.
 Beatriz volvió a subir la música.
…de allí vengo y todo, todo, todo, todo no es de color…

LA ESTANCIA
Und du weinst und ich schreie, ich schreie auf dich ein…
Cuando Elvira vio a la joven delante de ella se quitó los auriculares y Faber dejó de sonar.
—Hola, eres Elvira, ¿verdad? Me han dicho que has reservado una hora conmigo para charlar un poco —dijo la joven y se sentó junto a ella, en el banquito de madera de aquel enorme jardín.
—Sí, bueno, creo que algo de terapia no me vendría mal. Llevo 10 años con Óscar, mi psicólogo porque, bueno, me cuesta un poco llevarme bien con la vida. —Se rio algo nerviosa—. Quizá escuchar a una psicóloga diferente me venga bien.
—Oh, no, no, no soy psicóloga, soy coach.
—¿Perdona?
Coach motivacional.
—¿Perdona? —Y apretó tanto la mandíbula que le dio un calambre.
—¿Estás bien? —Elvira agitó la cabeza con la mano en la boca—. Me llamo Adriana, y me encanta escuchar tu enfado con la vida, soy adicta a los retos, ¿sabes?, y creo que en esta hora que vamos a pasar juntas terminarás haciendo buenas migas con ella.
Elvira la miró atónita. Adriana continuó:
—Vengo preparada. Mira, elige una cartulina. —De una bolsa de tela sacó 4 trocitos de cartulina: negra, roja, blanca y verde. Elvira eligió la negra—. Estupendo, sabía que escogerías ese color. Porque elegimos lo que somos y no al revés.
—Fenomenal, soy negra…
—Bien, ahora, haz una pelota con la cartulina, ¡estrújala!, ¡aplástala! Y mientras lo haces piensa en esa ira que hace que no ames la vida como deberías. Canaliza esos sentimientos que te impiden saborear el placer de ser quién y cómo eres. De sentirte viva. ¡Machaca esa pelota débil y vulnerable de papel! ¡Adiós a las sombras! ¡Adiós a esa voz interna que te pisotea poniéndote límites, barreras, obstáculos! ¡Adiós a esa voz de niña malcriada y caprichosa que no te deja avanzar porque cree que siempre le debes algo! ¡Acaba con el pasado! ¡Tritura esa pelota para avanzar, Elvira! ¡Abre la puerta de tu poder y cambia!
—…
—¿Elvira?
—¿Sí?
—Debes estrujar tu cartulina y decir en voz alta qué aplastas en ella.
—Oh… vale, vale, ya, claro, entiendo. —Carraspeó dos o tres veces, se retiró el pelo detrás de la oreja con parsimonia y empezó a aplastar la cartulina lentamente—. Yo te estrujo porque en Madrid hace mucho calor en verano…
—¡Muy bien, Elvira! ¡La asfixia! ¡Acaba con ella!
—Yo te estrujo porque… porque el café ha subido a 3€ en la Plaza de la Paja.
—¡Excelente, Elvira! ¡Eres muy valiente! ¡Mucho! Te estás enfrentando a la sociedad, a esos códigos que no podemos entender, esas reglas que te hacen infeliz. ¡Eres muy fuerte, Elvira, increíblemente fuerte! ¿Sabes que pocos se atreven a verbalizar su incomodidad ante las normas sociales? Pero tú lo haces, ¡vaya si lo haces! Sigue, vamos, ¿qué más hay en esa destrucción de la cartulina?
—Sí, vale… Yo te estrujo porque, a ver… mi gato Tomás me muerde los pies por las noches y no me deja dormir.
Adriana empezó a aplaudir lenta pero apasionadamente.
—¡Bravo, Elvira! ¿Lo has visto? Sin darte cuenta hemos llegado al quid del dolor: la responsabilidad con los demás. La responsabilidad, Elvira. Tú sola has avanzado el camino para descubrir tus sombras, tus propias sombras que frenan la felicidad que tanto necesitas. Lo has hecho tú sola Elvira, porque eres una mujer increíble, fuerte, valerosa, sincera, que no se amedranta por nada y que sabe reconocer su camino de vuelta y remodelarlo para retomar el viaje sin incidencias. Tú, Elvira. ¡Tú!
A Elvira le volvió a dar otro calambre.
—Estoy bien, estoy bien.
—Ahora, Elvira, ¿confías en mí?
—…
—Tu mirada me dice que sí.
—Bueno, soy ciega de un ojo y medio…
—¡Agarra tu pelota de cartulina y lánzala! ¡Lánzala lejos! Sácala de tu zona de confort, arráncala de tu espacio vital. Asume que todo se terminó, que tu dolor debe ir y déjalo ir, déjalo marchar, ¡lánzala! ¡Lejos!
Elvira la lanzó con fuerza, pero al pesar tan poco aterrizó sobre sus pies. Las dos miraron la pelota en silencio.
—Bien, Elvira, tu dolor se ha ido.
—Bueno, muy lejos no…
—Eres una mujer diferente desde ahora mismo. ¿Notas el cambio?
—…
—Bien, voy a dejarte a solas para que asimiles la transformación y pases el duelo por la pérdida, la pérdida de ese dolor que hemos dejado ir y que ya nunca volverá a ti. Eres libre, eres mujer, eres poderosa, eres feliz.
—Ajá…
Adriana se levantó y se alejó por el jardín, hacia el edificio principal del balneario. Elvira, sin moverse del banco, se agachó, recogió la pelotita de cartón, la dejó a su lado y volvió a colocarse los auriculares.
…Eigentlich will ich nur, dass du weißt, dass ich will, dass du bleibst…

LA VUELTA
Llega la hora de ir a Bilbao, te duchas, te arreglas y coges el carné…
Beatriz bajó el volumen de Los Ronaldos y atendió la llamada entrante en manos libres.
—Hola, papi —contestó sonriendo a Elvira que desde el asiento del copiloto se ajustaba, con precaución, las oscuras gafas.
—Hola, princesa, ¿habéis llegado ya? —preguntó su padre.
—No, acabamos de salir del balneario.
—¿Todo ha ido bien, cariño?
—Uy, sí, he disfrutado mucho, mucho, mucho… —Y volvió a sonreír a su amiga que se tapaba la cara con las manos.
—Me alegro, princesa, ¿y Elvira?
—Estoy aquí, te oigo. También muy bien, muy inspirador. —Beatriz soltó una carcajada—. Te agradezco mucho todo este fin de semana. Un regalazo.
—Nada, nada, por favor, y ya sabes que para Beatriz eres como una hermana así que para mí como una hija. —Elvira sonrió con cierta pena—. Oye, princesa, conduce con cuidado, ¿vale?
—Que sííííí...
—Te quiero, pajarito mío.
—Y yo, pesado.
Elvira la miró y se tocó el esternón como si por un momento se le estuviera hundiendo.
—Elvi —dijo tras colgar—, ¿te parece que, cuando lleguemos a Madrid, intente aparcar en San Bernardo para tomarnos unas cañitas por Malasaña? Así te cuento con detalle lo del instructor de yoga.
—Claro —contestó riéndose y, al percatarse, retiró la mano del esternón.
Beatriz gritó una obscenidad y volvió a subir la música.
…es verano, es verano aquí, los días son todos iguales cuando es verano aquí…